Hoy,16 de enero, se cumplen treinta años de la muerte de Benjamín Palencia (1894-1980), uno de nuestros grandes pintores, no tan conocido como merecería, más allá de determinados círculos culturales.
Palencia tuvo una larga vida y pasó por etapas diversas, en las cuales podemos encontrar cuadros para todos los gustos, geniales la mayoría.
Conoció a pintores como Picasso, Miró o Dalí, mucho más promocionados. Vivió en el excitante mundo cultural republicano, sobrevivió a la Guerra Civil, reinició la Escuela de Vallecas, después de la guerra. Fue surrealista, cubista, fauvista, realista, paisajista inmenso, mostrando magníficas visiones del campo castellano. Reconocido en España y el extranjero, me temo, sin embargo, que a mucha gente joven de hoy, més allá de los vinculados de forma directa con los lugares donde vivió y trabajó, o de los estudiosos de arte, no les suena.
Sirva este post de pequeño homenaje, tres décadas después de su muerte.
Hace algunos días una evocació de Rubén Darío en un blog amigo me recordó a ese gran poeta, recitado y leído en tiempos de mis padres e incluso en mi infancia, aunque siempre de forma parcial y, en muchas ocasiones, reduccionista.
En una de las escuelas en qué he trabajado coincidí con una maestra muy joven. Otra compañera de mi edad y yo, bromeando, acostumbrábamos a recitar poemas de nuestra infancia, habituales en los libros de texto. Rubén Darío no sonaba casi de nada a nuestra joven compañera y acabamos regalándole una antología.
Mi madre tenía una especie de publicaciones baratas que se compraba su abuela, unas revistas con poesías de autores conocidos o no tanto, populares en su época: Bécquer, Campoamor... Y Rubén Darío, por supuesto. Mi madre recitaba de memoria bastantes poemas; en sus tiempos y en una gran parte de los míos era habitual que las personas normales, incluso sin una gran cultura académica se supieran de memoria y recitasen bastante bien poemas diversos. Aprendí a leer catalán, en una época en la que mi lengua había desaparecido del contexto escolar, a través de libros familiares, con poemas para recitar.
Recuerdo el mundo mágico que me evocaban aquellas extrañas historias poéticas recitadas por mamá, en concreto ésta:
Era un aire suave, de pausados giros;
el hada Harmonía rimaba sus vuelos,
e iban frases vagas y tenues suspiros
entre los sollozos de los violoncelos.
Sobre la terraza, junto a los ramajes,
diríase un trémolo de liras eolias
cuando acariciaban los sedosos trajes,
sobre el tallo erguidas, las blancas magnolias.
La marquesa Eulalia risas y desvíos
daba a un tiempo mismo para dos rivales:
el vizconde rubio de los desafíos
y el abate joven de los madrigales.
Cerca, coronado con hojas de viña,
reía en su máscara Término barbudo,
y, como un efebo que fuese una niña,
mostraba una Diana su mármol desnudo...
La poesía más popular de Rubén Darío, en las escuelas de mi infancia, era aquella de Margarita, esta linda la mar... Otra de las habituales era la historia de la princesa triste, tan parodiada, incluso en broma. Mi preferida, sin embargo, fue siempre Sinfonía en gris mayor, que encontré en una magnífica antologia destinada a libro de lectura, elaborada por el gran pedagogo Herminio Almendros, padre del también genial Néstor Almendros:Pueblos y leyendas. Aquel libro de lectura, de 1937, se ha reeditado en numerosas ocasiones y hoy es todavía moderno, porque refleja una sociedad diversa y multicultural.
El mar como un vasto cristal azogado refleja la lámina de un cielo de zinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan el fondo bruñido de pálido gris.
El sol como un vidrio redondo y opaco
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo de almohada su negro clarín.
Las ondas que mueven su vientre de plomo
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país.
Es viejo ese lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol del Brasil;
los recios tifones del mar de la China
le han visto bebiendo su frasco de gin.
La espuma impregnada de yodo y salitre
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
su gorra de lona, su blusa de dril.
En medio del humo que forma el tabaco
ve el viejo el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada
tendidas las velas partió el bergantín...
La siesta del trópico. El lobo se aduerme.
Ya todo lo envuelve la gama del gris.
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confín.
La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia un solo monótono
en la única cuerda que está en su violín.
Rubén Darío no llegó a los sesenta años, su vida fue una especie de torrente arrollador. No voy a escribir aquí su biografía, que se puede encontrar, bastante completa, en wikipedia. También, afortunadamente, una gran parte de su obra poética se halla en internet, en un lugar o en otro de ese extraño país entre imaginario y real. Envidiado, imitado, criticado, reivindicado, Rubén Darío tuvo una virtud que, en nuestro país, es un defecto: ser prolífico. Escribió mucho y bien, poemas que reflejan una cultura extensa y profunda. Su archivo personal fue donado a España por su compañera de los últimos años, Francisca Sánchez, y se encuentra en la Universidad Complutense. Tiene también una extensa producción en prosa, poco conocida todavía, entre la cual muchos artículos periodísticos. Por la obra de Darío desfila todo el mundo de su época, personajes, lugares, mitos, creencias, incluso manías. Quizá por la dificultad que entraña esa totalidad diversa y compleja ha sido muy poco traducido a otras lenguas y hoy todavía hay quien cree que es una especie de autor folklórico. Hoy poca gente, con la excepción de los estudiantes de la especialidad, puede valorar el uso de los versos y estrofas clásicas que Darío utilizó en su excelente castellano o captar las muchas referencias cultas que se esconden en sus grandes poemas.
Curioseando por internet, ese lugar extraño donde se encuentra 'de todo' aunque no se encuentre todo, me he enterado de que hoy, 12 de diciembre, hace veinte años de la muerte de Concha Piquer, cantante muy presente en la memoria sentimental de aquellos que, como yo, ya peinamos canas aunque sean teñidas. Mis primeros recuerdos de esa gran dama de la canción vienen de los inefables discos solicitados de Radio Miramar y la canción que más sonaba y recuerdo era ese inmenso Tatuaje. La canción, de pequeña, me evocaba las callejas sórdidas cercanas al puerto de Barcelona, un olor a café rancio y vino peleón, y un mundo pecaminoso de marineros con pasado y señoras de la vida, eufemismo que usaban en casa y que yo, entonces, no sabía a qué se refería con exactitud. Las señoras de la vida eran mujeres decadentes, gordas y pintadas que pululaban por la calle y que acompañaban a hombres borrachos y malolientes para hacer no se sabía qué exactamente, un misterio de aquellos de épocas pasadas y pacatas.
De jóvenes, con la modernidad de los sesenta, renegamos de aquella memoria sentimental, de Machín, de Piquer, incluso del Duo Dinámico yeyé de nuestra adolescencia. Hoy queda bien decir que escuchabas a los Beatles o a los Stone en versión original, de la misma manera que queremos creer que ganamos la democracia a costa de nuestro sacrificio colectivo. La leyenda siempre es más bonita que la realidad. Con el tiempo, sectores intelectuales desacomplejados reivindicaron aquella música, cantantes jóvenes la recuperaron en nuevas versiones y la copla, como el tango, pasó a ser patrimonio cultural colectivo. Concha Piquer fué mucho más que una señora que cantaba historias, es hoy un mito de la canción, muy presente en nuestro recuerdo.
Me gustán las canciones que cuentan historias, bien rimadas y estructuradas. Así son aquellas coplas, de grandes autores, poemas narrativos, novelas. Como los tangos o como las canciones que cantaba, en catalán, Emili Vendrell, con letras de grandes poetas. Hace poco tiempo pude ver, en la segunda cadena, un programa magnífico de la serie Imprescindibles, sobre la apasionante y apasionada vida de Concha Piquer. Los programas de Imprescindibles deberían ser, valga la redundancia, imprescindibles, efectivamente: Miguel Hernández, Vicenç Vives, Gil de Biedma, Rafael Azcona...
Algunas de las canciones de Piquer me producían una profunda tristeza, sobre todo cuando hablaban de mujeres abandonadas, de amores imposibles, de muerte y tristeza. Las había optimistas, la niña de la estación acababa por casarse, se casaba la picadita de viruela acomplejada y la solterona de la lima y el limón. Casarse era casi la única salida laboral seria para un gran nombre de señoritas. Eran canciones que al estar bien construídas y rimadas se aprendían de memoria con cierta facilidad, cosa que contribuía a crear lazos colectivos cuando, aunque fuese en broma, las entonábamos en fiestas señaladas y reuniones familiares.
La vida de Concha Piquer transcurrió de forma inteligente y apasionada por épocas difíciles, no fue una cantante franquista, com creímos com ignorancia petulante. Fue ella misma y mucho más, merece una serie de la tele bien hecha, con medios y documentación, para dar a conocer a los jóvenes cosas como su paso por Estados Unidos, o que protagonizó la primera película sonora en español. Los míticos baúles de la Piquer se han convertido en una especie de refrán popular. Ah, como admiro la habilidad de países como Francia para mitificar sus mitos o crearlos! Aquí somos algo autodestructivos, el franquismo estigmatizó toda una larga época y a los que sobrevivieron con éxito a ella! Sin embargo, por lo que oigo y escucho, la copla goza de buena salud. Afortunadamente.
A la hija de Concha Piquer, como al hijo de Emili Vendrell, les pasó una cosa parecida, siendo excelentes artistas no pudieron acabar de superar el peso inmenso de sus progenitores. Al tipo de canción que cantaba Vendrell, en catalán, le faltó una etiqueta de género. Los comparo porque Vendrell también cantaba historias y era de los pocos cantantes en catalán, anteriores a la Nova Cançó, que podíamos escuchar en los espacios de discos solicitados, al lado de Piquer y Machín. Por desgracia, hoy está muy olvidado en su propia tierra, cuando fue, también, todo un mito. En Catalunya con frecuencia soportamos un exceso de modernidad y diseño, de afición desmesurada a la novedad galopante. Lástima.
La época también cuenta. Estos días se ha hablado mucho de Lennon, de los Beatles y de su tiempo. No digo que no fuesen buenos pero estuvieron en el lugar apropiado en el momento oportuno. El éxito de Piquer fue también un éxito de labor de equipo: buenos músicos, excelentes letristas. Y una sociedad que escuchaba con devoción aquellas historias cantadas y contemplaba ilusionada las películas del cine del barrio. Hoy nos hemos convertido en una sociedad de petulantes nuevos ricos en crisis. Aquellas canciones nos dicen mucho más de nosotros mismos que cualquier manual de historia.
Asistí ayer a una tertulia sobre temas históricos, se hablaba del famoso libro de Hobsbawm, La invención de la tradición, un clásico algo reiterativo, quizá porque los ejemplos que recoge quedan lejos de nuestra propia historia. Con los años te das cuenta de que todo es mentira, como dice el tango, o que te mueves en un mundo bastante mítico de medias verdades. Necesitamos símbolos, cohesión social, lo que sea, para sobrevivir durante nuestro tiempo en este lugar tan complicado, diverso y, en ocasiones, muy desagradable. Quina sort haver viscut ara i aquí, (qué suerte haber vivido ahora y aquí), me decía un amigo en una ocasión, a pesar de qué perdió el padre en la guerra y pasó, como todos los que tenemos algunos años, tiempos difíciles. Para una mujer todavía resulta más afortunada la casualidad de ese ahora y aquí.
Tenemos tendencia a la queja, nunca estamos del todo satisfechos, aunque no pasemos hambre, ni frío, tengamos un techo y una paguita, una familia más o menos estable, amigas queridas para charlar y un ordenador, que hoy es una ventana abierta al mundo donde se puede encontrar de todo a todas horas, todos queremos más, cantaban durante mi infancia, por la radio. En general, en el mundo occidental hemos avanzado en muchas cosas que a veces nos cuesta admitir. Los lamentos sobre la educación y la conducta de los jóvenes son ancestrales, Plino y Cicerón ya se quejaban del tema. Sin embargo hemos conseguido, de forma general, unas relaciones familares muy distintas de las antiguas que hacen que gran part de la juventud, en encuestas recientes, valore la familia por encima de muchas otras cosas. También en lo moral, en algunos aspectos, al menos teóricos, hemos avanzado.
Las costumbres cambian pero a veces da miedo proponer cambios pues las mejores ideas degeneran cuando se convierten en religiones y dogmas. Pasó con el cristianismo, con el comunismo. Cuando trabajaba en la escuela tenía, al cabo de los años, cierto temor a proponer mejoras, ya que si se aceptaban quedaban enquistadas y convertidas en intocables. Pondré un ejemplo algo frívolo: en los setenta teníamos las clases llenas de niños y niñas, cuarenta y cinco alumnos por aula era una ratio habitual, incluso deseada. En la escuela llegamos a tener dos, tres líneas y en el patio a menudo había problemas con tanta gente. Propuse que los pequeños ocupasen un patio alternativo, en la entrada de la escuela. El tema topó con los privilegios conseguidos, hacíamos turnos de patio y hacerlo en dos espacios comportaba hacer más vigilancia, renunciar a horas libres a la hora de almorzar, a privilegios adquiridos. Al fin ganó la lógica y se dividió el recreo en dos espacios.
Con la bajada de natalidad el colegio se vació, llegaron a cerrarlo y convertirlo en escuela de idiomas. En los últimos tiempos, a finales de los ochenta, teníamos una sola línea, clases incluso con quince alumnos. Propuse volver a hacer los patios conjuntos, daba casi pena aquel gran espacio medio vació. Nadie recordaba que yo había propuesto, hacía muchos años, el cambio anterior. No hubo manera de cambiar nada, siempre lo hemos hecho así, hay una norma en el proyecto de centro que exige dividir los ciclos en espacios... Las razones esgrimidas eran absurdas y no conseguí una mejora que nos hubiese favorecido a todos ya que existía una norma antigua escrita que parecía intocable. La mejora se había vuelto costumbre, ley, dogma, lo de menos era la razón del cambio antiguo.
Pienso en esas cosas a menudo, como hoy, ante esa acción absurda y prepotente de los controladores. Pienso en muchas huelgas surrealistas de nuestro tiempo, huelgas de privilegiados con trabajo fijo por los siglos de los siglos, sostenidas por sindicatos burocratizados, profesionalizados y alejados de la realidad. Costó mucho conseguir ese derecho me dicen los convencidos. Sí, claro, lo consiguieron obreros mal pagados, mal tratados por los poderes estatales, que pasaban hambre y creaban sus sindicatos esforzados y vocacionales, compuestos por trabajadores en activo cuyo lugar de trabajo era absolutamente frágil. Hace pocos días vi un magnífico reportaje por televisión, de una huelga de mujeres del año 82, en una empresa catalana, reclamando igualdad de salario para igual trabajo. Los hombres mentalizados de izquierda no las apoyaron en nada, finalmente consiguieron, con gran esfuerzo, la igualdad que reclamaban.
Aquellos ideales que Pratolini reflejó en sus personajes han pasado a la historia. Quizá tampoco en su tiempo fue la cosa tan bonita y solidaria como la leemos o recordamos, todo se idealiza. Sin embargo, la huelga tiene que revisar su poder como protesta, en nuestro tiempo. Sabemos que no está al alcance de todos los españoles, todavía menos de los que no lo son aún y trabajan como pueden y donde pueden sin o con papeles. Me da algo de repelús el país de nuevos ricos en qué nos hemos convertido y en el cual, como decimos en catalán, estirem més el braç que la màniga. Han llegado tiempos de vacas flacas, no han hecho más que empezar, ya nos avisan cada día quienes no fueron capaces de guardar para el invierno, cigarras políticas que no dudaron en subvencionar fiestas y tonterías que, ay, sabían que les conseguían votos y clientelismo. Por suerte, cada día nos sale algún experto inteligente que predica, propone, profetiza, sabía lo que iba a ocurrir... No entiendo que con tanto sabio vayamos tan mal. Però, bueno, también se creía que cuando un filósofo gobernase todo funcionaría y Marco Aurelio las paso moradas.
La vida es un tango, ya lo decían mis mayores. Lo único que ha mejorado, respecto al precioso tango que incluyó en esta entrada, es que nadie va a probarse la ropa que vamos a dejar. Es mucho más cómodo e higiénico -qué manía nos ha dado por la salud, en los últimos tiempos- comprar cosas nuevas en el bazar chino de la esquina, cosidas a precio mísero en algún lugar ignorado, por obreros y obreras de verdad y quizá sin derecho a huelga. Nos importa?
Josep Maria Castellet ha recibido el Premio Nacional de las Letras Españolas, un premio merecido por su larga, provechosa y admirable labor de crítico, editor y muchas cosas más. Castellet es hoy un sabio anciano, aunque parece que en el presente llamar a alguien anciano o viejo es un insulto cuando en otro tiempo resultaba un honor, pero fue también uno de nuestros jóvenes airados. Él y sus seguidores intelectuales sentaron cátedra, como se suele decir, y quizá también marginaron a otros sectores, durante una época brillante intelectualmente de la cual, me temo, los jóvenes airados de hoy saben poca cosa. El realismo histórico fue casi, casi, un dogma intelectual durante mucho tiempo.
Escribió, bien y mucho, sobre literatura catalana y castellana, en unos tiempos difíciles en los cuales los puentes de entendimiento entre ambas culturas parecían más transitables que en el presente. Imagino que eso hoy no sienta demasiado bien a tantos partidarios de convertir los puentes en muros impracticables e impermeables. En todo caso, maravilla pensar en el peso intelectual de Castellet y tantos otros en una época difícil, que mucha gente querría presentar como un páramo intelectual, cuando en realidad produce una sana envidia comprobar la altura cualitativa de una gran parte de lo que se hizo y editó, a pesar de todo.
Cierto que en aquellos tiempos la cultura de calidad, ligada a las universidades, era minoritaria y elitista y masificar la educación, como se hizo, abriendo las escuelas y universidades a las mayorías, comporta ciertas renuncias inevitables pero necesarias. Todo estaba por hacer, ni tan sólo sabíamos si se podría hacer algo, políticament hablando, y después de las euforias vinieron los desencantos del presente. Pero la vida, en todos sus aspectos, siempre confronta la realidad con nuestros sueños, sobre todo juveniles, en los cuáles, como en aquella proclama del mayo francés, somos capaces de exclamar convencidos: seamos realistas, exijamos lo imposible. Un poco de realismo històrico recuperado en este otoño electoral tan frustrante, quizá nos vendrá muy bien.
El cine de Berlanga nos ha acompañado a lo largo de muchos años. Desaparece con él la última B de la gran tríada capitolina de nuestro cine de culto. Bardem fue el más politizado, Buñuel el más mitificado. Berlanga, sin embargo, fue el único que generó un adjetivo popular, berlanguiano.
Reconocemos con facilidad situaciones y personajes berlanguianos, aunque no siempre sepamos explicar en qué consiste esa característica hispánica y fallera, tierna y ácida, humorística y tiernamente trágica.
No todo su cine me convence del todo. Pero incluso en los títulos menores se pueden encontrar escenas geniales, de esas que quedan en el recuerdo personal y que tienen vida propia.
De todas las películas me quedaré siempre con Plácido, la historia navideña más rompedora y entrañable del panorama estacional. Cada vez que la veo me gusta más. Ese Cassen en estado de gracia también me trae muy buenos recuerdos, en medio de un mar de secundarios magníficos. Me produce siempre una nostalgia agridulce y una sonrisa desacomplejada y sincera la contemplación de ese triciclo épico convertido ya en un símbolo entrañable.
Se aprende más historia de España o de las Españas viendo esas películas que leyendo manuales escritos por expertos.