domingo, 1 de julio de 2012

Estadísticas, medias verdades y comprobaciones científicas

Marc Bloch fue un historiador francés que murió asesinado por los nazis. Su vida fue un ejemplo de coherencia ética y patriótica. Lo admiro por muchos motivos pero a pesar de esta admiración no estoy de acuerdo con él en algunas cosas. Claro que fue un hombre de su tiempo y después de aquella terrible segunda gran guerra europea hemos cambiado mucho, al menos en apariencia.

De familia judía, rechazaba la etiqueta y el estado israeliano, aunque admitía que se reconocía como judío sólo delante de un antisemita. Cosa que, en la época, tenía mucho mérito. Escribió un libro muy interesante sobre la derrota francesa ante los alemanes, en el año 1940, La extraña derrota. No vivió para poder analizar los resultados finales y la evolución de aquel mundo roto de forma tan brutal. Podía haber vivido bien, exiliarse, pero prefirió combatir, primero en el ejercito y después en la resistencia, cosa que le costó la vida.

Es precisamente esa devoción y admiración patrióticas hacia su Francia la que no comparto. Sin embargo, a un nivel mucho más pedestre, a menudo he pensado que también yo me reconozco como catalana -o catalanista, todo es cuestión de matices- ante un anticatalán. Huir como se pueda del poder de los estados y desear tener un estado propio me resulta algo extraño. El estado español, algunos de sus representantes, a menudo muy folklóricos como ese señor extremeño, digno heredero de aquel otro (por cierto, del otro partido) que nos trató prácticament de cacos, ha contribuído mucho al aumento del sentimiento independentista, el cual, nos dicen, en las últimas mediciones estadísticas algo triunfalistas para el sector ya llega al cincuenta y algo por ciento. Sé que las encuestas y los estudios suelen dar casi siempre los resultados esperados o previstos y, si no es así, siempre se arregla, se camufla, se disimula una realidad difícil de medir de forma objetiva.

No dudo del cincuenta y algo por ciento pero es un cincuenta por ciento en el cual creo que hay muchos y muchas como yo, que se declaran independentistas o nacionalistas, sobre todo, ante las provocaciones y los desprecios de un sector hispánico rancio y casposo, pero que en el fondo preferimos algo hoy muy devaluado, aquello de ser ciudadanos del mundo. Sólo faltaba lo del aragonés oriental. Las lenguas son siempre motivo de visceralidad, nadie es capaz de explicar de forma seria qué es o no es una lengua, las lenguas se solidifican gracias a los poderes académicos que acaban diciendo qué es bueno y qué es malo, qué es correcto y qué es incorrecto. Admito la necesidad de unas ciertas normas, para entendernos, más que nada por escrito. El resto es política, ideología, en la realidad todos nos comunicamos a través del chapurreado humilde y popular que no tiene esas fronteras tan definidas entre lo válido y lo que no lo es.

Hace poco escuché un debate interesante porque en él se insistía en un tema espinoso, el trato que se daría al castellano en un hipotético futuro catalán independiente. Es, de hecho, guste o no, una lengua también catalana, en la práctica cotidiana, cosa que antes parecía querer ocultarse y así se entraba en discusiones que levantaban ampollas y resentimientos, como, por ejemplo, si los libros de Marsé podían considerase -o no- literatura catalana -o barcelonesa-.

A veces cuanto más se habla de las cosas, peor. En religión, en política, suele ser así. Tú convives en paz hablando de lo que puedes y te dejan y siempre hay alguien dispuesto a corregirte o a decirte qué debes hacer o pensar. No importa que constates que aprendiste catalán con gran esfuerzo, trabajando y estudiando -en castellano, a causa de la época- y que la de momento poco lustrosa carrera literaria que has hecho la has hecho en catalán, cosa que otros más beligerantes no pueden decir. Es muy frecuente que quiénes más te predican sean los primeros en pasarse, y no a causa de peligros para la integridad física, sinó, sencillamente, por la pasta. Muchos escritores muy reivindicativos no han tenido ningún tipo de manías en escribir artículos muy bien pagados en castellano, claro que dicen que el periodismo es otra cosa, siempre hay justificaciones para todo, cuando hace falta. 


La Trinca nos cantó aquello tan bonito de las dos patrias y al cabo de cuatro días empezó a hacerlo todo en castellano. Hoy mismo recuperaba viejas canciones de los buenos tiempos de la Nova Cançó, que tan poco duraron, porque tenemos tendencia, en el país, a las capillitas y a hacer aquello que dicen arrencades de cavall i aturades de ruc, y constato como algunos jóvenes valores intentaron, sin mucho éxito, el cambio de idioma, después de haber protestado contra Serrat. Algunos no pudieron hacerlo porque parece ser que las pruebas les salieron fatal. Los puristas, los dogmáticos y los iluminados me dan mucho miedo, la verdad. 

Con el tiempo ves tantos cambios de camisa que ya no crees en nada o en poca cosa. Mucho menos, la verdad, en estudios y en estadísticas o en eso de qué está comprobado científicamente. Al final volvemos a creer por fe, por la fe del carbonero, aunque sea una fe en esos estudios que alguien debe pagar y que siempre se sabe, un día u otro, que han estado muy bien pagados y muy mal aprovechados. En todo caso, viendo como ha ido el tema entre los partidos que deberían incidir más en el tema, la poca unión y las ansias de poder, que suelen ser más peligrosas cuanto menos poder se tiene, no quiero tener que parafrasear aquello de contra Franco vivíamos mejor diciendo, algún día, contra España vivíamos mejor. Las visceralidades ibéricas y la miopía de un estado a menudo abusivo nos unieron ante el enemigo común, al menos de forma temporal, muy temporal, en una recordada manifestación pero las manifestaciones masivas son más emotivas que efectivas. Y una cosa es una encuesta y la otra ganar un referéndum oficial. Una cosa es predicar y la otra dar trigo. Me temo que mucha gente saldría corriendo de ese cincuenta por ciento así que le pidiesen alguna contribución en especies o en esfuerzo personal no pagado a la causa.

No creo que todos los políticos sean iguales aunque hoy se hayan convertido los partidos, como algunos sindicatos, en una especie de agencias de colocación. Estoy segura de qué hay  muy buena gente, vocacional y sacrificada, en la política, aunque probablemente no la dejen trabajar y acaben, como algunos casos que conozco, quemados de forma prematura. No debería ser la política una posibilidad de medrar y de llegar, ay, a jubilaciones suculentas a las cuales, que yo sepa, no renuncia nadie a favor de la patria oprimida o de la dignidad personal, al estilo de Cincinato. Al menos, de momento.

viernes, 15 de junio de 2012

Sobre libros perdidos y recuperados: 'Eleuterio', de Félix Valtueña Borque

Los libros eran, no hace mucho, un valor codiciado, sobre todo por aquellas personas que no habíamos tenido muchos en casa. Se prestaban con reticencias, incluso se alquilaban y cambiaban. Todo ha cambiado mucho, hoy pesan, se llenan de polvo y les hemos liberado de su sacralización incondicional. Los libros son como todo, un instrumento. Los hay de buenos, de mediocres, de malos. Los podemos solicitar fácilmente en las bibliotecas y los podemos almacenar a cientos en aparatos minúsculos. No soy devota del libro de papel, cada cosa tiene su momento y su oportunidad.

En la biblioteca de mi barrio, como en muchos otros lugares, han instalado, desde hace tiempo, unos cajones en los cuales la gente deposita libros que ya ha leído y que no tiene interés en conservar. Al principio veía allí muchos ejemplares que más bien debían haber ido directamente a los contenedores de reciclaje: estropeados, sucios, libros de esos que regalaban en tiempos mejores en las cajas y bancos, de papel amarillento, casi ilegibles. Hoy la gente deposita allí libros bastante nuevos, actuales. También se pueden encontrar revistas, vídeos, devedés.

Bajo a menudo libros al cajón de la biblioteca y a veces me llevo algún otro que suelo devolver una vez leído. Me fascinan los libros antiguos, de los sesenta o los setenta, aquellos libros de Áncora y Delfín, bastante bien encuadernados, o de editoriales ya olvidadas. Sus dueños fueron gente interesada por la lectura ya que comprar esos libros en aquella época era caro y no siempre posible. Me apenan los libros con dedicatorias, tanto del autor como de las personas que lo regalaron a alguien.

Pasé hace unos días y vi uno de esos libros, algo deteriorado. En la primera página había escrita una dedicatoria a mano, con caligrafía de persona mayor de la época, que me emocionó:

Muchas felicidades te desean en el día de tu Santo, tu mamá y hermanita que te quieren mucho, y desean que las quieras a ellas de verdad. María y Ana María. Barcelona 18 de Abril 1961.

No sé quién era el destinatario del libro ni de la dedicatoria. Intuyo que quizá fuese un muchacho algo indiferente al amor materno y fraternal. ¿Habrá muerto? ¿Habrá decidido librarse de libros inútiles? Quién sabe. Esa fue la primera historia ligada a esa novela que encontré por casualidad. La otra fue la misma novela, Eleuterio, de Félix Valtueña Borque, Premio Elisenda de Moncada 1960.

El autor dedica el libro a sus padres y a Rachel. La novela es la historia de un pobre muchacho de pueblo que llega a futbolista en un buen equipo sin encontrar ni la paz ni la felicidad. Más allá de la peripecia del protagonista la novela es un fresco de la sociedad española profunda de finales de los cincuenta, de la pobreza rural y urbana, del mundo absurdo del fútbol local y del fútbol de una cierta importancia. El estilo es también muy de la época, parecido al del primer Cela, al de los primeros Premios Nadal, ese realismo triste que muestra una sociedad pobre y sin demasiadas esperanzas. Es un muy buen libro, condicionado por la época, las relaciones sexuales se esbozan o sobreentienden, la guerra es una sombra cercana y lejana al mismo tiempo.  Quizá ese Eleuterio fuese impensable en nuestra sociedad actual española pero me temo que todavía podría ser esa la historia de cualquier futbolista de países más pobres, hoy el contexto deportivo ha cambiado aunque no ha cambiado su poder de generar movimientos de masas anónimas y vociferantes y a los árbitros locales todavía se los agrede de vez en cuando.

Pensé que no encontraría referencias sobre el autor pero afortunadamente no ha sido así por una circunstancia feliz y singular. Félix Valtueña fue un miembro activo de la Iglesia Adventista, su padre ya lo era y en las webs de las asociaciones ligadas a este grupo religioso hay muchas referencias sobre él. Así he sabido que falleció todavía joven, en un accidente de montaña, en 1978, cuando tenía intención de presentarse al Premio Nadal con una novela sobre los problemas de su grupo religioso, minoritario y a menudo reprimido y castigado en épocas difíciles. Sabemos muy poco de todas esas minorías que no eran católicas en tiempos del nacional-catolicismo obligatorio y admito que tenía sobre ellas muchos prejuicios. Con motivo del hallazgo del libro que comento me he encontrado con una web de gente actual, moderna, inquieta y comprometida, muy interesante. Debo decir que en la novela no se percibe jamás nada doctrinario al contrario de lo que pasaba en algunas otras de la época, por ejemplo en determinados títulos de Mercedes Salisachs que estropean su final con una moraleja claramente católica.

Felix Valtueña era joven cuando ganó el premio, debía tener unos treinta años. También buscando sobre el libro, en la hemeroteca de La Vanguardia he encontrado los datos relativos a la concesión del premio, un premio que era muy transparente en su fallo, el periódico publica los resultados de las diversas votaciones previas, una costumbre que se ha ido perdiendo, lástima. Incluso parece que se pensó que el nombre de Félix Valtueña era un pseudónimo y que el libro lo había escrito una mujer, en anteriores convocatorias lo habían ganado mujeres, cosa también sorprendente para la época, en la cual se dieron a conocer grandes damas de la literatura como Ana María Matute, Martín Gaite, Laforet. El periódico publica una entrevista de Del Arco con una componente del jurado, Rosa Cajal. Se presentaron ciento doce novelas y Cajal cuenta como se leyó al menos noventa enteras, gran ejemplo para muchos jurados de hoy en día. Cuando Del Arco hace la entrevista no se sabe todavía el resultado final y la entrevistada menciona tres novelas favoritas, entre las cuales la de Félix Valtueña. Del Arco entrevista en el mismo ejemplar, posteriormente, al autor del libro premiado, que se nos muestra como una persona modesta, lúcida, seria y vocacional aunque admite que no se suele poder vivir de la literatura.

Otros tiempos pero los mismos grandes temas, el hombre insatisfecho, el peso de las multitudes que crean mitos, el sentido de la vida. Me ha encantado leer Eleuterio y todos esos descubrimientos hechos a partir de un libro perdido en el cajón para volúmenes desechados de la biblioteca del barrio. Sobre esa manera de resolver concursos, hace poco una amiga solicitó información sobre un libro de poemas presentado a un premio que no había ganado, le dijeron que las votaciones no eran secretas pero si discretas, se mostraron reticentes y le costó mucho que le dijesen, al menos, que su libro no había quedado del todo mal. Hace años la revista Serra d'Or publicaba el resultado de las votaciones finales de los premios de la Nit de Santa Llúcia, al menos podías saber cómo había ido todo. Me temo que ahora, con tanta información, estamos en esos temas muy mal informados. 

Otro libro que me llevé para casa, también de Ancora y Delfín, fue uno de entrevistas a grandes personajes de la época, del año 72, hechas por Baltasar Porcel. Mucha gente tiene manía a Porcel y admito que tiene literatura muy diversa, pero creo que sus primeros libros son muy buenos y que como periodista, en su buena época, también fue bueno, incisivo y algo impertinente en ocasiones. Seguíamos sus artículos y entrevistas con curiosidad y recuerdo que se comentaban bastante. De ese otro libro hablaré más adelante en mi blog en catalán.

martes, 12 de junio de 2012

Procesiones elitistas entre momias congeladas



Los cadáveres del Everest

Hasta el dia de hoy hay cerca de 200 cadaveres en el monte everest, 150 nunca se han encontrado y los accesos a la cima están plagados de cadáveres visibles – más de 40 – que han quedado al aire en el punto exacto donde cayeron, por lo que los escaladores que suben, van sorteando cuerpos que han empezado a bautizar con nombres porque los usan como puntos de referencia en su ascensión. 


Si el riesgo que supone intentar mover a un enfermo en la zona muerta hace que sea una tarea inviable, mover un cadáver es algo que casi nadie se plantea. Cuando alguien fallece, su cuerpo queda en el mismo punto donde cayó y cuando se enfría, se congela petrificándose con el gesto y postura exacta que tenía cuando expiró. Si estaba sentado, se queda allí mismo sentado. Este fue el caso de Peter Boardman, que desapareció en 1982 intentando la complicada ruta nor-noroeste. Fue encontrado 10 años después sentado, como si estuviera durmiendo. 


Cada vez entiendo menos el mundo del deporte de élite. Cuando yo era pequeña nos contaban las hazañas de los primeros montañerosm que escalaron las grandes cumbres, como si de héroes se tratara. No sé si esos logros sirven para algo como tampoco sé si sirven para algo esas absurdas carreras de ciclismo, cada vez más exigentes. Esos mundos míticos tienen detrás muchas miserias, ha habido un gran número de ciclistas fallecidos prematuramente a causa de sus esfuerzos, de sus dopajes, de sus depresiones. Se habla poco de todo ello. Poco y mal. 

En el mundo del fútbol hemos reducido el tema a los grandes encuentros entre Barça y Madrid, el resto es como la pedrea de la lotería. Los héroes futbolísticos despiertan pasiones, pasiones fugaces, claro. Se pasea a los futbolistas vencedores como a santos milagrosos. Las frases de entrenadores carismáticos, caso de Guardiola, se venden enmarcadas cual si de sentencias divinas se tratara cuando son de lo más normalito. La gente quiere tocar a sus ídolos, verlos, los alaba y los jalea y en esos esfuerzos competitivos perdemos el tiempo y las energías.

La historia reciente y algo confusa de unos montañeros de categoría que no pudieron llegar al Everest porque socorrieron a un sherpa abandonado ha provocado que se divulgasen informaciones poco conocidas por el público normalito, que no sube mucho más allá del Turó de l'Home. He visto estos días fotografías en las cuales el camino hacia la cumbre del Everest parece la cola para visitar la Sagrada Familia, otro caso curioso de masificación aunque en éste no hay peligro. Una de ellas es la de Ralf Dujmovits, que cuelgo en el post. Ya hace tiempo que se comentó la gran cantidad de basura no reciclable que se acumula en aquellos parajes. 

Cuando yo era joven ir de excursión suponía un cierto compromiso colectivo, se debía esperar a los rezagados, ayudarlos. Siempre ha habido correcaminos y gente egoísta que no está para tonterías, claro, pero hoy el tema es más general porque mucha más gente va a todas partes, a menudo sin una gran preparación. Si te abandonan a medio camino del Tagamanent la cosa no es grave, sin embargo he constatado que aquel sentimiento solidario excursionista se encuentra en franca regresión. El tema competitivo ha llegado a nuestros castells, que no dejan de ser un deporte de riesgo, con accidentes que se minimizan o bien se ocultan. Ver subir a l'anxaneta deprisa, levantar la mano como puede y bajar rápidamente con cara de susto es un espectáculo que me desagrada. Y aún gracias que se ha generalizado el tema del casco, no sin reticencias.

Evidentemente, soy analfabeta en cuestiones de castells, de fútbol, de montañismo competitivo, de ciclismo. Admito que desprecio cuanto ignoro, al más puro estilo hispánico. La competitividad no es siempre con los otros, también con uno mismo. Hay que superarse y acabar las maratones hecho un trapo. Contamos contigo, nos decían en épocas pasadas. Hoy también cuentan con nosotros, todo eso no es nada más que una derivación del pan y circo o del pan y toros y los poderes públicos fomentan, por ejemplo, esas carreras pedestres masivas que tienen más éxito que las procesiones de Corpus de mi infancia. O las salidas de treaking, porque ahora nadie pasea ni hace excursionismo. Por no hablar de esas caminatas urbanas como el Barnatresc que al menos no son competitivas. Sin embargo no sé qué encanto puede tener salir a miles por ahí, la verdad. Entre la misantropia del solitario y el gregarismo del participativo debiera haber muchas más opciones razonables de pasarlo bien.

No entiendo todo eso ni tampoco que nos parezcan mal los sueldos exagerados de determinados profesionales pero nos parezcan bien los excesos que cobran deportistas de primera, actores, cantantes de ópera, de rock. Luego, muchos de ellos, ayudan en causas solidarias, claro. O bien organizan conciertos también solidarios. En nombre de la solidaridad, una palabra absolutamente devaluada, vale todo. En nombre de la superación personal, otro mito, también. Olvidamos a menudo que los estados más deportistas han sido los totalitarios. Con una excepción, el nuestro, que además de fascista era pintoresco, casposo y folklórico. En fin, que no entiendo nada. Esa imagen de montañeros de primera subiendo medio muertos en fila india a las grandes cumbres, sorteando cadáveres congelados que, según cuentan sirven casi de baliza, sería felliniana si no fuese cierta. Qué mundo, Facundo.

viernes, 1 de junio de 2012

Eichmann y la banalidad del mal



Hace hoy cincuenta años de la ejecución, en Israel, de Adolf Eichmann. El caso llenó muchas páginas de periódico en mi adolescencia, recuerdo imágenes inquietantes del juicio, incluso de la ejecución. Eichmann fue secuestrado en Argentina, hecho que provocó problemas diplomáticos. Otros nazis exiliados en aquel país  o en Brasil tomaron desde entonces medidas importantes de seguridad y consiguieron sobrevivir. Recuerdo que muchas personas de mi entorno siguieron el tema con cierta indiferencia. Consideraban que eran consecuencias aquellas del resultado de la guerra, como el proceso de Nuremberg y que los resultados de una guerra pueden ser de todo tipo. Mirando hacia atrás con cierta perspectiva entiendo que los sufrientes superviventes del triunfo fascista hispánico, que se sintieron tan traicionados en el 44 por las grandes potencias fuesen ya unos escépticos ante las venganzas justas. 

Eichmann era un personaje inquietante porque siempre se supo que no era un antisemita visceral, tuvo amigos, incluso parientes judíos. Fue, de hecho, un fanático devoto del nazismo y de la obediencia. Siempre he creído que el voto de obediencia religioso es mucho más cruel que los de castidad y de pobreza. La milicia y las órdenes religiosas se han cimentado en esa obediencia obligatoria, la única manera de estructurar un poder sòlido y sin fisuras. La obediencia sirve de excusa en muchas ocasiones. Desde su punto de vista, tan particular, Eichmann y tantos otros como él no hicieron nada más ni nada menos que cumplir con su deber.

Las últimas palabras de Eichmann fueron:


Larga vida a Alemania. Larga vida a Austria. Larga vida a Argentina. Estos son los países con los que más me identifico y nunca los voy a olvidar. Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo.


Inquieta pensar que si no conociésemos el contexto y las causas de la condena podrían parecernos éstas las palabras de un héroe patriótico. Las patrias han servido para todo, por desgracia. 

También provocó polémica Hannah Arendt escribiendo, con motivo del caso Eichmann sobre la banalidad del mal, sorprendida ante la pequeñez intelectual y personal de un hombre que pasaba por ser el mayor enemigo de Europa. Arendt incidió en el tema de la sujeción que provoca en las personas de todo tipo, muchas de ellas aparentemente normales, un régimen totalitario, cosa que se interpretó, erróneamente, como una especie de justificación del personaje y sus crímenes. Pero incluso Peter Malkin, el agente que detuvo a Eichmann, afirmó que lo más inquietante había sido comprobar que el nazi capturado no era un monstruo sino un ser humano, a pesar de todo. 

Un régimen totalitario abusivo genera grandes devociones y un estado de fe ciega muy peligrosa, como se ha ido viendo y comprobando a lo largo de la historia y de sus guerras y tragedias. Los análisis como el que hizo Arendt son imprescindibles, nos muestran como podemos llegar a ser en determinadas situaciones y nos demuestran que los grandes malvados eran, en realidad, personas aparentemente tan inofensivas como nuestros vecinos y parientes. 

jueves, 31 de mayo de 2012

Víctimas incómodas y olvidos culpables




Ô Liberté, que de crimes on commet en ton nom ! 

(Madame Roland, antes de ser guillotinada).

El infierno está empedrado de buenas intenciones (refrán popular).





El 29 de mayo hizo ventiún años del atentado al cuartel de Vic. Lo recordaba un amigo, Francesc Puigcarbó, en su blog y poca gente más. Claro que tenemos tendencia a celebrar las fechas redondas, las décadas, los centenarios. Sin embargo ese atentado ha resultado siempre incómodo a todo el mundo. Murió en él algun niño y también una joven catalana que se había enamorado de un guardia civil, como le pasó a una tía mía de la Garrotxa, hace muchos años. 

La joven esposa había querido vivir en el cuartel, con su marido, a pesar de qué la familia, tal y como estaban las cosas, en alguna ocasión le había aconsejado que no lo hiciera. En el entierro quisieron que se pusiera encima del féretro una senyera, cosa que no gustó a determinados sectores. A otros, como al fin y al cabo eran guardia civiles, el atentado no les hizo tanto daño moral como, por ejemplo, el de Hipercor. Tanto es así que el hecho casi no se ha recordado ni hay ningún monumento o placa que evoque aquellas víctimas. Las víctimas no son siempre iguales, claro. Unas no son inocentes del todo y otras son, como esas, inocentes pero incómodas para todo el mundo.

El periodista Albert Om realizo hace algún tiempo un reportaje sobre los hechos y ese silencio que los ha acompañado a lo largo del tiempo. En Catalunya se tuvo un respeto algo envidioso por ETA y la manera de ser vasca. ETA, ETA, más metralleta, repetía mucho progre de la época que lamentaba que eso que se dio en llamar lucha armada no tuviese más seguidores en nuestra tierra y que  creía que en Catalunya no pasaría nunca nada gordo. Los catalanes hemos sido considerados gallinas en más de una ocasión. Ya antes de la guerra civil, cuando en el 34 hubo un intento de golpe de estado de izquierdas, los asturianos se llevaron, entonces, la brutal represión y el mérito al valor y la lucha. Después fueron los vascos. Se hacían a menudo bromas y chistes sobre huevos y gallinas. Los huevos fueron asturianos y luego vascos, las gallinas siempre fueron autóctonas. 

Soy contraria a cualquier violencia, todavía más si afecta a terceras personas que nada tienen que ver, directamente, con los problemas de violencia institucional. Los daños colaterales, vengan de donde vengan, me parecen injustos, deshumanizan al militante luchador. La violencia siempre trae más violencia pero ya sabemos que eso es lo que se busca, acción, represión, más acción, más represión. Una cosa es asesinar a un torturador y la otra a un anónimo representante de lo que sea que ha caído donde ha caído por casualidad y circunstancias. Ser gallina no me parece un problema. Es más, reivindicó esa cobardía prudente y pactista, la verdad.

En estos últimos tiempos, en broma pero de forma inquietante, escucho muchas referencias a la necesidad de guillotinas y pelotones de fusilamiento. Me pasa como con la moda de los chistes racistas, me molesta, me resulta desagradable oir ese tipo de llamadas a matar a no sé quién. Y es que lo peor es que nunca se mata a los culpables reales, aunque tampoco eso daría los resultados apetecidos ya que aquello de muerto el perro muerta la rabia es una ilusión absurda y la rabia siempre es mucho más difícil de erradicar que no un pobre perro. Me molestan las reacciones viscerales, los destrozos inútiles, las pedradas indiscriminadas, los piquetes que lo son todo menos informativos. No me convencen las explicaciones destinadas a comprender ese tipo de cosas, a menudo condescendientes y casi admirativas hacia los supuestos revolucionarios en potencia, pocas veces identificados.

Recuerdo las narraciones de una monja de mi escuela que de muy jovencita había estado en las revueltas que hubo en Marruecos con motivo de la independencia, contra los franceses, a principio de los cincuenta. Los ricos colonialistas escaparon y la gente del pueblo la tomó con sus sirvientes, muchos de los cuales murieron quemados en hogueras o linchados. Pobres gentes, que eran sólo criados explotados. De jovencitas incitábamos a la monja a que nos contase aquellas cosas terribles, así nos ahorrábamos la clase. Debía haber quedado tan traumatizada que no le importaba repetirlo. 


En nuestra guerra civil pasaron cosas parecidas en todos los bandos, que no fueron sólo dos, sino muchos más. Los importantes se fueron y quedaron abandonados a su suerte muchos inocentes con los cuales se ensañaron los sádicos de turno. He escuchado cosas horribles que nunca he visto escritas, sobre todo cosas que sucedieron en zonas rurales, dónde tan fácil es ocultar las barbaridades. La mitificada revolución francesa se ha vendido como una lucha por la libertad cuando fue, también, un baño de sangre debidamente orquestado por los aspirantes al nuevo poder. Lo mismo por lo que hace a la revolución soviética o a la revolución cultural china. La historia la escribe alguien, normalmente el vencedor o el perdedor revanchista. Las víctimas anónimas no tienen cronista. Y el periodismo, ay, el periodismo de hoy día tiene bastante trabajo con sobrevivir como puede y le dejan.

El atentado de Vic parece que respondió a la perversa lógica de dar publicidad a la lucha armada en el marco de la preparación de las olimpiadas del 92. Sin embargo algún pacto debió establecerse posteriormente, además de la correspondiente represión previa y preventiva a cargo de ese señor al cual ahora queremos tanto, ya que las olimpiadas se celebraron en olor de multitud y sin problemas. La función, ya lo sabemos, debe continuar. Y todavía hay quién quiere creer que el deporte y la política tienen poco que ver.

viernes, 25 de mayo de 2012

El silencio de los cascabeles: Adiós a Antonio Amaya




Murió el día 18 de mayo Antonio Amaya, gran artista. Le he dedicado una entrada en mi blog en catalán y quiero dedicarle otra en éste. Yo no fui una gran seguidora suya pero su nombre y sus canciones van ligadas a mi infancia y a mi imaginario particular. Mi familia era catalana desde siempre. Quiero decir que hasta dónde llega mi modesto árbol genealógico conocido, todos mis antepasados son de Gerona, Barcelona o Lérida. Sin embargo en mi casa existió siempre una especie de extraña vena flamenca que durante un tiempo, el de mi juventud, cuando el género empezó a identificarse de forma absolutamente injusta con franquismo y caspa, me producía cierta incomodidad rebelde.

La copla andaluza se ha reivindicado y reinventado de forma inteligente en estos últimos años. No ha pasado igual con la canción catalana tradicional relacionada con cantantes como Emili Vendrell, por ejemplo. Eso que dijo Unamuno de que nos pierde la estética no es exacto, nos pierde la papanatería, la vanidad, el elitismo barato, el supuesto avanguardismo militante y miope. Cierto que después de la guerra civil el género se potenció pero antes de la guerra, durante la República y mucho más allá Barcelona, sobre todo, pero también una gran parte de Catalunya, sintió una gran atracción por todo lo andaluz. Muchos grandes artistas del género, cantaores, bailaoras, han triunfado o se han descubierto y redescubierto en Catalunya, en Barcelona. Incluso toreros, aunque hoy eso casi ni se puede decir.

Amaya, que en realidad se llamaba Peláez, vino a Barcelona desde Granada. Actuó mucho, bien y con éxito en el Teatro Victoria, uno de los pocos teatros todavía resistentes del Paralelo. Fue un hombre libre, inteligente y emprendedor. Si se busca por internet, actualmente con su nombre encontramos muchas más entradas relacionadas con el futbolista homónimo. Curiosamente, la viquipèdia catalana nos da más información sobre él que la española, así como también sobre su gran amigo Rafael Conde, fallecido en 2002, con el que actuó muy a menudo.

Nos gusta cargar las tintas oscuras sobre el destino de los famosos y en algún sitio he leído que murió en soledad. Bueno, la vejez es una época solitaria para todo el mundo. No debía estar tan solo cuando muchos conocidos lo visitaban y en 2007 se puso una placa en Sitges, dónde vivía, en honor suyo. Claro que muchos de sus contemporáneos habían muerto antes, tenia ya ochenta y nueve años. Otro tópico es creer que cierto tipo de vida no convencional comporta brevedad y tristeza decadente obligatoria. Bella Dorita que vivió más de cien años y que no creo que fuese austera ni que hubiese llevado una vida precisamente tranquila y ordenada nos demostró que eso no era así. 

Viquipèdia recoge un dato curioso, fue el primero en posar desnudo, ya mayorcito, en una revista gay, en el estado español. La cosa tiene su mérito. Su vida seguramente podría ser objecto de una gran novela, de una serie de culto. Amores, viajes, éxitos, abrigos de pieles. Se retiró y fue empresario durante muchos años. Vestía en sus actuaciones en un estilo que yo definiría como glam-flamenco o glam-hispánico. Su gran éxito popular fue aquella canción que todos cantamos en excursiones escolares y juergas adolescentes, Doce cascabeles lleva mi caballo... Yo lo vi en dos ocasiones, que recuerde. La primera en una de esas sesiones de variedades que se ofrecían en los cines de barrio después de los pases, aunque en aquella ocasión yo era pequeña y no sé si era él o alguien que lo imitaba. 

También lo vi, ya más mayorcita, en el añorado Parque de Atracciones de Montjuïc. Ya entonces yo andaba de moderna, yeyé y admiradora de cosas más alternativas, como la Nova Cançó. Tenemos una peligrosa tendencia a restar en lugar de sumar, cosa que los franceses saben hacer muy bien con sus cosas. Desde que me contaron que para protestar en un intento de otorgar a Pérez Galdós el Nobel los intelectuales de los otros hicieron una cena de protesta ya nada me sorprende.

A mi, de esas canciones, me gustan mucho las que cuenta historias. Pequeñas novelas, a veces de género, como en el caso de las canciones con personajes de la alta sociedad, al estilo de Locura de amor, mi preferida. Descanse en paz Antonio Amaya.

jueves, 24 de mayo de 2012

Una maleta recuperada y muchos paraísos perdidos


En los años noventa se hizo algún intento de publicar la obra de Serguéi Dovlátov. Entre los títulos publicados entonces, de forma algo errática y sin que aquellas publicaciones tuviesen el eco merecido estaba La maleta. En estos últimos años, RBA en castellano y LaBreu en catalán han recuperado de forma mucho más visible la obra de este autor, inclasificable y singular, aunque en él se pueden percibir los ecos de los grandes cuentistas de su país, como Gogol o el mismo Chéjov, a quién tanto admiraba.

Serguéi Dovlátov nació en 1941 en la entonces URSS, hijo de una correctora armenia y de un director de escena medio judío, aspecto sobre el cual el autor ironiza a menudo. No vivió la tragedia estalinista pero sí, todavía, la ridícula y gratuita crueldad de un estado policial ya algo errático. Salvando las distancias, muchos aspectos del franquismo de después de la primera postguerra, en lo relativo a los males de la literatura, nos pueden evocar ese mundo surrealista que Dovlátov nos muestra de forma irónica, en ocasiones incluso sarcástica, siempre con cierta amarga y amable distancia.

Dovlátov no pudo publicar en su país de forma convencional, lo hizo clandestinamente gracias a un sistema de copia mecanográfica o manual, a través de cadenas de distribución entre amigos y conocidos, siempre con riesgo de caer en desgracia y ser castigados, durante bastante tiempo. Dovlátov tuvo problemas, de forma inevitable, y acabó emigrando a Nueva York,  donde escribió mucho más y publicó con éxito sus libros. En esta ciudad murió de forma prematura en el año1990 acausa, posiblemente, de los problemas derivados de su alcoholismo. El alcoholismo y las borracheras generalizadas, escape de una sociedad asfixiante, gris, absurda y mediocre, son también muy presentes en la obra del escritor.

La maleta es una serie de narraciones que se generan a partir de una serie de prendas de vestir o complementos que el narrador, el mismo escritor, sacará del país al abandonarlo, en esa maleta, voluntariamente olvidada, que reaparece de forma casual al cabo de un tiempo. Cada elemento, entonces, recupera su vida propia, se explica su origen y su porqué. Cada objeto se convierte en un símbolo y las distintas narraciones van mostrando un fresco humano de la URSS y de la época, en el cual se mezclan personajes conocidos con otros que no sabemos si son o no reales.
La aparente indiferencia ante la vida de qué hace gala el autor es, en realidad, una ácida y profunda crítica contra un sistema en el cual la vulgaridad, la ignorancia, la mediocridad y la miseria humanas nos son mostradas, sin embargo, con tintes humorísticos muy originales que nos producen incluso cierta empatía con toda esa gente extravagante que sobrevive como puede.

Dovlátov no deja indiferente y se acaban sus libros queriendo más, así que sería magnífico pensar que por fin nos llegará, aunque sea de forma pausada, su obra completa. Se publican muchos libros que nos gustan –o no- por motivos diversos y que cumplen una función pero pocos delante de los cuales te quites, como se dice de forma popular, el sombrero, intuyendo que se tiene el privilegio de acceder a una verdadera obra literaria. Una obra de esas en las cuales la grandeza se esconde en medio de una aparente modestia, incluso en la extensión. La maleta es un libro para leer de una tirada y releer después de forma más tranquila y documentada, haciendo el esfuerzo de investigar un poco sobre los distintos personajes históricos que se nos mencionan.

No es fácil admitir que el paraíso comunista fuese tan diferente de los sueños utópicos oficiales, o de las maravillas que los convencidos nos repetían en los sesenta y los setenta. Ser antifranquista no fue siempre ser democrático y la autocrítica en ese tema todavía no se ha hecho de forma totalmente desacomplejada. A menudo encuentro a faltar ese grado de ironía rusa en los textos hispánicos sobre nuestras propias épocas sombrías, la verdad. Al menos con un cierto grado de ambición literaria de esa que no se ve, pero se percibe y se disfruta, en La maleta.

La traducción catalana es de Miquel Cabal y la castellana de Justo E. Vasco, un muy buen escritor cubano, este último, que se afincó en Asturias y escribió novela negra interesante, además de traducir textos rusos, norteamericanos, italianos y eslovenos. Vasco falleció en 2006. Creo, sin ser experta en el tema, que en el texto se percibe también la gracia y oficio –de escritor- del traductor.