domingo, 14 de julio de 2013

EFEMÉRIDES HISTÓRICAS




Hoy es el aniversario de la Toma de la Bastilla, fiesta nacional francesa, que se celebrará con la parafernalia habitual de esas efemérides patrióticas que me producen repelús. La Revolución Francesa se ha mitificado gracias a la habilidad francesa para releer la historia a la medida de lo que conviene a eso que llaman chauvinismo. Todos los estados o todos los territorios con aspiraciones de llegar a ser estados hacen lo mismo pero algunos tienen más gracia y más habilidad que otros. Admiramos sin fisuras la democracia francesa en épocas grises, sin tener en cuenta sus debilidades. 

Por lo que respecta a Catalunya, se hacia poca crítica sobre la habilidad de los vecinos en eliminar las diferencias interiores, que tuvieron mucha. Aquí, en el Sepharad de Espriu, todo se ha hecho siempre con una sabata i una espardenya, o sea, a medias y de forma poco eficaz. Un cierto grado de inoperancia estatal permite a veces respirar incluso, todo es matizable. Madame Rolland, ante la guillotina, certificó que en nombre de la libertad se cometían todo tipo de barbaridades pero no aprendemos de esas individualidades sino que hay más interés en mitificar la lucha de las masas atacando una cárcel que estaba a punto de derruirse y en la cual había cuatro desgraciados, incluso alguno de noble.

Ayer hizo años también del asesinato de Miguel Ángel Blanco, que despertó grandes protestas masivas y unitarias para, después, ser manipulado por unos y otros. Los mártires tienen una gran utilidad para los poderes de todo tipo, oficiales y no oficiales, aunque sean mártires a la fuerza. Dicen que vale más un perro vivo que un león muerto pero eso lo dice el pueblo llano y vulgar, práctico. Los líderes dicen que vale más morir de pie que vivir de rodillas aunque muchas veces ellos acaben viviendo bien, ni que sea en un exilio dorado, y muriendo de viejos.

Si yo tuviese poder pedagógico, cosa imposible, suprimiría de todos los calendarios las fiestas y fiestecitas ligadas a la historia del pasado, esas proclives a desfiles, banderas, ofrendas florales, antorchas encendidas y consignas diversas. Todo es mentira pero parece que necesitamos ese tipo de cosas y andar por ahí en procesión, por el motivo que sea. Las procesiones, religiosas o laicas, ni consiguen que llueva ni que se detenga una guerra, pero dan brillantez a los que mandan y parece que los justifican. Como las audiencias televisivas, no valen para nada serio, no responden a la calidad del producto. Cuando sale alguna de esas patums televisivas manifestando que su programa tuvo una cuota de pantalla masiva el día anterior, tiemblo. Los enemigos del pueblo, gente lúcida y sacrificada por todas partes, suelen estar en minoría y la cualidad y la cantidad, aunque alguna vez coincidan, generalmente se encuentran separadas y distantes.

Hoy hace también veinte años de la muerte del cantautor Léo Ferré, uno de los grandes. La imitación de aquel tipo de canción, en el contexto de la admiración por la cultura francesa, produjo el movimiento de la Nova Cançó en Catalunya pero también muchos buenos cantantes en castellano. La Nova Cançó, como tantas cosas, murió con la transición. Uno de los peligros de envejecer es que llega un momento en el cual te parece que ya no eres parte activa del mundo, sinó que lo miras desde la distancia del televisor o desde la ventana de la sala de estar. Lennon, un personaje mitificado en exceso, creo que dijo que la vida es aquello que pasa mientras haces otras cosas. O mientras no haces nada. O mientras crees que haces algo que sirve para algo pero que no sirve para nada.

Brassens, otro cantante francés magnífico, con sus propias sombras vitales, cantaba:

Le jour du Quatorze Juillet 
Je reste dans mon lit douillet. 
La musique qui marche au pas, 
Cela ne me regarde pas

La estrofa se tradujo en castellano en la fiesta nacional/yo me quedo en la cama igual. En catalán la traduje yo, más o menos así: durant l'onze de setembre/ jo romanc en el meu llit sempre... Corren malos tiempos para el escepticismo épico y la tibieza patriótica, por cierto. Ai, que patirem.


sábado, 15 de junio de 2013

EL 15 DE JUNIO DE 1977, TREINTA Y SEIS AÑOS DESPUÉS


Hoy hace años, treinta y seis, de las elecciones de 1977. Entre la ilusión y el desencanto bien o mal informado hay un largo camino. Era una época de ilusiones incondicionales. No sabía entonces que el 15 de junio se celebra San Bernardo de Menthon y que al cabo de tres años  tendría yo a mi hijo pequeño, que lleva el nombre de Bernat, sin que ello tenga que ver con las elecciones primerizas sinó más bien con aficiones excursionistas personales y familiares. Mi hija mayor tenía dos añitos. Una de las aspiraciones maternales respecto a los hijos varones era que desapareciese el servicio militar obligatorio, al menos esa aspiración se concretó en una realidad, algo es algo.

No eran tiempos demasiado boyantes, había crisis econòmica y mucho miedo. Pasó lo que pasó, pudo haber pasado de otra manera, hoy los jóvenes nos comentan que no se hizo  bien, nosotros también achacábamos a nuestros padres errores más graves cometidos durante la guerra y antes de la guerra y la falta de coraje aguantando una dictadura que se reconvirtió de forma pintoresca en época de vacas gruesas o, al menos, algo más gruesas que las anteriores, en algo rarito y bien acogido durante los sesenta, no nos engañemos, por grandes mayorías, ya que las penas con pan son menos, bastante menos. 

Un mal repetido y recurrente parece que es la mala vocación para la unidad en tiempos difíciles que tienen las izquierdas, hoy convertidas en no se sabe qué. Sin embargo la gente normalita y humilde, poco beligerante, es culpable de pocas cosas o, en todo caso, más víctima que culpable aunque las víctimas no siempre son inocentes ni virtuosas. Como decía una compañera de trabajo cuando hablábamos de los defectos de la educación: los maestros tendremos culpa pero somos el eslabón inferior de todas las culpas. Claro que esos eslabones inferiores suelen recibir muchos palos, como aquel borrico condenado a muerte por oler una flor.

Emociona y preocupa ver las hemerotecas, aquellas fotografías, tanta gente envejecida, desaparecida por ley natural, marginada del poder político, ignorada, ausente. Hojas somos en el viento, cantaba Machín, y los vientos del pueblo nos llevan, como escribió una víctima, Miguel Hernández.  Triunfó aquella Unión del Centro, con el carismático señor Suárez, hoy una sombra sin memoria, por desgracia, con todo lo que nos podría contar todavía, que acabó hecha trizas por miopía o quizás porque recogió en su seno una variedad humana muy rarita y oportunista. En las periferias, sin embargo, triunfaron los socialistas, la izquierda.

El PSC catalán ya empezó mal, con su alianza peninsular con el PSOE, que realizó sobre él una adbucción deplorable, aún vigente. Sé de personas afines al socialismo catalán que lo abandonaron en seguida, cuando se dieron cuenta de qué se convertían deprisa en los tontos útiles de los que de verdad mangoneaban la otra parte de aquel bipartidismo en alza ya desde el primer momento de todo el montaje. Las elecciones se hicieron en día laborable, para que no cayésemos en la tentación de largarnos a la playa sin cumplir. Fue aquel un día eufórico, de media fiesta, con las calles llenas de gente y de carteles, los partidos más vocacionales tenían voluntarios para pegarlos incluso.

Todo ha cambiado, y mucho. Nos faltaba coherencia, sensatez, lucidez, lo que sea, pero nos sobraba esperanza, entusiasmo y optimismo. Claro que yo era joven y de joven todo se ve de otro color, todavía más si se ha esperado tanto que sucediera alguna cosa distinta y todo tarda demasiado. Franco murió en la cama y de viejo, la monarquía, cosa impensable hacía unos años, fue acogida con alegría servil y la verdad es que muchas cosas cambiaron de verdad aunque no lo parezca, hay que ser optimista y positivo. Vinieron, eso sí, las rebajas. Los ochenta fueron más duros y la izquierda en el poder se corrompió en gran parte. La vida es así y los poderes fácticos y reales siguen tan lejanos de todo el resto como siempre.

miércoles, 5 de junio de 2013

EL DIA QUE MURIÓ MARIONA REBULL







Ignacio Agustí, el árbol y la ceniza es una magnífica biografía de este escritor complejo, vapuleado por la historia, autodestructivo y quizás acomplejado a causa de su pequeñez física, ninguneado después de su muerte en muchos aspectos o etiquetado de forma parcial e interesada como escritor franquista. Sergi Doria ha escrito un libro excelente, que transita por la vida del personaje pero también por aquella Cataluña de la postguerra, tan poco conocida todavía,  por sus miserias y sus intentos de resurgir de las cenizas de la guerra civil y de los odios y desencuentros que esa guerra y, no lo olvidemos, también los años anteriores a la guerra generaron.
Se han cumplido cien años del nacimiento de Agustí, un centenario celebrado de forma modesta y en penumbra: algunas reediciones, un par de sesiones en la filmoteca, unos cuantos artículos en la prensa. Poca cosa. El personaje todavía resulta algo incómodo a todo el mundo. Sin embargo este libro vale por todos los olvidos. Agustí fue contemporáneo de Espriu, poeta del cual se ha publicado así mismo una reciente biografía, correcta, documentada y seria pero, según mi opinión, sin la pasión por el personaje que se vive a través de estas páginas. La biografía es un género difícil, Agustí Pons, autor de la de Espriu, tiene una biografía de Maria Aurèlia Capmany escrita con esa chispa inexplicable de amor hacia el biografiado que no encontré en la de Espriu y que he encontrado desde las primeras páginas en la de Agustí.
No resulta inoportuno o banal comparar la trayectoria vital de ambos escritores. Fueron amigos, se respetaron, se admiraron y se continuaron relacionando a lo largo de sus vidas, las cuales, como es sabido, tomaron rumbos distintos. La guerra civil rompió muchas cosas, muchas posibilidades, muchos proyectos. Cómo se comenta en el libro, todos aquellos muchachos ambiciosos, brillantes, eran demasiado jóvenes al estallar la guerra y demasiado viejos en 1939. Eso, si lograron sobrevivir. Reducir todo aquello, como se viene haciendo en mucha narrativa actual, a un cuento de buenos y malos es absurdo, la vida es complicada y nada es blanco o negro del todo. Sin embargo entrar a fondo en las contradicciones de la gente que con pocos años tuvo que optar por uno u otro bando y nadar en el mar difícil y peligroso de la larga postguerra produce cierto vértigo a los amantes de la simplicidad. Sergio Doria lo ha intentado a fondo y creo que lo ha conseguido. Agustí fue soldado de los nacionales, su clase social y sus circunstancias lo empujaron a tomar esa opción aunque, como tantos otros, pensó que la guerra sería un paréntesis rápido y necesario que acabaría por poner las cosas en su sitio,  que la monarquía volvería a gobernar y que a través de ella se restablecería una cierta democracia.
Como sabemos, las cosas no fueron así. También Agustí, con Ridruejo y otros jóvenes ingenuos, creyeron que la cultura catalana no quedaría relegada de forma brutal al bando de los otros.  Sabían, como así fue, que personas de ideas conservadoras que habían dado su apoyo al franquismo por miedo, religiosidad o convencimiento político, no estarían nada cómodas ante unos políticos abusivos dispuestos a imponer a la fuerza una españolización brutal. El fantasma del separatismo visto desde el centralismo, que rebrota a derecha e izquierda a menudo y en circunstancias bien distintas, como podemos comprobar en el presente, acabó con las aspiraciones de respeto hacia una cultura resistente e imprescindible de la misma manera que en la actualidad la postura intransigente del poder central contribuye a aumentar el independentismo.
Agustí empezó a escribir en catalán, poesía sobre todo, antes de la guerra. Después intentó salvar lo que pudo y cómo pudo cuando se dio cuenta de qué no era posible que los ganadores en el poder, que tampoco estaban dispuestos a volver a instaurar una monarquía, tuviesen ninguna intención de aceptar el catalán, más bien todo lo contrario, querían eliminarlo del mapa peninsular como fuese.  Emprendió con otros periodistas la aventura de Destino, revista que pasó de órgano falangista a islote cultural barcelonés y que concentró en sus páginas la flor y nata de la intelectualidad del momento. La larga historia de Destino muestra las miserias y grandezas de aquella publicación, ligadas a la situación de aquellos años. La revista sufrió ataques serios de los falangistas, con destrozos incluidos, a causa de sutiles indirectas sobre los males de aquella represión brutal y larguísima e incluso el mismo Agustí tuvo que desaparecer en alguna ocasión, por miedo a aquellos matones amigos del aceite de ricino y de la violencia. También sufrió luchas por el poder en su interior, en una de las cuales Agustí resultó ser el perdedor.
Ignacio Agustí pasó por muchos problemas de alcoholismo y mentales, por los cuales la biografía de Doria transita con gran delicadeza, así como por su vida personal. Murió de forma prematura antes de ver como cambiaba todo –o casi todo- y volvía la monarquía, tal y como había deseado, intentado e incluso profetizado, sin ser creído, claro. Su papel en Destino, en Tele/exprés y en iniciativas cómo el Premio Nadal se minimizó, otros se pusieron las medallas. Tuvo un gran error que pagó muy caro, la crítica contundente a la manifestación de sacerdotes a causa de las torturas infringidas a un estudiante, Joaquim Boix i Lluch, en 1966, calificando a los sacerdotes de bonzos incordiantes.
Agustí, sin embargo, tuvo virtudes, muchas, hoy olvidadas o despreciadas.  A pesar de tantos olvidos hay algo por lo que Agustí ha sido conocido y valorado casi siempre, esa historia de los Rius, cinco novelas intensas y magníficas que narran la evolución de la sociedad barcelonesa durante muchos años, desde la Exposición de 1888 hasta la guerra civil a través de la vida cotidiana, social y política de una familia de la burguesía. De forma también algo injusta la mayoría de gente conoce tan sólo las dos o tres primeras novelas de la serie. 19 de julio Guerra Civil inciden en una época espinosa y difícil, vivida en directo por su autor pero son también excelentes, aunque muy distintas de las otras.Mariona Rebull, El viudo Rius Desiderio se han editado y reeditado en muchas ocasiones. Y yo diría que revalorizado cuando gente de generaciones jóvenes las ha podido leer sin complejos.
En los años cuarenta se filmó una película bastante digna sobre esos libros. La Filmoteca la ha repuesto en una única sesión. A principios de los sesenta se filmó una serie en blanco y negro, con Jesús Puente como Joaquín Rius y María José Alfonso como Mariona Rebull, interesante y modesta, como la televisión de la época. Y más adelante llegó la famosaSaga de los Rius, en 1976que Agustí ya no pudo ver, porque había fallecido en 1974. La serie tuvo distinta aceptación entre la crítica, se criticó su lentitud, incluso  se acuñó una especie de frase hecha, en la época: eres más lento que la Saga de los Rius. Pero tuvo un gran éxito popular y dejo huella. Contó con un presupuesto generoso, con buenos actores, con buena música, con aquellas magníficas acuarelas que ilustraban los títulos de crédito. Y se ha repuesto en muchas ocasiones, en castellano pero también en catalán.  Fernando Guillén fue durante años el viudo Rius y él mismo ironizaba sobre las muchas reposiciones de la serie y sobre el hecho de qué todavía, a pesar de haber sido tantos personajes, lo recordasen a menudo por su papel protagonista en aquella producción.
Sergi Doria cuenta como su propia madre le ha comentado en alguna ocasión que Mariona Rebull murió en un palco del Liceo, a causa de la famosa bomba, como si de un personaje real se tratase. Una persona conocida que trabaja en el teatro me contó también que en las visitas culturales más de una persona pregunta en qué palco falleció Mariona Rebull, al lado del seductor Villar. La bomba del Liceo ha quedado definitivamente relacionada con esos personajes de ficción, tan vivos todavía. No suele pasar eso con demasiados personajes de novela, que se acaben trasformando en auténticos en la memoria popular. El ciclo novelístico La ceniza fue árbol, como lo tituló su autor, tiene muchos elementos que lo hacen sobrevivir al tiempo, a las modas literarias y a las críticas negativas, que también las ha habido.
Sin embargo Ignacio Agustí fue mucho más que el creador de los Rius y de su entorno. Fue un hombre enigmático y atormentado, difícil a veces, entrañable en otras, condicionado seguramente por su pequeñez física, que ya en su juventud le valió bromas crueles en la prensa del momento, porque aunque no nos guste reconocerlo la apariencia es un aspecto muy importante en nuestras vidas y un elemento recurrente cuando se quiere criticar a alguien sin matices ni sutilidades. Tuvo problemas y desencuentros con antiguos amigos y colaboradores, se sintió traicionado a menudo. Quizás no supo gestionar sus éxitos y no tuvo la aptitud camaleónica de muchos otros franquistas reconvertidos a tiempo en demócratas oportunistas.  Murió demasiado pronto.
Por las páginas de esta biografía desfilan muchos personajes de la época, algunos ya olvidados.  Por eso, además de la biografía de Ignacio Agustí, fascinante como cualquier buena novela, porque nos muestra un ser humano real con sus debilidades, aspiraciones, fracasos, éxitos y errores, este libro es también todo un manual imprescindible de historia contemporánea. De esa historia que no nos gusta del todo porque no es cómo pensamos que debería ser pero que nos ayuda a comprender el presente mucho más que otras lecturas más convencionales sobre el pasado. Un gran libro, una gran biografía y mucho más que eso.

Júlia Costa

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Ignacio Agustí, el árbol y la ceniza / Sergi Doria / Ediciones Destino / 1ª edición, 2013 / 342 páginas / ISBN 9788423346523


Artículo publicado en el blog literario 'Llegir en cas d'incendi'.

miércoles, 29 de mayo de 2013

LEIG GW PERSSON Y LA SUECIA MENOS FRÍA




Aunque el autor de esta novela sea sueco y el libro pueda clasificarse en el género negro, tan de moda actualmente, nos encontramos ante una historia atípica, tanto por su contexto como por sus protagonistas. En primer lugar, nos hemos de situar en una Suecia calurosa, cosa que contrasta con la nieve y el hielo a qué nos tienen acostumbrados los libros de otros autores de aquel país. En segundo lugar, el principal protagonista, Bäckström, es todo un antihéroe, una mezcla de Torrente y del Méndez de González Ledesma, aunque con mucha menos ética profesional que éste último.  Vago, con tendencia a la ordinariez y al pensamiento políticamente incorrecto, me consta que el personaje ha resultado muy incómodo a algunos lectores habituales de ese tipo de libros de ficción. Sobre todo, a las lectoras.
Leif GW Persson (Estocolmo, 1945) es un criminólogo y escritor muy popular en su país y todavía poco traducido en España. Conoce el mundo policial en directo y por eso sus descripciones de los métodos empleados y del cuerpo policial resultan vivas y convincentes pero, en cambio, nos pueden sonar a lejanas y raritas a quiénes estamos más acostumbrados a convivir con los profesionales del orden a través de la novelística y no de la realidad pura y dura. Ese policía que resulta simpático y repulsivo a la vez se nos antoja a menudo más mediterráneo o mesetario que sueco, quizás porque nos movemos, queramos o no, entre tópicos diversos.
La novela tiene méritos evidentes pero quizás no sea lo mejor de su autor. Alargada de forma innecesaria, parte de un crimen poco explicado cuya resolución en la última parte del libro no nos acaba de convencer. Hay un exceso de personajes, de situaciones y de derivaciones colaterales de la historia que a menudo no vienen a cuento. Que dada la vagancia e inoperancia de una gran parte de ese cuerpo policial el caso se resuelva, gracias a algún elemento de la profesión más serio y responsable que el resto, ya es todo un mérito aunque inquieta lo errático de la metodología nórdica utilizada por ese equipo inclasificable.
Persson sabe de lo que escribe y quizás por eso es tan desmitificador. Tuvo él mismo problemas en su país al investigar sobre una trama de prostitución con implicados de cierta categoría. En todo caso resulta éste un libro interesante para acercarnos a otra Suecia menos fría, menos eficiente pero también, con toda probabilidad, más real y más humana que esa otra que han promocionado muchas novelas sobre crímenes y misterios en las cuales los policías son educados, atractivos, atormentados, preocupados por los problemas de la humanidad y del medio ambiente y nada machistas.
Lo mejor de todo son los pensamientos no verbalizados de ese investigador tan particular, que cumple con poco esfuerzo, no valora a los demás, bebe cerveza sin medida, ve pelis porno y trata a las damas de forma absolutamente incorrecta y grotesca. Hay en el personaje mucha crítica subliminal de ese mundo de hoy tan aséptico en apariencia, incluso de una gran parte de literatura de género que se mueve dentro de unos parámetros muy encorsetados. Nos tropezamos con grandes dosis de ironía que derivan en sarcasmo cáustico, en definitiva. La provocación está servida aunque es una lástima que la historia central, el crimen que sirve de excusa a todo lo demás, no esté un poco más elaborada y trabajada.

Júlia Costa

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Linda, como en el asesinato de Linda / Leif GW Persson / Editorial Grijalbo / 1ª edición, 2012 / Traducción de Carmen Montes Cano / 528 páginas / ISBN 9788425347955

(Reseña publicada en el blog Llegir en cas d'incendi )

viernes, 17 de mayo de 2013

SOBRE LENGUAS NO DEBERÍA HABER NADA ESCRITO




Hace años tuve una muy buena profesora de lengua que nos contó como, en la realidad, había más diferencias entre dos dialectos alemanes o italianos que entre el castellano y el catalán. El concepto de lengua, de idioma, es siempre artificial, creado o fijado por los poderes académicos, políticos. Pero la alfabetización masiva hace que esos estándares artificiales se conviertan en algo sólido e intocable, como las leyes. Sólido e intocables según los que mandan, claro. 

Viajar de forma lenta, hace años, por el norte de España, me convenció de qué no se acababa una lengua -o una forma dialectal- y empezaba otra sinó que el habla fluctuaba de forma dócil entre el catalán y el gallego, pasando por las formas aragonesas y asturianas. De aquí viene, me cuentan, el hecho de que míticos predicadores como San Vicente Ferrer se entendiesen con casi todo el mundo, viajaban a pie e iban asimilando los cambios diversos. El término dialecto se ha usado de forma despectiva cuando un dialecto es algo más real y vivo que esas lenguas de libro y de gramática sagradas y oficiales.

Como los lenguajes van íntimamente ligadas a nuestro imaginario sentimental y a nuestro adoctrinamiento político y social, decir estas cosas no parece bien a nadie o a casi nadie. Se intenta marcar más las diferencias que las palabras comunes, para significarse. Hablo de las lenguas de origen románico, más que nada. El euskera es otro caso muy interesante y singular en el cual no entraré ahora. Una lengua, un idioma, no es nada concreto, incluso si miramos diccionarios y los leemos con cierta atención comprobaremos como su definición és absolutamente etérea e imprecisa. 

Pasa algo parecido con la religión, poner en duda la existencia histórica del Jesucristo canónico, evidenciando las lagunas en la documentación existente, levanta muchas protestas y reticencias. La historia sirve para todo y esta llena de medias verdades y de mentiras gruesas escritas por los vencedores o por los perdedores resentidos. Todo es según el color del cristal con qué se mira, que ya lo decía Campoamor, hoy casi olvidado. 

La lengua oficial ha sabido crear su forma perfecta y correcta y sus perversiones ligadas a la poca cultura. Ese concepto, el de cultura, es también abstracto e impreciso, como el de arte. Los pobres hablan mal, claro. Los barbarismos, las contaminaciones, son un peligro que hay que frenar. Un intento vano, ya que todo se acaba contaminando, con el contacto  humano y la realidad de un mundo diverso y con muchas relaciones de todo tipo. Veáse lo que está pasando con ese latín moderno, el inglés de estar por casa, que ocupa ya una gran parte de nuestro buen castellano, de nuestro mítico catalán, de lo que sea, incluso de ese francés oficial, tan protegido por todas partes.

Nuestros orgullos personales andan relacionados con patrias, religiones, lenguas, incluso con las propias familias en las cuales hemos caído, siempre por azar. Vanos orgullos son esos, no responden a nuestros propios méritos. La lengua debería ser un instrumento de comunicación y poca cosa más. En nuestro ámbito profesional precisamos de una lengua consensuada, común, no les niego utilidad a los académicos sabios cuando fijan los conceptos, el estándar y la ortografía para evitar líos. Ahora bien, inferir de eso que todo es intocable, como la Constitución, no lleva a nada bueno. 

La ignorancia sobre la geografía lingüística y sobre las formas dialectales de las lenguas que conocemos se ha fomentado siempre. Conocemos muy poco el mapa mundial de los idiomas, de las variedades lingüísticas. También conocemos poco o nada las variantes existentes, todavía vivas, de nuestra lengua familiar. A todos nos parece que los otros hablan mal, incluso que esas palabras raritas que escuchamos en nuestro pueblo, en nuestro barrio, son incorrecciones, localismos, arcaísmos, curiosidades campesinas o bien ordinarieces. Si la capital de España hubiese sido Sevilla seguramente el castellano actual sería muy diferente. O si la gran ciudad catalana hubiese sido Tortosa en lugar de Barcelona, por ejemplo, nuestro catalán canónico también sería de otra manera. 

Sin embargo continuamos necesitando dogmas y doctrinas. En el ámbito de la lengua no hay bueno ni malo, correcto ni incorrecto, sinó adecuado o no al contexto comunicativo, profesional. El resto es política, en el peor sentido de la palabra. La lengua, como la ley, debería estar al servicio de los hombres y las mujeres y no éstos al servicio de las normas pertinentes y, supuestamente, inalterables. Las variantes diversas deberían ser acogidas con entusiasmo, como saben y hacen los buenos escritores, aunque de esos quedan pocos y todo parece cada día más estandardizado y unificado, a la baja, claro.

Cuando ha habido la necesidad de unificar territorios, de crear estados, de encender el sentimiento patriótico, se ha visto la necesidad de inventar o reinventar una forma común de lenguaje que, a menudo, no existía. De forma retrospectiva tendríamos que reflexionar sobre el hecho de qué muchos europeos lo que usamos, todavía, es un muy mal latín, lengua que también, ay, instauró el imperio romano por necesidades obvias.


miércoles, 8 de mayo de 2013

LUIS MATEO DÍEZ Y SUS PAISAJES LITERARIOS




Hace ya bastantes años, en mi blog en catalán, escribí sobre Luis Mateo Díez. El escritor es un caso singular en nuestro mundo literario hispánico, su aspecto es quijotesco y discreto, elegante y con cierto halo de misterio. Con esa apariencia me podría imaginar yo un Lampedusa mesetario y leonés, un hidalgo a la vieja usanza. Supe de su existencia hace bastante tiempo, gracias a una revista para maestros que editaba el ministerio y uno de cuyos apartados hacía referencia a funcionarios públicos que tenían aficiones artísticas o literarias, creo que se llamaba algo así como función pública, afición privada. Era aquella una sección que tenía bastantes seguidores. Así fue como busqué sus primeros libros, La fuente de la edad, El espíritu del páramo, publicados ya en la madurez, Mateo Díez empezó escribiendo poesía pero se fue pasando a la narrativa. Se pueden encontrar muchas referencias sobre él en publicaciones diversas y en internet pero no es uno de esos personajes literarios habituales en las tertulias televisivas ni en las charangas editoriales demasiado ruidosas.

No voy a presumir de haber leído todo lo que ha escrito, que es mucho. Tampoco voy a decir que todo lo que he leído del autor me haya gustado por igual aunque todos sus libros tienen pasajes, personajes y paisajes inolvidables y evocadores, poéticos, inquietantes incluso. Mateo Diez requiere, para entrar en su mundo, tan personal, de algo que en nuestros tiempos no es habitual: paciencia, constancia, tranquilidad. Sus gentes son, cómo el mísmo ha comentado en alguna entrevista héroes del fracaso, un término que me apropié para definir a algunos de los protagonistas de mis propias y modestas novelas. Que un autor cómo él, en estos tiempos, haya conseguido desarrollar una carrera literaria constante, jalonada de premios de prestigio pero poco ruidosos, es un gran mérito, suyo y también de la sociedad cultural que lo rodea. Y con novelas que no son ni históricas, ni de ciencia ficción, ni policíacas, por cierto. Que no están sujetas a modas ni tendencias y que beben de la tradición intelectual castellana más profunda e intemporal. 

Mi hermano me preguntó hace unos días sobre ese autor, había leído alguna cosa sobre su último libro, en el periódico. Recordaba que yo le había hablado de él hace tiempo. En las páginas de Mateo Diez está todo lo excelente, lo bueno, lo mediocre y lo malo de nuestra controvertida hispanidad y leyéndolo nos damos cuenta de qué, nos guste o no, por más catalanes que nos sintamos tendremos también siempre algo o mucho de españoles perdidos en medio de mesetas hostiles, nosotros, los periféricos. He recuperado y estoy releyendo Camino de perdición, uno de mis libros preferidos de ese escritor inclasificable, académico, por cierto, desde el año 2000. 

Mateo Diez dejó la poesía, no sé si de forma definitiva, pero los títulos de sus libros son absolutamente poéticos, Fantasmas del invierno, El expediente del náufrago, El espíritu del páramo, Los frutos de la niebla, El demonio meridiano, El paraíso de los mortales... Un autor para tener en cuenta y para leer y releer sin pausa y sin prisa, sobre todo, sin prisa.

sábado, 20 de abril de 2013

EL RETORNO DE LOS VENCEJOS



Nunca acierto a saber en qué preciso instante llegan los vencejos a mi barrio y al cielo de la ciudad. En una obra de Guimerà, La filla del mar, la protagonista explica cómo se enamoró y cuenta que no sucedió de golpe, sinó sin darse cuenta, tal como la noche se hace día. Cuando era pequeña quería ser consciente del momento en el cual me dormía, pero siempre me resultó imposible. Muchas cosas no suceden de repente sinó con una especie de lenta magia que no podemos aprehender.

Así llegan esas aves, como el amor. Sin darme cuenta una mañana percibo sus chillidos extraños y contemplo en el cielo su vuelo constante. Cuando se van pasa lo mismo. Un día percibimos el silencio de la mañana, persistente, el verano retrocede. No supe su nombre de verdad hasta que fui mayor. Mi escuela era en castellano y en algún libro de lectura tropecé con la palabra que les correspondía pero no la relacioné con unas aves tan cercanas, creía que eran pájaros campestres, esos vencejos de mis lecturas infantiles.

Falciot, su nombre en catalán, que hace referencia a su forma cuando vuela, de falç (hoz) tampoco me era conocido entonces. En mi infancia todo eran golondrinas, orenetes, una palabra que utilizábamos como genérico. Mi madre, cuando yo era pequeña y ella era todavía joven, me anunciaba su llegada con alegría, avui he vist una oreneta. Pocas veces pudimos contemplarlos de cerca pero en una ocasión uno de ellos cayó en el lavadero familiar del patio de luces. De cerca me dio casi miedo, aunque él estaba más asustado que yo. ¡Qué feo era! En el libro de Sagarra sobre aves, Els ocells amics, también se incide en su fealdad. Mi madre lo cogió con cuidado y lo lanzó sin miedo al exterior, estaba acostumbrada a matar pollos y conejos navideños y los animales no le daban miedo. El pájaro voló sin dificultat, libre. Los vencejos tienen unas patas deficientes, no podemos verlos andar ni picotear por ahí, como a tantos otros. Su nombre científico, Apus apus, evoca esta característica.

Son un dibujo en el cielo. Un dibujo recurrente, que ilustraba nuestros paisajes convencionales con la casita de campo típica y el pozo al lado. Entre las nubes, en aquellos cielos de lápices de colores, los pájaros daban vida a un espacio desconocido en el cual, suponíamos, habitaban los ángeles. Unamuno tiene un hermoso poema sobre los vencejos y las cosas naturales que siempre regresan. Sí, pero nunca son las mismas, como sabía muy bien el romántico Bécquer al evocar golondrinas y madreselvas perdidas. O Machado, que esperaba un milagro primaveral imposible. Vuelve la vida genérica, claro, pero nuestras vidas individuales e instranferibles no pasarán de algún otoño, de algún invierno, nos guste o no. Sin embargo, con los vencejos en el cielo la esperanza, tan fràgil, siempre parece recuperada aunque sea de forma temporal. Son todo un símbolo, esos habitantes del espacio que no pueden sostenerse  a gusto en el suelo puro y duro. Claro que sus víctimas, los mosquitos, los pequeños insectos casi invisibles, no deben tener por ellos demasiada simpatía. Así es el mundo y así es la naturaleza.