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viernes, 2 de octubre de 2015

TAL CÓMO ÉRAMOS Y LA VIDA SIGUE IGUAL


Con una aceptable promoción se recuperó este verano en los cines hispánicos esa joya que es El mundo sigue, despues de cincuenta años y mucho olvido. Sin embargo en Barcelona pasó  de puntillas en verano y en el resistente cine Maldá ha vuelto durante una semana aunque a un horario algo intempestivo, la una del mediodía.


Siempre nos quedará el vídeo, buscando por internet, claro. Puede que algún día, en la filmoteca... En otros países sería esa una cinta de culto, imprescindible, un monumento, y todos sus actores sin excepción, -de los principales sólo vive todavía Gemma Cuervo- habrían hecho una carrera llena de éxitos y óscars y habrían recibido títulos y condecoraciones. Fernando Fernán Gómez en sus monumentales memorias ironiza a fondo sobre esas grandes diferencias entre los actores de allá y los de aquí y de como incluso el éxito dura aquí poco y no asegura ningún futuro. 
Pasó  muchas penas esta película, que en sus tiempos sólo llegó a estrenarse, tarde y mal, en Bilbao. Es buen neorrealismo a la española, un género que contó con muchas dificultades para subsistir. Su guionista y director y también uno de los protagonistas es el gran Fernando Fernán Gómez, personaje del cual creo que, en general, no hemos llegado a valorar del todo nunca su inmensa genialidad poliédrica y polifacética.

Adaptó un libro de Zunzunegui y parece que ya le advirtieron que ese autor traía mala suerte. Que la pacatería del presente lo relegue al olvido por haber sido franquista me parece comprensible, por desgracia, pero que en sus tiempos de académico también fuese poco apreciado es realmente grave. En la película, al personaje que interpreta el gran Agustín González, un crítico y escritor amargado que tal vez fuese un alter ego del autor de la novela, ya le advierte su jefe que lo que escriben los que tienen el poder cultural y sus parientes y conocidos siempre es bueno. Creo que muchos periodistas culturales del presente podrían contar cosas parecidas, salvando las distancias.

La película tiene hoy un valor añadido a ese plantel de actores en estado de gracia ya que se trata de una película coral: el tiempo la ha convertido casi en un documental sociológico, paisajístico. Esa ciudad de barrios, esas escaleras sin ascensor, esos coches utilitarios que empiezan a florecer y son objecto de codicia, aunque los trepas se paseen en haigas, esos carros a tracción animal que todavía pululan por todas partes... Se salía de la miseria y se llegaba a la pobreza sostenible. Pasa en Madrid pero podría pasar en muchos lugares, reconocí personas y calles de mi Barcelona popular, en el buen cine y la buena literatura todo es universal.

La peor parte es para las mujeres, sin salida, sin perspectivas, víctimas de esas víctimas que son los hombres, brutos, groseros, abusadores. Hombres que mandan, que humillan, que beben en el bar y repasan sin disimulo a las chicas, diciendo un montón de supuestos piropos, chanzas desagradables que hoy suenan a insulto. Hombres que tocan al pasar, reprimidos, que no son buenos ni para ellos mismos, con su doble o triple moral, como ese desgraciado personaje que interpreta magistralmente Fernando Fernán Gómez. 

La salida de las mujeres es la boda, la soltería condenada, o, si se es de buen ver, ese sector profesional tan querido por la literatura y el cine, casi siempre desde una visión de fantasía masculina o de machismo sin concesiones, del que tanto se debate sin llegar a ninguna solución, la prostitución, en la cual también, como en cualquier trabajo, hay categorías, que ya oía yo decir en mi adolescencia aquello de qué para ser puta y no ganar nada vale más ser mujer honrada.
Resultat d'imatges de elmundo sigue
La película tiene elementos esperpénticos, ternura familiar, la familia todavía es el soporte de los pobres en casos de escasez econòmica, costumbrismo, escenas innovadoras y geniales y se presta a muchas lecturas. Esas dos hermanas que se odian son toda una metáfora. Lina Canalejas, en el papel de una casada amargada, joven y ya con muchos niños, malcasada y sin dinero y Gemma Cuervo en el papel de una mujer con inteligencia práctica que decide mejorar su situación a costa de buscar líos con hombres de posibles. Todos los actores y actrices están muy bien pero Gemma Cuervo, Milagros Leal y Lina Canalejas están de premio gordo actoral. 

¿Cómo es posible que algún director americano no viniese a raptar a Cuervo para ofrecerle papelones en Hollywood? Está guapísima, elegante, hace una interpretación llena de matices hasta llegar a un final algo  brusco, puede que innecesario incluso, que convierte en tragedia una  historia con elementos humorísticos, casi sarcásticos. Sin embargo ese papel parece que inclusó la perjudicó, trabajó poco en cine aunque bastante en buen teatro y la gente joven del presente la conoce sobre todo por una serie de la tele de risa.

Fernán Gómez encabeza la historia con una cita de otro gran olvidado en nuestro mediocre presente, Fray Luis de Granada: Verás maltratados a los inocentes, perdonados los culpables, menospreciados los buenos, honrados y sublimados los malos; verás los pobres y humildes abatidos y poder más en los negocios el favor que la virtud. Una cita aplicable a nuestro presente y es que en el fondo nada es nuevo, mejoramos a trompicones y el dinero continua siendo el gran objectivo a conseguir, sea como sea. El mundo, sigue. Al menos las mujeres, aquí y ahora, en algo o en mucho hemos mejorado nuestra situación. Si Luis de Sarria fuese contemporáneo nuestro podría añadir, con ironía: verás ensalzadas películas malas o mediocres con actores flojitos y olvidadas otras de magistrales con actores excelentes.

sábado, 16 de mayo de 2015

FOTOGRAFÍAS QUE AMARILLEAN Y GENIALIDADES INCLASIFICABLES

Resultat d'imatges de el tiempo amarillo






Por suerte para los lectores y para los admiradores del gran e inclasificable personaje que fue Fernando Fernán Gómez se han reeditado hace algún tiempo sus memorias, ampliadas y en un solo tomo, ya que anteriormente (Debate, 1988) se encontraban divididas en dos volúmenes.
No son unas memorias convencionales, cada apartado nos evoca paisajes perdidos, personajes entrañables, como esa madre soltera y artista y esa abuela inolvidable además de un gran número de actores, autores, directores, de diferentes épocas y situados en diversas circunstancias.  Pero también encontramos gente anónima, conocidos, vecinos, criadas, parientes, tenderos.
Admite el autor que se sintió muy amado por esa madre y esa abuela, a pesar de lo irregular de su situación y de los años difíciles que vivió. Lo seguimos en su infancia y adolescencia, agradecemos al destino la suerte que tuvo  de ser considerado argentino y librarse del frente, dónde tantos jóvenes, casi niños, murieron sin apenas haber vivido.
Fernando Fernán Gómez es discreto en muchos aspectos personales relacionados con sus amores, modesto en la apreciación de su trabajo,  humilde al evocar actos valerosos relacionados con temas políticos y sociales, en una época en la cual no era nada común que personas del teatro y del cine pusieran en peligro su trabajo o incluso su seguridad física. Incluso admite que la memoria es engañosa y que algunos detalles del libro no son exactos sino víctimas del recuerdo sentimental y de ese paso del tiempo que hace que todo amarillee.
Marcos Ordóñez, en un interesante comentario a esta reedición,  que se publicó en El País, insistía en la necesidad de un índice final con nombres de personajes, de películas, de libros.  También echaba en falta la cita de Miguel Hernández que da título al libro y percibía algunos errores. Sin embargo todo eso, que debe de ser tenido en cuenta, no reduce en nada el encanto que emana de esas páginas, literatura pura, y que podría ser perfectamente un conjunto de excelentes narraciones puesto que muchos de los capítulos tienen vida propia.
En el libro se incluye un magnífico prólogo de Luis Alegre, quien conoció a Fernando Fernán Gómez ya mayor, en los años noventa, cuando se había extendido una cierta opinión sobre su mal carácter, potenciada por una anécdota con  un admirador pelmazo que se repitió por la tele hasta la saciedad. El prólogo es también muy buena literatura y resulta conmovedor por los detalles que cuenta y el afecto y admiración evidentes por el personaje. El libro incluye bastantes fotografías pero podría haber muchas más, son imágenes que nos transportan a un pasado complejo recordado de forma amable,  con una sana dosis de humor inteligente y una distancia imprescindible, literaria sin pretensiones, moderadamente nostálgica.

FernandoFernán Gómez fue un personaje inclasificable, genial en muchos aspectos, hizo muchas cosas y todas las hizo bien aunque fuesen películas malas, sobre las cuales ironizaba en ocasiones. En un programa radiofónico reciente sobre cine, oí comentar que en otros países sería más considerado, admirado y conocido que gente como esos grandes mitos del cine francés, inglés, americano o italiano, salvando las distancias. Él mismo bromea con el tema en esas memorias singulares, en otros lugares llegas a actor famoso y ya lo eres para siempre pero en España un éxito o muchos éxitos no significan gran cosa, ni tampoco te aseguran una economía saneada de forma definitiva.

El tiempo amarillo nos habla de nuestro país sin dramatizar, de cómo se sobrevive en épocas difíciles, del mundo del cine, del teatro, de la literatura y de la vida cotidiana, nos muestra una guerra civil doméstica, una especie de epidemia que hay que pasar cómo sea para poder retornar a la normalidad precaria del mundo de los actores y de casi todo el mundo. No es éste un libro para leer de un tirón sino para disfrutarlo de forma lenta y poder volver hacia atrás si es necesario, actividad para la cual el índice que propone Marcos Ordóñez resultaría muy útil. Al leer este libro parece incluso poderse escuchar la personalísima voz de su protagonista contándonos su vida a su manera, a retazos, con esa magnífica carga de genialidad que se desprende del libro y que en cambio no convierte en ningún momento a su protagonista en un escritor pedante sino más bien en alguien que no está nunca satisfecho del todo con aquello que hace.