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lunes, 5 de marzo de 2012

Alberti y la realidad humana




Si mi voz muriera en tierra, 
llevadla al nivel del mar 
y dejadla en la ribera. 
Llevadla al nivel del mar 
y nombradla capitana 
de un blanco bajel de guerra. 
Oh mi voz condecorada 
con la insignia marinera: 
 sobre el corazon un ancla 
 y sobre el ancla una estrella 
 y sobre la estrella el viento 
y sobre el viento una vela!





Estos días me vino a la mente Rafael Alberti por una frívola tontería y por esas cosas que inesperadamente surgen en nuestros recuerdos como fotos olvidadas en un cajón del armario. Andamos hace unos días algo revueltos por Barcelona con el tema de esa posible Eurovegas que promete algunos puestos de trabajo, cosa que en tiempos de crisis y de paro galopante parece ser muy atractiva para los políticos y para el públic en general. No sé si estoy a favor o en contra del proyecto. Más bien ni una cosa ni la otra.

Sin embargo las razones en contra del invento a la americana han propiciado voces moralistas que recurren, para el rechazo, a la idiosincrasia catalana, quizá por aquello unamuniano de la estética que nos pierde a la hora de la vida práctica. Parece que en Madrid no le hacen ascos y, claro, como es la ciudad rival por excelencia, se leen y escuchan cosas como: ¡que se vayan a Madrid! Como no. Madrid es una ciudad casticista y provinciana -según algunas elitistas opiniones de mi capital patria- a la cual no le queda mal un apéndice tan hortera, que sería una especie de escenario macrocibernético de La verbena de la Paloma.

No quiero ni pensar cómo nos sentarían comentarios al revés, deseando que el engendro se fuese a Barcelona por razones de inferioridad estética, moral y geográfica. Pues todo eso, que nada tiene que ver com la poesía y la generación del 27 me ha recordado un verso de un poema de Alberti, cuando éste señor andaba muy comprometido en contra del americanismo capitalista que es, para algunos, como un españolismo a la madrileña con un montón de dinero y de poder: ¡que se vayan a Miami con sus putas!

La realidad cubana de las últimas décadas nos ha enfrentado con lo que fue un sueño juvenil, la percepción de qué un comunismo con rostro humano era, no sólo posible, sino una realidad vigente. Había fallado el tema en sitios enormes, como la URSS, pero en Albania, en Cuba, el hombre nuevo surgía de las antiguas cenizas para gozar de una nueva sociedad igualitaria, rica, culta, pacífica, feliz y libre. Nada de eso era cierto, como es bien sabido. 

Unas putas se irían a Miami pero eso no acabó con la prostitución autóctona y lo que había de ser libertad acabó en dictadura, como suele pasar. Una cosa son las teorías y la otra la práctica y la realidad del ser humano, con la cual hay que contar, superando ya aquello de Rousseau que tanto predicó la bondad natural y acabó por mandar todos sus hijos al hospicio para economizar y no tener preocupaciones.

Alberti y aquella generación del 27, como también muchos intelectuales catalanes, se tuvieron que enfrentar al despropósito de la guerra civil. Unos murieron, son los más fáciles de mitificar porque no tuvieron futuro y se convirtieron en mártires. Los mártires, más todavía los mártires jóvenes, son muy cómodos para todos los poderes. Su recuerdo se puede poetizar fácilmente, se convierten en iconos, en pósters, en imágenes de estampita. Envejecer en la realidad de la miseria humana permite contradicciones y miserias diversas, vanidades y olvidos. 

Alberti y María Teresa León estuvieron en Barcelona en el tiempo de la guerra civil, su llegada fue recibida como la de dos grandes cantantes o dos artistas de cine, eran guapos, jóvenes, brillantes, comunistas. Una escritora, Teresa Pamies, también comunista, narra en uno de sus libros aquella llegada en olor de multitud. Se ha sabido y escrito poco, pero Alberti, en la intimidad, era bastante anticatalán y había manifestado sobre el tema opiniones un poco desagradables. Si las cosas son complicadas en todas partes, cuando se mezclan, además, temas patrios, todavía se complican más. Confundimos y todavía padecemos parte de aquellos problemas de percepción, antifranquismo con democracia, catalanismo con progresismo, izquierda con bondad, derecha con perversión y corrupción, catolicismo con pederastia.

En mayo se cumpliran setenta y cinco años de aquellos Fets de Maig de 1937, poco y mal recordados y que tanto decepcionaron al pueblo y favorecieron el larguísimo franquismo sociológico de los años venideros. Siempre se habla sobre la división de las izquierdas pero el tema no mejora. A causa de aquello hubieron torturas y muertes, la más emblemática la de Andreu Nin, no parece que Alberti se enterara y si se enteró, como tantos otros, seguramente debía admitir falsamente, como tantos otros, que el líder del POUM se había pasado al otro bando. Lo peor no es cómo se actuó en aquel contexto de violencia y tragedia colectiva sinó que después, con los años, no se hiciese autocrítica seria sobre todo aquello. En los primeros años de la transición todavía había vivido yo, en charlas diversas, discusiones muy violentas entre anarquistas y comunistas recordando aquello. 

Alberti fue una muestra de esas miserias condicionada por el hecho de que se espera demasiado de los poetas. Su casa romana fue centro de reunión de estudiantes privilegiados de mi juventud que lo iban a visitar y a los cuales recitaba cosas como eso de Miami o maldiciones en contra de la coca-cola. Yo no fui, porque pertenecía a aquella gran mayoría de la época del desarrollo, no universitaria, que debía trabajar desde la adolescencia para poder mejorar algo la economía familiar. Por suerte, aunque pagaban poco, era aquella una época en la cual había mucho trabajo para los jóvenes.

Alberti, como Sartre y tantos otros, olvidaron interesadamente el estalinismo. Alberti incluso dedicó un largo poema en forma de oda a la muerte de Stalin. Los poetas también son hombres como los demás. En la cota 705 del Ebro, al lado de un monumento a los pobres muertos en aquella carnicería, muchos de los cuales habrían sobrevivido si el gobierno no se hubiese empeñado en alargar una guerra perdida, enviando niños mal equipados a la primera fila de las barbaridades, se puede leer un poema de Machado dedicado a Líster. Machado era sin duda un buen hombre, pacífica, algo timorato y posiblement el valor bélico, en aquella época en alza, tenía para él una gran atracción. 

Envejecer tiene esas servitudes, sabes más cosas y conoces las sombras de tus ídolos juveniles, a veces dramáticas y otras veces incluso ridículas. Durante mi juventud toda aquella generación intelectual joven de antes de la guerra, evidentemente de izquierda, andaba favorecida con tintes absolutamente literarios y míticos, la situación triste de nuestro contexto propiciaba aquellas lecturas en la distancia.

Alberti regresó a España en olor de multitud, incluso tuvo un cargo político. La transición también generó mucha mística, mucha literatura, mucha música. El poeta cambió de amante y se casó con una persona mucho más joven que él, un tema clásico en la literatura y en la vida real. La pobre María Teresa León, pareja de su juventud y primera madurez, era ya una sombra. Protagonizó curiosidades motivadas por su nuevo estado civil, como la exigencia del retorno de una parte de patrimonio que había entregado noblemente a su ciudad poética, Cadiz, y la redacción de un montón de testamentos en poco tiempo. Su muerte y su herencia han dado lugar a una serie de controversias y luchas familiares. En las discusiones por las herencias hay poca poesía pero mucha posible narrativa sobre la realidad humana, al estilo de Balzac. 

La poesía al servicio de causas políticas da resultados lamentables. Sin embargo, Alberti tiene poemas muy bellos que recuerdo a veces sin querer, de repente, abrió la flor del cardón y el campo se iluminó... Me viene a la mente este poema que, al memorizarlo voy cambiando sin querer en cada recuerdo, cuando amanece un día soleado y la noche desaparece y todo se enciende, en el campo y en la ciudad, una especie de milagro cotidiano de la supervivencia optimista. 

Un cantante catalán, Pi de la Serra, contaba una vez cómo recapacitó sobre aquello que llamábamos canción de protesta cuando al finalizar un recital en el cual había cantado algo sobre irse a luchar a la montaña, al más puro estilo guerrillero, un jovencito se le acercó y le aseguró que pensaba acompañarlo y qué cuando empezaba la lucha. Ya se sabe que una cosa es predicar y la otra dar trigo, utilizando un símil religioso. 

No hay que pedir más a los poetas de lo que nos autoexigimos a nosotros mismos. La contradicción y la incoherencia son defectos humanísimos, como son lamentablemente humanas las luchas por el dinero y las herencias. A menudo he observado que encarar a alguien con sus propias contradicciones lo transforma en un violento verbal a la defensiva, suele pasar eso en algunos debates políticos de nuestro tiempo. No hay nada más ilustrativo que las hemerotecas recientes para poder rebatir lo que sea a nuestros predicadores convencidos y dogmáticos.

Hoy podemos saber muchas cosas fácilmente, si queremos. Sólo hay que viajar por internet para llegar a conocer un poco más la fragilidad de los mitos personales. Claro que también encontraremos mentiras pero hay que entrar a fondo en muchas mentiras para llegar a un poco de verdad, si es que hay una verdad absoluta, que no lo creo. Había muchas mentiras también en los libros convencionales, en las revistas de debate de mi juventud, en los artículos escritos por personas que creíamos alejadas de toda sospecha.

No hay que pedir demasiado a los poetas, ni tan sólo a los políticos. En la película antigua La heredera, primera versión de la novela de Henry James, el padre de la chica va a hablar con la hermana del cazador de pubillas y la hermana, una mujer sacrificada y pobre que ha ayudado al hermano cuando ha podido sin recibir nada a cambio, le dice que no hay que esperar agradecimiento de la gente, ni tan sólo de la gente cercana, ya que siempre decepcionan. 


Nos lamentamos cuando las cosas vayan mal pero a mi me sorprende mucho más que haya cosas que vayan bien y que incluso, aunque sea de forma minoritaria y local, podamos vivir períodos de una cierta paz poética. Que consiste en contemplar como la gente pasea en un domingo cualquiera sin miedo, como les pasa a otros en aquel mismo instante pero en otro lugar, de qué alguien les lance bombas mortíferas desde la belleza de un cielo supuestamente universal y solidario.

Siempre nos queda la palabra aunque sirva para poca cosa práctica. Nos sirve para soñar en una humanidad solidaria, distinta y posible, un espejismo, ¡pero un espejismo tan hermoso!