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domingo, 23 de diciembre de 2018

LA MEJOR LOTERÍA ES EL TRABAJO Y LA ECONOMÍA


¿A quién le vendo la suerte?
¡Mañana sale y está premiado!
(Mis ojos tienen que verte
por tres puñales atravesado).
¡La fortuna, pa mañana!
¿Quién me compra un QUINCE MIL?
(Te repiquen las campanas
a la hora de morir).
¡Cuatro series!, ¡qué bonitas!
¡Voy tirando los caudales!
¡Son de doña Manolita!
¿Quién me compra esta penita?
¡Mañana, mañana sale!


('Mañana sale', de Quintero, León y Quiroga, fragmento)


Existen muchas canciones sobre la lotería y los juegos de azar pero mi preferida sigue siendo esa de Mañana sale, la última que cantó Concha Piquer y que hizo que se retirara a causa de algún problema con la voz. Recuerdo una antigua foto de Raquel Méller vestida de vendedora de lotería, debía haber algun cuplé con esa temática que no he sabido encontrar.

La lotería de Navidad era todo un clásico durante mi infancia y juventud. Todos los tenderos vendían lotería propia y cualquier asociación hacía la suya. En Catalunya a menudo llamábamos apuntaciones a los billetitos en los cuales nos avisaban, en general, de que una pequeña parte de cada boleto era para la entidad. Eso hacia que centros culturales de todo tipo o escuelas pudiesen ingresar un dinerito extra. La suerte, para esas entidades, era que, por ejemplo, les tocase la devolución, ya que mucha gente no la cobraba y el ingreso era mayor.
La lotería era una excusa para quedar con gente a la cual hacía tiempo que no veías e intercambiar billetes de lotería. Las cosas han cambiado bastante, hoy existen problemas para imprimir billetes, derivados del mayor control existente por parte de la hacienda pública. En Catalunya se instauró otra lotería, La Grossa. Pero creo que también tiene un peso el hecho de que la gente ha perdido la inocencia y la fe en las posibilidades de un cambio de vida gracias al azar. Una muy buena profesora de matemáticas que tuve la suerte de conocer cuando estudiaba magisterio, Maria Rúbies, insistia en qué si la gente calculase bien no compraría lotería, a causa de las pocas probabilidades que tenemos de ganar alguna cosa, en comparación con lo que invertimos en la compra de numeritos del sorteo.

Rúbies era de CIU en los buenos tiempos de ese partido, los del Pujol en olor de multitud. Era una persona muy honesta, muy buena persona, trabajadora, seria, una gran profesional de la educación. Se quejó de qué la Generalitat montase loterías, en aquella época, en concreto, el rasca-rasca. La marginaron y tuvo disgustos importantes. Murió relativamente joven. La recuerdo a menudo, nos daba clases voluntarias los sábados, a la gente de los estudios nocturnos. Sólo recuerdo otro profesor que hacía eso, el profesor Cervelló, cuando estudié Humanidades, ya mayorcita, en la UOC.

Mi percepción es que la lotería tiene menos peso que antes pero debo estar equivocada, parece que se vende bastante, todavía. Cuando era pequeña el día de la lotería ya era fiesta escolar y escuchaba por la radio el sonsonete de los niños de San Ildefonso, entonces sólo eran niños, era como una canción navideña alternativa, me encantaba. Eso de los euros ya no me suena tanto como las antiguas pesetas y todo ha cambiado, sobre todo, yo. 

Los anuncios de lotería son todo un poema, suelen estar muy bien hechos, apelan a la solidaridad, al compartir y todo eso pero también, en ocasiones, fomentan la envidia, pecado capital. ¿Qué pasa si no has comprado lotería y a tu vecino o a tu prima les toca un pastón, gracias a un boletito que rechazaste? En una ocasión, hace años, estaba de excursión con un grupo de amigos. Paramos a tomar algo en un pueblo y los niños de una entidad vendían números, me resultaron simpáticos y les compré algo. Mucha de la gente que venía conmigo no había comprado nada pero cuando vieron que yo compraba se apresuraron a hacerlo. Mira que si me tocaba a mi y a los otros, no...

La publicidad de la Grossa de este año iba por ahí. Era un anuncio divertido y humorístico, un montón de gente friki iba diciendo 'yo paso', a la hora de comprar lotería, después tocaba y se tiraba de los pelos. Hace pocos años pasaban uno de la lotería nacional en el cual un pobre hombre no podia comprar lotería pero su amigo, el dueño de un bar, le había guardado apuntaciones. Tocaba, claro, y todos eran felices y comían perdices.


A mi me gustaba mucho aquella campaña del señor calvo atractivo, que se iba paseando por la ciudad. Lo contrataron durante algunos años y a las damas nos encantaba, parece que no le renovaron el contrato por motivos económicos. Era unos anuncios muy bonitos aquellos, la verdad. 
Este año no he comprado nada de lotería. Las antiguas tiendecitas de mi barrio han cerrado, han sido substituídas por comercios de gente de todo el mundo, pero no es lo mismo y la gran mayoría no venden lotería. 

La mayoría de entidades sociales, para no tener demasiados problemas legales, no hacen tampoco lotería propia, la mayoría. Las relacions amistosas se establecen hoy alrededor de la Marató, todo el mundo organiza cosas para recaudar fondos. En el fondo es lo mismo, las Navidades se articulan todavía en torno a cosas como el buenismo recaudatorio generalizado y adaptado a la modernidad, destinado a fer calaix. No dudo de las bondades de esas iniciativas però tengo algo de repelús ante las solidaridades navideñas, la verdad. Durante años fue un clásico aquel programa de los señores Dalmau y Viñas, la Campaña Benéfica de Radio Nacional. 

Los niños iban allí a recitar versos de la época. Incluso yo llegué a ir con la escuela y recité Mi vaquerillo. Era un poema un poco largo y el señor Dalmau se ponía nervioso, querían cosas breves y que todo el mundo pudiese pasar por el micrófono y por caja. En mi clase habíamos recogido, lo recuerdo, setenta y cinco pesetas. Claro que debía ser el año 1958, más o menos.

Mis padres conocían casos de gente ludópata a causa de la lotería, en general. No sólo de la de Navidad, claro. Evidentemente, a alguien le toca. El escritor Pere Calders, con su humor agudo e irónico, hablando de la muerte, decía que, si al menos vieses a alguien a quien no le ha tocado morir... pero que nadie se escapaba del final previsto. Siempre toca, vaya. 

Mi madre, aunque compraba algo de lotería y, de vez en cuando, los cupones antiguos de la ONCE, aquellos de los tres números, nos repetia a menudo el sabio refrán que dice: La mejor lotería es el trabajo y la economía. Hoy, sin embargo, no es fácil ni tan sólo tener trabajo, y hacer economías, para mucha gente, resulta casi un espejismo, además de què las entitades de ahorro no favorecen eso del estalvi. 

Las ludopatías no se fomentan tan sólo con las loterías convencionales, hoy internet ha inventado un montón de trampas diversas para qué la gente se enganche a eso del azar. Los bares están llenos de maquinitas diversas, papadineros, como decíamos antes. El cine ha favorecido la ludopatía en esas imágenes de grandes casinos llenos de caballeros elegantes y damas sofisticadas. Esos tahures que iban en barcos por el Mississipí jugando a los naipes eran muy atractivos, en general. El cine negro ha aprovechado el tema, muchos jugadores con poca suerte eran maltratados o asesinados por sus deudores. Hace poco vi, en el teatro, la versión musical que la gran Silvia Marsó ha hecho sobre el libro de Zweig 24 horas de la vida de una mujer. El objeto del deseo y de la pasión puntual y breve de la dama es un ludópata joven que la deja desplumada. Vale más huir de las tentaciones, vaya. 

sábado, 22 de noviembre de 2014

LA MEJOR LOTERÍA ES EL TRABAJO (SI LO HAY) Y LA ECONOMÍA (SI SE PUEDE ECONOMIZAR)



Este año el anuncio de la lotería de Navidad pretende ser emotivo, realista y casi solidario, cosa difícil dadas las circunstancias. Al menos, comparado con el del año pasado, habrá dado trabajo y algún dinerillo a actores anónimos o poco conocidos, no como el de 2013, ya es algo. La lotería es un gran engaño, una gran profesora de matemáticas que tuve en magisterio, María Rubiés, explicava que si la gente supiese matemáticas y las pocas probabilidades de ganar algo en esas cosas no participaría en ese gran engaño. Rubiés muy religiosa, militó siempre en CIU pero protestó de diversas cosas de forma pública, una de ellas aquello del rasca-rasca catalán, cosa que hizo que la condenaran casi al ostracismo. En viquipèdia, claro, nada se cuenta de todo aquello, pero el semanario El Temps publicó de forma póstuma una entrevista muy explícita sobre los problemas que tuvo con el partido. Claro que las cosas póstumas no tienen mucho peso, se obvian y se olvidan y todo pasa.

Sin embargo dudo del hecho que saber matemáticas nos evite caer en trampas de este tipo. En general deseamos vivir con ilusiones y espejismos y como dice mucha gente, a alguien le toca. Escuché al escritor Pere Calders, en una ocasión, hablando sobre la muerte y la posibilidad de escapar de ella, posibilidad imposible, valga la redundancia: si veiessis que al menys se n'ha escapat un... Pero de morirse no se ha escapado nadie, que se sepa y la lotería si que toca a alguien, aunque sea a poquitos. Y los medios de comunicación magnifican a los vencedores en lo que sea, futbol, motos o lotería, para fomentar la emulación.

El anuncio de este año es emotivo y sensiblero, muy bien hecho y muy bien interpretado, y por ello mucho más peligroso que otros anteriores. De historias de la lotería conozco más bien de malas que de buenas, hace muchos años tocó bastante dinero en un pueblecito catalán y todos sus vecinos acabaron peleados. Un repugnante infanticidio que sucedió en Granollers tuvo su detonante en el tema de la lotería. Mi abuelo no se hablaba con alguien del trabajo por no sé qué motivo relacionado con una lotería que no le vendió. Ha habido muchos casos en que alguien se ha largado con la lotería premiada, que pertenecía a un colectivo, y no lo han visto más. La mayoría de veces no toca nada o muy poco y por ello todo sigue igual el día después, el de la salud, como dice un comentario popular.

En mi casa, como en otras casas trabajadoras humildes se decía aquello de qué la mejor lotería son el trabajo y la economía. Pero hoy ni siquiera hay trabajo y por lo tanto no puede haber economía. Sin embargo, gastar un dinerillo en lotería, por si acaso, tampoco parece prudente. Yo compro algo de lotería estos días, de asociaciones diversas, sé que hacen un poco de calaix gracias a la lotería navideña, aunque sea ese un método que se prestaría a muchas valoraciones. Hay personas que te comentan que un buen puñado de dinerito te cambiaría la vida pero es que yo ya no quiero que me la cambien, la verdad.

Hace unos días por la tele catalana oficial se comentaba el repunte ocupacional de estos días y salían unas cuantas personas de edades diversas, hombres y mujeres, haciendo patéticos paquetitos y poniendo lacitos a regalos y lotes navideños. Estaban contentos con el empleo que, a tot estirar, les iba a durar un par de meses. Era como si les hubiese tocado la lotería. La lotería de la pedrea, claro. No sé qué les debían pagar, me temo que poco. ¡A lo qué hemos llegado! No sé dónde están los sindicatos ni si existen todavía y cómo se permiten esos contratos que duran días, semanitas, algun mes. Me siento como una ganadora de la lotería cuando cada mes me ingresan mi paguita de jubilada, de forma puntual y que sin ser gran cosa me permite eso tan de moda en la educación papanatas, compartir. 

Ayer, en Barcelona, encendieron las luces navideñas, más de un mes antes de Navidad, para hacerlas coincidir con una movida que se llama The Shopping Night, destinada a que te pasees por el Paseo de Gracia por la noche y compres y compres. El Portal de l'Angel se ha convertido ya en una zona carísima de la ciudad, de las antiguas tiendas de hace algunos años no queda casi nada, el recuerdo. Todo son marcas, ropa y tonterías. Las librerías resistentes se han tenido que ir a otras zonas. Me temo que el puerto de pescadores de la Barceloneta va a durar poco con la movida de barcos de lujo que se van a instalar por allí. En fin, es todo tan surrealista en ese primer cuarto de siglo que sólo deseo quedarme cómo estoy y disfrutar de la salud mientras dure pues es éste un bien efímero y temporal, como todo. Lo peor es que el masoquismo popular inocente inundará la shopping night esa de la misma manera que, en otro orden de cosas y salvando las distancias, en Sevilla más de ochenta mil personas han ido a despedir con emoción evidente a una señora latifundista y multimillonaria que no creo que haya dejado su fortuna a los pobres, precisamente.
¿Podrán hacer algo los grupos políticos alternativos que emergen, vigilados y criticados por todas partes? Bueno, esperanza que no falte. Ya tiene su mérito que personas jóvenes y diferentes quieran dedicarse a algo tan peligroso y corruptor como la política. Las luces de Navidad, a ese paso, las van a encender a finales de agosto, así podremos consumir con más tiempo, domingos y fiestas de guardar incluídas. Al menos, supongo, todo eso dará trabajo temporal e inestable a dependientes y dependientas mal pagados, me imagino, pero algo es algo dijo un calvo. En Catalunya, además, tenemos una lotería nostrada, para hacer patria y que la ganancia quede en casa, La Grossa, anunciada por un monigote feísimo e inquietante diseñado por el peor enemigo del invento, me temo. Media humanidad, me dijo alguien, vende para que la otra mitad compre. Y lo peor es que si no compramos nada todo ira todavía peor, o así lo cuentan los expertos.



domingo, 25 de diciembre de 2011

Melancolía patufetista navideña






Llegó Navidad de nuevo con su mitología propia, que se te va acumulando con los años en la memoria sentimental. Muchas cosas cambian y se renuevan pero Navidad sigue siendo el Belén, con árbol y Papá Noel añadidos, la decoración habitual, las lucecitas en la calle, aunque ahora sean de bajo consumo y sus canciones de siempre, a las cuales se va incorporando repertorio nuevo, incluso en inglés.

Una alegría infantil de mi época autárquica eran los almanaques de los tebeos, algo caros. El del TBO era el rey de todos, claro. Esta portada que he encontrado por internet es ya moderna y veo que el almanaque valía la friolera de más de cuatrocientas pesetas en esa época. Muchos de sus personajes fueron incombustibles hasta que desaparecieron, a finales de los noventa, aunque todavía es posible encontrar reediciones y recopilatorios de aquellas historietas irrepetibles. 

Unos de los personajes más famosos de aquella revista fueron La familia Ulises, con su abuelita sin dientes, una familia típica de una época, con la cual se identificaban las familias modestas, o sea, ni pobres ni ricas, que eran muchas. Cuando a alguna familia una persona, normalmente con algunos añitos, nos dice que parecemos La familia Ulises sabemos que hace referencia a cierto pintoresquismo indefinible, algo parecido a lo que pasa con la expresión los de Calatorao, cuando un gran grupo de gente se desplaza de forma gregaria y unida haciendo un poco de ruido y que procede de una famosa zarzuela, cosa que ignoré durante años.

Los Ulises salían en la contraportada del tebeo TBO, que es un lugar indicado para promocionarse, como saben muy bien los periódicos actuales. En Navidad, durante años, el TBO también incluyó en su almanaque un magnífico Belén recortable del prolífico y genial Opisso, un artista cada día más valorado, polifacético, cuya obra muestra de forma muy gráfica el paso del tiempo y los cambios en las costumbres. Un día me sorprendí, hojeando unas antiguas revistas del inicio del siglo XX, Hojas Selectas, al encontrar en ellas un chiste político, a toda página, genial, de Opisso. Me pareció que no podía ser el mismo pero sí que lo era, dibujó mucho y bien durante años, pintó cuadros extraordinarios y creo que a las personas trabajadoras las perjudica este exceso que pone en evidencia la pereza de muchos supuestos genios poco productivos.

En mi casa y en mi tiempo infantil y adolescente había, como es natural, una enorme melancolía tras el paso de aquella horrible guerra civil, no se hablaba mucho de ella y a veces se hacía como si se tratase de una especie de cuento, de leyenda antigua. O así lo vivía yo entonces, de pequeña, ya que la dimensión del tiempo varia mucho con la edad y de niño las cosas de veinte o treinta años atrás resultan tan lejanas como la prehistoria o el tiempo de los romanos.Tardé en darme cuenta de lo cercanas que estaban para mi familia, todavía. Había un mundo, el de antes de la guerra, en el cual habían pasado cosas extraordinarias y la llegada de los almanaques de tebeos de los cincuenta evocava cada Navidad, en casa, unos almanaques míticos, los del Patufet en catalán, como aquellos no había nada.

El Patufet tuvo una época de gran esplendor, se leía en Barcelona y en todas las zonas rurales, creó una mentalidad muy particular y conectó con la gente de todas las clases sociales de la época. Los intentos de tebeos en catalán posteriores, cuando la cosa fue posible, no lograron nunca aquel éxito multitudinario. Sin embargo tuvo sus detractores, se le achacaba sentimentalismo, excesiva religiosidad, carrincloneria. Sus virtudes eran sus defectos. En el fondo casi todos tenemos una vertiente sentimentaloide y aunque tomemos las cosas en broma e ironicemos sin piedad sobre ese costumbrismo que conforma nuestra memoria sentimental no podemos olvidarlo ni dejarlo aparte. Ser patufetista, en catalànes una expresión ligada a esa devoción por tradiciones y sentimientos algo horteras.

Vino la tele y sus programas navideños, sus anuncios y sus canciones, que hoy también, a los que somos mayorcitos, nos despiertan ese patufetismo universal inexplicable. 


FELIZ NAVIDAD, aunque sea un tópico, a todas las personas de buena voluntad que pasen por aquí. Recupero del moderno youtube una de aquellas canciones de mi juventud, Ven a mi casa esta Navidad, aunque si viene todo el mundo no cabremos. Patufetismo universal en estado puro, vaya.








viernes, 24 de diciembre de 2010

jueves, 24 de diciembre de 2009

El fantasma de las Navidades pasadas



Resulta imposible desprenderse de la carga emotiva que se acumula en estos días. En mi blog en catalán comenté la emoción que producía, en la época dorada de los tebeos, la publicación de los almanaques, llenos de anécdotas, pasatiempos, historietas especiales. Los establecimientos humildes de mi barrio regalaban calendarios, en diferentes modalidades, una de más artística y otra más atrevida, con señoras en bañador. Los basureros, faroleros, serenos, vigilantes y tantos otros pasaban por las casas, subiendo y bajando escaleras, para traernos sus postales con las décimas habituales y recoger un aguinaldo muy, muy modesto.



Durante muchos años nos enviábamos postales, muchas. Hoy la postal en cartulina la envían sólo las empresas, los grandes almacenes. En general se felicitan las Pascuas virtualmente, por internet, o por teléfono.   Las postales navideñas de mi infancia, en general, eran clásicas, reproducían cuadros famosos, estampas habituales. Ferrándiz revolucionó el tema, con su colorido y sus divertidos angelitos. Pero también Ferrándiz pasó de moda, se consideró demasiado infantil e ingenuo y llegó la modernidad a la iconografía navideña, con postales abstractas y vanguardistas. Las modas nos hacen ir por donde quieren, desde los zapatos al peinado, no podemos escaparnos de su influencia. Lo que parece original acaba por hartar, así somos, nos guste o no. En mis tiempos infantiles no había árboles de Navidad, se consideraban protestantes, pero Papa Noel y el árbol acabaron por imponerse, incluso por convivir con los Reyes Magos y, en Catalunya, con el Tió, ese tronco que se va alimentado hasta que se le zurra la noche de Navidad y nos ofrece regalitos diversos y golosinas.


He leído que al pobre Papá Noel lo encuentran, ciertos estudios, un mal ejemplo. Es obeso, conduce de forma arriesgada... Vaya, espero que no se metan con los Reyes Magos, ya que en el fondo son unos aristócratas seguramente capitalistas, que van en camello mientras sus esclavos van a pie y les llevan el equipaje. Todo es posible en este mundo que cada día nos sorprende, a veces de forma agradable y otras, mucho más numerosas, con malas noticias o con sublimes extravangancias. Yo tuve manía a Papá Noel cuando la gente fina que quería ser moderna empezó a celebrar la noche de Navidad al estilo peliculero, con la excusa de que los niños tenían más tiempo para jugar si se les hacían los regalos en Navidad. Los mayores siempre tomamos como excusa a los niños cuando queremos justificar nuestras manías. Lo cierto es que una de las mejores cosas del ciclo navideño es la excitación que produce la espera de la noche de Reyes, la gran traca final de las fiestas. Bueno, he aprendido a convivir con el árbol que las monjas nos decía que era protestante, com el obeso papa Noel de estética cocacolera y con muchas cosas más, en un mundo tan permeable no se le pueden poner puertas al campo ni a casi nada.


Estos días siempre me viene a la cabeza el pobre Míster Scrooge, el personaje de Dickens, de cuya historia se han hecho tantas versiones. Incluso cuando era adolescente nos pasaron en la escuela una en cine muy antigua, en blanco y negro, tremebunda y evocadora, que me impresionó bastante. Es una historia maravillosa, de redención y arrepentimiento, que siempre tendrá éxito porque toca nuestra fibra sensible y hace referencia a esas Navidades pasadas, presentes y futuras.  El fantasma de las Navidades pasadas siempre viene a visitarme y me trae, como a todo el mundo, un montón de recuerdos de todo tipo. El exceso de mitología es un peso enorme, y en estos días se concentran toneladas de sentimentalismo, alegría, tristeza, nostalgia, melancolía y también sentido crítico, las navidades también han concentrado mucha hipocresía, consumo, frivolidad. Otro clásico de ficción de mi mitología navideña es Plácido, aquella película inmensa, con un Cassen en estado de gracia. Debería ser obligatoria pasarla en Navidad, además de Qué bello es vivir o la conversión a la bondad del viejo Scrooge.




martes, 23 de diciembre de 2008

Apuntes navideños algo nostálgicos


Escuché hace unos días por radio a las Hermanas Serrano en la actualidad, recordando sus éxitos de los cincuenta y tuve un ataque de nostalgia. Tuvieron una carrera breve, pero grabaron el primer disco de música ligera en catalán de después de la guerra y yo tarareaba de pequeña su Mandolino de Texas y aquello de ola, ola, ola, ola, no vengas sola, ola, ola, ola, ven con mi amor... Me vino a la cabeza todo un mundo infantil imitando artistas ante un espejo, celebrando fiestas con familiares que ya no existen, recitando poesías subida a una silla.

Las Navidades nos traen esa melancolía especial, añoranza, autocompasión, ternura. A pesar de las muchas tonterías que hacemos durante esos días, (compras excesivas, regalos absurdos, felicitaciones vacías de contenido), no nos podemos escapar del ambiente, muy pronto, en nuestra vida, ligado a recuerdos familiares, a personas que nos han dejado, a fiestas del pasado y a belenes con olor a musgo.

Cuando era joven y estudiaba, una vigilia de Navidad, quedamos en casa de un amigo con un grupo de mi edad. Lo pasamos muy bien y después, al salir, fuimos a pie hasta el metro, pasando por delante de la catedral de Barcelona. En aquella época la feria de Navidad duraba hasta Nochebuena, hacía poco que habían desmontado los tenderetes y el suelo estaba lleno de cartones, suciedad, ramitas polvorientas. En la Rambla había borrachos, prostitutas decadentes y grupos de personas ruidosas. Era un año en el cual empezó a ponerse de moda un vaso con un cordoncito encerado que imitaba el ruido de una gallina y mucha gente iba haciendo ese ruido por la calle. Tuve como una revelación de madurez, había un mundo marginal detrás de la paz navideña, me deprimió la visión de aquella otra Navidad absurda y trágica. Pau Riba tiene dos canciones sobre Navidad desmitificadoras, que hablar de eso, de la otra verdad de la Nochebuena y del día después, cuando ya se han matado los gallos, en la mañana de San Esteban, día, en Catalunya, de hacer canelones con los restos del cocido.


Hay una película inmensa sobre la Navidad real, Plácido, de Berlanga, con un Cassen en estado de gracia. Se ironiza sobre la solidaridad de entonces, con aquellos pobres viejecitos invitados a la mesa de los ricos. Hoy hemos variado la solidaridad adaptándola a los nuevos tiempos, pero sigue siendo bastante folklórica. Hace años se decía que en el futuro no haría falta caridad, ni compasión, ni limosnas, pero parece que no nos escapamos de maratones ni colectas, en estos días. A pesar de todo, de los papanoels de plástico colgados de los balcones, de las lucecitas histéricas y de toda la parafernalia, hay algo mágico que resurge en esos días: los niños, los Reyes Magos, los lazos familiares. Después, lentamente, los días iran alargando sus horas de sol y volveremos a la sagrada vida cotidiana, a la santa rutina que, con los años, me parece mucho más agradable que las fiestas extraordinarias.

domingo, 6 de enero de 2008

Mañana de Reyes







Ha llegado la mañana de Reyes de 2008 y, a pesar de no tener niños pequeños en casa ni en la familia más cercana, todavía me ilusiona mucho esta fiesta. Quizás porque en mi casa, donde no eran excesivamente juerguistas, este era un día muy especial, que ilusionaba a todos. Hace poco mencioné en mi log a Fernando Peña y su artículo en Metro, con referencias a la suerte vital en el tema de las ilusiones navideñas. Una maestra jubilada mayor que yo me explicaba, hace unos días, que a ella todo eso de los reyes no le afecta demasiado, ya que en su casa no los celebraban. Además, tuvo un matrimonio desafortunado, cosa que supongo también debió afectar a su percepción navideña.




Cuando era pequeña había, en mi escalera, muchos niños y niñas de mi edad, o un poco más pequeños, fruto de la natalidad optimista de posguerra, cosa que demuestra, además, que para tener hijos no hay nada mejor que la ilusión juvenil, que cree que todo renacerá de forma alegre y esperanzadora. No entraré en esas consideraciones, ahora parece que tener hijos antes de los cuarenta sea un disparate porque hay que estudiar, disfrutar y situarse. La verdad es que ni se disfruta tanto como se dice, ni los estudios sirven para lo que tendrían que servir, ni las situaciones laborables son estables, pero como así nos venden la moto, pues... La gran mayoría de matrimonios jóvenes, de la edad de nuestros padres, vivían como los abuelos –en casa de los abuelos, más bien- y su disfrute era limitado y reprimido, sus estudios, imposibles, y su situación, precaria. A pesar de todo, durante la mañana de Reyes se podían escuchar grandes exclamaciones de alegría e ilusión por los patios de luces, todo el mundo lo celebraba y entre los vecinos, a veces, también intercambiábamos regalos de poco valor. Yo creo que la fiesta gustaba y gusta mucho a los pequeños, claro, pero sobretodo a los mayores, cuando tienes hijos revives la infancia, momentos felices, idealizados en el recuerdo. La fiesta de Reyes era la del gran protagonismo infantil, protagonismo que hoy ha aumentado, pero que en épocas pretéritas era mucho más limitado.

Cuando mis hijos eran pequeños, en la escalera donde vivo actualmente había también algunos niños y recuerdo sus exclamaciones, muy madrugadoras, de sorpresa e ilusión. El tiempo, cuando te haces viejo, se acorta deprisa, ver crecer a los hijos evoca nuestra infancia y juventud y hace que se revivan, de alguna manera, aquellas sensaciones. Imagino que los que tienen nietos deben sentir otra vez este renacen de las chispas eufóricas de la fiesta. En la fiesta de los Reyes la gente hace cosas impensables, para nuestros hijos, que a veces resultan incluso incoherentes y exageradas, cosa, a mi entender, positiva y necesaria, porque algún exceso puntual y algún disparate hay que hacer, en la vida. Gastamos demasiado, nos hacemos polvo los pies dando vueltas por las tiendas, y los brazos fosfatina, cargando paquetes, que, después, hemos de ocultar de forma cuidadosa. Para ir a ver la cabalgata se pasen largas horas con los niños en brazos, hay gente que tiene mucha moral y que incluso carga con escaleras arriba y abajo, para que sus pequeños se puedan encaramar y vivir la fiesta con gran plenitud ocular.


Hoy parece que los niños y niñas tienen muchas más cosas y regalos y que el día de Reyes ya no es la gran concentración de baratijas que había sido. Pero creo que conserva su magia y su parafernalia, los ayuntamientos se vuelcan en ella con fe y entusiasmo, las radios y las teles cumplen con su papel. Hay quien opina que es una fiesta que tiende a desaparecer, yo creo que disfruta de mucha salud, por ahora, y cada año veo más gente en la cabalgata. Los inmigrantes han incorporado el tema a su imaginario, aún que se regalen cosas en Navidad, para Reyes siempre cae alguna cosa, incluso a los más papanoeleros y a los de otras religiones diversas. Hace años, a mediados de los sesenta, un sector moderno y con tendencia a la fanfarronería de los tiempos del desarrollo, de nuestra sociedad, comenzó a adornar árboles y a hacer venir a su casa a ese señor vestido de blanco y rojo, contra el cual no tengo nada, la verdad, porque el tiempo mejora el exotismo que rechazamos en sus inicios. La excusa era, decían, que así los niños tenían más tiempo para jugar, durante las vacaciones. Admirable falacia para justificar tonterías. Precisamente, el consuelo, en mi retorno a la escuela de después de las fiestas, era, precisamente, llegar a casa y reencontrar los libros y juguetes, todavía nuevos, misteriosos. Y una de las Y una de las cosas más excitantes de las vacaciones de Navidad era mirar escaparates, escribir la carta, esperar... La espera siempre es mejor que la realización de los sueños, me parece. Otra idea que se extendió entre los progres y que yo, lo confieso, durante una época suscribí, era que esa historia era un engaño de los muchos que nos persiguen durante la vida y que no había que mentir a los niños. A lo largo del tiempo he revalorizado la mentira que comporta piedad o ilusión, y la sinceridad descarnada me da más miedo que una tempestad. Las relaciones humanas, para ser positivas, comportan siempre un cierto grado de amable hipocresía, de engaño sin veneno.

Durante algunos años, la fiesta de Reyes perdió para mí mucho brillo, por causas personales, ya que hemos ido pasando, de forma inevitable, por las enfermedades y desapariciones de nuestros cuatro abuelos, de la presencia de los cuales pudimos disfrutar durante muchos años, gracias a Dios, al azar o al destino. A nuestros abuelos familiares les ilusionaba mucho la fiesta, también. Ir a las casas de los abuelos y tíos a buscar más regalos, ha sido también una actividad matinal del día de Reyes entrañable y excitante. Recuerdo, sobre todo, las excursiones en autobús de dos pisos a la zona de la Sagrada Familia, en otros tiempos lejana y poco poblada donde, en la calle de Nápoles, vivía mi tía Angelina, la de la gallina del año de la nevada. Un elemento habitual eran, también, las chucherías, en mi casa, y les reconozco el buen gusto, ya que odiaban esos símiles de excrementos, azucarados. Pero, en cambio, nos dejaban duros de plata, botellitas de champaña, paraguas, todo ello de un chocolate de poca calidad, la verdad, pero encantador, y también cigarrillos, camel, ideales... Esto de los cigarrillos de chocolate, con los cuales hacíamos ver que fumábamos ha desaparecido del mapa, con tanto puritanismo absurdo antitabaco. Ni he fumado nunca ni me alcoholizado a causa de la copita de champaña que me dejaban beber en casa durante las fiestas. Champán dulce, del de antes, esta moda de los bruts y secos es horrible, no encuentras champán dulce en ningún sitio. Y en copita redonda y chata, en las cuales bebían las damas de las pinturas de Ramón Casas, no alargada y profundas como las de ahora, que cuestan tanto de fregar. Todo cambia y, además, estas costumbres crean nuevos dogmas. Y cualquiera dice lo contrario.

Con champán brut y seco, con copas largas, con el Papa Noel y el Tió con barretina, compartiendo protagonismo, incluso admitiendo que el consumismo nos ahoga, los Reyes aún cabalgan. El que me gusta más es el negro, que en Barcelona no ha cambiado casi nunca, des de mis recuerdos infantiles, aunque yo diría que también ha envejecido un poco, a pesar de ser eterno. Por cierto, en catalán siempre hemos dicho Reis d’Orient y no Reis Mags, por muy magos que sean.

Gloria Fuertes, admirable escritora, ya reivindicó las reinas magas, de forma muy adecuada y simpática. A pesar de este hecho puntual, y aunque yo sea –moderadamente- feminista y –moderadamente también- republicana, no fumadora ni bebedora, casi atea, y, en muchas ocasiones, antinavidades ruidosas y consumistas, dejemos las cosas como están y como estaban, por favor, que cuando tocamos alguna cosa, como las figuritas del pesebre, se acaban rompiendo y las hemos de pegar con agua y harina.
(Traducción del post publicado en La Panxa del Bou)