viernes, 30 de enero de 2015

REFLEXIONES SENTIMENTALES SOBRE EL TEATRO Y OTRAS COSAS


Cuando yo era pequeña a veces en casa comentaban la muerte de alguien popular, en aquella época toda la información nos llegaba por la radio o por la prensa. A mi, la mayoría de aquellos nombres me decían poca cosa, la gente mayor de nuestra infancia parecía que siempre había sido mayor. Ahora resulta que está desfilando ya hacia el misterio de la nada toda una generación que me ha acompañado toda la vida, esa que tenía diez, quince o veinte años más que yo. Y no me refiero tanto a parientes, amigos, conocidos del entorno de nuestra vida cotidiana sino personajes populares que eran jóvenes, hermosos y admirados cuando éramos niños, que no nos conocieron aunque nosotros los hayamos conocido y reconocido y que forman parte de nuestro imaginario sentimental.

En mi infancia escuché muchos lamentos a causa de la supuesta muerte del teatro. Un gran número de teatros se habían reconvertido en cines, el cine sonoro y popular acabó con un paisaje antiguo, el del teatro como único lugar de ocio. En eso del teatro se pueden incluir muchas cosas, desde salas de categoría hasta ínfimos locales baratos y, también, sociedades donde los aficionados actuaban en cada día festivo. Zarzuela, comedia, drama, opereta, revista, mimo. 

Hubo de todo, bueno y malo. Y grandes actores y actrices y autores que merecieron monumentos, nombres de calles. Hace unos días, en mi otro blog en catalán, recordé a Teodoro Bonaplata, tiene una calle dedicada en mi barrio. En el teatro Victoria del Paralelo se ha repuesto la versión catalana y musical de Mar i Cel pero Bonaplata fue su primer protagonista, un inmenso Said,  y su buen hacer se comparó al de otros grandes actores franceses, italianos. Muchos de aquellos actores y actrices después de trabajar mucho se vieron casi en la miseria, en aquella época todo era más difícil. A menudo habían hecho largos viajes en barco, para ir a actuar a la América hispana, algunos incluso murieron en naufragios, como el gran Robreño, que falleció de sed en un islote olvidado.

Llegó la televisión y el teatro pareció revitalizarse. Los actores de la televisión se convirtieron en muy populares, eran buenos, muy buenos, un gran reclamo para las carteleras. Y se volvieron a reconvertir en cines algunos teatros y se abrieron incluso de nuevos, como el Moratín, en Barcelona, dónde vi a Amparo Baro, Terele Pávez y Carlos Ballesteros en una obra que ha envejecido mal, La casa de las Chivas, de Jaime Salom. En aquel momento impactó, se consideró una obra subida de tono y tocó un tema tabú, la guerra civil, aunque sin que se pusiera en duda quiénes eran los buenos y envuelta en un tono de redención santificada muy del gusto de la época.  También se hizo en cine aunque ya no tuvo el mismo empuje que en el teatro. La televisión nos ofrecía muy buen teatro, también en catalán, en unas incipientes emisiones en aquello que se llamó lengua vernácula ya que estábamos todavía en tiempos de eufemismos oportunistas y posibilistas.

Aquella tele también pasó a la historia. Olvidamos a algunos actores que siguieron trabajando en lo que podían. Las series americanas llenaron nuestras pantallitas de nuevos sueños y de nuevos héroes. De pronto volvieron nuevas series de televisión españolas, catalanas, el género se había casi olvidado pero se renovó y los viejos actores tuvieron nuevas oportunidades. Lo mismo pasó en otros países. Muchos actores del cine se adaptaron a la televisión y a lo que fuese. 

Amparo Baró tuvo suerte y volvió a ser un rostro popular, su apariencia apenas había cambiado, tampoco su voz. Volvimos a ver a Gema Cuervo, a Emma Penella. Incluso Tony Leblanc resucitó e incluso mejoró de salud gracias a la ilusión de volver a trabajar en lo suyo. Estas circunstancias han hecho que al desaparecer algunos de ellos no fuesen ya unos grandes olvidados y que la gente joven los conociese. No todos los de antes han tenido la misma suerte. Todos los trabajos tienen sus condicionantes pero me temo que el de actor o actriz tiene un componente añadido, el glamour, la fama efímera, nada es justo y no siempre triunfan los mejores. En todo cuenta la oportunidad, la casualidad, el azar. Fernando Fernán Gómez decía en una ocasión que los actores tenían, todos, vocación de triunfadores y que eso causaba mucha frustración. Pero eso mismo se podría decir de los escritores, de los pintores, de los cantantes, de los cocineros o los peluqueros. 

Todo pasa muy deprisa. Hoy el teatro también juega con la fama de las personas que salen en las series de televisión, hay muchos buenos actores jóvenes, ya no podemos ver buen teatro por la tele y las  series convencionales a veces se alargan demasiado aunque también eso creo que está cambiando. Todo cambia, se renueva, vuelve, resucita, nada vuelve a ser igual pero todo puede ser parecido, como pasa con las modas en el vestir. 

Ahora hay quién llora por los cines cerrados, esos cines que tan criticados fueron en mi infancia pues siempre parece que en el pasado había más calidad, cuando la verdad es que había de todo aunque a menudo sólo recordemos lo bueno. Con la desaparición de esos personajes se va también un poquito de nuestra propia vida, de nuestra historia íntima y sentimental, morimos a cachitos, sin darnos cuenta, a través de la muerte de los demás, por eso dicen que la gente longeva, que llega a ser centenaria, se siente muy sola y fuera de lugar, a pesar de la suerte, relativa, de haber vivido tanto.



viernes, 23 de enero de 2015

EL BAILE DE LOS RECUERDOS, ALBERTO CASTILLO Y EL CINE DE BARRIO


Ayer, en mi blog en catalán, mencionaba una película argentina, poco recordada, basada en la novela La bestia humana, de Zola. Cuando yo era pequeña se iba de forma regular a los cines de barrio y la oferta era muy variada, llegaba cine mejicano y también argentino con cierta regularidad. No sé el motivo pero a veces te quedan grabadas escenas concretas que un día cualquiera parecen salir de forma misteriosa de tu archivo mental secreto. 

Gracias a internet he comprobado que uno de esos extraños recuerdos fuera de contexto pertenecía a una escena, creo que la final, de Ritmo, amor y picardía. A mi madre creo que le gustó bastante esa película y a veces, en aquel entonces, entonaba la canción de esa escena final.
Hace ya también algunos años un día mi hija me escuchó entonar eso de siga el baile, siga el baile, y se quedó sorprendida pues sabía que yo no había visto la película, entonces en cartel, Luna de Avellaneda, donde la tocaban y le dije que recordaba la canción de alguna película antigua. 
Es una suerte que gracias a internet podamos recuperar historias olvidadas y personajes que fueron tan sólo una lucecita en nuestro pasado. El protagonista de la película que he mencionado era Alberto Castillo, argentino. Castillo se llamaba en realidad Alberto Savador de Luca, era hijo de emigrantes italianos. Estudió medicina, era ginecólogo, pero se dedicó a su vocación artística toda su vida. Se dice incluso que estudió la carrera para que le permitieran casarse con su chica, ya que al futuro suegro no le hacía gracia eso de la música ligera. Eso sí que es amor.
Castillo fue toda una figura en Argentina durante décadas, interpretó muchos tipos de música e hizo unas cuantas películas. Como médico actuó en una ocasión de forma fortuita para ayudar a unos futbolistas que tenían una insolación. En Luna de Avellaneda se adapta la anécdota y Castillo, interpretado en la película por el cantante uruguayo Jaime Roos, ayuda en un parto urgente e imprevisto que se presenta mientras canta, por cierto, eso de siga el baile.
Alberto Castillo murió en el año 2002, a los ochenta y siete años. Aunque se retiro bastantes años antes, de vez en cuando participaba en actuaciones con conjuntos diversos, como invitado. Por aquí me temo que es poco conocido y también me temo que pocas de sus otras películas llegaron hasta nuestros cines. Ritmo, amor y picardía tuvo bastante éxito, parece que era divertida y brillante. 
Se han hecho muchas versiones de ese alegre tema, que me encanta. Me evoca una infancia perdida y luminosa, a pesar de todo, en la cual el cine fue muy importante y durante la cual también leíamos a menudo revistas argentinas, que se cambiaban lo mismo que las novelas baratas, sobre todo el Para ti.  Eran ya atrasadas cuando nos llegaban però las revistas de entonces no eran como las de ahora, pura tontería y actualidad, sinó que incluían mucha literatura, novelitas cortas, a menudo de autores importantes, recetas de cocina, poesías, artículos de divulgación.  Las cubiertas mostraban chicas muy guapas, eran de un gran dibujante, Raúl Manteola. Todavía a veces veo algunas en los encantes del domingo, en Sant Antoni. Para ti todavía se publica, después de más de noventa años, aunque hoy es una revista muy distinta, claro.
Argentina estuvo de moda en España durante años, de allí nos llegaba carne y alguna cosa más, en tiempos de injusto bloqueo a causa de la dictadura franquista que, por cierto, nos obligaron a conservar las potencias europeas que nos bloqueaban. La visita de Eva Perón fue todo un acontecimiento y su muerte, muy llorada. También hablaba mi madre a menudo de una tía que emigró allí con dos hijos, después de la guerra civil, y que tenía allí otros hermanos. Le perdimos la pista y hace unos años, también gracias a internet, contacté con algunas de sus nietas, lástima que mi madre ya no estuvo a tiempo de saberlo.



lunes, 22 de diciembre de 2014

FAMILIAS DE ACTORES Y EVOCACIONES DIVERSAS SIN NOSTALGIA AÑADIDA


He escuchado hace poco por la radio una entrevista a Lola Herrera, gran actriz de la cual puedo escribir poca cosa que la gente ya no sepa. Hace unos meses falleció quién fue su marido, el atormentado Daniel Dicenta. Los Dicenta pertenecen a esas sagas de actores y autores notables con vidas en ocasiones apasionadas y complejas, aunque en todas la familias suele haber de todo. El conocido inicio de Ana Karenina con la tan repetida frase sobre familias felices y desgraciadas está muy bien como frase literaria pero creo que ninguna familia es feliz ni desgraciada del todo, así, en general, sinó que se pasan épocas y temporadas y todo depende de un gran número de factores complejísimos.

Lola Herrera ha sobrevivido con inteligencia, belleza, profesionalidad y elegancia a sus problemas personales y ha realizado una carrera actoral estable e impresionante donde hay de todo pero mucho de bueno. Incluso en producciones que se pueden considerar mediocres -ella misma, como hacía el gran Fernán Gómez, admite que no rechazó nunca nada cuando necesitaba trabajar- su intervención aumenta la categoría del conjunto. Esos anuncios comerciales en los cuales asume el papel de señora de la tercera edad en activo parecen, cuando sale ella, pequeñas comedias costumbristas del presente,  más allá de la promoción del producto anunciado. Por las redes sociales he leído cosas surrealistas criticando que se la vea con el pelo blanco, yo la veo así incluso más joven y de buen ver, con ese hermoso pelo blanco, pero la devoción a la apariencia hace que nuestros parámetros estéticos se vean condicionados por mucha tontería. Lola Herrera, además, diseña ropa, cose y en los últimos años ha comercializado esa faceta suya para alegría de las damas maduras que no encontramos nada interesante en Zara o en Desigual.
Cuando yo era pequeña el gran famoso de la familia era Manuel Dicenta, aunque la gente del tiempo de mis abuelos todavía recordaba a su padre. El hermano de Manuel Dicenta, Joaquín, fue un gran autor, después de la guerra estuvo en la cárcel y estos días lo he recordado porqué Vicenç Villatoro, en un libro reciente dedicado a su abuelo, comenta que compartió prisión con él. En mis tiempos infantils la radio era algo singular y sagrado y la voz de Manuel Dicenta era inconfundible y admirada.

Durante los años de la primera televisión, cuando en mi casa todavía no teníamos ese aparato mágico e íbamos a contemplarla a casa de una vecina generosa que era la única del edificio en poseer tal adelanto, vi varias veces actuar a Manuel Dicenta. Dicen que la memoria es un buen crítico, no lo sé, ya que la memoria también es selectiva. También ignoro el motivo por el cual unas cosas se recuerdan y otras no. El caso es que por televisión, en aquellos inolvidables espacios teatrales emitieron El cero y el infinito, de Arthur Koestler, con Manuel Dicenta en uno de los principales papeles, y aquella obra me impresionó mucho, en ella se evocan las terribles purgas estalinistas, algo que los progres de aquí no veían con buenos ojos ya que se confundía a menudo antifranquismo con democracia. Todavía falta mucho examen de conciencia sobre tantos silencios culpables condicionados por el miedo a eso que en catalán decimos donar peixet al franquismo.
He buscado por internet y he visto que en la obra salían un montón de actorazos de la época. Entre ellos Paula Martel, todavía en activo y que debía ser muy jovencita. A Lola Herrera la primera vez que la vi fue también por televisión, muy joven, y yo diría que fue en una versión de El séptimo cielo, aunque en este caso no he encontrado referencias sobre ese montaje. Incluso puede que me confunda. Lo que sí recuerdo es a mi madre y las vecinas comentando lo encantadora y buena actriz que era aquella chica, que entonces casi no conocíamos. 

Koestler fue también un hombre atormentado, inmenso, con una vida inclasificable y excesiva. Acabó suicidándose aunque ya era viejo y estaba enfermo. El suicidio nos produce inquietud pero en su caso inquieta más, como en el de Zweig, por haber arrastrado ambos a la muerte compartida a mujeres todavía jóvenes, devotas de sus complejas y geniales personalidades. La tendencia femenina a la dependencia de los hombres debería revisarse a fondo y las mujeres deberíamos tener prudencia con ciertas devociones amorosas aunque los tiempos cambian y ya no es como antes, al menos por aquí. Koestler no ha sido reivindicado como otros autores de su época, como el mismo Zweig, y me temo que es porque en su biografía hay zonas muy oscuras, incluso alguna violaciones. No es el único, sin embargo, un ejemplo de señor complicadísimo que me viene a la cabeza y que por aquí hemos sacralizado de vez en cuando es Simenon.


La madre de Daniel Dicenta se suicidó, cosa que sin duda influyó en el actor. Lola Herrera contaba que posiblemente en esos últimos años Daniel Dicenta tuviese algún tipo de depresión profunda que no aceptaba y que también ese pasado familiar podía haber incidido en su extraña vida, la que quiso vivir, al fin y al cabo. Lo que ocurre es que esos temperamentos tienden al egoísmo y a hacer daño a casi todo el mundo, incluso sin querer. Tuve un abuelo algo complicado que había tenido un padre más complicado todavía, mi abuela también se suicidó, cosa que hemos sabido después de morir mi madre. De mi abuelo se decía algo que podría aplicarse a personalidades como la de Dicenta, no son buenos ni con ellos mismos. La mente humana es todavía un gran misterio por más que la psicología y la psiquiatría intenten esclarecer ese misterio y prevenir conductas de eso que llaman riesgo.

Durante mi infancia y mi juventud se sabían pocas cosas sobre separaciones, adulterios, suicidios y otros hechos diversos que afectan a famosos y anónimos. En el núcleo familiar y vecinal todo se ocultaba o se intentaba ocultar. El demonio y el pecado servían para explicar lo inexplicable. Después todo se intento definir con términos casi médicos, a veces bastante pedantes. En ocasiones se quiere creer que la gente de antes era ordenada, trabajadora, fiel, cuando incluso con la espada de Damocles del infierno pendiendo sobre sus cabezas había conductas de lo más raras e irresponsables. El gran Dicenta del siglo XIX, fue todo un carácter. Copio un fragmento de wikipedia sobre su vida, nada secreta ya, después de tantos años:

Tuvo un gran adversario en Julio Camba, que escribió en muchas ocasiones contra el bilbilitano; por el contrario, Ramiro de Maeztu y su amigo Pedro de Répide le elogiaron. Azorín y Miguel de Unamuno le censuraron su vida disipada y frecuentar los bajos fondos y los hampones. Aunque salió de apuros económicos merced al éxito de 'Juan José', tuvo una vida turbulenta. Eduardo Zamacois, gran amigo suyo, le recuerda el día del estreno: "Llegó sangrando: alguien le había atizado un par de bastonazos en la cabeza". Añade que a Dicenta le gustaba reñir. "En su biografía hay puñaladas, un rapto, un suicidio". Era, dice, "vanidoso, informal, ilógico, esquivo y cordial. Era la juventud". Parece que Dicenta, en una de tantas francachelas nocturnas, le cortó a Valle las melenas y el genial gallego hubo de afeitarse el cráneo y esperar al crecimiento natural.

A veces parece que esas cosas pertenecen al mundo de la farándula, de los artistas, sin embargo ha habido actores, pintores y escritores con vidas de lo más convencionales, fieles padres de familia, trabajadores y con vidas de lo más estables y prudentes, mientras que a poco que observemos cualquier entorno encontramos personajes de ese tipo. Cuando las familias tenían muchos hijos siempre surgía alguna oveja negra o más de una. Hace unos días un periodista comentaba sobre la familia Pujol, hoy en boca de todo el mundo, y sobre lo raro que es que en una familia con siete hijos todos se hayan dedicado a los negocios y a negocios algo dudosos. Sería de esperar que incluso entre ovejas negras surgiese una de blanca, un médico, un profesor de universidad, una monja benedictina. Los padres y madres tampoco son responsables de como salen los hijos, en la escuela he visto padres impresentables con hijos estupendos y al revés, pero la gente se me inquieta cuando les digo eso, querríamos que todo fuese previsible y controlable, incluso la salud. 

Lola Herrera, como es sabido a través de las revistas y reportajes, tiene un hijo fotógrafo y una hija actriz y cantante. Natalia Dicenta es una grandísima actriz y si no es tan conocida como debiera, más allá de sus apellidos, que son un peso pesado, puede que sea porque, como escuché comentar a su madre en una ocasión, no es ambiciosa o no es excesivamente ambiciosa. A Natalia Dicenta la recuerdo muy joven, en una versión de La dama del alba en la cual Ana Marzoa, otra gran actriz, era esa muerte en forma de mujer que vaga por los caminos. Tengo cierta debilidad por esta obra aunque el argumento sea algo esotérico, en televisión habían emitido otras versiones de ella y tiene una magia especial que supera el argumento. Siempre me emociona y no sé el motivo exacto.

Es una lástima que por motivos diversos no podamos ver más a menudo a Natalia Dicenta en Barcelona. Entre otras cosas la recuerdo en aquella versión excelente y de gran éxito de Ay, Carmela, con Galiana. El cine prefirió a otros, más populares, gran  e injusto error aunque la versión cinematográfica no estuvo mal del todo. Sin embargo, no era lo mismo ni tenía la misma fuerza. Dicenta, además, canta muy requetebién. La televisión, en otros tiempos, nos ofrecía muy buen teatro, lo mismo que la radio, así como grandes novelas, en años en los cuales no había mucho dinero pero había mucha imaginación.  Por cierto, hay otro Dicenta muy buen actor, Jacobo, hijo tardío de Manuel Dicenta y hermanastro de Daniel Dicenta. 

Había también hace años mucha buena y diversa música y verla por televisión en tantos y diversos programas hacía que nos fuese conocida y apreciada. Hoy también hay mucho de todo, sí,  pero a veces ni sabemos que existe, todo ha cambiado y no quiero parecer la abuela Cebolleta ni aquellos autores clásicos como Plinio o Cicerón que ya en su madurez criticaban los nuevos tiempos y la loca juventud. Aunque cuando una envejece sirve de cierto consuelo pensar que vivimos cosas que los de ahora no viven y que aunque tantos aspectos de la vida cotidiana hayan mejorado se ha perdido algo que fue nuestro y no será de nadie más, como, por ejemplo, un Estudio 1 contemplado en hermandad vecinal en una noche de aquellos lejanos sesenta, que tantas expectativas despertaron.

lunes, 8 de diciembre de 2014

ACTORES, ACTRICES. RATONERAS Y RELATIVISMO


Poca gente se creyó en su época que el señor Colsada volviese a construir un teatro sobre las ruinas del viejo Apolo pero así fue y es hoy de los pocos amb cara i ulls que existen en Barcelona y, en concreto, en el Paral·lel. Ofrece espectáculos diversos y bastante teatro comercial, muy necesario en la actualidad, más allá de los musicales de moda. Tenía ganas de ir a  ver La Ratonera, aunque la he visto otras veces y la he leído en más de una ocasión, así que ya sé de sobras quién es el culpable. Llevamos mucho tiempo, en Barcelona, con un exceso de obras interpretadas por uno, dos o tres personajes, con poco decorado y de presupuesto modesto, la verdad, así que también apetece ver teatro del de siempre.

La Ratonera tiene su leyenda, parece que Agatha Christie no quiso que se pudiese llevar al cine y, como se ha contado tantas veces, lleva más de sesenta años en cartel, allá por el mítico Londres. Como no me esperaba nada del otro mundo salí contenta. Actores correctos, decorado convencional, una historia típica de la autora y un teatro bastante lleno. El día en qué fuí hacia un frío que pelaba y creo que eso favorece tropezarse en el interior del teatro con ese hotelito aislado y misterioso. La mayoría de actores nos son conocidos a través de las series de TV3, la televisión quema mucho, igual que pasó hace años con la radio. El recientemente fallecido Josep Maria Bachs comentó en alguna entrevista que si sacas una zanahoria con patas por la tele también se hará famosa.

En las series de televisión sale mucha gente. Algunos hacen carrera larga y otros desaparecen con el tiempo. El teatro es caro pero hay ofertas diversas y también hay conocidos metidos en el tema que te las regalan de vez en cuando, cosa que debería cuestionarse, creo que sería mejor un precio más reducido y menos conocidos invitadores, la verdad. Delante mío, en taquilla, dos parejas recogieron unas entradas de esas de conocidos a nombre de una de las actrices de la obra que debía ser amiga o pariente, los tenía sentados cerca y escuché como comentaban el paso de la dama, cuando era una adolescente, por una serie de aquellas de TV3 que llegó a ser muy popular. A veces te enteras de muchas cosas por pura casualidad.

Los actores de series catalanas saben actuar también en castellano, claro, y lo hacen muy bien y hay un montón por todas partes. A nadie le amarga un dulce y con pocas excepciones lo que se quiere es trabajar. Hoy las cosas han cambiado pero hace años se criticaba que algunos cantantes o escritores se pasasen al castellano aunque fuese de forma temporal mientras que en otras profesiones no se tenía en cuenta el tema para nada. Incluso algunos de los que más criticaban se pasaron también al enemigo así que vieron la posibilidad de ganar dinerito.

Ovidi Montllor cantava una canción sobre unos extraterrestres que venían a la Tierra a buscar mà d'obra y acababa por recitar: home, si paguen millor. Las series hispánicas están pobladas de catalanes, aquí no siempre hay trabajo para todos. En Madrid se sigue haciendo más teatro que aquí y, por desgracia, muchas obras excelentes ya no hacen tantos bolos como antes ni temporadas en Barcelona, alguien me ha dicho que es por falta de salas convencionales. Puede ser, no lo sé. Durante algunos años se puso muchas trabas al teatro en castellano en Catalunya y puede que se perdiese la costumbre. Pero es cierto que hay pocas salas buenas aunque exista mucho teatro alternativo en ebullición.

La profesión de actor, de actriz, ha de ser complicada. Como escuché en una ocasión comentar a Fernando Fernán Gómez, que admitía haber hecho mucho cine alimenticio malísimo, se tiene vocación de actor, pero de actor famoso, y eso genera mucha frustración. Me temo que eso no ocurre sólo con los actores sinó en casi todos los sectores profesionales en los cuales se puede llegar a tener un reconocimiento masivo, cantantes, escritores, futbolistas, cocineros, peluqueros, políticos, incluso médicos. Hay quién llega a ser famoso, reconocido, mediático, un mito, y quién no pasa de ser un muy buen profesional, un actor secundario interesante y poca cosa más. La suerte cuenta mucho en todo eso, la casualidad, la promoción, el momento, la oportunidad, incluso los enchufes, claro. No todo se debe al mérito propio aunque los que triunfan se lo crean. 

Una vez que se hablaba por la tele de la profesión de maestro recuerdo que el doctor Siguán replicó al periodista Puyal sobre las bondades de  la profesión educativa explicando que un médico, un deportista, un escritor, un peluquero o un cocinero pueden llegar a ser los mejores y ganar fama y dinero pero que nadie sabrá nunca si una es la mejor maestra del mundo, por ejemplo. Claro que una cosa es la calidad personal y la otra el reconocimiento.

Las series de la tele han sido una cantera promocional importante. Sobre todo esas series río que no se acaban nunca. Parece, por lo que cuentan, que el trabajo en esas cosas de la tele está bastante bien pagado, considerando el momento y la oferta que hay. Salir en una serie y que te maten pronto es toda una desgracia y ha provocado bastantes disgustos. El teatro y el cine me gustan, así, en general, eso de que te sientes en una butaca y te representen una historia, estés acompañado de mucha gente y no te moleste nadie es un gran invento. El teatro televisado o radiado también me gustaba pero se ha dejado casi de hacer, eso en nuestro país, ya que en otros sitios más cultos lo han mantenido. Como se hace pocas veces cuando se hace, de vez en cuando, se realiza mal o de forma mediocre, falta oficio. Ese teatro educaba nuestra sensibilidad y gracias a la radio y a la tele conocí autores y textos en tiempos grises. 

Incluso las compañías de aficionados han disminuído y una mayoría de ellas prefiere montar tonterías antes que obras de esas de toda la vida. La escenografía también ha experimentado muchas pruebas raras. Aunque dicen que está bien no pienso ir a ver esa Terra Baixa con un actor, por muy bueno que sea, haciendo tots els papers de l'auca. Suerte que los grandes autores de otras épocas están muertos y no ven todo lo que se puede hacer con sus cosas, incluso las òperas han sufrido barbaridades diversas. Una cosa es la innovación seria y otra querer provocar en una época en la cual la provocación ya no puede existir, nadie puede ya épater le bourgeois, la burguesía ya no tiene encanto, ni discreto ni de ninguna clase y no sé ni si tan sólo existe.

De jovencita quién más quién menos desearía ser actriz de teatro, de cine. Después te das cuenta de qué todo es relativo y tiene sus condicionantes y servitudes, te ves obligado a hacer muchas tonterías para sobrevivir y repetir una obra cada día durante semanas y meses debe ser una pesadez. Claro que ese mundillo tiene su qué, su bohemia, su glamour. Conozco gente que se podría etiquetar de cazador de famosos, amigas que van por la calle identificando a ese o esa que sale en La Riera o en Amar es para siempre. Al afectado al principio le hace gracia que lo conozcan y después se suele hartar, entre otras cosas porque hay personas muy impertinentes que les dicen de todo o les hacen gracietes absurdas confundiendo persona o personaje. Claro que puede que el afectado, más adelante sienta cierta nostalgia de los primeros tiempos en los cuales lo identificaban por la calle. 

Una anécdota que no sé si es real o apócrifa cuenta que una vez coincidió un actor entonces famoso, Fernando Lamas, com Einstein, sin reconocerlo, pues Lamas tenía fama de poco leído. Einstein le comentó que debía resultar extraordinario ser como él, guapo, famoso, siempre rodeado de bellezas diversas al ataque.
-Todo es relativo -parece que dijo el actor.
-No lo sabe usted bien -concluyó el sabio.

Aunque hoy posiblemente a causa de la escolarización obligatoria haya más gente que tenga cierta idea de quién fue Einstein que no de quién fue Lamas padre, todo sigue siendo relativo. Los actores se fijan en nuestro imaginario colectivo y también pertenecen a la mitología generacional de cada cual. A un periodista televisivo se le puso cara de póquer cuando un señor mayor del público al cual preguntaban sobre su actriz preferida mencionó a Mirna Loy. Creo que el periodista era también Puyal, quién señoreó toda una época de nuestra tele y luego pasó a la retaguardia deportiva. Nunca sabes del todo si esas desapariciones de los escenarios son por propia convicción o por circunstancias relacionadas con los poderes que en realidad lo mueven todo desde detrás del teatrillo dónde actuan los títeres. Si la cosa es difícil para todos para las damas lo es todavía más pues determinados escaparates sólo quieren carne fresca femenina. Por suerte a veces hace falta una abuela con carácter en alguna obra de teatro o película y se les ofrece una nueva oportunidad, pero de esas hay pocas. 


sábado, 22 de noviembre de 2014

LA MEJOR LOTERÍA ES EL TRABAJO (SI LO HAY) Y LA ECONOMÍA (SI SE PUEDE ECONOMIZAR)



Este año el anuncio de la lotería de Navidad pretende ser emotivo, realista y casi solidario, cosa difícil dadas las circunstancias. Al menos, comparado con el del año pasado, habrá dado trabajo y algún dinerillo a actores anónimos o poco conocidos, no como el de 2013, ya es algo. La lotería es un gran engaño, una gran profesora de matemáticas que tuve en magisterio, María Rubiés, explicava que si la gente supiese matemáticas y las pocas probabilidades de ganar algo en esas cosas no participaría en ese gran engaño. Rubiés muy religiosa, militó siempre en CIU pero protestó de diversas cosas de forma pública, una de ellas aquello del rasca-rasca catalán, cosa que hizo que la condenaran casi al ostracismo. En viquipèdia, claro, nada se cuenta de todo aquello, pero el semanario El Temps publicó de forma póstuma una entrevista muy explícita sobre los problemas que tuvo con el partido. Claro que las cosas póstumas no tienen mucho peso, se obvian y se olvidan y todo pasa.

Sin embargo dudo del hecho que saber matemáticas nos evite caer en trampas de este tipo. En general deseamos vivir con ilusiones y espejismos y como dice mucha gente, a alguien le toca. Escuché al escritor Pere Calders, en una ocasión, hablando sobre la muerte y la posibilidad de escapar de ella, posibilidad imposible, valga la redundancia: si veiessis que al menys se n'ha escapat un... Pero de morirse no se ha escapado nadie, que se sepa y la lotería si que toca a alguien, aunque sea a poquitos. Y los medios de comunicación magnifican a los vencedores en lo que sea, futbol, motos o lotería, para fomentar la emulación.

El anuncio de este año es emotivo y sensiblero, muy bien hecho y muy bien interpretado, y por ello mucho más peligroso que otros anteriores. De historias de la lotería conozco más bien de malas que de buenas, hace muchos años tocó bastante dinero en un pueblecito catalán y todos sus vecinos acabaron peleados. Un repugnante infanticidio que sucedió en Granollers tuvo su detonante en el tema de la lotería. Mi abuelo no se hablaba con alguien del trabajo por no sé qué motivo relacionado con una lotería que no le vendió. Ha habido muchos casos en que alguien se ha largado con la lotería premiada, que pertenecía a un colectivo, y no lo han visto más. La mayoría de veces no toca nada o muy poco y por ello todo sigue igual el día después, el de la salud, como dice un comentario popular.

En mi casa, como en otras casas trabajadoras humildes se decía aquello de qué la mejor lotería son el trabajo y la economía. Pero hoy ni siquiera hay trabajo y por lo tanto no puede haber economía. Sin embargo, gastar un dinerillo en lotería, por si acaso, tampoco parece prudente. Yo compro algo de lotería estos días, de asociaciones diversas, sé que hacen un poco de calaix gracias a la lotería navideña, aunque sea ese un método que se prestaría a muchas valoraciones. Hay personas que te comentan que un buen puñado de dinerito te cambiaría la vida pero es que yo ya no quiero que me la cambien, la verdad.

Hace unos días por la tele catalana oficial se comentaba el repunte ocupacional de estos días y salían unas cuantas personas de edades diversas, hombres y mujeres, haciendo patéticos paquetitos y poniendo lacitos a regalos y lotes navideños. Estaban contentos con el empleo que, a tot estirar, les iba a durar un par de meses. Era como si les hubiese tocado la lotería. La lotería de la pedrea, claro. No sé qué les debían pagar, me temo que poco. ¡A lo qué hemos llegado! No sé dónde están los sindicatos ni si existen todavía y cómo se permiten esos contratos que duran días, semanitas, algun mes. Me siento como una ganadora de la lotería cuando cada mes me ingresan mi paguita de jubilada, de forma puntual y que sin ser gran cosa me permite eso tan de moda en la educación papanatas, compartir. 

Ayer, en Barcelona, encendieron las luces navideñas, más de un mes antes de Navidad, para hacerlas coincidir con una movida que se llama The Shopping Night, destinada a que te pasees por el Paseo de Gracia por la noche y compres y compres. El Portal de l'Angel se ha convertido ya en una zona carísima de la ciudad, de las antiguas tiendas de hace algunos años no queda casi nada, el recuerdo. Todo son marcas, ropa y tonterías. Las librerías resistentes se han tenido que ir a otras zonas. Me temo que el puerto de pescadores de la Barceloneta va a durar poco con la movida de barcos de lujo que se van a instalar por allí. En fin, es todo tan surrealista en ese primer cuarto de siglo que sólo deseo quedarme cómo estoy y disfrutar de la salud mientras dure pues es éste un bien efímero y temporal, como todo. Lo peor es que el masoquismo popular inocente inundará la shopping night esa de la misma manera que, en otro orden de cosas y salvando las distancias, en Sevilla más de ochenta mil personas han ido a despedir con emoción evidente a una señora latifundista y multimillonaria que no creo que haya dejado su fortuna a los pobres, precisamente.
¿Podrán hacer algo los grupos políticos alternativos que emergen, vigilados y criticados por todas partes? Bueno, esperanza que no falte. Ya tiene su mérito que personas jóvenes y diferentes quieran dedicarse a algo tan peligroso y corruptor como la política. Las luces de Navidad, a ese paso, las van a encender a finales de agosto, así podremos consumir con más tiempo, domingos y fiestas de guardar incluídas. Al menos, supongo, todo eso dará trabajo temporal e inestable a dependientes y dependientas mal pagados, me imagino, pero algo es algo dijo un calvo. En Catalunya, además, tenemos una lotería nostrada, para hacer patria y que la ganancia quede en casa, La Grossa, anunciada por un monigote feísimo e inquietante diseñado por el peor enemigo del invento, me temo. Media humanidad, me dijo alguien, vende para que la otra mitad compre. Y lo peor es que si no compramos nada todo ira todavía peor, o así lo cuentan los expertos.



miércoles, 29 de octubre de 2014

MEDITACIONES FUNERARIAS POSTMODERNAS




El sueño del caballero, Antonio de Pereda.




Ruta turística por el cementerio de Poble Nou, con apariciones incluídas. Fotografia de Anthony Coyle, publicada en El Periódico.




(...)


Y eran los difuntos harina de otro costal. 
Nos daban la tumba fría, con fosas de corral. 
Aquellos fuegos fatuos mostraban con su luz 
que tu pobres restos aún gozaban de salud. 
Ahora te incinerán y te acabas de una vez. 
¿Quién guarda tu urna toda su viudez?
Varios amigos míos se quieren disecar. 
Nada de cenizas dispersas por el mar. 
Eso no lo he probado, pero estoy de su lado. 
Me imagino que 
más de uno se fue 


Viento negroluna blanca,
Noche de Todos los Santos.
Frío. Las campanas todas
de la tierra están doblando.
El cielo, duro. Y su fondo
da un azul iluminado
de abajo, al romanticismo
de los secos campanarios.
Faroles, flores, coronas
—¡campanas que están doblando!—
...Viento largo, luna grande,
noche de Todos los Santos.
...Yo voy muerto por la luz
agria de las calles; llamo
con todo el cuerpo a la vida;
quiero que me quieran; hablo
a todos los que me han hecho
mudo, y hablo sollozando,
roja de amor esta sangre
desdeñosa de mis labios.
¡Y quiero ser otro, y quiero
tener corazón, y brazos
infinitos, y sonrisas
inmensas, para los llantos
aquellos que dieron lágrimas
por mi culpa!
...Pero ¿acaso
puede hablar de sus rosales
un corazón sepulcrado?
—¡Corazón, estás bien muerto!
¡Mañana es tu aniversario!—
Sentimentalismo, frío.
La ciudad está doblando.
Luna blanca, viento negro.
Noche de Todos los Santos.

Juan Ramón Jiménez (Viento negro, luna blanca)

Se acerca el día de Difuntos, ya identificado con la fiesta de Todos los Santos. La muerte sigue siendo un drama irreversible a pesar de los muchos adelantos que han hecho que la esperanza de vida, incluso en países pobres, se haya dilatado. En la sociedad occidental hemos llegado a muy viejos, seremos tantos viejos y viejas vivos o medio vivos que ya se protesta del exceso, sin tantos viejos la crisis econòmica remitiría y el dinero podría dedicarse a capas de la población que todavía se encuentran en su esplendor vital. Incluso con eso del referéndum escocés se ha achacado a los votos de los viejos el resultado, he aquí que el voto, antaño sabio y responsable, de la gente mayor, hoy es un voto casposo que, según he leído esos días, ha condicionado la ilusión de la juventud. Una juventud que cada día accede más tarde al mundo laboral, a la independencia económica, por cierto. Los viejos, muchos de ellos al menos, tienen hoy, gracias a Dios o a lo que sea, su paguita, mejor o peor, y pueden paliar la situación de sus descendientes en caso de problemas diversos. Puede ser que por eso no han tocado demasiado, de momento, nuestras pensiones. La gente que hoy es de clase media, más bien baja, pero que fue de clase humilde y quizás pobre o marginal, vio como se iba de peor a mejor. Trabajó desde muy joven, algunos desde niños, como ocurre hoy todavía con la infancia de tantos países dónde vivir es un riesgo absoluto. Por cierto, hoy la palabra viejo es casi un insulto, somos mayores, de la tercera edad, séniors y unas cuantas chorradas más para no llamar a las cosas por su nombre.

Después de la vejez viene la muerte, eso si es que has llegado a viejo. La muerte asusta y todavía más lo que la envuelve, enfermedad, decadencia, sufrimiento. La mitología sobre la muerte ha contado con el recurso del humor negro, una defensa inocente. Parece ser que incluso con el tiempo la muerte se podra neutralizar, los que tengan dinero incluso pueden llegar a ser inmortales, yo ya no lo veré, claro. Una inmortalidad llena de medicamentos, operaciones de estética, tratamientos de todo tipo. Vanidad de vanidades. Resulta que ya no inspiran miedo, al menos por aquí, las divinidades justicieras y que queda poca fe en aquel cielo idílico a dónde ir si eras bueno y obediente. Los infiernos están en nuestro vecindario. Las calderas de Pedro Botero se utilizan para hacer cocina de categoría, para ganar estrellas Michelin. 

De la frivolización inevitable de la muerte ha surgido el negocio moderno. El negocio de la muerte ha existido siempre, la gente quería tumbas, entierros dignos, para ello incluso personas modestas se pagaban un seguro, los nombres de entidades como El ocaso remiten a sus orígenes. Cuanto más dinero, mejor entierro. Más curas, más misas, más caballos, mas acompañamiento. Quién no ha fantaseado en alguna ocasión con sus funerales, religiosos o laicos? La gente que puede y conoce su fin cercano a veces deja escrito lo que quiere, poemas bonitos, música evocadora. Todo se moderniza. Los cementerios también se han reconvertido, en esta fiesta de Difuntos de 2014 ofrecen música clásica, talleres para niños, altares mejicanos, rutas turísticas. Las rutas turísticas por cementerios tienen mucho éxito, incluso se hacen de noche. Ir de noche a un cementerio es un clásico de los cuentos de miedo. La incineración ha acabado con la visión horrible de los cuerpos descompuestos y ha relativizado aquellos miedos ancestrales a ser enterrado vivo, por ejemplo.

Las funerarias consiguen que los cadáveres ni lo parezcan. Los tanatorios son como hoteles de pago, están muy bien, evitan a la gente el desfile de  tantos parientes, conocidos y saludados por casa, la noche en vela rezando rosarios, el contraste entre la pena de unos y la juerga, incluso, de otros. Al menos en el tanatorio quién quiere hablar y reir con el conocido que hace tiempo no veía puede salir fuera de la sala de velatorio, ir al bar. Se ofrecen cosas surrealistas para recordar a los difuntos, diamantes hechos con resto de su pelo, envío de las cenizas a la estratosfera, cosas cada vez más sofisticadas para que ni tan sólo después de la muerte lleguemos a ser iguales del todo. No me parece toda esa parafernalia actual mejor ni peor que la de otras décadas, la verdad. A menudo nuestro tiempo parece peor que el anterior y a veces lo es pero, en general, y en lo que se refiere a mi experiencia personal e intransferible, hemos mejorado bastante en muchos aspectos.

De momento seguimos muriendo y si hemos llegado a viejos en un estado sostenible, aunque esa sostenibilidad siempre es temporal, podemos considerarnos privilegiados. El ser humano no suele estar nunca satisfecho con nada. Mi querido papá, en paz descanse, a veces lamentaba haberme traído al mundo, a esa España con tantos defectos estructurales y, según él, siempre atrasada. Hija mía, debías haber nacido en Suecia, en Dinamarca. Yo le objetaba que podía haber nacido en la Índia, en algún país de Àfrica, en el Yemen, dónde mi situación hubiese sido mucho peor y a eso no sabía ya que objetar. Siempre hay alguien que está peor y parece que eso consuela. Incluso en el mismo lugar dónde se nace, por casualidad y genética, todo depende de la familia a la cual vas a parar, del entorno, de la situación política y social del momento, situación que puede variar a mejor o a peor.

Estamos tan vivos cuando estamos vivos que nos creemos, a veces de forma casi inconsciente o subconsciente, inmortales. Cuando mueres, durante un tiempo, se te recuerda, te reconocen en las fotos, hablan de ti, pero también quiénes te recuerdan morirán y al final serás una sombra y será cómo si no hubieses vivido. Y sin embargo resulta muy difícil poder relativizar las cosas que nos preocupan y que no son realmente graves, contempladas en perspectiva. Hay que vivir, comenta un personaje de Buero Vallejo en aquellas inolvidable Historia de una escalera. Esa es la miseria, que hay que vivir, le responde otro. Poca gente quiere morir si no es que se sume en una depresión, depresión que puede tener muchas causas. Del suicidio se empieza a hablar un poco más, sin tanta tontería, pero todavía se habla de él de forma general, sin matices, como pasa con temas inquietantes como, por ejemplo, la prostitución. El suicido se condena y también se mitifica. Todavía el suicido voluntario, lúcido y asistido no es posible a nivel general en nuestro país. Una lástima. No es tan difícil entender que a veces se quiera morir, sobre todo cuando ya se ha hecho en esta vida lo que se tenía que hacer y se han perdido seres queridos, como fue el caso de personajes como Sandor Marai o Charles Boyer. Otra cosa son los suicidios de gente joven, claro. La religión y sus condicionantes ha contribuído a hacernos creer que no éramos dueños ni de nuestra propia vida, aún menos de nuestra propia muerte. 

Los suicidios inexplicables responden a motivos que a veces se nos escapan. Hace poco tiempo supe del suicidio de un joven de la edad de mis hijos, casado, también él con hijos, con unos padres y hermanos cariñosos que quisieron protegerlo, sin éxito, de una campaña de acoso laboral bastante bestia. Podía haber dejado aquel trabajo, reflexionar, buscar apoyo en sus amigos y parientes. Sin embargo no fue así y acabó con su vida de forma prematura. En esos casos es como si la persona hubiese muerto de una enfermedad, aunque sea una enfermedad mental, en el campo del cerebro todavía somos casi analfabetos. Se habla mucho de prevención, algo hay que hacer y hablando y tomando medidas que a menudo son poco efectivas, como en el caso de los maltratos, nos parece que hacemos algo. El ser humano intenta buscar como evitar el mal, el físico y el espiritual. Por eso se cree, de buena fe, que si haces una vida sana tendrás una larga vida y una buena muerte. Vanidad de vanidades. Somos frágiles y limitados, qué le vamos a hacer. Enviar nuestras cenizas a la estratosfera es un gasto inútil, vale más que el dinero se emplee en ayudar a los vivos aunque considerando que la muerte y todo lo que la acompaña genera muchos puestos de trabajo y un cierto negocio que, por cierto, siempre tiene materia prima, muriendo también ayudamos al sector. Todo es relativo.




viernes, 10 de octubre de 2014

CINE DE HOY INSPIRADO EN EL AYER


No hay que ir al cine con demasiadas expectativas, lo sé. Sin embargo había oído y leído tantas cosas favorables sobre La isla mínima que me sucedió algo que me ha sucedido ya en otras ocasiones, la película no me acabó de convencer y no me resultó tan redonda como me esperaba.

Sin embargo tiene méritos abundantes, buenos actores, paisajes devastados y poéticos a la vez, una evocación de esa miseria transicional que hoy parece no haber existido, cierta extraña poesía, la poesía del fracaso y de la sordidez. Cuesta pensar en qué todo aquello sucede en los ochenta y no en los cincuenta o en los sesenta. En aquellos años nos creíamos más ricos de lo que éramos, de aquellos polvos vinieron estos lodos.

Es una historia más de atmósferas que de guión narrativo. La anécdota terrible daba para mucho más, incluso ese pasado turbio del policía queda algo diluido y si a eso le añadimos que el sonido no es del todo claro en muchos momentos llegamos a un final algo confuso. Hay muchos silencios, interesantes, pero que contribuyen a qué los personajes no acaben de resultarnos coherentes en algunos momentos. Si alguien conoció gente que trabajase en la policía en aquellos años también encontrará fallos diversos relacionados con la labor profesional de un cuerpo bastante castigado por todos lados pero, claro, con sus pecados ocultos en las recientes circunstancias del pasado político.
Me ha gustado más la película al recordarla que cuando la vi, hace tan poco. Es una buena señal. En una crítica que leí  muy positiva sobre La isla mínima se hacía una referencia a otra de hace unos años, La noche de los girasoles, en aquel caso fui al cine sin ninguna perspectiva y me impresionó mucho más que ésta, la verdad. Claro que son dos historias muy distintas y no admiten comparación. Las películas españolas suelen pasar a menudo por los cines casi de puntillas, pasó con La noche de los girasoles y con muchas más, dignas e interesantes, recuerdo a Sancho Gracia quejándose de eso cuando aún vivía, con toda la razón. Sancho Gracia tuvo una aparición breve y memorable, que no he olvidado, en La caja 507, otro título emblemático del cine negro hispánico.

A menudo se evoca la época de aquellos inolvidables Estudio 1 y de los grandes actores de teatro de aquella época. Los hemos valorado más en retrospectiva, la verdad. Hoy también hay actores magníficos, jóvenes y maduros, sin grandes oportunidades más allá de las series machaconas e inacabables de las televisiones del presente. Emilio Gutiérrez Caba evocaba hace poco, en una entrevista, las grandes series sobre obras literarias de categoría, Fortunata y Jacinta, Cañas y Barro y tantas otras e incluso aquel espacio antiguo en el cual se emitían por capítulos novelas clásicas, la más recordada ha sido El Conde de Montecristo pero la lista es impresionante. 

Todo cambia y evoluciona pero afortunadamente siempre hay quién se arriesga a pesar de todo. La isla mínima es una propuesta arriesgada y valiente. Aunque leí la crónica de un amigo en la cual se quejaba del poco público que compartió sala con él al ir a verla he de decir que cuando fui yo el cine estaba casi lleno y eso que se trataba del Aribau clásico, el grande, un cine de los de antes. Claro que era miércoles, el día del espectador, todo cuenta.