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domingo, 11 de diciembre de 2011

Milagros mediáticos del fútbol de masas



Hay cosas en las cuales, por más que me esfuerce en entender y en participar, me son indiferentes, me aburren o no les veo la gracia. Una de ellas es gran parte del arte llamado moderno y la otra, el fútbol.

Un profesor que tuve, muy bueno, de Historia del Arte, comentaba que para entrar en algún tema hay que tener voluntad de creer. Así, para un no creyente, en general, ir a misa no tiene ningún sentido. También el contexto tiene importancia, la imagen de una virgen en un museo no es lo mismo que esa misma imagen en una iglesia, en una ermita. Incluso así, no todas las imágenes son iguales aunque representen la misma virgen.

Creo que ir al campo de fútbol, como ir a cualquier manifestación multitudinaria, debe hacer sentir algo extraño, esa comunión con la gente a la cual somos tan sensibles. Es lo que ocurre, a menudo, en las grandes manifestaciones, engañosas, ya que mover mucha gente no quiere decir nada a la hora de la verdad o, por ejemplo, de las votaciones. La masa emociona y también asusta. Me inquieta el contexto en el cual se pierde o diluye la individualidad.

Hoy el fútbol ha ocupado, en nuestra hispánica sociedad occidental, en muchos aspectos y, en cierto modo se puede considerar un factor positivo del deporte, el lugar de las peleas y las batallas. Como en política, parece que el interés se va concentrando en España en un evidente bipartidismo, Barcelona y Madrid, claro. Dos conceptos de ciudad, de política, incluso de cultura, se identifican con sus equipos. El resto son secundarios de más o menos lujo, pero secundarios.

Sin embargo, he visto a menudo más violencia en partidos de fútbol locales, de pueblo, que en los grandes estadios hispánicos. Lo sabían muy bien los pobres árbitros de tercera regional que habían sufrido ataques incluso físicos aunque ahora todo ha cambiado, porque la vida rural también es muy distinta a cómo era hace años. Las rivalidades entre pueblos vecinos, entre barriadas cercanas, habían provocado mucha violencia, hoy casi olvidada.

Me sorprende todavía la cantidad de información deportiva que ocupa los telediarios, los informativos, los programas de televisión. Los héroes de nuestro tiempo son esos chicos ricos, uniformados, que juegan bien a pelota y cobra millonadas que la gente normal no puede ni soñar. Claro que su vida profesional es corta, cortísima, pero también lo es la de los bailarines y nos resultan mucho menos conocidos y están peor pagados.

El fútbol canaliza todo tipo de manías y creencias. También es política, claro, mucha política sobretodo en el caso del Barça. Hay quién cree que se debería exigir a esos héroes un compromiso mayor. En el caso de Guardiola hay quién cree que debería manifestarse abiertamente como independentista, por ejemplo. Y quién no entiende que los futbolistas catalanes no hagan una plantada ruidosa cuando son llamados a jugar en la selección. Demasiadas exigencias que parten de un autoengaño colectivo algo peligroso. Sin embargo nadie dejará de ir al fútbol porque los jugadores o el entrenador no sean héroes políticos.

Hoy seremos felices en Catalunya, porque el Barça es lo que no debiera ser, más que un club, eso que dijeron que dejaría de ser con la democracia, hace muchos años, ya que entonces los partidos políticos tomarían el relevo del catalanismo militante. Los madridistas me imagino que estarán de  mal humor y que incluso la Cibeles, a la que habían tenido que proteger con vallas de los entusiasmos previstos en caso de victoria, pondrá mala cara.

En los años sesenta Delfí Abella, un médico cantante, ya fallecido, compuso una canción muy crítica con el fútbol, que tuvo bastante éxito. Sin embargo, Guillermina Motta, entonces joven y amiga de algunos jugadores, hizo una nueva versión de una canción de antes de la guerra, La Barcelonista, muy divertida, cambiando la alineación original por la de su época.

No sé si mi rechazo relativo del tema futbolero tiene que ver con mi infancia, asocio los partidos a mi pobre padre, que las tardes de domingo se ponía a hacer la siesta con la radio al lado, escuchando las retransmisiones. Tardes tristes de tiempos pobres. Por la noche se iba a trabajar de panadero. En aquella época el futbol se jugaba en horarios normales de tarde, no había televisión. Rita Pavone también cantaba aquella canción del señor que dice que se va al fútbol, solo, y del cual la mujer sospecha alguna infidelidad, que nuestra Gelu versionó muy bien. Hoy día van muchas mujeres al fútbol, muchas más que antes, pero diría que todavía predominan los varones, en la afición.

A menudo se habla de escuelas y pedagogía. Pero nadie se mete con las escuelas de fútbol. Se supone que en la escuela se debe controlar mucho el tema de ser competitivo y en esas escuelas lo importante es la competición. La escuela pública es hoy mixta y se critica algunos centros religiosos que separan por sexos, pero en el caso del fútbol eso parece bien a todo el mundo y la aspiración de muchos papás y mamás sería tener un hijo jugando en un equipo importante. Se critican los uniformes pero los futbolistas han de ir uniformados. En Catalunya las escuelas públicas realizan inmersión lingüística y se supone que todos los niños salen con un nivel aceptable de esta lengua pero futbolistas que han pasado años, a veces desde pequeños, en equipos catalanes no son capaces de decir ni bon dia en catalán, a menudo, si son extranjeros, tampoco es que hablen el castellano con una corrección excesiva. Lo importante, claro, es la pelota, la excelencia en el juego, lo demás son francesillas culturales para la tropa.

Nos movemos entre grandes contradicciones pero me asusta un poco la gran capacidad de convocatoria del fútbol, sobretodo de esos grandes equipos que generan tantas expectativas. Los políticos envidian ese poder para convocar multitudes. Ah, si Guardiola tuviese aspiraciones políticas, parece ser que tendría el éxito asegurado aunque las cosas pueden cambiar y quizá eso creía el señor Laporta, que fue quién contrató al técnico, contrato que en aquella época, a veces hay que tener un poco de memoria, fue bastante criticado entre el pueblo porque, entre otras cosas, decían que el chico estaba aún verde.

De fútbol, como de educación, todo el mundo entiende poco o mucho, sabe qué se debería hacer, critica al entrenador cuando las cosas no salen bien y es ese un tema de conversación habitual en cualquier grupo humano con mayoría masculina, en general, aunque las cosas hayan cambiado. Los partidos que se retransmiten pagando han propiciado un resurgimiento de los bares vecinales, donde te puedes comer un bocadillo mientras vociferas y hacer nuevas amistades, un aspecto muy positivo del tema. 

Debe existir una necesidad colectiva de canalizar muchas cosas en el fútbol. Como a los héroes olímpicos a los vencedores de las Ligas y los Mundiales se les pasea en procesión. Si pierden o juegan mal se les puede insultar sin piedad, hace años, cuando las cosas no iban tan bien para el barcelonismo me hacía mucha gracia un insulto amable que se incluía en los chistes futboleros, yogures caducados. Creo que su creador fue el dibujante Óscar Nebreda. No hace mucho, en un programa dedicado a Carles Reixach, éste recordaba como en un mismo partido pasaban de lanzarles piropos a cubrirlos de insultos en cinco minutos. 

Estos días se pasa por la tele un anuncio bastante educativo y de buen rollo, en el cual un jugador del Madrid, Xavi Alonso, y uno del Barça, Puyol, comparten la gula del Norte tan amigos. Así es la vida, afortunadamente y creo que podían haber hecho el anuncio incluso con políticos de partidos distintos. En el fondo, en ambos casos, la gente anónima nos peleamos, miramos el anuncio, compramos el producto, y ellos se lo zampan alegremente y encima cobran por publicitarlo. El anuncio me ha recordado aquellos suquets de peix en los cuales los políticos antiguos confraternizaban en tiempo de vacaciones.





viernes, 2 de septiembre de 2011

Jorge Ibargüengoitia y la escuela omnisciente




Confieso que hasta hace muy poco no había leído a Jorge Ibargüengoitia. Este gran escritor fue una de las víctimas de aquel desgraciado accidente de aviación de 1983, en el cual murieron tantos artistas e intelectuales, ya que se dirigía a un encuentro cultural hispanoamericano. Entre los fallecidos se encontraba la pianista catalana Rosa Sabater.

Ibargüengoitia fue considerado por algunos sectores como una especie de secundario de lujo, en el panorama espléndido de la literatura hispanoamericana que floreció en los años sesenta y setenta. También le ha pesado una etiqueta, la de humorista, parcial e injusta.

En 2008 se reeditaron sus libros, con motivo del 80 aniversario de su nacimiento. Cuando murió llevaba con él una nueva novela casi terminada, ambientada en el tiempo del emperador Maximiliano, que se perdió en el accidente. 

Llegué a este autor de forma casual, buscando temas sobre educación y escuelas, ya que septiembre trae consigo el retorno a las aula por part de la población en edad escolar. En el blog Fulano Vida  tropecé con este texto inmenso, de 1969, premonitoria para nosotros, pues muchas de las cosas que se comentan, referidas a la sociedad americana, son hoy plenamente vigentes en nuestro contexto.

Una buena amiga me aconseja, en mi blog en catalán, leer toda la obra de este autor pero dejar para el final Las muertas, por ser ésta su obra maestra en el campo de la narrativa. Ibargüengoitia también escribió muchas obras de teatro. Seguiré su sabio consejo pues es cierto que iniciar la lectura de un autor por su obra más lograda puede generar después cierta decepción, al no cumplirse las expectativas previstas.

Ahora que hace ya tres años que estoy jubilada y no trabajo de forma convencional ya que, curiosamente, me pagan por lo que no hago y no me pagan por lo que hago, la referencia a la escolarización de la sociedad con todo tipo de cursos y cursillos me ha resultado muy divertida. La oferta dirigida a la tercera edad va en esta línea absurda, un montón de talleres y cursos con nombres rimbombantes que no servirán para nada concreto, a menudo de poca profundidad, que dejan a la gente contenta, satisfecha y ocupada. Al menos, intentaré ser positiva, ayudan a hacernos olvidar la realidad del gran tema: que la vida pasa y la verdad asoma. Y también ayudan a reducir el paro, cuando no son voluntarios por parte de quiénes los imparten, claro.



¿Más escuelas? Confabulación diabólica


Cada año, todos los países de la América Latina gastan en educación entre una y dos quintas partes de su presupuesto oficial. Además de eso, sus respectivos Gobiernos están muy satisfechos y se lo andan contando a todo mundo, como ejemplo patente de su desinterés en la carrera armamentista.


Asistir a una escuela no es una obligación, es un derecho. Cada año, la gente hace colas larguísimas y se da de golpes con tal de inscribir a sus hijos en una escuela. Cada año se construyen nuevas escuelas, y cada año, también, hay más niños que se quedan sin escuela. La gente que nunca ha ido a una escuela, vive convencida de que esa es la única razón de su fracaso. La que ha ido a la escuela, en cambio, cree que fracasó porque no aprovechó la enseñanza. El caso es que la escuela es un elemento fundamental en las frustraciones de toda la gente.

Esto, en lo que se refiere a educación elemental; en lo que se refiere a la superior, la cosa es todavía más extraña: cada año se inventan nuevas carreras, o apéndices a las ya implantadas, en forma de maestrías, doctorados, especialidades, etcétera.

En este campo, como en casi todas las aberraciones, a la cabeza van los Estados Unidos. En ese país ya se descubrió que todo se puede enseñar y que todo se puede aprender…¡en una escuela! Se imparten clases de “vida creativa”. Se dan cursos de “relaciones personales”, de “apreciación de obras de arte”, de “euritmia”, que es el arte de moverse armónicamente, etc. El resultado de todo esto es que la edad escolar va desde los cuatro hasta los setenta y cinco años, y, si se descuida uno, pasa uno de la escuela a la tumba.

Para mí, todo esto es inexplicable. ¿Por qué quiere la gente ir a la escuela? ¿Por qué cree que va a aprender algo en esos antros? Mi experiencia personal me indica que las cosas son muy diferentes. Por ejemplo, me pasé dieciocho años sentado en una papelera, y sin embargo, el noventa por ciento de los conocimientos que aplico constantemente los he adquirido fuera de la escuela. Me ha servido mucho haber aprendido a leer y escribir, pero eso me lo enseñaron en los primeros seis meses que pasé en la escuela.

Sumar, restar, multiplicar y dividir son operaciones que hago con mucha cautela y gran dificultad. Cualquier dependiente de miscelánea me gana. En cambio, no sé distinguir una planta dicotiledónea, y si lo supiera, no me serviría de nada. Recuerdo que a Tenochtitlán se entraba por cuatro calzadas, pero no cuáles eran, ni sabría decir dónde estaban. ¿De qué me sirve saber cuál es el tarso, cuál el metatarso y cuáles los dedos?

En la Escuela de Ingeniería me pasé un año entero estudiando afanosamente geometría descriptiva, que es una materia a la que todavía no se ha encontrado aplicación práctica.

Pero no se me malinterprete, no quiero decir que los conocimientos no sirvan de nada, lo que quiero decir es que la escuela es el lugar más inapropiado para adquirirlos.

Creo que las condiciones fundamentales del aprendizaje son la voluntad de aprender del sujeto y la posibilidad real de aplicar el conocimiento. No puede uno sentarse todos los días seis horas en una silla incómoda, sólo porque en la casa se arma un borlote si reprueba uno año, para al cabo de doce o quince empezar a aprender lo que realmente hace falta. Es un derroche, de tiempo y de dinero, que nadie tiene por qué permitirse.


Pero creo que lo que pasa es que el sistema escolar es una confabulación diabólica, de la que los alumnos son las principales víctimas, y los contribuyentes las segundas. Los padres de familia tienen necesidad urgente de deshacerse de sus hijos un determinado número de horas cada día, mientras éstos tienen edades que varían entre los cuatro y los quince años. Los maestros, por su parte, que tienen que ganarse la vida, se ven obligados a hacer algo en esa enorme cantidad de horas. Se hacen cosas tremendas. Se explica, por ejemplo, el Quijote. De tal manera, que después de la explicación pocos son los valientes que se atreven a leerlo. Se da un curso de Historia Universal, en el que se conceden quince minutos y un párrafo, a la Guerra de los Treinta Años. Yo pasé por un curso de literatura española en la que no abrimos más libros que el texto, que eran los datos biográficos y bibliográficos de ciento cincuenta autores. La ficha que aprendíamos un día se nos olvidaba al siguiente.

Un tema tan apasionante como es la historia de México en el período que va entre la consumación de la Independencia y el principio del pofiriato, fue convertido en un soponcio que duró un año, por un maestro, cuyo nombre no voy a mencionar, pero que es figura política, que llegaba con un cuarto de hora de retraso, se sentaba, bostezaba y empezaba a hablar con el sonsonete que le era característico, y nos reclamaba:

—¡Claro, comen como boas y como náufragos y luego se están durmiendo!
No sólo hizo pedazos la materia, sino parte de mi vida. Pero a los doce años de estudio, no se puede soltar el arpa. Hay que terminar la carrera. Por eso está el mundo rebosante de profesionistas inútiles. Son lo que creyeron que con ir a la escuela bastaba.

Jorge Ibargüengoitia(9-XII-69)

viernes, 19 de septiembre de 2008

Verdades, mentiras, estudios y estadísticas

He escrito en mi blog en català sobre el tema de los estudios. No sé si en el resto de España se hacen tantos estudios, estadísticas y cosas parecidas. El hecho es que una vive con cierta normalidad, en mi caso hasta ahora y desde hace treinta años, trabajando en una escuela pública que ha cambiado bastante, no siempre para mejorar, sobre todo en aspectos no materiales, y que contempla los niños y niñas de hoy con cierta ternura de abuelita en potencia. Una va de vacaciones y encuentra por todas partes veraneantes y personas comiendo en restaurantes y haciendo excursiones. Gente, por lo general, amable y educada, con alguna excepción puntual que no vale la pena tener en cuenta.

De pronto surgen los estudios. Estudios que nos advierten de que los niños de hoy son obesos, están mediocremente educados, que Cataluña está peor que nunca en educación, que España está a la cola de no sé cuantas cosas, que la crisis nos atenaza. Datos supuestamente objectivos, recogidos por estudios hechos por fundaciones privadas, muchas veces con dinero público. Además, desde una institución medica de prestigio se nos avisa del gran número de niños con depresiones y diversas enfermedades mentales. Y aún hay más, los niños se sienten solos, los padres sólo hacen que trabajar y pagar hipotecas y nuestros cachorrillos se pegan al ordenador y a la video consola, demonios de nuestro tiempo, con afición desmedida. Y nuestros adolescentes y jóvenes no tienen proyectos de trabajo, no usan condones y desperdician los fines de semanas en juergas inacabales. Para colmo de males, la immigración es una especie de bomba en potencia que ha contribuído a bajar niveles de sueldos y de educación...

Más todavía, según estudios, los catalanes somos no sé como, nos sentimos incómodos en España, donde no nos quieren ni nos pagan lo que hace falta, y una gran mayoría querría tener un estado propio. Propio de los que manden, claro. Y aún más, en el resto de España creen que se persigue el castellano de forma cruel y genocida, cosa que mucho periodismo integrista fomenta desde radios y periódicos. La vida normal y corriente nos dice, sobre muchas de todas esas cosas, todo lo contrario, que tenemos escuelas dignas, aunque se hagan muchas tonterías en ellas, tonterías fomentadas por ese tipo de estudios y por políticas de buenismo tonto, que los niños son como siempre, que las familias los quieren y protegen y hacen lo que pueden por ellos, trabajando y llevándolos al cámping durante el fin de semana. Que en Catalunya la gente habla y escribe como quiere, que en el resto de España hay un montón de gente estupenda y acogedora que no te mira de reojo a causa de ser catalana, aunque siempre es de esperar algún tópico recíproco al uso, cosa que también pasa en otras partes, ya que recuerdo una tertulia vecinal en Francia, donde tenemos parientes, en la que aguanté estoicamente un exceso de chistes sobre toreros españoles, de bastante mal gusto vistos desde mi óptica peninsular, pero que no me tomé a mal, ni mucho menos, cuando yo misma he dicho grandes tonterías sobre los franchutes en muchas ocasiones. Cuando alguien me dice cómo són los madrileños, los gallegos, los alemanes, los musulmanes, los hispanoamericanos, los del pueblo de al lado o los del barrio vecino, así, en bloque, se me ponen los pelos de punta. Aún se me ponen más de punta cuando me dicen ‘como somos’ los catalanes...

Los estudios son peligrosos cuando afirman según qué cosas con bases supuestamente serias y científicas sin tener en cuenta qué és lo que se quiere conseguir con ellos. Muchas veces no se explica la metodología seguida con precisión, por cierto. Corre por internet la historia de un padre analfabeto que pone un negocio boyante de bocadillos, gana dinero y manda el hijo a la universidad. Cuando el hijo va a vistar al padre, ya licenciado, le explica que hay una crisis, que hay que reducir gastos, y el padre baja el nivel de su producción, no hace publicidad y acaba por echar a rodar el negocio. ‘Suerte que mi hijo, que tiene estudios, me explicó que había crisis’, razona. Hace poco vi por televisión la excelente película ‘Europa, Europa’ que cuenta el caso real de Solomon Perel, un jovencito judío que sobrevivió fingiendo ser nazi, ya que prefirió vivir como pudo que morir heroicamente, cosa muy humana. Las clases que se daban a esos jóvenes alemanes, reproducidas en la película, eran supuestamente científicas, basadas en estudios ‘serios’, los judíos eran así y asá y había que eliminarlos. Los arios, raza superior sin duda, eran muy distintos, superhombres, claro, estaba plenamente demostrado. Fue un caso extremo, pero a distintos niveles las guerras basan su lógica en estudios y informaciones periodísticas interesadas. En mi juventud había estudios médicos serios y científicos que mostraban, con fotografies incluso, como la masturbación conducía a la locura y la ceguera. El caso es que tienes un vecino con el cual convives como puedes, a veces incluso muy bien, pero de pronto los estudios te lo muestran como perteneciente a algún grupo poco deseable o él te ve a ti como integrante de un grupo ideológico detestable, de una minoría étnica peligrosa, y las cosas se vam liando, liando, hasta que acabamos muy mal. Veáse la historia. Y tienes unos alumnos normalitos, en una escuela con un tanto por ciento alto de immigración, grupos donde hay de todo, con minorías excelentes incluso, y también alguna oveja negra, como ha pasado siempre, con unos padres trabajadores y, en su gran mayoría, responsables al nivel que pueden y les dejan, y de pronto empiezas a mirarlos a todos con cierta prevención: gordos, mal educados, deprimidos, inconscientes, solitarios, adictos a la vídeo consola????



viernes, 1 de febrero de 2008

Sobre la difícil infancia...



Hace algunos días, una compañera de trabajo explicaba, escandalizada, que dos niñas chinas de la escuela, la mayor de seis años, iba solas a su casa, un restaurante de la zona. Para llegar a él hay que atravesar un parque donde siempre suele haber mucha gente y una calle con semáforo. Un trayecto breve, pero no estamos acostumbrados a ver niños pequeños con tanta autonomía, actualmente. Mientras los niños y niñas extranjeros, como comentaba ayer, van por la calle con cierta libertad, nuestros niños andan tan sobreprotegidos que a menudo los hay que llegan al ciclo superior de primaria y todavía vienen al cole con los papis o los abuelitos.

Hay una extraña percepción del peligro, que nos hace pensar que antes no pasaban cosas. Pues sí, pasaban cosas, unas cuantas. Y en casa te avisaban sobre posibilidades inquietantes, con recomendaciones diversas: si una señora te quiere dar un caramelo, si un señor te sigue, pasa lejos de los portales... Todavía estaban vivas, en el imaginario popular, las referencias a extraños crímenes para sacar sangre a niños pobres, sangre que, decían, servía para hacer remedios para los ricos. El famoso caso de la vampira Martí nunca se aclaró del todo, por ejemplo. Yo diría que los señores que se arrimaban, en aglomeraciones, transportes o cine, han disminuido en número, quizá porque la desinhibición infantil es mayor y hay más miedo de la reacción posible, en general.

En los pueblos, los crímenes rurales se recordaban durante años y las agresiones sexuales se ocultaban y enmascaraban. Víctor Català tiene un cuento, La pua del rampí, en el cual una madre entrega a su hija ese instrumento, para que lo utilice como arma, en caso de un ataque, las intenciones del cual se sobreentiende, y sabemos que acaba pasando lo previsto, cuando encuentra un hombre muerto. La madre sabe que todo se repite, ella misma, se intuye, sufrió agresiones en el pasado. Claro que antes no sufríamos la insistencia televisiva sobre delitos, ni sabíamos lo que ocurría lejos de nuestras calles o pueblos.

Con diez años o menos, íbamos a postular para el Domund, en octubre, con aquellas huchas que eran cabezas de indios, negros, chinos o hindúes. Subíamos y bajábamos escaleras y llamábamos a las puertas, sin miedo, en grupitos de tres o cuatro niñas. Afortunadamente, no nos encontramos ningún agresor, aunque sí algún exhibicionista de los de la gabardina, frecuentes en aquella época. En una ocasión, unos niños nos empezaron a perseguir, y, en lugar de seguir juntas, huimos corriendo, cada una por su lado. Siguiendo los consejos familiares entré en una tienda de ultramarinos de la calle Piqué, y la tendera salió con una escoba a asustar a los niños, que no debían ser mucho mayores que nosotras. Como el mundo de antes estaba lleno de misterios en el ámbito sexual, no entendíamos qué nos podían hacer, pero parecía aconsejable la huida. Entre las muchas leyendas urbanas del momento decían que había un hombre llamado ‘el gamberro de la calle Tapiolas’ que tenía unas gafas con las cuales veía a la gente desnuda. Cualquier señor con gafas de sol y aspecto un poco sospechosos me producía escalofríos. Una amiguita me aseguró que si te pillaba y te hacía ‘algo’ cuando fueses mayor y hubieses ‘hecho el cambio’ te podías quedar embarazada si te lavabas los pies con agua fría.

A pesar de los peligros, reales o imaginarios, los niños, desde pequeños, en pueblos y ciudades, íbamos solos a la escuela, a comprar y a dónde hiciese falta. La graduación de movimientos contaba con una cierta jerarquía, atravesar el Paralelo, en mi caso, era ya un acto iniciático. Y peligroso, porque no había semáforos y aunque el tráfico era menor los tranvías habían pillado a más de uno. Tenía yo unos tíos en Besalú y una vez que fui a verlos me enviaron a llevar unos encargos de mi prima, que era bordadora, a una casa al otro lado del río, para ir a la cual debía pasar el puente. Recuerdo que pasé mucho miedo, no se veía a nadie y debía tener yo, entonces, unos ocho años. Encontrar, en nuestros tiempos, un virtuosos punto medio coherente, prudente respecto a la educación de los niños, pero que no nos fuerce a sobreprotegerlos de forma excesiva, resulta muy complejo. Todavía resulta más difícil admitir que los niños no son tan inocentes, incapaces ni asexuados como nos gustaría. O que la infancia no es, ni mucho menos, una época idílica, etérea y feliz.