domingo, 28 de marzo de 2021

RECUERDOS SENTIMENTALES DE SEVILLA

 


Si yo tuviese algún poder político, cosa imposible, fomentaría que en todas las escuelas del estado español los niños y niñas y los adolescentes se escribiesen a menudo entre ellos y viajasen constantemente de un lado a otro de la península, del mundo, si fuese posible, estableciendo lazos afectivos y duraderos. Si la transición hubiese tenido esta prioridad muchos malos entendidos del presente serían vistos como absurdos y por más que los políticos oportunistas dijesen tonterías sobre gente de aquí o de allá cuando, en realidad todos y todas somos más iguales de lo que queremos creer o nos han hecho creer.



Yo, sin embargo, soy una persona poco viajera, quizás lo hubiese sido de más joven, de haber podido entonces, en esa edad en la cual la curiosidad es inmensa y todo nos fascina. Hace más de diez años estuve en Sevilla un Domingo de Ramos, viendo esa emotiva procesión de La Borriquita, con los niños y niñas vestidos de nazarenos y las madres, padres i abuelos llevándoles bebida y merienda. La ciudad estaba llena de estudiantes ruidosos, son días en qué se hacen muchos viajes de secundaria, los estudiantes de esta edad suelen ser ruidosos, desobedientes y juerguistas, hay que tener paciencia, todos hemos sido adolescentes y jóvenes.

Subían y bajaban riendo por La Giralda, bromeaban a gritos en el barco turístico del Guadalquivir, ante la impotencia y tolerancia del profesorado, con quién a menudo me identifico, en estos casos. Había una exposición ampliada sobre Murillo, un pintor poco apreciado en algún momento, casi como si fuese un Velázquez menor. Y, nada de eso. No hay Sagrada Familia más maravillosa que esa del pajarito, ese guapo San José, esta escena familiar, intimista, de trabajo hogareño, de felicidad sencilla. Murillo, como tanta gente durante tantos siglos, perdió a muchos de sus hijos, hubo una peste en Sevilla, durante sus primeros años de matrimonio. No fue una vida fácil, la suya, pero no lo era para casi nadie, en aquells años y durante muchos siglos. Sus niños pobres nos interpelan desde el pasado y sus ángeles y sus vírgenes y santas nos consuelan.


Cuando yo era pequeña las estampas religiosas eran una especie de cromos populares gracias a los cuales conocimos muchas obras de arte relacionadas con aquella religión de entonces, que todo lo envolvía y condicionaba. Los libros de la escuela tenian dibujos de poca calidad que mostraban las 'bellezas de España', la Giralda, la Torre del Oro, lugares míticos, para mi tan lejanos e irreales como el Taj Mahal o la Luna. 



Jesús, dicen, entró en Jerusalén montado en la borriquita, le aclamaron y lo recibieron muy bien. Al cabo de pocos días, contaba mi madre, fueron a curiosear i aplaudir como lo crucificaban. El mundo es complicado, el ser humano, contradictorio. La fiesta de hoy, en mi ciudad, ya hace años que no es como antes, cuando los niños estrenábamos ropa y en la calle nos tropezábamos con todo el barrio y el único vecino que tenía máquina de fotografiar nos hacía un retrato. Todo pasa y cambia y así ha de ser. Pelearnos o discutirnos por lo que sea no tiene sentido, considerando lo breve que es la vida. Y, sin embargo, repetimos errores y nos amargamos la vida si motivo. La pandemia genera muchas protestas, la gente está harta, los políticos están desbordados, las vacunas no llegan a todos. Podríamos aprovechar el tiempo para meditar sin prisa ni impaciencia sobre el mundo y el sentido de la vida, si es que tiene alguno. Nuestra vida, con pandemia, incluso, es, en muchos casos, mejor que la de los sevillanos pobres, que eran la mayoría, del tiempo de Murillo.

viernes, 5 de marzo de 2021

EVOCACIONES PASADAS Y FUTUROS INCIERTOS

 



Paseaba hace pocos dias por ese nuevo espacio marítimo, detras del Hotel Vela, muy concurrido por gente joven y no tan joven, sobre todo durante los fines de semana. Había personas corriendo, haciendo gimnasia, bailando, parejitas, ciclistas, patinadoras, patinetistas, grupos de abuelitas y paseadores de perros. 

A mi lado se habían parado un padre y un hijo, el chico tenía unos doce años. El padre le contaba características de aquel paisaje durante sus años mozos, todavía en tiempos del antiguo Rompeolas. Se conserva todavía el edificio del Porta Coeli, donde comíamos festivos mejillones, al llegar allí en 'golondrina'. 

Habían venido en bicing, comentaban si sería mejor volver con la bicicleta o dejarla y tomar el metro, deduje que el regreso debía presentarse largo y en subida, porque el chico optó por volver en transporte público. 

-En el año 2100 -dijo el muchacho- tendré noventa y un años.
-Entonces se vivirá más que ahora -le comentó el padre, optimista.

El dialogo me evocó pasados remotos, hay fechas que nos parecen muy lejanas, fechas redondas, casi siempre acabadas en cero, fechas misteriosas y que parecen más importantes que las otras. Cuando era muy pequeña se especulaba con el año 1960, parecía que podía pasar de todo, una tercera guerra mundial, por ejemplo. No pasó nada o pasó de todo, las cosas no pasan siempre igual en todas partes, la Covid parece un mal universal però en cada lugar del mundo se vive de una manera diferent y, a nivel personal o familiar, lo mismo.

Mas remoto era el año dos mil, el cambio de siglo. Una compañera de escuela contaba que su abuela recordava la llegada festiva y alegre del siglo XX, un siglo que parecía que iba a traer grandes novedades y adelantos y, quizás, eso que no llega nunca, la paz universal. Pero no fue así, el siglo XX fue bastante peor, incluso, que los anteriores, al menos en su primera mitad. Para los europeos, claro. No podemos evitar mirarnos el ombligo, sin mala intención, eso sí.

En la escuela especulábamos sobre si estaríamos vivas, ya con más de cincuenta años, en ese lejano y enigmático dos mil en el cual se suponía que ya volaríamos por el espacio sideral. El niño que comento ni se preguntaba si viviría, aseguraba, sin dudas existenciales, que tendría noventa y un años. 

Yo ya no viviré, en el dos mil cien, por mucho que haya evolucionado la medicina. El tiempo es relativo cuando eres pequeño, cuando eres joven.. Todo es posible a los doce, a los quince años. Podemos hacer muchas previsiones pero todo se quedará en hipótesis, podemos imaginar un mundo mejor o un mundo peor, todo será distinto a como lo hayamos imaginado. 

Una vez llevamos a comer mejillones en golondrina a una tía, hermana de mi padre, que estaba de visita en Barcelona. Yo era muy pequeña y se me antojó uno de esos cangrejos vivos que vendían entonces, atados a una caña, después substituídos por bichos de plástico y ahora, definitivamente, desaparecidos. No me lo querían comprar, y se generó una de esas escenas familiares al estilo italiano o español, lloros, exigencias, nervios de los adultos. Me puse muy impertinente. A mi padre, que era un santo, se le escapó un bofetón, yo lloré más, luego le supo muy mal haberse pasado, acabaron comprándome el cangrejo y entonces, sin querer, lo pisé y lo asesiné. Mi tía, una mujer con un gran sentido del humor, cuando en otras ocasiones mi hermano o yo nos enfadábamos por cualquier tontería, decía a mi padre, riendo, en catalán, compra-li un cranc, home! Y eso de comprar un cangrejo se convirtió en una de esas frases familiares que se repiten a través de las generaciones, incluso cuando se olvida su origen real. 

El cangrejo asesinado por mí es también un símbolo, a veces, podemos acabar con nuestros deseos realizados, incluso destruir lo conseguido, ya que, al realizarse, pierden interés. Ningún cangrejo será nunca como el cangrejo imaginado.

domingo, 24 de enero de 2021

LOS PÁJAROS QUE CANTAN, ANTES DE LA PRIMAVERA



Cuando yo debía tener unos diez años tuve la suerte de que en mi gris escuela de monjas de la cual, sin embargo, no tengo malos recuerdos, aterrizase una maestra joven y moderna. Moderna considerando que estábamos a finales de los años cincuenta. Juan Ramón Jiménez, de quien sabíamos poca cosa, se puso de moda, y leíamos Platero y yo, un libro para mayores que se suponía que era para niños.

La profesora, que no debía tener ni veinte años y que nos parecía que recordaba a Roy Schneider, nos habló de la esposa de Juan Ramón, Zenobia Camprubí, que había traducido a Tagore y que era muy brillante e inteligente. Una reciente y magnífica biografia de Zenobia deshace muchos malentendidos y tópicos sobre la relación matrimonial y la personalidad de los cónyuges, tan diferentes y, sin embargo, tan unidos. Juan Ramon era un hombre especial, con tendencias depresivas. Ella era una persona luminosa, que hizo un montón de cosas, además de cuidar al marido y facilitarle la labor intelectual. 

Fue una lástima que esa pareja no pudiese disfrutar del Nobel, que no tuviesen hijos, que fuesen mirados de reojo por tirios y troyanos por no ser unos revolucionarios al uso ni unos conservadores dispuestos a adaptarse a la nueva situación de España. Zenobia, llama viva, como el título de la biografía, fue un ser excepcional y luminoso, inteligente, brillante, trabajadora, consciente de què había tenido una vida privilegiada en muchos aspectos, en la cual también hubo sombras y problemas. 

La biografía contiene unas fotos excelentes, evocadoras. He publicado una reseña en catalán en un blog cultural, hace poco. 

https://www.llegir.cat/2021/01/zenobia-camprubi-la-llama-viva-emilia-cortes/

Hoy paseaba por Montjuïc, en estos días de invierno, con esas limitaciones a causa de la pandemia, el viento se llevó las nubes y las panorámicas eran espléndidas. Todo era luz. He escuchado muchos pájaros y me vino a la cabeza un conocido poema de Juan Ramón, por cierto. Mi hija me mandó unas fotos de herrerillos, mallarengues, que se habian detenido en su jardín, a comer algunas semillas. Volverá la primavera y, aunque sea difícil, hemos de valorar lo que tenemos y no lamentarnos en exceso por lo que hemos perdido o por las actuaciones erráticas o desafortunadas de los políticos. Nos queda la música, la lectura, la poesía...


Cantan, cantan.
¿Dónde cantan los pájaros que cantan?

Llueve y llueve. Aún las casas
están sin ramas verdes. Cantan, cantan
los pájaros. ¿En dónde cantan
los pájaros que cantan?

No tengo pájaros en jaula.
No hay niños que los vendan. Cantan.
El valle está muy lejos. Nada...

Nada. Yo no sé dónde cantan
los pájaros (y cantan, cantan)
los pájaros que cantan.

martes, 20 de octubre de 2020

DELIBES, CENTENARIOS, EVOCACIONES, TELEVISIÓN

 



El segundo canal volvió a pasar, en el excelente programa Imprescindibles, La X de MAX, sobre Miguel Delibes. El dia 17 de este mes se cumplieron cien años del nacimiento del escritor, aunque se organicen actos diversos nada será como en tiempos de normalidad, sin esa espada de Damocles del virus limitando nuestra libertad y nuestras actividades.

Delibes es un personaje de consenso, apreciado, respetado y valorado por la gran mayoría de personas, incluso más allá de los gustos literarios de cada cual. En cierta manera eso pasa con el pintor Joan Miró y creo que, en ambos casos, lo que merece respecto es que se trata de buenas personas. La bondad no es hoy un valor excesivament apreciado, ni tampoco lo son las vidas familiarmente convencionales y relativamente tranquilas.

Pasó por el amargo trago de perder a su esposa demasiado pronto, no se volvió a casar ni se le conocieron amores de madurez. Incluso, en el reportaje, su hija pequeña comentaba que quizás, de haber aceptado dirigir El País y vivir en Madrid se habría vuelto a enamorar de alguien. Però no lo hizo. Se quedó en su ciudad, rodeado, eso sí, de una familia que produce hoy envidia sana, con tantos niños, bien avenida, organizando esas marchas en bicicleta que reproducen el largo camino que el escritor, joven, hacía para ver a su novia.

Puede que hoy, con el rechazo que produce la caza, no se entienda su afición a algo que, bien conducido, contribuye al equilibrio ecológico. Más allá de ese tema, en muchos otros, Delibes fue una especie de precursor de muchas cosas, sin proponérselo, incluso. En El disputado voto del señor Cayo se percibe ya el desencanto respecto de la evolución democrática. Esa España vacía de la cual hoy se habla y se escribe ya era uno de sus motivos de preocupación. No fue beligerante ni hombre de partido, pero fue lúcido y tuvo sus problemillas con aquella absurda censura de la época.

Incluso ha tenido suerte con las adaptaciones que de sus libros ha hecho el cine, todas son eficaces, respetuosas con el espíritu del escritor, algunas, como Los santos inocentes, excelentes. Delibes, amigo de Pla y de tantos otros, me evoca los buenos tiempos de Destino, aquella revista cultural posibilista que fue una luz en la penumbra de la larga postguerra. Mi abuelo la compraba cada sábado, olía a tinta y papel, era un olor que me encantaba, diferente del de otras revistas.

En ella colaboraban Delibes, Pla y tantos otros. Organizaban salidas culturales, por aquel entonces imposibles para nosotros, en autocar, en las cuales sorteaban libros. Poder hacer pequeños viajecitos, en aquellos tiempos sin turismo masivo, debía ser un gozo, limitado, lo admito, a gent con algunos posibles. Delibes ganó el Nadal, un premio que durante años gozó de un gran prestigio, hoy, uno más. Aquello, en cierta manera, cambió su vida, incluso a pesar de qué el escritor pesaba que el libro premiado no era gran cosa.

Delibes pasó al teatro, sobre todo, gracias a Lola Herrera y sus Cinco horas con Mario. La primera vez que leí el libro, sin quitarle méritos, me pareció algo injusto con la protagonista, Delibes era un hombre de su tiempo y su visión de la mujer, en aquel caso, es algo sesgada. Lola Herrera, con el tiempo, le dio una lectura más favorable al personaje. 

En la actualidad José Sacristán ha representado esa larga evocación que el escritor hace de su esposa, un texto emotivo, bastante lineal, no debe ser sencillo representarlo. Nos evoca a una mujer activa, dinamica, alegre, enamorada, amante de su familia, brillante y atractiva. Me recuerda el caso de la esposa de Savall, el músico, quien la perdió también de forma prematura, y decía, en una ocasión que era como una especie de ángel que había pasado por la vida familiar. Quizás comparo porque esa señora de rojo sobre fondo gris se llamaba, precisamente, Ángeles.

Delibes vivió muchos años, noventa. Escribió, de forma documentada y valiente, El hereje, un libro con el que no he acabado de conectar. Hubo quién dijo que no era suyo cuando la familia sabe que es, precisamente, del que hay más pruebas acerca de su redacción y documentación elaborada por el escritor. En una ocasión decía Delibes que la medicina actual alarga la vida pero no nos devuelve la ilusión. Pero eso es ley de vida, la ilusión juvenil no puede volver. Era tan tristón como dicen? Puede ser, pero en esas imágenes con sus nieto y biznietos no lo parece tanto. 

Una imagen del reportaje me emocionó y me provocó nostalgia, más allá de la vida del escritor. Esa en la cual Juan Carlos y Sofía, todavía jóvenes, se presentan en el portal de su casa, para visitarle, queridos y respetados por la gente, en aquella época. Me pregunto cómo es posible que la monarquía haya malbaratado aquel activo que tanto costo de ganar, con actuaciones lamentables. La vida da muchas vueltas y el recuerdo que dejas depende incluso de cuando y como mueres. 

Delibes es esa España amable, culta, respetuosa con el paisaje, con la gente, con las diferencias, sin estridencias ni partidismos, de la cual, probablemente, nadie querría salir si la reciprocidad fuese efectiva. Eso oi decir una vez a ese otro sabio, David Trueba, que quería una España en la cual Catalunya quisiese estar. Parece sencillo pero no lo es. 

Cuando yo estudiaba magisterio un buen profesor de literatura, ya desaparecido, Jesus Tusón, nos habló de Delibes con cierta condescendencia. Era la época del boom hispanoamericano, Delibes parecía ya un antiguo, un hidalgo castellano decadente, respetable y demodé. Supongo que con el tiempo y la madurez Tuson, que también se convirtió en un gran defensor de la lengua y la cultura catalanas, valoraría más a fondo la grandeza de un escritor que no ganó el Nobel, como tantos otros que lo merecen y nunca lo tendrán. Pero que es un gran clásico y que tuvo algo que quizás hoy tampoco se valora tanto, bondad, amor y una buena familia.

En la última entrevista hecha a Montserrat Caballé la cantante hablaba, muy bien por cierto, de Maria Callas. Pero, dijo, en la vida hay otras cosas más importantes que el éxito y Callas, más atractiva que ella, no las había conseguido: pareja estable, buena familia, hijos, amor y fidelidades. Todo eso también depende, quizás, del azar, de la genética, del carácter de cada cual. 

Espero que el centenario de Delibes no quede en poca cosa. Ni que libros imprescindibles como El camino no se conviertan en esa lectura obligatoria en secundaria, cosa que en ocasiones, si los profesores no son tan entusiastas, cultos y brillantes como deberían ser, más bien dejen un recuerdo aburrido y la evocación del indispensable trabajo preceptivo. En esos tiempos de aislamiento necesario me encantó recuperar ese capítulo de Imprescindibles. Por cierto, me pregunto que motivos hacen que no se puedan recuperar todos los espacios de esa serie de programas, absolutamente imprescindible. 

sábado, 17 de octubre de 2020

RIVALIDADES URBANAS

 


Más allá de la política y desde tiempos no sé si remotos, pero bastante lejanos, existe entre Madrid y Barcelona, o sea, entre sus habitantes o una parte de sus habitantes, una especie de rivalidad que las circunstancias, futbol añadido, fomentan a menudo.

Ayer, en la sede de CaixaForum, en Barcelona, visité una excelente exposición sobre mitología, que procede del Prado. Y es que más allá de esas rivalidades que, en ocasiones, se asemejan a los odios entre pueblos o barrios vecinos, las dos ciudades, de alguna manera, se complementan. Y con mar o sin mar y con toda su mitología urbana, se parecen, como se parecen las ciudades grandes entre sí, en muchos aspectos.

Estos días tristes de pandemia, protocolos, prohibiciones y el resto, también se percibe algo de eso, cuando por aquí parecia que íbamos peor que Madrid, en número de contagios, se insinuaba que las cifras de allí no eran exactas. Ahora las cosas han cambiado y, a veces, parece que la rivalidad futbolística se traslada a ámbitos donde sobra y molesta.

A mi me gustan las dos ciudades, claro que soy de Barcelona y mi imaginario sentimental me ha convertido en barcelonesa militante, de barrio popular, como es el Poble-sec. No me ciega el cariño, conozco los defectos y problemas de mi ciudad, muchos de los cuales se dan en otras partes, aunque en cada lugar, a su manera.

No he tenido tantas ocasiones de estar en Madrid como desearía pero, de todas las veces en qué estuve allí, guardo muy buenos recuerdos. Siempre, de forma inevitable, te encuentras alguien con pocos modales, que te oye hablar catalán y te mira mal o te dice cualquier tontería, pero esas cosas me han pasado más a menudo en ciudades más pequeñas, en pueblos, incluso. 

La gente, en general, es buena y tiene ganas de ser amable. Yo también intento serlo con los forasteros que visitan Barcelona, hoy muchos menos, a causa de la situación. Hace sesenta años, cuando iba a la escuela, el tema de Madrid era recurrente, que si allí dejaban hacer edificios más altos, que no tenían mar, que si contaban más habitantes de la cuenta. Años después incluso había quién decía que Franco respetó Madrid, en comparación con los bombardeos sufridos en Barcelona cuando Madrid quedó absolutamente destrozado, con motivo de la guerra civil y fue todo un ejemplo de resistencia.

La situación política es actualmente inestable, a veces, absurda, pero eso es culpa de los que avivan los fuegos de la incomprensión con informaciones para crear mal rollo. A veces lo consiguen porque somos humanos y cuando te critican lo tuyo, familia, barrio, ciudad, país, te sientes dolido, y porque la clase política, en parte, a veces se nutre del mal rollo, aquí y en las antípodas. Hoy las ciudades grandes han recibido gente de todas partes del mundo, sobre todo en sus barrios populares, bastante parecidos aquí y allá. El bazar chino de la esquina ha superado aquello de la hamburguesería de moda. 

En eso del virus vale más no presumir, es fácil pegarse el batacazo. Creo que hay una tendencia, o bien a sentirse patriota al máximo, de forma bastante irracional, o bien a creer que todo lo nuestro es lo peor de lo peor. Pero todos los países tienen sus miserias, sus pecados, sus guerra, sus odios y sus maravillas, claro. Estaría bien que, al nacer, o cuando pudiésemos decidir, nos preguntasen qué familia y qué país elegimos, pero eso no funciona así. Enorgullecerse o avergonzarse de algo que nos ha tocado por casualidad genética no tiene sentido.

La fraternidad universal, un sueño de algunos de nuestros antepasados utópicos, está muy lejos, todavía. Nos quejamos de lo nuestro, virus incluído, pero en este anchuroso mundo hay personas que hoy lo pasan mucho peor y tienen pocas esperanzas, incluso, de sobrevivir. Considerando como va todo las rivalidades provincianas, aunque se situen en capitales de una cierta magnitud, me parecen altamente surrealistas. 



lunes, 3 de agosto de 2020

MIENTEN MÁS QUE ESCRIBEN

Hace años escuché por televisión una entrevista a una actriz ya mayor, que había conocido a muchos famosos, entre los cuales un montón de escritores. Manifestó que los escritores, así, en general, y con todas las excepciones que se puedan encontrar, eran los profesionales que más la habían decepcionado. 

Supongo que eso se puede aplicar también a las escritoras, claro, pero todavía la percepción no es la misma para hombres y mujeres, incluso en esos campos intelectuales. Se refería la actriz, claro está, a escritores hombres, de un cierto prestigio y reconocimiento y que se ganaban relativamente bien la vida escribiendo. Autores 'de culto'.

La profesión intelectual tiene, todavía, un halo especial. Leer, así, en general, se supone que es algo bueno y recomendable. Pero lo cierto es que se pueden leer muchas tonterías, a lo largo de la vida, incluso tonterías de prestigio, recomendadas por esos expertos del tema, entre los cuales, los críticos, a menudo más criticados que lo que critican. 

Puede que también decepcionen, claro, los actores. Pero un actor es más polivalente, puede ser un héroe o un villano. Y sabemos, en cierto modo, que son títeres de prestigio, al servicio de intereses complejos y venales. Los escritores, a veces, también. Pero es cierto que grandes escritores, tratados en persona, a menudo tienen poco que ver con las cosas interesantes y profundas que han escrito.

Hace años eso de escribir, de escribir cosas de peso, estaba al alcance de poca gente. En el éxito literario tiene un gran valor práctico la oportunidad, el momento, la suerte, los conocidos, la promoción, la casualidad. De hecho, escritores o lo que sea, la gente miente bastante. No siempre ni en todo momento, depende. Se miente por supervivencia, para quedar bien, para impresionar. La gente se reinventa la propia biografía. Con los años te das cuenta de la gran cantidad de mentiras que has admitido y de las que tú misma has contado, sin mala intención, por motivos diversos. 

Las buenas biografías a menudo acaban con todos los mitos. Sabemos que es así pero queremos admirar a alguien, quizás sea una necesidad. O una necedad. Las mujeres, antes, puede que todavía queden unas cuantas, necesitaban admirar a su pareja, en teoría. De ese modo, damas brillantes quedaron a la sombra de sus maridos o amantes y aguantaron de todo y más. Puede que haya algún ejemplo a la inversa pero son pocos, todavía.

Cuando una chica se quedaba embarazada, de soltera, en los tiempos en los cuales eso era habitual y, a menudo, un gran drama familiar, una explicación era que la habían engañado. Ese padre de mi niña Lola, tan preocupado, le pregunta a la hija si un hombre la ha engañao. No sabemos el desenlace, la canción nos deja en el misterio. Lo pero es que, en muchos casos, era cierto. Los hombres tenían más experiencia sexual, adquirida de mala manera, claro, y los tópicos sobre mujeres pecadoras hoy pueden parecer hilarantes pero hicieron mucho daño. 

La literatura muestra cuán diferente era la vara de medir, para hombres y mujeres. Hay autores admirables por sus obras, por sus novelas, por su poesía, pero puede que en su vida privada fuesen muy diferentes, o, más bien, humanos, contradictorios, incoherentes. Vease eso de Miller y algunos otros intelectuales, con sus hijos subnormales, horrible adjectivo que hoy se ha vuelto un insulto. Cierto que eran otros tiempos, pero, claro, es que estamos hablando de señores con ideas, con buenas ideas de izquierda. 

Muchos escritores, en cierta manera, y me resulta comprensible, se idealizan a sí mismos al escribir. Es la magia de la literatura. Y no sólo en la supuesta ficción, también lo hacen en sus libros de memorias, incluso reforman dietarios del pasado. Además, los lectores tenemos cierta tendencia a construirnos nuestros propios mitos. Hace algun tiempo un conocido me alababa la postura de Machado respecto al tema catalán y casi puso en duda mis aclaraciones, sobre la existencia de textos del poeta muy poc comprensivos y nada amables con el tema. Otra cosa es que el poeta tuviese amigos aquí, no hace falta pensar igual para apreciarse a nivel humano. Galdós tuvo amigos muy diferentes, ideológicamente hablando. 

No hay que dar a las ideas literarias de los autores que apreciamos carta de veracidad. Claro que eso lo vamos entendiendo con los años. A los políticos ya se les admite una cierta e inevitable dosis de doblez pero a los escritores, ay, eso ya resulta más espinoso. Sin embargo es así, se pueden poner muchos ejemplos, y de todas las épocas, incluso de la actualidad más reciente. La sinceridad, lo admito, está sobrevalorada. A los niños les insistimos en qué deben decir la verdad pero pronto se dan cuenta de qué los adultos mienten a menudo. La convivencia humana, en muchos casos, se sostiene gracias a una cierta dosis de mentira e hipocresía, aunque no nos guste admitirlo. Y es que hay muchos refranes sobre el tema: diciendo las verdades, se pierden las amistades o aquello de qué el que dice lo que piensa nunca piensa lo que dice. 

viernes, 17 de julio de 2020

MEDITACIONES ESTIVALES DESACOMPLEJADAS



Llevo tiempo sin entrar en este y otros blogs personales, así que pido excusas si no he contestado algunos interesantes y amables comentarios. También he encontrado sin borrar comentarios de esos raritos, en árabe o chino o con extraños mensajes misteriosos, no sé de donde salen però se reproducen y se introducen por todas partes. Los más surrealistas hacen referencia a una conspiración en la cual están un famoso señor americano muy rico y su secta, para eliminar a una gran parte de la población, gracias a ese virus, inventado  por ellos, según esas informaciones.

No hay que reirse demasiado de las conspiraciones, a veces, muy pocas, pueden ser verdad. Por ejemplo, yo no me creí, en su tiempo, que Isabel Preysler se fuese a casar con el señor Boyer pero era cierto y bien cierto. El otro día le contaba a una joven y amable peluquera que se ofreció, en estos tiempos difíciles, a cortarme el pelo, las cosas que por la radio se decían, en aquella época, sobre las habilidades amorosas de la dama, ligadas a sus orígenes filipinos, como aquello del carrete. No lo voy a repetir ahora, los jóvenes curiosos deberán consultar hemerotecas. No sé si su pareja actual, Vargas Llosa, sabrá algo sobre el tema. 

Esta tarde han cortado una película que me estaba mirando para que la alcaldesa de Barcelona me informase sobre la triste situación actual y el reconfinamiento inevitable, si no nos portamos bien, será peor. Yo es que creo que ya me porto bien y no he entendido nunca porque en la escuela había que castigar a toda la clase por las gamberradas de media docena. Y, en todo caso, incluso en la escuela, las gamberradas de las minorías eran culpa de la autoridad y de su poca eficacia.

Un cuento de Margaret Atwood cuenta como un grupo de jóvenes airados se dedica a atacar residencias de gente rica o de clase media. El personal huye antes del ataque y los ancianos y ancianas son eliminados sin piedad en nombre de una justicia que parece, incluso, razonable, ocupan sitio y gastan recursos que hacen falta a las nuevas generaciones. Una viejecita, gracias a un amigo de su edad, que se da cuenta del peligro, consigue escapar. És una fábula però sin pretensiones morales excesivas. Hace pensar. Sobretodo a los que ya estamos en esa etapa eufeísticamente llamada 'de mayores', de mayores vulnerables, edad de  riesgo, todo eso que nos dicen hoy cuando hace poco nos predicaban vejeces activas y creativas y nos incitaban al consumo de fármacos y gimnasias y carretes.

La vida pasa y la verdad asoma, ya lo dijo el poeta, y sus versos se han repetido hasta la saciedad. La noche de verano cae sobre Barcelona, un grupo de bonitas golondrinas cruza el cielo pero, según me cuenta mi hermano, del viejo solar abandonado desde hace casi cuarenta años, donde estuvo el bonito teatro Talía y donde se podrían hacer pisos asequibles, salen al anochecer ratas como conejos de grandes. El mundo es diverso y contradictorio y los virus actuales nos recuerdan que somos humanos y perecederos.