martes, 19 de febrero de 2013

LA PERSONA Y LA HISTORIA, ENCUENTROS Y DESENCUENTROS









A menudo nos sorprende comprobar como en el pasado, en un pasado en el cual fuimos relativamente felices y despreocupados, o indiferentes ante realidades que no conocíamos, sucedían en el mundo tragedias y desastres. Hablaba hace unos días con una abuela algo mayor que yo y me decía que sufría por el futuro de sus nietos y que cuando tuvo a sus hijos, hoy cuarentones, el mundo no estaba tan mal. Bueno, le hubiese bastado mirar alguna hemeroteca o referencia histórica para comprobar que no era así, más bien al contrario. Pero esa era su percepción porque desde finales de los sesenta a finales de los ochenta se vivió, en general, cierta mejora económica evidente. Además, el espejismo de la transición abrió grandes horizontes cercanos que después se mostraron bastante rancios. El mundo de la pijería discotequera y avanguardista, de la cual salieron muchos fotógrafos de culto, convivía en mi ciudad, en los sesenta, con espacios de miseria inmensa aunque ésta se encontrase en proceso lento, lentísimo, de recesión.

Estos días vivimos en medio de noticias algo preocupantes sobre corrupciones, estafas y caída en desgracia de personajes que nos merecían cierto respeto. Sin duda no es gratuito que todo eso salga ahora, hay muchos condicionantes, incluso jugadas políticas y periodísticas que desconocemos la gente normalita. Sin embargo, en general, seguimos con nuestras vidas, nuestras fiestas, nuestras celebraciones familiares. Los niños van a la escuela y aunque repitamos que todo va mal nuestra cotidianidad no ha cambiado demasiado.

Hace unos días escuchaba por radio a un joven taxista, en esos programas de noche a los cuales llama gente diversa para contar sus experiencias. Explicaba que no había estado mentalizado ante el tema de los deshaucios hasta que hubo uno en su bloque de pisos, y que ahora, con su mujer, iban a menudo a reforzar la protesta cuando había alguno y comprobaba que incluso en ese tipo de actuaciones había alguna en las cuales era habitual la presencia masiva de gente y de periodistas y otras en las cuales eran cuatro gatos los que acudían, o sea que de deshaucios, como de guerras, los hay de mediáticos y los hay que no lo son. El  hombre era contrario, como yo misma, a todo tipo de subvenciones, fuese a toros, cine, teatro o el resto. Cuando la gente de la farándula, vestida de Dior, protesta en un acto glamuroso de los gobernantes presentes, a los cuales han mendigado a menudo dinerito, siento vergüenza ajena, como la sintió, supongo, esa joven socialista que denunciaba hace poco lo bien que se estaba en un hotel de cinco estrellas divagando desde la supuesta izquierda sobre los males del mundo.

Pasamos a menudo por la vida y por la historia sin saber muy bien qué pasa hasta que nos lo cuentan, casi siempre tamizado por el condicionante de un libro de texto politizado, que olvida matices y hace una lectura bastante parcial del tema. Leí hace poco la extraordinaria Historia de un alemán, de Haffner.  Este autor cada vez me interesa más, pertenece a la minoría crítica que intenta explicar las cosas y no tan sólo condenarlas o defenderlas. Y lo hace con razones históricas y con opiniones cotidianas y personales. Cuando la historia nos cambia la vida en profundidad, como pasó con la gente de todas las ideologías que vivió y padeció la guerra civil, entonces el tema es realmente dramático y nuestras penas pasadas, en un contexto más o menos soportable, parecen verdaderas tonterías. Hay siempre en algún lugar gente a quien la historia castiga y transforma, que no nos suceda es cuestión de suerte, de casualidad, aunque siempre la estabilidad es frágil y a menudo pasa lo que no esperábamos y no sucede lo que se preveía. 

Un tema inquietante es la de la fotografía supuestamente de denuncia, que gana premios, mostrando las imágenes de esas víctimas de la situaciones deplorables. No veo que cambien nada, gente pija visita a menudo esas exposiciones sin tener mala conciencia y eso pasa también cuando nos muestran un pasado miserable que ignoramos, incluso cuando lo compartíamos y cuando podíamos formar parte de uno de esos paisajes cutres y destartalados de la Barcelona pretérita. Lo mismo con el cine, ver una película sobre ancianitos abandonados no presupone que mi conciencia quedará tan conmovida como para que cada fin de semana visite a mi tía nonagenaria olvidada en una residencia de pago. Por ejemplo.

La denuncia seria ha de venir de los afectados y en países desfavorecidos se han iniciado campañas para que, al menos, sean sus propios habitantes quienes fotografíen y comercien con esas fotos, hoy no es difícil hacerlo o, al menos, es más fácil que en tiempos en los cuales una cámara no estaba al alcance de todo el mundo. Cómo manifiesta Haffner en el fragmento que copio, lo que nos da una verdadera dimensión humana de los hechos es la autobiografía, pero la de la gente normal y corriente, no la de los famosos. Por desgracia, esas autobiografías son todavía restringidas, minoritarias. Nadie dice toda la verdad en un escrito de ese tipo pero el conjunto de unos cuantos nos puede dar una visión algo más objetiva del conjunto humano del pasado o del presente que no un artículo de opinión o un libro de historia convencional, por muy documentado que esté. Tampoco podemos saber si un hecho determinado tendrá suficiente peso como para cambiar nuestras vidas normalitas. Como en el chiste, más de una vez deseamos quedarnos como estamos, cuando pertenecemos, todavía, a la minoría universal que no pasa hambre ni frío y que tiene un hospital cerca, de momento, incluso aunque sea un hospital con recortes.




Es obvio que los sucesos históricos tienen distintos grados de intensidad. Un «acontecimiento histórico» puede pasar casi inadvertido en la realidad más próxima, es decir, en la vida más auténtica y privada de cada persona, o bien puede causar en ella estragos que no dejen piedra sobre piedra. Esto no se detecta en el relato normal de la historia. «1890: Guillermo II destituye a Bismarck.» Sin duda alguna se trata de una fecha clave, escrita en mayúsculas dentro de la historia alemana. Sin embargo, difícilmente será una fecha importante en la biografía de un alemán cualquiera, excepto en la de los miembros del pequeño círculo de implicados. Todas las vidas continuaron como hasta entonces. Ninguna familia fue separada, ninguna amistad se malogró, nadie tuvo que abandonar su tierra natal ni ocurrió nada similar. Ni siquiera se canceló una cita ni la representación de una ópera. Quien sufría de mal de amores, siguió padeciéndolo, quien estaba felizmente enamorado, continuó estándolo, los pobres siguieron siendo pobres y los ricos, ricos... Y ahora comparemos esto con la fecha «1933: Hindenburg nombra canciller a Hitler». Un terremoto acababa de comenzar en la vida de sesenta y seis millones de personas. 

Como he dicho antes, el relato científico-pragmático de la historia no dice nada acerca de esta diferencia de intensidad en los sucesos históricos. Quien desee saber algo al respecto ha de leer biografías, y no precisamente las de los hombres de Estado, sino las de individuos desconocidos, mucho más escasas. En ellas comprobará cómo un «acontecimiento histórico» pasa de largo ante la vida privada, es decir, la verdadera, como una nube sobre un lago; nada se inmuta, sólo se refleja una imagen fugaz. El otro tipo de acontecimiento hace saltar las aguas como un temporal acompañado de tormenta; apenas es posible reconocer el lago. El tercer acontecimiento tal vez consista en la desecación de todos los lagos. Creo que la historia se interpreta mal si se olvida esta dimensión (lo cual ocurre casi siempre). Por lo tanto, permítanme contar veinte años de historia alemana desde mi perspectiva, por puro placer, antes de llegar al tema propiamente dicho: la historia de Alemania como parte de la historia de mi vida privada. 

(Sebastian Haffner, Historia de un alemán)

domingo, 3 de febrero de 2013

MAIGRET Y SU PIPA



Tengo la suerte de qué hayan instalado la nueva Filmoteca de Barcelona cerca de mi casa. Ayer fui a ver una de las tres películas del miniciclo dedicado a Maigret, creo que tiene relación con eso de la Semana Negra. Las Semanas Negras no son las que la gente normalita pasa a causa del paro y la crisis sinó una semana de eventos diversos relacionados con el auge de la novela de misterio, de suspense, policíaca o como se la quiera llamar. Es un género que hace años que vive una especie de esplendidez editorial que contribuye a la publicación -y venta- de muchas estupideces.

No soy contraria al género, me gustan las novelas de misterio cuando son buenas o pasables y saben mantener el interés del lector. Lo que ocurre es que el éxito de vendas produce una gran cantidad de paja, lo mismo que el auge de eso que llaman novela histórica, que  promociona muchas tonterías comercializadas con hipérboles inmerecidas. Lo que toca es vender. De joven leí con afición casi todo lo de Agatha Christie. Alguien enterado me criticó a la dama del crimen, siempre ha habido cierta competencia entre lo anglófono y lo francófono, y me regalo una novela de Maigret que, por cierto, no me gustó. 

Georges Simenon no ha sido nunca un autor de mi gusto. Lo he leído bastante, no sólo los libros de Maigret, sinó también sus otras novelas, siempre relativamente breves, cosa que se le criticó a menudo. Son buenas novelas, una cosa es que a mi no me convenzan y la otra que el escritor no tenga su mérito. Son libros inquietantes, poco amables, sombríos, en general. A medida que fui conociendo la vida del escritor mezclé, como suele pasar aunque sea algo injusto, su valor literario con el repelús que me provocaba ese personaje que flirteó bastante con los nazis, se declaró antisemita -cosa perceptible en muchos libros suyos-, violaba criadas y afirmaba haber hecho el amor con más de treinta mil mujeres. Fue un fanfarrón con un ego quilométrico y con bastantes sombras en su vida. Tuvo la suerte de ganar y poder gastar el dinero a raudales con sus libros, cosa difícil para cualquier escritor normalito. Con dinero se te perdona casi todo.

La francofonía tiene grandes recursos para reconvertir sus personajes emblemáticos en mitos, no es cainita, como la hispanidad o la catalanidad. Suma en lugar de restar. Simenon no era francés, era belga, y además murió en Suiza, pero eso no tiene importancia a la hora de reivindicarlo como de cultura francesa. No fue tratado siempre con amabilidad, se le reprochó la brevedad de sus obras de ficción, la limitación del vocabulario que empleaba -los expertos se entretienen en esas cosas- y el no haber escrito una gran novela gorda y pesada, de más de mil páginas. Sin embargo su obra conforma un gran mosaico interesante e inquietante. Recuerdo haberlo visto fotografiado en revistas, en mi infancia y juventud, con su pipa y su aspecto inofensivo, parecía todo un señor, un buenazo. Mucha gente que no quiere saber nada de escritores de derechas tipo Vargas Llosa alaba hoy a Simenon como representante de un europeismo se supone que muy recomendable y distinguido. Simenon es también una muestra de las miserias de ese europeísmo, de sus conflictos, sus pecados y sus traiciones. 

Hay quién cree que la literatura es algo que debe separarse de la vida del escritor. Quizás sea así. Podemos leer a Cervantes, a Tolstoy, a Maupassant, incluso a Maquiavelo, sin meternos demasiado con su vida privada. Todo nos queda muy lejos. Pero es difícil actuar así con los contemporáneos, necesitamos distancia. Por eso hay un gran interés en ocultar los pecados de la gente de culto, no sólo de los novelistas, de los poetas, sinó también de los grandes mitos ideológicos, políticos. Todo se va conociendo con cuentagotas gracias a arriesgados biógrafos, no siempre objetivos, aunque la objetividad es también un mito.

Maigret, el gran personaje de Simenon, ha sido interpretado por muchos grandes actores pero yo siempre lo relacionaré con Jean Gabin, el actor francés. Fue también un hombre complicado, con un ego excesivo pero no quiso saber nada con los nazis y se fue del país durante la ocupación, eso dice mucho a favor de él, pues incluso gente como Sartre se corría bastantes juergas en los cafés parisinos de la época del gobierno de Vichy. Fue un gran actor pero en su época le dieron un premio limón dedicado a los peores actores, o sea, que todo es subjectivo y condicionado a simpatías y antipatías diversas. Lo mismo podía ser un villano siniestro que un anciano venerable. Como Maigret está estupendo, este personaje es bastante agradecido con aquellos que lo interpretan, en general. Las películas de esa época, la de Gabin-Maigret, nos muestran la Francia profunda, muy alejada del mito que nos forjamos en España sobre el país vecino, confundiendo el estado francés con la libertad parisina. Con los años vas mirando las cosas sin cristales coloreados y te das cuenta de la poca inocencia que queda por ahí. 

Hace unos días acabé la Historia de un alemán de Sebastian Haffner. Son unas memorias apasionadas, terribles, escritas en vivo y en directo por su autor, en los años de la subida al poder de los nazis. Muestra, en ellas, cierta admiración por esa Francia próxima, por París. Son también espejismos juveniles, incluso en atisemitismo no tenian los franceses, desde hacía muchos años, nada que envidiar a los alemanes y bien que se demostró a la hora de colaborar con ellos en hacer limpieza étnica. Las circunstancias favorables -más bien desfavorables- provocaron que el horror del nazismo se desarrollara en plenitud en Alemania pero podía haber surgido en cualquier parte, con ese nombre o con otro. 

Nadie está vacunado contra la sinrazón colectiva. Del nazismo sabemos mucho pero, por ejemplo, las purgas estalinistas son todavía muy poco conocidas y condenadas. El mismo Satre sabía lo que pasaba por las Rusias, tenía conocidos por allí, purgados y torturados y lo silenciaba para no inquietar y  desmovilizar a los obreros comunistas. El hecho de que las víctimas se diversifiquen, resulten indiscriminadas y no pertenezcan a colectivos étnicos, políticos, religiosos o nacionales, hace mucho más difícil y poco cómoda  su reivindicación.

Personalmente, incluso intentando hacer una abstracción literaria de su producción, me sigue pareciendo Simenon sobrevalorado pero no soy experta en ese autor ni en ninguno y, en todo caso, debería releerlo desde la visión del siglo XXI, en perspectiva. Me temo que con las tonterías que se editan hoy con una buena cubierta y unos cuantos crímenes en el interior las novelas de Maigret me parecerán incluso sublimes, la verdad. 

lunes, 28 de enero de 2013

VEJECES


Coinciden en cartelera dos películas sobre la vejez, dos visiones muy distintas sobre esa etapa de la vida, inevitable si no es que se muere prematuramente. Amour de Haneke ha estado muy alabada por los seguidores de este director, que a mi no me gusta nada, en general. No le negaré valores cinéfilos, no soy quién para hacerlo, pero las visiones excesivamente grises y oscuras de la vida y de los hombres, que me hacen salir del cine com eso que llaman vulgarmente mal cuerpo no me gustan nada, todavía menos desde que envejezco.

El paso de los años nos da una visión más matizada de las cosas, al menos a la mayoría de personas que hemos tenido una vida normalita, con alegrías y penas, épocas mejores y peores, familia convencional y todo eso. La película con la cual Dustin Hoffman se estrena como director es otra cosa muy distinta, más amable, con pinceladas de amor inglés y con una profundidad que quizá no se percibe a primera vista pero que tiñe toda esa sencilla historia con colores positivos, sin caer en la sensiblería ni en esa tontería recurrente de que cada edad tiene sus cosas buenas y siempre se está a tiempo de todo.

La dama de Haneke, que también podía haber ido a una buena residencia, incluso privada, para músicos viejos, hace prometer a su marido que no la llevará a un sitio de esos. Claro que no todas las residencias son como la de la película de Hoffman, tan bonitas y luminosas, pero tampoco son tan trágicas y grises como en ocasiones se pintan. En ellas, como en la vida exterior y activa, suele haber de todo: olvido y recuerdo, tristeza y alegría infantil, enfermedad y esperanza inútil, inocencia y perversión. La vejez llega, si no se muere de forma prematura. De vez en cuando el cine, espejo de la vida, nos ofrece visiones de la vejez, como de la juventud. No todo es de color de rosa, no me creo, en el caso de la vejez, que cada época tenga sus cosas buenas y todo eso. Pero tampoco todo ha de ser tan gris y devastador, la vida es breve y hay que vivir -y morir- con esa verdad irreversible, nos guste o no, que más bien no, como es natural. Darle al tema tonos de tragicomedia me parece más real que hurgar en una herida ya de por sí bastante dolorosa.

viernes, 18 de enero de 2013

ESCRITORES, BIOGRAFÍAS Y CASUALIDADES LITERARIAS







El pescador

Este hombre que aquí levanto es un hombre de arena.
Todo en él transita; sólo la mar se queda.
Yo sé que ante su alma se inclina la marea;
Que el viento pone un halo de azul en su cabeza.
Su mirada es lejana. ¡Cuánto horizonte lleva!
Y en sus manos hay algas, peces, soles, estrellas.
¡Cómo manda este hombre en su brava frontera!
Los pies, los pies desnudos son el grado que ostenta.


Antonio Oliver Belmás ('Andrés Caballero')

Los Reyes Magos me obsequiaron con un calendario que relaciona cada día del año con un autor literario. Admito que un gran nombre de autores de los que se evocan en este bonito calendario no me suenan o me suenan poco. Hoy, por ejemplo, evoca el nacimiento de Alan Alexander Milne (1882-1956), autor inglés, conocido sobre todo por sus libros infantiles y por su personaje estrella Winnie-the-Pooh. 

Google, en cambio, recuerda hoy los 146 años del nacimiento de Rubén Darío (1867-1916). Ya he escrito en diferentes ocasiones sobre ese autor inmenso, a veces medio olvidado pero que siempre vuelven a recuperar los poetas jóvenes y curiosos y los intelectuales desacomplejados. No ha sido hasta ahora un autor muy conocido fuera del ámbito hispánico, tiene pocas y malas traducciones pero hay que admitir que no debe ser fácil traducirlo con cierta excelencia.

Hace un tiempo hablábamos con mi hermano sobre Rubén Darío, de su estancia en Barcelona. Sagarra lo conoció y escribe sobre él en sus magníficas Memorias aunque el poeta era ya entonces una sombra enferma, dominada por aquel alcoholismo excesivo e inexplicable que acabó con él. Quizás determinadas genialidades comportan esa tendencia hacia la autodestrucción y la aceleración vital.

Unos días después de aquella conversación, un domingo, encontré por casualidad en las paradas de lance de Sant Antoni, en perfecto estado aunque sin sobrecubierta, la biografía del poeta escrita por Antonio Oliver Belmás (1906-1968), otro intelectual  algo olvidado más allá de su Cartagena natal. Oliver empleó a menudo el pseudónimo de Andrés Caballero en su poesía y fue el esposo de Carmen Conde.

Esta biografía fue Premio Aedos en 1960. Oliver Belmás fue un integrante de la generación del 27, sobrevivió a la guerra con dificultades y prácticamente estuvo en la clandestinidad y el exilio interior hasta 1946. La biografía está escrita en un estilo que ahora nos puede parecer retórico pero muy de aquella época, leerla me retorna a la radio de mi infancia y a aquellos locutores que, según mi familia, hablaban muy bien. Hoy, a fuerza de banalizarlo todo y de buscar la imposible naturalidad se ha caído en el otro extremo, el de la baratija verbal.

El libro me costó cinco euros y me sabe mal haberlo comprado tan barato. Sorprende comprobar todo lo que puede encontrarse hoy en esos mercadillos, a precios tirados. Se vacían pisos y hay un exceso de todo, los libros molestan y pesan. Al abrir el volumen me encontré con unos ex-libris, estampados en diferentes hojas del volumen, resulta que había pertenecido a Manuel Tarín Iglesias, cosa que le daba un valor añadido. Tarín fue todo un personaje, nació y vivió en mi barrio, el asesinato de su padre cuando era adolescente, por parte de eso que llamaron incontrolados le hizo tomar partido hacia opciones de derechas, cosa que comportó que durante la guerra fuese encarcelado, torturado y condenado a muerte, con otros amigos falangistas, en el castillo de Montjuïc. Salvó la piel porque era muy jovencito, por pelos, vaya. 

Tarín conservó siempre sus ideas y tuvo cargos muy importantes, fue director de Radio Barcelona, consiguió que se empezasen a recuperar programas en catalán y gente como Agustí Pons, que lo tuvieron como jefe en algunos periódicos admiten que era una muy buena persona, que ayudó a muchos jóvenes de la época que tuvieron problemas políticos y que pertenecían a opciones absolutamente distintas de la suya. Cuando todo el mundo empezó a cambiar de chaqueta y a transicionarse Tarín continuó como siempre, con sus propias ideas, cosa que hizo que le miraran bastante mal. 

Quizá no fue un gran escritor pero intentó la narrativa con una novela, Pena de vida, que sucede en mi barrio y que podría inscribirse en la temática de eso que se llamó la reconciliación nacional. Lo mejor de la novela es un largo prólogo en el cual describe el Pueblo Seco de su infancia y de su juventud, que siempre recordó, un paisaje perdido de la ciudad, reflejado con gran ternura en ese prólogo amable y largo. La estrategia seguida con esas personas incómodas, en nuestro presente, es no hablar de ellas, hacer como si no hubiesen existido, incluso los que les deben muchos favores actuan a menudo así. Hoy los de derechas han de ser malos y los de izquierda buenos, antes era al revés, por decreto. La compleja realidad no responde a esos maniqueismos y nos inquieta.

Dicen aquello de los seis grados de separación entre todas las cosas y quizás sea así. De Sagarra a Rubén Darío, de Rubén Darío a Oliver Belmás, de Oliver Belmás a Tarín Iglesias, de Tarín Iglesias a mi, pasando por Agustí Pons, admirado escritor y periodista que, por cierto, ha publicado recientemente una biografía de Salvador Espriu que tengo muchas ganas de leer.  Y de todos ellos a mi hermano a quién regalé este libro, regalo que, por cierto, tuvo mucho éxito y le hizo mucha ilusión, aunque su precio fuese modesto. Su precio, no su valor, no hay que confundir.

domingo, 23 de diciembre de 2012

VÍCTOR HUGO Y SU SIGLO


Nos llega la versión en cine del musical Los Miserables y con esa serán ya un montón y medio las versiones existentes de la famosa novela de Víctor Hugo. Las grandes obras clásicas, sobre todo las del siglo XIX o inicios del XX, época dorada de los grandes novelones, siempre resultan atractivas aunque nos sepamos de memoria los argumentos o quizás precisamente por eso, porque ya forman parte de nuestro imaginario colectivo.

Hace unos días una amiga, también escritora, me comentaba, merendando en la librería Laie, que no le gustaba demasiado esa historia larga y pesada, con el pobre Valjéan, precursor de El fugitivo, recibiendo palos por todas partes, portándose como un santo y huyendo del malvado de turno, ese obsesivo Javert, que, además, ostenta la legalidad.

Comparto esa opinión por lo que respecta a la trama argumental de la novela que es, en general, lo que se puede ver y entender en las versiones en cine y televisión. Pero lo mejor de esa novela de Hugo es precisamente lo que no se puede saber si no se entra muy a fondo en el texto, la ambientación, la descripción de usos y costumbres, las tripas de una época y de unas circunstancias que el autor vivió de forma apasionada y comprometida. 

A veces, cuando contemplo la papanatería con la cual se visitan escenarios de tragedias más cercanas a nosotros, como la Batalla del Ebro, me viene a la memoria un fragmento de Hugo en el cual medita sobre la misma papanatería, en este caso por parte de gente que visita el escenario de Waterloo en el cual un campesino, precursor de todos esos monitores del turismo cultural de nuestro tiempo, a cambio de unas monedas, les cuenta diversas barbaridades y anécdotas sobre el tema.



No creo que sea Los Miserables la mejor novela del autor. Hugo escribió grandes poemas, mucho teatro, diversas novelas, acercarse a esos escritores prolíficos y poliédricos pide un esfuerzo que, en nuestros tiempos, resulta quizás excesivo en un mundo que se mueve tan deprisa, a ritmo de novedades. Pero Los Miserables contiene fragmentos impresionantes, recoge opiniones personales, su irregularidad hace que en algunos momentos parezca un conjunto de lecturas dispersas y variadas, y es un fresco impagable sobre la Francia de la época, a veces idealizada y a veces descrita con un realismo oscuro y amargo. Cuando habla de épocas pasadas como en Notre Dame de Paris, la documentación que maneja el escritor es impresionante. Por desgracia su teatro nos llega poco y mal, actualmente.

Una discusión algo bizantina y recurrente, cuando se habla de versiones, es aquello de si el libro es mejor que la película. O si las versiones reducidas sirven para llegar luego a la gran obra. Esas preguntas no tienen respuesta dogmática. Hay películas mejores que los libros, libros mejores que las películas, buenos libros que han dado buenas películas y malos libros que han dado malas películas.

Creo que hay que acercarse a una cosa y a la otra sin complejos y considerando que son dos cosas distintas. A menudo el excesivo rigor en las adaptaciones de obras literarias al cine ha dado también farragosas versiones como una de Ana Karenina, bastante aburrida, que se filmó en la antigua URSS. El otro día, por casualidad, dieron por televisión una película alemana basada en la novela Effi Briest, poco conocida aquí, pero que toca el tema, tan querido por los decimonónicos, de la mujer adúltera (Bovary, Karenina, La Regenta...). Todos los países europeos tuvieron sus adúlteras de ficción más o menos famosas.  La versión alemana cambiaba totalmente el final pero la película no estaba mal del todo.

Hace años se emitió una serie de dibujos sobre el Quijote, bastante digna. Sin embargo hubo intelectuales que protestaron de esa vulgarización infantilizada. El Quijote es uno de esos libros cuya fama supera con creces la lectura que provoca, al menos en su totalidad. Me imagino que los muchos niños que vieron esa serie no se convirtieron, de adultos, en lectores devotos del libro de Cervantes. Bueno, puede que una minoría, sí. Una minoría que se hubiese convertido en lectora, seguramente, sin los dibujos. 



Víctor Hugo fue un personaje extraordinario, vitalista y activo políticamente. Vivió muchos años para la época, vio morir a parientes y amigos, intervinó en algunos gobiernos, otros le persiguieron, se exilió, regresó, recibió honores pero también críticas. No fue un revolucionario estrictamente hablando pero defendió a los débiles y a los perseguidos y criticó cosas como la explotación obrera y la pena de muerte. Y no sólo de forma novelesca sino directa, en discursos y proclamas, en su actividad política. No veía mal el enriquecimiento si éste se aplicaba a la producción de más riqueza para el bien común.

Francia ha tenido una gran habilidad para asimilar a toda su gente importante. También ha afrancesado a cualquier persona importante dispuesta a afrancesarse. Aquí somos un país de más capillitas, si está uno que no esté el otro. Evidentemente, ha sido un país muy centralista, que consiguió acabar pronto con las veleidades regionales y las lenguas que no fuese el francés canónico, lo hizo con contundencia y eficacia, con cruel inteligencia, vaya. A menudo la admiración por el país vecino nos ha ocultado esos graves pecados ligados a su chauvinismo irredento. Sus grandes tragedias las ha reconvertido en glorias nacionales patrióticas, como la misma Revolución o la Comuna de París. O el mayo del 68. Incluso Hollande ha sido capaz de pasearse por Argelia reconociendo los pecados pasados sin perdir perdón y de quedar como un señor, en teoría. A eso se le llama política de estado.

Hugo me resulta admirable, incluso recordando en perspectiva su trayectoría vital y sus sombras, que algunas tiene, como todo el mundo. Fue un buen padre y un buen abuelo, un hombre de familia responsable, más allá de sus amoríos y de sus fidelidades. Se ha escrito bastante sobre el drama de su hija Adèle, o sobre el accidente que sufrieron Leopoldine, su otra hija y su marido, que perecieron ahogados, como si en las familias normalitas no existiesen casos de esquizofrenia y dramáticos accidentes imprevistos, como si sólo los famosos estuviesen sujetos a maldiciones ligadas a culpas diversas.

A mi me gusta más su imagen tópica, de venerable anciano, con esa barba patriarcal, que su rostro inquieto de más joven, reflejada en dibujos, pinturas y fotografías. Víctor Hugo insistió una y otra vez en el absurdo de las guerras, de la pena de muerte, de la barbarie y de la violencia, sobre todo de aquella que se ejerce desde arriba, desde el estado abusivo. Dibujó y pintó de maravilla, también.

Incluso en una película tan pintoresca como Violetas Imperiales incluyeron una escena en la cual nuestra Eugenia de Montijo, futura emperatriz, lee delante de Napoleón III un poema de Hugo, que se encuentra exiliado y que es contrario al gobernante. Víctor Hugo merece que nos acerquemos, sin pausa y sin prisa, al conjunto de su obra, tan extensa, tan diversa, quizás algo demodée en el estilo, claro, pero tan moderna en la ideología, en las aspiraciones sociales y políticas acerca de un mundo mejor, más justo, más libre, más pacífico.



Bêtise de la guerre

Ouvrière sans yeux, Pénélope imbécile, 
Berceuse du chaos où le néant oscille, 
Guerre, ô guerre occupée au choc des escadrons, 
Toute pleine du bruit furieux des clairons, 
Ô buveuse de sang, qui, farouche, flétrie, 
Hideuse, entraîne l'homme en cette ivrognerie, 
Nuée où le destin se déforme, où Dieu fuit, 
Où flotte une clarté plus noire que la nuit, 
Folle immense, de vent et de foudres armée, 
A quoi sers-tu, géante, à quoi sers-tu, fumée, 
Si tes écroulements reconstruisent le mal, 
Si pour le bestial tu chasses l'animal, 
Si tu ne sais, dans l'ombre où ton hasard se vautre, 
Défaire un empereur que pour en faire un autre ?


L'AUTRE


Viens, mon George. Ah ! les fils de nos fils nous enchantent,
Ce sont de jeunes voix matinales qui chantent.
Ils sont dans nos logis lugubres le retour
Des roses, du printemps, de la vie et du jour !
Leur rire nous attire une larme aux paupières
Et de notre vieux seuil fait tressaillir les pierres ;
De la tombe entr'ouverte et des ans lourds et froids
Leur regard radieux dissipe les effrois ;
Ils ramènent notre âme aux premières années ;
Ils font rouvrir en nous toutes nos fleurs fanées ;
Nous nous retrouvons doux, naïfs, heureux de rien ;
Le cœur serein s'emplit d'un vague aérien ;
En les voyant on croit se voir soi-même éclore ;
Oui, devenir aïeul, c'est rentrer dans l'aurore.
Le vieillard gai se mêle aux marmots triomphants.
Nous nous rapetissons dans les petits enfants.
Et, calmés, nous voyons s'envoler dans les branches
Notre âme sombre avec toutes ces âmes blanches.


jueves, 13 de diciembre de 2012

VITAL AZA, TRABAJOS DE HUMOR PERDIDOS





Cuando de niño empecé
a darme a la poesía,
tan en serio lo tomé,
que sólo en serio escribía.
Romántico exagerado,
era lo triste mi fuerte.
¡Válgame Dios! Le he soltado
cada soneto, ¡A la muerte!



Hoy, día de Santa Lucía, revisando efemèrides, he visto que se cumplen cien años de la muerte del escritor Vital Aza. Más allá de su tierra, Asturias, y en concreto Mieres, donde se le reconoce y recuerda, poca gente joven tiene referencias de ese tipo de intelectual desacomplejado que responde a un tipo de personaje muy de su tiempo, un tiempo en el cual no se podía pensar en el negro futuro que todavía le tocaba pasar a Europa en general y a España en particular.


Vital Aza fue un escritor de su época, en Catalunya tuvimos también personajes parecidos, brillantes versificadores, hombres de tertulia, de teatro, que escribían de todo y para todas las ocasiones. Cuando yo era pequeña, allá por los años cincuenta, todavía se recitaba mucho en los festivales escolares y en las casas particulares. Alguna cosa escatológica corría por ahí y Vital Aza tiene algún ejemplo también. Pero en general la temática para recitar era amable y divertida o bien lacrimógena al máximo, abuelos abandonados, niños huérfanos, hijos sin madre. Un clásico escolar, obra del autor, era un poema sobre una niña pobre que muere en una noche fría abrazada a una muñeca que un señor le regala. Si el recitador era bueno se lloraba a chorros pero si era malo el mismo drama provocaba una gran hilaridad.

En una noche de invierno
una niña pordiosera
con los pies casi desnudos
y las manecitas yertas,
cubriendo a modo de manto
con su falda la cabeza,
y sin temor a la lluvia
que cada vez más arrecia,
contempla extasiada y triste
el interior de una tienda,
que por su gusto en juguetes
es de todas la primera.


Aunque cuente con esos poemas tristes, Vital Aza se dedicó más que nada al humor. Un humor de otro tiempo pero que todavía nos hace sonreir, humor blanco, ingenuo, brillante. Creo que estamos faltos de humor de ese tipo, la verdad. Él mismo, en el poema con el fragmento del cual encabezo esta entrada, ironizaba sobre su adolescencia, en la cual escribía apasionados poemas a la muerte y a la tristeza. Nos hemos tirado más a la astracanada y al sarcasmo, incluso al humor negro, la ironía fina brilla por su ausencia, en general.

Desde el presente las damas le perdonaremos a Vital Aza que, como la mayoría de hombres de su época, viese muy mal que las señoritas estudiasen demasiado y olvidasen sus labores. Me temo que sería difícil encontrar un señor español, incluso europeo o de cualquier otra parte, que no pensase así, incluso hasta bien entrado el siglo XX. Excepciones hubo, afortunadamente, pero pocas y cas desconocidas para la mayoría, como debía ser la del papá de la señorita del poema, que a pesar de saberse ridiculizado la hace estudiar.

Vital Aza escribió también mucho teatro, obras divertidas, que fueron recordadas durante años. Su muerte causó una gran conmoción en toda España.


A UNA SEÑORITA QUE ES MUY ERUDITA

Señorita, yo no sé
por qué su papá de usté
le ha dado esa educación,
y le diré la razón
de no explicarme el por qué.

Comprendo que su papá,
que cifra en usté su encanto,
la eduque bien ¡claro está!
¡Pero si estudia usté tanto
que es una barbaridá!

¿A qué viene esa manía,
ni a qué conduce, señor,
que sepa usté astronomía,
historia y filosofía
y hasta álgebra superior?

Bueno que se haga notable
y eduque su inteligencia
siendo instruida y sociable...,
¡pero, hija, con tanta ciencia
está usté inaguantable!

Sus estudios tolerara
si usté cosiera y bordara,
comprendiendo sus deberes;
pero esas cosas son para
otra clase de mujeres.

Aunque la apelliden necia
y aunque las gentes se rían,
labor tan fútil desprecia...
¿Coser usté? ¡Qué dirían
los siete sabios de Grecia!

Su papá, que es un bendito,
dice que es usted un pasmo
de erudición... ¡Pobrecito!
Es padre, y no necesito
disculpar ese entusiasmo...

No ve lo que otro cualquiera
porque le ciega el amor;
pero usted, ¿cómo tolera
que vaya el pobre señor
vestido de esa manera?

Mientras la niña engolfada
está en serias reflexiones,
anda el papá sin botones,
con la camisa rozada
y un siete en los pantalones.

¡Para tamaña indolencia
cachaza se necesita!
¿Por ventura está la ciencia
reñida con la decencia?
Conteste usted, señorita.

¿No es vergüenza, ¡voto a tal!
que ande roto el pobrecillo,
y que usted, chica formal,
sepa la historia al dedillo
y no conozca el dedal?

¡Basta, por Dios, de leer!
Deje usted tranquilos ya
a Cicerón y a Volter,
y póngase usté a coser
el pantalón de papá.

¿Piensa usté hallar su destino
en un clásico latino
o en Newton... o en el demonio?
Pues ese no es el camino
que conduce al matrimonio.

¡Usté el engaño no ve!
¡Ninguna duda le quepa!
A menos que al cabo dé
con algún sabio que sepa
casi tanto como usté.

¡Y sí que lo encontrará,
pues Dios la castigará,
de su erudición en mengua,
casándola con un a-
cadémico de la lengua!



Vital Aza hizo también libretos para zarzuela, la más famosa fue El rey que rabió, con música de Ruperto Chapí,  fragmentos de la cual cantaban mi madre y mi abuelo a menudo y que en una ocasión, de pequeña, pude ver todavía, en un teatro de Barcelona, gracias a la visita de  un pariente lejano que nos invitó al teatro generosamente, en época de escasez y austeridad.




martes, 20 de noviembre de 2012

EL MUNDO COLONIAL Y EL PORQUÉ DE UNOS ÉXITOS LITERARIOS




Con cierta prevención y con la envidia sana e inevitable que suscitan los éxitos literarios de los demás cuando tú también escribes, me acerqué a estas dos novelas de éxito. El tiempo entre costuras la he leído participando de un club de lectura, Palmeras en la nieve me llegó a través de una web para la cual escribo de vez en cuando reseñas sobre libros. Son libros bien promocionados pero que deben su éxito, más que nada, a eso que llaman boca-oreja. Es verdad que los libros de Planeta se pueden ver y comprar en todas partes, però se editan muchos en la misma editorial y no todos obtienen esos éxitos de ventas y lectura.

No quiero entrar en el tema de las calidades literarias, siempre subjetivas. Creo que las dos novelas, muy diferentes a pesar de tener puntos en común, han sabido recuperar un género eterno, aquella novela para todo el mundo de antes, Somerset Maugham, Vicky Baum, autores mirados de reojo por los elitistas, claro. Además, han tenido la virtud de evocar un tiempo y unos escenarios muy poco conocidos todavía, los de la España colonial. Las dos autoras no son jovencitas inexpertas, sinó personas adultas con una gran formación que han sabido utilizar en esas primeras novelas, sin caer en los tópicos que se incluyen en las primeras novelas escritas a los veinte años o incluso antes. 

Tuve una amiga que había vivido en Guinea de pequeña. También las monjas de la escuela a la cual asistí cuando era una niña tenían escuelas en Tetuán, en Larache. Una de las monjas nos contaba a menudo tragedias del tiempo de la independencia, en 1956, ella era una joven monja de menos de veinte años y creo que aquello la traumatizó. Para evitar sus clases de matemáticas la incitábamos, con morbosidad infantil, a qué nos contara todo aquello, que ahora me pondría los pelos de punta y que entonces me parecía una película de miedo, como por ejemplo ejecuciones públicas en hogueras improvisadas. Recuerdo una frase suya evocando el olor a carne quemada por toda la ciudad que incluso impresionaba nuestra inconsciencia adolescente muy a fondo.

Siempre me extrañó que supiéramos tan poco de aquel mundo. La descolonización española fue rápida y expeditiva, aquellas tierras, como el Sahara, quedaron desprotegidas, con luchas internas y problemas gravísimos todavía no solucionados. Ceuta y Melilla son todavía algo extraño, anacrónico. Cuando los chicos de mi edad hacían la mili se lamentaba que a alguien le tocase África, era lejos, era peligroso. Y algunas revueltas hubo, poco conocidas todavía, el mundo del servicio militar obligatorio también es un filón literario poco explotado. La gente mayor, además, todavía mantenía en sus recuerdos huellas de las Guerras del Rif, en las cuales tantos jóvenes humildes perdieron la vida, también poco noveladas y recordadas, aunque el gran Lorenzo Silva ha escrito libros magníficos sobre el tema.

Los dos libros están muy bien documentados, contienen bibliografía, referencias diversas. Provocan el deseo de saber más, como los buenos libros de divulgación. Que las historias personales que cuentan sean a veces algo tópicas es lo de menos. Los tópicos funcionan y la vida real está llena de tópicos, de casualidades, de fatalidades y suertes inesperadas. De El tiempo entre costuras tendremos pronto serie de televisión, es un libro que pide cine y tele, no siempre es así y en muchas ocasiones se ha querido llevar al cine o a la televisión obras de éxito muy literarias, cosa que a veces no ha funcionado y que en otras ocasiones nos ha dado otra historia distinta, con resultados muy diversos.

Puede ser que esas novelas descubran un filón y que el género colonial resulte un tema a explotar hasta el cansancio, ha pasado con otras temáticas pero eso no es malo necesariamente, de la cantidad suele salir la calidad. El género de la mujer insatisfecha y adúltera, desdichada casi siempre, dio en el XIX grandes novelas, novelas mediocres y novelas que hemos olvidado. Todas cumplieron su función, probablemente.