sábado, 25 de febrero de 2012

Ahi va la loca soñando: Rosalía, 175 años


Yo las amo, yo las oigo

cual oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido del cordero.

Como los pájaros, ellas,
tan pronto asoma en los cielos
el primer rayo del alba,
le saludan con sus ecos.

Y en sus notas, que van repitiéndose
por los llanos y los cerros,
hay algo de candoroso,
de apacible y de halagüeño.

Si por siempre enmudecieran,
¡qué tristeza en el aire y el cielo!,
¡qué silencio en las iglesias!,
¡qué extrañeza entre los muertos!

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Eu ben sei destos secretos
que se esconden nas entrañas,
que rebolen sempre inquietos
baixo mil formas estrañas.


Eu ben sei destes tormentos

que consomen e devoran,
dos que fan xemer os ventos,
dos que morden cando choran.
..........................................
I anque ora sorrindo canto,
anque ora canto con brío,
tanto chorei, chorei tanto
como as auguiñas dun río.

Tiven en pasados días,
fondas penas e pesares,
e chorei bágoas tan frías
como as auguiñas dos mares.

Tiven tan fondos amores
e tan fondas amarguras,
que era fonte de dolores
nacida entre penas duras.


El dia 24 de febrero se conmemoraron 175 años del nacimiento de Rosalía de Castro, un personaje que ha formado parte de mis mitos juveniles y de mi memoria sentimental por muchas razones. La época de Rosalía es misteriosa y apasionante, miserable y esperanzadora. Las lenguas regionales resucitan de su letargo, en Catalunya gracias al movimiento de la Renaixença (Víctor Balaguer invitó a Rosalía a los Jocs Florals y tradujo algunos poemas de la autora al catalán) y muchas cosas, aparentemente, parecen cambiar en una buena dirección. Sin embargo la historia tiene altos y bajos y las miserias del siglo XX no tendrían que envidiar nada a las anteriores, más bien al contrario.

En mi libro de lectura escolar, una de aquellas enciclopedias autárquicas, hoy entrañables, había algún poema de Rosalía. Recuerdo, especialmente, ese de las campanas, que copio en el encabezamiento de este artículo. Las campanas no han enmudecido del todo pero casi. No tienen el peso específico de otros tiempos, en algunos pueblos incluso las silencian por la noche para no molestar a los dormilones. En mi barrio barcelonés uno de los campanarios, el más importante, tiene el sistema estropeado y el reloj parado desde hace tiempo. 

Cuando, en el bachillerato de antes, empecé a estudiar literatura recuerdo que un comentario biográfico sobre Rosalía me intrigaba, al mencionar su vida familiar se añadía una especie de coletilla, más o menos creo que decía quizás no alcanzaron la felicidad, haciendo referencia a la pareja formada por ella y Murguía. Me extrañaba ya que yo consideraba que, por las imágenes que se conservaban, era una mujer hermosa, seguramente admirada, que se había casado enamorada, con un intelectual y había conseguido, en aquella época, realizarse más o menos con algo creativo. Las cosas, sin embargo, no son tan sencillas. Rosalía tuvo momentos muy tristes y muchos problemas. 

El relativo éxito de Rosalía en su época fue un arma de doble filo. Todavía no están claras las razones por las cuales abandona en algún momento la lengua gallega y dice que no volverá a escribir en gallego. Si escribir en España era llorar, como decía Larra, para una mujer el llanto resultaba mucho más dramático. Además de eso, no es fácil pertenecer a culturas minoritarias sin estado propio, lo sé por experiencia. 


Se te exigen cosas exageradas, quienes más defienden la pureza incondicional a esa cultura son los primeros en traicionarla por cosas tan vulgares como el dinero, en muchas ocasiones. Se exige también devoción incondicional al servicio de la causa, una causa en la cual, como en todas, convergen muchos intereses y divergencias intelectuales y políticas. También se quiere creer que si escribes bien en gallego -o catalán- no puedes -o no debes- hacerlo en castellano. O en inglés. Sin embargo todo eso son tópicos y en el mundo intelectual hay ejemplos muy diferentes de escritores. 

En el tema lingüístico y cultural se mezclan muchos tópicos, prejuicios, ignorancias y resentimientos. Las lenguas y las formas dialectales, la frontera entre una cosa y otra tampoco es nada clara, deberían servir para comunicarse plácidamente, en el fondo son creaciones culturales, las lenguas románicas no son más que latín mal hablado y seguramente el latín también fue el resto de algo anterior, convenientemente elaborado por los poderes culturales de la época del imperio. Sobre qué es o no es la cultura, habría mucho que comentar, existen miles de definiciones de esa palabra, tan manipulada y tergiversada.

Volviendo a Rosalía, con el tiempo me ha continuado fascinando. Encuentro igualmente buenos sus poemas en gallego y los que escribió, por el motivo que fuese, en castellano. Hace años, más de los que quisiera, estuve en su casa de Padrón y pocas visitas a lugares parecidos, relacionados con escritores, me han producido tanta emoción como aquella visión del pozo familiar y de la casita, hoy museo. Todo es subjetivo, claro. Se dice que su abandono tardío del gallego vino de unas demoledoras críticas a su persona por haber ella misma criticado ciertas costumbres de su tierra, algo bárbaras, seguramente con mucha razón. 

Las imágenes de Rosalía, que llegaron incluso a los billetes de quinientas pesetas de hace años, nos la muestran siempre con esa profunda tristeza o melancolía interior, muy gallega, si se me permite recurrir a un tópico territorial. Pero es que gran parte del paisaje de Galicia parece vivir en esa mirada distante y lluviosa, poética y resignada. Su obra no es muy extensa y, por lo tanto, resulta asequible en su totalidad. Merece relecturas periódicas. Su musicalidad ha motivado que algunos cantantes se atrevieran con sus letras. 175 años son muchos. O pocos, según se mire. Pocos vivió también Rosalía que murió antes de los cincuenta, una edad que hace años me parecía avanzada y hoy me parece de plenitud, casi juvenil. 

En todo caso, merece la pena aprovechar ese aniversario o cualquier otro para recuperar su obra y disfrutar de sus poemas, sobre todo en algún día de lluvia o de niebla, aunque sea de niebla mediterránea.

sábado, 18 de febrero de 2012

Reivindicación del jardielismo eterno









Los políticos son como los cines de barrio, primero te hacen entrar y después te cambian el programa.


Por severo que sea un padre juzgando a su hijo, nunca es tan severo como un hijo juzgando a su padre.


Realmente, sólo los padres dominan el arte de educar mal a los hijos.


El que no se atreve a ser inteligente, se hace político.


En la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen; la gran mayoría de los sueños se roncan.


Patrimonio es un conjunto de bienes; matrimonio es un conjunto de males.


                               Jardiel Poncela


Se cumplen hoy sesenta años de la muerte de Enrique Jardiel Poncela, un autor todavía poco y mal conocido, aunque tiene y tendrá seguidores absolutamente adictos. Jardiel fue un hombre sin suerte, murió prematuramente, a los cincuenta años, bastante olvidado. Cincuenta años parecen muchos cuando eres joven, después, con el tiempo, te das cuenta de que en esa edad todavía puedes hacer muchas cosas.

Mi madre nos recitaba divertida muchos fragmentos de obras de Jardiel, en especial de Angelina o el honor de un brigadier, que había visto en teatro y cine. Tan mitificada tenía yo esa obra que en una ocasión, hace muchos años, la emitieron por televisión en aquellos añorados Estudios 1 y tuve incluso una cierta decepción. Claro que las obras de teatro dependen en buena parte del montaje y de los actores, además del texto.

Uno de los primeros volúmenes que compramos en el Círculo de lectores, al comienzo de aquella iniciativa popular de venta a domicilio de literatura, fue El libro del convaleciente, con el cual me había reído mucho de jovencita. El yerno de Jardiel fue un lince del teatro comercial, Alfonso Paso, y se decía que había aprovechado muchos materiales del suegro. Puede que fuese así pero yo creo que también pesaba la envidia hacia el éxito popular del teatro de Paso que, con todos los defectos que se le quieran encontrar, funcionaba y funciona. 

Jardiel recibió palos por todas partes. Estuvo en una checa, acusado injustamente, pudo irse al fin de España durante la guerra pero su humor, tan especial, tampoco no era del gusto de los vencedores. La guerra fue un desastre para la convivencia y para las relaciones humanas. En la posguerra, una gira por hispanoamérica fue muy mal recibida por los exiliados republicanos, que la boicotearon ruidosamente. Recibió algún premio pero también palos morales diversos. Sin embargo su humor creó escuela y tuvo seguidores, aunque no todos reconocieron su influencia.

Jardiel venía de una familia de artistas e intelectuales. Su yerno, Alfonso Paso, pertenecía también a una familia con muchos personajes relacionados con el teatro, con la música. Dos nietas de Jardiel fueron actrices, Paloma y Rocío,  y un biznieto, Darío Paso, es un hoy un muy buen actor conocido por sus intervenciones en películas y series, que también ha dirigido interesantes cortometrajes. 

El humor de Jardiel sería, en cualquier otro país europeo, mítico y mitificado, no andamos tan sobrados de autores humorísticos inteligentes. En nuestro mediocre presente el humor grueso y la tontería recurrente tienen muchos más adeptos. También en catalán la ironía de otras épocas, de la cual tanto se presumía, ha cedido el paso a la broma fácil y vulgar. Una muestra de humor estúpido son los gags y los programas de risa relacionados con los políticos, cualquier chiste clandestino sobre Franco, de nuestra juventud, tenía mucha más gracia, a pesar de la censura, que esas supuestas críticas facilonas. Los aspirantes a humorista hispánico deberían realizar un doctorado en jardielismo, de forma obligatoria, todavía más si aspiran a ser televisivos.

domingo, 12 de febrero de 2012

Reflexiones sobre la ética de la estética



La muerte de Tàpies y la reciente exposición sobre Miró me han llevado de nuevo a reflexionar sobre eso que llamamos arte, aunque las reflexiones las podría hacer extensivas a cualquier otra cosa. Mi abuelo repetía a menudo un refrán antiguo, en catalán, agafa fama i fote't a jeure. No creo que haga falta traducir-lo, hay versiones en castellano de ese dicho recurrente. La fama cuesta -o no- de adquirir pero una vez se tiene, debidamente gestionada, da dinero para vivir cómodamente. Claro que para gestionarla de forma adecuada hace falta también una gran dosis de razonamiento y de inteligencia práctica. 

Un tópico muy del gusto romántico incide en el carácter extraño y autodestructivo de muchos genios. Sin embargo, al lado del artista autodestructivo, de vida corta y apasionada, existe y ha existido el artista previsor y pesetero, el buen vendedor, normalmente de origen burgués o de clase media altita, que acaba convertido en un burócrata, en un artista oficial de los poderes públicos que son hoy los mecenas de casi todo. Si no fuese así no se entendería el dinero que mueven galerías y obras de arte actuales y los artistas geniales que han estructurado su obra en medio de discursos sobre libertad, democracia, ruptura y el resto se hubiesen negado a cobrar más, por ejemplo, que un buen albañil.

Claro que todavía no sé qué es un genio. Hay personas que nacen con un don para el deporte, para la música, gracias al cual llegar a ser eso que llamamos genios. Sin embargo también la supuesta genialidad conoce altos y bajos, como la bolsa, y los genios de hoy quizá no serán genios del mañana, de la misma manera que los genios de ayer no todos resistieron igual el paso del tiempo.

Estos días, a causa de la muerte del pintor Antonio Tàpies, he escuchado a muchos expertos comentar aspectos de su genialidad. Creo que esa pintura avanguardista, hoy tan alabada y de las bondades de la cual no puedes discrepar si no quieres ser mirada con cierto desprecio compasivo por aquellos que son sus incondicionales seguidores, guste o no, ya no es moderna, ni provocadora, ni contraria a la burguesía. Es más, creo que con el tiempo, aunque quizá yo no lo vea, se manifestará como un cierto engaño, al estilo de aquel invisible retablo cervantino o del traje del emperador de Andersen.

Las instituciones se han hartado de comprar, a muy buen precio y con nuestro dinero en muchas ocasiones, producciones artísticas de ese tipo moderno, por ponerle alguna etiqueta generalista. El dirigismo  cultural que los mismos artistas como Tapies criticaban y rechazaban ha asumido ya esas producciones que fueron revolucionarias y que hoy son tan burguesas y oficiales como aquellas que combatían hace, ay, más de cincuenta años.

No sé todavía, qué es o no es arte. Las definiciones de la palabra, lo mismo que las definiciones de cultura son múltiples y contradictorias. Por no saber no sé ni qué es una lengua, concepto que los nacionalismos grandes, medianos y pequeños parecen entender de forma monolítica y devota. Sin embargo ninguna de las definiciones oficiales de todas esas grandes palabrejas me ha convencido, con los años me he vuelto agnóstica en casi todo. O ya, directamente, atea.

En el fondo todo es política, cosa que no debería ser negativa, al contrario. La política es necesaria para la convivencia y la organización. Una frase brillante de hace años insistía en el hecho de que toda ética tenía su estética y su política. No dudo de qué así debería ser, sin embargo el sistema es capaz de fagocitarlo todo. Cuando las circunstancias son duras y dictatoriales hay un riesgo en enfrentarse al sistema y el arte y la cultura disidente tienen un valor añadido, cuando no es así las cosas no resultan nada claras.

Las universidades y los llamados expertos, a menudo muy brillantes, igual que ciertos políticos también expertos, del poder y de la oposición, en eso no hay grandes diferencias semánticas, son capaces de emitir discursos que captan con facilidad los ánimos juveniles. A veces reflexiono, desde mi casi vejez, en todo lo que creía de buena fe cuando me lo decía alguien con prestigio, desde el lugar privilegiado del profesor universitario, del conferenciante de culto, del gurú cultural indiscutible.

Escucho a gente joven hablar de arte, de política, de literatura, y me sorprende ver que repiten, sin saberlo, consignas oficiales. Las consignas oficiales no son sólo las del poder en el poder, sinó también las del poder opositor. Se eternizan políticos en el poder pero también se eternizan sindicalistas, gurús del pensamiento alternativo, artistas supuestamente revolucionarios.

Respecto al arte, reflejo de éticas y políticas, me puedo interesar por producciones hechas por gente anónima, joven o no, con inquietudes e ideas, por extrañas que me resulten, cuando no mueven dinero. Sin embargo cuando son los poderes vigentes quienes me venden genialidades y cuelgan obras de arte en lugares públicos sin consultarme, aunque pague yo, en parte, la supuesta maravilla destinada a mentalizarme sobre nuevos caminos que ya son muy trillados, todo me resulta bastante dudoso, inquietante. Todavía más cuando muchas veces no se expresan opiniones contrarias y serias a todo eso, o cuando los supuestos oponentes esgrimen razones que también resultan ya bastante apolilladas.

Nos gustan muchas cosas porque personas que nos merecen confianza nos han dicho que nos tenían que gustar. Pero en el fondo todo es venta y comercio. Lo realmente alternativo no tiene, hoy, demasiados canales para darse a conocer, a pesar de internet. Un profesor de historia del arte que tuve en una ocasión, para defender eso que llamamos arte moderno, recurrió a una imagen muy gráfica, en el fondo, decía, todo es cuestión de devociones. Por ejemplo, explicaba, para un no creyente una misa no dice nada, puede ser un acto incluso ridículo. Para un creyente es mucho más. Hay que comulgar con las ideas, aunque sea con las ideas estéticas, para valorarlas y disfrutar del contenido. Otro ejemplo que ponía era el de la diferencia entre una virgen venerada en su santuario o reconvertida en una talla románica y colocada, con otras muchas en un museo.

Me parece todo muy bien, sólo que reivindico la libertad religiosa y la libertad estética. Sin embargo, respecto a ciertos artistas indiscutibles sólo percibo monolíticos discursos que desprecian, aunque sea de forma educada y condescendiente, la discrepancia, como si ésta fuera fruto de la ignorancia o de la falta de educación estética. Las universidades, las escuelas profesionales, oficiales o no, también han contribuido a la existencia de dogmas incuestionables respecto al arte, incluso a la cocina creativa. Desde la escuela primaria, desde el parvulario, se vende el producto vigente, por lo tanto a las nuevas generaciones les va a costar desprenderse de esos lastres, tanto, casi, como a mi me costó desprenderme de los antiguos. Mentalización y adoctrinamiento son, muy a menudo, casi sinónimos.


Un reciente monumento als castellers ha producido reacciones diversas en Barcelona, sobre todo cuando se ha sabido el coste que tiene, a mucha gente no le gusta, gente que conozco y que no es, ni mucho menos, de derechas. Sin embargo algunos brillantes opinadores del presente han comentado con tópico humor actual que es una garantía que no le guste al concejal del PP. Eso son razones dialécticas evidentes y el resto, paja. Claro, ahora mucha buena gente que no es del PP, situada mucho más a la izquierda que esos opinadores de culto, no se atreverá a decir que el monumento les parece una birria, no fuese el caso que ya les colgasen la etiqueta correspondiente, la de fachas ignorantes, vaya. Así nos va. Cuando temas concretos, éticos, estéticos o políticos, se etiquetan como de derechas o de izquierdas de forma irreversible y no permiten ninguna discrepancia seria y razonada ya la hemos fastidiado.

domingo, 29 de enero de 2012

Aquellos tiempos de la mili obligatoria


Imagen: Jura de bandera en Sant Climent Sescebes, postal (ediciones Alzamora)



Mi hermano, que hizo la mili en Cartagena allá por los años setenta, en infantería de Marina, me comentó que en sus visitas a esta ciudad, ahora ya de turista, añoraba aquel ambientazo de muchachos jóvenes arriba y abajo, haciendo el servicio militar. Los paisajes militares cambiaron con el final de la mili, lo hicieron de forma algo abrupta, primero vinieron los servicios substitutorios, los objetores y de pronto nos encontramos con qué aquella época, tan relevante para los jóvenes de mi época, había terminado de forma definitiva, aunque creo que jamás hay nada en la historia que sea definitivo del todo.

Mi hijo nació en el ochenta y el anterior fue una niña. Recuerdo que comentábamos en broma, cuando nació, que quizá ya no tuviese que ir a la mili, cosa que fue así, aunque tuvo todavía que hacer papeles solicitando prórrogas y objeciones, trampas legales para evitar el tema cosa que, en aquella época, hacían muchos chicos. El servicio social  substitutorio se organizó tarde y mal y consistió en entretener a los jóvenes en onegés diversas, incluso en escuelas o centros sociales, haciendo cualquier cosita útil o que lo pareciese. En algunos casos, pocos, fueron una ayuda interesante, incluso. Era algo parecido, aunque más largo, al servicio social para chicas que nos montaba la inefable Sección Femenina.

Si yo hubiese sido un hombre no sé cómo habría vivido la mili, en aquellos años era todavía una chica muy tímida y acomplejada, bastante cobardica. Sin embargo conozco chicos de carácter parecido al mío que no recuerdan la experiencia con rabia ni con dolor sino con cierta nostalgia e incluso con algo de romanticismo. La mili se vivía de forma muy diferente según dónde y con quién la compartías. A veces, como suele pasar en las escuelas e institutos, eran mucho peor los compañeros que los mandos. 

En internet hay muchas evocaciones de milis diverses. Durante años era la mili la batallita habitual que los señores contaban en sus tertulias familiares, eso los chicos que ya no habían ido a la guerra, que fue una experiencia mucho peor vivida por los hombres jóvenes de la edad de mis padres. La batallita femenina eran los partos, más dolorosos, peligrosos y numerosos en épocas pretéritas. Hoy no hay mili y los partos también han cambiado mucho.

La vida suele ser monótona, en aquella época lo era mucho más, y esas vivencias rompían la rutina. Respecto a los muchachos, era habitual comentar que se hacían hombres durante el servicio militar. Normalmente las bodas, más precoces que en la actualidad, se realizaban después de acabar la mili del novio. Claro que para la mayoría había pocas opciones de estudio y la gente humilde seguía el camino marcado de antemano por unas costumbres que parecían no variar nunca. Los privilegiados universitarios eran minoría y hacían milicias. En una ocasión mi madre comentó a una vecina, que tenía aspiraciones y que pronto dejó mi modesto barrio, que quizá mi hermano y su hijo irían juntos a la mili, pues tenían la misma edad y su apellido empezaba por la misma letra.

-Oh, no -dijo la vecina fanfarrona-. Mis hijos serán de las milicias universitarias...

Huelgan comentarios. Ignoro si el chico llegó a hacer carrera o no. 

En aquella época existían -también- los enchufes, a todos los niveles, cosa que yo creía que con la democracia se acabaría del todo y que era culpa del franquismo, santa inocencia. Con la mili funcionaban bastante bien las recomendaciones aunque en algunas ocasiones era preferible tener conocidos en las bases administrativas que en los altos niveles militares, en los cuales cierto sentido del honor podía hacer tomar a mal aquellos intentos de corrupción cotidiana.

Cuando los chicos se iban a la mili, los conocidos y vecinos les solían montar fiestecitas, las novias lloraban e incluso dejaban en aquel momento que el novio llegase algo más allá de lo conveniente en el tema íntimo. En aquellos tiempos embarazarse fuera del matrimonio estaba muy mal visto y cuando se podía la cosa se solucionaba con una boda prematura, muy mal considerada por todo el mundo, incluso por los sectores más modernos del entorno. Los métodos de control de natalidad eran rudimentarios  o inexistentes.

Más de una vez la familia aprovechaba la jura de bandera para hacer un viajecito, sobre todo si el recluta no estaba muy lejos. Los abuelos de hoy y los padres algo creciditos sobrevivieron a la mili aunque creo que todavía hay historias ocultas sobre accidentes y algún suicidio que se taparon de forma conveniente. Recuerdo una ocasión en la cual un compañero de trabajo de permiso, que hacía la mili en el Pirineo, nos contó, horrorizado, que había presenciado un terrible accidente mortal que había costado la vida a otro soldado a causa de un material defectuoso. Esas cosas no salían en el periódico, empezaron a comentarse con la transición, época en la cual en los cuarteles se añadió el peligro de las drogas, que empezaban a correr como el agua por todas partes.

Las chicas aguantaban noviazgos castos, guardaban más o menos la ausencia a los novios y escribían largas cartas, a veces a diario. Tuve suerte de no tener novio en la mili, me ahorré tanta correspondencia aunque a algún amigo soldado escribí de vez en cuando, cosa habitual. Los chicos tenían vía libre, se suponía que hacerse un hombre incluía experiencia sexual, además cuando empezaron a llegar las turistas suecas los soldados de playa también aprovecharon bastante la ocasión. 


Había milis mucho más peligrosas para los noviazgos que otras, según el destino. Entre mis conocidas existía un temor, no sé si justificado, hacia las chicas gallegas, melosas y dulces, que atraían a los soldaditos solitarios y provocaban finales de noviazgos sólidos. Hubo también muchas bodas serias generadas en aquella época, a partir de amistades hechas en bailes y paseos de zonas militares. 

Una vez, cuando empecé a trabajar de maestra, en una clase de párvulos vino a buscar a su hermano pequeño un chico que hacía la mili. Todos los niños y niñas gritaban, admirados 'un soldado, un soldado'. El uniforme militar tenía un gran prestigio aunque el hispánico de tierra no era precisamente una maravilla de diseño, de confección ni de calidad textil.

Todo pasó como una luz que yo apagué, como dice la canción. Los lugares con soldados ofrecían grandes perspectivas a las chicas que buscábamos novio, recuerdo unas vacaciones en Mallorca bailando con soldados de permiso en la entonces exótica discóteca Barbarella y también a unos soldados con los cuales hicimos amistad en la época de un curso obligatorio para maestras, en Zaragoza, cuando estudiaba. Los organizaba la Sección Femenina, los llamaban de tiempo libre, y en aquel caluroso mes de julio me harté de elaborar bonitos murales con frases de José Antonio, cosa que quizá debería ocultar de mi currículum existencial ya que hoy la gente más joven tiende a hacer lecturas muy maniqueas de todo.

Para ser maestra nacional no jurabas bandera pero firmabas un documento aceptando los principios del movimiento. Tragamos muchos sapos, cierto, no los tragamos a gusto, pero sí con ingenuidad e inocencia, por necesidad de sobrevivir. Además, de joven te parece normal lo que vives, incluso muy divertido. Afortunadamente. 

En la mili se hacían también buenas amistades, muchos compañeros de mili de mi marido vinieron a nuestra boda, nosotros fuimos a la suya y después nos perdimos todos por los caminos del mundo, de forma inevitable. La amistad se consolida con la convivencia diaria, aunque a veces también se estropea, pero es difícil conservarla en la distancia ya que todos cambiamos y si nos volvemos a encontrar nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Nuestro tiempo presente ha extendido sobre todo lo militar la sospecha y hasta cierto distante desprecio. Nada de juguetes bélicos, aunque echemos partidas de parchís o ajedrez, batallas incruentas, o se maten marcianitos en las pantallitas actuales. Quizá algún día no hagan falta ejércitos pero falta mucho para eso y, desgraciadamente, el mundo tiene muchos espacios en guerra, en sus mapas. Los discursos buenistas no ofrecen, de momento, ninguna alternativa a corto plazo y ni que sea para conservar una cierta paz hay que contar con el estamento militar, aunque ahora no nos toque a nosotros sufrir. Quizá, como hicieron los romanos, y como ocurre ya con las fuerzas internacionales, los desheredados, los pobres, aceptarán ir a luchar no importa porqué, por ellos mismos, como se evidenciaba en aquella terrible película de Redford, Leones por corderos. Hoy los ejércitos, además, ya no son sólo cosa de hombres, como el coñac de los anuncios de mi infancia.

La mili, como todas las experiencias vitales, fue personal e individual, cada chico tuvo la suya y la vivió a su manera. En tiempos más analfabetos se aprendía en ella, mejor o peor, a leer y a escribir. Chicos de distintos puntos de la geografía hispánica se conocían allí. Generaba corruptelas y miserias pero también grandezas y generosidades. A los chicos jóvenes de hoy todo aquello les debe parecer un cuento chino, se preguntan sin duda cómo podíamos aguantar determinadas situaciones. Se habla mucho de empatía pero la empatía és un sentimiento muy difícil, casi imposible de conseguir, ponerse en el lugar de otro, en su época, en sus circunstancias... vano empeño. 

De la misma manera hoy no podemos ponernos en el lugar de los jóvenes actuales, con otros problemas y otras aspiraciones pero seguramente con la misma angustia vital o como queramos llamarle a ese sentimiento doloroso de maduración que nos lleva a preguntarnos en algún momento por el sentido de la vida y del mundo, de las milis y de los ejércitos.


Muchos pueblos siguen celebrando una fiesta de los quintos, inspirada en la época de la mili. Hoy la suelen celebrar los jóvenes de ambos sexos que cumplen dieciocho años, son una fiesta más, reconvertida, que tiene sus rituales, a veces algo ruidosos y extraños, un compendio de costumbres ligadas a esos quintos del presente daría mucho que pensar pero no sé si alguien tiene alguna intención de hacer, sobre la cuestión, algún estudio sociológico.


Con mili o sin mili la juventud llega y pasa, sólo una vez en la vida. Se intenta alargarla de forma artificial, se supone que no hace falta ir al campamento militar para hacerse un hombre ni soportar un parto doloroso para ser una mujer. Hace unos días leí en un blog un comentario sobre una carta al periódico en la cual una madre se quejaba de los contenidos literarios de las pruebas de selectividad. También se quejan profesores de la universidad de que en algunas ocasiones los mismos papás y mamás, cual si de la escuela primaria se tratase, van a pedir explicaciones en nombre de sus bebés de veinte años. Cada época tiene sus servidumbres.

martes, 24 de enero de 2012

San Ginés de la Jara, un histórico monasterio en estado ruinoso




¡Ay tristeza de ruina y abandono.
San Ginés de la Jara, humilde olvido.
Sombra eres y recuerdo vago, hundido
en la memoria pobre que perdono.

  Me duele la conciencia y culpas entono
de ver que sólo muerte tú has vivido,
gloria nada, apogeo escaso y huido
clamor. ¡Avaro fue para ti el crono!

  Otrora enjalbegados, son tus muros
sudario de apagada cal apenas.
Postrados arcos de trazados puros.

  ¿A quién podré contar tantas ajenas
suertes y azares que golpearon duros?
De injurias se hallan tus memorias llenas.



He tomado prestada la fotografía, así como el poema, del blog de un poeta murciano que responde al nombre de Santdo. 

Estoy estos días por el Mar Menor, lugar que conocía poco y mal, sólo de paso, y dónde no había vuelto desde hacía más de treinta años. Me está sorprendiendo lo desconocida que es para mi la tierra murciana, a pesar de conocer a muchos catalanes del presente que tienen padres o abuelos de estas tierras, procedentes de aquellas migraciones de finales de los años veinte o de los cincuenta. También mi marido tenía abuela murciana y su madre había sido bautizada cerca de Lorca, concretamente en Altobordo, aunque su padre era de Campo López. Estos antecedentes familiares han propiciado una excursión por el interior de Murcia, muy interesante. Por no hablar de la capital murciana, una bellísima y tranquila ciudad que posee la poesía y la magia de los lugares que todavía no han vendido su alma al diablo del turismo masivo. También de pequeña tuve yo en Barcelona una vecina entrañable de Lorca, la señora Damiana, que pasaba muchos ratos en casa, charlando con mi madre y venía al cine del barrio con nosotros, en aquella época en la cual las casas de pisos eran una especie de comunidades casi familiares.

De vuelta al hotel pasamos siempre por delante de este impresionante monasterio. No lo conocía, lo admito. Sorprende ver su deterioro actual, en un lugar con turismo cercano, ya que podría incluso resultar un atractivo importante para los visitantes y una fuente de ingresos, bien gestionado. Claro que no haría falta caer en el extremo, por ejemplo, de Sant Benet de Bages, con hologramas ridículos, promociones turísticas con contenido gastronómico y un montaje más circense que histórico o cultural, pero puestos a escoger quizá prefiero el exceso que la ruina. Aunque la frivolización también es una manera de derruir.

En internet he encontrado mucha información sobre ese monasterio del cual hace, como quien dice, cuatro días, han desaparecido elementos muy importantes, como la caja del órgano. Fotografías de los años setenta lo muestran todavía en bastante buen estado. Fue un gran monasterio hasta que llegó la desamortización, que se hizo mal y de forma injusta y que provocó el deterioro de tantos espacios religiosos. Sin embargo estos últimos años en los cuales hemos sido algo menos pobres han propiciado la recuperación y restauración de lugares parecidos. 

Hay una historia muy surrealista sobre el monasterio, relacionada con el ayuntamiento de Cartagena, del cual depende, que parece que pactó con una empresa privada su restauración a cambio de permitir una operación turística excesiva, con campos de golf y no sé cuantas casas y hoteles a su alrededor. Con la crisis del cemento todo se ha parado y el ayuntamiento, que ahora parece que prioriza el tema de los espacios romanos de Cartagena, dice que no tiene un euro para arreglar nada, de momento. 

El monasterio fue declarado bien de interés cultural a principio de los noventa, pero eso sirvió de poco. Está incluído en una lista que yo desconocía sobre espacios patrimoniales en peligro. No es ningún consuelo pero  compruebo que en esta lista hay pocos espacios situados en Catalunya, aunque si nos ponemos a analizar el cómo se han recuperado algunos a veces también dan ganas de llorar. El monasterio de San Ginés de la Jara sorprende más todavía a causa de su cercanía a poblaciones turísticas, cosa que no sucede con otros espacios olvidados situados en lugares más remotos y poco accesibles. 

En otros tiempos los bancos y cajas empleaban bastantes fondos en actividades culturales y así se recuperaron iglesias, palacetes y otros bienes patrimoniales. Hoy, como se sabe y todo el mundo repite hasta la saciedad, hay crisis, una crisis que sirve para justificarlo y explicarlo todo, la crisis es, como se dice en catalán, haciendo referencia a un personaje de una obra de Pitarra, un aprendiz al cual se le echa la culpa de todas las desgracias, el manxaire. Ahora no hay fondos, pero este monasterio impresionante hace años que se va deteriorando y tal como lo he visto estos días quién sabe cómo acabará.

Los humanos tenemos una gran tendencia a destruir o dejar que se destruyan las cosas. Después, si hace falta, todo se puede reconstruir, recuperar, es una manera como otra de gastar dinero. Por el camino se pierde autenticidad, posibilidades, historia, patrimonio, poesía. Qué mas da. Yo, que había visto la Sagrada Familia barcelonesa casi abandonada y había subido por su escalera de caracol, en mi adolescencia, con una amiga, solas las dos, contemplo con cierta ironía las largas colas de visitantes que han convertido aquel barrio en un espacio temático. Lo mismo me contaba una amiga de mi edad, la tercera, sobre la Alhambra de su niñez, de la cual entraba y salía para jugar, con total libertad y que para visitar, actualmente, requiere reserva previa con gran antelación, cosa que no te salva de la inmersión en la impresionante masa turística que practica eso que se llama consumo cultural. También había visto en estado ruinoso Sant Pere de Roda, hoy es otro centro de atracción turística. Así es el mundo y así somos los humanos, seguidores de modas y tendencias que convierten nuestra herencia en un pesado equipaje del cual parece ser que si queremos conservar y mejorar una parte debemos renunciar al resto.

San Ginés de la Jara es un entrañable santo legendario y local, copatrón de Cartagena, que parece ser que se confunde en la noche de los tiempos con otro Ginés, el arlesiano. Ginés fue un nombre muy popular en otros tiempos, lo mismo que su equivalente catalán, Genís. Los nombres también sufren altos y bajos, como la bolsa. 

Cada año se celebra una popular romería al Monasterio, importante en el pasado y que después se olvidó y ser recuperó. Hay muchas voces murcianas que claman por la restauración seria y profunda del monasterio pero parece que la cosa no prospera. Deberíamos dar a esas voces y a otras muchas de tantos lugares olvidados algo más de fuerza coral pero en estos tiempos tan comunicados somos unos ignorantes cultos y viajamos con más facilidad a Praga que a Albacete. Sabemos menos cosas del barrio de al lado del nuestro que de Nueva York. 

La esperanza fue lo último que quedó en la caja de Pandora y quiero tener esperanza en qué las cosas mejorarán y en qué cuando vuelva a estas tierras, que espero que sea pronto, pueda ir a hacer una visita turística a este lugar, ya recuperado. Incluso aceptaré, conformada, que me castiguen con hologramas y otras vulgaridades turísticas de nuestra época destinadas a atraer, como no, a las audiencias masivas. Quizá para ello tenga que encontrarme al lado de esos viejos muros con un campo de golf y una de esas urbanizaciones de lujo, muchas de las cuales, tal y como van los tiempos, me temo que tendrán una duración mucho menor que las piedras de ese monasterio, empeñadas en sobrevivir a su destino. Todo es historia.
                    

domingo, 15 de enero de 2012

La madre de todas las crisis




En las últimas décadas han proliferado los excesos informativos sobre meteorología. A menudo se insiste de forma contundente en el hecho de que en verano hace mucho calor y en invierno, mucho frío, aunque también se amenaza con los cambios climáticos y se asegura alegremente que a veces hace menos calor o menos frío del que debiera. En muchas ocasiones, en invierno, nos hablan tanto del frío que casi tememos salir a la calle, ya bajamos a ella encogidos y excesivamente abrigados, los excesos de calefacción, lo mismo que esas estúpidas refrigeraciones veraniegas, falsean nuestra percepción y son un peligro para la salud que en algún momento habrá que denunciar y controlar. 

Sin embargo, una vez en la calle, comprobamos que nada es lo que temíamos. Hace frío, pero si nos abrigamos de forma conveniente incluso resulta agradable pasear. Lo mismo en verano, si pasas por lugares sombreados, frescos y te tomas con calma los paseos los temores se manifiestan a menudo exagerados. La percepción de lo que pasa tiene a menudo más relación con lo que nos dicen que con lo que nos ocurre en realidad.

Con el tema de la crisis creo que sucede algo parecido. A todas horas y en todo momento se habla de ello. No negaré sus efectos no deseados: recortes, paro. Sin embargo el paro hispánico lleva años sin resolverse, ayudado por ese trabajo en negro al cual parece que nos hemos adaptado. Hay apocalípticos que aseguran que estamos en la peor época vivida, no sé por quién. Yo recuerdo épocas mucho peores, lejanas y cercanas. También he escuchado premoniciones acerca de posibles conflictos mundiales.  Ya existen muchos conflictos, en el mundo, a los cuales también nos hemos acostumbrado, porque no nos tocan de cerca ni de forma directa. Claro que la vida y la historia son una especie de lotería y nunca se sabe qué te puede ocurrir. Generalmente, si leemos libros serios sobre el pasado, comprobamos como a menudo suele ocurrir lo que no se esperaba, casi siempre por motivos no previstos.

Mi barrio, entre Montjuïc y el Paralelo, ha tenido siempre fama de conflictivo. Hay barrios igualmente o mucho más conflictivos pero cualquier cosa que ocurre en esa pequeña geografía familiar se magnifica mucho más que si ocurre en otros barrios. Sucede un crimen en la parte alta, en Sant Gervasi, en Sarrià, y los vecinos se apresuran en afirmar que es un hecho puntual, que son barrios finos, etcétera. Olot es una hermosa ciudad en la cual, por desgracia, han ocurrido algunos hechos criminales lamentables y mediáticos, el último, los asesinatos de ancianos en una residencia, perpetrados por un señor del país que parecía normalísimo. Sus vecinos también han insistido en qué allí nunca pasan estas cosas y que se trata de hechos aislados que deben olvidarse.

Sin embargo cualquier cosa que sucede en mi barrio encuentra pronto lamentos muy diferentes: el barrio se está degradando, cada día hay más gente de fuera, va a pasar algo gordo... Hace poco en un barrio de la ciudad que muchos bienpensantes pequeño burgueses consideran marginal un gitano conflictivo mató a un emigrante negro, después de una discusión. Las peleas con resultado de muerte se dan de vez en cuando, por desgracia, incluso en el interior de familias aparentemente convencionales. Los medios de comunicación fueron allí en seguida, a sucar-hi pa, insistiendo en temas de racismo, problemas de convivencia y el resto. Incluso salió un compatriota de la víctima insistiendo en qué era un hecho puntual, una desgracia, que no era un enfrentamiento de bandas ni de etnias, pero creo que mucha gente no quiso creerlo. Claro, además, con la crisis, decía una periodista en televisión, la gente está más nerviosa y son más fáciles las peleas...

La percepción de los mismos hechos según dónde suceden o quién los protagoniza, pero sobre todo, según cómo, cuando y cuanto se informa, es muy importante. Hablar tanto de la crisis ha llegado a afirmaciones surrealistas que relacionan con ella cualquier suceso de actualidad. Violencia doméstica: la crisis la ha incrementado. Cines a medio llenar (cuando hace tiempo que la gente va poco al cine): culpa de la crisis. Pocos esquiadores en la montaña, incluso poca nieve en diciembre, (cuando, de hecho, en mis tiempos jóvenes nevaba de forma abundante a partir de enero): culpa de la crisis. Poca natalidad: culpa de la crisis (cuando la natalidad lleva muchos años de capa caída y en épocas difíciles y autárquicas se incrementó muchísimo a pesar de todo). Tenemos tema para rato cuando una gran parte del mundo ya querría llorar con nuestras lágrimas, a menudo de cocodrilo.

Salgo cualquier noche por ahí y me encuentro bares, restaurantes, teatros, a rebosar. Quizá la gente no viaje a Praga o Nueva York, pero sale mucho. Recuerdo que en mi infancia y juventud ir al bar era algo poc aceptado y mal visto por la gente honrada y modesta, como mis padres, lo mismo que ir al restaurante, al cual se iba, y no siempre, sólo con motivo de alguna boda. En Navidad se afirmó que la gente regresaba a la escudella i carn d'olla por culpa de la crisis. Bueno, puede ser que también nos hayamos hartado de langostas a precio de oro, esas que nos comíamos en la época boyante de los ochenta, cuando pasamos de pobres a menos pobres y nos creímos ricos y pagábamos marisco a precio de oro en las fiestas navideñas. Ya se que la gente de los bancos es muy mala y que el capitalismo neoliberal es una amenaza y el resto, pero creo que realmente hemos vivido de forma muy alegre y poco previsora, una gran mayoría de ciudadanos, durante una buena temporada. Podría hacer una larga lista de pequeñas y grandes corruptelas cotidianas aceptadas y fomentadas por mucha gente protestona. Pero los malos siempre son una especie de abstracción lejana contra la cual todavía no veo como se puede luchar de forma pacífica y efectiva, la verdad.

Voy a cursos de dibujo y pintura y una de mis profesoras, una artista excelente, insiste mucho en qué para aprender a dibujar bien hay que intentar reproducir lo que vemos y no lo que pensamos que vemos. Creo que es una fórmula aplicable a muchos aspectos de la vida. Una vez sepamos mirar y dibujar o escribir lo que vemos podemos recrear la realidad, claro, pero desde el conocimiento serio y objetivo. Esa fórmula de decir lo que ven y no lo que creen que ven deberían aplicársela muchos políticos pero también periodistas y tertulianos habituales, tertulianos que quizá podrían dejar sus sillones de debate a gente anónima en paro, ya que muchos de ellos tienen una especie de pluriempleo en radios y televisiones que produce cierta inquietud. Una cosa es que de vez en cuando salga un experto o supuesto experto a aclarar conceptos y la otra esas reuniones desenfadadas llenas de verborrea pedante o simpática, protagonizadas por totólogos, o sea, caballeros y damas que saben de todo y opinan de todo. Y en estos tiempos, como no, de la crisis...

Quizá vale la pena salir a la calle y comprobar que el mundo sigue funcionando, que a pesar de los pesares vivimos en paz, aunque la paz siempre es frágil, y que incluso llevamos en el bolso cuatro o cinco euros para tomar un cafelito.

martes, 3 de enero de 2012

El discreto encanto de las monarquías


Recuerdo que hace mucho años, en un debate cuando estudiaba magisterio, en las clases de política, una dama de la inefable sección femenina, pero inteligente y dialogante a pesar de su filiación, y con motivo de las votaciones del Referéndum de 1966, nos comentó que España seguía siendo, de hecho, una monarquía. Sobre Juan Carlos nos dijo algo que he recordado en más de una ocasión: es una persona mediocre, pero lo sabe, en el sentido que sabría rodearse de personas adecuadas, si hacía al caso.

Ya en los setenta asistí a menudo a Escoles d'Estiu donde se percibía una efervescencia política en alza. Los sesenta no nos trajeron muchas reformas políticas aunque sí un cierto bienestar econòmico, sobre todo en comparación con los años anteriores. También se iniciaba cierta reforma educativa que nunca acabó de terminar ni de realizarse según lo proyectado, como suele pasar con casi todo en nuestro país, nación, estado, o como quiera llamarle cada cual. Cuando las cosas educativas no van bien, en lugar de mejorar lo que hay, se hace una nueva reforma con lo cual se da trabajo a la gente que elabora planes y todo eso.

En aquellos encuentros de estudiantes, maestros y maestras y en otras reuniones diversas  dedicadas a mentalizar a la gente sobre la democracia a punto de conseguir, según parecía gracias a la lucha del pueblo, aunque para ello tuvo que morir aquel señor de muerte natural, era habitual que corriesen pasquines, auques, chistes gráficos y caricaturas que mostraban un príncipe Juan Carlos ridículo, a la sombra del poder franquista. 

Los chistes clandestinos de la época lo presentaban casi como a un deficiente, con mocos en la nariz, muchos de aquellos chistes se reconvirtieron después en los chistes sobre Morán, supongo que la gente de mi edad recordará la colección. Habría que estudiar el motivo por el cual en un momento determinado se genera, por ejemplo, toda una colección de chistes racistas, machistas o sobre alguien en concreto.

Después vino la transición y nunca hubiese imaginado que tanto progre y tanto político de izquierda radical acabase aceptando una monarquía y una transición como aquella. De pronto Juan Carlos, ya que no su padre, heredero legítimo de la corona, era simpático, campechano, agradable y dialogante y su esposa discreta, inteligente y muchas cosas más. La monarquía parecía ser lo posible y como la política es la ciencia, dicen, de lo posible, tuvimos monarquía. Los recalcitrantes comparaban esa hermosa y moderna familia con Carmen Polo y los estirados Villaverde. Todo mejoraba. Incluso cuando llegó al poder Felipe González se comentó que tenía bastante más feeling com el rey que sus antecesores más de derechas.

Se habló más adelante de memoria histórica pero se olvidó de forma intencionada que no volvía la República y que parecía aquel un breve sueño enterrado. Incluso el único partido con nombre republicano, Esquerra republicana, se adaptó al carro convencional. Durante años todo cambió, Juan Carlos vino a Catalunya y dijo cuatro cosas en catalán generando devociones intensas. 

Actualmente han proliferado los novelones televisivos en capítulos sobre aquella época republicana, sobre la guerra civil, así como las novelas y películas supuestamente más serias, a menudo cuentos chinos edulcorados, de buenos y malos, como antes, pero al revés. La realidad es complicada, dura y no gusta a nadie. Alguien dijo que no había una derrota que una página de libro de historia no pudiese arreglar y así se forjan las mitologías heroicas, a base de libros de historia, de novelas, de seriales.

Los programas humorísticos empezaron a meterse con todo excepto con la monarquía. Con el 23f, un tema todavía no aclarado del todo, la monarquía se consolidó. Hoy existen muchas dudas sobre todo aquello y sobre sus protagonistas, tanto reales como laicos. Las princesas crecieron, incluso a una la llamaron la infanta catalana porque se vino a vivir a Barcelona y con su prima asistía a cursos de catalán en la misma institución que organizaba aquellas Escoles d'Estiu en las cuales su padre era escarnecido de forma grosera en pasquines diversos y que ahora presumía de tenerla como alumna. 

Mucha gente presumía de conocerla, de tener noticias sobre sus amores con un guapo deportista. Además, para colmo, se casó en Barcelona, en esa Catedral del Mar literaturizada de forma bestsellera. Los castellers, reinvento exitoso de la tradición, la homenajearon y hoy se meten con ellos por ese motivo y se hacen listas de los que estaban o no estaban allí montando triunfales torres humanas festivas en el acontecimiento. Muchas personas fueron a badar emocionadas y los invitados conformaban un conjunto variopinto de gente importante de ideas diversas. 

Hace algunos años el príncipe Felipe -nombre monárquico por excelencia, además de ser el del príncipe de la Bella Durmiente de Walt Disney- sobre cuya soltería corrían muchos rumores mal intencionados se casó, pero no con una joven ingenua sin experiencia sino con una bella periodista con pasado. Bueno, los noruegos dejaron casar al suyo con una madre soltera de pasado mucho más turbio, el mundo ha cambiado y parece que después de todo el ruido que se montó con Lady Di ya no estamos para conservar la sangre azul tan azul como antes. Hoy las chicas buenas van al cielo pero las malas van a todas partes, según dicen.

La boda del heredero y su elección generó mucho papel couché. La chica pasó de ser una periodista activa a ser una barbie con nariz operada, eso sí, muy elegante y flaca, a la moda de hoy. Personas que conozco y tengo por profundas me comentaban sus atuendos y es que no dejo de sorprenderme del gancho que la frivolidad elegante tiene para todos nosotros. Antes de esa boda hubo rumores sobre los amores extra matrimoniales del monarca, más o menos conocidos pero nunca publicitados, al menos en España, aunque revistas francesas, por ejemplo, daban muchos más datos sobre alguna de esas relaciones. Esas cosas siempre tienen su morbo, además tan pronto sirven para dar color a las figuras públicas como para criticarlas por promiscuas, según cuando, quién y dónde.

De pronto, todo empezó a cambiar. Los reyes volvieron a salir en chistes y programas humorísticos y supongo que se decidió que era mejor aguantar que no fomentar protestas a favor de la libertad de expresión que hiciesen creer que había excepciones y controles excesivos. Para colmo, el marido de la infanta catalana resulta que era sospechoso de corrupción como tanta gente del país, Catalunya incluída. Personalmente siento mucha más inquietud por el caso Millet que por el caso Urdangarín, por proximidad y sentimentalismo. Parece que es un país donde resulta relativamente fácil corromperse y hacer dinero de forma extraña. La gente ya no se acuerda del señor Roldán, del hermano del señor Guerra. En esos temas siempre se es más indulgente con los progres que con los otros.  Llevamos días y días con el tema  de ese yerno con cara de buen chico que salió rana, por cierto ligado a negocios valencianos, mallorquines, dels Països Catalans, vaya. 

Ahora mismo, en otro blog, he podido ver algunos de los sueldazos de los diputados. Hoy se habla constantemente de los gastos monárquicos pero considerándolos en el contexto general tampoco son tan exagerados. Además hay monarquías y presidencias de gobierno mucho más caras, pero el tema siempre vende y escandaliza. ¿Sirve para algo una monarquía, hoy? Parece una cosa anacrónica, cierto, pero ya lo parecía hace años y nadie o casi nadie piaba, antes al contrario. Un yerno de rey corrupto es como un cura pederasta, su pecado escandaliza más por el contexto, por la situación, que por el hecho en sí. Es peor que un crimen, es un error, le dijeron a Napoleón cuando condenó a Enghien. Los errores siempre son peores que los crímenes, por desgracia.

A la corrupción nos hemos acostumbrado pero tendremos que admitir que, por desgracia, funciona a todos los niveles de la sociedad y no son pocos los que piensa que harían lo mismo si pudiesen o que lo hacen a su modesto nivel. Como funciona también, a todos los nieveles, el tema hereditario, el clientelismo, hay muchos buenos trabajos a los cuales sólo acceden los hijos o parientes de los que ya estaban allí y eso lo saben muy bien los jóvenes de hoy en edad laboral y sin padrinos. Pasa una cosa parecida en partidos políticos, en sindicatos. El poder se enquista y se puede heredar.

La monarquía inglesa, de más solera y duración que la nuestra, fue intocable hasta que dejó de serlo. Incluso, cosa rara en aquella lejana Albión, llego a cuestionarse durante aquel año horrible en que les ocurrieron tantas cosas. Sin embargo el caso de Lady Di, su sacralización histérica popular y el hecho de que su hijo, guapo, rubio y simpático, llegue a ser, seguramente, el rey del mañana, pasando por encima de mi contemporáneo, ese Carlos tan criticado, ha conseguido revitalizar la opinión pública a su favor, con boda incluida, claro. 

Los reyes y los príncipes han pasado a ser esos borbones, una dinastía pecadora, y se recuerda más lo malo que lo bueno de la familia, en un puro estilo de revolución francesa mitificada. El mundo no deja de sorprenderme y los cambios de chaqueta y de opinión motivados a menudo por razones variopintas y poco serias, aún más. Vivir para ver, oir y leer. 

En cualquier parte puede pasar cualquier cosa en cualquier momento con una propaganda bien orquestada. Quizá deberíamos preguntarnos por qué eso que llamamos pueblo no quiso de ninguna manera en su época a monarcas más avanzados y modernos como José Bonaparte o Amadeo de Saboya, por qué fracasó la Primer República y en cambio se acabó por traer a Alfonso XII, cosa que si se lee un poco la historia del pasado también sorprende bastante. Un monarca al que su propia madre, Isabel II, por la que siento cierta debilidad porque fue una pobre chica con una educación deficiente, manipulada por todos de forma contundente, decía: recuerda que lo único que tienes de Borbón es mío.

En casa ya me decían, de pequeña, que el mismo pueblo que fue a recibir con palmas a Jesús, en Jerusalén, después iba a ver como le crucificaban y a vociferar por el Calvario.

Conste que no me han invitado nunca a pasear con el Bribón y que soy absolutamente republicana, republicana federalista, pero me asusta bastante ver como las opiniones masivas son tan fáciles de cambiar y reconvertir.