jueves, 7 de agosto de 2008

Sobre canciones y películas

He ido a ver la película Caos Calmo. Opino que no es nada del otro mundo, pero se deja ver con agrado, sobre todo por la interpretación de Moretti. Es una película en la que pasa poca cosa, con una escena de sexo que para nada exige el guión y que resulta algo hilarante. Me ha recordado la historia, incluso, la de ese barón rampante al cual todo el mundo va a ver a su retiro arborícola. En la película, el protagonista, ante la muerte de su mujer, toma asiento ante la escuela de su hija y desde allí contempla el mundo, ‘su’ mundo, un mundo bastante burgués y escucha todo lo que le vienen a contar los distintos personajes que forman parte de ese mundo personal.

Más allá de la historia, he de decir que me gusta ver cine italiano, francés, sobre todo porque nos llega poco y a pequeñas dosis. También mucho cine español desaparece pronto de las salas, servidumbres de la programación actual. La música de la película es buena y en el epílogo, cuando al fin el protagonista abandona su retiro, suena una canción italiana, Amore transparente, de Ivano Fossati.

Fossati es un veterano de la canción italiana, poco conocido entre nosotros. Tuvo amores con otra gran señora de la canción de aquel país, Mia Martini, que puso fin a su vida de forma trágica a causa, dicen, de los altibajos en su carrera y, supongo, de tendencias depresivas personales. Cada persona es un misterio y las reacciones que puede tener ante lo que le sucede, a menudo imprevisibles.

Yo, que crecí con la canción francesa e italiana, que vi mucho de su cine, constato que los cantantes italianos de los sesenta eran popularísimos entre nosotros. De los setenta para acá la cosa cambió mucho, hay que ser casi un ‘iniciado’ para saber qué se cuece en el mundo musical francés, italiano y de donde sea, más allá de las grandes promociones discográficas habituales y convencionales. Muchos de los grandes de entonces aún continuan felizmente en activo, pero pocas noticias nos llegan de ellos.

La radio, a veces, nos ofrece programas curiosos, extraordinarios, como Voces con swing, en radio Nacional, en el que se emiten discos de aquellos antiguos, de piedra, casi irrecuperables hoy. Com ràdio, en Barcelona, ofrece un programa sobre canción francesa y otro sobre tango. Ignoro si hay alguna cosa sobre canción italiana. Incluso nuestros cantantes actuales, cantautores, grupos algo más minoritarios, son poco conocidos, en general, más allá de los de siempre. Por no hablar de cantantes y grupos buenísimos, en el ámbito de la canción más folklórica, aunque actualizada, muy populares en su comunidad y poquísimo en el resto de la península. La televisión también ha olvidado los programas musicales clásicos, juveniles. Las operaciones triunfo se nos han tragado las iniciativas.

No sé si soy pesimista. En cine, lo mismo, o me lo parece. Incluso la televisión, que en otras épocas y, sobre todo, en verano, emitía alguna película antigua poco conocida pero ‘de culto’, española o extranjera, parece no esforzarse en el tema. Además, la publicidad ha alcanzado cotas agobiantes. De vez en cuando, hay algún extraordinario sin ‘cortes’, pero es una especie de extravagancia singular. Claro que, a veces, las cosas cambian y a una moda la sucede otra. Así, que, quién sabe...

domingo, 3 de agosto de 2008

De cuando queríamos parecernos a BB

(He decidido no ceñir el contenido del blog a las traducciones de los artículos que publico en catalán, porque me limita la temática y a veces me da más trabajo traducir que volver a escribir sobre el tema).

Hace unos días escuché por televisión al periodista Angel Casas, hablando de músicas de su vida y recordando Brigitte Bardot. La mitología del pasado es engañosa y llegamos a creernos que éramos más fans de los Beatles que del Duo Dinámico, a veces por pura presunción de modernidad. Casas afirmavaba que Marilyn Monroe no le hacía, como decimos en catalán, ni fred ni calor, de joven, y que el objeto de sus deseos adolescentes era Bardot.

Bardot era el gran modelo sexi. Con sus despeinados y escotes, con su películas que pocas veces veíamos en España pero que algunos de los primeros afortunados catalanes poseedores de seiscientos y gogomòbils conseguían contemplar en el sur de Francia, con su escándalos que hoy son de instituto de secundaria, Bardot monopolizó la temática atrevida de toda una época.

Bardot cantó, bastante bien, y en el programa pusieron un disco suyo. Para mi gusto, mejor que la señora Bruni de Sarkozy, la verdad. Llegó a cantar con Gainsborough aquello tan atrevido de je t’aime mais non plus, canción llena de suspiros explícitos que hoy da un poco de risa y que luego grabó la esposa del cantante, Birkin, dicen que muy celosa de la versión de la Bardot, quién, posiblemente había tenido algo con su marido. Recuerdo la moda de los vestidos de cuadritos de colores, ribeteados con puntillas, cortitos y juveniles. Bardot la popularizó. Salió en una revista con su marido de entonces, el soso Charrier, un reportaje de esos estúpidos en la cocina de casa, con un alegre vestido de ese estilo.

Las chicas la imitábamos o la queríamos imitar. La prima de una amiga mía se le parecía un poco y los chicos andaban locos por ella. Bardot hizo malas películas, quizá no encontró un director adecuado, aunque ella no era Moreau, claro, pero hay que reconocer que tenía su gracia. Tuvo un romance con Sacha Distel, un cantante simpático del cual bailamos aquello del Monsieur Caníbal, y, sobre todo, la divertida historia del bombero que no encuentra la manguera ni la escalera mientras todo se está quemando.

Pero Bardot no murió joven, por suerte para ella. Tuvo la habilidad de retirarse a tiempo, a los cuarenta años. Ha envejecido y ha defendido y defiende los animales, focas, ballenas, e incluso a Le Pen, cosa que le quita brillo mediático a cualquiera. Un cantante brasileño le dedicó una samba que también bailamos a gusto en aquellos veranos de antes: Brigitte Bardot, Bardot, tu estilo triunfó, triunfó, BB, BB, el secreto de tu hechizo y de tu encanto no lo sé... Su belleza consolidó la moda dictatorial de las narices respingonas para tragedia de las personas como yo, con apéndices nasales más contundentes. Por suerte, la cirugía no estaba al alcance de todas las españolas por aquel entonces, y sólo actrices o gente de posibles se sometían a recortes nasales desafortunados, perdiendo mucha personalidad por los quirófanos pioneros.

La moda en el peinado era también muy dictatorial, pero esa es, afortunadament, reversible. Las chicas con el pelo rizado sufrían mucho y tenían que dormir con una especie de ensaimada en la cabeza, la toga, la llamaban. Yo, con el pelo finito y de poco volumen, cada noche de mi vida de entonces me ponía rulos y pinzas, ya empecé en los tiempos escolares con esa deleznable costumbre y en una ocasión, estudiando la Revolución Francesa, soñé que me cortaban la cabeza por orden de Robespierre y era una pinza que tenia en el cuello la culpable de la pesadilla. Además, debía consolidar la construcción peluquera diaria con chorros de laca maloliente o los efectos del cardado matinal me duraban diez minutos.

Mi madre tenía el pelo rizado y yo la encontraba muy anticuada. Una vecina más joven le aconsejaba alisárselo, en aquella época mamá debía tener unos cuarenta años, pero yo la veía inmensamente mayor. Ella protestaba diciendo que las negras también lo tenían rizado.
-Uf! –decía la vecina- Ya no hay ninguna negra moderna con el pelo rizado!!!
Lo dijo como si el estiramiento capilar fuese una muestra de avance técnico para las personas de piel oscuara y supongo que lo creía. Muchas señoras de buen ver de color, por cierto, de conjuntos musicales, lucían cabellos lisos y moños imposibles, supongo que les debía costar un buen dinero y muchos sacrificios, pero presumir comporta sufrimiento. Después vino la liberación, la moda afro y todo eso, y tuvimos que hacernos la permanente.

Los chicos tenían que ir también con mucho pelo, patillas e incluso barbas, que eran un signo evidente de progresismo político. En algunso trabajos se prohibía o casi llevar barba. La calvície era ya un problema, en aquella época decían que la provocaban los cascos y gorros de la mili pero ya no hay mili y parece que es más bien genético y que no se ha encontrado una solución definitiva. Las chicas de moda son hoy mucho más flacas que las de entonces y ese tema, como se sabe, ha generado una enfermedad casi nueva, la anorexia. Aceptarse gordo, flaco, calvo, peludo, chato o narigudo, con pelo rizado o liso, es un proceso que requiere años y madurez. Hasta que, mirándonos las fotos antiguas, nos damos cuenta de lo guapos y guapas que éramos en aquellas épocas, cuando estábamos cargados de manías y complejos. Es una lástima, porque hay muchos vendedores de tontería por el mundo que se aprovechan de esta estupidez que hoy se define como ‘no estar contento con tu cuerpo’. Massa farts (demasiado hartos), que decían mis antepasados. Al fin y al cabo, todos envejecemos y morimos, para eso sí que no se ha inventado nada, de momento. Nada efectivo, claro.



domingo, 13 de julio de 2008

Tesoros y herencias








Cuando era pequeña, en el pasillo de mi casa se encontraban cuatro cuadros que no sé de dónde habían salido, pero que me fascinaban. Eran unas láminas que parecían muy antiguas, representaban las estaciones de la vida y los titulos estaban escritos en francés y castellano, debajo de las ilustraciones.

Pensé durante años que mi madre los había tirado. En una ocasión me explicó que no tenían valor, que las láminas las habían dado con alguna revista que compraba su abuela y que el papel estaba muy deteriorado. Había revistas ilustradas que regalaban, ya entonces, a principios del siglo XX y finals del XIX, cosas de este tipo y que ofrecían coleccionables que después se encuadernaban. Creo que tambien tiene ese origen un folletín en dos volúmenes muy antiguo, Óscar y Amanda, que parece que en sus tiempos fue un exitazo, de
Regina Maria Roche, escritora irlandesa gótica y algo delirante, muy al gusto de la época. El título original en inglés era The Children of the Abbey y se publicó por primera vez en 1796. Estos libros todavía los conservo y son de mediados del XIX, cosa que me hace pensar que debieron pertenecer a la madre de mi bisabuela. De pequeña, con once o doce años, como tenía poca cosa para leer me los tragué enteros, tienen unas láminas muy evocadoras que me daban miedo. La historia estaba llena de malentendidos, hermanos abandonados, madrastras malvadas y un señor que era el más villano de todos, Belgravé. Ver la imagen de Belgravé en las láminas del libro, con aquellas patillas de la primera mitad del siglo XIX, me aterrorizaba.

Al vaciar armarios han surgido del túnel de tiempo los cuadros con las láminas, estan muy deterioradas, pero han sobrevivido hasta el 2008. En cambio, libros y otras cosas que pensaba encontrar han desaparecido, supongo que durante alguna limpieza materna debían desfilar hacia el cielo de los objetos perdidos. Me sabe mal haber perdido cuentos de cuando mi madre era pequeña, libros de cuando iba a la escuela, gramáticas con poesías que me gustaban mucho. Me sabe mal porque una ocupación habitual de los días de lluvia, durante mi infancia, era abrir un baúl donde reposaban aquellos libros, algunos juguetes estropeados, ropa antigua, estampas y recordatorios de funeral. También se han perdido unas gorras de dormir, de lino, que me quedaban muy bien pero que debían estar hechas polvo, literalmente hablando. De vez en cuando nos da por esas ansias destructoras, los recuerdos pesan y el espacio es limitado. Conservo aún unos refajos de mi bisabuela con los cuales me disfrazaba cuando cantaba cuplés de Sara Montiel, allà por finales de los cincuenta. Todavía mi hija se había disfrazado con ellos, pero ahora se deshacen al tocarlos.

En la biblioteca de mi barrio han colocado un cesto para dejar o coger libros. Cada día está más llena. He bajado unos cuantos de casa de mi madre, al cesto. Ya no sabemos que hacer con los libros, ni con la ropa, ni con tantos trastos que antes eran tesoros y ahora son estorbos. Podía haber bajado muchos más, pero los empiezo a hojear y no me decido. También hay periódicos y revistas antiguas, que supongo se guardaron por algun motivo, a veces incluso por haber publicado la esquela de alguien que debían conocer mis padres o mi abuelo. Están también muy deteriorados, el papel es efímero y el de periódico aún más. Lo peor es que siempre que voy a la biblioteca a llevar libros acabo por coger algún otro que despierta mi curiosidad...

Mirando las láminas yo, que creía estar en el otoño de la vida, he visto que estoy, ya, casi en el invierno. Las cuelgo en el blog, a ver si alguien me sabe dar algún dato del autor o de la época de los originales. Ya no tienen aquel encanto ancestral y sus damas y caballeros ya no me parecen tan bellos como antes, cosa de las corrientes estéticas en constante evolución. Pensar que algún día los periódicos de hoy y las imágenes más modernas y vanguardistas seran recuerdos evocadores, antiguallas, me produce una cierta inquietud. Pero que le vamos a hacer, todo cambia y desaparece, un dia u otro.

martes, 1 de julio de 2008

Raquel Meller, en el recuerdo


Formo parte de un modesto grupo de historia de mi barrio, el Poble-sec. Cada mes organizamos una charla en la biblioteca y la última de la temporada será esta tarde, a las siete y media. La hemos dedicado a Raquel Meller, gran artista, actualmente poco conocida y la haré yo misma. No soy ninguna expeerta en cuplé ni en artistas pero, por casualidad, dispongo de dos biografías de Meller, así como de una película en vídeo, La venenosa, con un argumento delirante del controvertido Caballero Audaz, de la cual pasaremos un fragmento.


Hoy es poco conocida esta cantante y actriz, que había sido famosísima y muy homenajeada. He hablado con jóvenes que ni tan sólo no sabían quién era o a qué se dedicaba. En sus tiempos se hablaba muy bien de ella como artista, pero no tanto como persona, pues tenía un carácter bastante difícil. Hizo películas mudas, y alguna de sonora. Era expresiva, con un gran atractivo, capaz de transformar su rostro y de adaptar su vestuario a cada representación. Fue una mujer moderna, pionera en adoptar los recortes en faldas y pelo que llegaron con los felices veinte. En su época fue alabda por personajes como Sarah Bernardt y Charlot, que quiso, sin éxito, a causa de los muchos compromisos de Meller, contratarla para una película. Trabajó y vivió en Francia, viajó por América. Se la puede considerar de la categoría de Baker o Mistinguette, pero en nuestro país se olvidan pronto esos mitos que en otros lugares son respetados, recordados y reivindicados.

Hoy resulta imposible encontrar la mayoría de sus películas y muy difícil conseguir sus grabaciones si no es a través del mercado de ocasión. Durante la década de los cincuenta, con el éxito de Sara Montiel, el cuplé resucitó y la misma Meller, que murió en 1962 criticó durament las interpretaciones del género que hacían Montiel, de Celis y otras. Era bastante sarcástica siempre, con las actrices de la competencia. Fue una diva, en toda la extensión de la palabra, y su vida familiar fue complicada. No cantó sólo cuplés sinó también tangos y otros tipos de canciones, además de algunas en catalán con letras escritas por Rusiñol y Guimerà. Con ella el cuplé alcanzó una categoría inmensa, ganó en elegancia y se convirtió en género de culto de muchos intelectuales, alejado de la picaresca vulgar que había dominado el tema al principio.

En Madrid se ha representado con gran éxito, durante tres temporadas, el musical de pequeño formato, Por los ojos de Raquel Meller. En Tarazona, ciudad donde nació, existe un museo dedicado a ella y una asociación que reivindica su memoria. Se considera que actualmente una de las grandes intérpretes de cuplé, por desgracia también poco conocida, es la gran Corita Viamonte. Mientras tanto, en Barcelona, ciudad que la vio crecer como artista, es poco recordada y su monumento se vio hace poco maltrecho por la acción de unos gamberros no identificados, aunque, ahora que ya se ha arreglado, alguien sigue poniendo flores en su cesto de Violetera. Quizá la resurrección del nuevo Molino, cuando llegue -ayer se puso la primera piedra- pueda acoger el homenaje que el recuerdo de la artista merece, haciendo venir a nuestra ciudad el musical mencionado, dirigido por Hugo Pérez. Creo que resultaría muy adecuado al entorno de nuestro hoy decadente Paralelo.

miércoles, 11 de junio de 2008

Ciao, Dino Risi!



Cuando era jovencita, los chicos y chicas más mayores que yo presumían de ir a ver películas supuestamente atrevidas. Una de las que marcó época fue La escapada, Il sorpasso, al ritmo de la música de la cual movimos el esqueleto adolescente, durante muchas tardes de domingo de las de entonces, en aquellos guateques habituales entre amigos.

Yo vi por primera vez la peli de mayor, en la filmoteca. La encontré inmensa. Unos años después Risi tuvo mucho éxito con otra película, Profumo di donna, de la cual se hizo, al cabo del tiempo, un remake americano bastante digno, pero que no nos hizo olvidar el original italiano, con un Gassmann genial, como siempre.

El director de aquellas dos películas y de muchas más,
Dino Risi, ha muerto recientemente, el 7 de junio y me parece que no se ha hablado excesivamente de él, mucha gente joven casi lo desconoce. A pesar de que estuvo en activo hasta hace pocos años un repaso a su filmografía nos muestra lo mucho que no hemos podido ver del director. Llega poco cine francés, poco cine italiano, y lo mismo se puede decir de la música popular. Parece que hemos pasado directamente al inglés, como ironizó una vez Riba, en una discusión con Unamuno sobre el idioma catalán.

De vez en cuando llega alguna cosa y si la promoción es buena, si da tiempo a funcionar el boca-oreja, tiene éxito. La comedia italiana tiene hoy herederos interesantes y muchos de los jóvenes de antes todavía trabajan. Lo mismo, sin embargo, pasa con muchas películas españolas, catalanas. Algunas ni tan sólo llegan a las salas convencionales, como, por ejemplo, una versión de principios de los noventa de la novela
Solitud dirigida por Romà Guardiet, por poner el primer ejemplo que me viene a la cabeza. O, en castellano, casos como Vida y color o Ochocientas balas, buenas historias que pasaron brevemente por los cines sin darles tiempo a nada.

Tenemos la tele, pero parece que se complacen en los refritos de siempre, con tantos anuncios en medio que ya no sabes qué estás mirando, a pesar de algunos esfuerzos en BTV y en la dos, pocas veces se recuperan películas como las de Risi y si se hace suele ser en horario surrealista.

Mientras creo que a La Escapada, con su musiquita del
guardacomedondolo no le ha pasado el arroz, algunos éxitos de antaño, como Un hombre y una mujer, dabadabadà, que emitieron hace poco por la tele, por cierto, el tiempo los ha situado en la nada. En mi época joven se valoraban mucho las escenas eróticas, ahora dan risa, y recuerdo que en la oficina donde trabajaba en aquella época se discutió bastante sobre si en la escena de cama entre Trintignant i Aimée habían puesto alguna sábana entre el hombre y la mujer implicados.
-Sí, sí, pero algo deben notar –decía una compañera conservadora, muy enfadada a causa del atrevimiento cinéfilo que ya amanecía en nuestra reprimida sociedad, y que anunciaba la caída irreparable de las buenas costumbres antiguas.





Por cierto, ayer por la tarde planchaba con afición contemplando por enésima vez el poema pedagógico protagonizado por
Sidney Poitier consiguiendo educar a una pandilla de mal educados. A mi, en la escuela, esas metodologías didácticas que a los actores, cuando hacen de profes, les van tan bien, no me han funcionado jamás. Pero claro yo no tengo la planta de ese señor ni su mirada penetrante y algo maliciosa. Poitier es ya un abuelito de buen ver, de ochenta años, por cierto, con unas cuantas hijas guapísimas, algunas de las cuales dedicadas también al cine. El género de profesores sobresalientes y incomprendidos siempre ha sido un género de éxito. Poitier fue el primer galán negro importante, cuando a alguien de mis tiempos le preguntaban si se casaría con un negro, solía contestar:
-Hombre, si fuese Sidney Poitier...

Y es que el color no es tan importante, hay cuestiones estéticas de más peso, la verdad. Aunque me gustó contemplar Poitier en su época de esplendor, me habría gustado más planchar al ritmo del twist de La escapada, me habría salido mejor la actividad de plancha doméstica. No me la van a pasar, en homenaje al director desaparecido? Por favor, si alguien tiene influencia...

domingo, 1 de junio de 2008

Sin tele y sin sentido común


Una servidora de ustedes se hace mayor y ya no se sorprende de casi nada. Però una de las tonterías que todavía me provocan cierta inquietud es cuando me endiñan como noticia bomba cualquier cosa intranscendente y estúpida. Las noticias de los noticiarios están llenas de cosas absolutamente prescindibles, mientras que los hechos serios y las situaciones dramáticas de verdad, mezcladas con el resto, parecen calderilla. Eso sí, de vez en cuando no nos escapamos de ver algun cuerpo mutilado, manchas de sangre –es preocupante esa afición a enfocar las manchas de sangre cuando no hay nada más- y operaciones de cirugía con unas cuantas tripas o pulmones en primer plano.

Hoy leo esta perla sobre unos niños que, en Estrasburgo, han participado en la excitante experiencia de vivir unos cuantos días sin tele ni consolas, pero consolados por los muchos juegos y talleres que la comunidad que los acoge ha organizado.

Han sido 10 días sin televisión, ordenador ni consola de juegos. Diez días de abstinencia tecnológica que han convertido a los 254 alumnos de un colegio de primaria de Estrasburgo (al este de Francia) en auténticos héroes de la pantalla. Paradojas de la sociedad mediática, la hazaña de estos niños de entre 6 y 11 años, sometidos voluntariamente a esta experiencia inédita en Europa, no ha parado de salir en los informativos de todas las cadenas de televisión...


Me temo que alguien no pase la experiencia, algo elaborada, al papel convencional, y que de aquí una temporada no nos vengan orientaciones curriculares con un anexo sobre la conveniencia de repetir la cosa por nuestras latitudes. En la escuela, con la escuela, y, se supone, para la escuela y para los niños se puede hacer de todo, toda clase de ensayos, como en la cocina de El Bulli. La paradoja es que los niños salen en la tele porque no ven la tele, vaya, que cosas.

Pues resulta que hay muchos niños, muchos más que en Estrasburgo, que pasan sin tele y casi sin probar bocado, currando mucho más que los adultos en edad laboral del mundo que va sobrado de proteínas, o sobreviviendo como pueden. Que en el barrio de los franceses bien alimentados la cosa haya tenido eco, en la tele local de la ciudad, por ejemplo, pase, que todos somos humanos y hemos tenido niños pequeños. El resto, un producto de esta sociedad cómoda, que cuando no sale agua del grifo, tanto del literal como de los grifos simbólicos, ya no sabe para donde tirar ni a qué santo encomendarse. Ya me lo decían mis padres, cuando no quería tragarme las papillas:’De qué pan hacéis mendrugos, demasiado hartos!’. Al fin y al cabo, la filosofía es la misma que la de la isla de los famosos o la masía de principios de siglo, programas televisivos de concienciación anticonsumista. Por favor, que a los poderes culturales y educativos no se les ocurra inventar experiencias raras y dejarme sin ordenador un mes y medio!!!

lunes, 26 de mayo de 2008

Paisajes bajo la lluvia


Cuando eres pequeña, las historias de los mayores tienen una dimensión mítica extraordinaria. Los envidias, porque han vivido lo que tú nunca vivirás, ellos quizá envidian tu futuro, que no conocerán. Te cuesta diferenciar las historias reales de las leyendas, y por eso la muerte y la tragedia no tienen el mismo peso para un niño que para un adulto. El hecho de vivir en Barcelona y de salir poco hacía que, además, las historias de pueblo que explicaban mis padres me pareciesen extraordinarias

Mi padre había nacido en
Mieres (Girona) que era, hace años, un pueblo poco conocido. Además, el hecho de compartir nombre como su homólogo asturiano, más importante, hacía que casi todo el mundo diese por hecho que hablabas de este último, claro. Las pocas guías turísticas que se editaban hace décadas sobre la comarca de la Garrotxa mencionaban Santa Pau, Olot y poca cosa más, de aquella zona. Mi padre, que marchó pronto del pueblo, siempre consideró que Mieres era ‘su pueblo’ y durante unos años, ya de mayor, lo llevábamos a comer allí por las fiestas, a la misa solemne, a escuchar las sardanas y visitar algún pariente que aún quedaba. Yo creo que, como nos pasa a todos, tenía mitificado el lugar, patria de su infancia, escenario de su primera juventud, estropeada de forma brutal a causa de la guerra civil. Mieres estuvo durante mucho tiempo más relacionada con Banyoles que con Olot, pero a la hora de determinar a qué comarca se adscribía optó por la Garrotxa, cuya capital es Olot, i no por el Pla de l’Estany, con Banyoles a la cabeza, ignoro con qué criterios.


Con los años supe que mi abuelo Sidro, constructor de carros, no era de Mieres, sinó de Beget, y que había tenido que huir de aquella zona a causa de las guerras carlistas. Mieres fue siempre un lugar conservador y carlista. Me habría gustado saber mas detalles de estas historias, pero mi padre era el pequeño de once hermanos y poca cosa he llegado a averiguar sobre el tema, más allá de entender que la huída debió representar, en la época, un drama, además de la pérdida de muchos bienes materiales invertidos en ‘la causa’. Las guerras carlistas todavía están mal explicadas y las interpretaciones que se hacen a menudo son interesadas y parciales. No se pueden entender muchos aspectos de la guerra civil sin intentar entender las guerras carlistas.

Durante años yo también mitifiqué aquel lugar. En mi novela Ombres (Sombras) inventé una Mieres mítica y la llamé Userda, que es como llamaba mi padre a l’alfalfa. Al editor no le gustó el nombre, decía que le sonaba a hierba de las vacas, y, efectivamente, es una hierba para los animales aunque ahora dicen que también adecuada para las personas, por cierto. Mieres ha sido también una población muy relacionada con el cercano santuario del Collell, donde muchos chicos del pueblo, como mi padre, iban a estudiar, a pie, y donde hubo un conocido seminario. Ahora es más famosa la zona por la novela de Cercas pero ya en los libros de Gironella se mencionaba el lugar y su relación con la guerra civil, durante la cual fue cárcel republicana. Hay muchos hechos todavía mal explicados o explicados de forma fragmentada, con relación a aquel lugar y aquella época. A mi Userda me sonaba como la casa Usher de Poe y me evocaba paisajes con niebla, decadentes, misteriosos y húmedos, con escondrijos profundos y grandes dramas familiares. Sagarra recoge el nombre de la hierba en aquel poema tan bonito: vinyes verdes vora el mar, sou més fines que l’userda... Mieres fue también un escenario muy importante en las luchas campesinas, remences. Todo ello me parecía que ligaba muy bien, además del hecho que, el nombre de Mieres, que puede proceder de Miliarius, se decía también que provenía de los campos de mijo, un alimento vegetal hoy casi limitado a los pajaritos domésticos. He recuperado esta Userda inventada en otros relatos y aún tengo tema para rato.

Mis parientes de Besalú y otros pueblos conocían persones de Oix, otro pueblo de la Garrotxa, lugar donde yo no había estado nunca, hasta hace pocos años. Oix era, en mi imaginario particular, lleno de relatos familiares, maquis, contrabandistas, guardias civiles, estraperlo, amantes clandestinos, misterios diversos. Me sabe mal, he olvidado muchas cosas o las recuerdo mal, cuando eres pequeño no escuchas a los mayores con bastante atención y ellos tampoco te cuentan toda la verdad, aún menos en aquella época.

Esta semana he vuelto a
Oix, para ir a una excursión, la Marxa de Veterans que organizaba el Foment Martinenc. Nos ha llovido mucho, pero la marcha se ha hecho igualmente, y, a pesar de quedar bien remojada, el paseo bajo la lluvia me ha evocado excursiones juveniles entre niebla, y el paisaje de la Garrotxa me ha vuelto a parecer lleno de secretos y enigmas. Actualmente hay más turismo, los pueblos han cambiado, son, de hecho, lugares dedicados a los servicios, con una agricultura casi testimonial, si la comparamos con la de otras épocas. Ya no huelen a vacas ni a algarrobas y las casas no se ven ennegrecidas por el humo ya que presentan un saludable aspecto, algo artificial, como las señoras demasiado bien vestidas y maquilladas en exceso.

A pesar de que Ombres tuvo alguna crítica aceptable, no se vendió mucho, pero en ocasiones en qué le he dado un repaso me ha parecido todavía una novela muy digna. La época de La Magrana con
Carles-Jordi Guardiola como director editorial fue importante, lástima que muchos de aquellos títulos hoy se encuentren prácticamente olvidados, porque el conjunto de la colección de narrativa Les ales esteses era muy bueno. Creo que me la etiquetaron como novela rural, se habían publicado hacía poco Pedra de Tartera y Camí de Sirga, quizá el tema ya cansaba, a pesar de que creo que la mía es muy distinta y que estas etiquetas son absolutamente arbitrarias. Probablemente no la encuentre nadie en las librerías, ya se sabe como va eso de los libros, pronto desaparecen de las estanterías comerciales. En alguna biblioteca pública catalana se puede recuperar. Sobre la traducción al castellano, que yo había imaginado, nada de nada. Siempre he creído que podía ser una buena película, una interesante serie de televisión, soñar cuesta poco. En la época en que la publiqué en el canal catalán de la dos hacían unos programas breves sobre libros, muy interesantes, y tuve la suerte, gracias a la editorial, de grabar uno. Recuerdo que fui a Mieres con el periodista, creo que era Lluís Quinquer, y dos técnicos, y expliqué como era la novela delante de la casa, entonces prácticamente en ruinas, donde había nacido mi padre, con un bosque de maleza ante su puerta. Era una casa de alquiler, el propietario nunca la quiso vender. Hoy la han rehabilitado, es una casa rural de cierta categoría y ha conservado el nombre de Cal Carreter. Almorzamos en el pueblo, en Can Met, y les sorprendió al equipo televisivo aquel pueblo, aquel valle, el silencio profundo y la iglesia imponente, con sus cipreses y su cementerio al lado. Yo me sentía escritora consagrada, pobre de mí. Ya hace más de quince años de todo aquello.

Cada paisaje tiene sus características y su belleza. La Garrotxa es muy especial, espero que el exceso turístico no acabe con sus misterios ni con su mágica belleza, un poco salvaje, un poco trágica. Una belleza que se muestra más contundente bajo la lluvia y entre la niebla, como este domingo.