lunes, 16 de noviembre de 2015

FACTORES INCONTROLABLES DE RIESGO INDIVIDUAL Y COLECTIVO


Decía Helmut Schmidt, desaparecido hace pocos días, fumador empedernido y longevo, cruz de las estadísticas sobre los males irrenunciables del tabaco y representante de una Europa que pudo haber sido y no fue, o que creíamos que era y no era lo que parecía, que políticos y periodistas comparten el triste destino de tener que hablar de cosas que no entenderán hasta mucho después. Sin embargo muchos políticos y periodistas comparten también una gran falta de humildad, hablan de lo que no saben como si supieran y eso lo podemos hacer extensivo a mucha más gente, profesores universitarios, filósofos modernos, tertulianos de la televisión e incluso eso que llamamos pueblo llano ya que con las redes sociales se tiene hoy una tribuna abierta para expresar todo tipo de opiniones. Los expertos son hoy innumerables, salen por todas partes.

Antoni Puigverd ha titulado un artículo reciente de forma muy gráfica, La guerra de la que nada sabemos. Se refiere, claro, a esa guerra asimétrica y extraña entre, se supone, oriente y occidente, entre civilizaciones, aunque los que más sufren el tema sean una gran parte inocente de ese oriente lejano pero inquietante. Los políticos no pueden dejar de entrar en el campo retórico de la condena abstracta, los vamos a pillar y vivimos entre riesgos diversos pero la verdad vencerá. En medio, claro, referencias constantes a qué no debe confundirse terrorismo islámico con islam. Llamarle a ese terrorismo islámico, sin embargo, es ya una declaración de intenciones mediáticas, lo mismo que cuando en Barcelona se etiqueta a grupos ruidosos y antisistema como anarquistas. Nada es inocente.

También es habitual la autoflagelación culpable: barrios marginados, países que sufrieron un pasado colonial abusivo, cosas así. Ni tan sólo el pasado escapa  de esas consideraciones, que malo era Colón, qué malos todos los hombres embrutecidos que huyendo de la miseria cercana se fueron a robar, matar y explotar indios. Qué malos los burgueses diversos que comerciaron con esclavos. Qué malos los españoles que se aprovecharon de Catalunya. Qué malos los ricachos que iban al Liceo mientras el pueblo sufría. Qué malos los curas, que no hacían lo que predicaban. Qué malo ese San Jaime Matamoros que tomo partido a favor de una civilización concreta y una estatua del cual con un moro moribundo bajo los pies han tenido que camuflar en Santiago para no herir sensibilidades turísticas.

Con un pasado con tantos pecados es lógico que ahora nos toque sufrir. Nos lo tenemos merecido. Sólo que cada cual es dueño de sus circunstancias y de sus actos, de su presente, de sus decisiones, y lo que hicieron nuestros antepasados, suponiendo que hicieran cosas malas, desde la prehistoria hasta la guerra civil, no todo es culpa nuestra y quizás tampoco fue culpa suya del todo. Somos descendientes pero no herederos aunque intentemos comprender cosas que miradas desde hoy pueden parecer incomprensibles. Aquello del pecado original ha generado muchos malentendidos.

Otro tema recurrente es la educación. Hoy mismo leo a una profesora admirable, experta en el Islam, recordando convencida que la educación y todo eso son lo mejor contra el fanatismo, santa inocencia. Ha habido fanáticos muy cultos, Alemania ha tenido muchos, filósofos y profesores incluidos, y pongo este ejemplo porque siempre es más fácil ponerse de acuerdo contra los nazis que contra los estalinistas. Concepción Arenal aseguraba que dónde se abría una escuela se cerraba una cárcel, dichosos los tiempos en qué se podían creer esas cosas. Precisamente el acceso a la cultura nos permite darnos cuenta de qué la educación, incluso la buena educación, no nos garantiza nada de nada. Algunos de esos terroristas del presente han nacido ya en países de occidente, han ido a escuelas de todo tipo pero democráticas, de las que cultivan eso que llamamos valores. La gente de mi generación asistió a escuelas bastante lamentables, españolistas unionistas, católicas y rancias, incluso fue de excursión con la OJE o la Sección Femenina y, por suerte, de allí salió de todo y no sólo fascistas creyentes ni amas de casa sumisas.

Muchos corruptos de hoy en día asistieron a buenísimas escuelas, como esos hijos corruptos de determinados políticos hoy en cuarentena,  dónde se hablaba, me consta, de generosidad, amor a la humanidad, honestidad y de cosas así. Incluso fueron boy scouts en su tiempo de ocio. Los hermosos valores cristianos han producido grandes perversiones lo mismo que el comunismo o el anarquismo pero las ideas no tienen la culpa de nada, de entrada, sino sus interpretaciones malas o más bien la realidad en la cual se encarnan e interpretan por parte de personas de todo tipo y condición. Es fácil culpar al otro, identificar a un grupo y pensar que allí está el mal y que muerto el perro, muerta la rabia. Al menos en una gran parte de occidente hemos mejorado algo, después de la bestialidad de la segunda guerra mundial, claro, pero nada es eterno, todo es frágil. Ya no existen las grandes seguridades, aunque eran también un espejismo.

Alguien hay, de vez en cuando, que sabe algo de algo, como Loretta Napoleoni, que explica cosas como las fuentes de financiación de esos grupos. Las grandes proclamas de nuestros políticos obvian el tema, no entran a fondo en eso del negocio de las armas, de su tráfico,  del petróleo al precio que sea, es ese un tema espinoso del cual se habla casi siempre a nivel retórico, sin concretar. La condena retórica a la publicidad del Barça no provocó ningún boicot que, por ejemplo, consiguiese que el estadio se vaciase con motivo de algún partido importante. La publicidad y el fútbol son intocables, cuando hubo el atentado del tren de Atocha pararon todos los programas de la tele con excepción de esas dos fuentes de ingresos, què hi farem.

Es posible que todo eso dé alas a la nueva extrema derecha, otro peligro latente, es fácil pasar de malo a malo, en tiempos difíciles los extremos se tocan y la gente moderada no suele tener mucha audiencia porque hay un clamor popular movido por proclamas populistas que exige soluciones rápidas y expeditivas. Esas soluciones drásticas son inquietantes porque acaban con aquello de que Dios -o la República- ya escogerán a los suyos en el etéreo Más Allá, celestial o terrenal. En esa Francia tan admirada y mitificada tuvieron que acabar con Robespierre para que ese señor no dejase todos los títeres sin cabeza de forma masiva y expeditiva. 

Viviremos en el riesgo, y aún gracias que en en nuestro contexto podemos hacerlo con una cierta comodidad, a pesar de la crisis y qué en esas escuelas públicas y democráticas de nuestro tiempo, tan diversas en su contenido infantil como el propio mundo, parece que todo funciona bastante bien. Qué después de la escuela la gente se haga adulta y siga su propio camino, a veces extraño, violento, equivocado, autodestructivo, es imposible de controlar y prevenir. Claro que todo tiene cierta relación, pero no siempre a nivel escolar. Qué los jóvenes encuentren trabajo digno y esperanza es otro tema, difícil de resolver. Y es que más allá de la política de cartel electoral no sabemos nunca del todo quién manda, aunque a veces, con el tiempo, se llega a saber alguna cosa del pasado pero ya todo ha cambiado y esas verdades póstumas tienen poca relevancia.

En el fondo, volviendo a Schmidt, todo es tan impreciso como la ciencia médica, que hoy ha substituido en parte a la religión, con sus dogmas. Nadie nos puede asegurar que si llevamos una vida sana, no fumamos ni bebemos y todo eso no tengamos cáncer ni muramos rabiando y de forma prematura. Mejoraremos en algo, mejorarán las estadísticas, esa biblia de nuestro tiempo, y quizás vivamos, si tenemos suerte, algunos años más de los que vivieron nuestros padres, pero de ninguna manera seremos inmortales ni habremos alcanzado la eterna juventud. La naturaleza humana es como es, imprevisible, frágil, manipulable. Un misterio, todavía. Hemos de vivir con el riesgo, ya sea individual o colectivo y, si podemos, sin hacer mal a nadie, como decían mis mayores, con una divisa simple y clara, aquello de el que no vulguis per tu, no ho vulguis per ningú. La regla de oro.

lunes, 9 de noviembre de 2015

LA DIFÍCIL COHERENCIA VITAL Y LAS PROTESTAS DEL PASADO


Resultat d'imatges de MARC ANDREU BARRIS

CANDIDATO DE LOS TRABAJADORES DE FERNANDO RODRÍGUEZ OCAÑA (AVANCE) (Libros de Segunda Mano - Pensamiento - Política)

He estado leyendo estos días el libro que Marc Andreu ha publicado sobre los movimientos vecinales en Barcelona durante el último franquismo y la primera transición. El libro es algo espeso ya que se trata de una tesis doctoral y no de un texto de divulgación. Es una suerte que personas jóvenes o relativamente jóvenes nos recuerden la historia de esos años, parece que resulta más fácil y de más rendimiento viajar más lejos en el tiempo, a los años treinta, la guerra civil y la primera posguerra que no intentar bucear en lo que fue el tardofranquismo y la transición hasta llegar casi al presente. Todavía hay personajes en activo poco interesados en qué se aireen sus deserciones, sus cobardías o sus estrategias trepadoras. Incluso en la historia de lugares míticos como el Paralelo se prioriza el pasado remoto por encima de su última época popular y espléndida, la de los cuarenta y cincuenta, los cines de barrio y la copla popular en la Bodega Apolo.

No me gusta idealizar nada. Los movimientos sociales de aquellos años son admirables pero también tuvieron sus miserias, sus luchas internas, sus personalismos. Se consiguieron muchas cosas, sobre todo en una breve primavera vecinal unitaria y solidaria, antes de qué el partidismo obligatorio intentase acabar con todo aquello, suerte que siempre quedan rescoldos que se pueden avivar si las circunstancias son propicias. Lo saben bien los vecinos de barrios populares que tienen cierta edad y recuerdan, por ejemplo, lo fácil que era tratar con un alcalde de extracción casi franquista, como Socias, y lo difícil que resultó tratar después con el elitista Serra, un socialista de aquellos de la época, de casa bona. 

Para muchas personas que se consideran progres protestar si mandan las supuestas derechas es una obligación y cuando mandan las izquierdas, una excepción, cuando a las izquierdas se les debiera de exigir, al menos, lo mismo que a la oposición conservadora. Pero somos como somos, humanos para lo bueno, para lo malo, para lo mezquino. Ayer mismo Julia Otero, en el programa Salvados puntualizaba sobre las supuestas bondades de los periodistas, sector profesional en el cual hay de todo, como lo hay en el campo de los médicos o de los fontaneros. Esta reflexión se podría aplicar a los políticos, hoy en horas bajas por lo que respecta a su consideración popular.

El libro de Andreu me ha evocado muchas cosas, hechos que sucedieron en mi barrio, entonces en efervescencia y dónde a veces parecía que cada persona de izquierda era de un partido distinto. Llegaron los ochenta, el desencanto, la droga en la calle, el enriquecimiento de algunos ideólogos, mi barrio pareció despoblarse, no se puede negar que hubo cierta mejora económica y eso hizo que muchos militantes populares se comprasen pisos mejores en barrios de más prestigio. Pronto se añoró un pasado reciente y se pasó de la canción de protesta a los conciertos de inocentes habaneras, la culpa no fue sólo de la clase política, nos dejamos meter muchos goles.

En el setenta y tres, antes del  desencanto, yo trabajaba en una escuela de barrio, en una población cercana a Barcelona. Una de las profesoras era toda una dama de las de antes, no tenía ni sesenta años pero yo la veía muy mayor, era una de esas personas activas, con una biografía interesantísima, había vivido la guerra siendo de familia católica y conservadora pero catalanista, de la Lliga. Su familia sufrió mucho en aquella época, siempre en peligro de ser detenidos, asesinados, un primer novio suyo murió a causa de la violencia indiscriminada contra la gente de ideología religiosa. Se casó más adelante, participaba en muchas actividades parroquiales, era muy activa y decidida, en aquel tiempo y en un pueblo se criticaba bastante el activismo femenino, hemos cambiado mucho.

Los hijos le salieron comunistas, activos como ella y ella también cambió con el tiempo. Y me acuerdo de cuando nos explicaba como algunos de esos hijos, jóvenes entonces, participaban en muchas iniciativas políticas, entonces clandestinas y peligrosas. También participaron en la campaña a favor de qué un obrero de extracción humilde llegase a ser concejal. El obrero era Fernando Rodríguez Ocaña, en la foto que cuelgo se puede identificar en seguida, más bajito y poca cosa que esos señorones del poder municipal de entonces. He encontrado la fotografía y más referencias al caso que acabó con una oportunista impugnación de su elección en el blog De Castro ero y bailar sepo, dedicado al pueblo de Porcuna, dónde él había nacido, ya que, por suerte, internet es una mina. Eran tiempos complicados, se dijo que incluso Pujol había contribuido a la campaña con alguna ayudita, lo criticaron los más radicales por hacer el juego al poder, según la opinión de los puristas y él y su familia recibieron amenazas serias de la extrema derecha.

Con el tiempo se trasladó a vivir a la población en la cual yo había trabajado y dónde me enteré de su existencia. En el blog que menciono se reproduce una entrevista con él en la cual reivindica el comunismo e insiste en qué hace falta protestar también cuando mandan los tuyos. No se benefició de sus relaciones personales y políticas para obtener cosas como un trabajo para su hijo, en paro en la época de la entrevista, en 1985. Murió en el año 2000, en febrero, no pudo ni recoger una medalla que le otorgó el ayuntamiento de Barcelona aquel mismo año.

Hoy casi nadie quiere ser comunista, el anarquismo, en cambio, tiene otro glamour, incluso se hace referencia a la ideología anarquista cuando se reprime a grupos violentos y ruidosos. Las ideologías igualitarias se suelen identificar con sus resultados perversos cuando llegan al poder, cosa muy injusta. Uno puede ser de ideas cristianas, como lo era aquella maestra de mi juventud, y no participar del oro del Vaticano para nada. Un familiar ironizaba sobre el Papa actual hace unos días, a ver si va a resultar que les ha salido un Pontífice cristiano, repetía. 

Me da risa cuando se hace referencia a personajes que vivieron a lo grande y eran, se supone, de ideología comunista, poetas de culto, cantantes sacralizados. Eso que dio en llamarse gauche divine en Barcelona, más o menos. Era aquel un comunismo estético y poco peligroso, vaya. Para todo hace falta un cierto componente ejemplarizador, ayer mismo también Otero en Salvados tiró un poco de las orejas a Monedero, el de Podemos, cuando éste se justificaba de sus pecados veniales. Tuve varios disgustos en mi juventud con eso del ejemplo, cuando supe que una comunista de mis devociones asistía al Liceo de la época, hoy el Liceo es otra cosa, envuelta en pieles caras y cosas peores, fanfarronerías y privilegios vergonzantes de personas que tuve en el pedestal político. Hoy ya no me asusto de nada porque en mi contexto cotidiano también he visto, a nivel más modesto pero igualmente preocupante, corruptelas diversas.

Toda esa gente luchadora de verdad, coherente, merecen investigación histórica, biografías serias, objetivas, porque otra constante que me inquieta es eso de intentar esconder las sombras de los mártires y de los santos, una mala práctica que los deshumaniza y que no contribuye para nada a la mejoría del tejido social y cívico. 


sábado, 24 de octubre de 2015

CINE, TEATRO, TELEVISIÓN, ACTORES Y EVOCACIONES


Afortunadamente El largo viaje del día hacia la noche ha venido a Barcelona después de su éxito en el Marquina madrileño. Es una obra triste y profunda, el mejor O'Neill según dicen, una obra autobiográfica, póstuma, larga en su versión original que aquí se ha reducido a la mitad aunque se ha hecho de forma respetuosa y correcta. Los actores están magníficos todos, Vicky Peña, sublime,  para mi gusto es la mejor actriz de su generación, española y catalana o española o catalana, como se prefiera, que no corren buenos tiempos para matices inclusivos. O'Neill fue un hombre difícil y atormentado al cual conocimos antes, cuando yo era jovencita, a causa de la fuga de su hija adolescente con Charlot que no por su obra literaria, producto de una vida difícil y complicada, la de ese Edmund teatral en su difícil futuro de superviviente.
Precisamente hace pocos días pasaron por la tele, en ese interesante espacio sobre el cine español, La petición, una película hoy bastante olvidada y que sin menospreciar sus méritos artísticos dio que hablar a causa de sus tórridas escenas, en especial aquella en la cual el pobre Gutiérrez Caba, joven e inquietantemente atractivo, muere accidentalmente en pleno furor erótico sin que Ana Belén se de cuenta hasta que no termina su actividad amorosa. Pilar Miró fue una persona inteligente, compleja, difícil en muchos aspectos, contradictoria en otros. 
No todo lo que hizo me gusta pero eso pasa con todo el mundo. En el breve reportaje que se emite antes de la emisión de la película se recordó su labor televisiva antes de realizar su primera película, La petición. Ah, aquella radio, aquella televisión... Nos daban a conocer obras interesantes, innovadoras, sorprende recordar lo que vimos y oímos en tiempos complicados, como todos. Una de las realizaciones de Miró en teatro televisivo fue una muy buena versión de otro O'Neill, Deseo bajo los olmos, en un lejano ya 1976. También fue su protagonista Emilio Gutiérrez Caba, por cierto.
En el Goya de Barcelona tenemos también a la gran Concha Velasco con una obra amable, Olivia y Eugenio. No es un O'Neill pero su autor es un panameño interesante, Herbert Morote. Los entendidos quizás critiquen la propuesta, el sentimentalismo del texto, pero es un tipo de teatro que cumple su función y es necesario. Mucha gente irá para ver a Velasco que ofrece un extraordinario recital interpretativo con un texto a su medida. Velasco ha hecho de todo y todo lo ha hecho bien. En una entrevista reciente recordaba, como no, a su extraordinaria Santa Teresa, dirigida por Josefina Molina, una de las pocas dadas vivas de aquella pléyade de realizadoras, Miró, Vilaret... Al Eugenio de la obra de Morote, por cierto, le pusieron así por la afición al teatro de sus padres, ya que Eugenio se llamaban Ionesco y O'Neill. 



Emilio Gutiérrez Caba, otro de los grandes actores de su generación, permaneció durante un tiempo en un cierto olvido, cosas del país, Catalunya incluida. Albaladejo y Álex de la Iglesia lo recuperaron con éxito. El tiempo reconocerá la labor de de la Iglesia y de Santiago Segura en eso de la recuperación de olvidados e incluso en haber sabido sacar matices inesperados de actores encasillados en algún aspecto concreto. Después de sufrir con O'Neill tenía ganas de pasar un buen rato y me fui a ver Mi gran noche, una buena muestra de eso de sacar del encasillamiento a la gente y conseguir que los guapos salgan feos, las listas, tontas y que los divos se autoparodien y descubran su vis cómica como ese extraordinario Raphael-Alphonso que está sublime. 
Hay quien dice que la peli es repetitiva y todo eso, pero más repetitivo es Woody Allen y le quieren hacer un museo en Barcelona que ya dijo Unamuno que a los de por aquí nos pierde la estética. A mi me gustó y pasé un buen rato con ella, es una de esas pelis que serán de culto de aquí treinta, cuarenta años, un divertimento caótico y con su carga de irónia malévola sobre la televisión cutre, hoy tan vigente como ayer y, además, con más medios tecnológicos a mano. 

Quién creo que promete y se supera y espero que no lo tengan durante un tiempo en el olvido cuando se haga mayor, como suele pasar, es Mario Casas, un actor que también hace de todo y lo hace bien cuando encuentra la ocasión. A quién también le veu futuro es a Blanca Suárez, mucho más que una chica guapa, que también. El elenco actoral de esa noche loca es extraordinario, con un ramillete de secundarios en estado de gracia que no nombraré porque me dejaría alguno o alguna.


viernes, 2 de octubre de 2015

TAL CÓMO ÉRAMOS Y LA VIDA SIGUE IGUAL


Con una aceptable promoción se recuperó este verano en los cines hispánicos esa joya que es El mundo sigue, despues de cincuenta años y mucho olvido. Sin embargo en Barcelona pasó  de puntillas en verano y en el resistente cine Maldá ha vuelto durante una semana aunque a un horario algo intempestivo, la una del mediodía.


Siempre nos quedará el vídeo, buscando por internet, claro. Puede que algún día, en la filmoteca... En otros países sería esa una cinta de culto, imprescindible, un monumento, y todos sus actores sin excepción, -de los principales sólo vive todavía Gemma Cuervo- habrían hecho una carrera llena de éxitos y óscars y habrían recibido títulos y condecoraciones. Fernando Fernán Gómez en sus monumentales memorias ironiza a fondo sobre esas grandes diferencias entre los actores de allá y los de aquí y de como incluso el éxito dura aquí poco y no asegura ningún futuro. 
Pasó  muchas penas esta película, que en sus tiempos sólo llegó a estrenarse, tarde y mal, en Bilbao. Es buen neorrealismo a la española, un género que contó con muchas dificultades para subsistir. Su guionista y director y también uno de los protagonistas es el gran Fernando Fernán Gómez, personaje del cual creo que, en general, no hemos llegado a valorar del todo nunca su inmensa genialidad poliédrica y polifacética.

Adaptó un libro de Zunzunegui y parece que ya le advirtieron que ese autor traía mala suerte. Que la pacatería del presente lo relegue al olvido por haber sido franquista me parece comprensible, por desgracia, pero que en sus tiempos de académico también fuese poco apreciado es realmente grave. En la película, al personaje que interpreta el gran Agustín González, un crítico y escritor amargado que tal vez fuese un alter ego del autor de la novela, ya le advierte su jefe que lo que escriben los que tienen el poder cultural y sus parientes y conocidos siempre es bueno. Creo que muchos periodistas culturales del presente podrían contar cosas parecidas, salvando las distancias.

La película tiene hoy un valor añadido a ese plantel de actores en estado de gracia ya que se trata de una película coral: el tiempo la ha convertido casi en un documental sociológico, paisajístico. Esa ciudad de barrios, esas escaleras sin ascensor, esos coches utilitarios que empiezan a florecer y son objecto de codicia, aunque los trepas se paseen en haigas, esos carros a tracción animal que todavía pululan por todas partes... Se salía de la miseria y se llegaba a la pobreza sostenible. Pasa en Madrid pero podría pasar en muchos lugares, reconocí personas y calles de mi Barcelona popular, en el buen cine y la buena literatura todo es universal.

La peor parte es para las mujeres, sin salida, sin perspectivas, víctimas de esas víctimas que son los hombres, brutos, groseros, abusadores. Hombres que mandan, que humillan, que beben en el bar y repasan sin disimulo a las chicas, diciendo un montón de supuestos piropos, chanzas desagradables que hoy suenan a insulto. Hombres que tocan al pasar, reprimidos, que no son buenos ni para ellos mismos, con su doble o triple moral, como ese desgraciado personaje que interpreta magistralmente Fernando Fernán Gómez. 

La salida de las mujeres es la boda, la soltería condenada, o, si se es de buen ver, ese sector profesional tan querido por la literatura y el cine, casi siempre desde una visión de fantasía masculina o de machismo sin concesiones, del que tanto se debate sin llegar a ninguna solución, la prostitución, en la cual también, como en cualquier trabajo, hay categorías, que ya oía yo decir en mi adolescencia aquello de qué para ser puta y no ganar nada vale más ser mujer honrada.
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La película tiene elementos esperpénticos, ternura familiar, la familia todavía es el soporte de los pobres en casos de escasez econòmica, costumbrismo, escenas innovadoras y geniales y se presta a muchas lecturas. Esas dos hermanas que se odian son toda una metáfora. Lina Canalejas, en el papel de una casada amargada, joven y ya con muchos niños, malcasada y sin dinero y Gemma Cuervo en el papel de una mujer con inteligencia práctica que decide mejorar su situación a costa de buscar líos con hombres de posibles. Todos los actores y actrices están muy bien pero Gemma Cuervo, Milagros Leal y Lina Canalejas están de premio gordo actoral. 

¿Cómo es posible que algún director americano no viniese a raptar a Cuervo para ofrecerle papelones en Hollywood? Está guapísima, elegante, hace una interpretación llena de matices hasta llegar a un final algo  brusco, puede que innecesario incluso, que convierte en tragedia una  historia con elementos humorísticos, casi sarcásticos. Sin embargo ese papel parece que inclusó la perjudicó, trabajó poco en cine aunque bastante en buen teatro y la gente joven del presente la conoce sobre todo por una serie de la tele de risa.

Fernán Gómez encabeza la historia con una cita de otro gran olvidado en nuestro mediocre presente, Fray Luis de GranadaVerás maltratados a los inocentes, perdonados los culpables, menospreciados los buenos, honrados y sublimados los malos; verás los pobres y humildes abatidos y poder más en los negocios el favor que la virtud. Una cita aplicable a nuestro presente y es que en el fondo nada es nuevo, mejoramos a trompicones y el dinero continua siendo el gran objectivo a conseguir, sea como sea. El mundo, sigue. Al menos las mujeres, aquí y ahora, en algo o en mucho hemos mejorado nuestra situación. Si Luis de Sarria fuese contemporáneo nuestro podría añadir, con ironía: verás ensalzadas películas malas o mediocres con actores flojitos y olvidadas otras de magistrales con actores excelentes.

jueves, 17 de septiembre de 2015

LECTURAS Y RELECTURAS IMPRESCINDIBLES EN TIEMPOS COMPLICADOS

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Leí este libro de Bobbio hace años y estos días me vienen algunos aspectos de esa lectura a la mente, aunque precisaría hacer una relectura a fondo para saber si mis recuerdos son reales o reinventados. Bobbio es un personaje imprescindible, no tan conocido ni leído como convendría a nuestro extraño presente. Bobbio vivió una vida larga y tuvo tiempo de evolucionar, era de buena familia tuvo una breve juventud fascista, evolucionó hacia el comunismo y hoy es percibido como un filósofo de la democracia, de la democracia crítica. Los tres pilares fundamentales, ideales de convivencia, son para Bobbio la democracia, los derechos del hombre y la paz. En este librito incide en el tema de la derecha y la izquierda y de su vigencia en el mundo contemporáneo, Bobbio murió en 2004.

Me atrevo a decir que sin la paz no puede haber nada más. Bobbio, que había vivido la guerra europea y participado en ella desde la resistencia antifascista, lo sabía muy bien. Supo ver también como los extremos de derecha e izquierda coinciden, no hace falta ser unos linces para reconocer que Hitler y Stalin tuvieron mucho en común. También las capas intermedias de esas ideologías coinciden en el presente, todo evoluciona, por ello no se puede hablar de la derecha como se hablaba de ella en los años veinte o treinta. La izquierda tampoco es la misma, al menos en nuestra sociedad occidental que come caliente cada día aunque sea con ayudas estatales.

Sin embargo hay matices. En estas elecciones catalanas del día 27 se potencian esos matices. Las campañas electorales mueven muchos demonios. Bobbio admite, sin embargo, que todavía hay diferencias y que podemos distinguir entre unos y otros según se potencie más la libertad o la igualdad. Los dos conceptos, sin embargo, deberían redefinirse. Se habla de libertad de forma muy general y a veces se establecen diálogos de sordos. La libertad se supone, según los diccionarios, que es la capacidad de escoger pero en la vida no escogemos casi nada, ni país, ni lengua, ni familia, ni clase social. Amigos y parejas parecen ser escogidos pero nuestras opciones no son universales ya que depende de por dónde nos movemos y con quién nos relacionamos. Todo depende, incluso, del azar. Tampoco escogemos época histórica.

Sobre la igualdad se han dicho y hecho muchas tonterías como querer igualar a la baja incluso la capacidad intelectuals, ese ha sido un gran pecado de la escuela tontamente progre. Sin embargo es evidente que estamos muy lejos de una sociedad igualitaria de verdad, considerando esa igualdad en el marco de las oportunidades, del acceso a los derechos humanos, individuales y sociales. Cuando estos días alguien me habla de qué Catalunya debe ser un país libre no me atrevo a contestar que, de momento, no me siento demasiado oprimida y que para lograr mi voto deben hacer referencia a temas más pedestres. Sin embargo creo sinceramente que el tema español y nuestra inclusión o no en el estado debe reconsiderarse y mejorarse. Las épocas de vacas flacas son complicadas, en otros tiempos nos daban unas cuantas zanahorias y todo el mundo más o menos contento. Cuando las zanahorias escasean para todo el mundo vienen las crisis y los experimentos políticos que a menudo generan grandes expectativas irrealizables, veáse la República, como empezó y como acabó.

Las izquierdas convencionales han decepcionado a mucha gente. Ya dice el Evangelio aquello de por sus frutos los conoceréis y a muchos ya los hemos conocido, claro que para eso hace falta tiempo, decían las abuelas de mi infancia que no conocías a nadie antes de comerte con él un saco de sal. A los políticos más jóvenes, que tanto atractivo despiertan ante un panorama político mediocre, no los conocemos a fondo ni sabemos cómo pueden evolucionar. Uno de los grandes pecados de nuestra sociedad es mirarnos el ombligo y prescindir del mundo en su globalidad, el internacionalismo parece una vulgaridad pero ahí están los refugiados, los marginados, los oprimidos por políticos abusivos que no tienen ni tan sólo la posibilidad de escapar de sus países. Nadie habla a fondo de ese internacionalismo más allá de seguir considerando que en la película de la vida hay unos malos evidentes y que muerto el perro, muerta la rabia.

Pero la rabia es endémica y es fácil provocarla y echar gasolina al fuego. Para ello existen muchos recursos entre los cuales las referencias oportunistas a la historia del pasado, tan manipulable e interpretable y que debería quedar en los libros de texto, en los archivos y en las facultades especializadas. Se resucitan héroes, reyes, mártires, batallas, banderas, opresiones, patriotismos, supuestos agravios no resueltos y grandezas miserables e imperiales, des de los de tiempos ancestrales hasta hace poco tiempo, qué más da. 

Me gusta mucho la historia como materia de estudio y lectura pero me produce un gran rechazo su utilización interesada. Vivo con cierta inquietud de persona mayor el presente pero mi inquietud no es nada comparada con la gente que percibió la llegada de guerras terribles y las vivió como pudo y le dejaron, poco se puede hacer para evitar el destino, guiado por el azar y movido por vientos que a menudo son imprevisibles. Releer a Bobbio, al menos, consuela en parte de tener que soportar tanta retórica sin sentido, sin sentido para mi, claro.


martes, 25 de agosto de 2015

ELOGIO DEL ABURRIMIENTO

Se atribuye a Napoleón una famosa frase que afirma que las revoluciones se hacen por vanidad y no por ideas. Yo creo que a veces también se hacen o se intentan hacer por aburrimiento. Incluso en ocasiones parece que la gente se cansa de la tranquilidad, de estar bien, vaya. Los mentores adultos de mi época joven afirmaban que la ociosidad era la madre de todos los vicios. Sin embargo el aburrimiento y el ocio aburrido cuentan con un componente de grandeza, presuponen que no tenemos grandes preocupaciones, de momento. Quizás por esos se inventó aquella horrible frase sobre matar el tiempo cuando el tiempo muere sin esfuerzo, a menudo muy deprisa, sobre todo cuando no estamos aburridos.

Estar  ocupado es interesante, aún más cuando se ejerce una actividad que nos gusta, mejor que sea remunerada, claro. Las ocupaciones ayudan a vivir, nos hacen olvidar incluso los dolores de muelas. Pero cierta dosis de aburrimiento a veces es imprescindible para poder ejercer una cierta meditación amable sobre el mundo y nosotros. Ana María Matute, en una ocasión, creo que con motivo de la reedición de Luciérnagas, hablaba del tiempo de la guerra en el cual pasaban cosas y de ese largo franquismo resistente durante el cual parecía que no pasaba nada. Y sin embargo, también alguien afirmó que los pueblos sin historia eran felices. Lo que pasa es que no hay pueblos sin historia y no sé tan sólo si hay pueblos, así, en su forma natural, más allá de las divisiones  geográficas que hemos ido construyendo las personas.

Parece que tendremos un otoño poco aburrido, manifestaciones, elecciones. Hay gente muy entusiasta sobre todo y la envidio. O quizás no. Los entusiasmos me inquietan, debe ser la edad. Se critica en algunos casos, como en el referéndum escocés, que el voto de los mayores, de los viejos, es conservador y timorato. En otros tiempos quizás se hubiese opinado que el voto de los ancianos era el voto inteligente, ligado a la experiencia y a la prudencia, más que al miedo. Hoy que te llamen vieja es un insulto. Sin embargo un refrán catalán te aconseja que entre dos médicos elijas el más viejo, consejo que hoy parece rancio ya que se supone que los médicos jóvenes entienden más del tema, están al día. La experiencia ya no es un grado, es un lastre. 

Exsite un desmedido e hipócrita interés mitificador alrededor de niños y jóvenes y un gran negocio montado en torno a alargar la vida a los viejos haciendo que cada vez parezcan más viejos y hagan cosas de jóvenes, cosas que en otras épocas habrían parecido algo patéticas, deporte de competición, viajes excesivos, tratamientos de estética destinados a enmascarar la realidad o carreras universitarias poco exigentes. 

Un jubilado activo más mayor que yo, de esos que tienen una especie de horror vacui al tiempo sin provecho y sin actividad, cuando me jubilé me insistió: ahora no te quedes en casa delante de la tele. Le dije, y se lo tomó en broma, que durante mi vida activa había hecho tantas cosas que ahora quizás me apeteciese eso de sentarme a mirar novelones y películas, en casa. Sin embargo admito que tengo una cierta actividad moderada, he hecho cursos de pintura, escribo en los blogs, camino un poco y no voy a nadar porque nunca me gustó el deporte y no voy a empezar ahora a hacer piscinas. Por lo que respecta a eso de viajar, que hoy parece obligatorio, todavía más para los eufemísticamente llamados mayores, cada vez es menos de mi gusto. 

Un prejubilado más joven que yo me contaba hace poco que a él y a su mujer también les ocurre, ese cansancio viajero, pero que de vez en cuando hacen salidas de cinco, seis días, intentan verlo todo y también lo filman todo para mirarlo después en casa. Filmar fotografiar de forma compulsiva es en nuestros tiempos una actividad habitual. Esa pretensión de verlo todo cada vez me parece más ingenua y vana, jamás se ve todo ni es posible hacerlo, no lo he visto todo ni en mi propio barrio y, además, todo cambia y los paisajes no son nunca iguales. El viaje, como los estudios, la lectura, incluso el deporte, eran actividades míticas durante mi juventud, de las cuales podia disfrutar un número reducido de ciudadanos, es posible que por ese motivo tengamos todo eso sacralizado.

Hace muchos años, en tiempos de protestas, cambios y consignas, un compañero de trabajo me dijo que la política lo aburría y me pareció una afirmación lamentable. Hoy la hago mía, me aburre tanta proclama, tanta bandera, tanta retórica sobre lo que podría o no podría ser el futuro. El tiempo y la experiencia te demuestran como esos predicadores, al menos un buen número, no hacen lo que dicen, en general. Casi siempre ha sido así. En una cena estival comentábamos como la corrupción tan criticada empieza desde abajo, gente que se proclama de izquierdas se cuela en las listas del seguro si tiene un pariente médico, hace trampas para que su niño entre en la escuela que no le corresponde, pìde facturas sin iva,  plagia tesis de alumnos, no tiene asegurada la señora de la limpieza, (casi siempre es una señora la que limpia y cuida los yayos, y generalmente, de los estratos más humildes de la población, claro).

Hay quién te pide compromiso en nombre del futuro de nuestros descendientes cuando ese futuro es imprevisible y frágil, como todos los futuros. Los entusiasmos republicanos de principios de los años treinta duraron poco pero también tenían en cuenta ese futuro que se solventó con tres años de una guerra horrible y cuarenta de postguerra. Después de la revolución francesa uno de sus protagonistas, horrorizado ante el baño de sangre que había representado todo aquello, dijo que se hubiese conseguido lo mismo con menos sangre y más paciencia. Sin embargo la revolución francesa es todavía un mito incuestionable, bastante mal contado. 

El voto universal cada vez tiene tendencia a contar con gente más joven y más manipulable, acceder al voto a los dieciséis años me parece, en nuestros tiempos, un intento de acoger masas de población susceptibles de entusiasmarse deprisa y de forma visceral, todos hemos tenido esa edad. Los dieciocho años ya me parece muy pronto, incluso. Sin embargo no me extrañaría que con el tiempo nos negasen el derecho de voto a los mayores de sesenta y cinco o setenta años, muchos de los cuales podemos ser excesivamente timoratos o conservadores, no nos engañemos. Llegar a ser una vieja algo aburrida tiene ciertas ventajas, es posible contemplar el mundo con una cierta perspectiva vital, siempre relativa, ya que por mucho que se viva, la existencia es breve y limitada. En todo caso, agradecería llegar al final del viaje sin haber sufrido demasiados sobresaltos a nivel individual o colectivo. 



domingo, 9 de agosto de 2015

MITOLOGÍA DEL VIAJE POPULAR



He leído estos días algunos artículos demoledores, sarcásticos e incluso indignados, sobre el turismo de masas. Es fácil ironizar sobre esos rebaños humanos con una persona que los guía al frente, la cual blande en alto una banderita, un paraguas o algún objeto visible que contribuye a evitar que alguien se pierda. Vivir en una ciudad turística, y Barcelona ha pasado a serlo a ritmo exponencial desde el tiempo de las Olimpiadas, nos proporciona una visión distante del tema, la del residente, la misma que ese protagonista de las novelas de Donna León nos ofrece sobre la Venecia típica.

Para las generaciones de mayores el viaje es todavía algo un poco mítico. En los sesenta la mayoría viajaba poco y cerca. Para colmo, nosotros no teníamos esos abuelos de pueblo que solucionaban los veranos. Un día, en la escuela, en los años setenta, un alumno de unos diez años en Sant Feliu de Llobregat me preguntó de dónde era yo y le dije que de Barcelona. ¿Y tú marido?, insistió. Le dije que de Molins de Rei. Se quedó algo pasmado y me comentó, preocupado, ¿pués, a dónde vas en vacaciones? Tener pueblo y familia acogedora en un pueblo era algo que siempre envidié a esos niños y niñas que en verano se iban a Andalucía, a Galicia, a Extremadura, a dónde fuese. Hoy algunos se van a Marruecos, a la China, a Bolívia, si pueden. Sigue habiendo, en parte y para un sector de la población, ese peregrinaje al pueblo a ver a la familia aunque a veces no es posible viajar cada año al lugar de origen.

El bienestar económico ofreció nuevas posibilidades a las familias. Empezamos a viajar más allá del pueblo familiar. La primera vez que cogí un avión fue en una lejana Semana Santa del sesenta y ocho, para ir a Menorca con unas amigas. En una oficina dónde trabajé durante ocho años se organizaba en invierno, cada año, una excursión a Andorra, país que entonces estaba muy lejos. Tenías que hacerte el pasaporte, pedir aquello del certificado de penales, pasar una frontera dónde amenazadores guardias civiles con tricornio controlaban lo que habías comprado en el extranjero. En Andorra se vendían productos franceses y podías ver algunos rótulos en catalán en determinadas tiendas. Del mismo modo se fue durante un tiempo a sitios como Perpinyà para ver cine verde, político o strip-tease. Se empezó a hacer turismo erótico-cultural-comprometido.

La gente más mayor que yo comenzó a moverse. Los que podían se compraban un cochecito para ir al pueblo pero con el cual también se podía ir más allá. Una compañera de colegio cuyo padre tenía un gogomóbil presumía de sus viajes a Castellón, a la Francia cercana, a Zaragoza. La gente con coche iba a la playa o a ver mundo y a veces invitaba a conocidos, amiguitos de los hijos, vecinos no motorizados. Gracias a esas invitaciones fui en varias ocasiones a la playa en un coche lleno de gente, llevándonos, eso sí, la comida y la bebida de casa. Lo mismo pasaba con las primeras teles, los vecinos afortunados presumían y generosamente te invitaban a pasar la tarde de domingo viendo El Virginiano o las marionetas de Herta Frankel.

Para la gente no motorizada empezó a surgir la posibilidad de ir a viajes organizados en autocar, aquellos viajes que inspiraron un título cinematográfico encantador y descriptivo: Si hoy es martes, esto es Bélgica. Mis padres no tuvieron nunca coche y recuerdo la ilusión con la cual iban a apuntarse a algún viaje a Murcia, a Sevilla, incluso a Italia. Llegaban al punto de encuentro, en la calle Vergara, con mucha antelación y normalmente habían sacado los billetes con tiempo para poder tener los asientos de delante de todo del vehículo. A veces los acompañábamos y los despedíamos hasta que el autocar se alejaba hacia lo desconocido.

De aquellos años heroicos en los cuales el viaje de consumo a precio sostenible empezó a estar al alcance de todos los españoles se pasó a viajar con ese espíritu de nuevo rico que tanto mal nos ha hecho. Durante unos años, cuando regresaba a mi trabajo en la escuela, en septiembre, el reencuentro con los compañeros parecía un concurso sobre quién había ido más lejos, de viaje. Las fotografías y las diapositivas que te mostraban con orgullo llegaron a ser un calvario para conocidos y parientes. 

Creo que las ansias de ir al mundo lejano han contribuido en parte al desencuentro actual entre catalanes y el resto de hispánicos, en aquel remoto entonces de los primeros seiscientos se consideraba que primero debía conocerse Catalunya, luego España y, más tarde, el extranjero, empezando por Francia o Portugal. Ahora todo es un lío, puedes haber ido a Praga y no haber visto el acueducto de Segovia.

No quiero generalizar pero creo que se viajó bastante de forma coleccionista. Ya hemos hecho Italia, te decían, cuando lo que habían hecho era un circuito de quince días contemplando los espacios turísticos recurrentes. El mundo es tan grande que no nos gusta repetir, me dijo una vez una dama viajera. En un artículo que leí hace años se comparaba ese coleccionismo viajero con el coleccionismo amoroso, ese que hace que determinados caballeros enamoradizos, como un escritor del cual leí una entrevista hace poco, manifiesten que hicieron el amor con cientos, con miles de mujeres. Hay tantas que... no hace falta repetir. Aquel artículo comparativo entre turismo de consumo y amor rápido recuerdo que levantó las iras de una conocida de entonces, de mi edad, viajera estival insistente.

Se supone que viajar, como leer, es un valor absoluto. Viajar es muy bonito, se aprende mucho, me decía hace poco una amiga. Pero así como de libros hay de malísimos e infumables en los viajes también existe una gran diversidad. La juventud del presente ya vive el viaje de una forma muy distinta porque el mundo se ha empequeñecido y existe la posibilidad de ir incluso a estudiar al extranjero, pasando en algún lugar un tiempo dilatado, conociendo a la gente, haciendo amigos. Tenemos personas de todo el mundo alrededor trabajando, sus países han perdido exotismo cuando nos hemos tropezado con sus habitantes en la vecindad. ¿Qué China nos interesa más, la del circuito turístico convencional o aquella dónde habitan los abuelos del compañero de escuela de nuestro nieto o los padres de la dependienta del Bazar del barrio?

La masificación abusiva del viaje ha coincidido con la facilidad para fotografiarlo todo, sobre todo para fotografiarse uno mismo con un paisaje detrás que certifique nuestro paso por algún lugar. Barcelona fue durante años una ciudad vacía en verano, a los turistas de sol y playa se les daba un garbeo por Montserrat, por la Rambla, poca cosa. No sé cómo pero se consiguió de forma bastante rápida ese éxito actual que ha contribuido a la destrucción de tantos espacios para reconvertirlo todo en un parque temático como pasa en un montón de ciudades y pueblos en los cuales una cosa es la vida cotidiana y la otra ese disfraz cotidiano para turistas, parecido a una feria de esas medievales o modernistas o romanas que también han proliferado en los últimos años.

El espectáculo de los turistas es para mi más excitante que la visión de la ciudad que ellos puedan tener. Me gusta, incluso, con alguna reserva, ese movimiento de grupos de estudiantes, de jubilados, de gente de tantas generaciones arriba y abajo, haciendo largas colas para subirse a los autobuses en los cuales se les cuentan cosas diversas y pintorescas. A nivel local también se han montado muchos itinerarios y rutas para ver de todo y para escuchar historias más o menos verdaderas, sobre curiosidades urbanas, hechos históricos, personajes famosos que pasaron un día por ahí, como en el caso de Chopin en Valldemosa, un clásico, o de Picasso en Horta de Sant Joan. Tragedias horribles como la Batalla del Ebro han despertado la curiosidad turística algo morbosa y han generado turismo y fomentado la gastronomía rural y el vino comarcal. Lo que no es cierto se inventa, como en el caso de la mal llamada Vampira del Raval. A veces, en alguna visita, te sale gente disfrazada, lo llaman teatralizaciones y la actividad da trabajo a actores en paro.

Los museos, esos zoológicos de lo que llamamos arte se llenan cada día más y, como en la tele, las audiencias son lo importante. Antes ibas al museo a ver cuadros que conocías a través de malas reproducciones en aquellas enciclopedias escolares en blanco y negro, hoy muchas de esas cosas se pueden contemplar bien en diferido, a través de internet, pero no es lo mismo o parece que no es lo mismo. Quién puede ya no viaja en la temporada alta, aunque con tanto jubilado y estudiante viajero todas las temporadas parecen ya bastante altas. Lo peor es que alguien va quince días a los Estados Unidos y vuelve siendo un experto en americanismo y en cómo es la gente de por allí. Hay personas que quieren ver lo que ve todo el mundo y gente que quiere ver cosas poco vistas. Los viajes, en general, hay que contarlos, como los ligues, porque en el fondo todos tenemos cierto grado de exhibicionismo. 

Un personaje de Ana de las tejas verdes, una profesora solterona que al final se vuelve amable e incluso consigue un pretendiente, le dice a la protagonista, mostrándole un álbum con láminas, ya sé que eso existe pero quiero verlo. Al final parece que no lo verá pero que encontrará esa felicidad amable y cotidiana accesible a las almas tranquilas y en paz. De todos los viajes posibles los viajes interiores son los más recomendables. La crisis económica ha reducido las aspiraciones viajeras de una parte de la población, cosa que hay quién vive con cierta amargura. Incluso los viajes escolares parecen imprescindibles y también se ha pasado en estos casos de ir a Mallorca a trasladarse, si se puede, a Londres, a París. 

Cada cual tiene sus gustos y se gasta el dinero en lo que quiere y puede, claro. Yo, ahora, me he vuelto poco viajera pero, quién sabe. Conozco gente mayor que yo que viaja de forma algo compulsiva, con el temor de qué ese viaje sea el último, en un sentido turístico, claro, y no machadiano. El último viaje siempre llega, metafóricamente hablando. A menudo somos como unas monas de un cuento de Rodari que creen que han viajado mucho y lo que han hecho es ir dando vueltas en un tiovivo. Al fin y al cabo nuestro planeta es un gran tiovivo, incluso puede que todo el universo no sea más que unos inmensos caballitos de feria.