lunes, 1 de septiembre de 2008

Josephine Baker, un recuerdo



Entre mis lecturas veraniegas he recuperado un libro que me regaló mi hijo y que tenía en espera. En mi juventud era casi imposible tener en casa libros sin leer, pero no había la oferta de bibliotecas actual y el libro no se había convertido en un objeto de consumo, relativamente barato si no es de actualidad.
El libro del que hablo es Jazz Cleopatra, una biografía sobre Josephine Baker, atendiendo también a la época en que vivió. Este libro, de Phiyllis Rose, pasó por nuestros mostradores sin pena ni gloria, poca gente recuerda hoy y aquí a Baker. De pequeña, en la gris Barcelona de postguerra, había oído hablar de ella como de una bailarina escandalosa, medio desnuda, con su cinturón de plátanos y sus movimientos sensuales y extraños. Sin embargo, en aquella época Baker ya se había convertido en una gran señora del music-hall, una mujer comprometida con muchas causas, con una tribu multicolor de doce niños adoptados.
Baker nació en el Saint Louis de las luchas raciales y pasó muchas penalidades de pequeña. Europa la entendió mejor que América, quizá porque el París de la época se había forjado una fantasía sobre la sensualidad africana que ella, en teoría, mostraba, aunque de africana no tenía nada, ya. El exotismo siempre tiene éxito y despierta curiosidad. Sus movimientos flexibles, incluídos unos ojos que controlaba a voluntad, ejercían un gran magnetismo en el público de la época.
Sirvió a muchas causas justas, la Resistencia, la Cruz Roja, la defensa de los derechos de los afro-americanos... Murió antes de los setenta años, en 1975 y Francia le rindió honores militares, era respetada y querida, aunque pasó también apuros económicos en muchas ocasiones.
Yo la vi por televisión, en uno de aquellos programas en blanco y negro que emitían desde Barcelona, desde los estudios de Miramar, hoy destrozados con la construcción de un hotel exagerado y absurdo. Franz Joham, el hombre de los Vieneses, presentaba un programa musical las noches de los martes. Educado, de un estilo que se ha perdido, Joham colocaba una escalera cuando venía una gran señora de la música, para hacer descender por allí la estrella invitada. Baker fue una de ellas: elegante, glamourosa, con plumas y vestido largo, muy lejana ya de la escandalosa joven de los años veinte y el charlestón, Baker despertó la expectación de mi vecindario. Entonces sólo tenía televisión una vecina de la escalera y nos invitaba a contemplar los programas en su casa, a menudo.
Ante aquellos sobrios programas de variedades televisivas siempre se hacían inocentes comentarios sobre la diferencia entre Madrid y Barcelona, Barcelona, claro, siempre era más fina y elegante en su programación y presentación, como no podía ser de otro modo, mirando la televisión desde el Poble-sec. Incluso yo fuí a Miramar una vez, a un concurso que hacían los domingos, después de las marionetas de Herta Frankel, dirigido a niños y niñas de tercero del bachillerato de entonces, Matrícula de Honor. Era aquel estudio como una salita casera y el presentador, Luis Pruneda, desaparecido prematuramente, y su esposa, trataban a los participantes con una gran amabilidad. Todo era pequeño, a medida humana. He ido con la escuela a algún programa de los de ahora y todo es a lo grande, impersonal y bastante falso. O me lo parece. Gané un reloj Duward, era entonces el reloj un objeto de deseo importante para niños y mayores.
Podemos contemplar a Baker fàcilmente, en muchos vídeos a nuestro alcance y escucharla en discos comercializados actualmente, ha tenido más suerte que 'nuestra' Meller, artista tanto o más conocida en su época, aunque no tan simpática ni tan humana como Josephine, las cosas como son, aunque esa es otra historia. Por cierto, Marujita Díaz, en sus buenos tiempos, interpretó muy bien uno de los éxitos Bakerianos, La pequeña tonkinesa, en una película ambientada en los años veinte.

jueves, 7 de agosto de 2008

Sobre canciones y películas

He ido a ver la película Caos Calmo. Opino que no es nada del otro mundo, pero se deja ver con agrado, sobre todo por la interpretación de Moretti. Es una película en la que pasa poca cosa, con una escena de sexo que para nada exige el guión y que resulta algo hilarante. Me ha recordado la historia, incluso, la de ese barón rampante al cual todo el mundo va a ver a su retiro arborícola. En la película, el protagonista, ante la muerte de su mujer, toma asiento ante la escuela de su hija y desde allí contempla el mundo, ‘su’ mundo, un mundo bastante burgués y escucha todo lo que le vienen a contar los distintos personajes que forman parte de ese mundo personal.

Más allá de la historia, he de decir que me gusta ver cine italiano, francés, sobre todo porque nos llega poco y a pequeñas dosis. También mucho cine español desaparece pronto de las salas, servidumbres de la programación actual. La música de la película es buena y en el epílogo, cuando al fin el protagonista abandona su retiro, suena una canción italiana, Amore transparente, de Ivano Fossati.

Fossati es un veterano de la canción italiana, poco conocido entre nosotros. Tuvo amores con otra gran señora de la canción de aquel país, Mia Martini, que puso fin a su vida de forma trágica a causa, dicen, de los altibajos en su carrera y, supongo, de tendencias depresivas personales. Cada persona es un misterio y las reacciones que puede tener ante lo que le sucede, a menudo imprevisibles.

Yo, que crecí con la canción francesa e italiana, que vi mucho de su cine, constato que los cantantes italianos de los sesenta eran popularísimos entre nosotros. De los setenta para acá la cosa cambió mucho, hay que ser casi un ‘iniciado’ para saber qué se cuece en el mundo musical francés, italiano y de donde sea, más allá de las grandes promociones discográficas habituales y convencionales. Muchos de los grandes de entonces aún continuan felizmente en activo, pero pocas noticias nos llegan de ellos.

La radio, a veces, nos ofrece programas curiosos, extraordinarios, como Voces con swing, en radio Nacional, en el que se emiten discos de aquellos antiguos, de piedra, casi irrecuperables hoy. Com ràdio, en Barcelona, ofrece un programa sobre canción francesa y otro sobre tango. Ignoro si hay alguna cosa sobre canción italiana. Incluso nuestros cantantes actuales, cantautores, grupos algo más minoritarios, son poco conocidos, en general, más allá de los de siempre. Por no hablar de cantantes y grupos buenísimos, en el ámbito de la canción más folklórica, aunque actualizada, muy populares en su comunidad y poquísimo en el resto de la península. La televisión también ha olvidado los programas musicales clásicos, juveniles. Las operaciones triunfo se nos han tragado las iniciativas.

No sé si soy pesimista. En cine, lo mismo, o me lo parece. Incluso la televisión, que en otras épocas y, sobre todo, en verano, emitía alguna película antigua poco conocida pero ‘de culto’, española o extranjera, parece no esforzarse en el tema. Además, la publicidad ha alcanzado cotas agobiantes. De vez en cuando, hay algún extraordinario sin ‘cortes’, pero es una especie de extravagancia singular. Claro que, a veces, las cosas cambian y a una moda la sucede otra. Así, que, quién sabe...

domingo, 3 de agosto de 2008

De cuando queríamos parecernos a BB

(He decidido no ceñir el contenido del blog a las traducciones de los artículos que publico en catalán, porque me limita la temática y a veces me da más trabajo traducir que volver a escribir sobre el tema).

Hace unos días escuché por televisión al periodista Angel Casas, hablando de músicas de su vida y recordando Brigitte Bardot. La mitología del pasado es engañosa y llegamos a creernos que éramos más fans de los Beatles que del Duo Dinámico, a veces por pura presunción de modernidad. Casas afirmavaba que Marilyn Monroe no le hacía, como decimos en catalán, ni fred ni calor, de joven, y que el objeto de sus deseos adolescentes era Bardot.

Bardot era el gran modelo sexi. Con sus despeinados y escotes, con su películas que pocas veces veíamos en España pero que algunos de los primeros afortunados catalanes poseedores de seiscientos y gogomòbils conseguían contemplar en el sur de Francia, con su escándalos que hoy son de instituto de secundaria, Bardot monopolizó la temática atrevida de toda una época.

Bardot cantó, bastante bien, y en el programa pusieron un disco suyo. Para mi gusto, mejor que la señora Bruni de Sarkozy, la verdad. Llegó a cantar con Gainsborough aquello tan atrevido de je t’aime mais non plus, canción llena de suspiros explícitos que hoy da un poco de risa y que luego grabó la esposa del cantante, Birkin, dicen que muy celosa de la versión de la Bardot, quién, posiblemente había tenido algo con su marido. Recuerdo la moda de los vestidos de cuadritos de colores, ribeteados con puntillas, cortitos y juveniles. Bardot la popularizó. Salió en una revista con su marido de entonces, el soso Charrier, un reportaje de esos estúpidos en la cocina de casa, con un alegre vestido de ese estilo.

Las chicas la imitábamos o la queríamos imitar. La prima de una amiga mía se le parecía un poco y los chicos andaban locos por ella. Bardot hizo malas películas, quizá no encontró un director adecuado, aunque ella no era Moreau, claro, pero hay que reconocer que tenía su gracia. Tuvo un romance con Sacha Distel, un cantante simpático del cual bailamos aquello del Monsieur Caníbal, y, sobre todo, la divertida historia del bombero que no encuentra la manguera ni la escalera mientras todo se está quemando.

Pero Bardot no murió joven, por suerte para ella. Tuvo la habilidad de retirarse a tiempo, a los cuarenta años. Ha envejecido y ha defendido y defiende los animales, focas, ballenas, e incluso a Le Pen, cosa que le quita brillo mediático a cualquiera. Un cantante brasileño le dedicó una samba que también bailamos a gusto en aquellos veranos de antes: Brigitte Bardot, Bardot, tu estilo triunfó, triunfó, BB, BB, el secreto de tu hechizo y de tu encanto no lo sé... Su belleza consolidó la moda dictatorial de las narices respingonas para tragedia de las personas como yo, con apéndices nasales más contundentes. Por suerte, la cirugía no estaba al alcance de todas las españolas por aquel entonces, y sólo actrices o gente de posibles se sometían a recortes nasales desafortunados, perdiendo mucha personalidad por los quirófanos pioneros.

La moda en el peinado era también muy dictatorial, pero esa es, afortunadament, reversible. Las chicas con el pelo rizado sufrían mucho y tenían que dormir con una especie de ensaimada en la cabeza, la toga, la llamaban. Yo, con el pelo finito y de poco volumen, cada noche de mi vida de entonces me ponía rulos y pinzas, ya empecé en los tiempos escolares con esa deleznable costumbre y en una ocasión, estudiando la Revolución Francesa, soñé que me cortaban la cabeza por orden de Robespierre y era una pinza que tenia en el cuello la culpable de la pesadilla. Además, debía consolidar la construcción peluquera diaria con chorros de laca maloliente o los efectos del cardado matinal me duraban diez minutos.

Mi madre tenía el pelo rizado y yo la encontraba muy anticuada. Una vecina más joven le aconsejaba alisárselo, en aquella época mamá debía tener unos cuarenta años, pero yo la veía inmensamente mayor. Ella protestaba diciendo que las negras también lo tenían rizado.
-Uf! –decía la vecina- Ya no hay ninguna negra moderna con el pelo rizado!!!
Lo dijo como si el estiramiento capilar fuese una muestra de avance técnico para las personas de piel oscuara y supongo que lo creía. Muchas señoras de buen ver de color, por cierto, de conjuntos musicales, lucían cabellos lisos y moños imposibles, supongo que les debía costar un buen dinero y muchos sacrificios, pero presumir comporta sufrimiento. Después vino la liberación, la moda afro y todo eso, y tuvimos que hacernos la permanente.

Los chicos tenían que ir también con mucho pelo, patillas e incluso barbas, que eran un signo evidente de progresismo político. En algunso trabajos se prohibía o casi llevar barba. La calvície era ya un problema, en aquella época decían que la provocaban los cascos y gorros de la mili pero ya no hay mili y parece que es más bien genético y que no se ha encontrado una solución definitiva. Las chicas de moda son hoy mucho más flacas que las de entonces y ese tema, como se sabe, ha generado una enfermedad casi nueva, la anorexia. Aceptarse gordo, flaco, calvo, peludo, chato o narigudo, con pelo rizado o liso, es un proceso que requiere años y madurez. Hasta que, mirándonos las fotos antiguas, nos damos cuenta de lo guapos y guapas que éramos en aquellas épocas, cuando estábamos cargados de manías y complejos. Es una lástima, porque hay muchos vendedores de tontería por el mundo que se aprovechan de esta estupidez que hoy se define como ‘no estar contento con tu cuerpo’. Massa farts (demasiado hartos), que decían mis antepasados. Al fin y al cabo, todos envejecemos y morimos, para eso sí que no se ha inventado nada, de momento. Nada efectivo, claro.



domingo, 13 de julio de 2008

Tesoros y herencias








Cuando era pequeña, en el pasillo de mi casa se encontraban cuatro cuadros que no sé de dónde habían salido, pero que me fascinaban. Eran unas láminas que parecían muy antiguas, representaban las estaciones de la vida y los titulos estaban escritos en francés y castellano, debajo de las ilustraciones.

Pensé durante años que mi madre los había tirado. En una ocasión me explicó que no tenían valor, que las láminas las habían dado con alguna revista que compraba su abuela y que el papel estaba muy deteriorado. Había revistas ilustradas que regalaban, ya entonces, a principios del siglo XX y finals del XIX, cosas de este tipo y que ofrecían coleccionables que después se encuadernaban. Creo que tambien tiene ese origen un folletín en dos volúmenes muy antiguo, Óscar y Amanda, que parece que en sus tiempos fue un exitazo, de
Regina Maria Roche, escritora irlandesa gótica y algo delirante, muy al gusto de la época. El título original en inglés era The Children of the Abbey y se publicó por primera vez en 1796. Estos libros todavía los conservo y son de mediados del XIX, cosa que me hace pensar que debieron pertenecer a la madre de mi bisabuela. De pequeña, con once o doce años, como tenía poca cosa para leer me los tragué enteros, tienen unas láminas muy evocadoras que me daban miedo. La historia estaba llena de malentendidos, hermanos abandonados, madrastras malvadas y un señor que era el más villano de todos, Belgravé. Ver la imagen de Belgravé en las láminas del libro, con aquellas patillas de la primera mitad del siglo XIX, me aterrorizaba.

Al vaciar armarios han surgido del túnel de tiempo los cuadros con las láminas, estan muy deterioradas, pero han sobrevivido hasta el 2008. En cambio, libros y otras cosas que pensaba encontrar han desaparecido, supongo que durante alguna limpieza materna debían desfilar hacia el cielo de los objetos perdidos. Me sabe mal haber perdido cuentos de cuando mi madre era pequeña, libros de cuando iba a la escuela, gramáticas con poesías que me gustaban mucho. Me sabe mal porque una ocupación habitual de los días de lluvia, durante mi infancia, era abrir un baúl donde reposaban aquellos libros, algunos juguetes estropeados, ropa antigua, estampas y recordatorios de funeral. También se han perdido unas gorras de dormir, de lino, que me quedaban muy bien pero que debían estar hechas polvo, literalmente hablando. De vez en cuando nos da por esas ansias destructoras, los recuerdos pesan y el espacio es limitado. Conservo aún unos refajos de mi bisabuela con los cuales me disfrazaba cuando cantaba cuplés de Sara Montiel, allà por finales de los cincuenta. Todavía mi hija se había disfrazado con ellos, pero ahora se deshacen al tocarlos.

En la biblioteca de mi barrio han colocado un cesto para dejar o coger libros. Cada día está más llena. He bajado unos cuantos de casa de mi madre, al cesto. Ya no sabemos que hacer con los libros, ni con la ropa, ni con tantos trastos que antes eran tesoros y ahora son estorbos. Podía haber bajado muchos más, pero los empiezo a hojear y no me decido. También hay periódicos y revistas antiguas, que supongo se guardaron por algun motivo, a veces incluso por haber publicado la esquela de alguien que debían conocer mis padres o mi abuelo. Están también muy deteriorados, el papel es efímero y el de periódico aún más. Lo peor es que siempre que voy a la biblioteca a llevar libros acabo por coger algún otro que despierta mi curiosidad...

Mirando las láminas yo, que creía estar en el otoño de la vida, he visto que estoy, ya, casi en el invierno. Las cuelgo en el blog, a ver si alguien me sabe dar algún dato del autor o de la época de los originales. Ya no tienen aquel encanto ancestral y sus damas y caballeros ya no me parecen tan bellos como antes, cosa de las corrientes estéticas en constante evolución. Pensar que algún día los periódicos de hoy y las imágenes más modernas y vanguardistas seran recuerdos evocadores, antiguallas, me produce una cierta inquietud. Pero que le vamos a hacer, todo cambia y desaparece, un dia u otro.

martes, 1 de julio de 2008

Raquel Meller, en el recuerdo


Formo parte de un modesto grupo de historia de mi barrio, el Poble-sec. Cada mes organizamos una charla en la biblioteca y la última de la temporada será esta tarde, a las siete y media. La hemos dedicado a Raquel Meller, gran artista, actualmente poco conocida y la haré yo misma. No soy ninguna expeerta en cuplé ni en artistas pero, por casualidad, dispongo de dos biografías de Meller, así como de una película en vídeo, La venenosa, con un argumento delirante del controvertido Caballero Audaz, de la cual pasaremos un fragmento.


Hoy es poco conocida esta cantante y actriz, que había sido famosísima y muy homenajeada. He hablado con jóvenes que ni tan sólo no sabían quién era o a qué se dedicaba. En sus tiempos se hablaba muy bien de ella como artista, pero no tanto como persona, pues tenía un carácter bastante difícil. Hizo películas mudas, y alguna de sonora. Era expresiva, con un gran atractivo, capaz de transformar su rostro y de adaptar su vestuario a cada representación. Fue una mujer moderna, pionera en adoptar los recortes en faldas y pelo que llegaron con los felices veinte. En su época fue alabda por personajes como Sarah Bernardt y Charlot, que quiso, sin éxito, a causa de los muchos compromisos de Meller, contratarla para una película. Trabajó y vivió en Francia, viajó por América. Se la puede considerar de la categoría de Baker o Mistinguette, pero en nuestro país se olvidan pronto esos mitos que en otros lugares son respetados, recordados y reivindicados.

Hoy resulta imposible encontrar la mayoría de sus películas y muy difícil conseguir sus grabaciones si no es a través del mercado de ocasión. Durante la década de los cincuenta, con el éxito de Sara Montiel, el cuplé resucitó y la misma Meller, que murió en 1962 criticó durament las interpretaciones del género que hacían Montiel, de Celis y otras. Era bastante sarcástica siempre, con las actrices de la competencia. Fue una diva, en toda la extensión de la palabra, y su vida familiar fue complicada. No cantó sólo cuplés sinó también tangos y otros tipos de canciones, además de algunas en catalán con letras escritas por Rusiñol y Guimerà. Con ella el cuplé alcanzó una categoría inmensa, ganó en elegancia y se convirtió en género de culto de muchos intelectuales, alejado de la picaresca vulgar que había dominado el tema al principio.

En Madrid se ha representado con gran éxito, durante tres temporadas, el musical de pequeño formato, Por los ojos de Raquel Meller. En Tarazona, ciudad donde nació, existe un museo dedicado a ella y una asociación que reivindica su memoria. Se considera que actualmente una de las grandes intérpretes de cuplé, por desgracia también poco conocida, es la gran Corita Viamonte. Mientras tanto, en Barcelona, ciudad que la vio crecer como artista, es poco recordada y su monumento se vio hace poco maltrecho por la acción de unos gamberros no identificados, aunque, ahora que ya se ha arreglado, alguien sigue poniendo flores en su cesto de Violetera. Quizá la resurrección del nuevo Molino, cuando llegue -ayer se puso la primera piedra- pueda acoger el homenaje que el recuerdo de la artista merece, haciendo venir a nuestra ciudad el musical mencionado, dirigido por Hugo Pérez. Creo que resultaría muy adecuado al entorno de nuestro hoy decadente Paralelo.

miércoles, 11 de junio de 2008

Ciao, Dino Risi!



Cuando era jovencita, los chicos y chicas más mayores que yo presumían de ir a ver películas supuestamente atrevidas. Una de las que marcó época fue La escapada, Il sorpasso, al ritmo de la música de la cual movimos el esqueleto adolescente, durante muchas tardes de domingo de las de entonces, en aquellos guateques habituales entre amigos.

Yo vi por primera vez la peli de mayor, en la filmoteca. La encontré inmensa. Unos años después Risi tuvo mucho éxito con otra película, Profumo di donna, de la cual se hizo, al cabo del tiempo, un remake americano bastante digno, pero que no nos hizo olvidar el original italiano, con un Gassmann genial, como siempre.

El director de aquellas dos películas y de muchas más,
Dino Risi, ha muerto recientemente, el 7 de junio y me parece que no se ha hablado excesivamente de él, mucha gente joven casi lo desconoce. A pesar de que estuvo en activo hasta hace pocos años un repaso a su filmografía nos muestra lo mucho que no hemos podido ver del director. Llega poco cine francés, poco cine italiano, y lo mismo se puede decir de la música popular. Parece que hemos pasado directamente al inglés, como ironizó una vez Riba, en una discusión con Unamuno sobre el idioma catalán.

De vez en cuando llega alguna cosa y si la promoción es buena, si da tiempo a funcionar el boca-oreja, tiene éxito. La comedia italiana tiene hoy herederos interesantes y muchos de los jóvenes de antes todavía trabajan. Lo mismo, sin embargo, pasa con muchas películas españolas, catalanas. Algunas ni tan sólo llegan a las salas convencionales, como, por ejemplo, una versión de principios de los noventa de la novela
Solitud dirigida por Romà Guardiet, por poner el primer ejemplo que me viene a la cabeza. O, en castellano, casos como Vida y color o Ochocientas balas, buenas historias que pasaron brevemente por los cines sin darles tiempo a nada.

Tenemos la tele, pero parece que se complacen en los refritos de siempre, con tantos anuncios en medio que ya no sabes qué estás mirando, a pesar de algunos esfuerzos en BTV y en la dos, pocas veces se recuperan películas como las de Risi y si se hace suele ser en horario surrealista.

Mientras creo que a La Escapada, con su musiquita del
guardacomedondolo no le ha pasado el arroz, algunos éxitos de antaño, como Un hombre y una mujer, dabadabadà, que emitieron hace poco por la tele, por cierto, el tiempo los ha situado en la nada. En mi época joven se valoraban mucho las escenas eróticas, ahora dan risa, y recuerdo que en la oficina donde trabajaba en aquella época se discutió bastante sobre si en la escena de cama entre Trintignant i Aimée habían puesto alguna sábana entre el hombre y la mujer implicados.
-Sí, sí, pero algo deben notar –decía una compañera conservadora, muy enfadada a causa del atrevimiento cinéfilo que ya amanecía en nuestra reprimida sociedad, y que anunciaba la caída irreparable de las buenas costumbres antiguas.





Por cierto, ayer por la tarde planchaba con afición contemplando por enésima vez el poema pedagógico protagonizado por
Sidney Poitier consiguiendo educar a una pandilla de mal educados. A mi, en la escuela, esas metodologías didácticas que a los actores, cuando hacen de profes, les van tan bien, no me han funcionado jamás. Pero claro yo no tengo la planta de ese señor ni su mirada penetrante y algo maliciosa. Poitier es ya un abuelito de buen ver, de ochenta años, por cierto, con unas cuantas hijas guapísimas, algunas de las cuales dedicadas también al cine. El género de profesores sobresalientes y incomprendidos siempre ha sido un género de éxito. Poitier fue el primer galán negro importante, cuando a alguien de mis tiempos le preguntaban si se casaría con un negro, solía contestar:
-Hombre, si fuese Sidney Poitier...

Y es que el color no es tan importante, hay cuestiones estéticas de más peso, la verdad. Aunque me gustó contemplar Poitier en su época de esplendor, me habría gustado más planchar al ritmo del twist de La escapada, me habría salido mejor la actividad de plancha doméstica. No me la van a pasar, en homenaje al director desaparecido? Por favor, si alguien tiene influencia...

domingo, 1 de junio de 2008

Sin tele y sin sentido común


Una servidora de ustedes se hace mayor y ya no se sorprende de casi nada. Però una de las tonterías que todavía me provocan cierta inquietud es cuando me endiñan como noticia bomba cualquier cosa intranscendente y estúpida. Las noticias de los noticiarios están llenas de cosas absolutamente prescindibles, mientras que los hechos serios y las situaciones dramáticas de verdad, mezcladas con el resto, parecen calderilla. Eso sí, de vez en cuando no nos escapamos de ver algun cuerpo mutilado, manchas de sangre –es preocupante esa afición a enfocar las manchas de sangre cuando no hay nada más- y operaciones de cirugía con unas cuantas tripas o pulmones en primer plano.

Hoy leo esta perla sobre unos niños que, en Estrasburgo, han participado en la excitante experiencia de vivir unos cuantos días sin tele ni consolas, pero consolados por los muchos juegos y talleres que la comunidad que los acoge ha organizado.

Han sido 10 días sin televisión, ordenador ni consola de juegos. Diez días de abstinencia tecnológica que han convertido a los 254 alumnos de un colegio de primaria de Estrasburgo (al este de Francia) en auténticos héroes de la pantalla. Paradojas de la sociedad mediática, la hazaña de estos niños de entre 6 y 11 años, sometidos voluntariamente a esta experiencia inédita en Europa, no ha parado de salir en los informativos de todas las cadenas de televisión...


Me temo que alguien no pase la experiencia, algo elaborada, al papel convencional, y que de aquí una temporada no nos vengan orientaciones curriculares con un anexo sobre la conveniencia de repetir la cosa por nuestras latitudes. En la escuela, con la escuela, y, se supone, para la escuela y para los niños se puede hacer de todo, toda clase de ensayos, como en la cocina de El Bulli. La paradoja es que los niños salen en la tele porque no ven la tele, vaya, que cosas.

Pues resulta que hay muchos niños, muchos más que en Estrasburgo, que pasan sin tele y casi sin probar bocado, currando mucho más que los adultos en edad laboral del mundo que va sobrado de proteínas, o sobreviviendo como pueden. Que en el barrio de los franceses bien alimentados la cosa haya tenido eco, en la tele local de la ciudad, por ejemplo, pase, que todos somos humanos y hemos tenido niños pequeños. El resto, un producto de esta sociedad cómoda, que cuando no sale agua del grifo, tanto del literal como de los grifos simbólicos, ya no sabe para donde tirar ni a qué santo encomendarse. Ya me lo decían mis padres, cuando no quería tragarme las papillas:’De qué pan hacéis mendrugos, demasiado hartos!’. Al fin y al cabo, la filosofía es la misma que la de la isla de los famosos o la masía de principios de siglo, programas televisivos de concienciación anticonsumista. Por favor, que a los poderes culturales y educativos no se les ocurra inventar experiencias raras y dejarme sin ordenador un mes y medio!!!