jueves, 17 de septiembre de 2015

LECTURAS Y RELECTURAS IMPRESCINDIBLES EN TIEMPOS COMPLICADOS

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Leí este libro de Bobbio hace años y estos días me vienen algunos aspectos de esa lectura a la mente, aunque precisaría hacer una relectura a fondo para saber si mis recuerdos son reales o reinventados. Bobbio es un personaje imprescindible, no tan conocido ni leído como convendría a nuestro extraño presente. Bobbio vivió una vida larga y tuvo tiempo de evolucionar, era de buena familia tuvo una breve juventud fascista, evolucionó hacia el comunismo y hoy es percibido como un filósofo de la democracia, de la democracia crítica. Los tres pilares fundamentales, ideales de convivencia, son para Bobbio la democracia, los derechos del hombre y la paz. En este librito incide en el tema de la derecha y la izquierda y de su vigencia en el mundo contemporáneo, Bobbio murió en 2004.

Me atrevo a decir que sin la paz no puede haber nada más. Bobbio, que había vivido la guerra europea y participado en ella desde la resistencia antifascista, lo sabía muy bien. Supo ver también como los extremos de derecha e izquierda coinciden, no hace falta ser unos linces para reconocer que Hitler y Stalin tuvieron mucho en común. También las capas intermedias de esas ideologías coinciden en el presente, todo evoluciona, por ello no se puede hablar de la derecha como se hablaba de ella en los años veinte o treinta. La izquierda tampoco es la misma, al menos en nuestra sociedad occidental que come caliente cada día aunque sea con ayudas estatales.

Sin embargo hay matices. En estas elecciones catalanas del día 27 se potencian esos matices. Las campañas electorales mueven muchos demonios. Bobbio admite, sin embargo, que todavía hay diferencias y que podemos distinguir entre unos y otros según se potencie más la libertad o la igualdad. Los dos conceptos, sin embargo, deberían redefinirse. Se habla de libertad de forma muy general y a veces se establecen diálogos de sordos. La libertad se supone, según los diccionarios, que es la capacidad de escoger pero en la vida no escogemos casi nada, ni país, ni lengua, ni familia, ni clase social. Amigos y parejas parecen ser escogidos pero nuestras opciones no son universales ya que depende de por dónde nos movemos y con quién nos relacionamos. Todo depende, incluso, del azar. Tampoco escogemos época histórica.

Sobre la igualdad se han dicho y hecho muchas tonterías como querer igualar a la baja incluso la capacidad intelectuals, ese ha sido un gran pecado de la escuela tontamente progre. Sin embargo es evidente que estamos muy lejos de una sociedad igualitaria de verdad, considerando esa igualdad en el marco de las oportunidades, del acceso a los derechos humanos, individuales y sociales. Cuando estos días alguien me habla de qué Catalunya debe ser un país libre no me atrevo a contestar que, de momento, no me siento demasiado oprimida y que para lograr mi voto deben hacer referencia a temas más pedestres. Sin embargo creo sinceramente que el tema español y nuestra inclusión o no en el estado debe reconsiderarse y mejorarse. Las épocas de vacas flacas son complicadas, en otros tiempos nos daban unas cuantas zanahorias y todo el mundo más o menos contento. Cuando las zanahorias escasean para todo el mundo vienen las crisis y los experimentos políticos que a menudo generan grandes expectativas irrealizables, veáse la República, como empezó y como acabó.

Las izquierdas convencionales han decepcionado a mucha gente. Ya dice el Evangelio aquello de por sus frutos los conoceréis y a muchos ya los hemos conocido, claro que para eso hace falta tiempo, decían las abuelas de mi infancia que no conocías a nadie antes de comerte con él un saco de sal. A los políticos más jóvenes, que tanto atractivo despiertan ante un panorama político mediocre, no los conocemos a fondo ni sabemos cómo pueden evolucionar. Uno de los grandes pecados de nuestra sociedad es mirarnos el ombligo y prescindir del mundo en su globalidad, el internacionalismo parece una vulgaridad pero ahí están los refugiados, los marginados, los oprimidos por políticos abusivos que no tienen ni tan sólo la posibilidad de escapar de sus países. Nadie habla a fondo de ese internacionalismo más allá de seguir considerando que en la película de la vida hay unos malos evidentes y que muerto el perro, muerta la rabia.

Pero la rabia es endémica y es fácil provocarla y echar gasolina al fuego. Para ello existen muchos recursos entre los cuales las referencias oportunistas a la historia del pasado, tan manipulable e interpretable y que debería quedar en los libros de texto, en los archivos y en las facultades especializadas. Se resucitan héroes, reyes, mártires, batallas, banderas, opresiones, patriotismos, supuestos agravios no resueltos y grandezas miserables e imperiales, des de los de tiempos ancestrales hasta hace poco tiempo, qué más da. 

Me gusta mucho la historia como materia de estudio y lectura pero me produce un gran rechazo su utilización interesada. Vivo con cierta inquietud de persona mayor el presente pero mi inquietud no es nada comparada con la gente que percibió la llegada de guerras terribles y las vivió como pudo y le dejaron, poco se puede hacer para evitar el destino, guiado por el azar y movido por vientos que a menudo son imprevisibles. Releer a Bobbio, al menos, consuela en parte de tener que soportar tanta retórica sin sentido, sin sentido para mi, claro.


martes, 25 de agosto de 2015

ELOGIO DEL ABURRIMIENTO

Se atribuye a Napoleón una famosa frase que afirma que las revoluciones se hacen por vanidad y no por ideas. Yo creo que a veces también se hacen o se intentan hacer por aburrimiento. Incluso en ocasiones parece que la gente se cansa de la tranquilidad, de estar bien, vaya. Los mentores adultos de mi época joven afirmaban que la ociosidad era la madre de todos los vicios. Sin embargo el aburrimiento y el ocio aburrido cuentan con un componente de grandeza, presuponen que no tenemos grandes preocupaciones, de momento. Quizás por esos se inventó aquella horrible frase sobre matar el tiempo cuando el tiempo muere sin esfuerzo, a menudo muy deprisa, sobre todo cuando no estamos aburridos.

Estar  ocupado es interesante, aún más cuando se ejerce una actividad que nos gusta, mejor que sea remunerada, claro. Las ocupaciones ayudan a vivir, nos hacen olvidar incluso los dolores de muelas. Pero cierta dosis de aburrimiento a veces es imprescindible para poder ejercer una cierta meditación amable sobre el mundo y nosotros. Ana María Matute, en una ocasión, creo que con motivo de la reedición de Luciérnagas, hablaba del tiempo de la guerra en el cual pasaban cosas y de ese largo franquismo resistente durante el cual parecía que no pasaba nada. Y sin embargo, también alguien afirmó que los pueblos sin historia eran felices. Lo que pasa es que no hay pueblos sin historia y no sé tan sólo si hay pueblos, así, en su forma natural, más allá de las divisiones  geográficas que hemos ido construyendo las personas.

Parece que tendremos un otoño poco aburrido, manifestaciones, elecciones. Hay gente muy entusiasta sobre todo y la envidio. O quizás no. Los entusiasmos me inquietan, debe ser la edad. Se critica en algunos casos, como en el referéndum escocés, que el voto de los mayores, de los viejos, es conservador y timorato. En otros tiempos quizás se hubiese opinado que el voto de los ancianos era el voto inteligente, ligado a la experiencia y a la prudencia, más que al miedo. Hoy que te llamen vieja es un insulto. Sin embargo un refrán catalán te aconseja que entre dos médicos elijas el más viejo, consejo que hoy parece rancio ya que se supone que los médicos jóvenes entienden más del tema, están al día. La experiencia ya no es un grado, es un lastre. 

Exsite un desmedido e hipócrita interés mitificador alrededor de niños y jóvenes y un gran negocio montado en torno a alargar la vida a los viejos haciendo que cada vez parezcan más viejos y hagan cosas de jóvenes, cosas que en otras épocas habrían parecido algo patéticas, deporte de competición, viajes excesivos, tratamientos de estética destinados a enmascarar la realidad o carreras universitarias poco exigentes. 

Un jubilado activo más mayor que yo, de esos que tienen una especie de horror vacui al tiempo sin provecho y sin actividad, cuando me jubilé me insistió: ahora no te quedes en casa delante de la tele. Le dije, y se lo tomó en broma, que durante mi vida activa había hecho tantas cosas que ahora quizás me apeteciese eso de sentarme a mirar novelones y películas, en casa. Sin embargo admito que tengo una cierta actividad moderada, he hecho cursos de pintura, escribo en los blogs, camino un poco y no voy a nadar porque nunca me gustó el deporte y no voy a empezar ahora a hacer piscinas. Por lo que respecta a eso de viajar, que hoy parece obligatorio, todavía más para los eufemísticamente llamados mayores, cada vez es menos de mi gusto. 

Un prejubilado más joven que yo me contaba hace poco que a él y a su mujer también les ocurre, ese cansancio viajero, pero que de vez en cuando hacen salidas de cinco, seis días, intentan verlo todo y también lo filman todo para mirarlo después en casa. Filmar fotografiar de forma compulsiva es en nuestros tiempos una actividad habitual. Esa pretensión de verlo todo cada vez me parece más ingenua y vana, jamás se ve todo ni es posible hacerlo, no lo he visto todo ni en mi propio barrio y, además, todo cambia y los paisajes no son nunca iguales. El viaje, como los estudios, la lectura, incluso el deporte, eran actividades míticas durante mi juventud, de las cuales podia disfrutar un número reducido de ciudadanos, es posible que por ese motivo tengamos todo eso sacralizado.

Hace muchos años, en tiempos de protestas, cambios y consignas, un compañero de trabajo me dijo que la política lo aburría y me pareció una afirmación lamentable. Hoy la hago mía, me aburre tanta proclama, tanta bandera, tanta retórica sobre lo que podría o no podría ser el futuro. El tiempo y la experiencia te demuestran como esos predicadores, al menos un buen número, no hacen lo que dicen, en general. Casi siempre ha sido así. En una cena estival comentábamos como la corrupción tan criticada empieza desde abajo, gente que se proclama de izquierdas se cuela en las listas del seguro si tiene un pariente médico, hace trampas para que su niño entre en la escuela que no le corresponde, pìde facturas sin iva,  plagia tesis de alumnos, no tiene asegurada la señora de la limpieza, (casi siempre es una señora la que limpia y cuida los yayos, y generalmente, de los estratos más humildes de la población, claro).

Hay quién te pide compromiso en nombre del futuro de nuestros descendientes cuando ese futuro es imprevisible y frágil, como todos los futuros. Los entusiasmos republicanos de principios de los años treinta duraron poco pero también tenían en cuenta ese futuro que se solventó con tres años de una guerra horrible y cuarenta de postguerra. Después de la revolución francesa uno de sus protagonistas, horrorizado ante el baño de sangre que había representado todo aquello, dijo que se hubiese conseguido lo mismo con menos sangre y más paciencia. Sin embargo la revolución francesa es todavía un mito incuestionable, bastante mal contado. 

El voto universal cada vez tiene tendencia a contar con gente más joven y más manipulable, acceder al voto a los dieciséis años me parece, en nuestros tiempos, un intento de acoger masas de población susceptibles de entusiasmarse deprisa y de forma visceral, todos hemos tenido esa edad. Los dieciocho años ya me parece muy pronto, incluso. Sin embargo no me extrañaría que con el tiempo nos negasen el derecho de voto a los mayores de sesenta y cinco o setenta años, muchos de los cuales podemos ser excesivamente timoratos o conservadores, no nos engañemos. Llegar a ser una vieja algo aburrida tiene ciertas ventajas, es posible contemplar el mundo con una cierta perspectiva vital, siempre relativa, ya que por mucho que se viva, la existencia es breve y limitada. En todo caso, agradecería llegar al final del viaje sin haber sufrido demasiados sobresaltos a nivel individual o colectivo. 



domingo, 9 de agosto de 2015

MITOLOGÍA DEL VIAJE POPULAR



He leído estos días algunos artículos demoledores, sarcásticos e incluso indignados, sobre el turismo de masas. Es fácil ironizar sobre esos rebaños humanos con una persona que los guía al frente, la cual blande en alto una banderita, un paraguas o algún objeto visible que contribuye a evitar que alguien se pierda. Vivir en una ciudad turística, y Barcelona ha pasado a serlo a ritmo exponencial desde el tiempo de las Olimpiadas, nos proporciona una visión distante del tema, la del residente, la misma que ese protagonista de las novelas de Donna León nos ofrece sobre la Venecia típica.

Para las generaciones de mayores el viaje es todavía algo un poco mítico. En los sesenta la mayoría viajaba poco y cerca. Para colmo, nosotros no teníamos esos abuelos de pueblo que solucionaban los veranos. Un día, en la escuela, en los años setenta, un alumno de unos diez años en Sant Feliu de Llobregat me preguntó de dónde era yo y le dije que de Barcelona. ¿Y tú marido?, insistió. Le dije que de Molins de Rei. Se quedó algo pasmado y me comentó, preocupado, ¿pués, a dónde vas en vacaciones? Tener pueblo y familia acogedora en un pueblo era algo que siempre envidié a esos niños y niñas que en verano se iban a Andalucía, a Galicia, a Extremadura, a dónde fuese. Hoy algunos se van a Marruecos, a la China, a Bolívia, si pueden. Sigue habiendo, en parte y para un sector de la población, ese peregrinaje al pueblo a ver a la familia aunque a veces no es posible viajar cada año al lugar de origen.

El bienestar económico ofreció nuevas posibilidades a las familias. Empezamos a viajar más allá del pueblo familiar. La primera vez que cogí un avión fue en una lejana Semana Santa del sesenta y ocho, para ir a Menorca con unas amigas. En una oficina dónde trabajé durante ocho años se organizaba en invierno, cada año, una excursión a Andorra, país que entonces estaba muy lejos. Tenías que hacerte el pasaporte, pedir aquello del certificado de penales, pasar una frontera dónde amenazadores guardias civiles con tricornio controlaban lo que habías comprado en el extranjero. En Andorra se vendían productos franceses y podías ver algunos rótulos en catalán en determinadas tiendas. Del mismo modo se fue durante un tiempo a sitios como Perpinyà para ver cine verde, político o strip-tease. Se empezó a hacer turismo erótico-cultural-comprometido.

La gente más mayor que yo comenzó a moverse. Los que podían se compraban un cochecito para ir al pueblo pero con el cual también se podía ir más allá. Una compañera de colegio cuyo padre tenía un gogomóbil presumía de sus viajes a Castellón, a la Francia cercana, a Zaragoza. La gente con coche iba a la playa o a ver mundo y a veces invitaba a conocidos, amiguitos de los hijos, vecinos no motorizados. Gracias a esas invitaciones fui en varias ocasiones a la playa en un coche lleno de gente, llevándonos, eso sí, la comida y la bebida de casa. Lo mismo pasaba con las primeras teles, los vecinos afortunados presumían y generosamente te invitaban a pasar la tarde de domingo viendo El Virginiano o las marionetas de Herta Frankel.

Para la gente no motorizada empezó a surgir la posibilidad de ir a viajes organizados en autocar, aquellos viajes que inspiraron un título cinematográfico encantador y descriptivo: Si hoy es martes, esto es Bélgica. Mis padres no tuvieron nunca coche y recuerdo la ilusión con la cual iban a apuntarse a algún viaje a Murcia, a Sevilla, incluso a Italia. Llegaban al punto de encuentro, en la calle Vergara, con mucha antelación y normalmente habían sacado los billetes con tiempo para poder tener los asientos de delante de todo del vehículo. A veces los acompañábamos y los despedíamos hasta que el autocar se alejaba hacia lo desconocido.

De aquellos años heroicos en los cuales el viaje de consumo a precio sostenible empezó a estar al alcance de todos los españoles se pasó a viajar con ese espíritu de nuevo rico que tanto mal nos ha hecho. Durante unos años, cuando regresaba a mi trabajo en la escuela, en septiembre, el reencuentro con los compañeros parecía un concurso sobre quién había ido más lejos, de viaje. Las fotografías y las diapositivas que te mostraban con orgullo llegaron a ser un calvario para conocidos y parientes. 

Creo que las ansias de ir al mundo lejano han contribuido en parte al desencuentro actual entre catalanes y el resto de hispánicos, en aquel remoto entonces de los primeros seiscientos se consideraba que primero debía conocerse Catalunya, luego España y, más tarde, el extranjero, empezando por Francia o Portugal. Ahora todo es un lío, puedes haber ido a Praga y no haber visto el acueducto de Segovia.

No quiero generalizar pero creo que se viajó bastante de forma coleccionista. Ya hemos hecho Italia, te decían, cuando lo que habían hecho era un circuito de quince días contemplando los espacios turísticos recurrentes. El mundo es tan grande que no nos gusta repetir, me dijo una vez una dama viajera. En un artículo que leí hace años se comparaba ese coleccionismo viajero con el coleccionismo amoroso, ese que hace que determinados caballeros enamoradizos, como un escritor del cual leí una entrevista hace poco, manifiesten que hicieron el amor con cientos, con miles de mujeres. Hay tantas que... no hace falta repetir. Aquel artículo comparativo entre turismo de consumo y amor rápido recuerdo que levantó las iras de una conocida de entonces, de mi edad, viajera estival insistente.

Se supone que viajar, como leer, es un valor absoluto. Viajar es muy bonito, se aprende mucho, me decía hace poco una amiga. Pero así como de libros hay de malísimos e infumables en los viajes también existe una gran diversidad. La juventud del presente ya vive el viaje de una forma muy distinta porque el mundo se ha empequeñecido y existe la posibilidad de ir incluso a estudiar al extranjero, pasando en algún lugar un tiempo dilatado, conociendo a la gente, haciendo amigos. Tenemos personas de todo el mundo alrededor trabajando, sus países han perdido exotismo cuando nos hemos tropezado con sus habitantes en la vecindad. ¿Qué China nos interesa más, la del circuito turístico convencional o aquella dónde habitan los abuelos del compañero de escuela de nuestro nieto o los padres de la dependienta del Bazar del barrio?

La masificación abusiva del viaje ha coincidido con la facilidad para fotografiarlo todo, sobre todo para fotografiarse uno mismo con un paisaje detrás que certifique nuestro paso por algún lugar. Barcelona fue durante años una ciudad vacía en verano, a los turistas de sol y playa se les daba un garbeo por Montserrat, por la Rambla, poca cosa. No sé cómo pero se consiguió de forma bastante rápida ese éxito actual que ha contribuido a la destrucción de tantos espacios para reconvertirlo todo en un parque temático como pasa en un montón de ciudades y pueblos en los cuales una cosa es la vida cotidiana y la otra ese disfraz cotidiano para turistas, parecido a una feria de esas medievales o modernistas o romanas que también han proliferado en los últimos años.

El espectáculo de los turistas es para mi más excitante que la visión de la ciudad que ellos puedan tener. Me gusta, incluso, con alguna reserva, ese movimiento de grupos de estudiantes, de jubilados, de gente de tantas generaciones arriba y abajo, haciendo largas colas para subirse a los autobuses en los cuales se les cuentan cosas diversas y pintorescas. A nivel local también se han montado muchos itinerarios y rutas para ver de todo y para escuchar historias más o menos verdaderas, sobre curiosidades urbanas, hechos históricos, personajes famosos que pasaron un día por ahí, como en el caso de Chopin en Valldemosa, un clásico, o de Picasso en Horta de Sant Joan. Tragedias horribles como la Batalla del Ebro han despertado la curiosidad turística algo morbosa y han generado turismo y fomentado la gastronomía rural y el vino comarcal. Lo que no es cierto se inventa, como en el caso de la mal llamada Vampira del Raval. A veces, en alguna visita, te sale gente disfrazada, lo llaman teatralizaciones y la actividad da trabajo a actores en paro.

Los museos, esos zoológicos de lo que llamamos arte se llenan cada día más y, como en la tele, las audiencias son lo importante. Antes ibas al museo a ver cuadros que conocías a través de malas reproducciones en aquellas enciclopedias escolares en blanco y negro, hoy muchas de esas cosas se pueden contemplar bien en diferido, a través de internet, pero no es lo mismo o parece que no es lo mismo. Quién puede ya no viaja en la temporada alta, aunque con tanto jubilado y estudiante viajero todas las temporadas parecen ya bastante altas. Lo peor es que alguien va quince días a los Estados Unidos y vuelve siendo un experto en americanismo y en cómo es la gente de por allí. Hay personas que quieren ver lo que ve todo el mundo y gente que quiere ver cosas poco vistas. Los viajes, en general, hay que contarlos, como los ligues, porque en el fondo todos tenemos cierto grado de exhibicionismo. 

Un personaje de Ana de las tejas verdes, una profesora solterona que al final se vuelve amable e incluso consigue un pretendiente, le dice a la protagonista, mostrándole un álbum con láminas, ya sé que eso existe pero quiero verlo. Al final parece que no lo verá pero que encontrará esa felicidad amable y cotidiana accesible a las almas tranquilas y en paz. De todos los viajes posibles los viajes interiores son los más recomendables. La crisis económica ha reducido las aspiraciones viajeras de una parte de la población, cosa que hay quién vive con cierta amargura. Incluso los viajes escolares parecen imprescindibles y también se ha pasado en estos casos de ir a Mallorca a trasladarse, si se puede, a Londres, a París. 

Cada cual tiene sus gustos y se gasta el dinero en lo que quiere y puede, claro. Yo, ahora, me he vuelto poco viajera pero, quién sabe. Conozco gente mayor que yo que viaja de forma algo compulsiva, con el temor de qué ese viaje sea el último, en un sentido turístico, claro, y no machadiano. El último viaje siempre llega, metafóricamente hablando. A menudo somos como unas monas de un cuento de Rodari que creen que han viajado mucho y lo que han hecho es ir dando vueltas en un tiovivo. Al fin y al cabo nuestro planeta es un gran tiovivo, incluso puede que todo el universo no sea más que unos inmensos caballitos de feria.

martes, 21 de julio de 2015

SÓCRATES Y EL BURRO



Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano
Hasta el 2 de agosto de 2015
AUTORES: Mario Gas i Alberto Iglesias
DIRECCIÓN: Mario Gas



Hasta el dos de agosto,  en el marco del FESTIVAL GREC, se puede ver en el Teatro Romea Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano, después del triunfo en Mérida de esta obra imprescindible que nos evoca la figura del filósofo y las circunstancias de su juicio y condena. La escenografía,  pobre y austera, con un blanco con matices en el  vestuario, incide en la personalidad del  personaje, en su desprecio por los bienes materiales y consigue que nos parezca aún más absurda su conocida condena.

El texto potencia paralelismos con la realidad actual de un mundo en el cual los  sinceros e incorruptibles que no tienen pelos en la lengua provocan inquietud y reticencias.  La situación de Grecia y los sucesos políticos de estos últimos tiempos contribuyen a esos guiños a la actualidad. Posiblemente todo se repita, en el fondo la naturaleza humana es siempre la misma aunque muchas cosas han cambiado, al menos en una parte del mundo. También ha evolucionado en apariencia, nuestra mentalidad. Sin embargo los miedos y la inseguridad son terreno abonado para la barbarie y la sinrazón.

Creo que se percibe un feliz regreso al teatro de ideas y con cierta profundidad retórica que durante un tiempo parecía pasada de moda. Sócrates fue el protagonista de un recordado montaje de principios de los años setenta, con texto de Enrique Llovet y Marsillach en el personaje principal. Fue aquella una buena época teatral y, a pesar de las circunstancias, llena de esperanza. Todo vuelve y los temas universales siempre tendrán público ya que nos hablan de nosotros mismos, de nuestras miserias y de nuestros esfuerzos por subsistir con dignidad. Desencanto y esperanza se alternan en nuestra percepción del presente.

Ignoro si en un contexto en el cual las humanidades en general van perdiendo peso específico la figura de Sócrates es tan conocida como hace años. La obra tiene la virtud de ser relativamente breve,  una hora y media en la cual se exponen las circunstancias y el contexto de ese juicio sin sentido y de esa condena irreversible. Josep Maria Pou interpreta de forma magistral un Sócrates burlón, irónico, discursivo hasta el final. Unos secundarios de lujo lo acompañan, Carles Canut, Pep Molina, en un papel poco amable pero muy interesante, el de ese antagonista convencido quizás de la culpabilidad del condenado, pero que manifiesta sus dudas e incluso el convencimiento de actuar de forma inmoral.

Y debe destacarse a Amparo Pamplona, una  gran actriz a la cual tenemos pocas ocasiones de ver en Barcelona, inmensa en sus intervenciones puntuales, sobre todo cuando interpreta a la esposa de Sócrates y contrasta la realidad cotidiana de una vida doméstica llena de escasez con esos ideales de un esposo que se dedica a filosofar. Única mujer en un mundo de hombres, la singularidad de su sexo en el conjunto nos recuerda que aquella supuestamente perfecta democracia tenía muchos puntos débiles y unos cuantos seres marginados de las decisiones colectivas.

Los otros actores, más jóvenes, tienen intervenciones  breves pero igualmente excelentes. La dicción, un tema que hoy parece menor pero que en el teatro  es importantísimo, roza la perfección. Todo se entiende sin dificultad y la expresión oral, ni lenta ni rápida, juega con los silencios y el ritmo de forma precisa. El texto quizás pierde fuerza en algún momento puntual  pero no estamos ante una obra de acción ni nos enfrentamos a  un argumento convencional. Ya conocemos de antemano el desenlace, que se nos cuenta al principio y al final cerrando el círculo de una condena ridícula si no fuese irreversible. Es aquello tan conocido de la banalidad del mal, los discípulos pagarán el gallo y la vida seguirá, con sus miserias y sus ambiciones y sus injusticias.

No puedo dejar de pensar que esta obra habría encontrado un marco excelente en el Teatre Grec, aunque el Romea sea un espacio en el cual se respira historia y tradición teatral. Estará en cartel hasta el dos de agosto pero probablemente regrese al Romea en otoño.


(Sócrates, al principio de la obra, comenta 'si un burro me da una coz, ¿debo llevarlo a los tribunales? Imposible no evocar temas judiciales del presente...)





miércoles, 8 de julio de 2015

BANGKOK, TEATRO CONTEMPORÁNEO EN LA VILLARROEL



Resultat d'imatges de Bangkok villarroel

En el marco del Festival Grec de este año podemos ver en La Villarroelhasta el dos de agosto, Bangkok. Su autor y director es Antonio Morcillo López, quien recibió el XXIII Premio SGAE de Teatro de 2013 por esta interesante obra realista, absurda y kafkiana a la vez, que bebe en muchas fuentes del teatro contemporáneo y nos evoca a autores como Albee, Pinter o Becket.

En un aeropuerto sin aviones ni pasajeros se presenta un anciano, posiblemente estafado a través de internet, que quiere viajar a ese Bangkok que da título a la obra. En un escenario aparentemente fantasmal, pero que sabemos que en la sociedad de nuestro presente puede ser absolutamente real y cercano, sólo encuentra a un joven guardia de seguridad dedicado a absurdas tareas, como, por ejemplo, entrenar halcones que eviten la proliferación de pájaros molestos para el tráfico aéreo. Se supone que en el aeropuerto hay alguien más, un joven chino al cual no vemos nunca y con el cual el guardia se comunica por teléfono.

La situación parece absurda pero explicable. ¿Acaso no conocemos la existencia de espacios inútiles parecidos, en los cuales se han gastado montones de dinero público? El diálogo entre los dos personajes se mueve entre pinceladas de humor amargo, esperpéntico y nos evoca dos vidas no tan alejadas de la realidad actual, reconocibles. El joven, casado y con un hijo, tiene un impresionante currículum académico pero sólo ha podido acceder a este trabajo monótono, aburrido y sin sentido. El  anciano parece un ejecutivo decadente y aburrido, solitario y amargado, que desea alejarse, incluso de su propia vida.

Sin embargo el texto evoluciona hacia una ambigüedad inquietante, con el telón de fondo de la crisis económica, de la falta de valores y objetivos de un mundo en el cual se puede incluso sobrevivir en medio de la escasez, en trabajos que no responden a ninguna necesidad, precarios y frustrantes. Antes, explica el anciano al joven, el trabajo encontraba al trabajador y éste acababa por ser un maestro en su oficio. Pero este viejecito que reflexiona a fondo sobre la vida tiene una extraña ocupación inexplicable y poco clara. De la misma manera que los halcones matan pájaros como los sisones, molestos para esos vuelos inexistentes, en el mundo existen personas cazadoras y personas susceptibles de convertirse en presas, pero esos papeles son intercambiables y confusos.

La obra tiene la gran virtud de ser breve, no llega a la hora y media, y eso hace que algunas reiteraciones e incluso tópicos recurrentes, en ese fondo crítico con los grandes capitales y los bancos, no resulten demasiado evidentes. Otro tema peligroso en los textos actuales es la proliferación de palabras malsonantes, de tacos, buscando un relativo realismo, es éste un recurso que habría que usar con tiento y sin excesos ya que en algunas ocasiones se maneja de forma algo gratuita. Tiene la obra, sin embargo muchísimos elementos positivos: se trata de teatro del presente, de texto, que bebe en muchas fuentes, que nos habla de nosotros mismos aunque sea de forma más o menos simbólica y que no tiene complejos a la hora de ser claramente filosófico o discursivo.

Y un elemento definitivo que hace que el montaje de La Villarroel resulte totalmente recomendable en estos días calurosos, las interpretaciones, inmensas y contundentes, de esa pareja de actores de dos generaciones  distintas, unidos en ese espacio sobrio, en medio de una escenografía austera que sitúa al público en la sala de espera de ese aeropuerto angustiosamente inútil. Dafnis Balduz, a quien muchos espectadores recordarán por sus papeles en series de televisión, interpreta a ese guardia de seguridad aparentemente amable, con cambios de humor incoherentes,  cobarde, indignado y puede que incluso peligroso para ese sistema que, de forma más o menos oculta y gracias a sus redes ocultas, maneja las vidas de la población.

Carlos Álvarez-Nóvoa, un actor con una larga e impresionante trayectoria, con un currículum de más peso que el del joven personaje de ficción, al cual descubrimos o redescubrimos en el cine gracias a Solas, interpreta a ese aparentemente inofensivo anciano, que va desvelando aspectos siniestros de su trabajo sin perder la apariencia bondadosa, detrás de la cual podría esconderse un torturador, un experto sicario de esos capitales anónimos y omnipotentes que mueven el mundo kafkiano de nuestro presente, aunque posiblemente el pasado fuese igualmente cruel con los desfavorecidos.

Obra casi de tesis, Bangkok es un texto muy bien dirigido e interpretado que exige una reflexión posterior, un debate colectivo,  un foro real o virtual. El final puede resultar abierto o cerrado, según la interpretación de cada cual. Incluso los aeropuertos inútiles pueden utilizarse en caso de emergencia o de necesidades represivas y no es la primera vez que Bangkok es un destino simbólico, literario, mítico e inquietante. Los milagros, como el de ese avión que por fin parece dar sentido a un no-lugar, pueden resultar absolutamente indeseables y peligrosos. Las personas y los lugares nos hacen a menudo evidente aquello tan antiguo de que las apariencias engañan.

Júlia Costa
(Publicado en el blog cultural 'Llegir en cas d'incendi')

viernes, 19 de junio de 2015

NAPOLEONADAS, VANIDADES Y GLORIOSAS DERROTAS

La vanidad es la base de toda revolución, la libertad no es más que un pretexto (Napoleón)

Napoleón es un personaje mítico, como Julio César y tantos otros, y además incluso bien tratado por la posteridad. De todos los hombres que han contribuido a la mortaldad masiva de gran parte de la humanidad unos tienen buena prensa y otros no. Se perdonan las barbaridades cuando se hacen en nombre de ideas supuestamente progresistas, de esas que se consideran de izquierdas aunque sobre el tema habría mucho a comentar.

Napoleón, además, era francés y había sido revolucionario. Francia ha tenido una gran habilidad para fagocitarlo todo en provecho propio y de su mitología cultural, supongo que todos los países-estado pretenden hacer lo mismo pero no siempre el éxito y la suerte los acompañan. Hace pocos días leí en la prensa que el gobierno francés protestaba de la próxima emisión de una moneda belga que conmemoraba el resultado de la batalla de Waterloo. Waterloo ha sido transformada por la historia oficial francesa en gloriosa derrota. Hace ya doscientos años de la batalla y se han organizado unos fastos algo ridículos, con parafernalias diversas, jefes de estado elegantes y disfraces absurdos, para conmemorar tantas muertes. Si con aquello hubiesen acabado los enfrentamientos entre europeos la cosa tendría sentido pero considerando que luego vinieron tragedias peores la cosa más bien tiene un cierto aire de carnaval inquietante.

Resultat d'imatges de doscientos años waterloo

La revolución americana fue más efectiva que la francesa, algo menos sangrienta y sus principios se los copiaron nuestros vecinos sin casi ninguna referencia a los derechos de autor però la Revolución siempre fue la francesa, al menos hasta que llegó lo de Octubre. A Napoleón se le subió la grandeur a la cabeza y quiso exportar el invento francés sin darse cuenta de qué nadie quiere que lo modernicen a la fuerza, cosa que deberíamos tener en cuenta en la actualidad. Tropezó en España, un país que era mirado de arriba a abajo por el resto de Europa, ya algo al margen de las potencias efectivas que dibujaban los mapas europeos. Quizás fue una lástima aquello, mirado en perspectiva, porque José Bonaparte no era un borracho sinó un señor inteligente, dicen que incluso más que su hermano,  y hubiese podido iniciar una dinastía nueva y progresista, incluso más allá de Waterloo y Napoleón, como hizo Bernardotte en Suecia. Pero elucubrar con posibilidades pretéritas es absurdo y no sirve para nada, ni a nivel individual ni colectivo.

Lo que puedo haber sido y no fue, no fue, y además es imposible de imaginar. Los franceses soñaron de nuevo en grandezas y propiciaron aquello del Segundo Imperio e incluso empujaron a Napoleon III a una guerra que le costó el trono con una excusa española, por cierto. Por lo menos él y su esposa, nuestra Eugenia de Montijo, que pena pena, después de perder de forma trágica a su único hijo pudieron retirarse a la plácida Inglaterra en la cual quizás coincidieran con el tigre del Maestrazgo, convertido en señor de posibles y casado muy bien, con una heredera del país. Las guerras carlistas todavía están por estudiar a fondo y de forma desacomplejada.

Francia consiguió, de forma brutal y expeditiva, eliminar eso de los regionalismos y aspiraciones secesionistas diversas, con una escuela efectiva y unitaria, enviando los jóvenes brillantes a la capital y a los no tan brillantes a la guerra. Es impresionante comprobar en esos grandes monumentos de nuestros vecinos la inmensa cantidad de jóvenes bretones, catalanes, corsos, muertos por la patria francesa en aquella carnicería que fue la Primera Guerra Mundial. En España el siglo XIX fue lamentable para nuestro país, que había entrado en ese siglo con buenas perspectivas después de Carlos III, el ilustrado.

Hace algún tiempo escuché al ya desaparecido escritor José Luis Sampedro comentar con ironía lo ridículo del dictador Franco y hacer una especie de comparación con Napoléon, el cual, según él, tenía cierta grandeza. Es cierto que nuestros dictadores y políticos parecen salidos de una mala zarzuela pero Franco tuvo, quizás por desgracia, la suerte de los espabilados, murió de viejo, los sobrevivió a todos. Bueno, Mao y Stalin también fallecieron de muerte natural. Napoleón acabó en Santa Elena y murió de cáncer aunque la leyenda haya escrito a menudo sobre venenos y otras posibilidades. Yo, a Napoleón ya no le veo ninguna grandeza. 

No creo en países buenos y malos. La suerte, el clima, el azar, el contexto internacional, incluso aspectos aparentemente banales contribuyen a marcar el destino de los pueblos, de los estados, a delimitar fronteras siempre artificiales por las cuales, ay, muere la gente, y no siempre por el capricho de los que mandan, la especie humana también tiene una tendencia general y transversal a la autodestrucción, que resucita de vez en cuando en un lugar o en otro, de forma individual o colectiva.

Se supone que la cultura, la lectura y todo eso mejoran a la gente. Eso es una visión elitista, hay y ha habido gente culta malísima y analfabetos que nunca matarían una mosca si no es en defensa propia o de sus crías. El aristócrata Villalonga, en una ocasión, hablando sobre la guerra civil hizo un comentario de ese tipo, según él era comprensible que un paleto degollase a un cura pero que un caballero español leído y culto matase unos cuantos de forma brutal era más inexplicable. Para mi tan inexplicable es una cosa cómo la otra, la verdad. Y lo cierto es que las guerras demuestran lo peor de la gente, a todos los niveles sociales, económicos y culturales, pero también lo mejor, personas, cultas o incultas, ricas o pobres, que se arriesgan por defender a sus contrarios, cosas así. Se ha escrito algún libro sobre esos héroes de los dos bandos pero han tenido menos éxito que las listas de barbaridades y tragedias con buenos y malos claros y etiquetados.

Napoleón admitió en una célebre, terrible y repetida frase que las revoluciones se hacían por vanidad. Desde hace tiempo, en un contexto menos sangriento, creo que, en general, la política se hace por vanidad y que se buscan excusas diversas, el bien del pueblo, la democracia, la unidad de la patria, la diversidad de la patria, el nacionalismo, los valores que sean, para justificar tanta vanidad. Los no vanidosos duran, en política y en lo que sea, dos días. Tener en cuenta esa realidad nos puede ahorrar muchos disgustos y explica un montón de hechos que parecen inexplicables.


viernes, 5 de junio de 2015

EL SUR MÍTICO Y EL NORTE HOSTIL



La televisión nos está ofreciendo un largo y admirable ciclo sobre el cine español pero que no escapa a uno de los problemas de nuestro tiempo, la acumulación.  Demasiadas películas en pocos días castigan el producto, a mi entender e incluso ya se ha comentado que esos espacios tienen poca audiencia, las malditas audiencias presuponen que todo se calcula a lo grande y que la bondad de un producto va ligado al número de consumidores. 

Ya sé que en la actualidad una se puede grabar lo que sea, volverlo a ver cuando le parezca y todo eso, pero hay algo indefinible que nos hace valorar más las cosas cuando se nos ofrecen en dosis controladas y digeribles. Algunos canales recuperan en ocasiones miniseries de cuatro o más horas, pensadas para emitirse en capítulos semanales y que se passan seguidas, de arriba a abajo, en alguna larga tarde de sábado, cosa que las frivoliza aunque sean interesantes.

Hace tiempo comentaba con algunas personas que tengo películas en DVD que no me miro nunca y que, en cambio, vuelvo a mirar cuando las pasan por televisión. Me sorprendió combrobar que no era yo sola quién hacía eso, sinó que resulta bastante corriente. No sé el motivo, quizás hay algo misterioso que nos hace apetecible aquello que se supone que compartimos, cosa que explicaría el hecho de qué a veces se generen colas para contemplar cuadros de un pintor que tenemos olvidado en el museo local.
Resultat d'imatges de Víctor erice
Ayer pasaban por televisión ese monumento que es El Sur. Víctor Erice es un director inclasificable, que ha hecho muchas cosas poco conocidas y muy interesantes. Sin embargo el público normalito nos quedaremos siempre con El espíritu de la colmena y El Sur, con esas imágenes que recordamos incluso fuera de contexto y que forman parte de nuestro imaginario sentimental. Erice estuvo casado con otro personaje inclasificable, la escritora Adelaida García Morales, que tuvo un éxito brillante y efímero con ese relato y con El laberinto de las sirenas. Siguió escribiendo pero no fue lo mismo y en nuestro país, como cuenta con ironía Fernán Gómez en sus memorias, nunca eres famoso del todo, siempre has de estar renovando tus credenciales artísticas. 
García Morales se retiró a las Alpujarras y murió de forma todavía algo prematura, ya que hoy queremos creer que morir antes de los ochenta es morir joven. Falleció en septiembre de 2014 y su muerte la recogió la prensa de forma algo mezquina, ignoro si la gente joven de hoy, en general, sabe quién fue aunque El laberinto de las sirenas fue un libro obligado en algunos institutos como lectura de bachillerato, cosa que quizás lo perjudicó porque está lleno de referencias culturales muy elaboradas y para todo hace falta una cierta madurez aunque probablemente sirvió de semilla en algunas almas sensibles y precoces.


Parece que hubo un proyecto para llevar al cine El laberinto de las sirenas como hubo otro para filmar la segunda parte de El Sur. También hubo el proyecto de qué fuera Erice el director de El embrujo de Shangai pero acabó en manos de otro director que no fue capaz de extraer del libro de Marsé toda la magia posible. Hace poco comentaba que Delibes había tenido suerte con las adaptaciones de sus libros al cine, a Marsé le ha sucedido lo contrario.

El universo de los proyectos fallidos es muy interesante, casi tanto como el de los amores imposibles. El sur, la película, es mucho más que una historia ambigua y llena de nostalgias, es un libro de poesía visual en donde no sobra ni falta nada. Cada una de sus imágenes nos podría inspirar otras historias, poemas, pintura, dibujos, música. Todos los actores están muy bien pero resulta imposible no admirar a una Rafaela Aparicio en estado de gracia,  una de esas actrices de raza, a menudo mal entendidas y mal aprovechadas, condicionadas por su apariencia física.

Vimos a menudo fotos de Adelaida García Morales de joven, en el tiempo de sus éxitos literarios, aunque siempre fue persona discreta. Era una mujer muy bella, misteriosa, poco convencional. De mayor ya no la vimos tanto, seguía siendo hermosa y misteriosa pero nuestra sociedad no aprecia la belleza de la madurez, de la vejez, todavía menos si la gente engorda, las mujeres lo tienen peor que los hombres y muchas actrices y cantantes siguen el camino absurdo de los retoques y las dietas hasta quedar reducidas a momias. 

Una de esas personas que salen por la tele a hablar de tonterías comentaba en una ocasión que antes las damas preferían estar gorditas y tener menos arrugas, y que ahora prefieren estar delgadas y elegantes aunque tengan más repliegues.  Las mujeres se han liberado en teoría pero siguen, en gran parte, sujetas a modas absurdas como esos zapatos con talones imposibles e incómodos que limitan el movimiento o esos temas de estética tonta, siempre surgen nuevos corses con los cuales controlarnos y, encima, los encontramos bonitos.
El sur, aunque no tienen nada que ver, me evocó una película algo anterior en el tiempo de la cual también tengo hermosos recuerdos, Los días del pasado, de Mario Camus, lo mejor que hizo Marisol en ese papel de maestra andaluza perdida por un norte hostil para recuperar lo irrecuperable, la ilusión, personificada por ese fugitivo castigado por la guerra civil y que todavía quiere seguir luchando, interpretado por Gades, entonces pareja de la actriz. Dicen que la memoria es el mejor crítico aunque yo creo que también es un crítico subjetivo, extraño, a veces incluso injusto. 

Las películas, como los libros, van ligadas al momento vital en el cual las contemplamos, al lugar dónde las vimos, a las personas que nos acompañaban entonces. Por eso las relecturas, a veces, decepcionan. Sin embargo ayer comprobé que la película de Erice conserva, aumentada incluso, toda su magia. Y eso que ver una película por la tele no tiene nada que ver con disfrutarla en una sala convencional, cómoda, llena de gente, en pantalla grande.

Hay mucha literatura relacionada con los puntos cardinales, existe una filosofía para cada uno de ellos, una poesía del norte, del sur, del este y del oeste. A veces mitificamos alguno de ellos, el más desconocido para nosotros y queremos creer que un cambio de rumbo hará variar nuestra suerte, sin embargo la rosa de los vientos está en el interior de nuestras frágiles almas soñadoras.