Mostrando entradas con la etiqueta tendencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tendencias. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de julio de 2019

EN VERANO HACE CALOR, A VECES, MUCHO Y, EN ALGUNAS PARTES, MÁS




No seré yo quién ponga en duda todo eso del cambio climático. Sin embargo, lo admito, me preocupa muy poco. Envejecer, aunque la memoria es engañosa, hace que recuerdes calores y fríos, lluvias y períodos de sequía, predicciones apocalípticas y desastres diversos. Lo mismo que en tantas cosas el exceso informativo sobre el tema meteorológico hace que salgas a la calle convencida de qué tendrás frío o calor, según lo que te hayan dicho en la tele o en la radio. Muy a menudo todo son olas, ola de frío, ola de calor...

El tiempo meteorológico parece una enfermedad. La tendencia a tratar a la gente como si fuesen niños cuando, incluso los niños y niñas, son hoy muy espabilados, hace que gente sesuda, expertos en el tema, te repitan aquello de beber agua, pasar por la sombra, no hacer ejercicio bajo el sol y otras vulgaridades. Sin embargo, cosas sencillas, como poner toldos en las playas públicas, gratuitos, brillan por su ausencia. Cuando yo era pequeña muchas playas tenían establecimientos de baños, pagabas algo por acceder allí y tenías diversos servicios, entre los cuales unas zonas de sombra con techo de paja, donde podías instalar la toalla. Hoy tienes que pagar si quieres sombrilla y no la  traes de casa. 

Cuando era  pequeña, en verano, hacíamos muy pocas vacaciones. Íbamos algunos días a algún pueblo con parientes. Recuerdo que me sorprendía escuchar a mis padres o a mis tíos afirmar con contundencia, cada año, que jamás había hecho tantísimo calor como aquel. Las informaciones meteorológicas suelen afirmar que determinada temperatura no se conocía desde hace treinta, cuarenta, veinte años... como si eso fuese toda una eternidad, vaya.  Voy a un pueblo en el cual, en los cincuenta, hubo unas etapas de sequía pertinaz que contribuyeron a la emigración de gran parte de sus habitantes  en edad de  trabajar. 

Hace años, no tantos, tuvimos también sequía en Barcelona y se llegó a extremos ridículos, no se ponía agua en las fuentes públicas, cosas así. Sin embargo, no se racionó, cosa que se temía hiciese perder votos a quienes mandaban, entonces, en el ayuntamiento. Se dijo que aquella sequía duraría años pero no duró tanto. Durante mi adolescencia cayó aquella gran nevada de 1962 y luego hubo inundaciones, se dijo que era algo inexplicable, sin embargo en el último cuarto del siglo XIX había habido una nevada parecida. Nuestra memoria es breve y relativa, como nuestra vida.

La gente sencilla atribuía aquellos hechos a la incipiente y apasionante carrera espacial. Supe más adelante que en un pasado no tan lejano se habían atribuido algunos hechos singulares de este tipo a los gases utilizados en la Primera Guerra Mundial. Hubo, en el siglo XIX, un año sin verano, con erupciones volcánicas, en la época en qué Mary Shelley escribió Drácula. En pasados más remotos la culpa la tenía Dios o los dioses, el único remedio era rezar. Ahora parece que la culpa es nuestra, de los humanos, que hemos crecido de forma exponencial y lo ensuciamos todo de mala manera. Pensar que la culpa es nuestra es, en el fondo, una forma de orgullo, de vanidad. Si la culpa es nuestra nuestra es también la solución. Incluso cuando uno se muere parece que no ha luchado bastante. Es habitual utilizar eso de luchó contra la enfermedad para definir el calvario que supone tener una enfermedad grave que, incluso, a veces, se supera. Pero nada se supera de forma definitiva. El final es la muerte, antes o después, no siempre plácida, ni tranquila, ni rápida, ni digna. El final es la inevitable decadencia de la vejez, si se llega a una edad muy avanzada. 

Para soportar el calor se ha inventado eso de los aires acondicionados, excesivos casi siempre. Cada verano me resfrío gracias a ellos. He de llevarme siempre una chaqueta, para ir al cine, para tomar el autobús. Los edificios modernos han de estar herméticamente cerrados, con esas grandes y absurdas ventanas de cristal, de diseño, para limpiar las cuales hay que contratar equipos de escaladores. Las casas de campo antiguas, las iglesias, eran lugares frescos en verano, sin tanta tontería ni tanto consumo energético. Con el tiempo, yo no lo veré, pero seguramente surgirán secuelas producidas por el consumo de esa refrigeración de la cual no te puedes escapar si trabajas en un edificio moderno. También en invierno se suele abusar de las calefacciones pero a mi me afecta mucho más eso de la refrigeración y, además, estar en lugares donde no se pueden abrir las ventanas me produce mal rollo, angustia existencial.

Quejarse del tiempo es habitual, con los años nos volvemos más quejicas, además. El verano es bueno para veranear, aunque eso de veranear es una tendencia moderna. Veranear y viajar. Hoy, si no viajas, pareces una ignorante. La gente presume de sus viajes, cada vez más lejos. La gente mayor, sobre todo. La gente joven viaja de otro modo, muchas veces por estudios, por trabajo, por curiosidad juvenil. La juventud es  espléndida pero breve, como todo. 

El viaje más interesante es la vida misma, ese viaje en el tiempo que va de la infancia a la vejez, si tienes suerte y no mueres antes de llegar a ella. Lástima que el final de ese viaje no cuente con la posibilidad de contarlo a los que acaban de empezarlo, a los que lo iniciarán en otras décadas, en otros siglos. Más allá del calor, por desgracia, siempre hay guerras y crueldades. Injusticias aquí y allá. Puede que tengamos suerte y nuestro viaje por la vida sea, relativamente, interesante y feliz. También cuentan los compañeros del mismo, padres, parejas, amigos... El azar, en definitiva. Quejarnos del calor o del  frío, en el mundo civilizado y, de momento, en paz, debería parecernos de mal gusto, una frivolidad, vaya.




martes, 4 de julio de 2017

PERDER EL TIEMPO PARA RECOBRARLO

Resultat d'imatges de libreria
Librería El Virrey, Lima

Ayer miraba uno de esos canales modestos en los cuales todavía hay programas sobre libros en horario asequible. Un periodista cultural de mediana edad y un librero más joven fueron preguntados por el también joven director del programa sobre si releían. Uf, contestó el joven librero, que va, no hay tiempo, debo saber qué se publica para poder recomendar libros y salen tantas cosas cada día... El periodista dijo que poco, de vez en cuando, pero que también se veía obligado a leer novedades, por motivos profesionales.

Uno y otro usaron, en referencia a la relectura, la frase perder el tiempo. Por suerte ya no es tan frecuente una frase antigua, aquella de matar el tiempo, tan horrible. Me imagino la carga que debe representar tener una profesión que obliga a leer de forma rápida, compulsiva, poco meditada y sin posibilidad de relectura. Aplicado a una cosa como la lectura, tan excesivamente valorada, tan mitificada de forma absurda, suena mal, pero ese consumo compulsivo de lo que sea es muy de nuestro tiempo y cuando hablo de nuestro tiempo incluyo el presente pero también el pasado reciente.

Una amiga mayor que yo, que, con su marido, había sido muy viajera y que hoy, por razones de edad, no viaja tanto, me dijo un día que nunca les había gustado repetir, ya que había tantas cosas para ver. No viajaban por obligación profesional, como el librero y el periodista, pero sí por una especie de obligación cultural ya que el viaje también se ha mitificado. Lo que se mitifica, si es asequible, se masifica y se frivoliza, quizás no puede ser de otro modo. Hay gente que cree que un viaje a un lugar lejano exige que veas todo lo que puedas para aprovechar el dinero y el desplazamiento pero,  en cambio, desconoce su ciudad, su barrio, su calle.

Leer o viajar por placer, por verdadero placer, creo que comporta repetir, que exige una cierta lentitud, no ambicionar llegar a todo, cosa imposible, pero sí saborear aquello que nos resulta agradable. Un libro releído, una película que se vuelve a contemplar, un lugar al cual volvemos, es siempre nuevo, diferente. También nos puede decepcionar, claro, el recuerdo es engañoso y las cosas cambian, no siempre a mejor.

En el otro extremo de esas inquietudes por la pérdida de tiempo están las personas que sólo releen clásicos, por ejemplo, o aquellos que ya no van al cine porque las películas de hoy no les gustan. Siempre se habla por experiencia propia y nuestra experiencia suele ir cargada de prejuicios y tópicos. Hoy todo es cuantitativo, se sube a las montañas corriendo y las cajitas de lápices de colores justo se estrenan. 

Hace años envidiaba a los profesionales de eso impreciso que llaman cultura, actores, periodistas, críticos teatrales, profesores de universidad. Pero todo acaba por ser repetitivo, nos guste o no y en el fondo la realidad es que una profesión o un lugar de trabajo se valora por sus rendimientos econòmicos. Ese sentimiento de rutina lo expresó muy bien aquel conocido poema de León Felipe sobre ser en la vida romero e intentar que las cosas no nos hagan perder el respeto por la realidad. Sin embargo, nunca puede ser todo nuevo y excitante y también tiene un valor poético la monotonía, la repetición, el reencuentro.

La lentitud tiene un valor y, cuando envejeces, resulta inevitable, obligatoria. Pero la publicidad, la medicina, intentan que ni tan sólo en esa etapa final seas lento. No se puede ser viejo, esa palabra, hoy, parece un insulto. Me dieron cierta pena ese librero, ese periodista, obligados a leer de todo para tener opinión y poder expresarla. Necesitamos de esos lectores compulsivos dedicados a esos trabajos porque tampoco tenemos tiempo para repasar los miles y miles de libros amontonados en las grandes librerías y escoger, así que nos dejamos influenciar por las recomendaciones de unos expertos esclavizados por su trabajo que quizás creen importante, imprescindible.

Es imposible leerlo todo, verlo todo, mirarlo todo. Esos intentos acaban por conformar un mundo algo histérico, las posibilidades de acceder a tantas cosas han perjudicado la calidad, pero es la tendencia actual, también el trabajo industrial acabó, más o menos, con el trabajo artesanal, más bien hecho pero accesible a minorías, en general. Hace años leí en un Correo de la Unesco, una revista que en mi juventud se leía bastante y hoy no sé ni si existe ya, que la educación del futuro posibilitaría los viajes de grandes masas de personas, para conocer el mundo y la gente en su salsa. 

Explicado allí y entonces parecía muy poético, casi imposible. Hoy esas masas ya existen, transitan de forma rápida por nuestras ciudades, por nuestro cielo o por nuestros mares, parecen más bien extraños rebaños humanos que ven mucho y miran poco. Sin embargo, mi opinión, me temo, tiene poca validez. Es la de una abuelita y ya se sabe que el paso del tiempo deforma las evocaciones y nos muestra el pasado bañado en esa poesía que el presente no tiene ni tendrá. Sobretodo, cuando ya no eres joven y parafraseando los manidos versos de Gil de Biedma, ves que la vida va en serio y que envejecer y morir es el destino inevitable de los que leen mucho y de los que leen poco.

miércoles, 3 de agosto de 2016

ALGUNOS APUNTES SOBRE MEMORIA SENTIMENTAL Y CANCIÓN POPULAR





Hoy nuestro mundo ha cambiado mucho, uno de los aspectos más evidentes, en el mundo occidental, es el cambio de rol y de situación social de las mujeres. Hoy, además, un misterio presente a lo largo de los embarazos, el del sexo del bebé, se desvela pronto gracias a tanto adelanto tecnológico. Los discos solicitados de mi infancia incidían en la vida cotidiana, y es que es habitual identificarnos con situaciones que refleja la música popular. 

Hace poco supe que un temazo que gustaba a mucha gente, Es mi niña bonita, cantado en diferentes estilos y por diferentes intérpretes, no pertenecía a una copla andaluza, como yo creía, sinó que era obra de un peruano, Lucho Barrios. Mi padre se identificaba con su contenido pués parece que quería un niño cuando nací yo, pero le pasó como al de la canción y cuando nació mi hermano ya le daba igual que fuese otra chica.  En las fotos de mi bautizo se puede percibir su decepción pero se enfadaba si se lo hacía notar, aunque fuese de forma irónica.


Yo creo que a todos los hombres 
les debe pasar lo mismo 
que cuando van a ser padres 
quisieran tener un niño 
luego les nace una niña 
sufren una decepción 
y después la quieres tanto 
que hasta cambias de opinión. 

Hay una música popular que bebe de cerca en los sentimientos cotidianos. Los Ecos del Rocío son un grupo que toca en sus letras un montón de temas cercanos, desde el amor a una abuela al lesbianismo de vecindad. Hay canciones que no habría escuchado nunca en mi tierra si no sintonizase de vez en cuando Radiolé, por ejemplo, o Radio Tele Taxi. Hay muchas Catalunyes, parecen ignorarse entre sí, pero todo es apariencia y eso es lo que parece que no acaban de ver los políticos, en general, que pasean poco por el país, sus barrios y sus fiestas populares o lo hacen rumbeando una peligrosa miopía. Mis padres eran catalanes de generaciones pero les gustaba la copla andaluza y en ocasiones iban a ver a gente como Manolo Escobar, a los teatros del Paralelo o Paral·lel, como escribimos ahora. 

Manolo Escobar tiene una canción excelente sobre un abuelo triste porque ha quedado viudo, su nieto se pregunta el porqué de su tristeza, no sé si la letra es del cantante, pero me encanta, no puedo escucharla sin que no me den ganas de llorar:

Madre, quiero que me digas
por qué está triste el abuelo. 
Que ya no juega conmigo
ni me lleva de paseo. 

En catalán no se ha explotado demasiado durante las últimas décadas esa referencia a la vida cotidiana sencilla, aunque existen ejemplos. Uno de paradigmático es La mare, un tema que creo que es de antes de la guerra civil, recuperado con gran éxito por Dyango. És habitual atribuir la autoría de las canciones a los cantantes que las han popularizado con éxito y no resulta fàcil encontrar el nombre de los compositores original o de los autores de las letras. 

La mare narra la historia de un hijo descarriado al cual su madre avisa de que va por mal camino hasta que cae en desgracia y ella lo acoge. Una persona de la familia tuvo problemas con un hijo suyo, ya adulto, y recuerdo que le comentaba a mi madre llorando como se había emocionado al volver a escuchar esa canción. 

Durante la adolescencia y la primera juventud nos gustan las historias sobre amores primerizos, un clásico, amores que a menudo acaban con olvidos y traiciones. Te haces mayor y ya te gusta que canten al amor a las abuelas, como es lógico. Un tema moderno era el que entonaba María Carrasco, una muy buena cantante jovencísima que empezó siendo una niña, sobre eso de las noches de juerga modernas nocturnas, que tanto hacen sufrir a los progenitores, sobre todo a las mamás insomnes. Carrasco tiene también un tema muy famoso dedicado a un abuelo.

No tiene novio ni na
No tiene novio ni na
Esta niña viene tarde
No tiene novio ni na
¿Por qué saldran los chavales
Rompiendo la madrugá?
Madre tienes que acostarte
yo quizás llegue tarde
no me esperes levantá,
dile bajito a mi pare
que ya soy mayor de edad.

Con lo bonito que era
salir con la luz del día
y recogerse temprano
vuelves a la amanecía
y sin novio de la mano (...)


Cada uno de nosotros, en general, va forjando su memoria sentimental con poemas y canciones, hay una para cada momento vital, en más de una ocasión me vienen a la memoria palabras de los viejos tangos que cantaban en casa, sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando... Con el tiempo me he dado cuenta de qué muchos refranes y frases hechas que escuchaba a menudo cuando era pequeña procedían de zarzuelas o de obritas de teatro popular. Parecen los de Calatorao, por ejemplo.  O aquello de qué las ciencias adelantan que es una barbaridad.

Como las costumbres cambian y en gran parte, para mejorar, hoy nos suenan horribles ciertas letras machistas que justificaban y mitificaban la violencia de género, incluso Joan Baez cantaba aquello del preso número nueve que muere sin arrepentimiento y asegura que si los encuentra en el otro mundo los vuelve a matar.  Los viejos dramas sobre niños huérfanos nos parecen hoy, afortunadamente, folletinescos. Antes también había muchos poemas y canciones dedicados a viejecitos abandonados, es un tema el cual, convenientemente modernizado, daría para mucho.

Las canciones dramáticas nos hacen llorar si sufrimos y nos hacen reir si somos felices, en cuyo caso tenemos tendencia a parodiarlas, los humanos presumimos de empatía, en general, pero no es esa una virtud generalizada, una amiga me recitaba a menudo aquella coplilla: nunca le cuentes a nadie/ el secreto de tus penas/ que el que está alegre se ríe/ y el que está triste, se alegra. 

domingo, 27 de marzo de 2016

ELEGIR NO ES OBLIGATORIO


El último suplemento cultural de La Vanguardia incluye diferentes artículos sobre la pintura realista moderna, con motivo de una exposición del Museo Thyssen. Isabel Quintanilla, entre otras interesantes reflexiones, recuerda en uno de los artículos como los pintores realistas, siempre valorados aunque fuese de puertas para adentro y de España para fuera, tuvieron que escuchar y leer que eran franquistas. Cuando la realidad es que la culturilla franquista presumió cuando le convino de vanguardismo de puertas para afuera. O que el comunismo estatalizado era bastante figurativista a lo grande.

En el mismo periódico encuentro un artículo de Quim Monzó en el cual ironiza sobre una reciente declaración del ayuntamiento barcelonés a favor de veganismo y vegetarianismo. El invento responde a una propuesta d'ERC que ya no sabe cómo llamar la atención pero todos lo han apoyado, con la excepción de PP y Ciutadans que se han mostrado algo reticentes. Es lo que tiene la disciplina de partido, aunque un cupaire de pro disfrute con las morcillas asadas un día sí y otro también o un ciudadano de derechas odie el jamón, toca hacer el paperot.

Resulta bastante inquietante comprobar como cosas que hacen referencia a la libertad individual, que cada día valoro más, se etiquetan como de derechas o de izquierdas y etiquetan también a quiénes toman de forma abierta una opción determinada. Fumar fue de izquierdas en otros tiempos y decir que te molestaba el humo en reuniones de los sesenta, incluso en reuniones escolares de padres y madres, hacía que te mirasen de forma condenatoria. Determinadas drogas peligrosas fueron mitificadas como izquierdosas. Hoy es al revés, el ecologismo y ese culto absurdo y pesadito a la Diosa Salud han contribuido a hacer girar la tortilla.

Hay gente con una gran capacidad escurridiza y hábiles para cualquier cambio de chaqueta. Lo peor es que los conversos son los más peligrosos. A menudo lo comprobé en el mundo personal pero, sobre todo, en el laboral ya que en el campo educativo converge una fauna que se cree progre y izquierdosa. Había quién en privado me aseguraba una cosa determinada sobre cualquier tema pero en los claustros de profesores votaba la contraria, sin vergüenza y para quedar bien. Por no hablar de las manipulaciones asamblearias.

Una moda de nuestro tiempo ha hecho proliferar las visitas escolares, incluso de parvulitos, a sitios como la Fundación Miró dónde creo que se adoctrina estéticamente sin ningún tipo de límite a sus visitantes inmaduros, a los cuales no se les lleva alternativamente, por ejemplo, a contemplar exposiciones de dibujos de Juan  Ferrándiz, para que elijan. Claro que lo que te predican en la infancia tiene un valor relativo e incluso contraproducente y puede que con tanta abstracción nos salgan muchos futuros artistas clasicones que quizás tengan que ir al salón de los rechazados, quién sabe.

He tenido siempre cierta afición a la pintura y el dibujo y cuando me jubilé asistí a algunos cursos de l'Escola de la Dona, un lugar entrañable siempre en peligro de extinción. Una profesora, buena pintora además, relativamente joven y que tiene un estilo realista sin que se note mucho me comentaba como en sus tiempos de estudiante en las facultades de Bellas Artes se aprendía a dibujar y pintar de forma tradicional también pero que durante un tiempo, hoy puede que ya se vaya rectificando, salían los licenciados artísticos sin saber copiar una bicicleta del natural si no era que tenían el don de origen.

Quintanilla insiste en un aspecto actual, el exceso de contar con las fotografías como recurso y la necesidad de captar la realidad de forma directa. Sin embargo los artistas siempre buscaron ayuda técnica y me temo que no hay vuelta atrás, en general, aunque existen individualidades geniales capaces de todo. Hace años la Rambla barcelonesa solía estar llena de pintores con su caballete, la gente se detenía a su lado y a veces hacía comentarios inoportunos. Hoy ves muy pocos pero lo que sí que veo con más frecuencia son grupos de gente, estudiantes pero también adultos con pinta de jubilados de cursillo, dibujando del natural en la ciudad, en el entorno urbano, en los parques.

No hay un manual para comprobar si alguien es de derechas o de izquierdas, sobre todo porque la mayoría de gente no es de nada de forma monolítica. En mi época profesional te etiquetaban además según el periódico que comprabas, el más progre era El País y el AVUI se consideraba algo facho-convergente aunque podías justificarte con eso de qué era el único en catalán y de qué en él escribía Pedrolo, entonces uno de la media docena de independentistas intelectuales conocidos y confesos. La Vanguardia era pecado. Hace años según por dónde te movías te clasificaban como sociata o pujolista, de eso ya hace mucho.

Lo  mismo pasó con las revistas de la época. Hoy ya casi ni se venden periódicos de papel ni hay revistas como las de entonces, publicaciones como Triunfo me habían parecido excelentes pero hoy las hojeo y compruebo que eran bastante doctrinarias, alabando sin matices a Castro o al régimen comunista de Albania,  incluso a Pol-Pot. Hoy muchos amigos y amigas son devotos del diari ARA que me parece flojito aunque tiene algún colaborador de prestigio reconocido y agrupa a muchos de los que hoy remenen les cireres culturales e incluso políticas. Sin embargo no sabría decir si es exactamente de izquierda o de centro-izquierda, la verdad. Y es que en Catalunya el tema de la identidad complica todavía más las clasificaciones, cosa que incluso puede ser positiva, por los muchos matices posibles a tener en cuenta.

Cuesta defenderse del gregarismo de cualquier signo, sobre todo porque la vida social es interesante, imprescindible, y a veces has de disimular un poco para que no te miren de reojo, por ejemplo cuando no tienes ningún interés en participar en manifestaciones viscerales diversas y multitudinarias. El factor humano, afortunadamente, hace que aprecies de verdad personas que piensan de forma muy diferente de la tuya. 

Pero parece que si no eres de unos has de ser de los otros y tu filiación se ha de demostrar con signos externos que puedan ser interpretados de forma supuestamente objetiva, como antiguamente se intentó con las características de las brujas o de los herejes. Respecto al país, entiendo que exista el català emprenyat pero me cuesta comprender a gente con reacciones a la contra absurda como la de Félix de Azúa, de larga tradición, por desgracia. En el mismo periódico que menciono Joan de Sagarra le dedica uno de sus impagables escritos, irónico y ponderado pero contundente. El peligro de ir de un extremo al otro nos acecha siempre. 

Monzó asegura que le gusta la verdura pero que no quiere que le priven de una buena pierna de cabrito. A mi me gusta algo, poco, del arte pictórico llamado vanguardista y que ahora ya es del año de la pera, pero prefiero la cosa figurativa aunque no dejo de reconocer que también en ese campo hay de todo, aunque cuesta menos distinguir el grano de la paja mientras que en esas abstracciones veneradas parece que todo o casi todo vale. En esos cursos que comento hice algo de arte abstracto, me lo pasé muy bien y tengo producciones propias que me gustan bastante, aunque siempre lo consideré una especie de juego divertido. Lástima que no haya quién me las compre a buen precio.

Leo La Vanguardia cuando me apetece porque tiene buenos articulistas, aunque reconozco sus sombras y su servitud ancestral a los poderes vigentes, ya mi abuelo decía que era un periódico de los que mandaban. Me gustaría no tener que elegir nunca entre nada, ni entre derecha e izquierda, ni entre coles y morcillas, ni entre independentistas y unionistas, ni entre el ARA i El Periódico. En tiempos de paz las elecciones son casi folclóricas pero cuando las cosas van mal, y a veces parece que hay un interés extraño en qué vayan mal, los dilemas entre opciones enfrentadas pueden ser dramáticos y peligrosos y por ello hay que practicar eso de nadar y guardar la ropa, si puede ser sin perder algo de dignidad, que todo tiene un límite.

lunes, 28 de diciembre de 2015

LA LECTURA Y OTRAS TONTERÍAS

Foto: aquí
El otro día volví a tener una charla amiga con alguien que me aseguraba que le gustaba más el cine que el teatro. Estas absurdas afirmaciones se hacen extensivas al tema de la lectura. Decir que te gusta leer es como decir que te gusta comer, se pueden leer muchas tonterías y comer basura. Estos días las propagandas que fomentan nuestro consumo navideño insisten en qué regales cultura, aunque nadie sabe exactamente qué es la cultura. 

La cultura, se supone, son cosas como cine, viajes, entradas a museos, libros, música, itinerarios históricos, cosas así. El libro se tiene por un valor indiscutible pero se pueden leer un montón de tonterías, historias ocasionales, oportunistas, mal escritas, infumables. Lo mismo se puede aplicar al cine, al teatro. Ayer escuchaba por la tele opiniones de actores y actrices sobre eso de qué el teatro es cultura. Bueno, depende del teatro, de la obra, de la puesta en escena. En el fondo, cuando se habla de defender la cultura se habla de defender determinado gremio profesional, aunque estoy de acuerdo en qué eso del IVA es un abuso.

No me gusta el cine, ni el teatro, ni leer lo que sea, aunque leo bastante y voy mucho al cine y a menudo al teatro. Me gustan algunos libros, algunas películas, algunas obras de teatro, algunas óperas, algunos conciertos, lo mismo que me gusta comer determinados alimentos, siempre que estén bien cocinados y bien presentados. Parece que eso de que te guste leer, libros sobretodo, es una virtud y hay quien lo afirma a menudo aunque también hay quién se lamenta de qué no tiene tiempo para leer todo lo que desearía cuando la realidad es que para aquello que nos gusta encontramos siempre tiempo. 

Lo mismo para eso de viajar, se viaja mucho de forma consumista y no sé que aporta a nuestra cultura personal tanto movimiento masificado. El otro día, esperando entrar en el cine, asistí a una charla sobre Dubai por parte de una dama que contaba a las amigas su viajecito, con la ayuda de fotos y creo que las amigas estaban bastante aburridas ya de la narración. Muchas cosas parece que se hagan para poderlas contar o enseñar las fotos, la verdad.

A mi, en general, no me gusta el deporte, y a menudo caigo en lo mismo que critico, asegurando que no me gusta el deporte en general. Pero eso no es cierto del todo, me gusta caminar con moderación, nadar un poquito, bailar sin cansarme, digo eso como reacción a tanto deportista competitivo como corre hoy -literalmente hablando- en todos esos certámenes atléticos que se organizan aquí y allá y que cada vez cuentan con una participación más masiva.

Estamos en una época en qué parece que todo el mundo tenga que hacerlo todo y un poco de tranquilidad no viene mal, la verdad. Cuando me jubilé un amigo me aconsejo que no me quedase en casa, delante de la tele y me explicó como tiene montado su tiempo jubilatorio, todo un puzle horario que muestra un gran horror vacui a la pérdida de tiempo. Pues, la verdad, a veces apetece mirar la tele, incluso mirar tonterías, aunque queda guay decir que no miras la tele y que todo lo que dan es malo o mediocre. A veces hay que sentarse en el sofá y dejar pasar el tiempo sin prisa, divagando. 

En el fondo tanta actividad, ya lo dijo Tolstoy, es para intentar olvidar que la vida pasa, cada vez más deprisa, leamos o no, hagamos deporte o no lo hagamos.  La necesidad de rellenar el tiempo con eso que llamamos cultura es una cosa de ricos, de nuevos ricos, todo eso del ocio aprovechado, de los cursillos sobre arte, de los paseos urbanos con contenido educativo. Leer está bien pero según qué y a menudo pocos de los libros de moda, novedades diversas de autores bien promocionados valen la pena aunque todo es relativo y  me parece bien que alguien lea tonterías, novela rosa o romántica, de crímenes diversos o lo que sea, siempre que no haga de sus gustos dogma, claro. 

domingo, 9 de agosto de 2015

MITOLOGÍA DEL VIAJE POPULAR



He leído estos días algunos artículos demoledores, sarcásticos e incluso indignados, sobre el turismo de masas. Es fácil ironizar sobre esos rebaños humanos con una persona que los guía al frente, la cual blande en alto una banderita, un paraguas o algún objeto visible que contribuye a evitar que alguien se pierda. Vivir en una ciudad turística, y Barcelona ha pasado a serlo a ritmo exponencial desde el tiempo de las Olimpiadas, nos proporciona una visión distante del tema, la del residente, la misma que ese protagonista de las novelas de Donna León nos ofrece sobre la Venecia típica.

Para las generaciones de mayores el viaje es todavía algo un poco mítico. En los sesenta la mayoría viajaba poco y cerca. Para colmo, nosotros no teníamos esos abuelos de pueblo que solucionaban los veranos. Un día, en la escuela, en los años setenta, un alumno de unos diez años en Sant Feliu de Llobregat me preguntó de dónde era yo y le dije que de Barcelona. ¿Y tú marido?, insistió. Le dije que de Molins de Rei. Se quedó algo pasmado y me comentó, preocupado, ¿pués, a dónde vas en vacaciones? Tener pueblo y familia acogedora en un pueblo era algo que siempre envidié a esos niños y niñas que en verano se iban a Andalucía, a Galicia, a Extremadura, a dónde fuese. Hoy algunos se van a Marruecos, a la China, a Bolívia, si pueden. Sigue habiendo, en parte y para un sector de la población, ese peregrinaje al pueblo a ver a la familia aunque a veces no es posible viajar cada año al lugar de origen.

El bienestar económico ofreció nuevas posibilidades a las familias. Empezamos a viajar más allá del pueblo familiar. La primera vez que cogí un avión fue en una lejana Semana Santa del sesenta y ocho, para ir a Menorca con unas amigas. En una oficina dónde trabajé durante ocho años se organizaba en invierno, cada año, una excursión a Andorra, país que entonces estaba muy lejos. Tenías que hacerte el pasaporte, pedir aquello del certificado de penales, pasar una frontera dónde amenazadores guardias civiles con tricornio controlaban lo que habías comprado en el extranjero. En Andorra se vendían productos franceses y podías ver algunos rótulos en catalán en determinadas tiendas. Del mismo modo se fue durante un tiempo a sitios como Perpinyà para ver cine verde, político o strip-tease. Se empezó a hacer turismo erótico-cultural-comprometido.

La gente más mayor que yo comenzó a moverse. Los que podían se compraban un cochecito para ir al pueblo pero con el cual también se podía ir más allá. Una compañera de colegio cuyo padre tenía un gogomóbil presumía de sus viajes a Castellón, a la Francia cercana, a Zaragoza. La gente con coche iba a la playa o a ver mundo y a veces invitaba a conocidos, amiguitos de los hijos, vecinos no motorizados. Gracias a esas invitaciones fui en varias ocasiones a la playa en un coche lleno de gente, llevándonos, eso sí, la comida y la bebida de casa. Lo mismo pasaba con las primeras teles, los vecinos afortunados presumían y generosamente te invitaban a pasar la tarde de domingo viendo El Virginiano o las marionetas de Herta Frankel.

Para la gente no motorizada empezó a surgir la posibilidad de ir a viajes organizados en autocar, aquellos viajes que inspiraron un título cinematográfico encantador y descriptivo: Si hoy es martes, esto es Bélgica. Mis padres no tuvieron nunca coche y recuerdo la ilusión con la cual iban a apuntarse a algún viaje a Murcia, a Sevilla, incluso a Italia. Llegaban al punto de encuentro, en la calle Vergara, con mucha antelación y normalmente habían sacado los billetes con tiempo para poder tener los asientos de delante de todo del vehículo. A veces los acompañábamos y los despedíamos hasta que el autocar se alejaba hacia lo desconocido.

De aquellos años heroicos en los cuales el viaje de consumo a precio sostenible empezó a estar al alcance de todos los españoles se pasó a viajar con ese espíritu de nuevo rico que tanto mal nos ha hecho. Durante unos años, cuando regresaba a mi trabajo en la escuela, en septiembre, el reencuentro con los compañeros parecía un concurso sobre quién había ido más lejos, de viaje. Las fotografías y las diapositivas que te mostraban con orgullo llegaron a ser un calvario para conocidos y parientes. 

Creo que las ansias de ir al mundo lejano han contribuido en parte al desencuentro actual entre catalanes y el resto de hispánicos, en aquel remoto entonces de los primeros seiscientos se consideraba que primero debía conocerse Catalunya, luego España y, más tarde, el extranjero, empezando por Francia o Portugal. Ahora todo es un lío, puedes haber ido a Praga y no haber visto el acueducto de Segovia.

No quiero generalizar pero creo que se viajó bastante de forma coleccionista. Ya hemos hecho Italia, te decían, cuando lo que habían hecho era un circuito de quince días contemplando los espacios turísticos recurrentes. El mundo es tan grande que no nos gusta repetir, me dijo una vez una dama viajera. En un artículo que leí hace años se comparaba ese coleccionismo viajero con el coleccionismo amoroso, ese que hace que determinados caballeros enamoradizos, como un escritor del cual leí una entrevista hace poco, manifiesten que hicieron el amor con cientos, con miles de mujeres. Hay tantas que... no hace falta repetir. Aquel artículo comparativo entre turismo de consumo y amor rápido recuerdo que levantó las iras de una conocida de entonces, de mi edad, viajera estival insistente.

Se supone que viajar, como leer, es un valor absoluto. Viajar es muy bonito, se aprende mucho, me decía hace poco una amiga. Pero así como de libros hay de malísimos e infumables en los viajes también existe una gran diversidad. La juventud del presente ya vive el viaje de una forma muy distinta porque el mundo se ha empequeñecido y existe la posibilidad de ir incluso a estudiar al extranjero, pasando en algún lugar un tiempo dilatado, conociendo a la gente, haciendo amigos. Tenemos personas de todo el mundo alrededor trabajando, sus países han perdido exotismo cuando nos hemos tropezado con sus habitantes en la vecindad. ¿Qué China nos interesa más, la del circuito turístico convencional o aquella dónde habitan los abuelos del compañero de escuela de nuestro nieto o los padres de la dependienta del Bazar del barrio?

La masificación abusiva del viaje ha coincidido con la facilidad para fotografiarlo todo, sobre todo para fotografiarse uno mismo con un paisaje detrás que certifique nuestro paso por algún lugar. Barcelona fue durante años una ciudad vacía en verano, a los turistas de sol y playa se les daba un garbeo por Montserrat, por la Rambla, poca cosa. No sé cómo pero se consiguió de forma bastante rápida ese éxito actual que ha contribuido a la destrucción de tantos espacios para reconvertirlo todo en un parque temático como pasa en un montón de ciudades y pueblos en los cuales una cosa es la vida cotidiana y la otra ese disfraz cotidiano para turistas, parecido a una feria de esas medievales o modernistas o romanas que también han proliferado en los últimos años.

El espectáculo de los turistas es para mi más excitante que la visión de la ciudad que ellos puedan tener. Me gusta, incluso, con alguna reserva, ese movimiento de grupos de estudiantes, de jubilados, de gente de tantas generaciones arriba y abajo, haciendo largas colas para subirse a los autobuses en los cuales se les cuentan cosas diversas y pintorescas. A nivel local también se han montado muchos itinerarios y rutas para ver de todo y para escuchar historias más o menos verdaderas, sobre curiosidades urbanas, hechos históricos, personajes famosos que pasaron un día por ahí, como en el caso de Chopin en Valldemosa, un clásico, o de Picasso en Horta de Sant Joan. Tragedias horribles como la Batalla del Ebro han despertado la curiosidad turística algo morbosa y han generado turismo y fomentado la gastronomía rural y el vino comarcal. Lo que no es cierto se inventa, como en el caso de la mal llamada Vampira del Raval. A veces, en alguna visita, te sale gente disfrazada, lo llaman teatralizaciones y la actividad da trabajo a actores en paro.

Los museos, esos zoológicos de lo que llamamos arte se llenan cada día más y, como en la tele, las audiencias son lo importante. Antes ibas al museo a ver cuadros que conocías a través de malas reproducciones en aquellas enciclopedias escolares en blanco y negro, hoy muchas de esas cosas se pueden contemplar bien en diferido, a través de internet, pero no es lo mismo o parece que no es lo mismo. Quién puede ya no viaja en la temporada alta, aunque con tanto jubilado y estudiante viajero todas las temporadas parecen ya bastante altas. Lo peor es que alguien va quince días a los Estados Unidos y vuelve siendo un experto en americanismo y en cómo es la gente de por allí. Hay personas que quieren ver lo que ve todo el mundo y gente que quiere ver cosas poco vistas. Los viajes, en general, hay que contarlos, como los ligues, porque en el fondo todos tenemos cierto grado de exhibicionismo. 

Un personaje de Ana de las tejas verdes, una profesora solterona que al final se vuelve amable e incluso consigue un pretendiente, le dice a la protagonista, mostrándole un álbum con láminas, ya sé que eso existe pero quiero verlo. Al final parece que no lo verá pero que encontrará esa felicidad amable y cotidiana accesible a las almas tranquilas y en paz. De todos los viajes posibles los viajes interiores son los más recomendables. La crisis económica ha reducido las aspiraciones viajeras de una parte de la población, cosa que hay quién vive con cierta amargura. Incluso los viajes escolares parecen imprescindibles y también se ha pasado en estos casos de ir a Mallorca a trasladarse, si se puede, a Londres, a París. 

Cada cual tiene sus gustos y se gasta el dinero en lo que quiere y puede, claro. Yo, ahora, me he vuelto poco viajera pero, quién sabe. Conozco gente mayor que yo que viaja de forma algo compulsiva, con el temor de qué ese viaje sea el último, en un sentido turístico, claro, y no machadiano. El último viaje siempre llega, metafóricamente hablando. A menudo somos como unas monas de un cuento de Rodari que creen que han viajado mucho y lo que han hecho es ir dando vueltas en un tiovivo. Al fin y al cabo nuestro planeta es un gran tiovivo, incluso puede que todo el universo no sea más que unos inmensos caballitos de feria.

miércoles, 11 de marzo de 2015

ACTORES, PELÍCULAS, ZOOLOGÍA Y VALORES MUTABLES



Los veinte años de la muerte del actor y cantante Ovidi Montllor han propiciado diversos homenajes que me han hecho meditar en eso que quiso Jardiel Poncela que escribiesen en su tumba, que si quieres alabanzas te tienes que morir. 
Ovidi Montllor fue un artista inclasificable, en la canción pareció durante años un secundario de lujo hasta que adquirió vida propia. Cuando la mediocridad cultural oficial dejó de lado la Nova Cançó también eso que llamamos pueblo prefirió cantar habaneras y bailar la conga en la fiesta mayor antes que escuchar cantantes comprometidos no mayoritarios. 

Ovidi Montllor, que era un gran actor, encontró entonces algunas oportunidades en el cine español. Se dio a conocer sobretodo con esa terrible historia que es Furtivos, con la cual también y ya era hora se reconoció el valor de la gran Lola Gaos. 

Por desgracia la película ha sufrido condenas diversas derivadas del hecho de incluir la muerte de un perro que representa un lobo. Nuestra relación con los animales se encuentra hoy en un momento polémico y raro. Nos los comemos, en general, y los asesinamos en masa en los mataderos, pero el espectáculo relacionado con animales, aunque no comporte muerte ni maltrato directo, como ha sido el caso de los circos o incluso de los zoológicos, está muy mal considerado. Estos problemas no sólo afectaron a Furtivos sino a espectáculos teatrales como algunos del grupo Tavora. Admito que nuestra sensibilidad va cambiando, a veces mejora pero los problemas éticos nos sumen en contradicciones diversas. 

Cada cosa debería situarse en su momento y en su contexto. Me preguntaba a menudo porque no se recuperaba más a menudo Furtivos y creo que esa incomodidad ante la muerte del lobo es parte del olvido en el que cayó esta película que tantos premios tuvo en su momento. Montllor consiguió nuevos papeles interesantes, pero pocos de protagonista, por desgracia. En todo caso, ninguno tuvo el peso del de ese cazador dominado por una madre terrible y situado en aquel ambiente oscuro de la España rural y profunda.

Montllor incluso fue objeto de chanzas, se ironizaba sobre la visión habitual de su trasero en cintas algo subidas de tono y con ciertas pretensiones. Catalunya lo marginó bastante durante mucho tiempo, sobretodo en aquellos mediocres años ochenta, decepcionantes y en los cuales tantas cosas se perdieron, cosas que no hemos vuelto a recuperar nunca más. 

Montllor era un cantante-actor o un actor-cantante de un gran nivel, absolutamente comparable a Brel y a otros de extranjeros con mejor suerte. Cuando enfermó le llovieron homenajes y también ha tenido algunos de póstumos pero creo que siempre se le trata de forma parcial y oportunista. Estoy leyendo las impagables memorias de Fernando Fernán Gómez en las cuáles reflexiona sobre los actores de aquí y de allá y sobre el hecho de qué aquí nunca eres famoso del todo, aunque hayas tenido premios y admiradores por algún trabajo y que, en todo caso, pocas veces se tiene la economía asegurada.

Cómo es sabido el director de Furtivos fue José Luis Borau, al cual se conoce casi tan sólo por esta película cuando realizó otras muchas de interesantes, fue un personaje polifacético, también, a mi entender, valorado de forma parcial y reduccionista. Precisament ocupó, por poco tiempo pues murió en 2012, la silla vacante de Fernán Gómez en la Real Academia. 

Muchos de los grandes actores que vimos en Furtivos, incluido su director, que también intervenía como actor, han desaparecido, con la excepción de Alicia Sánchez, una actriz inmensa y me temo que no tan reconocida como debería a pesar de su gran categoría como actriz, directora y profesora. Montllor murió de forma prematura, con poco más de cincuenta años. Muchos de los que lo olvidaron durante años se ponen hoy medallas hablando de su trayectoria y valor artístico. Así es el mundo. 

Esto no es Francia, ni en lo bueno ni en lo malo. Pues he de reconocer que en el país vecino, en el campo cultural, se suma mucho más que se resta. Hablo de España pero también de Catalunya, TV3 que nació en los ochenta dejó de lado un montón de gente y de iniciativas culturales y políticas de los años efervescentes de la transición y el tardofranquismo. Montllor se quejaba en una ocasión de qué el equipo del canal había ido a hacer un reportaje sobre la filmación de Fuego eterno y que ni a él ni a la gran Montserrat Salvador, únicos catalanes del equipo y que actuaban en papeles secundarios, no les habían dado ni los buenos días.

Sobre los animales, ¿Es peor comerse un cerdo que un perro? ¿Si a los animales les tratamos de forma humana qué haremos con los carnívoros que se comen a los herbívoros?  Eso en estado natural, claro. En estado doméstico y esclavizado, aunque sea en una cárcel de oro, los animales de compañía consumen hoy productos de supermercado. Yuval Noah Harari incluye en su interesante historia de la humanidad diferentes apartados sobre el tema de nuestra relación con los animales desde que el hombre pasó de cazador y recolector a agricultor sedentario y todo empezó a estropearse y a religionizarse.¿Podemos matar a los animales que nos perjudican cómo ratas o mosquitos pero no a otros a los cuales hemos humanizado a nuestra manera, castraciones incluidas? ¿No es eso racismo zoológico? 

Por más que intentemos mostrar respeto por esos parientes nuestros, tan diversos y complicados, caemos en el paternalismo y opinamos sobre sus derechos y deberes desde un punto de vista absolutamente condicionado a nuestro orgullo humano y a nuestras manías personales. Cuanto menos se mata, más malo parece, decía Clark Gable a Marilyn Monroe en aquella película admirable y crepuscular, The Misfits, respecto a los caballos salvajes que había cazado durante años para, ay, elaborar productos cárnicos para perros.


viernes, 30 de enero de 2015

REFLEXIONES SENTIMENTALES SOBRE EL TEATRO Y OTRAS COSAS


Cuando yo era pequeña a veces en casa comentaban la muerte de alguien popular, en aquella época toda la información nos llegaba por la radio o por la prensa. A mi, la mayoría de aquellos nombres me decían poca cosa, la gente mayor de nuestra infancia parecía que siempre había sido mayor. Ahora resulta que está desfilando ya hacia el misterio de la nada toda una generación que me ha acompañado toda la vida, esa que tenía diez, quince o veinte años más que yo. Y no me refiero tanto a parientes, amigos, conocidos del entorno de nuestra vida cotidiana sino personajes populares que eran jóvenes, hermosos y admirados cuando éramos niños, que no nos conocieron aunque nosotros los hayamos conocido y reconocido y que forman parte de nuestro imaginario sentimental.

En mi infancia escuché muchos lamentos a causa de la supuesta muerte del teatro. Un gran número de teatros se habían reconvertido en cines, el cine sonoro y popular acabó con un paisaje antiguo, el del teatro como único lugar de ocio. En eso del teatro se pueden incluir muchas cosas, desde salas de categoría hasta ínfimos locales baratos y, también, sociedades donde los aficionados actuaban en cada día festivo. Zarzuela, comedia, drama, opereta, revista, mimo. 

Hubo de todo, bueno y malo. Y grandes actores y actrices y autores que merecieron monumentos, nombres de calles. Hace unos días, en mi otro blog en catalán, recordé a Teodoro Bonaplata, tiene una calle dedicada en mi barrio. En el teatro Victoria del Paralelo se ha repuesto la versión catalana y musical de Mar i Cel pero Bonaplata fue su primer protagonista, un inmenso Said,  y su buen hacer se comparó al de otros grandes actores franceses, italianos. Muchos de aquellos actores y actrices después de trabajar mucho se vieron casi en la miseria, en aquella época todo era más difícil. A menudo habían hecho largos viajes en barco, para ir a actuar a la América hispana, algunos incluso murieron en naufragios, como el gran Robreño, que falleció de sed en un islote olvidado.

Llegó la televisión y el teatro pareció revitalizarse. Los actores de la televisión se convirtieron en muy populares, eran buenos, muy buenos, un gran reclamo para las carteleras. Y se volvieron a reconvertir en cines algunos teatros y se abrieron incluso de nuevos, como el Moratín, en Barcelona, dónde vi a Amparo Baro, Terele Pávez y Carlos Ballesteros en una obra que ha envejecido mal, La casa de las Chivas, de Jaime Salom. En aquel momento impactó, se consideró una obra subida de tono y tocó un tema tabú, la guerra civil, aunque sin que se pusiera en duda quiénes eran los buenos y envuelta en un tono de redención santificada muy del gusto de la época.  También se hizo en cine aunque ya no tuvo el mismo empuje que en el teatro. La televisión nos ofrecía muy buen teatro, también en catalán, en unas incipientes emisiones en aquello que se llamó lengua vernácula ya que estábamos todavía en tiempos de eufemismos oportunistas y posibilistas.

Aquella tele también pasó a la historia. Olvidamos a algunos actores que siguieron trabajando en lo que podían. Las series americanas llenaron nuestras pantallitas de nuevos sueños y de nuevos héroes. De pronto volvieron nuevas series de televisión españolas, catalanas, el género se había casi olvidado pero se renovó y los viejos actores tuvieron nuevas oportunidades. Lo mismo pasó en otros países. Muchos actores del cine se adaptaron a la televisión y a lo que fuese. 

Amparo Baró tuvo suerte y volvió a ser un rostro popular, su apariencia apenas había cambiado, tampoco su voz. Volvimos a ver a Gema Cuervo, a Emma Penella. Incluso Tony Leblanc resucitó e incluso mejoró de salud gracias a la ilusión de volver a trabajar en lo suyo. Estas circunstancias han hecho que al desaparecer algunos de ellos no fuesen ya unos grandes olvidados y que la gente joven los conociese. No todos los de antes han tenido la misma suerte. Todos los trabajos tienen sus condicionantes pero me temo que el de actor o actriz tiene un componente añadido, el glamour, la fama efímera, nada es justo y no siempre triunfan los mejores. En todo cuenta la oportunidad, la casualidad, el azar. Fernando Fernán Gómez decía en una ocasión que los actores tenían, todos, vocación de triunfadores y que eso causaba mucha frustración. Pero eso mismo se podría decir de los escritores, de los pintores, de los cantantes, de los cocineros o los peluqueros. 

Todo pasa muy deprisa. Hoy el teatro también juega con la fama de las personas que salen en las series de televisión, hay muchos buenos actores jóvenes, ya no podemos ver buen teatro por la tele y las  series convencionales a veces se alargan demasiado aunque también eso creo que está cambiando. Todo cambia, se renueva, vuelve, resucita, nada vuelve a ser igual pero todo puede ser parecido, como pasa con las modas en el vestir. 

Ahora hay quién llora por los cines cerrados, esos cines que tan criticados fueron en mi infancia pues siempre parece que en el pasado había más calidad, cuando la verdad es que había de todo aunque a menudo sólo recordemos lo bueno. Con la desaparición de esos personajes se va también un poquito de nuestra propia vida, de nuestra historia íntima y sentimental, morimos a cachitos, sin darnos cuenta, a través de la muerte de los demás, por eso dicen que la gente longeva, que llega a ser centenaria, se siente muy sola y fuera de lugar, a pesar de la suerte, relativa, de haber vivido tanto.



sábado, 3 de mayo de 2014

LA FILOLOGÍA ES PECADO


Parece que se encuentra en peligro de cierre el grado de Filología Románica de la UB. Las protestas no se si conseguirán prolongar la agonía, creo que tienen cierto paralelismo con las que se producen cuando cierra un establecimiento céntrico, bonito y antiguo, sobre todo una librería. No corren buenos tiempos para los estudios que se llamaron clásicos pero el tema no es de hoy, ya en mi juventud, cada vez más lejana, se criticaba la obligación de estudiar lenguas que se llamaron muertas. En aquel entonces se empezaba muy pronto con el latín además de ser la lengua oficial del estamento eclesiástico, cosa que también lo ha perjudicado en épocas de poca afición a la cultura católica. Suprimir las misas en latín fue vivido como un logro de la modernidad. Hoy va poca gente a misa y ya da lo mismo todo. Las procesiones estuvieron a punto de morir también pero han resucitado con éxito ya que eso de disfrazarse y desfilar, por el motivo que sea, resulta muy del gusto de los humanos y de las humanas.


Un profesor de matemáticas, cuando yo estudiaba aquello que se llamó bachillerato elemental y que a pesar de ser elemental hoy nos sorprende por su enjundia, ya nos dio la bronca un día que escuchó nuestra crítica al estudio de cosas inútiles como el latín. La razón de peso para suprimir estudios es que no hay demanda. No pasa sólo con la filología románica, en una visita a una escuela de formación profesional de cierto prestigio le comentaron a una persona conocida que seguramente dejarán de enseñar carpintería, Ikea ha hecho mucho daño al sector. La carpintería fue durante años un buen oficio, de cierto éxito popular en el ámbito del trabajo no ligado a estudios universitarios de altura. Mientras la universidad fue minoritaria se suponía que un carrerón daba trabajo. Pero es que aquellas minorías universitarias también tenían otra cosa a favor: los conocidos y las relaciones. Y el anónimo estudiante de hoy a menudo tiene trabajo para vender su producto si no cuenta con algún enchufillo. Por eso los del coaching ese insisten en el tema de cultivar relaciones y saber venderte a ti mismo, expresión horrible si no fuese que ya tragamos con todo si nos llega con sello de posmodernidad fashion.


El problema es que nos hemos creído más ricos de lo que somos y hemos hecho crecer a nuestros hijos, nietos y sobrinos en medio de un espejismo: hay que estudiar aquello que gusta, los estudios dan dinero y porvenir y categoría social. Nada de esto es verdad de forma absoluta, mucha gente ha de trabajar en lo que se encuentra y parece que eso genera frustración aunque no siempre es así y conozco gente joven que gana poco, trabaja en lo que puede, vive de forma modesta y es bastante feliz, la verdad. Las frustraciones a veces llegan más bien del contacto con el mundo real, cuando el etéreo estudiante de medicina se encuentra en un hospital mal gestionado, mal organizado, con prebendas diversas que no entiende. O cuando la maestra tropieza con la burocracia abusiva, la imposibilidad de escapar de un currículum con muchas tonterías o del exceso de fiestas populares que la obligan a disfrazarse de gallina en carnaval. Y pongo los ejemplo médicos y magisteriles porque por la radio escuché hace poco a alguien que filosofaba sobre el tema y los ponía también como ejemplo, tantos años de estudio para ganar novecientos euros, mil quinientos con las guardias y todo eso, en el caso de los médicos. El de los maestros es distinto porque se había ganado poquísimo hasta hace cuatro días y en la actualidad la cosa no está mal aunque todo el mundo se queja siempre de todo. Hemos de aprender mucho de los inmigrantes que nos han llegado de todas partes, les he oído a menudo ironizar sobre eso de nuestras crisis, no me extraña, vienen de lugares en crisis permanente y sin ningún tipo de posibilidades y por eso se agarran a lo que encuentran con alegría y esperanza.



La carrera o el oficio que se escoge -si se puede escoger, nuestros padres y abuelos, en su gran mayoría, no escogían anda- es una flecha lanzada al azar, como todo en la vida. La felicidad es una abstracción ligada a muchos factores. Pero en un mundo en el cual parecía que todo iba a mejor y ese todo se refería, más que nada, a tener más dinero y mejores casas y poder viajar (el viaje se ha convertido en un objeto de consumo muy curioso) no es extraño que ciertos valores que podría llamar espirituales si eso del espíritu no fuese también tan polivalente se encuentren en recesión. 

Celaya escribió que hacia falta poesía para el pueblo. Quizás también haga falta filología románica para el pueblo y que los saberes bajen hasta el centro cultural del barrio para que se los tenga en cuenta. Somos contradictorios, ensalzamos la culturilla pero admiramos a aquel que se ha enriquecido jugando, por ejemplo, a fútbol, o haciendo mala televisión de masas o trapicheos legales. Así es el mundo. Como cuando se cierra una tienda en la cual hace años que no entrábamos a comprar nada seguramente se verterán lágrimas de cocodrilo por la filología, tan necesaria hoy para entender un poco de dónde venimos y qué es o no es eso que llaman una lengua, un idioma, cosa que reconvertimos de medio de relación en bandera divisoria  o en señal de profunda identidad, cuando al fin y al cabo los romanos acabaron por la fuerza o por la persuasión con los substratos de identidad comunicativa de nuestros antepasados remotos. Se unifica y luego se vuelve a dividir, de la misma manera que de lo clásico se pasa a lo barroco, así es el mundo. 

domingo, 12 de febrero de 2012

Reflexiones sobre la ética de la estética



La muerte de Tàpies y la reciente exposición sobre Miró me han llevado de nuevo a reflexionar sobre eso que llamamos arte, aunque las reflexiones las podría hacer extensivas a cualquier otra cosa. Mi abuelo repetía a menudo un refrán antiguo, en catalán, agafa fama i fote't a jeure. No creo que haga falta traducir-lo, hay versiones en castellano de ese dicho recurrente. La fama cuesta -o no- de adquirir pero una vez se tiene, debidamente gestionada, da dinero para vivir cómodamente. Claro que para gestionarla de forma adecuada hace falta también una gran dosis de razonamiento y de inteligencia práctica. 

Un tópico muy del gusto romántico incide en el carácter extraño y autodestructivo de muchos genios. Sin embargo, al lado del artista autodestructivo, de vida corta y apasionada, existe y ha existido el artista previsor y pesetero, el buen vendedor, normalmente de origen burgués o de clase media altita, que acaba convertido en un burócrata, en un artista oficial de los poderes públicos que son hoy los mecenas de casi todo. Si no fuese así no se entendería el dinero que mueven galerías y obras de arte actuales y los artistas geniales que han estructurado su obra en medio de discursos sobre libertad, democracia, ruptura y el resto se hubiesen negado a cobrar más, por ejemplo, que un buen albañil.

Claro que todavía no sé qué es un genio. Hay personas que nacen con un don para el deporte, para la música, gracias al cual llegar a ser eso que llamamos genios. Sin embargo también la supuesta genialidad conoce altos y bajos, como la bolsa, y los genios de hoy quizá no serán genios del mañana, de la misma manera que los genios de ayer no todos resistieron igual el paso del tiempo.

Estos días, a causa de la muerte del pintor Antonio Tàpies, he escuchado a muchos expertos comentar aspectos de su genialidad. Creo que esa pintura avanguardista, hoy tan alabada y de las bondades de la cual no puedes discrepar si no quieres ser mirada con cierto desprecio compasivo por aquellos que son sus incondicionales seguidores, guste o no, ya no es moderna, ni provocadora, ni contraria a la burguesía. Es más, creo que con el tiempo, aunque quizá yo no lo vea, se manifestará como un cierto engaño, al estilo de aquel invisible retablo cervantino o del traje del emperador de Andersen.

Las instituciones se han hartado de comprar, a muy buen precio y con nuestro dinero en muchas ocasiones, producciones artísticas de ese tipo moderno, por ponerle alguna etiqueta generalista. El dirigismo  cultural que los mismos artistas como Tapies criticaban y rechazaban ha asumido ya esas producciones que fueron revolucionarias y que hoy son tan burguesas y oficiales como aquellas que combatían hace, ay, más de cincuenta años.

No sé todavía, qué es o no es arte. Las definiciones de la palabra, lo mismo que las definiciones de cultura son múltiples y contradictorias. Por no saber no sé ni qué es una lengua, concepto que los nacionalismos grandes, medianos y pequeños parecen entender de forma monolítica y devota. Sin embargo ninguna de las definiciones oficiales de todas esas grandes palabrejas me ha convencido, con los años me he vuelto agnóstica en casi todo. O ya, directamente, atea.

En el fondo todo es política, cosa que no debería ser negativa, al contrario. La política es necesaria para la convivencia y la organización. Una frase brillante de hace años insistía en el hecho de que toda ética tenía su estética y su política. No dudo de qué así debería ser, sin embargo el sistema es capaz de fagocitarlo todo. Cuando las circunstancias son duras y dictatoriales hay un riesgo en enfrentarse al sistema y el arte y la cultura disidente tienen un valor añadido, cuando no es así las cosas no resultan nada claras.

Las universidades y los llamados expertos, a menudo muy brillantes, igual que ciertos políticos también expertos, del poder y de la oposición, en eso no hay grandes diferencias semánticas, son capaces de emitir discursos que captan con facilidad los ánimos juveniles. A veces reflexiono, desde mi casi vejez, en todo lo que creía de buena fe cuando me lo decía alguien con prestigio, desde el lugar privilegiado del profesor universitario, del conferenciante de culto, del gurú cultural indiscutible.

Escucho a gente joven hablar de arte, de política, de literatura, y me sorprende ver que repiten, sin saberlo, consignas oficiales. Las consignas oficiales no son sólo las del poder en el poder, sinó también las del poder opositor. Se eternizan políticos en el poder pero también se eternizan sindicalistas, gurús del pensamiento alternativo, artistas supuestamente revolucionarios.

Respecto al arte, reflejo de éticas y políticas, me puedo interesar por producciones hechas por gente anónima, joven o no, con inquietudes e ideas, por extrañas que me resulten, cuando no mueven dinero. Sin embargo cuando son los poderes vigentes quienes me venden genialidades y cuelgan obras de arte en lugares públicos sin consultarme, aunque pague yo, en parte, la supuesta maravilla destinada a mentalizarme sobre nuevos caminos que ya son muy trillados, todo me resulta bastante dudoso, inquietante. Todavía más cuando muchas veces no se expresan opiniones contrarias y serias a todo eso, o cuando los supuestos oponentes esgrimen razones que también resultan ya bastante apolilladas.

Nos gustan muchas cosas porque personas que nos merecen confianza nos han dicho que nos tenían que gustar. Pero en el fondo todo es venta y comercio. Lo realmente alternativo no tiene, hoy, demasiados canales para darse a conocer, a pesar de internet. Un profesor de historia del arte que tuve en una ocasión, para defender eso que llamamos arte moderno, recurrió a una imagen muy gráfica, en el fondo, decía, todo es cuestión de devociones. Por ejemplo, explicaba, para un no creyente una misa no dice nada, puede ser un acto incluso ridículo. Para un creyente es mucho más. Hay que comulgar con las ideas, aunque sea con las ideas estéticas, para valorarlas y disfrutar del contenido. Otro ejemplo que ponía era el de la diferencia entre una virgen venerada en su santuario o reconvertida en una talla románica y colocada, con otras muchas en un museo.

Me parece todo muy bien, sólo que reivindico la libertad religiosa y la libertad estética. Sin embargo, respecto a ciertos artistas indiscutibles sólo percibo monolíticos discursos que desprecian, aunque sea de forma educada y condescendiente, la discrepancia, como si ésta fuera fruto de la ignorancia o de la falta de educación estética. Las universidades, las escuelas profesionales, oficiales o no, también han contribuido a la existencia de dogmas incuestionables respecto al arte, incluso a la cocina creativa. Desde la escuela primaria, desde el parvulario, se vende el producto vigente, por lo tanto a las nuevas generaciones les va a costar desprenderse de esos lastres, tanto, casi, como a mi me costó desprenderme de los antiguos. Mentalización y adoctrinamiento son, muy a menudo, casi sinónimos.


Un reciente monumento als castellers ha producido reacciones diversas en Barcelona, sobre todo cuando se ha sabido el coste que tiene, a mucha gente no le gusta, gente que conozco y que no es, ni mucho menos, de derechas. Sin embargo algunos brillantes opinadores del presente han comentado con tópico humor actual que es una garantía que no le guste al concejal del PP. Eso son razones dialécticas evidentes y el resto, paja. Claro, ahora mucha buena gente que no es del PP, situada mucho más a la izquierda que esos opinadores de culto, no se atreverá a decir que el monumento les parece una birria, no fuese el caso que ya les colgasen la etiqueta correspondiente, la de fachas ignorantes, vaya. Así nos va. Cuando temas concretos, éticos, estéticos o políticos, se etiquetan como de derechas o de izquierdas de forma irreversible y no permiten ninguna discrepancia seria y razonada ya la hemos fastidiado.