viernes, 17 de mayo de 2013

SOBRE LENGUAS NO DEBERÍA HABER NADA ESCRITO




Hace años tuve una muy buena profesora de lengua que nos contó como, en la realidad, había más diferencias entre dos dialectos alemanes o italianos que entre el castellano y el catalán. El concepto de lengua, de idioma, es siempre artificial, creado o fijado por los poderes académicos, políticos. Pero la alfabetización masiva hace que esos estándares artificiales se conviertan en algo sólido e intocable, como las leyes. Sólido e intocables según los que mandan, claro. 

Viajar de forma lenta, hace años, por el norte de España, me convenció de qué no se acababa una lengua -o una forma dialectal- y empezaba otra sinó que el habla fluctuaba de forma dócil entre el catalán y el gallego, pasando por las formas aragonesas y asturianas. De aquí viene, me cuentan, el hecho de que míticos predicadores como San Vicente Ferrer se entendiesen con casi todo el mundo, viajaban a pie e iban asimilando los cambios diversos. El término dialecto se ha usado de forma despectiva cuando un dialecto es algo más real y vivo que esas lenguas de libro y de gramática sagradas y oficiales.

Como los lenguajes van íntimamente ligadas a nuestro imaginario sentimental y a nuestro adoctrinamiento político y social, decir estas cosas no parece bien a nadie o a casi nadie. Se intenta marcar más las diferencias que las palabras comunes, para significarse. Hablo de las lenguas de origen románico, más que nada. El euskera es otro caso muy interesante y singular en el cual no entraré ahora. Una lengua, un idioma, no es nada concreto, incluso si miramos diccionarios y los leemos con cierta atención comprobaremos como su definición és absolutamente etérea e imprecisa. 

Pasa algo parecido con la religión, poner en duda la existencia histórica del Jesucristo canónico, evidenciando las lagunas en la documentación existente, levanta muchas protestas y reticencias. La historia sirve para todo y esta llena de medias verdades y de mentiras gruesas escritas por los vencedores o por los perdedores resentidos. Todo es según el color del cristal con qué se mira, que ya lo decía Campoamor, hoy casi olvidado. 

La lengua oficial ha sabido crear su forma perfecta y correcta y sus perversiones ligadas a la poca cultura. Ese concepto, el de cultura, es también abstracto e impreciso, como el de arte. Los pobres hablan mal, claro. Los barbarismos, las contaminaciones, son un peligro que hay que frenar. Un intento vano, ya que todo se acaba contaminando, con el contacto  humano y la realidad de un mundo diverso y con muchas relaciones de todo tipo. Veáse lo que está pasando con ese latín moderno, el inglés de estar por casa, que ocupa ya una gran parte de nuestro buen castellano, de nuestro mítico catalán, de lo que sea, incluso de ese francés oficial, tan protegido por todas partes.

Nuestros orgullos personales andan relacionados con patrias, religiones, lenguas, incluso con las propias familias en las cuales hemos caído, siempre por azar. Vanos orgullos son esos, no responden a nuestros propios méritos. La lengua debería ser un instrumento de comunicación y poca cosa más. En nuestro ámbito profesional precisamos de una lengua consensuada, común, no les niego utilidad a los académicos sabios cuando fijan los conceptos, el estándar y la ortografía para evitar líos. Ahora bien, inferir de eso que todo es intocable, como la Constitución, no lleva a nada bueno. 

La ignorancia sobre la geografía lingüística y sobre las formas dialectales de las lenguas que conocemos se ha fomentado siempre. Conocemos muy poco el mapa mundial de los idiomas, de las variedades lingüísticas. También conocemos poco o nada las variantes existentes, todavía vivas, de nuestra lengua familiar. A todos nos parece que los otros hablan mal, incluso que esas palabras raritas que escuchamos en nuestro pueblo, en nuestro barrio, son incorrecciones, localismos, arcaísmos, curiosidades campesinas o bien ordinarieces. Si la capital de España hubiese sido Sevilla seguramente el castellano actual sería muy diferente. O si la gran ciudad catalana hubiese sido Tortosa en lugar de Barcelona, por ejemplo, nuestro catalán canónico también sería de otra manera. 

Sin embargo continuamos necesitando dogmas y doctrinas. En el ámbito de la lengua no hay bueno ni malo, correcto ni incorrecto, sinó adecuado o no al contexto comunicativo, profesional. El resto es política, en el peor sentido de la palabra. La lengua, como la ley, debería estar al servicio de los hombres y las mujeres y no éstos al servicio de las normas pertinentes y, supuestamente, inalterables. Las variantes diversas deberían ser acogidas con entusiasmo, como saben y hacen los buenos escritores, aunque de esos quedan pocos y todo parece cada día más estandardizado y unificado, a la baja, claro.

Cuando ha habido la necesidad de unificar territorios, de crear estados, de encender el sentimiento patriótico, se ha visto la necesidad de inventar o reinventar una forma común de lenguaje que, a menudo, no existía. De forma retrospectiva tendríamos que reflexionar sobre el hecho de qué muchos europeos lo que usamos, todavía, es un muy mal latín, lengua que también, ay, instauró el imperio romano por necesidades obvias.


miércoles, 8 de mayo de 2013

LUIS MATEO DÍEZ Y SUS PAISAJES LITERARIOS




Hace ya bastantes años, en mi blog en catalán, escribí sobre Luis Mateo Díez. El escritor es un caso singular en nuestro mundo literario hispánico, su aspecto es quijotesco y discreto, elegante y con cierto halo de misterio. Con esa apariencia me podría imaginar yo un Lampedusa mesetario y leonés, un hidalgo a la vieja usanza. Supe de su existencia hace bastante tiempo, gracias a una revista para maestros que editaba el ministerio y uno de cuyos apartados hacía referencia a funcionarios públicos que tenían aficiones artísticas o literarias, creo que se llamaba algo así como función pública, afición privada. Era aquella una sección que tenía bastantes seguidores. Así fue como busqué sus primeros libros, La fuente de la edad, El espíritu del páramo, publicados ya en la madurez, Mateo Díez empezó escribiendo poesía pero se fue pasando a la narrativa. Se pueden encontrar muchas referencias sobre él en publicaciones diversas y en internet pero no es uno de esos personajes literarios habituales en las tertulias televisivas ni en las charangas editoriales demasiado ruidosas.

No voy a presumir de haber leído todo lo que ha escrito, que es mucho. Tampoco voy a decir que todo lo que he leído del autor me haya gustado por igual aunque todos sus libros tienen pasajes, personajes y paisajes inolvidables y evocadores, poéticos, inquietantes incluso. Mateo Diez requiere, para entrar en su mundo, tan personal, de algo que en nuestros tiempos no es habitual: paciencia, constancia, tranquilidad. Sus gentes son, cómo el mísmo ha comentado en alguna entrevista héroes del fracaso, un término que me apropié para definir a algunos de los protagonistas de mis propias y modestas novelas. Que un autor cómo él, en estos tiempos, haya conseguido desarrollar una carrera literaria constante, jalonada de premios de prestigio pero poco ruidosos, es un gran mérito, suyo y también de la sociedad cultural que lo rodea. Y con novelas que no son ni históricas, ni de ciencia ficción, ni policíacas, por cierto. Que no están sujetas a modas ni tendencias y que beben de la tradición intelectual castellana más profunda e intemporal. 

Mi hermano me preguntó hace unos días sobre ese autor, había leído alguna cosa sobre su último libro, en el periódico. Recordaba que yo le había hablado de él hace tiempo. En las páginas de Mateo Diez está todo lo excelente, lo bueno, lo mediocre y lo malo de nuestra controvertida hispanidad y leyéndolo nos damos cuenta de qué, nos guste o no, por más catalanes que nos sintamos tendremos también siempre algo o mucho de españoles perdidos en medio de mesetas hostiles, nosotros, los periféricos. He recuperado y estoy releyendo Camino de perdición, uno de mis libros preferidos de ese escritor inclasificable, académico, por cierto, desde el año 2000. 

Mateo Diez dejó la poesía, no sé si de forma definitiva, pero los títulos de sus libros son absolutamente poéticos, Fantasmas del invierno, El expediente del náufrago, El espíritu del páramo, Los frutos de la niebla, El demonio meridiano, El paraíso de los mortales... Un autor para tener en cuenta y para leer y releer sin pausa y sin prisa, sobre todo, sin prisa.

sábado, 20 de abril de 2013

EL RETORNO DE LOS VENCEJOS



Nunca acierto a saber en qué preciso instante llegan los vencejos a mi barrio y al cielo de la ciudad. En una obra de Guimerà, La filla del mar, la protagonista explica cómo se enamoró y cuenta que no sucedió de golpe, sinó sin darse cuenta, tal como la noche se hace día. Cuando era pequeña quería ser consciente del momento en el cual me dormía, pero siempre me resultó imposible. Muchas cosas no suceden de repente sinó con una especie de lenta magia que no podemos aprehender.

Así llegan esas aves, como el amor. Sin darme cuenta una mañana percibo sus chillidos extraños y contemplo en el cielo su vuelo constante. Cuando se van pasa lo mismo. Un día percibimos el silencio de la mañana, persistente, el verano retrocede. No supe su nombre de verdad hasta que fui mayor. Mi escuela era en castellano y en algún libro de lectura tropecé con la palabra que les correspondía pero no la relacioné con unas aves tan cercanas, creía que eran pájaros campestres, esos vencejos de mis lecturas infantiles.

Falciot, su nombre en catalán, que hace referencia a su forma cuando vuela, de falç (hoz) tampoco me era conocido entonces. En mi infancia todo eran golondrinas, orenetes, una palabra que utilizábamos como genérico. Mi madre, cuando yo era pequeña y ella era todavía joven, me anunciaba su llegada con alegría, avui he vist una oreneta. Pocas veces pudimos contemplarlos de cerca pero en una ocasión uno de ellos cayó en el lavadero familiar del patio de luces. De cerca me dio casi miedo, aunque él estaba más asustado que yo. ¡Qué feo era! En el libro de Sagarra sobre aves, Els ocells amics, también se incide en su fealdad. Mi madre lo cogió con cuidado y lo lanzó sin miedo al exterior, estaba acostumbrada a matar pollos y conejos navideños y los animales no le daban miedo. El pájaro voló sin dificultat, libre. Los vencejos tienen unas patas deficientes, no podemos verlos andar ni picotear por ahí, como a tantos otros. Su nombre científico, Apus apus, evoca esta característica.

Son un dibujo en el cielo. Un dibujo recurrente, que ilustraba nuestros paisajes convencionales con la casita de campo típica y el pozo al lado. Entre las nubes, en aquellos cielos de lápices de colores, los pájaros daban vida a un espacio desconocido en el cual, suponíamos, habitaban los ángeles. Unamuno tiene un hermoso poema sobre los vencejos y las cosas naturales que siempre regresan. Sí, pero nunca son las mismas, como sabía muy bien el romántico Bécquer al evocar golondrinas y madreselvas perdidas. O Machado, que esperaba un milagro primaveral imposible. Vuelve la vida genérica, claro, pero nuestras vidas individuales e instranferibles no pasarán de algún otoño, de algún invierno, nos guste o no. Sin embargo, con los vencejos en el cielo la esperanza, tan fràgil, siempre parece recuperada aunque sea de forma temporal. Son todo un símbolo, esos habitantes del espacio que no pueden sostenerse  a gusto en el suelo puro y duro. Claro que sus víctimas, los mosquitos, los pequeños insectos casi invisibles, no deben tener por ellos demasiada simpatía. Así es el mundo y así es la naturaleza.




sábado, 6 de abril de 2013

REYES, REINAS, PRINCESAS Y PRÍNCIPES






Un rústico, deseoso de ver al rey, pensando que era más que hombre, despidióse de su amo pidiéndole su soldada. Yendo a la corte, con el largo camino, acabáronsele las blanquillas. Allegado a la corte y visto el rey, viendo que era hombre como él, dijo:
- ¡Oh, que por ver a un hombre he gastado todo lo que tenía, que no me queda sino medio real en mi poder! (...)
( Fragmento inicial de 'La muela y los pasteles', cuento popular recogido por Juan de Timoneda (S XVI) en su libro 'Sobremesa y alivio de caminantes')


A perro flaco todo son pulgas. La monarquía hispánica actual todavía no es un perro flaco pero va en camino de serlo. Jamás he sido monárquica aunque creo que ese tema no es determinante en un país, como puede verse por esos mundos de Europa. Hay repúblicas lamentables y monarquías que no pasan de decorativas y folklóricas, sirven de señal de identidad y todo eso aunque me atrevería a decir que en el presente incluso esas monarquías simpáticas parecen ya flores de otro mundo.

Vivir sorprende. Ves cambios de camisa, de opinión. Mis dudas sobre lo que se cuenta en los manuales de historia y la certeza de que todo es mentira vienen justificadas por el hecho de qué incluso la propia historia familiar nos llega a través de opiniones divergentes. Tengo, por ejemplo, una amiga a quién en su primera juventud abandonó un noviete del cual estaba muy enamorada. Absolutamente convencida me cuenta, a veces, que ella rompió aquella relación porquè vio que no funcionaba. Nos reinventamos incluso a nivel individual, es casi una necesidad esa reinvención. Lo que pasa es que hay cambios de opinión más peligrosos que otros.

Mis padres y su generación vivieron los desastres de la guerra pero creo que lo peor no fue la muerte, el peligro, sinó la constatación por parte de las buenas gentes de la miseria humana, de la crueldad, de la sinrazón y de los cambios de chaqueta oportunistas. Nosotros, aquellos que éramos jovencitos en los sesenta, hemos visto también esas transformaciones aunque en un contexto menos trágico y sangriento. No por ello, claro, menos doloroso, aunque se trata de dolor psicológico y yo siempre he afirmado que preferiría el maltrato psicológico al físico, la verdad, aunque suene muy poco fino.

Se hablaba horrores del príncipe aspirante cuando éste era mudo y silencioso, una sombra al lado de Franco. En los cursillos de maestros progres de mis tiempos corrían aleluyas y chistes crueles en las cuales se le ridiculizaba, le caían los mocos, no sabía hablar. Una profesora de aquellas de la sección femenina con cierto barniz de modernidad y bastante inteligente,  nos aseguró, con motivo del referéndum de 1966, que Juan Carlos era mediocre pero que lo sabía, cosa que resultaba meritoria y que, por lo tanto, se rodearía cuando llegase la ocasión de buenos consejeros. Creo que, a su manera, tenía mucha razón.

Llegó la transición y fue como fue y quizás no podía ir de otro modo. También llegaron los ochenta y la gente que pudo se dedicó a hacer dinero. Entre unas cosas y las otras el rey y su familia cayeron bien a la mayoría de la gente pues en España se valora mucho el talante y la campechanía. Claro que la familia real anterior, doña Carmen, los Villaverde, todo aquel conjunto extraño de personajes eran bastante impresentables y, además, poco simpáticos. A menudo he imaginado, haciendo política ficción, en cómo habría sido todo si aquella familia Franco hubiese tenido cierto carisma, si la señora Polo, sin llegar a ser Eva Perón, hubiese sido algo más campechana. No quiero ni pensarlo. 

Por tener tuvimos incluso infanta catalana que estudió catalán en la institución a través de la cual se había ridiculizado tanto a su real papá. Los políticos de todos los signos, republicanos incluídos, babeaban con el tema y aunque se dijese que el rey era un Tenorio, cosa que entonces se decía en voz baja y no se publicaba, bueno, al fin y al cabo, no hace falta ser rey para eso, también a los políticos no reales de los países más democráticos les ríen las gracias amorosas extramatrimoniales. La legitimidad monárquica, además, siempre ha sido controvertida, ya lo fue la restauración y Isabel II manifestó a su hijo Alfonso XII que lo único borbónico lo tenía a través de ella. Isabel II, acabó exiliada, como Alfonso XIII y el padre de don Juan Carlos no llegó a reinar, como es sabido. La restauración fue un pacto para evitar males mayores, como lo fue la transición. Esos pactos se agotan si no se modernizan y reconsideran cuando hace falta. 

Cómo una es inocente por naturaleza siempre pensé que después de unos años la monarquía se sometería a algún tipo de votación popular. Por cierto, los referéndums eran vistos en épocas pasadas como malos y hoy se consideran buenos. Recuerdo una entrevista muy campechana que dio el rey cuando era joven a una tele extranjera, no sé si inglesa, en la cual insistía en qué con los años se vería el tema y que el pueblo español decidiría su continuidad. Claro que aquella entrevista se emitió en España a horas intempestivas, eso ya debiera haberme hecho sospechar sobre sus virtudes.

Hoy la familia real se ha visto envuelta en un montón de tonterías y en cosas más serias relacionadas con dinero. Eso es lo peor, el dinero. La familia real no sólo debía ser honrada, debía parecerlo. Incluso a veces es más necesario parecerlo que serlo. He oído a a gente manifestar que había votado a determinado político porque parecía buena persona o que había votado a otro porque inspiraba confianza a simple vista. Una vecina de mi madre odiaba a Zapatero porque tenía cara de demonio. Esas absurdas razones nos mueven a veces, incluso el físico cuenta. O el carisma, importantísimo.

Volviendo al desprestigio de la familia real, ha venido convenientemente orquestado, en el momento oportuno y oportunista, por sectores todavía más inquietantes que los monárquicos, sectores aznaristas según cuentan. Es muy posible puesto que cadenas de tele de esas de derechas, tan casposas, se meten mucho con los escándalos principescos. De Guatemala a Guatepeor. 

Me lo creo todo y no me creo nada. Me extraña que con los antecedentes de los últimos siglos el comportamiento de la monarquía y su entorno esté siendo tan miope, tan rancio. También me extraña que gente que hace cuatro días te comentaba lo elegante que estaba Leticia en nosédónde o lo simpático que era el monarca esquiando por ahí como cualquier hijo de vecino hoy se haya vuelto un guillotinador de reyes, al menos de boquilla.

El problema del país no es la monarquía. O no es sólo eso. En los años treinta se creia de buena fe que con la república se arreglaria todo, todo, todo. Hoy, en Catalunya, también hay quién cree que con la independencia se arreglaría todo, todo, todo. Un independentista irrevocable y militante sincero de un partido algo monolítico quería disipar hace algún tiempo mis dudas sobre la cuestión. Yo insistía en qué antes de decidirme por la secesión, en caso de qué fuese viable, quería saber como se organizaría ese supuesto estado perfecto y flamante. Él me decía, convencido, que primero debíamos tener el piso y después ya veríamos cómo lo amueblábamos. Pues bien, yo pienso justo al contrario. No me compraría un piso a ciegas en ningún caso. Aunque mi alquiler sea caro e injusto, quizá soy conservadora, lo admito, pero prefiero seguir cómo estoy hasta que no tenga encima de la mesa los planos de mi nuevo hogar y un informe sobre posibles aluminosis.

Las cosas no son tan sencillas, hemos de cambiar desde abajo, las corruptelas se han convertido en el pan nuestro de cada día pero ese pan está también en la mesa del pobre. Hay enchufes en todas partes, pequeños privilegios, las universidades, los sindicatos, en cualquier sitio los poderes tienden a enquistarse, incluso en las comunidades de vecinos. Si puedo colocar a mi hijo no voy a colocar a otro. Si puedo no pagar lo que sea, qué bien, además presumo de mi inteligencia defraudadora. Si mi tío cirujano me cuela en las listas del seguro, suerte que tengo, que se fastidien los que no tienen conocidos.

En esta juerga constante sobre la monarquía incluso un primo de doña Letizia ha aireado temes personales y familiares. Cada día sale algo y, además, se vende bien. Ay, la familia. Cuesta mucho controlarla y por la familia se cometen debilidades diversas, a los hijos se les perdona todo. A los padres, no tanto. En el fondo los de arriba, reyes y políticos, son un espejo aumentado de los pecados veniales de los de abajo. Si no se tiene esto un poco claro, malament, no anem bé. Lo de la monarquía se puede aplicar también a la iglesia, parece que es el único sitio dónde existen pederastas, por ejemplo. Pero sale un papa campechano, argentino por más señas y ya vemos el cielo abierto. Vivir para ver.

Y claro, además ahora nos permiten reirnos de todo o de casi todo, cosa que explica que un montaje infumable, de mal gusto y lleno de tópicos como eso de La familia irreal tenga tanto éxito en Barcelona. Estoy harta de qué me pregunten si todavía no he ido a verlo, la verdad. Si de verdad fuésemos antimonárquicos incluso ese engendro cariacturesco se boicotearía. 

Y uno de los aspectos humanos que me producen más inquietud es comprobar cómo, aunque sea de forma temporal, todavía tendemos a creer de buena fe que el rey -o el papa, el político, el actor de cine, el héroe patriótico, el cantante de moda, el entrenador del Barça o el presentado de televisión- es más que hombre. O que mujer. Aunque también anima el comprobar como a menudo, después del desengaño, como el rústico con hambre y dolor de muelas, tenemos recursos de picaresca suficientes como para sobrevivir al disgusto.

lunes, 1 de abril de 2013

EL OTOÑO DEL SERVAL (CINCUENTA AÑOS DEL ESTRENO DEL 'GATOPARDO')

Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi.


Hace pocos días se cumplieron cincuenta años del estreno de la película El Gatopardo, que es como se tradujo el nombre original, que hace referencia al animal presente en el blasón del protagonista. Sin embargo, parece ser que el animalito es en realidad un serval, una especie de gato salvaje. He visto varias veces esta magnífica película y estoy leyendo por segunda vez la novela. Lampedusa, su autor, murió sin gozar del éxito del libro y, evidentemente, sin haber visto la película, en 1957. Todo ello contribuyó a tejer muchas leyendas alrededor de la historia, de sus personajes, de su autoría.

En Catalunya todavía se tejieron más leyendas alrededor de ese Gatopardo por sus coincidencias ambientales com Bearn, de Villalonga, un libro que se publicó en castellano antes que el de Lampedusa y que hoy es uno de los títulos emblemáticos catalanes porque la historia tiene cosas muy raras, incluso la historia de la literatura. Las relecturas de los dos libros me han hecho ver que son muchas las diferencias más allá de situarse ambos en sociedades cerradas, cambiantes, con una cierta aristocracia resistente, casi feudal, que entiende que nada volverá ya a ser igual que antes. Para más misterio Villalonga fue el traductor de la primera edición en catalán de la novela. Dicen que se tomó libertades diversas pero a mi aquella traducción me gusta, aunque no soy una experta en el tema. La actual es de Pau Vidal y, como la castellana, incluye un largo prólogo con notas y cartas del autor, una documentación que no se conocía hasta ahora.

Recuerdo ciertas polémicas, -en una época en la cual la literatura local generaba polémicas-, sobre si Villalonga conocía la obra de Lampedusa cuando escribió Bearn aunque parece difícil que sea así. Villalonga fue uno de esos grandes personajes incómodos, de las ideas y vida de los cuales se intentó escribir poco, centrándose en su excelencia literaria. Escribió en castellano y catalán, de forma indistinta, y siempre bien, cosa que produce mucha incomodidad a los ortodoxos monolingües de uno u otro signo. Precisamente yo leí el libro de Lampedusa después del de Villalonga, en mis tiempos jóvenes, motivada por la polémica que comento.

El Gatopardo es uno de aquellos caso en los cuales nadie puede decir si es mejor el libro o la película, estúpido debate recurrente, tópico y habitual. Hay diferencias evidentes que se han estudiado y referenciado, pero no cabe duda de qué el espíritu del libro se mantiene y que incluso a veces se mejora, aunque el noble siciliano acabe por ser un alter ego de ese Visconti irrepetible, como admitió el protagonista, Burt Lancaster, en más de una ocasión y que al crear su personaje se centró en la personalidad de su director. Burt Lancaster, dicen, hizo aquí el papel de su vida pero tiene otras interpretaciones geniales, todas ellas muy distintas. Se cuenta que Visconti no eligió a Lancaster, más bien le fue impuesto y el director hizo comentarios despectivos sobre aquella especie de gangster americano, que el actor no tuvo en cuenta. La cosa debió ir bien porque Lancaster repitió con Visconti en Confidencias.  El actor fue un hombre interesante, inteligente, que mejoró con los años y la experiencia, de ideas avanzadas y que trabajó en ocasions cobrando mucho menos de lo que debía si el proyecto le parecía de calidad.

En la película, que se recortó en su estreno a efectos comerciales, se hizo alguna concesión romántica, insinuando que el futuro de los guapos jóvenes seria brillante y reduciendo los papeles de la esposa y las hijas del príncipe a poca cosa. Sin embargo en el libro Concetta tiene un papel clave y en una especie de epílogo es ella quién cierra la historia y el pasado, en un último encuentro con Angélica. Concetta debía ser la pareja natural de Tancredi pero malentendidos diversos y el interés económico no lo permitieron aunque él, parece ser, siempre la amó, a la manera, claro, como amaban aquellos caballeros, un año de pasión y treinta de cenizas. 

Parece ser que Visconti queria para su protagonista al ruso que había hecho el papel principal en Iván, el Terrible pero éste bebía mucho en aquella época y se encontraba enfermo. Luego se penso en Laurence Olivier, pero tenía otros compromisos. A veces el azar tiene esas cosas extrañas, hoy, y para siempre ya no puedo imaginarme otro príncipe de Salina que Burt Lancaster. Por cierto, en la rancia Escuela Normal de mis tiempos nos ofrecieron unos cursos de cine interesantísimos, en los cuales pudimos ver esa película de Eisenstein, las dos partes, y otros muchos títulos de categoría. 

La guapa pareja protagonista, Delon y Cardinale, cumplieron bastante bien, estaban en la flor de su juventud, guapísimos. Delon siempre me pareció un actor limitado pero Cardinale ya era entonces una buena actriz, con un físico extraordinario. Hace poco tiempo escuché a un presentador de televisión hablar con cierto desprecio lamentable de su aspecto actual, cómo si las actrices no pudiesen envejecer con tranquilidad, como todo el mundo. Es lo malo de ser demasiado hermoso o hermosa, siempre te pueden echar en cara lo mucho que has perdido o que tus hijos no se te parecen y son más feúchos.

Las novela de Lampedusa generó un término casi político, gatopardismo, que hace referencia a esos cambios necesarios para mantener el estatus anterior aparentando renovación. Sin embargo, quizás soy demasiado optimista, pero creo que nunca sigue todo igual, incluso con esos maquillajes oportunistas tan queridos por la clase política o por los sectors privilegiados de cada sociedad. A menudo los cambios son lentos y nos hacen impacientar o tienen alguna vuelta hacia atrás, dramática y absurda, molesta o trágica. Sin embargo nada sigue igual o muy poca cosa. El protagonista, en otra frase célebre del libro (la que encabeza este texto la pronuncia Tancredi, el sobrino, aunque a veces se atribuye al tío) comenta que ellos eran leones y leopardos, que después vendrían hienas y chacales y que leones, leopardos, hienas, chacales e incluso ovejas continuarían creyéndose la sal de la tierra. Ciertamente, la especie humana continua teniendo un exceso de pretensiones y eso sí que no cambia. Y eso que la vida pasa y no somos nada, hojas en el viento, como cantaba Machín. Cincuenta años del estreno de esa película y parece que fue ayer.


domingo, 24 de marzo de 2013

EL MISTERIO DE LOS JARDINES BOTÁNICOS


Montjuïc fue durante años la única naturaleza a mi alcance. Allí íbamos con mi padre los domingos por la mañana y allí nos llevaban a merendar en las pocas ocasiones en las cuales haciamos salidas con la escuela, básicamente en el jueves lardero. El destino más habitual era el Teatro Griego y algunos rincones de los Laribal. Montjuïc tenía entonces muchos rincones marginales, barrios de barracas en los cuales vivían también compañeras de escuela.

Uno de mis lugares preferidos es el antiguo Jardín Botánico, el Histórico, como le llaman actualmente. No supe de su existencia hasta la época de las Olimpiadas aunque una vez, con una amiguita, explorando por aquellos lugares entramos en él y recogimos muchos piñones. No había nadie y a veces mes sorprendo al pensar la libertad de la que gozábamos para según qué y las muchas prohibiciones que sufríamos para otras cosas, absolutamente sólidas e irreversibles. Después, el jardín estuvo durante mucho tiempo cerrado.
 Al lado de ese jardín había una especie de pantano, en el lugar de una de tantas antiguas canteras, y durante algunos años dejaron por allí, en libertad, ciervos, supongo que del zoológico, que a menudo íbamos a ver. Con los cambios en la ciudad y con las Olimpiadas llegó otro Jardín Botánico, más grande y especializado. El antiguo es hoy un remanso de paz, una maravilla.
La primera vez que leí las palabras Jardín Botánico fue en unos cuentos de Andersen, no sé si es en Las flores de la pequeña Ida donde se hace referencia a un jardín de ese tipo. En algún momento también leí que en Madrid había uno, creado por Carlos III. Incluso creo que en algún viajecito a la capital lo visité. Ignoré durante años la existencia de este, tan cercano, tan olvidado. Hoy, casi siempre que voy a Montjuïc, entro en él si está abierto. La primavera inicia en él su recorrido con cierta timidez, ya hay flores, pocas, la mayoría amarillas. 
No sé si debería hacer propaganda del lugar, es un peligro promocionar estas cosas. Le temo a la masificación turística que ha estropeado tantos lugares emblemáticos, solitarios, salvajes, desconocidos. Un poco de turismo está bien, el exceso banaliza los paisajes urbanos o rurales, facilita su explotación, su reconversión, lo unifica todo. 
Al lado del jardín está también el espacio de otros jardines, los del Palacete Albéniz, agradables, señoriales y a menudo visitables. El Palacete es más bonito por fuera que por dentro, en una ocasión hicimos cola con mi padre, durante las fiestas de la Merced, porque tenía curiosidad por conocer el interior del lugar dónde dormía el Rey cuando venía; no hago colas para nada, en general, pero he hecho colas para cosas relacionadas con mis hijos, o, como en este caso, con mi padre. Nos hicieron pasar deprisa y corriendo por unas salitas absolutamente sosas y convencionales, después de sufrir casi una deshidratación pues aún hacía mucho calor. Me han dicho que así de de deprisa se passa por la Capilla Sixtina y, además, después de pagar bastante, así que me temo que me la miraré por internet.
Las palabras Jardín Botánico me evocan todavía cierto misterio, flores raras, lugares sombreados, árboles magníficos, hombres misteriosos con lupas en la mano. El que comento es pequeño pero poético y espléndido. Una vez estuve en Florencia y visité un jardín botánico bastanta decepcionante, considerando la fama de la ciudad. Algo parecido me pasó hace años con el Zoo de Londres, en comparación con el de Barcelona, pero llevábamos niños y no todo han de ser cuadros de Turner.
 Al lado del jardín hay un espacio magnífico, también creado durante la mítica exposición de 1929, una falsa masia, muy bonita. Hoy estaban haciendo obras pero hace un tiempo que se puede entrar a verla, antes sólo se podía observar de lejos, cuando se subía hacia el Estadio. Tuve una compañera de escuela cuyo padre era médico en Can Valero, en los barrios de barracas, tenían una bonita casita con jardín y pozo y a menudo hacíamos guateques de la época en aquella casa privilegiada. 
Montjuïc me pareció siempre lleno de historias, de presente y de pasado, de verdades y leyendas. Su actualidad está ligada a los cambios que generó la  Exposición pero la generación de mis abuelos vio como cambiaba todo aquello, hasta entonces rural, popular, con huertos modestos y merenderos para los humildes. Siempre hay un rincón que desconocías, algo que ha cambiado, un recuerdo que llega del pasado de forma inesperada, ligado a un árbol, a un banco, a una fuente.
Con mi primera colla de adolescentes íbamos a menudo a pasear por Montjuïc, a patinar a La Foixarda. Tirábamos piedras a las fuentes, cazábamos renacuajos, entonces había muchos, y observábamos a las parejas ocultas, a ver qué hacían. Todo era misterioso y pecaminoso, entonces.
Espero que ese espacio se mantenga siempre tan hermoso aunque ya estoy escarmentada a causa de tantas pérdidas de paisajes personales, estropeados por mil causas. Admito que hay cosas que han mejorado, hoy Montjuïc ofrece panorámicas abiertas, lugares más cuidados, aunque se cargaron de mala manera el popular Parque de Atracciones y el ayuntamiento, que no deja hacer nada, construyó, él sí, el horrible hotel de Miramar para atraer, ay, más y más turistas. Y amplió de forma bárbara el teleférico para poder mover más turistas arriba y abajo. No he escrito sobre el castillo, pero esa es otra historia y la dejo para otro día.

lunes, 11 de marzo de 2013

AQUEL TRÁGICO 11 DE MARZO

Hace hoy nueve años del atentado a los trenes de cercanías, en Madrid, con casi doscientos muertos y cerca de dos mil heridos. Tenemos tendencia a conmemorar los sucesos diversos por décadas y seguramente el año que viene, en el cual se cumplirán diez años de la tragedia, los recordatorios seran más insistentes en la prensa y en la televisión. 

Recuerdo que yo estaba en la escuela y una maestra joven vino muy alterada y me lo comentó. En aquel momento no sabíamos todavía que la tragedia fuese tan grande. Cuando las cosas pasan cerca de nosotros son más increibles que cuando suceden lejos. Madrid es en el fondo, aunque no tenga mar y aunque no queramos reconocerlo, una ciudad parecida a Barcelona en muchos aspectos. Los poderes diversos han potenciado las diferencias y la rivalidad. A mi siempre me ha gustado, siempre me he sentido bien allí y cuando puedo, vuelvo. 

Hay gente que a veces me afirma cosas raras, como, por ejemplo, que durante la Guerra Civil se destruyó más Barcelona que Madrid, se ignoran alegremente las grandes penas de la capital y cómo quedó después de la guerra, otro tema es que el franquismo potenciase su reconstrucción y recuperación, que también fue lenta y difícil. Huir de Madrid es más difícil que huir de Barcelona, las fronteras están más lejos. Sin embargo todos esos tópicos funcionan. 

El atentado de Madrid constató nuestra fragilidad, se han puesto controles para evitar el terrorismo en los aviones, unas medidas que ahora parece que son tan caras que habrá que reducirlas. Pero sería imposible instalar las mismas medidas en los metros, en los trenes de cercanías, en los autobuses. El riesgo cero no existe pero nuestra vanidad humana parece que quiere creer que todo es evitable y en estos últimos años las medidas de prevención han llegado, en muchos campos, a límites surrealistas. Como en las escuelas, por ejemplo. En mis últimos años en activo cualquier cosa extraordinaria que se hacía en el colegio producía una especie de lluvia de ideas y propuestas para limitar riesgos y evitar que si pasaba alguna cosa nos la cargásemos los profesores o la directora, que suele ser la cabeza de turco más a mano.

El terrorismo es condenable pero a veces se mira con simpatía cuando aquellos que lo practican parecen tener ideas justas. Con los años cada vez me he vuelto más reticente a cualquier forma de violencia directa, esas prácticas son indiscriminadas y a menudo inciden en gente que no tiene la culpa de nada, incluso las huelgas que perjudican a terceros me parecen hoy absurdas, incluso peligrosas para la salud cívica. Cuando recibes palos por algo en lo cual no tienes ni arte ni parte, aunque los motivos profundos del que los reparte sean comprensibles o justos, es fácil que te pases al enemigo por revanchismo, todos somos humanos.

He leído estos días un libro de Jorge Díaz, La justicia de los errantes, no me ha convencido porque soy poco amante de la novela más o menos histórica, aunque el autor insiste en qué sólo quiere entretender. Cuenta las andanzas de anarquistas míticos, con mucha ficción de por medio. Durruti, Ascaso, García Oliver. Aquel era un mundo violento y ellos también empleaban la violencia, motivados por grandes ideales y si hacía falta que hubiese eso que llamamos daños colaterales no se andaban con chiquitas. La novela acaba en julio de 1936. La mitificación de ese anarquismo violento hace olvidar a menudo que existe y existió un anarquismo más amable y pacífico. En nuestros tiempos escucho, con cierta inquietud, llamadas irracionales a guillotinas y fusiles. Nada justifica la muerte de un inocente, por más grandes ideales que muevan a los asesinos ideologizados. Una injusticia hecha un hombre es una amenaza contra todos, escribió creo que Montesquieu. Las mitificaciones históricas a menudo olvidan a los inocentes que pasaban por ahí en el momento más inoportuno.

Sin duda los terroristas que pusieron los explosivos en los trenes madrileños tenían poco apego a su propia vida y se movían por ideales, aunque esos ideales nos parezcan bárbaros y lejanos. Morir por los propios ideales ha sido algo muy explotado por todas las formas de poder, de un signo y de otro. No se puede luchar contra fanáticos ni contra terroristas suicidas, siempre nos podemos tropezar alguno. Tampoc se pueden cambiar ciertas ideologías de un día para otro. Muchos actos terribles se han realizado con cierta buena intención y ya se decía que el infierno  estaba pavimentado con buenas intenciones. La vida ya nos mata a todos un día u otro, nadie debería querernos adelantar ese castigo irreversible pero parece que los humanos tenemos tendencia a utilitzar soluciones drásticas en muchas ocasiones. Ya sé, ya sé, el poder también utilitza violencia institucional con recortes y todo eso, es algo que esgrimen los que defienden que se queme lo que sea por ahí, cuando se protesta. Se olvida que el container quemado lo pagamos entre todos, lo mismo que tantos cristales rotos. 

La violencia ha acostumbrado a generar más violencia pero después las lecturas gloriosas del pasado han continuado mitificando guerras y revoluciones y las lecturas más reposadas y complejas de tanto mito sangriento no suelen gustar a nadie.