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martes, 13 de agosto de 2013

CONSTITUCIONALIDADES RETROSPECTIVAS







Dar vueltas a la historia del pasado es algo muy habitual, en los libros siempre encontramos argumentos a favor o en contra de cualquier tesis, hechos, leyes o costumbres desaparecidas que demuestran aquello que queremos demostrar. En estos últimos años existe un gran interés por la época de la guerra civil, de su antes y de su después. A menudo las explicaciones se convierten en cuentos de buenos y malos, mucho menos matizados que las verdades vividas que me contaban de niña sus protagonistas. La mayoría de gente de aquel tiempo, la generación de mis padres y de mis abuelos, ya no puede matizar nada. Eso resulta cómodo para las historias oficials del momento, sean las que sean. También todo aquello de 1714 tiene actualmente un gran interés por razones obvias. Charlas, itinerarios, novelas históricas, surgen como setas en otoño. De aquellos tiempos de la guerra dinástica no queda nadie, claro, pero quedan algunas notas de pocos campesinos alfabetizados que insisten en que ya están hartos y que tienen ganas de que termine todo de una vez, gane quien gane, una opinión muy poco heroica pero muy humana cuando existen tragedias colectivas y los que no son de ningún bando reciben por todas partes.

De la transición, de eso que se llamó transición, queda mucha gente vivita y coleando, incluso en activo. Claro que algunos de sus protagonistas también han muerto, llevándose a la tumba sus secretillos. Me contó alguien relacionado con esos centros de poder académico que son las universidades, todavía con cierto prestigio y por encima del bien y del mal, que se fomentan poco los trabajos y doctorados relacionados con esa época relativamente cercana. Creo que hay intereses diversos en qué no se les vea el plumero a más de uno, ya llegará el tiempo de hacer lecturas políticamente correctas y moderadamente heroicas de todo aquello. Olvidaremos como se quemó buena gente que no entró a fondo en el tejemaneje de la partidocracia o que fue marginada por los suyos por demasiado coherente. 

Se han cumplido treinta años de una sentencia del tribunal constitucional de entonces, muy distinto del de ahora, que revocava gran parte de una ley lamentable para las autonomías históricas, la LOAPA. Aquello acabó con la relativa unidad de los ciudadanos, los socialistas de la época, el PSC ahora casi añorado ante lo que nos llegó después, quedó muy mal y fue abucheado en las celebraciones patrióticas, CIU se reforzó y sacó tajada del tema. Los otros, pequeños y mal avenidos, como siempre. Con el 23F y con la LOAPA acabó un sueño que siempre fue etéreo. Cuando hay un cambio importante en un país, en un sentido de avance democrático, entran en política personas interesantes e independientes que se queman pronto y vuelven al poder los de siempre, reconvertidos según conviene.

Treinta años, sin celebraciones, sin debates retrospectivos, sin artículos en prensa importantes sobre el tema. La gente de menos de cuarenta años ya no sabe nada de todo aquello a no ser que tenga la paciencia suficiente como para investigar en hemerotecas, preguntar a sus mayores y reflexionar en profundidad sobre como de aquellos polvos vinieron esos lodos. Lo más sorprendente es la independencia de criterio de aquel tribunal constitucional, en un momento crítico y considerando anticonstucional la mayoría de aquel texto, cosa que dio un disgusto a los socialistas en el poder, quienes, según cuentan, tuvieron que volver deprisa de sus vacaciones playeras para intentar poner orden en el tema. O tempora, o mores, como decían los romanos, que también tenían sus problemillas.

lunes, 27 de agosto de 2012

EN LA CALLE DEL TURCO, LE MATARON A PRIM...










En la calle del turco
Le mataron a Prim
Sentadito en su coche con la guardia civil
Con la guardia civil, con la guardia rural

A las diez de la noche
En paseo real
Cuatro tiros le dieron en mitad del corazón
Cuatro tiros le dieron a boca de cañón

Al pasar por las cortes le dijeron a Prim
Vaya usted con cuidado, que le quieren herir
Si me quieren herir, que me dejen hablar
Para entregar las armas a otro general

Al llegar a la plaza, salió el hijo mayor
¿quién ha sido ese ingrato que a mi padre mató?
¿quién será ese tirano, quién será ese traidor?
¿quién ha sido el infame que a mi padre mató?



Ian Gibson acaba de publicar su primera novela, una novela històrica que ha sido premiada con el Fernando Lara y que se está promocionando actualmente en los medios de comunicación. El tema de Prim ha hecho que el historiador aparcase incluso su anunciada biografía de Buñuel. No la he leído todavía, así que no puedo opinar sobre el libro desde el punto de vista del valor narrativo. No soy aficionada a la novela histórica y además, parece que todo el mundo quiere escribir su novela. En el caso de los historiadores, también, quizás porque los libros de historia no suelen tener la misma divulgación o porqué la ficción permite muchas más libertades, incluso con la historia seria, que un libro académico.

Sin embargo, de momento las entrevistas de promoción a Gibson me parecen muy interesantes, como la que publicaba ayer La Vanguardia, porque inciden en ese siglo XIX tan fascinante, violento y complejo, mal conocido de forma general por jóvenes y adultos. Sin conocer aquella época no podemos entender nuestro presente y así nos va. Muchos aspectos de la guerra civil tienen relación con aspectos de las guerras carlista o de otros acontecimientos anteriores.

Gibson, que manifiesta su admiración por una España llena de culturas ancestrales, que desearía distinta, federal, respetuosa y amante fiel de sus diversidades, incluso capaz de federarse con Portugal, un viejo sueño, no es optimista al respecto, como no lo soy yo misma, que también quisiera creer que eso sería posible. El XIX fue un desastre aunque hubo intentos interesantes, todos ellos marcados por muertes y violencias, las guerras carlistas mencionadas, el cantonalismo de Cartagena, hoy poco o nada conocido. El Cantón de Cartagena generó tragedias y hazañas que de haber sucedido en Catalunya o el País Basco serían hoy mitología nacionalista y fuente de inspiración para tantos iluminados del presente que desprecian cuanto ignoran, igual que la Castilla de Machado. Los afanes cantonalistas murcianos desestabilizan la creencia en la única existencia de nacionalidades históricas en la península.

Prim fue un personaje singular, hoy poco conocido, aunque hace años se publicó una exhaustiva biografía suya. Fue popular, apreciado y admirado por el pueblo, pero con sus luces y sombras. Quería también una España distinta, moderna y avanzada, con una monarquía constitucional que no fuese borbónica, evidentemente, a causa de las malas experiencias con los últimos representantes de la familia. La búsqueda de rey generó conflictos internacionales. Estuvo a punto de conseguir su objetivo pero las fuerzas oscuras del inmovilismo acabaron con él, en un atentado que se cantó durante años en los corros infantiles y que yo había escuchado todavía tararear a mi madre, el de la calle del Turco,  nunca aclarado del todo y sobre el cual quizá la novela de Gibson extienda alguna lucecita más. Las fuerzas integristas y conservadoras pero también la inestabilidad generalizada, la poca unidad, la miopía de unos y otros, contribuyeron a eliminar el posibilismo que preconizaba el militar.

Hubo que recurrir finalmente a los borbones, a un Borbón con una madre singular, un padre dudoso y un abuelo pintoresco, chiflado y cruel, Alfonso XII, que protagonizo una breve época de estabilidad, con la gente cansada ya de violencias y de intentos políticos diversos. En el siglo XX hubo que hacer más o menos lo mismo, en una época cansada de lo anterior, tragar con lo posible y seguir viviendo. Parece que la humanidad sólo se sienta a negociar y aceptar unos mínimos después de las grandes tragedias, no sólo pasan estas cosas en España, aunque a veces tengamos complejo de inferioridad. La geoestrategia también pesa, como pesó después de la segunda guerra mundial, cuando nos dejaron aislados y olvidados mientras los vecinos recuperaban sus democracias más o menos convencionales.

Prim es un personaje incómodo, un catalán de Reus, implicado en lo español, como Cambó. Por eso inspira cierta prevención a la hora de biografiarlo o entrar a fondo en una historia muy distinta de la oficial. Incómodo para unos, para otros y para el resto. Gibson, por cierto, se interesó por el tema a partir de una visita a la tumba de Robert Boyd, un  joven idealista inglés que luchó y murió con Torrijos, quizá el pelirrojo que puede verse en el famoso cuadro del fusilamiento. Tantas muertes para nada, por desgracia, y así sigue el mundo.

Prim fue también el responsable de algún bombardeo sobre Barcelona, a causa de la revuelta de la Jamància, aunque a menudo sólo se habla de la responsabilidad de Espartero, otro gran militar popular de la época, cosa que ha hecho que la calle Duc de la Victoria haya quedado reducida, para evitar suspicacias, a la calle del Duc, un poco como ha pasado con el Mirador de l'alcalde, para que no se recuerde que el alcalde era Porcioles. De momento la Rambla de Prim conserva su nombre y nadie, que yo sepa, ha ido a pintarrajear o destruir en estos tiempos su estatua ecuestre, que preside la entrada del Parque de la Ciudadela, por cierto, una copia de la original, destruida en 1936, copia realizada de forma bastante fiel por Marés, a finales de los años cuarenta. En Reus, su ciudad natal, también tiene monumento y respeto generalizado. Ya veremos, cosas más raras se han visto en estos últimos años. Ya digo yo que la historia es complicada y contradictoria.

El pobre general Prim, además de la novela, ha estado también de actualidad recientemente a causa del estudio de sus restos, de su pobre momia, que hemos tenido el dudoso placer de contemplar. Ignoro para qué sirven ese tipo de estudios pero preferiría que dejasen a los difuntos en paz, lo mismo que a Pere el Gran. Parece que eso de abrir sepulcros es una afición compartida por devotos de santificaciones, revolucionarios profanadores e historiadores curiosos y algo necrófilos. Prefiero quedarme con las imágenes idealizadas de Gispert que no con la tétrica visión de esas momias lamentables. En todo caso, no hace falta que nos pasen su estudio por televisión con tanto detalle.

Gibson ha tenido grandes dificultades para investigar el tema del asesinato de Prim, el sumario estaba hecho un asco, mal conservado, incompleto, como deben estar tantas cosas importantes que nadie reivindica. Admite que le ha costado mucho más investigar este crimen que el que se cometió durante la guerra civil con García Lorca. En todo caso el tema de la novela de Gibson debiera servir de motivación para acercarnos a esa época no tan lejana y a sus personajes fascinantes, otro de los cuales fue también catalán, el federalista Pi i Margall, de cuyo nombre e ideas poca gente quiere acordarse ni mucho menos reivindicar. 

Gispert, el pintor de este cuadro y del del rey Amadeo ante el féretro de Prim fue un interesante artista valenciano que murió en París. Levante ha generado grandes pintores, muchos de los cuales son todavía, en general, poco conocidos y, en la actualidad, poco valorados. Hoy los modernillos miran con prevención y cierto desprecio esa pintura entrañable, con la cual conformamos nuestro imaginario histórico, tan reproducida en láminas, libros de texto y cromos de los chocolates. Durante el siglo XIX tuvo una gran importancia. 

Ayer mismo compre en Sant Antoni una vieja guía comercial de Barcelona, un facsímil, en el cual vienen todos los profesionales de la ciudad a mediados de ese siglo XIX y los pintores sólo se dividen en dos grupos, los de brocha y los históricos. Se aprende más historia contemplando estas obras de arte y buscando referencias sobre ellas y sobre las escenas y personajes que se representan que no en nuestras escuelas y universidades de hoy, tan mezquinas y limitadas en muchos aspectos y que suelen recurrir a tópicos y a mitologías bastante restrictivas. La historia es complicada, poliédrica, como las personas, pero entrar a fondo en esa complejidad pide incluso valentía, la valentía de poder admitir, si hace falta, que nada es como nos gustaría que fuese o hubiese sido. Otra cosa es pensar en cómo queremos el futuro pero para eso no hace maldita falta recurrir a pasados gloriosos para justificar nuestros deseos. En todo caso, mejor mirar hacia Pi i Margall que no hacia el Cid o hacia los almogávares.


domingo, 6 de noviembre de 2011

Aquellas chicas de la Cruz Roja que pintaron las calles de colores



Estoy estos días en la Terra Alta, en Batea. Empieza a hacer frío y las tardes son breves. En estas tardes de sábados de otoño, silenciosas y nostálgicas, resulta cómodo y agradable apalancarse delante de la televisión y caer en el vicio del zapeo, inevitable.

Pocas veces veo las películas de Cine de Barrio porque repiten demasiado y van al valor seguro y recurrente, algo populachero. Sin embargo me gusta desde hace tiempo ver de vez en cuando los prolegómenos, esas entrevistas a las cuales se invita a actores y actrices que formaron parte de mi imaginario infantil y que hoy están retirados u olvidados. Ayer pasaban otra vez Las chicas de la Cruz Roja y Concha Velasco entrevistaba a dos de sus compañeras en aquella historia alegre de amores, desamores y casticismo modernizado: Katia Lóritz y Luz Márquez. Mabel Karr, la postulante miope, que fue esposa de Fernando Rey, nos dejó hace unos años, cuando había intentado recuperar su carrera cinematográfica al quedarse viuda.

En mi infancia el cine fue semanal, una de las pocas alegrías familiares posibles. Mi pobre padre trabajaba muchas horas, de día y de noche. De noche era maestro de pala en un horno bajo el mando de un dueño explotador y por las tardes, sábados incluídos, tenía un pluriempleo en una oficina. Afortunadamente en sus últimos años de trabajo el establecimiento lo adquirió un señor navarro mucho más humano. No puedo dejar de pensar en ello a veces, cuando escuchó a tanta gente joven quejarse una y otra vez, quizás con parte de razón si nos situamos en el presente, y pienso que él, único soporte económico familiar, no podía quejarse de nada, al menos públicamente.

A mi madre le gustaba mucho el cine y como también trabajaba muchísimo en aquella época con abuelos en casa y sin lavadora ni ascensor, tenía ganas de distraerse cuando podía. De pequeña, antes de la guerra civil, había ido a menudo al cine con una tía, a veces incluso a escondidas de su propia abuela para la cual el cine era algo indeseable, que se desarrollaba en locales insalubres y donde se aprendían cosas inconvenientes o inmorales. Lo de insalubre quizá tuviese una parte de razón, considerando que en aquella época se fumaba y comía sin complejos en el interior de las salas.

Mi padre no era cinéfilo, quizá porque no tenía ni tiempo ni ganas. Cuando venía al cine, para complacer a mi madre se acababa durmiendo, incluso roncando a veces, cosa que a mi madre le molestaba mucho. Con él íbamos sólo en ocasiones a ver cosas de categoría, de estreno preferente, como Los Diez Mandamientos o Ben Hur, en tiempo de vacaciones, que eran pocas, breves y caseras. Con mi madre íbamos cada semana al cine de barrio cuando los viernes mi padre entraba más pronto a trabajar, porque hacían pan doble y tenía que irse más temprano.

La gente distinguía mucho entre la españolada y el cine de verdad, el americano, con actores que no hacían teatro sino que parecía que vivían su historia de amor, guerra, pasión o intriga. Esa era la visión general y ciertamente, durante la primera postguerra el cine español osciló entre esa españolada, una especie de neorrealismo moralista, incluso un buen cine negro estropeado por un final convencional al estilo hispánico y un cine histórico curioso y patriótico que me imagino que se abandonó pronto por ser demasiado caro.

En algún momento también nuestro cine y nuestros actores se modernizaron. A la española, eso sí. En aquel año 58 murió Pio XII i se eligió a Juan XXIII, todo parecía empezar a mejorar y cambiar. Dos películas españolas competían con éxito en las carteleras con las producciones americanas: Las chicas de la Cruz Roja y ¿Dónde vas Alfonso XII?, que respondía a la moda histórica edulcorada que había inaugurado Sissí. Las dos tienen grandes valores que se han de situar en su contexto. Actores convincentes, puesta en escena con intenciones de renovación, presupuestos adecuados… Además empezaba el auge de nuestro gran mito erótico-musical: Sara Montiel y el recuperado y actualizado cuplé.

Alfonso XII y Maria de las Mercedes encontraron en Vicente Parra y Paquita Rico unos intérpretes adecuados. Todavía me emociona la escena en la cual Paquita Rico canta Los Campanilleros ante el belén del Palacio de Oriente. Al fin y al cabo cuenta una historia real, pues la pareja se casó por amor, no sin dificultades, aunque ya sabemos cómo acabó y en que casquivano ligón se transformó el monarca viudo, que también murió bastante joven. Por eso la continuación es mucho menos convincente. Tengo de esa película el álbum de cromos, entrañable y algo estropeado.

Las chicas de la Cruz Roja fue un intento de comedia moderna bien resuelto. Cuatro historias de amor con final feliz se entrecruzan en el Madrid de aquel tiempo, en medio de la colecta habitual de la Cruz Roja, con sus mesas petitorias y sus damas con sombrero. Muestra documentalmente aquella ciudad en aquella época, con sus seiscientos, sus biscúters, su gente. Encantó a mi madre y a todas las vecinas, era una de las primeras veces, quizá la primera, en que podíamos ver aquella ciudad capitalina y rival eterna de la nuestra, en colores, poblada por chicas normales bien vestidas. Es una película que ha visto todo el mundo, incluso los niños de hoy, en la tele y su canción emblemática, de Algueró, es bien conocida y coreada en juergas diversas, forma parte de nuestro imaginario colectivo. La fórmula funcionó y se repitió más veces, como suele pasar.

Concha Velasco ha hecho en cine, teatro y televisión un carrerón impresionante. Ahora mismo está triunfando en el Goya barcelonés, queriendo bailar, después de habernos emocionado en el mismo teatro hace poco tiempo con una obra dramática que en cine hizo nada menos que Signoret, Madame Rose. Cualquier culebrón televisivo crece con esos actorazos, que se comen al resto. Superó pronto y bien su etapa costumbrista y lo mismo nos podía cantar la chica yeyé que ser Santa Teresa sin maquillaje.

Las otras actrices del reparto no hicieron una carrera tan larga. Katia Lóritz y Luz Márquez explicaron que pintan i dibujan, mostraron algo de su obra, me pareció excelente. Loritz fue nuestra exótica del momento, una belleza distinta y espléndida encasillada excesivamente en papeles de guapetona exuberante, con un aspecto estupendo que todavía mantiene a su edad. A Luz Márquez la encasillaron en papeles de buena chica algo triste, que acostumbraba a hacernos llorar con facilidad en sus papeles melodramáticos. Yo creo que fue una gran actriz muy mal aprovechada, pero eran otros tiempos. Era, de las tres, la que menos daba la imagen de antigua actriz convencional, pero es que ya en su juventud era distinta.

Luz Márquez es hoy una dama elegante y delgada, sin nada de eso que antes llamaban afeites, educada y discreta, que ha envejecido de forma normalizada, cosa que no es habitual en la gente del oficio. Me gustó ver a esas tres grandes damas juntas, hablando del pasado sin nostalgia, con alegría y una gran vitalidad, llenas todavía, cada cual a su modo y a su estilo, de proyectos. A veces despreciamos lo nuestro de forma intelectualmente vanidosa. A pesar de todo aquel país de finales de los cincuenta cambiaba un poco, a trancas y barrancas, podíamos ir al cine barato del barrio, comíamos algo mejor, se había acabado el racionamiento y más adelante incluso nos compramos aparatos de televisión. Como dijo o escribió creo que Bertold Brecht, también se cantará en los tiempos sombríos. Y sobre los tiempos sombríos.

No he hablado de los galanes de la película pero ellas tres los evocaron, claro está. Fueron Tony Leblanc, Antonio Casal y el futbolista Ricardo Zamora, que se ve que las llevaba locas y que tuvo algo con Loritz, por lo que se entendió en las bromas cruzadas de forma cómplice entre las tres damas. Todos ellos también desaparecidos, como Mabel Karr. Y el único superviviente, el guaperas peligroso, el eterno seductor Arturo Fernández, que se acabó encasillando también en su propio personaje pero que se mantiene felizmente en activo. Todos ellos acompañados de una serie de secundarios de lujo impresionante.

Las chicas de la Cruz Roja es hoy, nos guste o no, mucho más que una película, es todo un documento de un tiempo que parece todavía mucho más remoto de lo que fue en realidad. A veces, cuando personas jóvenes más radicales lamentan en gente como yo cierta tibieza catalanista, que les parece rara, no saben entender que nuestra alegre hispanidad pasa también por ese imaginario colectivo popular, mucho más fuerte que los Reyes Católicos o el descubrimiento de América. Que no es sólo franquista. En la Catalunya republicana de la guerra civil la película con más exitazo de público fue la Morena Clara de Imperio Argentina. Lo mismo pasó en la zona nacional. Misterios de la vida real, casi siempre más piadosa y amable que la oficial.

domingo, 26 de junio de 2011

El año del escritor gallego que editó en castellano en Barcelona


Este año se celebra en Galicia el Año Cunqueiro. Hará en diciembre cien años del nacimiento de este autor singular y original, todo un personaje, treinta hizo en febrero de su muerte. Escribió muy bien en gallego y castellano, tenía muchos amigos catalanes, editó gran parte de su obra en castellano en Barcelona e incluso escribió, dedicado a su amigo Tomás Garcés, algún poema en catalán.

Formaba parte del círculo de intelectuales que salían habitualmente en las páginas de la revista Destino, que compraba mi abuelo los sábados y que olía profundamente a papel y tinta de entonces. Los cambios sociales de los sesenta valoraban más el realismo social que aquella literatura singular, realista y fantástica a la vez, que hacían autores como Cunqueiro o Perucho. Sin embargo, cuando de hispanoamérica nos empezó a llegar magia lejana la cosa cambió. 

Hoy Cunqueiro es muy valorado en Galicia. Perucho también lo es en Cataluña. Los dos escribieron, y muy bien, en castellano y en su lengua propia. Ciertos sectores también los condenaron a un cierto olvido al identificarlos con la culturilla del tiempo oscuro y con el franquismo. El franquismo fue largo y complejo y no resultó, incluso a pesar de Franco, ningún páramo cultural, más bien al contrario, aunque determinades expresiones culturales y las lenguas no oficiales quedasen reducidas a ámbitos limitados y resistentes. Todos no eran malos. No creo, sin embargo, que esos dos autores sean demasiado conocidos hoy en la España que habla sólo en castellano.

Tengo la sensación de que en eso de las lenguas peninsulares y su conocimiento y valoración hemos empeorado bastante, así como en el conocimiento mutuo de tantas otras cosas. Soñaba yo hace años en un mundo hispánico de respeto y admiración entre la gente, de amor, admiración, curiosidad e interés hacia todas las lenguas y formas dialectales de la península, de escolares itinerantes, ávidos de conocer todos los rincones de eso que entonces se llamaban regiones y hoy son autonomías y quién sabe qué serán en el futuro. El españolismo rancio, que puede ser de derechas o de izquierdas, resucitó triunfante para desesperación de los moderados desacomplejados, quizá jamás había muerto. Sólo el futbol parece unirnos de vez en cuando en sus selecciones nacionales y sus triunfos sonados. Soñé también en un mundo hispánico en el que fuese habitual que cualquier habitante del país conociera a la perfección una o dos de las tres  lenguas no castellanas. Un mundo en el cual las leyendas y tradiciones asturianas o manchegas fuesen valoradas y contadas en Galicia, en Andalucía, en Cataluña. Y a la recíproca. A veces casi añoro el espíritu 'bueno' de aquello de los Coros y danzas.

Eso de las lenguas y los dialectos es una convención arbitraria. Sin embargo seguimos moviéndonos dentro de corses reduccionistas. Los indepentismos crecen, son una reacción a un centralismo miope y a la defensiva. Afortunadamente, la vida de la gente, en la calle, es mucho más amable que la percepción que difunden determinados políticos o determinadas televisiones y radios lamentables y apocalípticas, además de directamente horteras. Para aumentar el conocimiento las televisiones autonómicas deberían poderse contemplar con facilidad en todas partes. Parece que cada cual ha ido defendiendo lo suyo, cosa que está muy bien si al mismo tiempo se tiene el mismo interés por conocer lo otro.

Tuve yo en la escuela, hace años, en la biblioteca, una magnífica colección de libros con leyendas de toda España, contadas a los niños, una delicia de libros y luego, al cabo de los años, los vi amontonados en una feria, casi de regalo. Cierto que los libros pierden peso y que todo se puede encontrar en internet, pero me pareció aquello un símbolo del futuro que nos esperaba. El mundo se globaliza y el individualismo se acentúa. Me sabe mal que acabes teniendo que ser de unos o de otros, cuando lo mejor es no ser de nada o ser de todo. Si al menos el año de Álvaro Cunqueiro sirviese para hacernos leer a todos su obra en castellano, pero también en gallego. Incluso sus dos o tres poemas en catalán, en versión original...

Si es que yo creo que todos los derivados del latín, lengua que, al fin y al cabo también se nos impuso, se entienden hablando un poco despacito o leyendo con atención positiva y buena voluntad. En el fondo, por encima de las leyes, todo es cuestión de buena voluntad. Al paso que vamos cualquier día nos tenemos que entender en inglés para evitar reticencias.


La televisión, tan criticada, tiene cosas excelentes, como la serie Imprescindibles, que dedicó su último programa a Álvaro Cunqueiro. Sin embargo la televisión mayoritaria va por otros caminos. Qué diferente es todo de aquellos tiempos de dos canales, en los cuales todo el mundo veía y comentaba los excelentes A fondo del señor Soler Serrano quien, por cierto, también dedicó a Cunqueiro una de sus magníficas entrevistas... A veces, aunque no se quiera, se acaba siendo nostálgica por imperativo moral.



Pau Casals en Prada

No medio do dourado retablo
o xigantesco San Pedro inclínase pra diante
e eu sei o porqué:
porque do cello de Casals saíu
unha frase que se volveu bolboreta
e Pedro séguelle o voo por saber
en que vide ou roseira de que columna
vai a pousarse.
—O bosque do retablo en abril florece
e en outono deita follas secas.
Co arco Pau Casals vainas apartando
as que se pousan nas cordas do seu cello.


Álvaro Cunqueiro

viernes, 13 de agosto de 2010

Odios y amores



He estado unos días en el Pirineo aragonés donde he podido acceder a textos que recogen la variedad lingüística de la zona, hoy, como tantas expresiones minoritarias, en peligro de desaparición a causa de los grandes cambios sociales y culturales. El tema de las lenguas es complicado, la frontera entre lengua, idioma, forma dialectal, muy frágil, sometida a intereses políticos y académicos, lo mismo que las fronteras territoriales, causadas por avatares diversos de la historia. Sin embargo, las líneas políticas interesadas acaban por influir en las personas, de forma inevitable.

Me ha llegado, a través del enlace en el facebook de un antiguo alumno, el texto de un artículo reciente y muy interesante de Suso de Toro, publicado en El País. Ignoro si el artículo sólo se ha publicado en la versión gallega de este periódico, sería una lástima.


SUSO DE TORO
EL PAÍS - 08-08-2010
La banca casi no concede créditos, pero también cuesta dar crédito a lo que hacen la mayoría de los medios de comunicación madrileños. Ni siquiera descansan los domingos, y eso que es verano: leo en una revista dominical que distribuyó la pasada semana el rotativo El Mundo una lista que confeccionaron con "los españoles más queridos y más odiados por los españoles. Qué miedo. Los tales "españoles" que declararon para la encuesta su amor a diestro y su odio a siniestro en realidad son de ese diario, pero la manipulación periodística hace que esas personas se transformen en "los españoles". ¿A que no saben quiénes son "los más odiados" de esa curiosa lista, que hace unos años nos parecería grimosa y hoy ya pasa desapercibida?

Acertaron. De la lista de diez personajes, los que figuran en la parte superior de la lista son políticos "enemigos de España": catalanes o miembros del Gobierno de Rodríguez Zapatero, empezando por el propio presidente. Los otros cinco son protagonistas o presentadores de programas basura, lo que indica que quienes votan esa lista son consumidores de esos manjares televisivos. ¿Los más amados? Los deportistas y futbolistas que no sean catalanes, y eso tiene mérito cuando una selección española repleta de catalanes acaba de ganar el Mundial.

El odio contra los "enemigos de España", los "antiespañoles", viene del franquismo, pero se siguió alimentando estos años con los asesinatos de ETA y las ambigüedades del nacionalismo vasco ante los crímenes. Cuando el terrorismo etarra aflojó porque no le quedó más remedio, la dieta se completó con "los catalanes nos roban, el Estatut rompe España, la lengua castellana se rompe, los toros se rompen..." Los insultos continuos y las campañas contra los intereses catalanes, su lengua y su identidad son el trabajo sucio y burdo, que ha ido acompañado de razonamientos y análisis de intelectuales que argumentaron lo mismo pero con más finura. La mirada y los intereses centralistas que se cerraron en banda lo han conseguido: ya estamos en una época nueva, Cataluña ha pasado de la desafección a su despegue, buena parte de la sociedad catalana ha llegado a una conclusión al fin: España no comprende a los catalanes y los rechaza; seguir formando parte del Estado español solo le acarreará desprecios y problemas.

Podemos detenernos en las incidencias, escándalos, roces entre partidos catalanes, pero perderemos de vista lo esencial, lo que corre por el fondo y es transversal al conjunto de la sociedad catalana: Cataluña se está convenciendo de que su nacionalidad nunca tendrá encaje en este Estado y de que España solo es un lastre. Mentalmente ya casi han cruzado la raya. Si lo hacen, la deriva hacia la independencia sería inevitable. En adelante nuestros conciudadanos catalanes desistirán ya de buscar un encaje nacional dentro de la Constitución, una Constitución que los propios nacionalistas catalanes ayudaron a redactar y que suscribieron como un pacto político para poder existir dentro de España. También saben que reformarla o redactar otra nueva que los reconozca nacionalmente es imposible: el nacionalismo español también lo impediría. Respecto a los vascos como nacionalidad, en cuanto ETA ponga fin a su lamentable y siniestra existencia, comprobaremos lo que piensa la mayoría de su sociedad.

El Gobierno intenta un diálogo con la Generalitat para detener esa deriva, pero los nacionalistas españoles, con la bandera tan inflamada, probablemente conseguirán que fracase en nombre de la sagrada unidad de España. Hemos visto cómo el españolismo empapa la capital del Estado y todas las instituciones, desde el Tribunal Constitucional al último guardia. La "España plural" ha sido imposible, los esfuerzos para actualizar el autogobierno catalán tendrían que haber ido acompañados de una política nueva que reflejase la pluralidad cultural y lingüística y nada ha cambiado. Una nueva idea de España. Pero España sigue siendo de Bisbal, Manolo Escobar, la de Bienvenido, mister Marshall!

Cataluña, sin Estado o con él, es una nacionalidad europea, mientras Galicia está siendo desguazada como nacionalidad desde la propia Xunta siguiendo las consignas del españolismo centralista. Si los catalanes se van, ¿qué España nos espera a nosotros? Pero vivir bajo la ideología del nacionalismo cañí también será insoportable para muchas otras personas por toda España que no tolerarán retroceder a la época de pan, fútbol y toros. Una, grande y libre de catalanes, vascos y demás ralea. Catalanes, por favor, piénsenlo dos veces, unos los odian pero otros los necesitamos. Una España sin ustedes será definitivamente insoportable.

domingo, 23 de agosto de 2009

Las puentes ya no existen




Durante el franquismo, con la idea de España que quienes mandaban tenían, se extendió un regionalismo folklórico muy particular, fomentado por cosas como los coros y danzas de España. Sin embargo, a pesar de los pesares, creo que todo aquello, en la escuela, tenía algún punto positivo, aunque hoy no se puede decir tal cosa sin peligro de lapidación ideológica. Cuando aprendíamos solfeo, en el antiguo bachillerato, se pasaban unos libros de música con canciones regionales de toda España y eran frecuentes las colecciones de cromos o fascículos que hablaban de cada región hispánica. En los tiempos de la transición salieron incluso algunos libros de lectura con textos en las diferentes lenguas que se hablan en España, con traducción al castellano al lado.

Aunque ese espíritu nacional se ha relacionado con el franquismo era anterior. El cuarto centenario del descubrimiento de América propició en Barcelona el monumento a Colón y durante la Exposición tuvo mucho éxito el Pueblo Español de Montjuïc, todavía en activo, y fomentado por arquitectos de catalanidad evidente.

En la historia existen períodos unificadores i períodos diversificadores. Hoy estamos en un mundo donde se alaba la diversidad, aunque todo esté globalizado y casi, casi, nos hablemos en inglés incluso en nuestro pueblo. Son contradicciones humanas. Siempre nos movemos entre la necesidad de pertenecer al grupo y las ansias de singularidad y diferencia, incluso individual.

Sin embargo las antiguas regiones, hoy comunidades, se conocen poco entre ellas, más allá de cuatro tópicos. No hay un intercambio activo de escolares entre comunidades, se hacen cosas, pero de forma puntual y gracias a iniciativas particulares de educadores esforzados. Tantas cosas como se piden a la escuela y en cambio no se ha fomentado la lectura de libros escolares que hablen de las diferentes comunidades en profundidad, de sus leyendas y culturas ni tampoco de las regiones históricas y de sus lenguas y de la riqueza que representa todo ello. La historia local y general, en la enseñanza obligatoria, da un poco de pena. Tanto a nivel peninsular como europeo o universal continuamos con las generalizaciones y los tópicos y los malentendidos, como puede verse leyendo la prensa o escuchando la tele. Resultado: cada vez más mal rollo, más reticencias y más ignorancia, fomentada cuando hace falta por los poderes políticos vigentes y los medios de comunicación pagados o subvencionados por ellos, aunque, me consta, hay gente excelente en todas partes, interesada por esa riqueza cultural y capaz de entender, como decía una canción que popularizó La Trinca en sus buenos tiempos con letra de Picas, que la terra no es partida, com un mapa mal pintat i que això és una mentida de molt mala voluntat.

El caso es que en mi infancia conocíamos refranes y canciones de muchos lugares de España a los cuales no habíamos ido nunca, porque entonces no se viajaba si no era a tu pueblo por vacaciones. Recuerdo que aprendí aquello de Ourense, tan típico: tres cosas hay en Orense, que no las hay en España, el Santo Cristo, la Puente y la Burga hirviendo el agua. Recuerdo que decíamos 'la puente' y que las maestras nos decían que puente era de esas palabras como mar o color que admitían los dos géneros. Sin embargo quizá ahora no sea así, por internet he encontrado la frase con el puente, cosa que, a mi entender, quita musicalidad y ritmo a la copla popular. Hace unos días, leí una entrevista a un científico estudioso del lenguaje, alemán, que teorizaba sobre el hecho de como el lenguaje condiciona nuestra visión del mundo y, concretamente, hablaba de los puentes, que en castellano son masculinos y en alemán femeninos y que por eso en una lengua se les atribuyen características literarias de fuerza y solidez y en la otra de ligereza y belleza estética. Seguro que el señor ignoraba que en castellano había habido, ay, bellas puentes...

Esas frases y coplas hablando de las bellezas locales son muy frecuentes en el folklore, en general. Me gustaba mucho también aquello de viva León porque tiene lo que no tiene Madrid, una catedral bonita y un hospicio con jardín. Esas evocaciones de ciudades que no conocía potenciaban mi imaginación. Incluso una publicidad radiofónica de Aspirina Bayer recurrió a ese tipo de canciones para promocionar su producto y en el periódico anunciaba también el analgésico con dibujos de parejas con trajes regionales. Era frecuente coleccionar muñecas con trajes de cada región, hoy parece incluso una horterada eso de los trajes regionales. En Catalunya se lucía poco el traje regional hasta que empezaron a venir andaluces y en las fiestas, sin complejos, ponían a las niñas el vestido de volantes. En las fiestas mayores se suelen elegir pubillas bien vestidas, con el traje típico, que siempre es, también, una simplificación, puesto que cada pueblo tiene a menudo, en su tradición, diversas variantes, pero, en general, nadie se pone el vestido de pubilla para ir a pasear por la Rambla. Pero, en general, todo eso parece de otra época, aunque siempre hay jóvenes esforzados que recuperan estas cosas, El tema de la diversidad ha hecho que cada comunidad potencie, a su modo, características particulares, en algunas ocasiones reinventadas o recuperadas de quién sabe dónde.

Lo que pasa es que esa diversidad también es unificadora. En Catalunya, el monopolio de la sardana, que se instauró como una especie de danza nacional cuando era un baile, sobre todo, de l'Empordà, acabó con otras muchas danzas típicas que pasaron a ser patrimonio de grupos de danza, como los esbarts. En la Catalunya del sur, donde estoy ahora, tan cercana a ese Aragón donde se habla catalán, se está recuperando, sin complejos, la jota del país. En esos territorios fronterizos es donde se percibe con más intensidad lo absurdo de las fronteras, sin embargo las divisiones acaban por imprimir carácter, a lo largo del tiempo. Absurda y poco clara es también la diferencia entre lengua y dialecto, sobre todo cuando al dialecto se le considera inferior a esa lengua oficial inexistente en la realidad, cada día más empobrecida y comprimida en manuales. La lengua catalana de estas Terres de l'Ebre es muy distinta de la ortodoxa y normativa, las normativas y las gramáticas son útiles pero no deben hacernos olvidar que son, en el fondo, una arbitrariedad necesaria pero artificial. Los buenos escritores son capaces de recrear el lenguaje popular y darle categoría y brillo, pero los escritores cada día son más iguales entre sí, me parece.

La gente suele reirse de las formas de hablar que no le suenan. Se ha ridiculizado al payés, al campesino, durante años. Por televisión eran frecuentes los chistes sobre el paleto, que venía del pueblo con su cayado y su boina. Hoy resulta también simpático reirse de la gente de ciudad, de los de Can Fanga, por ejemplo. Los andaluces y los gallegos que salían en las obras de teatro eran los graciosos, es difícil abandonar el tópico o recurrir a él, tampoco vamos a ser dogmáticos, tan sólo en ocasiones de diversión, entre amigos, siendo conscientes de sus limitaciones y condicionantes.





domingo, 1 de marzo de 2009

Sobre libros y lenguas


El miércoles presenté mi nueva novela en la Casa del Libro de Barcelona, gracias a la Editorial Meteora que confió en ella. Me la presentó Jordi Cervera, también escritor y periodista, que hizo comentarios elogiosos sobre ella, cosa que le agradezco infinitamente.


Vinieron amigos, parientes, conocidos. Se vendieron los cincuenta ejemplares que la librería tenía; por extrañas razones organizativas en las presentaciones no ponen más volúmenes a la venta. La Casa del Libro tiene cada día presentaciones de libros, se edita mucho y de todo. Flotar en ese mar de papel impreso es difícil. Ahora, el éxito y la venta ya pertenecen al misterio del azar.


La novela es en catalán. Me gustaría traducirla al castellano para poder hacer una edición en esa lengua, que también es la mía, yo misma haría la traducción, pero eso, tal y como va el sector editorial, en mi caso es todavía un sueño.
El libro es una historia familiar, la de una de esas familias desgraciadas que lo son cada una a su manera, como cuenta Tolstoy al inicio de ese gran libro que es Ana Karenina. El protagonista -aunque es bastante coral, según como se mire- vive en las barracas de Montjuïc, intenta mejorar, estudia, se casa, todo parece irle bien, pero un suceso desdichado le hunde en la desesperación y le encara con el lado oscuro de la vida. Es también la historia de los últimos cincuenta años de nuestro país, de mi ciudad, de mi barrio, de nosotros mismos.


Empecé a escribir hace años, muchos, en castellano, porque en mi infancia todo era en castellano por obligación, como se sabe. En mi casa eran catalanes, teníamos algunos libros en catalán, con los cuales aprendí a leer en mi lengua familiar, entonces reducida al ostracismo. Con la apertura de los sesenta el catalán pareció resucitar lentamente, muchas iniciativas en música y literatura, en periodismo, dieron de nuevo al catalán categoría y difusión. Más adelante llegó a la escuela, primero de forma tímida y casi disimulada. En la Normal hice, en horas que no eran de clase, mi primer cursillo para aprender a escribir mi lengua con un mínimo de corrección. Luego hice más cursos y cuando el catalán entró en la escuela yo ya tenía suficientes títulos para convalidar que me otorgaban el nivel requerido.


No hubiese imaginado que la inmersión llegase a generalizarse, pero así fue. Es un tema hoy otra vez polémico. En el fondo, con los cambios sociales, el catalán ganó las aulas pero perdió mucho terreno en las calles de las zonas urbanas. Las lenguas no pueden separarse de la política, despiertan recelos, incluso odios. Hace años, en la transición, incluso recuerdo unos libros de lectura escolares donde había textos en gallego, euskera i catalán, con su traducción al castellano al lado. Creo que hemos perdido en relación y convivencia, con las parcelitas de las autonomías la permeabilidad ha disminuïdo. Personalmente, creo que todos los españoles deberían tener unas nociones de 'las otras lenguas', incluso saber algo más de una de ellas elegida de forma personal, por lo menos en secundaria. Me sorprende que en alguns pueblos se quiera hacer inmersión... en inglés. Hay que aprender inglés, pero el tema llega a unos niveles de papanatería educativa que dan un poco de pena, la verdad. El utilitarismo excesivo perjudica, es mi opinión.


También me molesta que me digan que el castellano me fue impuesto, cuando en mi barrio se convivía de forma normalizada en épocas pasadas y sentí esa lengua, siempre, como propia, también. Claro, es un barrio popular, que siempre ha tenido mucha inmigración, interior y, ahora, exterior. Las lenguas, en abstracto, no son nada. A nivel político son un arma carga de futuro... inquietante. A nivel educativo, por deformación profesional, creo que debería favorecerse el intercambio de escolares entre las distintas autonomías, dar a conocer músicas, leyendas, formas dialectales, tradiciones y costumbres de forma normal y desacomplejada. Me asusta comprobar lo poco que sabemos los unos de los otros, en ese contexto hispánico que a lo largo de la historia ha sufrido tantas tragedias (pero no más que otros, claro). En cambio, me parece que las cosas no van por ese camino. A veces tiene más peso lo que dicen los medios de comunicación, especialmente aquellos especializados en echar gasolina al fuego, que la realidad. La realidad de la convivencia de cada día, de la gente normal que nos encontramos en todas partes y en cuyo conjunto hay de todo, con un gran predominio de personas buenas y amables, afortunadamente.


El franquismo ha generado una especie de complejo de inferioridad sobre nuestra historia. O eso, o un exceso de orgullo patrótico, desmesurado y ridículo. La verdad, como dice el refrán, es que en todas partes cuecen habas y en algunas, calderadas. Lo mejor es condimentar las habas lo mejor que podamos y compartirlas generosamente.


Sobre el catalán, se ha perdido mucho también en iniciativa social. Las lenguas minoritarias no pueden ganar nunca en cantidad, ni precisan de leyes proteccionistas excesivas para sobrevivir. La obligatoriedad excesiva acaba perjudicando. Han de luchar en el campo de la calidad, de las buenas publicaciones, de los buenos programas de televisión, de la música. Es ahí donde noto yo el bajón, en comparación con otras épocas. Claro que también a nivel español, por lo que hace a cultura en general, las cosas no son como fueron. Contemplar algún antiguo programa de televisión, constatar lo que se hacía exprimiendo la inteligencia, a pesar de la censura y las muchas trabas políticas, muestra qué gandules nos hemos vuelto. Por lo que hace a literatura, pensar que Tolstoy o Balzac, o Mozart, sin buena luz, ni ordenador, ni siquiera bolígrafo, hacían lo que hacían nos tendría que dar un poquito de vergüenza, la verdad. Uf, no sé cómo me he ido de mi novela a todas esas reflexiones político-lingüísticas!!!


viernes, 9 de mayo de 2008

Aquellas guerras, aquellos héroes


Admirose un portugués
al ver que en su tierna infancia
todos los niños de Francia
supieran hablar francés.

"Arte diabólico es"
dijo torciendo el mostacho,
"que para hablar el
gabacho
un hidalgo en Portugal
llega a viejo, lo habla mal
y acá lo parla un muchacho".
Después de todo eso de los polacos (ver La Panxa del Bou) y del caudal de teorías y opiniones sobre el tema, me ha venido a la cabeza este conocido poema de Moratín, vecino, según parece, de la barcelonesa calle de Petritxol (en un pis, no sabem quin/ hi va viure Moratín). Gabacho ha sido durante mucho tiempo un término peyorativo para bautizar a los franchutes, con los cuales nos hemos movido, por lo que respecta a Catalunya, en una relación constante de amor y odio, según soplaran los vientos. Dicen que el mote tiene el origen en un río francés, Gave, y que hacía referencia a los hombres groseros y que hablaban de forma extraña. Hay también sobre la palabra teorías diferentes y usos diversos, incluso tenemos unos melocotones muy buenos de variedad gabacha. En épocas lejanos hubo en Catalunya una importante inmigración occitana, por cierto. El gran Moratín también fue, como tantas otras personas avanzadas de su época, un agabachado que acabó en el exilio.
La cosa viene a cuento porque hace unos días asistí a una charla en mi barrio, la primera de un breve ciclo sobre el castillo de Montjuïc y la Guerra del Francés. En la charla se habló bastante del castillo, de su pasado, presente e imprevisible futuro, polémico, como se sabe. Y poco de la Guerra del Francés. Me temo que, a pesar de los muchos actos programados sobre ese segundo centenario, nos vamos a quedar un poco como antes, o sea, a oscuras o en penumbra, y atados a toda una iconografía heroica y antigua con la cual mecimos nuestros sueños patrióticos escolares.

El bicentenario de la Guerra de la Independencia o del Francès, como decimos por aquí, quizá para no confundir las cosas, en este presente algo peliagudo en el cual los temas patrióticos se han complicado y diversificado, ha generado actos diversos, en Catalunya y en España en general, pero me temo que la cultura histórica colectiva no mejorará. Se han programado muchos actos locales, en poblaciones diversas, y, por lo tanto, destinados al público local y sobre la situación precisa de aquel lugar durante la guerra. También, no faltaría mas, teatralizaciones de esas que ‘me gustan tanto’. Días atrás veía por la tele las de Madrid, con eso del Dos de Mayo. En todas partes cuecen habas y en algunas, calderadas.
La historia, como tants cosas, se ha frivolizado, sirve para hacer turismo y dinero. Desde una pintura prehistórica o un excremento de dinosaurio petrificado a un campo de concentración, todo vale para el tema. De todos modos, según la época, hay cosas que venden más que otras, claro. Cuando yo iba a la escuela, la Guerra de la Independencia era, todavía, una guerra heroica y justa, en el imaginario colectivo, una guerra para echar al extranjero y en la cual el pueblo unido no fue vencido. Yo pensaba que era injusto que el sitio de Zaragoza fuese más famoso que los de Girona, ay, pobre de mí. La música del Sitio de Zaragoza era y es todavía un clásico de las varietés, tocada con acordeón. Recuerdo a una actriz muy guapa, que trabajaba el El Molino y que siempre la interpretaba, murió joven; siento no recordar su nombre, vivía en mi barrio. Todavía, durante mi infancia, en muchos chocolates, como por ejemplo los Tupinamba, salían cromos con estampas históricas, un género que sobresalió durant el XIX y que conformó nuestra idea de los hechos del pasado. Muchos pintores catalanes de la época pintaron estampas religiosas y històricas, hoy injustamente olvidadas o casi. Una tía mía, en una sala y alcoba que me hacía estremecer, de la calle de Santa Margarita, tenia un cuadro con Ramiro el Monje y su campana de cabezas cortadas a un lado, y, al otro, aquello de 'no serviré a señor que se me pueda morir', de cuando Francisco de Borja vio lo que los gusanos habían hecho con su admirada reina. Y, en el centro, un espejo inmenso que creo que escondía a un montón de espíritus familiares detrás suyo.

El cine de la época imitaba aquellas pinturas, su escenografía, conveniente a la época imperial que nos tocaba padecer. Y también los libros de texto, las entrañables enciclopedias, reproducían de forma poco afortunada, en blanco y negro, descubrimientos de América idealizados y sitios de Zaragoza con doña Agustina en pie de guerra, cromo éste, el de la señora y el cañón, que incluso pintores como Goya recrearon, malas lenguas dicen que por necesidad de sobrevivir en aquel turbio contexto del retorno del Deseado. Aurora Bautista fue Juana la Loca y Agustina de Aragón, para llegar a ser la imaginaria, pero mucho más realista, tía Tula. Era el emblema de la época, al lado de Fernando Rey, que fue Felipe el Hermoso y, si no recuerdo mal, Palafox, en su juventud.
Una lectura crítica sobre el tema, que incida en las miserias de la guerra de forma seria, de esta guerra o de las otras, civil incluída, todavía está por hacer, al menos a nivel nacional y/o nacionalista. Demasiada complejidad para nuestras necesidades de mitología. El otro día escuchaba por radio al autor de un libro actual sobre aquella guerra, reivindicaba que en todo caso ‘los buenos’ eran los franceses y también hablaba de la figura de José Bonaparte, injustamente tratado por la historiografia popular, que lo tildaba de borracho. Yo tampoco diría tanto, la verdad, porque también es simplificar la cuestión. Sobre el rey, unas coplas que parecen la letra de un rap del verano, sobre el tema, hacen referencia a su incapacidad sexual a causa de la bebida:

Cuando la reina se pone
Bon bon
La mantilla de franela
Bon bon
La dice José Pepino
Bon bon
Ese cuerpo pide guerra
Bon bon.
Pero, claro, como el rey llevaba más vino en la cabeza que en los pies no podía hacer nada con la reina, cosas del alcohol, de los caldos españoles, vaya. José Bonaparte y Amadeo de Saboya fueron dos reyes frustrados y odiados, cuando, en realidad, eran dos personas inteligentes y serias, dispuestas a modernizar el país. No fueron populares ni aceptados por este conjunto humano que llamamos pomposamente ‘el pueblo’. El siglo XIX empezó mal y acabó peor, por no hablar del XX. La diferenciación entre guerras contra el invasor extranjero y guerras civiles suele ser oportunista, espinosa, ya que al fin y al cabo todas la guerras producen conflictos civiles entre partidadios de los unos o de los otros, y llamar traidor a alguien es fácil, pero profundizar en los motivos de su traición, mucho más complicado.

En Catalunya nos ha quedado el recuerdo de la inmortal Gerona, donde Álvarez de Castro hizo resistir a la gente de grado o por fuerza, hasta límites terribles, frustado, dicen, por la facilidad con que los franceses habían logrado entrar en Barcelona, gracias a las presiones militares que en aquel momento aconsejaban facilitarles la cosa. También contamos con la imagen emblemática del Timbaler del Bruc, haciendo correr a los franceses a causa, según cuenta la leyenda, del eco de su redoble, gracias a la orografía.

La primera vegada
que al Bruc vàreu anar
molt contents i alegres
hi vàreu arribar.

Amb els canons de fusta
els llevàrem la pell.
Es varen posar a córrer
fins a Molins de Rei.
Las gaditanas se hacían tirabuzones con las bombas y Napoleón tuvo que hacer mutis por el foro. Ahora dicen que fue gracias a los ingleses, siempre nos estropean las ilusiones. Tanta sangre y heroicidad para hacer regresar a Fernando VII y para entrar en una época de inestabilitad constante, guerras locales como las carlistas, repúblicas frustrada y finalmente, de ya se sabe qué. Yo creo que con los grabados de Goya sobre los desastres habría bastante para entender lo que hace falta, que la guerra sirve a menudo para empeorar la situación, sobre todo de tanta gente que no tiene culpa de nada y recibe palos por todas partes. Pero para entender, también, que no se puede hacer volar palomitas y que despreciar armas y ejércitos es, todavía, suicida. Por desgracia, aquello de si quieres paz prepárate para la guerra, todavía funciona. Hace poco leía declaraciones de personas muy serias, en el sentido del peligro que representa convertir los ejércitos en ongs, sin tener en cuenta que, muchas veces, es necesario tomar medidas que comportan un cierto grado de violencia, para restablecer el orden, sin el cual no se puede hacer nada. Eso del diálogo está muy bien, pero si una de les dues partes va con la pistola o el trabuco en la mano es difícil, imposible, vaya.

No es extraño que toda esta época histórica, desde la Revolución Francesa en adelante tenga, para nosotros, una gran atracción. Resulta lejana, pero cercana en muchos sentidos, también. Yo, de pequeña, meditaba a menuda sobre mis antepasados y quería imaginar cuáles de ellos habrían visto la Guerra de la Independencia, con una cierta envidia generacional, ya que creía que las guerras, como tantas otras cosas, eran una especie de película que se veía pasar, santa inocencia. Hay personajes como Napoleón, magnificados e idealizados por la mitomanía especializada. En una ocasión leí una especie de comparación entre Franco y Napoleón. Al menos, escribía el comentarista, Napoleón tenía categoría intelectual, grandeza. Grandeza megalómana que llevo Europa al deastre, claro, porque con grandes ideas se hacen muchos disparates. Los dos eran bajitos, como tantos dictadores. Cuando iba a la Normal, el profesor de psicología nos hablaba en una ocasión del complejo de los hombres bajitos, como si fuese una especie de síndrome que podía derivar en tendencias dictatoriales. Pero Mussolini era más alto. De todo hay y ha habido en la viña del señor, la psicología ya no es lo que parecía y las explicaciones sencillas siempre se escapan de nuestro alcance, como agua en un cesto.