martes, 22 de enero de 2008

Divagaciones literarias sin pretensiones eruditas



A veces repaso los primeros tiempos de mi blog y me doy cuenta de que empecé el tema con una intención literaria, hablar de los libros que leía. Últimamente este tema ha retrocedido, y uno de los motivos es porque encuentro pocos libros que me gusten, tengo muchas decepciones y para hablar de forma negativa, quizá mejor callarse. Aún más si los libros son de autores catalanes o castellanos, ya que me sabe mal tirar leña al fuego, tal y como esta el mercado. Me sabe mal, también, por la parte que me afecta como autora, que libros que están bastante bien no tengan prácticamente ninguna oportunidad de darse a conocer, y que mediocridades más o menos tolerables disfruten de alabanzas diversas y propagandas reiteradas. Por otro lado, no quiero recomendar nada, porque todos los gustos son respetables y lo que hoy gusta mucho, mañana no, y al revés, aunque a veces caiga en la trampa de hacerlo sin querer. Por lo tanto, aviso: mis comentarios sobre libros no son recomendaciones en ningún sentido!

A pesar del privilegio de quien puede contar con una página en el periódico –este jueves tropecé con una página entera dedicada a un monaguillo de las letras catalanas, al fin y al cabo para no dejar demasiado bien lo que había escrito, o sea, que a veces vale más que se olviden de ti- o una entrevista en televisión, eso no siempre funciona y a menudo los caminos de los dioses de los libros son inescrutables y enigmáticos. La gente, en general, dice que no se deja influenciar por la publicidad, pero todos somos humanos y manipulables, y he recibido el obsequio repetido de los dos libritos de narraciones que han publicado últimamente los autores catalanes más tertulianos de la actualidad. Hay quien admite que no le han gustado, pero son autores que caen bien y de los que mucha gente repite, que buenos libros... De hecho, desconfío de libros excesivamente cortos, me parecen la evidencia de la pereza de escritores y lectores actuales, la verdad. Ahora bien, también hay tochos de peso que me dan un poco de repelús, como estos que veo en manos de mucha gente, el de Noah Gordon y el de Follet, pero la verdad, hablo por hablar, y con prejuicios gratuitos, ya que todavía no los he leído, la verdad. Últimamente, para ir por la ciudad y no llevar peso, escojo libros poco voluminosos, precisamente, pero de autores que no son siempre tan ligeros, como Martínez de Pisón, inmenso, del cual tengo en el bolso una narración entrañable, María bonita, historia familiar de las que me gustan, con misterios hogareños y ternura inteligente.

Como me gusta la novela policíaca y de vez en cuando un buen crimen distrae, cogí de la biblioteca La interpretación del crimen. Había leído una entrevista con su autor en la leidísima contra de la Vanguardia y me dejé embaucar, cuando, por ejemplo, en el magnífico blog de Francisco Ortiz tengo un montón de recomendaciones mucho más recomendables de obras de este género. La verdad es que no me gusto nada y que, a pesar de las alabanzas reiteradas al libro, reforcé, por suerte, mi opinión, gracias a algunos blogs, suerte de los blogs, donde podemos expresar lo que nos parezca y leer lo que nos venga en gana, huyendo de los mandarines inevitables.


Tenía ayer una sesión del grupo de lectura de la editorial
Meteora y tocaba este libro del chico del pijama a rayas, que ha tenido tanto éxito. He de decir que es un libro que se lee deprisa, sencillo, pero poca cosa más. Quizá así han de ser los libros, para tener éxito, claro. Alguien, en la tertulia, comparó el sorprendente éxito masivo de este libro con el de Soldados de Salamina, otro libro sencillo, pero muy vendido, que a mí me decepcionó aún más porque creo que la historia del Collell y sus cercanías, durante la guerra, merece un acercamiento novelístico mucho más ambicioso.

Sobre este chico que no sabe nada de los nazis ni de los judíos, ni de quién es Hitler, aunque admito que la literatura de ficción no tiene porque ser verosímil, conociendo un poco la historia de como fue progresando la levadura antisemita y pensando en qué tipo de escuela mantenía aquellos señores, este niño que va con el lirio en la mano resulta totalmente increíble. O eso me parece a mí, que durante un tiempo inocente de mi lejana infancia creía que los comunistas, masones y judíos eran demonios y Franco una especie de santjordi hispánico, gracias a la escuela de aquel tiempo. Y eso que la eficacia de la escuela peninsular no llegó ni a la suela del zapato de la germánica.

Podéis pensar que soy una criticona. A veces me autopsicoanalizo y pienso si no será envidia. A mí, en el fondo, me gustaría escribir un libro que, a pesar de no ser gran cosa, se vendiese de forma masiva y me ayudase a ganar dinero y a poder, entonces, autopublicar lo que me gustase, sin servidumbres editoriales, y me gustaría que me entrevistasen en la Vanguardia, y en los programas del señor Manzano, y que me diesen el premio de honor de las letras catalanas, e incluso el Cervantes. Ay, vanidad de vanidades y todo es vanidad. Ayer, en la tertulia de la editorial hablaba también con una autora de estos temas, de los misterios del éxito editorial, de la poca duración de los libros en los mostradores, sobretodo si no son de Planeta, de Casa Herralde o de la 62, y del exceso de novela histórica que nos ahoga por todas partes, hasta que toque otro tema. Hablábamos también del conservadurismo en al edición de obras para el público juvenil, conservadurismo que arrastramos desde hace tiempo y que viene del síndrome patufetista tradicional. Ni temas espinosos, ni excesiva originalidad, ni finales duros, ni más de ochenta páginas, aunque después se traduzcan autores extranjeros que han conseguido éxito, precisamente, con muchas páginas y temas más atrevidos. Habría que analizar también si eso de la literatura juvenil existe o si tuviese que existir o cuales son sus límites. Hablábamos de la dependencia que representa destinar tanta publicación a las escuelas, donde se venden de forma mayoritaria y de como los maestros no quieren –no queremos- líos con las familias, en general, cosa comprensible. Hace poco, en una presentación de novedades, me mostraron un cuento infantil muy bien ilustrado, sobre una princesa que busca su príncipe pero que acaba por encontrar otra princesa, con la cual es feliz. La verdad es que nadie de los presentes se había atrevido, todavía, a contarlo en su cole. No hace falta insistir en que el autor era extranjero.


Por suerte, me he encontrado con
una autora que aún no conocía y que me ha gustado mucho, Ingrid Noll. Tomé, al azar, como acostumbro a hacer por las bibliotecas, gracias al hecho que no cuesta un euro leer y te puedes permitir no terminar el libro sin la mala conciencia que provoca un gasto inútil, Como una dama. No sé si es o no un buen libro, a mí me ha gustado, más que la historia en sí, el tratamiento desacomplejado de la vejez, con estas damas que envenenan maridos y hacen lo que les apetece, se critican entre ellas y admiten la realidad de la vida y la marginación con la cual se encuentran, en una edad en la cual se han vuelto prácticamente invisibles para la resta de los mortales, más jóvenes. Como me gustó tanto, volví a la biblioteca y me llevé Benditas viudas, que todavía no he leído. Eh, no penséis que tengo malas intenciones respecto a mi marido, que no es así... De hecho, hay quine piensa y pensaba que los libros son peligrosos y que leer la Bovary propiciaba el adulterio. !!¡Quién sabe! La literatura es un arma cargada de futuro. O era sólo la poesía???
Escrito original en català: La Panxa del Bou

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