En el año 2004 se celebró el centenario de la muerte de Chejov. Este año se celebra el 150 aniversario de su nacimiento. En relación con los grandes personajes quizá tenga más lógica celebrar su muerte que su nacimiento, es al morir cuando se puede hacer un balance de su obra. Lástima que, por razones obvias, el afectado no pueda hacer su propia valoración.
Pocas cosas se pueden decir de Chéjov que no se hayan dicho. Se trata de un autor que me parece absolutamente moderno, tanto en su narraciones, llenas de un extraño, resignado y terrible humor, como en ese teatro en el que parece no pasar nada o pasar poca cosa. Ver a Chéjov bien representado siempre vuelve a emocionar, sus personajes son grises, se mueven en un entorno mezquino del que no pueden escapar, pero en ese mismo entorno hay una enorme grandeza humana y una bondad sin límites.
En la entrada anterior mencioné que la relectura de Mc Cullers me había recordado a Chéjov. Dos sociedades tan distintats y sin embargo, ¡qué parecidas en tantos aspectos! Todas las sociedades humanas lo son. Por encima y por debajo de las particularidades culturales, económicas, históricas o geográficas hay un hilo invisible, sutil, que la buena literatura, el teatro o el cine saben encontrar cuando acceden a esa extraña magia que convierte un texto o una imagen en un clásico.
Chéjov es incluso moderno en su aspecto físico. Sus retratos nos lo muestran siempre atractivo, a veces distante, otras veces feliz. No me extraña que gustase a las mujeres. Fue también un hombre bueno, generosos, de vida difícil i infancia casi miserable. Demasiado modesto en la valoración de su propia obra, vivió con la inmensa sombra de Tolstoi muy cerca. Tolstoi era entonces el grande y es también un gran autor, pero si comparamos el aspecto de los dos hombres vemos a un decimonónico y a un contemporáneo, cosa que también se refleja en su literatura. Claro que Tolstoi era mucho mayor, aunque sobrevivió a Chéjov algunos años.
Se casó, un poco tarde, sobre todo considerando que su vida fue corta, con Olga Knipper, una gran actriz que vivió hasta 1959 y que, según dicen, tuvo que pedirlo en matrimonio porque él no se decidía. Quiero pensar que esos últimos y breves años de matrimonio fueron felices, tan felices como podía permitir la enfermedad del escritor, aquella tuberculosis que tantos estragos hizo hasta hace algunas décadas y que las miserias y las guerras que azotaron Europa desde finales del XVIII hasta hace cuatro días contribuyeron a aventar, acabando con la flor y nata de la juventud de la época.
La verdad es que cada vez que lo releo me gusta más que la vez anterior. No sé si me pasa a mi o es una sensación generalizada. Sin embargo ese placer va acompañado también de una profunda melancolía, de una pena extraña que me dura unos días, de la tristeza que nos produce lo inevitable: la sensació de qué la felicidad no depende de nuestra voluntad sinó que a menudo se escapa de nuestras manos como el agua, dejando sólo una agradable percepción de frescor y poca cosa más.
Hace poco, a causa de mi participación en un grupo de lectura, he leído Frankie y la boda, de Carson Mc Cullers, en una muy buena traducción al catalàn, que lleva por título Frankie Addams. Ninguno de esos dos títulos es el original,The Member of the Wedding, por cierto. Esta autora tuvo una vida singular, no demasiado larga. Su obra tampoco es excesiva, permite acercarse a su totalidad de forma cómoda y tranquila, y refleja un mundo extraño, muy personal y aparentemente cerrado, pero que, por esa magia de la buena literatura, trasciende la territorialidad para convertirse en universal.
Durante mi juventud comenzó a ser conocida Carson Mc Cullers. Murió en 1967, cuando el mundo, al menos el nuestro, estaba cambiando deprisa, de forma acelerada. En aquellos años comenzó a publicarse novela moderna en catalán, a causa de una cierta apertura en el tratamiento de aquello que se llamaron lenguas vernáculas y gracias a las buenas iniciativas de intelectuales modernos y emprendedores relacionados con el mundo editorial y a mecenazgos añorados hoy. Recuerdo, aunque la memoria es traidora, una cubierta de El cor és un caçador solitari, editada en 1965, con el atractivo rostro de un hombre joven. La cubierta, el título, el nombre del autor o autora, me llamaron a engaño. Creí que debía tratarse de una novela sobre amores dramáticos escrita por un hombre. Era mucho más que eso y, además, escrita por una mujer.
Creo, por los comentarios que escuché en el grupo lector, que hoy Mc Cullers está, quizá, algo olvidada. Gente más joven que yo no la conocía demasiado. Incluso, como me pasó a mi hace años, pensaban, por el nombre literario, que se trataba de un hombre. Sin embargo, hubo unanimidad en la valoración de Frankie Addams, nos pareció un libro excelente, de los mejores que hemos leído durante el año, aunque se trate de una extraña historia donde aparentemente no pasa nada, algo irregular en su planteamiento, con un final acelerado y con muchos aspectos diluídos en una especie de niebla vital. Pero, ¡que vivos son sus pocos personajes principales!!! Sobre todo esa Berenice que oficia de iniciadora en la mesa de la cocina! Criada negra, sur de los Estados Unidos, todo muy localista, pero... qué universal! Me recordó otra criada, la del príncipe destronado de nuestro Delibes, cantando sangrientos romances sobre historias temibles. También nos recordó, el ambiente humano, algunos pasajes inolvidables del teatro o de las narraciones de Chejov.
Mc Cullers llevó una vida inquieta, atormentada, dolorosa. Por las circunstancias y por elección propia. Sus pocos libros, que reflejan una sociedad muy concreta, trascienden esa sociedad y nos evocan cosas muy cercanas, el bar de la esquina lleno de personajes marginados, la soledad de la gente, los sentimientos ocultos, la adolescencia nuestra y de nuestros hijos o nietos... Son, todas ellas, las cosas que convierten la buena literatura en un clásico. Sus obras se llevaron al cine o a la televisión, pero son poco conocidas en nuestro país esas versiones. Recuerdo, sobre todo, Reflejos en un ojo dorado,una historia inquietante, con Brando i Liz Taylor.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el cual la representación de la realidad, relacionada con la pintura, era tan sólo accesible a los artistas y a las personas ricas, que podían pagarse un retrato. El fotógrafo fue, al principio, el pintor de cámara de la gente del pueblo y las fotos de nuestros antepasados, si las tenemos (tampoco retratarse estaba al alcance de todo el mundo) reflejan aquella dependencia de la pintura convencional, con sus falsos decorados y sus posturas estudiadas y serias. Después se fue valorando la espontaneidad, la naturalidad y actualmente fotografiamos de forma rápida y barata, nuestros hijos y nietos serán las generaciones más retratadas hasta ahora, de momento. También se puede filmar, todo ello muestra la vana pretensión de eternizar momentos felices, hoy a casi nadie se le ocurre retratar difuntos, como en otros tiempos, con excepción de los periodistas, claro, pero también sus muertos son espontáneos y no aquellos difuntos bien vestidos y bien colocados, de los que se quería conservar alguna imagen.
Un grupo de facebook, Fotografies antigues de Barcelona, está teniendo un gran éxito. Es curioso, existían otros grupos sobre ese tema, más antiguos, webs y blogs dedicados a fotografías antiguas de la ciudad, però por esas raras casualidades del boca-oreja éste ha crecido de forma exponencial. Sobre las fotos se generan comentarios diversos, lecciones de historia, opiniones políticas. Hay muchas cosas ocultas en esas viejas fotografías y, como pasa con la historia, cada cual puede interpretar la imagen según sus deseos, prejuicios o dogmas personales. Las fotografías y, hoy también, las películas, nos muestran realidades más exactas que nuestra memoria personal, tan frágil, pero tampoco son la realidad. El pasado emociona, inquieta. Al mirar una fotografía de los años treinta, por ejemplo, sabemos que aquellos jóvenes risueños, felices, que bailan sin temor, están a punto de vivir un gran desastre, quizá de morir de forma prematura. Desaparecen nuestros paisajes queridos y a menudo lamentamos no haber hecho una fotografía de aquella vieja casa, de la plaza remodelada, de la tienda cerrada para siempre, del teatro que ya no existe. En realidad, no importa. Todo pasa, nosotros mucho antes que nuestras fotografías, que serán recuerdos y poca cosa más.
He ha dado, motivada por el tema, por buscar poemas sobre fotografías y he encontrado, entre otros, éste de José María Valverde, gran escritor, crítico literario, ensayista, profesor, traductor, historiador de las ideas y hombre honesto, hoy quizá poco recordado.
El funeral del señor Samaranch ha provocado un ejercicio generalizado de memoria histórica no deseada. Para nadie que tenga alguna edad ha sido ninguna sorpresa conocer su pasado falangista. Sin embargo me temo que podríamos encontrar muchas fotos parecidas de muchas personas. Samaranch ha sido uno de esos personajes quizá necesarios, hábiles, inteligentes, camaleónicos y con suerte, porque todo cuenta. Hace muchos años, en mi juventud, fue candidato a procurador en cortes, en aquellas inefables elecciones. Joan Oliver, 'Pere Quart', personaje incómodo, gran poeta, escribió un texto que se cantó bastante, aprovechando una música de Bob Dylan. Explicaba la historia de un joven progre y bien situado, catalanista y pequeño burgués. Una muestra:
Amb teatre a veure Capri i de cine, quan hi vaig,
servidor, per poc que paguin, prefereix les d'art i assaig.
En política som neutres, però no votem en blanc
ella vota en Tarragona i jo voto en Samaranch...
(...) Però sóc catalanista, i a casa amb la mamà/ quan no hi ha visites parlo sempre en català...
Eduardo Tarragona fue otro personaje de la época muy interesante, famoso por un eslogan inefable: al pa, pa, i al vi, vi. Creo que no hace falta traducir los textos al castellano, son muy gráficos.
En el mundo real sobrevien con éxito los samaranchs y los fouchés.Son necesarios a todo el mundo y en muchas ocasiones de peligro o necesidad es más fácil pactar con los corruptos que con los dogmáticos, que acaban, como Robespierre, cortando cabezas a diestro y siniestro. Es triste, pero es así. Las personas de buena voluntad y honradas aguantan poco en el poder, político, empresarial o intelectual. En Barcelona ha tenido que dimitir recientemente una concejal del ayuntamiento, Itziar González, que intento hacer algo ante la especulación del distrito de Ciutat Vella, sus mafias y sus corruptelas, y ha acabado perdiendo la salud y con la necesidad de llevar escolta ante las amenazas que recibía. Se ha hablado poco, muy poco del tema, si consideramos su gravedad. Vale más hablar de pasados etéreos reinventados, o de diseño y literatura experimental o cine, da menos dolores de cabeza.
Envejecer -hoy nadie se hace viejo, los antiguos Casals d'avis se llaman hoy Espais de gent gran, y otras memeces por el estilo- da una perspectiva algo más lúcida sobre la historia, aunque hay quien no quiere ver nada, más allá del camino que marcan sus orejeras ideológicas. De joven se suele ser más dogmático y maniqueo, se cree en el poder omnímodo de la educación, de la medicina, y también en qué la verdad siempre flota, brillante y triunfadora. Pero no hay verdades absolutas, hay personas y las personas somos diversas, contradictorias, variables, crédulas, incoherentes, en ocasiones débiles y en otras ocasiones fuertes. A veces somos buenos o muy buenos y otras veces, no tanto. Cambiar de ideas y convicciones, siendo críticos con nosotros mismos, es humano. Conservar nuestros dogmas intentando que se solidifiquen de forma intocable, no me lo parece.
He estado unos días en Sevilla, ciudad que no conocía. Para los que no hemos vivido desde niños el fervor popular que se manifiesta en tantos lugares durante la Semana Santa, la constatación de esa vivencia multitudinaria y emocional, que goza de muy buena salud, resulta algo extraña, pero también entrañable y emocionante.
Hace años, sobre todo durante la transición y después del Concilio Vaticano II, parecía que las procesiones y otros actos religiosos desaparecerían con el tiempo.En Catalunya, quizá más concretamente en Barcelona, se suprimieron algunas, entre las cuales una que se llamaba de la Buena Muerte, que nunca fue excesivamente popular y otra que había llegado a serlo mucho, la de la Torrassa, en L'Hospitalet, que celebraban muchos emigrantes de entonces.
Como ha pasado con otras cosas, se han recuperado en los últimos tiempos un gran número de tradiciones. Muchas de ellas nunca se habían debilitado. En lugares muy catalanes como Verges, Tortosa, Girona o Lleida, en un gran número de pueblos, las procesiones y representaciones teatrales que hacen referencia a la Pasión, han experimentado un auge inesperado. Han surgido incluso nuevas iniciativas. En estos temas se mezcla religión, emoción, amor a las tradiciones y también entusiasmo juvenil. Ya no buscamos, como antes, la coherencia moral con aquella exigencia dogmática de otros tiempos y el paso de los años ha difuminado el barniz excesivo del nacional catolicismo, ya lejano.
Mirar con cierta distancia las cosas produce estupefacción, no hay duda. Hay que tener un cierto grado de fe o curiosidad para valorar esos temas. Leía hace poco a Pérez Reverte, en un artículo algo polémico, lamentándose del hecho que una ciudad como Sevilla concentre casi toda su energía en cofrades y cofradías mientras la vida cultural, en otros ámbitos, está bajo mínimos. Esta bien que se escriban críticas a todo, así ha de ser, la polémica es saludable. Pero el mundo se mueve muchas veces de forma gregaria y emocional, lo saben bien los poderes públicos, lo saben los dictadores y los papas y los jefes de gobierno. Todo lo que concentra mucha gente y genera una liturgia, tiene éxito, conforma nuestro imaginario sentimental, nos hace pertenecer a un conjunto, cosa que da seguridad. En la vida nos movemos entre las ansias de ser diferentes y las de ser como todo el mundo y no encontrarnos solos.
Una religión laica de hoy es el futbol. Ayer, a las diez, pareció que el mundo se detenía. Yo soy poco futbolera, y, con todos los respetos para los creyentes, me miro el fenómeno fubolístico con la misma distancia con que me miro las procesiones, aunque a veces participe en todo ello, más o menos. El fútbol tiene héroes, santos, mártires, estampas, imágenes, templos, devotos... Exige sacrificios, no sólo a los jugadores, sinó a esas peñas incondicionales que son capaces de viajar de forma incómoda a tierras lejanas para ver un partido y volver el mismo día. Los jugadores triunfadores son llevados en procesión, expuestos al público. Cuando son derrotados, hay que protegerlos de las iras populares.
Hace años, durante la transición, se suponía que el fútbol canalizaba las aspiraciones democráticas. Se opinaba, en ámbitos juveniles mentalizados, que, con el cambio político, el tema iría de baja. El fúbol era opio del pueblo, como la religión. Más bien, sin embargo, ha sido al revés, el fútbol ha aumentado su poder de convocatoria, su glamour popular, de forma exponencial. Incluso, con el éxito, ha llegado un efecto perverso, su éxito parece limitado a dos potencias en juego. Los demás son secundarios. De tanto lujo como se quiera, pero secundarios.
El Barça, ya lo dicen, es más que un club. Integra personas muy distintas, hermanadas por la afición y mezcla nacionalismo y deporte de forma algo chusca, pero eficaz. En el ámbito futbolístico se admite con facilidad que se lleve a niños que prometen a una escuela unisex de élite, lejos de su familia, si eso sucediese en otros ámbitos nos parecería una barbaridad. Las bibliotecas son gratuitas, los museus hacen descuentos, pero en el fútbol se paga siempre. En el gran fútbol, claro. Los equipos locales a veces malviven con dificultad, por no hablar del deporte escolar. El fútbol profesional de élite mueve mucho dinero, mueve poderes e influencia, ningún político evita ser visto en su palco, durante un partido, al contrario. Los jugadores de éxito son un sueño para muchos niños, todavía más si provienen de medios humildes, como Messi. Su mérito ha sido tener un don para algo y haber conseguido que alguien se diese cuenta de ello. Después, claro, tambien está el mérito de haberlo sabido aprovechar, de ser serio y responsable, todo cuenta, aunque a los buenos futbolistas se les perdonan muchos pecados. En sus lugares de origen les homenajean y dedican calles y placas. No tiene ni punto de comparación su éxito con el de un buen historiador, que ha tenido que dar clases en un instituto conflictivo de barrio. Por ejemplo.
Durante más de treinta años trabajando de maestra he comprobado que los chicos juegan en el patio, casi exclusivamente, a fútbol. Si en algún tiempo lejano existieron otros juegos, han pasado a la historia o sòlo experimentan de forma muy breve alguna resurrección inesperada, como pasa con las canicas. Todavía más, cuando no hay pelota suelen generarse peleas. El fútbol, en eso estoy de acuerdo con Camus, educa, en el sentido que hay que cumplir normas y admitir arbitraje, canaliza la violencia visceral. Chicos rebeldes aceptan esas limitaciones, es una autoridad que todavía funciona. En estos últimos años he visto también algunas chicas incorporarse a los partidos de fútbol escolares. Me temo, sin embargo, que el fútbol coeducativo tardará mucho tiempo en prosperar. El chico que no juega bien a fútbol está, por lo general, algo marginado. Si, además, es un empollón, tiene todos los números para ser objecto de crueldades diversas.
Hoy habrá alegría generalizada en mi ciudad. Ganó el Barça! Ganar tanto es también inquietante, las derrotas inevitables un día u otro parecen, cuando llegan, una gran desgracia y generan frustración. En mi ciudad, incluso en mi barrio, hay también gente, poca, del Real Madrid. Ir contra corriente es difícil y admirable. Se supone que si eres catalán, incluso si sólo vives aquí, has de ser del Barça. Los del Español son una rareza, disidentes masoquistas, traidores a la patria, y ellos mismos fomentan esas admirables características de rebeldía outsider. Más allá del Barça i el Madrid, y de algunos secundarios de lujo, hay poca cosa, aunque la realidad es que en muchos pueblos los partidos locales generan más violencia que los grandes y profesionales.
Las devociones diversas, religiosas o laicas, despiertan siempre mi curiosidad y por más que intento mirarlas de forma lejana, acabó por ser abducida por el fervor popular. Visca el Barça, pues!
Hace años, cuando se intentaba recuperar el català para las nuevas canciones, Delfí Abella, un médico polifacético, hizo esta canción sobre el futbol. Aunque es en catalán, creo que se entiende bastante el sentido, en una época en la cual estaba muy mal visto ser progre y suspirar por el equipo propio, perdidos nuestros ideales entre las masas incultas. Ah, como cambia todo, como cambiamos todos, como hay cosas que no cambian nunca!!!
He vuelto a Madrid, con ese AVE demasiado rápido para mi gusto. Me gustaban los viejos y lentos trenes que pasaban por estaciones y pueblos. Lo mismo ocurre en la actualidad con las carreteras, vas de un sitio a otro sin saber ni ver por donde pasas, a no ser que te desvíes de forma intencionada del recto camino.
Las ciudades, cuando hace tiempo que no las ves, e incluso cuando las ves cada día, crecen y cambian como los niños, sin darnos cuenta. Sin embargo esa capital española con la cual intentábamos rivalizar en otros tiempos (hoy creo que la rivalidad es, sobre todo, futbolística) mantiene toda su magia y su encanto. Más turistas, más rascacielos. Como en Barcelona. Comparar Madrid con Barcelona es un gran absurdo, son tan distintas esas dos ciudades... Me lo he pasado de rechupete, como siempre que he ido. Dejé Madrid con el deseo de volver, con una sensación de añoranza extraña.
Las grandes ciudades son diversas, poliédricas. Crecen en Madrid, como en Barcelona, los rascacielos, muy poco de mi gusto como tampoco lo eran de Cerdà, el del Ensanche barcelonés. Hace años, cuando yo era pequeña, siempre se criticaban las limitaciones estatales a la construcción de rascacielos en Barcelona. Los rascacielos madrileños de entonces ya se han quedado pequeñitos y parece que crecer en verticalidad es una tendencia de nuestro tiempo. Debe ser un complejo atávico, algún resquicio subconsciente de la época de la torre de Babel, ese afán por rascar el cielo.
Uno de los días comimos un excelente y econòmico menú en la calle Botoneras. En el restaurante había unas fotos maravillosas, antiguas, de la ciudad. En algunas se veía, sonrientes, a toda aquella generación del 27 que la guerra separaría y castigaría. Contemplar de forma retrospectiva su felicidad juvenil sabiendo lo que paso después pone la carne de gallina pero así es la vida, imprevisible, cruel a veces, maravillosa en muchas ocasiones, sobre todo cuando está a punto de llegar la primavera y en los árboles apunta ya un verdor de niebla vegetal, prudente y tembloroso.
Algunas de las amigas con las que fuí, un grupo de ocho chicas de oro y de plata, muy bien avenido, no habían estado nunca en Madrid y les encantó también y les supo a poco la visita. Seguro que volveremos. Por suerte, las convencí de no hacer esos peregrinajes exhaustivos y agotadores de viajero consumista, aunque caminamos bastante y también tomamos el Bus turístico, cómodo y tranquilo. Hacer el turista, de vez en cuando, está pero que muy bien. Sin abusar, claro. Pero parece que se extiende el deseo, absurdo, de verlo todo cuando se viaja. Y cuanto más lejos se va más todo se quiere ver. Incluso en la propia vida, de joven, se quiere hacer todo hasta que la realidad de la limitación temporal pone las cosas en su sitio y nuestras ambiciones en cuarentena.
Mañana me voy a Sevilla una semanita. Nunca he estado allí. Todo el día de hoy me viene a la cabeza el poema aquel del río Guadalquivir va entre naranjos y olivos, por los ríos de Granada sólo reman los suspiros... Cuando un río o una montaña pasan de ser una fotografía o una mancha azul o marrón en los mapas a ser reales y a pertenecernos un poco, todo parece posible. La abstracción, el deseo, el sueño, se hacen realidad. La realidad a veces tiene poco que ver con nuestra imaginación mitificadora pero en algunas ocasiones incluso supera nuestras expectativas.
El largo período franquista, con su agobiante insistencia sobre la Historia de España oficial nos produjo a muchos un importante rechazo hacia el pasado. Sin embargo en estos últimos años me he reconciliado con figuras como la de Felipe II, gracias a las excelentes biografías de Henry Kamen y Geoffrey Parker. No hay nada mejor que recurrir a las visiones externas y más distanciadas, para intentar entender algo de la mentalidad de personajes lejanos y poder situarlos en sus circunstancias personales.
El tema de la realeza, a partir de la Revolución Francesa se ha ridiculizado bastante. Un rey, hoy, es sin duda una figura extraña a nuestra realidad del presente. Sin embargo y contra todos los pronósticos, volvimos a la monarquía por circunstancias de posibilismo político que hoy sorprenden a los jóvenes. Los reyes de antaño creían generalmente en su papel y lo asumían con bastante dignidad. Quizá hubiesen preferido ser campesinos ricos, burgueses bien situados. Pero el destino y la voluntad de un Dios todavía omnipotente les exigían seguir su camino y cumplir con su deber.
Incluso en el instituto de mi adolescència Felipe II era tratado con cierto distante desprecio, se le identificaba con el inicio de la decadencia imperial. Se le llamaba ignorante, fanático y muchas cosas más. Sin embargo fue un rey culto, inteligente y que si tomó decisiones equivocadas no fue por capricho sinó por convencimiento. Me enternece su paso por Molins de Rei, donde la madre de su gran amigo, Lluís de Requesens, Estefanía, fue una segunda madre para él. Felipe II fue siempre un gran devoto de la Virgen de Montserrat y murió con una cruz de Montserrat en las manos, según cuentan. De Requesens, en la corte, se burlaban los otros jóvenes nobles, por su acento catalán.
A base de crearnos un empacho de una historia sesgada y tópica hemos acabado por olvidarla. Cuando se han hecho manuales para escolares catalanes se ha caído en los mismos pecados: grandezas nacionales, héroes patrióticos, excelencias propias. Hace años, cuando estudiaba Magisterio, se había hablado en la Unesco de renovar los manuales històricos a nivel europeo, dando una visión más objetiva del conjunto histórico del continente y suprimiendo los tópicos patrióticos. En aquella época parecía que Europa iba a ser en breve mucho más que un gran supermercado y un conjunto de rutas turísticas. Me temo que todo sigue más o menos. Ni siquiera en España se ha logrado una historia conjunta objectiva, que intente comprender la diversidad lingüística, histórica, cultural, pero que también reconozca los nexos comunes. Ni en España ni en ningún otro lugar, diría yo.
Esta mañana escuchaba una charla por RNE de la UNED, sobre la Edad Media y los caballeros andantes. El conferenciante, brillante, ha mencionado a Ramon Llull y su obra sobre el tema, escrita, según él en aragonés. I también ha mencionado a un caballero valenciano, Esbert de Claramunt, convirtiéndolo en castellano. Todo, me imagino, por no decir la palabra catalán. No hago demasiado caso de cosas así, también oigo barbaridades cerca de casa, o medias verdades oportunistas, que intentan demostrar aquello que más conviene, no a nuestro aprendizaje y comprensión del pasado, sinó a la visión partidista del presente que quieren imponernos unos y otros. En cambio en otra charla de hoy, en este caso sobre teatro, en concreto acerca de la figura de Eduardo de Filipo, se ha mencionado con toda naturalidad el catalán, en referencia a las veces en qué se habían representado en Catalunya obras de este gran autor napolitano.