miércoles, 8 de julio de 2015

BANGKOK, TEATRO CONTEMPORÁNEO EN LA VILLARROEL



Resultat d'imatges de Bangkok villarroel

En el marco del Festival Grec de este año podemos ver en La Villarroel, hasta el dos de agosto, Bangkok. Su autor y director es Antonio Morcillo López, quien recibió el XXIII Premio SGAE de Teatro de 2013 por esta interesante obra realista, absurda y kafkiana a la vez, que bebe en muchas fuentes del teatro contemporáneo y nos evoca a autores como Albee, Pinter o Becket.

En un aeropuerto sin aviones ni pasajeros se presenta un anciano, posiblemente estafado a través de internet, que quiere viajar a ese Bangkok que da título a la obra. En un escenario aparentemente fantasmal, pero que sabemos que en la sociedad de nuestro presente puede ser absolutamente real y cercano, sólo encuentra a un joven guardia de seguridad dedicado a absurdas tareas, como, por ejemplo, entrenar halcones que eviten la proliferación de pájaros molestos para el tráfico aéreo. Se supone que en el aeropuerto hay alguien más, un joven chino al cual no vemos nunca y con el cual el guardia se comunica por teléfono.

La situación parece absurda pero explicable. ¿Acaso no conocemos la existencia de espacios inútiles parecidos, en los cuales se han gastado montones de dinero público? El diálogo entre los dos personajes se mueve entre pinceladas de humor amargo, esperpéntico y nos evoca dos vidas no tan alejadas de la realidad actual, reconocibles. El joven, casado y con un hijo, tiene un impresionante currículum académico pero sólo ha podido acceder a este trabajo monótono, aburrido y sin sentido. El  anciano parece un ejecutivo decadente y aburrido, solitario y amargado, que desea alejarse, incluso de su propia vida.

Sin embargo el texto evoluciona hacia una ambigüedad inquietante, con el telón de fondo de la crisis económica, de la falta de valores y objetivos de un mundo en el cual se puede incluso sobrevivir en medio de la escasez, en trabajos que no responden a ninguna necesidad, precarios y frustrantes. Antes, explica el anciano al joven, el trabajo encontraba al trabajador y éste acababa por ser un maestro en su oficio. Pero este viejecito que reflexiona a fondo sobre la vida tiene una extraña ocupación inexplicable y poco clara. De la misma manera que los halcones matan pájaros como los sisones, molestos para esos vuelos inexistentes, en el mundo existen personas cazadoras y personas susceptibles de convertirse en presas, pero esos papeles son intercambiables y confusos.

La obra tiene la gran virtud de ser breve, no llega a la hora y media, y eso hace que algunas reiteraciones e incluso tópicos recurrentes, en ese fondo crítico con los grandes capitales y los bancos, no resulten demasiado evidentes. Otro tema peligroso en los textos actuales es la proliferación de palabras malsonantes, de tacos, buscando un relativo realismo, es éste un recurso que habría que usar con tiento y sin excesos ya que en algunas ocasiones se maneja de forma algo gratuita. Tiene la obra, sin embargo muchísimos elementos positivos: se trata de teatro del presente, de texto, que bebe en muchas fuentes, que nos habla de nosotros mismos aunque sea de forma más o menos simbólica y que no tiene complejos a la hora de ser claramente filosófico o discursivo.

Y un elemento definitivo que hace que el montaje de La Villarroel resulte totalmente recomendable en estos días calurosos, las interpretaciones, inmensas y contundentes, de esa pareja de actores de dos generaciones  distintas, unidos en ese espacio sobrio, en medio de una escenografía austera que sitúa al público en la sala de espera de ese aeropuerto angustiosamente inútil. Dafnis Balduz, a quien muchos espectadores recordarán por sus papeles en series de televisión, interpreta a ese guardia de seguridad aparentemente amable, con cambios de humor incoherentes,  cobarde, indignado y puede que incluso peligroso para ese sistema que, de forma más o menos oculta y gracias a sus redes ocultas, maneja las vidas de la población.

Carlos Álvarez-Nóvoa, un actor con una larga e impresionante trayectoria, con un currículum de más peso que el del joven personaje de ficción, al cual descubrimos o redescubrimos en el cine gracias a Solas, interpreta a ese aparentemente inofensivo anciano, que va desvelando aspectos siniestros de su trabajo sin perder la apariencia bondadosa, detrás de la cual podría esconderse un torturador, un experto sicario de esos capitales anónimos y omnipotentes que mueven el mundo kafkiano de nuestro presente, aunque posiblemente el pasado fuese igualmente cruel con los desfavorecidos.

Obra casi de tesis, Bangkok es un texto muy bien dirigido e interpretado que exige una reflexión posterior, un debate colectivo,  un foro real o virtual. El final puede resultar abierto o cerrado, según la interpretación de cada cual. Incluso los aeropuertos inútiles pueden utilizarse en caso de emergencia o de necesidades represivas y no es la primera vez que Bangkok es un destino simbólico, literario, mítico e inquietante. Los milagros, como el de ese avión que por fin parece dar sentido a un no-lugar, pueden resultar absolutamente indeseables y peligrosos. Las personas y los lugares nos hacen a menudo evidente aquello tan antiguo de que las apariencias engañan.

Júlia Costa
(Publicado en el blog cultural 'Llegir en cas d'incendi')

viernes, 19 de junio de 2015

NAPOLEONADAS, VANIDADES Y GLORIOSAS DERROTAS

La vanidad es la base de toda revolución, la libertad no es más que un pretexto (Napoleón)

Napoleón es un personaje mítico, como Julio César y tantos otros, y además incluso bien tratado por la posteridad. De todos los hombres que han contribuido a la mortaldad masiva de gran parte de la humanidad unos tienen buena prensa y otros no. Se perdonan las barbaridades cuando se hacen en nombre de ideas supuestamente progresistas, de esas que se consideran de izquierdas aunque sobre el tema habría mucho a comentar.

Napoleón, además, era francés y había sido revolucionario. Francia ha tenido una gran habilidad para fagocitarlo todo en provecho propio y de su mitología cultural, supongo que todos los países-estado pretenden hacer lo mismo pero no siempre el éxito y la suerte los acompañan. Hace pocos días leí en la prensa que el gobierno francés protestaba de la próxima emisión de una moneda belga que conmemoraba el resultado de la batalla de Waterloo. Waterloo ha sido transformada por la historia oficial francesa en gloriosa derrota. Hace ya doscientos años de la batalla y se han organizado unos fastos algo ridículos, con parafernalias diversas, jefes de estado elegantes y disfraces absurdos, para conmemorar tantas muertes. Si con aquello hubiesen acabado los enfrentamientos entre europeos la cosa tendría sentido pero considerando que luego vinieron tragedias peores la cosa más bien tiene un cierto aire de carnaval inquietante.

Resultat d'imatges de doscientos años waterloo

La revolución americana fue más efectiva que la francesa, algo menos sangrienta y sus principios se los copiaron nuestros vecinos sin casi ninguna referencia a los derechos de autor però la Revolución siempre fue la francesa, al menos hasta que llegó lo de Octubre. A Napoleón se le subió la grandeur a la cabeza y quiso exportar el invento francés sin darse cuenta de qué nadie quiere que lo modernicen a la fuerza, cosa que deberíamos tener en cuenta en la actualidad. Tropezó en España, un país que era mirado de arriba a abajo por el resto de Europa, ya algo al margen de las potencias efectivas que dibujaban los mapas europeos. Quizás fue una lástima aquello, mirado en perspectiva, porque José Bonaparte no era un borracho sinó un señor inteligente, dicen que incluso más que su hermano,  y hubiese podido iniciar una dinastía nueva y progresista, incluso más allá de Waterloo y Napoleón, como hizo Bernardotte en Suecia. Pero elucubrar con posibilidades pretéritas es absurdo y no sirve para nada, ni a nivel individual ni colectivo.

Lo que puedo haber sido y no fue, no fue, y además es imposible de imaginar. Los franceses soñaron de nuevo en grandezas y propiciaron aquello del Segundo Imperio e incluso empujaron a Napoleon III a una guerra que le costó el trono con una excusa española, por cierto. Por lo menos él y su esposa, nuestra Eugenia de Montijo, que pena pena, después de perder de forma trágica a su único hijo pudieron retirarse a la plácida Inglaterra en la cual quizás coincidieran con el tigre del Maestrazgo, convertido en señor de posibles y casado muy bien, con una heredera del país. Las guerras carlistas todavía están por estudiar a fondo y de forma desacomplejada.

Francia consiguió, de forma brutal y expeditiva, eliminar eso de los regionalismos y aspiraciones secesionistas diversas, con una escuela efectiva y unitaria, enviando los jóvenes brillantes a la capital y a los no tan brillantes a la guerra. Es impresionante comprobar en esos grandes monumentos de nuestros vecinos la inmensa cantidad de jóvenes bretones, catalanes, corsos, muertos por la patria francesa en aquella carnicería que fue la Primera Guerra Mundial. En España el siglo XIX fue lamentable para nuestro país, que había entrado en ese siglo con buenas perspectivas después de Carlos III, el ilustrado.

Hace algún tiempo escuché al ya desaparecido escritor José Luis Sampedro comentar con ironía lo ridículo del dictador Franco y hacer una especie de comparación con Napoléon, el cual, según él, tenía cierta grandeza. Es cierto que nuestros dictadores y políticos parecen salidos de una mala zarzuela pero Franco tuvo, quizás por desgracia, la suerte de los espabilados, murió de viejo, los sobrevivió a todos. Bueno, Mao y Stalin también fallecieron de muerte natural. Napoleón acabó en Santa Elena y murió de cáncer aunque la leyenda haya escrito a menudo sobre venenos y otras posibilidades. Yo, a Napoleón ya no le veo ninguna grandeza. 

No creo en países buenos y malos. La suerte, el clima, el azar, el contexto internacional, incluso aspectos aparentemente banales contribuyen a marcar el destino de los pueblos, de los estados, a delimitar fronteras siempre artificiales por las cuales, ay, muere la gente, y no siempre por el capricho de los que mandan, la especie humana también tiene una tendencia general y transversal a la autodestrucción, que resucita de vez en cuando en un lugar o en otro, de forma individual o colectiva.

Se supone que la cultura, la lectura y todo eso mejoran a la gente. Eso es una visión elitista, hay y ha habido gente culta malísima y analfabetos que nunca matarían una mosca si no es en defensa propia o de sus crías. El aristócrata Villalonga, en una ocasión, hablando sobre la guerra civil hizo un comentario de ese tipo, según él era comprensible que un paleto degollase a un cura pero que un caballero español leído y culto matase unos cuantos de forma brutal era más inexplicable. Para mi tan inexplicable es una cosa cómo la otra, la verdad. Y lo cierto es que las guerras demuestran lo peor de la gente, a todos los niveles sociales, económicos y culturales, pero también lo mejor, personas, cultas o incultas, ricas o pobres, que se arriesgan por defender a sus contrarios, cosas así. Se ha escrito algún libro sobre esos héroes de los dos bandos pero han tenido menos éxito que las listas de barbaridades y tragedias con buenos y malos claros y etiquetados.

Napoleón admitió en una célebre, terrible y repetida frase que las revoluciones se hacían por vanidad. Desde hace tiempo, en un contexto menos sangriento, creo que, en general, la política se hace por vanidad y que se buscan excusas diversas, el bien del pueblo, la democracia, la unidad de la patria, la diversidad de la patria, el nacionalismo, los valores que sean, para justificar tanta vanidad. Los no vanidosos duran, en política y en lo que sea, dos días. Tener en cuenta esa realidad nos puede ahorrar muchos disgustos y explica un montón de hechos que parecen inexplicables.


viernes, 5 de junio de 2015

EL SUR MÍTICO Y EL NORTE HOSTIL



La televisión nos está ofreciendo un largo y admirable ciclo sobre el cine español pero que no escapa a uno de los problemas de nuestro tiempo, la acumulación.  Demasiadas películas en pocos días castigan el producto, a mi entender e incluso ya se ha comentado que esos espacios tienen poca audiencia, las malditas audiencias presuponen que todo se calcula a lo grande y que la bondad de un producto va ligado al número de consumidores. 

Ya sé que en la actualidad una se puede grabar lo que sea, volverlo a ver cuando le parezca y todo eso, pero hay algo indefinible que nos hace valorar más las cosas cuando se nos ofrecen en dosis controladas y digeribles. Algunos canales recuperan en ocasiones miniseries de cuatro o más horas, pensadas para emitirse en capítulos semanales y que se passan seguidas, de arriba a abajo, en alguna larga tarde de sábado, cosa que las frivoliza aunque sean interesantes.

Hace tiempo comentaba con algunas personas que tengo películas en DVD que no me miro nunca y que, en cambio, vuelvo a mirar cuando las pasan por televisión. Me sorprendió combrobar que no era yo sola quién hacía eso, sinó que resulta bastante corriente. No sé el motivo, quizás hay algo misterioso que nos hace apetecible aquello que se supone que compartimos, cosa que explicaría el hecho de qué a veces se generen colas para contemplar cuadros de un pintor que tenemos olvidado en el museo local.
Resultat d'imatges de Víctor erice
Ayer pasaban por televisión ese monumento que es El Sur. Víctor Erice es un director inclasificable, que ha hecho muchas cosas poco conocidas y muy interesantes. Sin embargo el público normalito nos quedaremos siempre con El espíritu de la colmena y El Sur, con esas imágenes que recordamos incluso fuera de contexto y que forman parte de nuestro imaginario sentimental. Erice estuvo casado con otro personaje inclasificable, la escritora Adelaida García Morales, que tuvo un éxito brillante y efímero con ese relato y con El laberinto de las sirenas. Siguió escribiendo pero no fue lo mismo y en nuestro país, como cuenta con ironía Fernán Gómez en sus memorias, nunca eres famoso del todo, siempre has de estar renovando tus credenciales artísticas. 
García Morales se retiró a las Alpujarras y murió de forma todavía algo prematura, ya que hoy queremos creer que morir antes de los ochenta es morir joven. Falleció en septiembre de 2014 y su muerte la recogió la prensa de forma algo mezquina, ignoro si la gente joven de hoy, en general, sabe quién fue aunque El laberinto de las sirenas fue un libro obligado en algunos institutos como lectura de bachillerato, cosa que quizás lo perjudicó porque está lleno de referencias culturales muy elaboradas y para todo hace falta una cierta madurez aunque probablemente sirvió de semilla en algunas almas sensibles y precoces.


Parece que hubo un proyecto para llevar al cine El laberinto de las sirenas como hubo otro para filmar la segunda parte de El Sur. También hubo el proyecto de qué fuera Erice el director de El embrujo de Shangai pero acabó en manos de otro director que no fue capaz de extraer del libro de Marsé toda la magia posible. Hace poco comentaba que Delibes había tenido suerte con las adaptaciones de sus libros al cine, a Marsé le ha sucedido lo contrario.

El universo de los proyectos fallidos es muy interesante, casi tanto como el de los amores imposibles. El sur, la película, es mucho más que una historia ambigua y llena de nostalgias, es un libro de poesía visual en donde no sobra ni falta nada. Cada una de sus imágenes nos podría inspirar otras historias, poemas, pintura, dibujos, música. Todos los actores están muy bien pero resulta imposible no admirar a una Rafaela Aparicio en estado de gracia,  una de esas actrices de raza, a menudo mal entendidas y mal aprovechadas, condicionadas por su apariencia física.

Vimos a menudo fotos de Adelaida García Morales de joven, en el tiempo de sus éxitos literarios, aunque siempre fue persona discreta. Era una mujer muy bella, misteriosa, poco convencional. De mayor ya no la vimos tanto, seguía siendo hermosa y misteriosa pero nuestra sociedad no aprecia la belleza de la madurez, de la vejez, todavía menos si la gente engorda, las mujeres lo tienen peor que los hombres y muchas actrices y cantantes siguen el camino absurdo de los retoques y las dietas hasta quedar reducidas a momias. 

Una de esas personas que salen por la tele a hablar de tonterías comentaba en una ocasión que antes las damas preferían estar gorditas y tener menos arrugas, y que ahora prefieren estar delgadas y elegantes aunque tengan más repliegues.  Las mujeres se han liberado en teoría pero siguen, en gran parte, sujetas a modas absurdas como esos zapatos con talones imposibles e incómodos que limitan el movimiento o esos temas de estética tonta, siempre surgen nuevos corses con los cuales controlarnos y, encima, los encontramos bonitos.
El sur, aunque no tienen nada que ver, me evocó una película algo anterior en el tiempo de la cual también tengo hermosos recuerdos, Los días del pasado, de Mario Camus, lo mejor que hizo Marisol en ese papel de maestra andaluza perdida por un norte hostil para recuperar lo irrecuperable, la ilusión, personificada por ese fugitivo castigado por la guerra civil y que todavía quiere seguir luchando, interpretado por Gades, entonces pareja de la actriz. Dicen que la memoria es el mejor crítico aunque yo creo que también es un crítico subjetivo, extraño, a veces incluso injusto. 

Las películas, como los libros, van ligadas al momento vital en el cual las contemplamos, al lugar dónde las vimos, a las personas que nos acompañaban entonces. Por eso las relecturas, a veces, decepcionan. Sin embargo ayer comprobé que la película de Erice conserva, aumentada incluso, toda su magia. Y eso que ver una película por la tele no tiene nada que ver con disfrutarla en una sala convencional, cómoda, llena de gente, en pantalla grande.

Hay mucha literatura relacionada con los puntos cardinales, existe una filosofía para cada uno de ellos, una poesía del norte, del sur, del este y del oeste. A veces mitificamos alguno de ellos, el más desconocido para nosotros y queremos creer que un cambio de rumbo hará variar nuestra suerte, sin embargo la rosa de los vientos está en el interior de nuestras frágiles almas soñadoras.


sábado, 30 de mayo de 2015

SOBRE LIBROS, LITERATURA, ESCRITORES Y OTRAS TONTERÍAS



Hace años tenía yo sacralizada la literatura, como tantas otras cosas. También tenía sacralizada la universidad. E incluso sentía cierta reverencia por algunos productos alimenticios que eran para privilegiados o, en todo caso, consumibles tan sólo en fiestas señaladas. Lo mismo sucedía con objetos diversos que hoy són género de consumo rápido y en proporción mucho más baratos que antes, la ropa, el calzado, el material escolar.

El bienestar económico, aunque sea relativo y con subidas y bajadas, provoca cierta insensibilidad, comprar lo que sea ya no nos produce aquella emoción inexplicable e inefable de antes. Hace algún tiempo escuchaba el testimonio de un viejo barraquista, inmigrante en los años sesenta a aquella Barcelona, dónde convivía la miseria gravísima y eso que dio en llamarse la gauche divine y que no era ni una cosa ni otra, y explicaba el hombre como cualquier pequeño logro en el tema del bienestar econòmico hogareño era vivido como un gran triunfo personal.

Cuando empecé a trabajar como maestra recogía del suelo los trozos de lápices de colores y los guardaba en cajitas, se aprovechaba mucho papel impreso por una cara, para dibujar. Las papeletas sobrantes de las primeras elecciones eran un material muy apreciado. En estos últimos años las maestras parvulistas me subían cada curso al aula un montón de lápices de colores todavía en buen estado, porque a principio de curso a los niños les gustaba estrenar. Por mucho que se recicle y aproveche todo eso es relativo cuando no es necesario ni imprescindible, la verdad.

Vuelvo a la literatura. La producción de libros ha aumentado de forma exponencial, el libro tiene muy poco valor hoy, me lo dijo un señor que vino a vaciar el piso de mis padres cuando ellos murieron, el libro pesa, se llena de polvo, nadie lo quiere, con pocas excepciones. ¡¡¡Todo ha cambiado tanto!!! No es ni bueno ni malo, es así. Cada día llegan a mi buzón virtual montones de recomendaciones literarias, anuncios de presentaciones de libros, propagandas relacionadas con novedades. Me regalan libros nuevos a menudo, con la intención de qué escriba algún comentario sobre ellos en mis modestos blogs que leen cuatro gatos.

Todo es efímero y se vende poco, en relación a lo que se produce. Una bibliotecaria me aclaró, hace ya algunos años, cuando yo me mostraba reticente a la hora de hacer limpieza en la biblioteca escolar y comprar novedades  que más de un noventa por ciento de lo que se publica en dos años vuelve a ser pasta de papel. Incluso las editoriales prefieren reeditar viejos títulos, nueva cubierta, nueva tipografía, todo debe ser novedad o parecerlo. Incluso los libros de segunda mano, que hoy se pueden encontrar con facilidad por internet, han bajado de precio, con pocas excepciones.

Publicar no es fácil para la mayoría pero hoy existen soluciones al alcance de personas que prefieran editarse un libro a hacer, por ejemplo, un viajecito. Por no hablar de las ediciones virtuales. Otro aspecto es la difusión, la propaganda, pero eso no te lo garantiza ni una editorial convencional, lo que mejor funciona son los conocidos pero poca gente tiene parientes o conocidos importantes en los periódicos o en los medios de comunicación. En medio de esta abundancia se consume mucha tontería y pasan desapercibidos buenos libros, quizás siempre ha sido un poco así pero como antiguamente escribía poca gente y la educación no se había masificado el tema era muy diferente.

Hemos sacralizado en exceso la literatura, el arte, la música, se supone que lo que triunfa o triunfó es  bueno. Vana pretensión. Incluso la relectura de libros considerados clásicos, a mi tercera edad, me ha hecho percibir que tampoco aquellos libros oficialmente consagrados son lo que me parecieron en mi juventud. Se supone que leer es bueno, así, de forma global, pero yo creo que depende de lo que se lee, comer también es bueno e imprescindible, además, pero no todo es comestible ni digerible. Premios como el mismo Nobel están condicionados a la política, al mercado, incluso a la casualidad.

Leí hace poco tiempo el libro de Ayén sobre el boom de la novela hispanoamericano, unos autores triunfaron y otros, tan buenos como los primeros o más, no lo hicieron porque no tuvieron su oportunidad, su momento, su promoción adecuada. La gente antes no quería admitir que tiraba libros, era como un pecado, pero ahora ya te lo cuenta y lo acepta sin ninguna prevención. Se tiran libros en las bibliotecas, en las escuelas, en todas partes. Pocos lugares aceptan libros usados aunque estén, incluso, en buen estado.

Pasa algo parecido con la ropa, con la comida, con los viajes. Todo se ha masificado y frivolizado y la cosa también tiene su parte positiva que quizás sólo conseguiremos comprobar en perspectiva, cuando pasen los años. Uno puede autoeditarse sin tener que recurrir a hacer montones de copias para presentarse a premios que muchas veces están condicionados a criterios comerciales y que dependen también de la subjetividad de los jurados, sin tener que mandar ejemplares a editoriales diversas, pequeñas, medianas o grandes. Las pequeñas editoriales se encuentran con muchas dificultades y tampoco pueden apostar por según qué libros, en muchas ocasiones publican sobre seguro, más o menos, a personas que ya tienen relaciones en el mundo mediático, académico. Aunque eso tampoco asegura las ventas, al menos las ventas masivas. 

A cada bugada es perd un llençol, decimos, en catalán. Cada cambio cultural y social y lo que sea comporta ciertas pérdidas pero también mejoras en muchos aspectos que a menudo cuesta comprobar de forma inmediata, para todo hace falta perspectiva y la vida es corta para eso. Los grafómanos tenemos la posibilidad, al menos, de publicar de forma libre en sitios como este mismo blog, de forma gratuita, eso sí, pues si alguién sueña con hacerse rico con la literatura -o con tantas otras cosas- lo tiene claro. 

A alguno y a alguna les toca la lotería de vez en cuando, pero el cálculo de probabilidades nos demuestra lo difícil que es eso de hacerse rico y famoso, en la vida. Otro tema es la calidad, tema subjetivo, relacionado con modas e incluso con momentos vitales. Queremos creer que la calidad siempre flota por encima de la mediocridad pero eso no es así, al menos no siempre es así. Nadie sabe explicar con claridad qué es eso de la calidad. Hay gente que escribe muy bien textos aburridísimos y escritores imperfectos que tienen gancho. Hay quién critica que escriba tanta gente, normalmente opinan así los escritores con suerte y promoción, claro, no cuestionan que ellos mismos pueden sobrar o que quizás no son tan buenos como les han hecho creer.

El tema se puede aplicar a muchos sectores de la cultura. Un inmenso número de grandes actores no han pasado de secundarios mientras que una minoría, a veces no se sabe el motivo, ha triunfado, más o menos, porque en nuestro contexto el triunfo jamás es definitivo sinó puntual  e inestable, como sabe mucha gente. En todo caso ni el mejor de nuestros escritores más cercanos ganará en toda su vida lo que gana un futbolista de primera en una temporadita de darle al balón, claro que de futbolistas de primera hay muy pocos y que en el tema del futbol hay que demostrar de forma práctica si sirves o no sirves. 

Todo es relativo. La literatura, también.

sábado, 16 de mayo de 2015

FOTOGRAFÍAS QUE AMARILLEAN Y GENIALIDADES INCLASIFICABLES

Resultat d'imatges de el tiempo amarillo






Por suerte para los lectores y para los admiradores del gran e inclasificable personaje que fue Fernando Fernán Gómez se han reeditado hace algún tiempo sus memorias, ampliadas y en un solo tomo, ya que anteriormente (Debate, 1988) se encontraban divididas en dos volúmenes.
No son unas memorias convencionales, cada apartado nos evoca paisajes perdidos, personajes entrañables, como esa madre soltera y artista y esa abuela inolvidable además de un gran número de actores, autores, directores, de diferentes épocas y situados en diversas circunstancias.  Pero también encontramos gente anónima, conocidos, vecinos, criadas, parientes, tenderos.
Admite el autor que se sintió muy amado por esa madre y esa abuela, a pesar de lo irregular de su situación y de los años difíciles que vivió. Lo seguimos en su infancia y adolescencia, agradecemos al destino la suerte que tuvo  de ser considerado argentino y librarse del frente, dónde tantos jóvenes, casi niños, murieron sin apenas haber vivido.
Fernando Fernán Gómez es discreto en muchos aspectos personales relacionados con sus amores, modesto en la apreciación de su trabajo,  humilde al evocar actos valerosos relacionados con temas políticos y sociales, en una época en la cual no era nada común que personas del teatro y del cine pusieran en peligro su trabajo o incluso su seguridad física. Incluso admite que la memoria es engañosa y que algunos detalles del libro no son exactos sino víctimas del recuerdo sentimental y de ese paso del tiempo que hace que todo amarillee.
Marcos Ordóñez, en un interesante comentario a esta reedición,  que se publicó en El País, insistía en la necesidad de un índice final con nombres de personajes, de películas, de libros.  También echaba en falta la cita de Miguel Hernández que da título al libro y percibía algunos errores. Sin embargo todo eso, que debe de ser tenido en cuenta, no reduce en nada el encanto que emana de esas páginas, literatura pura, y que podría ser perfectamente un conjunto de excelentes narraciones puesto que muchos de los capítulos tienen vida propia.
En el libro se incluye un magnífico prólogo de Luis Alegre, quien conoció a Fernando Fernán Gómez ya mayor, en los años noventa, cuando se había extendido una cierta opinión sobre su mal carácter, potenciada por una anécdota con  un admirador pelmazo que se repitió por la tele hasta la saciedad. El prólogo es también muy buena literatura y resulta conmovedor por los detalles que cuenta y el afecto y admiración evidentes por el personaje. El libro incluye bastantes fotografías pero podría haber muchas más, son imágenes que nos transportan a un pasado complejo recordado de forma amable,  con una sana dosis de humor inteligente y una distancia imprescindible, literaria sin pretensiones, moderadamente nostálgica.

FernandoFernán Gómez fue un personaje inclasificable, genial en muchos aspectos, hizo muchas cosas y todas las hizo bien aunque fuesen películas malas, sobre las cuales ironizaba en ocasiones. En un programa radiofónico reciente sobre cine, oí comentar que en otros países sería más considerado, admirado y conocido que gente como esos grandes mitos del cine francés, inglés, americano o italiano, salvando las distancias. Él mismo bromea con el tema en esas memorias singulares, en otros lugares llegas a actor famoso y ya lo eres para siempre pero en España un éxito o muchos éxitos no significan gran cosa, ni tampoco te aseguran una economía saneada de forma definitiva.

El tiempo amarillo nos habla de nuestro país sin dramatizar, de cómo se sobrevive en épocas difíciles, del mundo del cine, del teatro, de la literatura y de la vida cotidiana, nos muestra una guerra civil doméstica, una especie de epidemia que hay que pasar cómo sea para poder retornar a la normalidad precaria del mundo de los actores y de casi todo el mundo. No es éste un libro para leer de un tirón sino para disfrutarlo de forma lenta y poder volver hacia atrás si es necesario, actividad para la cual el índice que propone Marcos Ordóñez resultaría muy útil. Al leer este libro parece incluso poderse escuchar la personalísima voz de su protagonista contándonos su vida a su manera, a retazos, con esa magnífica carga de genialidad que se desprende del libro y que en cambio no convierte en ningún momento a su protagonista en un escritor pedante sino más bien en alguien que no está nunca satisfecho del todo con aquello que hace.


lunes, 11 de mayo de 2015

HOMENAJE DE LOS BLOGS A OLGA XIRINACS (11/05/2015)






Olga Xirinacs (Tarragona, 1936) es una escritora catalana con una larga trayectoría en diversos géneros. Ha ganado muchos premios importantes y su obra literaria és sólida y reconocida. Hoy, 11 de mayo, es su aniversario, y desde diferentes blogs culturales queremos rendirle un homenaje y reivindicar para ella el próximo Premi d'Honor de les Lletres Catalanes, galardón que se concede desde el año 69 y que para vergüenza general se ha concedido hasta ahora a cuarenta y tres hombres y tres mujeres. Es evidente que para la igualdad generalizada todavía queda mucho a reivindicar.


Olga Xirinacs ha escrito toda su obra en catalán aunque tiene una parte traducida a otros idiomas. Es muy crítica con la política de traducciones, un aspecto cultural necesario para conseguir una cierta proyección a nivel español e internacional. En el año 2006 publicó directamente en castellano la novela El hijo del tejedor, reivindicando la necesidad de traducciones y, al mismo tiempo, como homenaje a la rama asturiana de su familia.


Sinopsis:


En un agreste lugar del litoral de Asturias, los Del Río, un tejedor de tapices y una concertista de arpa, disfrutan de una vida apacible, dedicada casi en exclusiva al desarrollo de sus quehaceres artísticos. Sin embargo, un terrible y macabro hallazgo los lanzará hacia un torrente de situaciones extremas y despertará en ellos la fuerza de unos sentimientos que nunca habrían creído poseer. El empuje del instinto maternal y el descubrimiento de una sexualidad oculta formarán parte también del gran secreto de sus vidas, un secreto que los conecta directamente con la mitología de la tierra y los árboles asturianos, con los habitantes reales e irreales de sus bosques y sus montañas, con la vida que lucha siempre por triunfar sobre la muerte.