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sábado, 17 de octubre de 2020

RIVALIDADES URBANAS

 


Más allá de la política y desde tiempos no sé si remotos, pero bastante lejanos, existe entre Madrid y Barcelona, o sea, entre sus habitantes o una parte de sus habitantes, una especie de rivalidad que las circunstancias, futbol añadido, fomentan a menudo.

Ayer, en la sede de CaixaForum, en Barcelona, visité una excelente exposición sobre mitología, que procede del Prado. Y es que más allá de esas rivalidades que, en ocasiones, se asemejan a los odios entre pueblos o barrios vecinos, las dos ciudades, de alguna manera, se complementan. Y con mar o sin mar y con toda su mitología urbana, se parecen, como se parecen las ciudades grandes entre sí, en muchos aspectos.

Estos días tristes de pandemia, protocolos, prohibiciones y el resto, también se percibe algo de eso, cuando por aquí parecia que íbamos peor que Madrid, en número de contagios, se insinuaba que las cifras de allí no eran exactas. Ahora las cosas han cambiado y, a veces, parece que la rivalidad futbolística se traslada a ámbitos donde sobra y molesta.

A mi me gustan las dos ciudades, claro que soy de Barcelona y mi imaginario sentimental me ha convertido en barcelonesa militante, de barrio popular, como es el Poble-sec. No me ciega el cariño, conozco los defectos y problemas de mi ciudad, muchos de los cuales se dan en otras partes, aunque en cada lugar, a su manera.

No he tenido tantas ocasiones de estar en Madrid como desearía pero, de todas las veces en qué estuve allí, guardo muy buenos recuerdos. Siempre, de forma inevitable, te encuentras alguien con pocos modales, que te oye hablar catalán y te mira mal o te dice cualquier tontería, pero esas cosas me han pasado más a menudo en ciudades más pequeñas, en pueblos, incluso. 

La gente, en general, es buena y tiene ganas de ser amable. Yo también intento serlo con los forasteros que visitan Barcelona, hoy muchos menos, a causa de la situación. Hace sesenta años, cuando iba a la escuela, el tema de Madrid era recurrente, que si allí dejaban hacer edificios más altos, que no tenían mar, que si contaban más habitantes de la cuenta. Años después incluso había quién decía que Franco respetó Madrid, en comparación con los bombardeos sufridos en Barcelona cuando Madrid quedó absolutamente destrozado, con motivo de la guerra civil y fue todo un ejemplo de resistencia.

La situación política es actualmente inestable, a veces, absurda, pero eso es culpa de los que avivan los fuegos de la incomprensión con informaciones para crear mal rollo. A veces lo consiguen porque somos humanos y cuando te critican lo tuyo, familia, barrio, ciudad, país, te sientes dolido, y porque la clase política, en parte, a veces se nutre del mal rollo, aquí y en las antípodas. Hoy las ciudades grandes han recibido gente de todas partes del mundo, sobre todo en sus barrios populares, bastante parecidos aquí y allá. El bazar chino de la esquina ha superado aquello de la hamburguesería de moda. 

En eso del virus vale más no presumir, es fácil pegarse el batacazo. Creo que hay una tendencia, o bien a sentirse patriota al máximo, de forma bastante irracional, o bien a creer que todo lo nuestro es lo peor de lo peor. Pero todos los países tienen sus miserias, sus pecados, sus guerra, sus odios y sus maravillas, claro. Estaría bien que, al nacer, o cuando pudiésemos decidir, nos preguntasen qué familia y qué país elegimos, pero eso no funciona así. Enorgullecerse o avergonzarse de algo que nos ha tocado por casualidad genética no tiene sentido.

La fraternidad universal, un sueño de algunos de nuestros antepasados utópicos, está muy lejos, todavía. Nos quejamos de lo nuestro, virus incluído, pero en este anchuroso mundo hay personas que hoy lo pasan mucho peor y tienen pocas esperanzas, incluso, de sobrevivir. Considerando como va todo las rivalidades provincianas, aunque se situen en capitales de una cierta magnitud, me parecen altamente surrealistas. 



sábado, 1 de marzo de 2014

AQUELL 11 DE MARZO DE HACE DIEZ AÑOS


Atentado de Atocha el 11 de marzo de 2004.

Va a hacer diez años del atentado de Madrid. Yo estaba entonces todavía en activo y una maestra joven y alegre, pionera en la utilización de internet, entró en mi aula pálida y preocupada después de salir del aula de informática: han tirado una bomba en un tren de cercanías en Madrid y hay más de cuarenta muertos, me dijo. Creo que pusimos la radio, que era por aquel entonces el medio más rápido de información. Por desgracia los muertos fueron muchos más, como todo el mundo sabe. El tiempo pasa y todo parece minimizarse, incluso las grandes barbaridades que hemos vivido de cerca. Pudo haber pasado en Barcelona, parece que esa era la intención, la repetición de la masacre en nuestra ciudad. Los terribles hechos dieron lugar a un rifirrafe político, el partido popular perdió unas elecciones que tenía ganadas por su absurda manera de enfocar la desgracia y por sus estúpidas mentiras insistentes. Creo que la situación actual es, en cierta manera, producto de aquella tragedia, llegó Zapatero con su sonrisita y su inoperancia y regresaron después los populares, más radicalizados hacia la derecha que nunca, si eso es posible. 

Los grandes errores políticos se suelen olvidar y es que en el contexto hispánico hay poco donde escoger más allà del PSOE y el PP.  A menudo me vienen a la cabeza aquellas palabras de Josep Pla, señor poco radical y algo complejo, sobre el hecho de qué un español de derechas era muy parecido a un español de izquierdas. Las generalizaciones siempre son injustas y hay españoles muy distintos, lo mismo que catalanes, aunque es cierto que en el contexto político a veces todo se confunde y se asemeja.

Hay españoles como el señor Fernando Reinares, a quién escuché ayer en una entrevista en TV3, hablando sobre su reciente libro acerca de aquel atentado, el contexto, las motivaciones. Reinares es un gran periodista y una persona que se muestra abierta e inteligente, según mi opinión personal que es la única que tengo. Por suerte en ese espacio matinal de TV3 han cambiado el estilo al cambiar la periodista. La anterior formaba parte de ese grupo actual de jóvenes atrevidos y poco respetuosos que interrumpen, increpan, no dejan hablar al entrevistado y ponen nerviosa a la gent con algunos años encima. Es un periodismo de moda, por desgracia. La actual, Lídia Heredia, es una persona amable, que sabe escuchar y que por ello saca lo mejor de los entrevistados, de forma distendida y oportuna. Espero que dure. 

Por desgracia, por mucho que se escriba y comente sobre aquella tragedia, los muertos no volverán, tanta gente joven, trabajadora, españoles y inmigrantes de esos que vienen a ganarse la vida como pueden, a menudo en cosas que los de casa no queremos hacer. De momento, porque la crisis y el paro acaban por hacer deseable cualquier ocupación. En los trenes de cercanías y los metros viajan, en general, los humildes, los modestos. Pocas veces se ven políticos conocidos en el transporte público, o grandes artistas, actores, escritores de éxito o cantantes bien pagados. Bueno, será por seguridad y todo eso, digo yo. Aunque convendría que muchas personas estuviesen constantemente en autobuses y metros, arriba y abajo, escuchando lo que dice la gente normal. Un político catalán, el señor Durán, ya admitió con gran cinismo que con un sueldo de profesor no tenía ni para empezar, él lo dijo pero seguro que muchos también lo piensan.

Con motivo de los atentados de aquel fatídico marzo de hace diez años se pararon los programas de televisión. Pero no paró el fútbol ni se dejó de emitir publicidad porque hay cosas que parece que son sagradas y suelen ser las más banales si no fuese porque dan dinero y mueven la economía. Me pareció una gran falta de respeto no pararlo absolutamente todo, la verdad. Pero, ¿qué es el respeto? No andamos sobrados de él, en general. Aquel día nos sentimos más españoles que ahora, en Catalunya, madrileños sobre todo, claro. Las cosas no son fáciles en este país ni en ninguno, las víctimas de aquel terrorismo, en general, no quisieron ser etiquetadas ni manipuladas, Pilar Manjón, madre de una de aquellas víctimas ha tenido problemas y ha recibido amenazas en muchas ocasiones. La política tiene mucho interés en aprovecharse del martirologio y no es fácileser un espíritu libre en circunstancias dolorosas.

Aquel atentado nos enfrentó con nuestra fragilidad, jamás podemos estar vacunados en contra del fanatismo, del azar trágico, de la desgracia colectiva o de la enfermedad inesperada. Por desgracia también escuché esas llamadas a la mano dura y a la pena de muerte y todo eso que se repite cuando pasa algo grave cerca de nosotros. Escucho y leo también en estos días del presente llamadas a la revuelta violenta, a las guillotinas para los corruptos, a las cárceles para los separatistas, cosas muy raras que parecen abstractas pero que en un contexto adecuado pueden germinar si no lo han hecho ya. Mirando hacia atrás con ira o sin ella es evidente que las ideas pacifistas han hecho mucho camino y que estamos lejos de la valoración indiscriminada de la violencia como solución a casi todo pero como cantaba Dylan y nosotros mismos, hace años, ¿cuántas bombas estallarán antes de qué no quede ninguna? ¿cuántos muertos tendremos que contemplar para constatar que ya ha muerto demasiada gente? No lo sé pero basta con mirar telenoticias para ver que el tema no cesa y que cuando no es aquí es allá y que cuando un conflicto parece terminar otro se inicia.

En tiempos más religiosos se decía aquello de que Dios nos perdone. Considerando que Dios había creado al hombre a su imagen y semejanza, según la doctrina oficial, debíamos haberle pedido responsabilidades. Eso de tener que pedir perdón es también un absurdo, el que se arrepiente de veras ya lo demuestra con hechos y no con palabras vacías y nadie es responsable de lo que hizo alguien de su religión, de su grupo social o de su familia, en el pasado. La historia sirve para muchas cosas contradictorias y es fácil de reinventar. Sería mejor mirar siempre hacia adelante, desde el presente, olvidando las marchas militares y los himnos pacifistas que sirvieron para poco. Y las venganzas y las revanchas, aunque sean retrospectivas. No sólo porque son injustas e indiscriminadas sino porque no sirven para nada, más bien para complicar los problemas y la convivencia.

domingo, 21 de marzo de 2010

Madrid, hoy y siempre










He vuelto a Madrid, con ese AVE demasiado rápido para mi gusto. Me gustaban los viejos y lentos trenes que pasaban por estaciones y pueblos. Lo mismo ocurre en la actualidad con las carreteras, vas de un sitio a otro sin saber ni ver por donde pasas, a no ser que te desvíes de forma intencionada del recto camino.

Las ciudades, cuando hace tiempo que no las ves, e incluso cuando las ves cada día, crecen y cambian como los niños, sin darnos cuenta. Sin embargo esa capital española con la cual intentábamos rivalizar en otros tiempos (hoy creo que la rivalidad es, sobre todo, futbolística) mantiene toda su magia y su encanto. Más turistas, más rascacielos. Como en Barcelona. Comparar Madrid con Barcelona es un gran absurdo, son tan distintas esas dos ciudades... Me lo he pasado de rechupete, como siempre que he ido.  Dejé Madrid con el deseo de volver, con una sensación de añoranza extraña.

Las grandes ciudades son diversas, poliédricas. Crecen en Madrid,  como en Barcelona, los rascacielos, muy poco de mi gusto como tampoco lo eran de Cerdà, el del Ensanche barcelonés. Hace años, cuando yo era pequeña, siempre se criticaban las limitaciones estatales a la construcción de rascacielos en Barcelona. Los rascacielos madrileños de entonces ya se han quedado pequeñitos y parece que crecer en verticalidad es una tendencia de nuestro tiempo. Debe ser un complejo atávico, algún resquicio subconsciente de la época de la torre de Babel, ese afán por rascar el cielo.

Uno de los días comimos un excelente y econòmico menú en la calle Botoneras. En el restaurante había unas fotos maravillosas, antiguas, de la ciudad. En algunas se veía, sonrientes, a toda aquella generación del 27 que la guerra separaría y castigaría. Contemplar de forma retrospectiva su felicidad juvenil sabiendo lo que paso después pone la carne de gallina pero así es la vida, imprevisible, cruel a veces, maravillosa en muchas ocasiones, sobre todo cuando está a punto de llegar la primavera y en los árboles apunta ya un verdor de niebla vegetal, prudente y tembloroso.

Algunas de las amigas con las que fuí, un grupo de ocho chicas de oro y de plata, muy bien avenido, no habían estado nunca en Madrid y les encantó también y les supo a poco la visita. Seguro que volveremos. Por suerte, las convencí de no hacer esos peregrinajes exhaustivos y agotadores de viajero consumista, aunque caminamos bastante y también tomamos el Bus turístico, cómodo y tranquilo. Hacer el turista, de vez en cuando, está pero que muy bien. Sin abusar, claro. Pero parece que se extiende el deseo, absurdo, de verlo todo cuando se viaja. Y cuanto más lejos se va más todo se quiere ver. Incluso en la propia vida, de joven, se quiere hacer todo hasta que la realidad de la limitación temporal pone las cosas en su sitio y nuestras ambiciones en cuarentena.

Mañana me voy a Sevilla una semanita. Nunca he estado allí. Todo el día de hoy me viene a la cabeza el poema aquel del río Guadalquivir va entre naranjos y olivos, por los ríos de Granada sólo reman los suspiros... Cuando un río o una montaña pasan de ser una fotografía o una mancha azul o marrón en los mapas a ser reales y a pertenecernos un poco, todo parece posible. La abstracción, el deseo, el sueño, se hacen realidad. La realidad a veces tiene poco que ver con nuestra imaginación mitificadora pero en algunas ocasiones incluso supera nuestras expectativas.

domingo, 1 de febrero de 2009

Fotos con historia

No he estado en Madrid tantas veces como habría querido. No he viajado demasiado, la verdad. No me gusta el turismo que se hace hoy, en general: rápido, masivo, condicionado a eso que llaman la oferta cultural. Mis recuerdos de lugares siempre tienen relación con personas o sensaciones diversas, los lugares cambian, como nosotros, y a menudo no existe aquel sitio que idealizamos en años lejanos. No hay mejor visita que aquella en la cual nos acompaña alguien que ama el lugar, tanto si se trata de una gran ciudad como de una aldea.

Hay un blog que me tiene fascinada, es el de Mis fotos de Madrid, mucho más que fotos, la verdad. Quise hacer algo así con mi barrio de Barcelona, pero soy poco constante. Para que te guste una ciudad la tienes que amar y aceptar como es, con sus recuerdos y su presente, con sus cambios inevitables, en los cuales siempre se pierde alguna cosa. González Ledesma escribió en algún sitio que su ciudad, en ese caso Barcelona, era a la vez su madre, ya que lo vio nacer, y su hija, puesto que él la ve cambiar.

El dueño de ese rincón virtual madrileño ha tenido la buena idea de pedir a otros autores de blogs que le manden pequeñas narraciones o evocaciones relacionadas con Madrid. Hoy empieza la 'serie', que promete mucho; la verdad es que ya leo más blogs que revistas o periódicos. Sin embargo, cada vez hay más y mejores y cuesta ser constante, no hay tiempo para todo.


No puedo, de momento, volver a Madrid. Sin embargo paseo por sus rincones más entrañables y conozco su historia íntima a traves del blog de Miguel. Espero que dure mucho tiempo 'en antena'.

martes, 9 de diciembre de 2008

Reflexiones barcelonesas de camino hacia la Rambla



Me gustaría poder montar un blog con anécdotas, paisajes, historias y fotos de Barcelona, aunque ya existen algunos de muy buenos sobre el tema. También Madrid, ciudad que me encanta y donde siempre me he sentido muy bien, tiene blogs estupendos, yo diría que más ambiciosos que los de Barcelona, pero, qué sería de nosotros sin esa rivalidad ancestral?

La verdad es que me cuesta la especialización, tengo más tendencia a la variedad de colmado de barrio o de bazar chino, de todo un poco. Ahora estoy intentando mantener un blog com mujeres poetas,
en català, y me representa un esfuerzo importante.


Admito que soy barcelonesa vieja, que mis paseos se limitan a eso que se ha llamado, 'la vuelta de la Moños, personaje típico de la ciudad anterior a mi nacimiento. Esa vuelta comprende ir desde el Paralelo a la Rambla, sobre todo, por las viejas calles del Raval, hoy llenas de recién llegados de todo el mundo. Ahora tengo metro, pero continuo, si puedo, haciendo este trayecto a pie. En el Raval se desarrolló una buena parte de la vida de una parte de mi familia, aún me parece escuchar a mi madre contándome cosas de su infancia, de una casa importante, Ca l'Erasme, de industriales pioneros, donde havia servido su abuela y donde había trabajado su bisabuelo. De camino a la Rambla, con amigas o sola, siempre me pesaba en la báscula de El Regulador, la Joiería-relojería Bagués, que era gratuita. En esa báscula vi como aumentaba mi peso al ritmo de cinco quilos cada diez años, cosa que antes se consideraba razonable y hoy parece una vulgaridad. Ahora están convirtiendo esa joyería en un hotel, ay. No sé qué será de la báscula. Los joyeros barceloneses formaron una clase algo aristocrática, en la novela Mariona Rebull la familia de la chica, de joyeros, no ve con buenos ojos su unión al fabricante Rius. Muchos intelectuales catalanes venían de familias de joyeros o relojeros.


Mariona Rebull se hizo en cine allá por los años cuarenta, fue una digna versión para la época, protagonizada por Blanca de Silos, gran actriz que vivió muchos años, aunque se retiró joven y que ha tenido la desgracia de pasar a la posteridad por haber sido la protagonista de Raza, con guión del mismísimo Franco. De Mariona Rebull se hizo una serie en blanco y negro, por la tele, protagonizada por Jesús Puente y María José Alfonso y en épocas más recientes La saga de los Rius, en color, un poco lenta, pero bien ambientada e interpretada. A mi es que Maribel Martín me gustaba mucho hiciera lo que hiciera, lástima que ahora no se deje ver.

Mariona Rebull la escribió Ignacio Agustí, que había sido una promesa de la poesía catalana de antes de la guerra, pero que se unió al bando franquista y se pasó al castellano. A pesar de que por ese motivo hay quien le tiene manía, la historia de los Rius es todavía un interesante fresco sobre la Barcelona de la época, sobre todo en sus dos primeras partes. El pobre viudo Rius que encuentra a su esposa en el palco del Liceo, en compañía del seductor Villar, el día de la bomba, que ya es desgracia, lo pasa muy mal, aunque en la segunda parte tiene un pequeño lío con Lula, que en la peli antigua era Sara Montiel, joven y espléndida, pero no se decide a tirar canas al aire y vuelve al trabajo, como ha de ser y como eran los catalanes tópicos y típicos de aquella època gloriosa y convulsa.


Blanca de Silos hizo muchas películas, se casó con un noble polaco y murió muy mayor, en el 2002, sin que se hablase demasiado de ella. En una de sus películas, En un rincón de España, salían como extras muchos niños polacos acogidos en Barcelona. Estos niños fueron en muchas ocasiones robados a sus familias a causa de su aspecto ario, por los alemanes, y entregados a familias alemanas. Después de la guerra algunos regresaron con sus padres biológicos o fueron acogidos en algun lugar, en Barcelona residieron durante unos años algunos de ellos, y parece que guardan muy buen recuerdo de España. Hace pocos días se ha vuelto a reunir en mi ciudad un buen grupo y se ha hablado bastante del tema. Por casualidad coincidió este hecho con mi lectura del libro Marcas de nacimiento, de Nacy Huston, cuya historia está basada en uno de esos casos dramáticos.


Las guerras son horribles y generan todo tipo de injusticias y tragedias. La paz es frágil y hay que protegerla como sea, nunca estamos del todo vacunados contra la barbarie o la sinrazón. Lástima que siempre hay guerras en un sitio u otro, parece que moriré sin haber conseguido contemplar aquella vieja utopía de la paz mundial. Bien, la esperanza es lo último que se pierde, dicen.