domingo, 29 de enero de 2017

METÁFORAS CERCANAS

Resultat d'imatges de Loving

Puede verse estos días en los cines la película Loving, aunque parezca que el titulo hace referencia al amor de la pareja protagonista, Loving es el apellido familiar de una pareja normal y corriente, situada, por circunstancias que no han buscado ni deseado, en el centro de un debate que acabó por sentar jurisprudencia.

La historia es sencilla, previsible y cuenta un caso real, además. La película se beneficia de ese trabajo excelente de los actores que la protagonizan, poco conocidos hasta ahora. A la dama ya la han nominado para los óscars, según creo. Pero la historia, a mi entender, se queda corta, se centra demasiado en esa familia tan convencional, en sus problemas, en ese peso excesivo que consiste en ser héroe a la fuerza. 

Me ha faltado contexto. Aquí la policía no es excesivamente mala, ni ese juez local, tan gris, tiene malas intenciones. Quieren que se cumpla la ley, que contemplan desde un prisma de su propia lógica. Queda solamente esbozado  ese núcleo pueblerino, en el cual convivían negros, blancos, indios, en años difíciles y en el cual creció, parece que feliz, esta parejita. También se profundiza poco en esos cambios de los sesenta, de mentalidad en tantos campos, que fueron más radicales en los Estados Unidos que en ese París del sesenta y ocho que se puso las medallas. Incluso la buena gente, negra o blanca, que forma parte del círculo cercano de los protagonistas, no entiende como esa pareja ha sido tan imprudente o ingenua y se ha metido en ese lío. ¡Qué ganas de complicarse la vida!, cuántas veces hemos oído eso cuando un ataque de coherencia nos ha empujado a enfrentarnos con la mayoría.

Es habitual pensar que si no haces nada malo no te va a pasar nada malo pero la vida no es así. El policía local que los detiene incluso los disculpa, ese albañil, rudo, trabajador y bonachón, nació en el lugar equivocado, sin saber qué era bueno o qué no lo era. Des de su punto de vista, el hombre tiene sus razones, aunque parezcan surrealistas, contempladas desde nuestro presente. Nos condiciona el lugar en qué nacemos, sin elegirlo, la época, la ideología familiar, todavía más la ideología de nuestros amigos, de nuestros compañeros de estudios. Nos condicionan la política, la televisión, las consignas de los expertos, los dogmas renovados, los médicos, los maestros, los periodistas de culto. La libertad de opinión es, en realidad, un espejismo con matices.

Hace años, aunque no tantos, cuando las guerras en los Balcanes, una pareja yugoslava explicaba su experiencia por televisión, estaban muy enamorados pero sobre ellos se cernían presiones inmensas, habían crecido sin problemas bajo una misma nacionalidad y ahora familiares y amigos querían que tomasen partido. Ellos también se sentían patriotas, en cierto modo, un serbio y una croata, qué cosas. No querían renunciar a esas inquietantes señas de identidad que nos etiquetan territorialmente. Ignoro como acabó su relación, eso tiene la tele, que a menudo no sabemos el final de las historias que nos cuentan y que nos conmueven. 

Sin duda en esos casos, desde fuera, desearíamos que esas parejas se largasen a otro lugar más amable, pero las cosas no son tan sencillas. La protagonista de la película siente nostalgia de su pueblo, quiere ver crecer a sus hijos allí. El hombre, lo mismo. Los lazos familiares son un peso pesado, tienen sus virtudes pero también sus condicionantes negativos. Sin llegar a esos extremos, de momento, percibo por aquí con inquietud esa tendencia galopante a potenciar lo que nos separa y no lo que nos une, pero, por otro lado, también lo que nos une consigue que la convivencia pacífica sea una realidad admirable en ese tiempo de cambios de población y diversidades culturales cercanas. Las grandes tragedias colectivas han sido provocadas tanto por lo que separa como por lo que une o debería unirnos aunque fuese a la fuerza, claro.

Con el franquismo crecimos siendo españoles a la fuerza, sin embargo, el gobierno y la sección femenina potenciaban la regionalización folklórica. Una amiga maestra, como yo, recordaba que de pequeña, en Andalucía, aprendió alguna canción catalana, gallega, con eso de las damas educadoras del régimen y sus currículums. Me temo que ahora, nada de nada, al menos de forma generalizada. No defiendo el franquismo ni aquellas miserias, me lamento de qué se haya perdido cierto espíritu integrador que consiguió que, por ejemplo, se vendiesen bastantes fascículos de un coleccionable que se llamaba España, qué hermosa eres. Ahora se viaja a las antípodas con facilidad pero cuando la gente empezó a comer caliente y a comprarse cochecitos existía una cierta idea ligada a círculos turísticos concéntricos, primero debíamos conocer Catalunya, después, España, y más adelante, si se podía, debíamos salir al extranjero, empezando por Francia.

Durante el tardofranquismo y la transición algo se hizo, existían unos libritos encantadores, destinados a las escuelas, con leyendas, tradiciones y canciones de toda la península. Alguna editorial progre editaba libros de lectura dónde podías encontrar textos para niños en todos los idiomas hispánicos, con su traducción al castellano, por si acaso. Aquello duró menos que la primavera de Praga. Los tiempos han cambiado y a mi me parece que se han complicado cosas sencillas, las escuelas, los hospitales, lo que sea, funcionan a base de eso que llaman protocolos y que hace que cuando pasa algo se tenga a mano una cabeza de turco a quién culpar. 

La potenciación de lo qué separa se manifiesta, sobre todo, en el tema lingüístico, en el cual somos unos grandes analfabetos. Hay gente del oeste europeo que se entiende, literalmente, hablando, pero para diferenciarse a fondo unos usan el alfabeto cirílico y otros, el latino. Con la mayoría de los hablantes de las lenguas derivadas del latín nos podríamos entender perfectamente, hablando despacio y con algo de buena voluntad. Muchas de esas lenguas, sin embargo, han elaborado unificaciones destinadas a decir, desde arriba, qué está bien y qué no lo está, suprimiendo con menosprecio variedades dialectales interesantes. Los medios de comunicación han conseguido o están consiguiendo esta unificación mucho mejor que las escuelas o las leyes contundentes. 

Hace años se hablaba de la Europa de los pueblos, pero continuamos con la Europa de los estados, los estados gozan de buena salud, al menos por aquí. Sin embargo, nunca se sabe. Todo es frágil. Los Loving consiguieron que se reconociese su matrimonio pero me temo que los prejuicios extraños, ligados incluso a interpretaciones bíblicas sobre razas y diferencias, no desaparecieron nunca del todo y esas supervivencias explican, en parte, eso de Trump, quién, entre otras cosas lamentables, va a mandar construir un muro colosal, cómo son los americanos, aquí los contemplamos con cierta distancia elitista, incluso. Oigo hablar estos días de los supuestos valores europeos cuando aquí tenemos montones de muros y el continente se ha bañado en sangre por todas partes hasta hace, como quién dice, cuatro días.

Cada día entiendo menos cosas como el patriotismo. Caes dónde caes y te crees, al menos durante un tiempo, que a veces es bastante largo, lo que te enseñan y te cuentan, ya que, como escribió el poeta, la cuna del hombre la mecen con cuentos. Con cuentos en el sentido peyorativo de la palabra, claro, cuentos chinos, cuentos de Calleja.

Uno de los personajes de El camino, esa tendera rancia, de conciencia escrupulosa, se acusa cuando no sabe de qué acusarse, en el confesionario, de que si hubiese nacido en Inglaterra sería protestante, ya que el cura le confirma que de haber nacido allí posiblemente su religión fuese aquella. Parece una anécdota banal pero a mi me parece de una gran profundidad, hay quién cree que nunca hubiese sido nazi, a pesar de vivir en el nazismo, pero la historia más bien demuestra lo contrario e incluso evidencia que es relativamente habitual convertirse a la religión de los que mandan, sobre todo cuando la conversión nos procura beneficios evidentes, aunque perjudique a otros. 


domingo, 15 de enero de 2017

CANTANDO Y BAILANDO, ENTRE ESTRELLAS Y ESPERANZAS JUVENILES

Resultat d'imatges de LA LA LAND

No he podido evitar ir pronto a ver La, la, land, por curiosidad malsana y porque mucha gente me la comentará estos días. Ya iba con cierta prevención. Ryan Gosling me gusta o me gustaba, aunque depende de los papeles que le dan, a veces se pasa con los mohines y esa moda de que el chico lleve un mechón de pelo grasiento delante de los ojos me pone nerviosa, lo siento, me dan ganas de sacarme un clip del bolsillo y recogerle la greña. Hace unos días me pasó lo mismo con el protagonista de Franz, antes eran las damas quienes se complacían en eso del pelo desgreñado pero parece que las tendencias contribuyen a esos despeinados intencionados de los galanes de nuestro tiempo.

De la protagonista, Emma Stone, sabía poca cosa. Tiene a su favor el aspecto de chica corrente con grandes ojazos. Lleva unos vestidos muy bonitos y no repite ninguno, que yo recuerde. Quizás a partir de la película vivamos una primavera con un retorno a aquella moda que potenciaba los colores del parchís, no sé si se acuerdan. Stone y Gosling bailan y cantan de forma relativamente aceptable, pero no son ni Ginger Rogers ni Fred Astaire. Antes se solía doblar a los cantantes, admito que eso hacía perder veracidad al conjunto y a veces no tenía explicación, Audrey Hepburn cantaba bastante bien y tuvo un disgusto cuando la doblaron en My Fair Lady. 
Resultat d'imatges de LA LA LAND
Ya había sido injusto prescindir en la versión cinematógrafica de Julie Andrews, quién cantaba de maravilla y que había triunfado en el teatro con la obra. A Audrey Hepburn había la manía recurrente de aparejarla con viejecitos, quizás por eso cuando en Dos en la carretera la aparejaron con uno de joven, Finney, no pudo evitar iniciar un romance con él, cosa que hizo enfadar mucho a su marido de entonces, Mel Ferrer.

Volviendo a La, la, land no le negaré méritos. Buena fotografía, buena ambientación, buena música, aunque no sea West Side Story, guiños  cinematográficos diversos, homenajes a los grandes de antaño, amor fino y elegante, sin ese sexo gratuito y explícito que nos emiten incluso en los telefilmes de sobremesa. Qué bonita esa escena del cine, cuando se tocan los deditos con emoción... 

Ese romanticismo se agradece pero algo no acaba de ser redondo, es algo relativo al guión, poco consistente. Se evita un final feliz de forma algo brusca, hoy parece que los finales felices son vulgares y deben ser evitados aunque sean, incluso, absolutamente coherentes con la historia. Ese final se ha visto como un mérito, yo no lo veo así, sobre todo porque esa elipsis de cinco años, precisamente cuando las cosas empiezan a irles bien a la parejita, está  algo introducida con calzador.
Resultat d'imatges de ryan gosling la la land
Claro que el director ha sido valiente, demostrando que en eso del musical quedan un montón de cosas por inventar y reinventar. Claro que yo ya soy un poco viejecita y me cuesta entusiasmarme, tenía unas chicas al lado que flipaban con la historia y salieron muy contentas. El cine estaba lleno del todo y hoy hace ilusión entrar en una sala de cine llena y no casi vacía, como esa en la cual la pareja ve Rebelde sin causa, del sobrevalorado, a mi entender, James Dean. No puedo decir que no pasase un buen rato, aunque el metraje, considerando la poca historia que se cuenta, me pareció excesivo. Dicen que tendrá muchos premios, ya los ha tenido. Veremos qué pasa en los óscars, aunque todo eso de los premios es relativo y el tiempo dirá. Una película que odié durante años, Grease, ahora me hace incluso cierta gracia cuando la vuelvo a contemplar, por la tele. 

Creo que la pareja protagonista debía haber unido esfuerzos y alternar el jazz, en esa sala recuperada, con teatro de cabaret o algo así. El director, Damien Chazelle, es muy joven todavía, un gran amante de la música y nos puede dar muchas sorpresas. Y sobre el final, al menos el pianista tiene su local y no es el viejo perdedor decadente de la novela de Vázquez Montalbán o de la canción de Billy Joel. Parece que los pianistas de ficción sufren mucho, en general, y viven atormentados. Intuímos que la chica, más o menos, es moderadamente feliz con su bebé, pero el pianista friéndose croquetas en soledad da mucha pena, aunque sea Gosling. O precisamente por eso.

domingo, 1 de enero de 2017

INTERIORES CON FIGURAS

Resultat d'imatges de gent dormint a terra a barcelona

Fotografia de Carlos Montañés, publicada en El Periódico

Una persona de mi entorno ha pasado por París hace pocos días, de camino a Praga, para visitar a su hija, que hace allí un Erasmus. No era la primera vez que estaba en la mítica ciudad pero me cuenta, conmovida, que ha visto familias enteras, con niños muy pequeños, durmiendo en la calle. París es una ciudad en la cual, en invierno, hace un frío que pela, inimaginable para los barceloneses, acostumbrados a la benignidad de la costa mediterránea. 

Mi percepción, que puede ser errónea, me dice que la gente que duerme en la calle se ha multiplicado, al menos en Barcelona. No todos son inmigrantes, hay gente del país, mucha. Hace años que vemos personas durmiendo en los cajeros de las entidades de crédito, hombres en una gran mayoría, aunque también hay algunas mujeres y fue una mujer la víctima de aquella gamberrada mortal perpetrada por un par de chicos de bona casa, hace años. Uno de ellos ha salido hace poco por la televisión y dice que está arrepentido. No entiendo la necesidad de manifestar de forma mediática esos arrepentimientos, valdría más que se dedicase, si la conversión es real, a trabajar por los marginados todo el resto de su vida, en silencio y de forma discreta, puede que lo haga, no lo sé.

Hay grupos de gente extranjera que van de un lado a otro, bebiendo y trasladando su inquietante suciedad por plazas y cajeros. Hace algún tiempo asistí a una charla muy interesante por parte de esa admirable gente de Arrels, nos contaron que eran gente de los países del Este, tan maltratados por guerras diversas y que desde hace décades generan víctimas desarraigadas y apátridas. 

En mi barrio hay una tienda de productos cárnicos que en su exterior tenía una especie de saliente en el cual se instalaban esas personas, bebían, comían, incluso copulaban allí. Ahora han puesto una reja que hace imposible el estacionamiento, no es extraño, ya que la situación, denunciada por los vecinos, parecía no poderse arreglar de ninguna otra manera. Y, de hecho, el ayuntamiento debe ser impotente ante esos casos, esa gente no ha desaparecido, se ha  instalado en plazas cercanas donde ahora es, incluso, bastante más visible que antes.

Hace algún tiempo había sucursales de La Caixa por todas partes. Hoy hay muchas menos, también se han reducido los cajeros automáticos y algunos no funcionan o se encuentran en un estado lamentable. Cada vez lo pagamos todo más a menudo con tarjetas, en el fondo se busca eso y reducir a casi nada el número de trabajadores, pero todavía hay mucha gente que prefiere el dinero constante y sonante. 

En esas vigilias de fiesta, además, parece que las oficinas, en general, cierran, aunque sean todavía esos, días laborables. En busca de efectivo me acerqué ayer a una oficina cercana, la puerta estaba cerrada, no se podía entrar, me temo que para evitar que esos marginados nómadas se instalasen en aquel espacio. Sólo había un cajero exterior, con una cola enorme esperando.

Me dirigí a otra oficina, una de muy grande, en la cual siempre suele haber gente sacando dinero y que cuenta con unos cuantos cajeros automáticos. Había cola también allí pero me esperé. En el interior había dos personas pernoctando, una de ellas incluso se había construído una especie de biombo de cartón, el hedor era insoportable pero hay pocas cosas insoportables en este mundo. 

En uno de los cajeros no se podia ingresar dinero, otro no funcionaba con la tarjeta y otro más estaba fuera de servicio. Una mujer me comentó que venía de otro cajero, cercano a su casa, en el cual no se había atrevido a entrar ya que dentro había un móntón de gente marginal durmiendo y nadie sacando dinero y que para entrar habría hecho falta pasar por encima de los residentes espontáneos. 

El centro de Barcelona, a determinadas horas, se llena de pedigüeños que parecen salidos de las novelas de Galdós o de las narraciones de la picaresca hispánica, jorobados,gente sin piernas, sin brazos, exhibiendo sus interioridades en pleno invierno, algunos parecen de plantilla, tienen su lugar y su horario. 

También a las puertas de los supermercados se instalan a menudo personas fijas que piden limosna o gente no tan fija, más intermitente. Por suerte ahora nadie pide con niños a cuestas, hace años el ayuntamiento, no sé como, consiguió acabar con aquella imagen triste y decadente. A determinadas horas se instala esa mendicidad en lugares como las escaleras de la Catedral, hay muchas mujeres, descalzas, vestidas de negro, con un bote en la mano. 

Lo peor es que nos hemos acostumbrado a todo eso. Hace años se podían ver fotos de las playas de Canarias en las cuales los turistas se bañaban o tomaban el sol mientras que a unos metros recogían algunos cadáveres de ahogados, fugitivos de miserias y guerras que nos son desconocidas y que los medios de comunicación nos cuentan poco y mal. 

La gente tiene, tenemos, mala conciencia, y sea o no picaresca lo que mueve la mendicidad moderna, de vez en cuando damos algo a esos mendigos del presente, por si acaso. Por eso tienen éxito esas maratones benéficas, esas recogidas de alimentos tan inútiles y absurdas, ligadas a la época navideña, parece que hacemos algo aunque no se haga nada o se haga poca cosa. 

Eso de las familias, supongo que de refugiados, malviviendo en París, me ha recordado aquel antiguo chiste, creo que de Chumy Chúmez, en el cual un pobre manifestaba que tenía ganas de irse al sur para no pasar más que hambre. Y es que pasar hambre y frío debe de ser horrible. Nuestros padres y abuelos pasaron eso y más pero parecía que todo iba a mejorar, aunque lo hizo a trancas y barrancas.

Durante mi infancia, en casa, a veces alababan la Barcelona de entonces, la del porciolismo, porque no se veian mendigos. No es que no existiesen, los había y a montones, pero los ocultaban o los mantenían alejados de los centros turísticos, aunque no tan turísticos como los actuales. Y es que en todo funciona aquella de ojos que no ven, corazón que no siente. Y ante la imposibilidad de arreglar nada o casi nada preferiríamos no saber. 

Sobre eso de la gente viviendo en la calle se habla de vez en cuando, según dicen no se les puede obligar a nada, la gran mayoría no son violentos ni se meten con nadie. Nos molesta su visión, su olor, su desarraigo y nos molesta nuestra propia impotencia y la de los poderes públicos ante esas situaciones que no entendemos y que son tan graves. No entiendo que ese turismo en alza no boicotee esas ciudades escaparate de nuestro presente y que continue esa feria absurda del consumo cultural a todo gas.

No sé ve y no se quiere ver. En todo caso, no nos engañemos, esos marginales no durarían mucho en lugares como el portal de la Sagrada Família o del Museo Picasso, por ejemplo. Se toleran en los barrios tolerantes, modestos, donde la gente de a pie también los tolera e incluso los respeta, aunque le molesten. Y, de forma puntual, en los portales de algunas iglesias, incluso de la Catedral. Un antiguo cuadro nos muestra el portal de la Sagrada Familia, en construcción, dando acogida a un montón de marginados de otra época. Es un cuadro de la época joven del gran Mir, muy conocido, La catedral dels pobres.



Tot es un cuento, repetian mis mayores a veces, ante las proclamas políticas o las propagandas vanidosa sobre lo que fuese.  Tenemos suerte si contamos con seguridad, ingresos suficientes, un techo, un espacio de referencia. Sin embargo la suerte está ligada al azar, al caos, a la casualidad. No nos la hemos merecido. Tampoco nos merecemos a los que mandan, aunque una conocida frase sobre el tema nos lo repita de vez en cuando. Sé que existe mucha gente preocupada por esas cosas que trabaja en la sombra, sin hacer ruido, con constancia y dedicación, incluso aunque consiga poca cosa. 

Sin embargo parece que hay miserias que no tienen solución, aunque los pobres de hoy no sean los de ayer, al menos, no siempre. De vez en cuando los ayuntamientos hacen algo y lo publicitan, claro. Pero me  temo que esos problemas no forman parte de las grandes prioridades de la política que nos ahoga. Eso sí, los intentos actuales incluso tienen nombre en inglés, housing first. Qué mundo, Facundo. Y es que si incluso pasa en París...

miércoles, 14 de diciembre de 2016

TRAMPOSOS, CARNAVALES Y PÍCAROS

Resultat d'imatges de los tramposos cine

Recueraba estos días una película de mi infancia con la cual nos reímos mucho, Los tramposos. Hoy algunas de sus escenas parecerían políticamente incorrectas, todo ha cambiado y nosotros, más. Sin embargo lo que no ha cambiado es la picaresca y la capacidad de la gente para engañar y dejarse engañar. A veces el engaño castiga al malo, como en el caso de ese timo famoso de la estampita, que se refleja en la película. Otras veces el engaño castiga a la gente de buena fe, de lágrima fácil y corazón tierno, impotente ante las muchas injusticias y desgracias que afligen al mundo y que desea hacer algo bueno.

Estos días ha aflorado el caso de un padre estafador, que recogió un montón de dinero publicitando la enfermedad de su hija y pidiendo dinero para hacerle un tratamiento en el extranjero. Eso de los tratamientos caros en el extranjero, sobretodo en los Estados Unidos, es un clásico, sólo que hoy la medicina ha evolucionado y la mayoría de veces los tratamientos se pueden hacer por aquí. Un libro que llegó a ser un best seller infantil en catalán, El zoo de Pitus, jugaba con esos buenos sentimientos y con eso de tener que hacer un tratamiento médico no sé dónde. 

Algunos medios periodísticos se hicieron eco de ese caso de la niña enferma y de la solidaridad de los habitantes del pueblo de la familia y de los de alrededor. Cierto que la gente fue crédula pero a menudo se tiene una fe excesiva en los que pertenecen a la profesión periodística, en la cual hay de todo, como en todas las profesiones, aunque existe un corporativismo inquietante cuando se detectan errores de bulto. Pocas veces los de una profesión de prestigio admiten  errores y todos sabemos casos en los cuales, por ejemplo, un médico te admite en privado el error de un colega pero te advierte de qué no lo dirá en público por razones obvias que a menudo no son tan obvias. 

Cuando un caso de esos lacrimógenos sale por la tele, tiene un plus añadido, sobre todo si es en un programa supuestamente serio. Hoy el caso del progenitor aprovechado y la niña enferma se ha destapado, está en los tribunales y ahí debería terminar el tema para el gran público, pero cada día nos machacan con más detalles sobre el padre, la madre, la niña y el dinero estafado, esos detalles no atañen demasiado a aquellos que nos vendieron el tema y que son los mismos que hoy nos cuentan a bombo y platillo las miserias internas de la familia estafadora. 

Hace años recuerdo que eran frecuentes programas a los cuales se llevaba a presos supuestamente rehabilitados, uno de esos presos mediáticos se quejaba casi llorando de qué no encontraba trabajo, le llovieron ofertas y se supo, de forma algo vergonzante, que volvió a delinquier en el puesto de trabajo que se le había ofrecido. Los presos rehabilitados de verdad no suelen ir a esos programas, intentan hacer su vida con discreción.

Por el país nos pasearon durante años a un señor que representaba a una asociación de supervivientes de los campos de exterminio. Resultó que el señor no habia estado nunca allí y lo peor es que mucha gente importante lo sabía y permitía aquello para no desestabilizar a la asociación. Incluso se criticó al primero que puso en duda la historia que aquel señor contaba porque no era catalán, y es que caemos en cosas tan ridículas que no vale la pena ni comentarlas. 

Los perodistas, algunos, pueden informar mal y engañar y pueden no citar sus fuentes, pero si tú dices algo sobre los periodistas sin citar tus fuentes, los de la profesión se ponen nerviosos. No quiero generalizar, ya que hay muchos periodistas honrados y un gran número de jóvenes periodistas en paro o trabajando con contratos basura bastante lamentables, todo un tema que merecería una denuncia seria por parte de la misma profesión si no fuese porque arriesgarse es peligroso, en una época en la cual los grandes grupos remenen les cireres. 

La Navidad es una época en la cual no nos hemos librado del recurso a la lagrimita y a la solidaridad mal entendida. Lo siento, pero odio esas parafernalias de las maratones y de la recogida de alimentos, creo que todo debería solucionarse de otro modo, con ingresos de dinero habituales, com impuestos dedicados al tema, de forma anónima y sin tanta tontería, y sobre todo, sin espectáculo. Me parece toda esa solidaridad navideña de otra época, de la de aquel monumento de película que es Plácido. Nos educan sentimentalmente a base de eso de la lagrimita y luego sale un aprovechado y nos engaña con mucha facilidad. 

Hay quién tiene confianza en la gente a causa de la impresión que le produce, de forma absolutamente subjetiva. El aspecto físico y el carisma personal tienen un gran peso en esas valoraciones. Por ejemplo, es habitual una excesiva valoración sobre la sinceridad de las personas que te miran a los ojos. Hace algún tiempo escuché el testimonio de un periodista sobre un político, hoy caído en desgracia, pero al cual en sus buenos tiempos bailaban el agua muchos tiburones de los medios de comunicación. Contaba el periodista que el político le confesó en privado que una de sus estrategias era eso de mirar a los ojos cuando decía algo que, obviamente, no era verdad o era una media verdad. El periodista, una persona con años y experiencia, podía habernos prevenido sobre el político en su época de esplendor y no cuando se había puesto en evidencia que eso de las miradas convincentes era, a menudo, puro teatro. 

Claro que hay políticos honrados que son malos políticos y políticos corruptos que funcionan, de la misma manera que hay buenos mecánicos de coche que pueden ser malas personas pero eso no justifica que les riamos las gracias y que no aspiremos a encontrar un buen mecánico honrado.
Resultat d'imatges de el gran carnaval cine
Ahora que la filmoteca ofrece un ciclo sobre el centenario Kirk Douglas se podrá ver esa película emblemática, como tantas en las cuales trabajó el actor, El gran carnaval, y es que eso de todo por la audiencia al precio que sea viene de lejos. La picaresca se mueve a todos los niveles, desde los más humildes y marginales hasta los más elevados, por encima de personas que parecen libres de toda sospecha hasta que las sospechas se convierten en evidencias y, lo peor de todo, sabemos que no sólo nos engañó el estafador sino también ese inquietante enterado de prestigio que ya sabía qué pasaba y que despues presume de haberlo sabido.

Un poco como esas mujeres burladas por su pareja a las cuales, una vez separadas del adúltero, mucha gente del entorno confiesa que ya lo había visto por ahí con la otra en más de una ocasión, y a las cuales afecta más la traición de las amigas informadas que la infidelidad, ya que encima de engañada, pareces tonta. Y muchas veces el ridículo és más doloroso que el engaño.


lunes, 5 de diciembre de 2016

ESE AZAR QUE NOS MANIPULA

Resultat d'imatges de elecciones en austria


Conozco buena gente que estaba muy preocupada, estos días, por si en Austria llegaba al poder, o a eso que se llama poder, la extrema derecha. No ha sido así, de momento, pero que duda cabe de qué esa extrema derecha que parecía una reliquia, que incluso intentaba no parecer lo que era y hacía extrañas concesiones populares, cada vez resulta más descarada, evidente y atractiva para mucha gente que se ha desengañado de una izquierda obsoleta e inoperante, que se está reinventando sin conseguirlo.

Nos preocupa el futuro europeo, el de la sociedad del bienestar, aunque por muy mal que nos vayan las cosas, de momento nuestra inquietud y nuestras penas tienen poc a ver con las de tantos otros, refugiados, víctimas de las guerra, niños explotados aquí y allí, lejos, sí, pero a pocas horas de avión. La extrema derecha tiene futuro porque incide en nuestra situación individual, uno de los libros más lúcidos sobre el nazismo, Observaciones sobre Hitler, no lo escribió un historiador sino un periodista, Haffner. Hitler llegó al poder porque, de entrada, solucionó o pareció que solucionaba el problema inmediato del pueblo, la pobreza y la falta de perspectivas. Luego todo fue a peor, pero eso suele suceder con los cambios y no tan sólo con los de derechas. El poder tiende a abusar y por eso todavía el sistema tradicional de democracia europea es el menor de los males.

A todo eso le podemos sumar resquicios ancestrales, prejuicios vigentes aunque disimulados o dormidos pero a punto para poder despertar cuando haga falta. Leí y comenté en una web literaria, hace algún tiempo, El lado vacío del corazón, de Erich Hackl. Es uno de esos libros del presente en los cuales se presentan en forma de novela casos basados en testimonios reales. 

El libro incide en muchos temas pero lo que más me inquietó es el hecho de que un nieto de los protagonistas padeció acoso laboral insistente y cruel, en Austria, a causa de una suposición, le creyeron judío. No lo era pero había confiado a un compañero del trabajo la muerte de su abuela en un campo de exterminio nazi. Su abuela, una víctima inocente como tantas otras, fue a parar allí a causa de la militancia comunista de su marido, mientras que el marido consiguió escapar a la persecución e incluso volvió a formar otra familia, con el tiempo. La vida, en ocasiones, es absolutamente injusta. Ese acoso laboral que el libroe nos narra no sucedió en el pasado sino a mediados de los noventa. 

La gente humilde de nuestras barriadas suburbiales convive, de momento en paz, con todo ese gran volumen de immigración de todo el mundo. A veces debemos reflexionar sobre lo que funciona bien y creo que esa situación, de momento, se sortea en nuestro país de forma bastante positiva, gracias a las escuelas públicas y a los buenos sentimientos de mucha gente humilde, incluso aunque se escuchen barbaridades de vez en cuando, de forma inevitable. Las clases medias llevan a sus hijos a colegios dónde los forasteros son minoría privilegiada y aún así a veces incluso presumen de llevarlos a escuelas públicas. La escuela la determina el barrio, más allá de su filiación de pública o privada, sobre la cual cierta izquierda hace a menudo populismo barato.

Sin embargo existen barrios conflictivos y gente conflictiva, que duda cabe. Ya existían cuando no había esa immigración sinó sólo la interior y tan sólo hace falta darse una vuelta por eso que se llamó cine quinqui. El buenismo de eso que todavía insiste en autollamarse izquierda nos recuerda que no debemos ser racistas ni nada de eso, claro, y disfruta organizando encuentros multiculturales muy bonitos. Me ha llegado una propuesta navideña de algunas escuelas públicas sobre el tema de las migraciones, como siempre la cosa va de pintar palomitas y hablar a niños demasiado pequeños de cosas que no pueden entender. Tenemos mala conciencia de vez en cuando y hay que hacer alguna tontería de ese tipo para poder pensar que hacemos algo. Cuando trabajaba en la escuela participé en movidas parecidas a favor de la paz, en contra de la guerra de aquí o de la guerra de allá. Como los sindicatos eran bastante antiamericanos siempre tenían más éxito las propuestas en contra de guerras en las cuales estaban implicados ellos. 

Una tendencia vigente desde los tiempos del pecado original consiste en culparnos a nivel individual de lo que sea y en insistir en qué a nivel individual se puede cambiar todo. Incluso nuestra salud depende, en teoría, de nuestras opciones personales. La realidad es tozuda y nos demuestra que todo se nos escapa como agua en un cesto, en nuestra vida personal y en la colectiva. No hay dioses que muevan el mundo a su antojo, ni siquiera los grandes grupos de poder pueden con todo. En el transcurso de la historia han sucedido cosas absolutamente imprevisibles. Cuatro días antes del estallido de la primera guerra mundial se escribían artículos de expertos insistiendo en qué tal como iba el comercio y la economía era imposible un disparate como aquel. Incluso en nuestro país nadie creyó antes de que la guerra civil fuese a durar tres largos años, con el añadido de los cuarenta más de franquismo. Por eso es tan habitual jugar con fuego.

La vida es demasiado corta para tener una perspectiva real del mundo y de la gente y después los libros de historia interpretan los hechos según ideologías del presente e intereses diversos. Cuando las cosas van bien es muy humano sentirse orgulloso. Todavía hay quién me insiste en tonterías como eso de qué los hijos salen como salen a causa del peso familiar. En mis largos años en la escuela he visto de todo, familias horribles, crueles o ignorantes con hijos estupendos y buena gente con mala suerte, hijos con mal carácter o que han tirado por el mal camino. Cuando las cosas van mal la culpa es externa, tus padres no te ayudaron, tuviste malos maestros, el gobierno era facha. 

Sin duda todo pesa en nuestra vida pero un montón de cosas dependen del azar, del momento, de la casualidad. No somos para nada, o muy poco, dueños de nuestro destino. Puedo cuidarme mucho la salud, salir a la calle, darme un mal golpe y quedarme tetraplégica, por ejemplo. Ante eso existe otro tipo de reacción colectiva destinada a vendernos el espejismo de la superación, aunque tengas problemas graves o noventa años puedes hacer deporte, estudiar, o practicar sexo, que para eso se genera una industria oportunista que nos vende vitaminas, lubricantes e implantes dentales.

En su poema más famoso Gil de Biedma, un personaje a mi entender sobrevalorado en muchos aspectos, dice aquello tan repetido de que la vida pasa, la verdad asoma y envejecer y morir es el único argumento de la obra. Claro que unos envejecen y mueren en la miseria y otros en la abundancia y en un buen hospital o residencia y no es lo mismo. A nivel colectivo los países felices y con suerte, puede ser que gracias a una determinada situación geografica, se sienten orgullosos de su nivel de vida, claro, parece que ese mérito colectivo se puede trasladar a un nivel individual, se lo han ganado. Con esa idea se acuñó esa frase de qué los países tienen el gobierno que merecen. Eso sería cómo decir que tuvimos la familia que merecíamos, los hijos que merecíamos, pero no es así y creerlo nos ahoga en una especie de culpa, de inquietante pecado original y acabamos por cargar con ese peso absurdo.

Claro que tenemos responsabilidades pero también cuenta en nosotros el azar genético, el azar circunstancial. Un actor, un escritor, un cantante, un loquesea, tienen éxito si están en el momento oportuno en el lugar adecuado, si por casualidad conocen a gente que los puede promocionar, pero el éxito y el fracaso estàn magnificados y queda muy bien aquello de qué lucharon mucho para conseguir nosequé. No desprecio el esfuerzo personal pero no hay que poner en él excesivas expectativas, hay personas que han luchado mucho y han conseguido poco o nada y gente que ha nacido con suerte, con la flor al cul, como decían en mi casa, en catalán.  

A nadie, al nacer, le preguntan dónde quiere hacerlo, qué lengua quiere hablar, en qué familia quiere caer. Por eso sentirse orgullosos de una familia, de un país, de una lengua, de un pueblecito, no tiene mucho mérito y tampoco tiene sentido. Sin embargo, resulta inevitable contar con esos lazos afectivos y sentirnos implicados en ese contexto próximo, que a veces se hace extensivo a algo más. Pero esos afectos llevados al límite nos pueden convertir incluso en fascistas, cuando lo nuestro olvida lo suyo. Fascistas subliminales, claro. Tampoco todos los fascistas subliminales son iguales, los hay que lúcidamente son conscientes de ese fondo no deseado e intentan que no aflore de ninguna manera, movido por propagandas brillantes y atractivas. 

Las soluciones serias a los problemas del mundo no existen, aunque tengo la sensación, quizás subjectiva, de que a trancas y barrancas algo hemos avanzado, al menos en teoría. O quizás es que estoy en mi casa, calentita, con la estufa al lado, convencionalmente feliz y no quiero pensar demasiado en problemas para los cuales no tengo solución, en tanta gente que ahora mismo, sin comerlo ni beberlo, anda por esos caminos del planeta buscando amparo y refugio, con sus niños a cuestas, sin perspectiva ni futuro. Un personaje del pasado lúcido, brillante, algo cínico y poco conocido en profundidad, Santiago Rusiñol, escribió que para salvar a un amigo nos importaría poco que muriesen un montón de chinos desconocidos. Lo mismo le pasaría a un chino con su amigo, respecto a nosotros. Somos humanos y en eso reside nuestra grandeza, nuestra miseria y nuestra fragilidad.

lunes, 28 de noviembre de 2016

EL CINE QUE ENVEJECE CON NOSOTROS

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La Filmoteca de Barcelona dedica un ciclo a Maurice Pialat, un director hoy algo olvidado. Pialat fue también guionista y actor. Sólo he podido ver, hasta ahora, Nous ne vieillirons pas ensemble. Fue esta la seguna pel·lícula de un director original, con una obra diversa y personal que en la actualidad es poco recordada, con alguna excepción. En esta película trabajó con dos actores entonces bastante conocidos, Madeleine Jobert y Jean Yanne. Yanne fue un hombre extraño, polifacético, genial, murio en 2003 dejando según parece a su última pareja con un niño pequeño y pocos recursos econòmicos. Madeleine Jobert continua en activo, es también escritora de libros infantiles y poeta.

A la película que menciono, del año 1972, con un título casi poético y que, según contó el director en otros tiempos tenía elementos autobiográficos, le han pasado los años en muchos aspectos, no tanto en los artísticos sino en aspectos costumbristas, como el trato dado al personaje femenino. El protagonista, casado y distanciado, aunque convive con su esposa, tiene desde hace años una amante joven a la cual maltrata psicológimente y también, de forma puntual, físicamente. Ella lo aguanta todo sin chistar, se va y regresa, él hombre incluso la echa, literalmente, de su lado, y luego la busca de forma insistente. Hasta que los papeles se intercanvian y es él quién está dispuesto a cambiar y a casarse cuando ella lo rechaza y se casa con otro. 

Ese hombre, no demasiado trabajador, cineasta rudo, tiene, sin embargo, tintes de ternura potenciados por un buen trabajo de actores. Pero estamos en el siglo XXI y tratar así a las chicas parece ya prehistórico. Viendo esas películas que fueron de culto, muy modernas en su época, se percibe con perspectiva como el tema de la mujer ha evolucionado en un espacio relativamente corto de tiempo. Tampoco el matrimonio es ya algo deseado de forma general ni quiere decir casi nada. 

En el trato dado a las mujeres se podría incluir el trato dado a las actrices, sobre todo a las actrices jóvenes. Estos días han salido a la luz en algunos medios unas declaraciones de Bertolucci sobre como trataron él y el inefable Brando a Maria Schneider, entonces una joven de diecinueve años, en el rodaje de El último tango en París. Schneider tuvo una vida complicada, aunque siguio trabajando, más o menos, murió de cáncer en 2011. La leyenda sobre la actriz insiste en el abandono de su padre, el actor Daniel Gelin, y en el trauma que representó aquello de la mantequilla, que tantos furores cinéfilos despertó en España, completados con excursiones a Francia para poder ver la película, una película absolutamente triste, como la mayoría de las de Bertolucci, un director que me pareció siempre bastante sobrevalorado.

Sin embargo muchas actrices jovencitas con infancias difíciles superaron esas cosas, Sandrine Bonnaire fue prácticamente descubierta por Pialat cuando era una adolescente e interpretó a un personaje excesivo para su edad en A nos amours. También tuvo una infancia triste y ha sufrido problemas serios, como una agresion en la cual le rompieron la mandíbula, poco explicada. Sin embargo ha llevado, más o menos, una vida convencional. Hay cierta afición a la mitología de los juguetes rotos, de los niños y adolescentes explotados en el cine, aunque a menudo se les ha explotado y se les explota, también, fuera del cine. La televisión ha ofrecido estos días un ciclo de lo que se ha venido en llamar cine quinqui, y en esas películas surgen muchos rostros desparecidos en aquellos años de la droga mitificada, mitificada incluso en canciones de esas movidas que hoy parecen tan chulas. 

Andrea Albani/ Eulàlia Espinet fue, por ejemplo, una chica normal de una familia normal de mi barrio. Hizo algo en el cine, no tenía formación pero sí instinto, sin embargo no  acertó, intervinó en películas casi porno, sufrió los efectos de la droga en aquellos ochenta tan peligrosos y murió en 1994, con trenta y cuatro años, posiblement a causa del SIDA. De joven tienes poca experiencia y a veces mucha vanidad y ganas de experimentar, hay quién supera esos incendios y sobrevive y quién no. Y también hay quién se aprovecha de esos jóvenes, no siempre son chicas, también adultos del sector se aprovecharon de chicos adolescentes y muy jóvenes. Hoy, al menos, existen más oportunidades de formación para los futuros actores, todo ha cambiado bastante.

La protagonista de Nous ne vieillirons pas ensemble, aunque sea una especie de víctima, también acaba por irritar ante su incapacidad para hacer nada positivo, más allá de contar con una pareja que la mantenga. El hombre se lo echa en cara en una ocasión, de forma brutal, pero ella parece no reaccionar. Muchos papeles femeninos de hace años, quizás también en la actualidad, aunque menos, responden a fantasías eróticas masculinas, me temo. De aquel cine francés, que hoy parece casi eróticamente inocentón, nos llegaba poca cosa, a causa de una censura rancia y absurda que comenzaba a hacer aguas en 1972. 

Marlon Brando me parece hoy peor actor de lo que creía, bastante histriónico, aunque me temo que su extraña biografía cuenta bastante en esa valoración presentista. También tuvo una infancia complicada pero con eso no podemos justificarlo todo. Es extraño como el tiempo cambia nuestra percepción de casi todo, gracias al cine podemos recordar, con imagénes en movimiento, un pasado que tan sólo con la escritura no podríamos recuperar.

martes, 22 de noviembre de 2016

SOBRE LIBROS, LECTURAS Y TENDENCIAS

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Todavía leo y escucho a menudo manifestaciones incondicionales a favor de la lectura, así, en general y en abstracto. Sin duda leyendo se aprende y todo eso, ¿quién puede negarlo? Sin embargo la lectura siempre fue, y lo sigue siendo, algo ambiguo, como todo producto cultural aunque tampoco sabemos del todo qué es la cultura. Hay gente que cree que hace cultura porque va a visitas comentadas a los museos, a itinerarios históricos o consume grupos de lectura de esos en los cuales incluso ya no hace falta ni comprar el libro porque te lo prestan en la biblioteca. Me recuerda a veces, tanta cultura, a aquellas monas de un cuento de Rodari que creían que viajaban porque daban vueltas en el tiovivo. Sin embargo, todo es relativo, incluso dando vueltas en el tiovivo se puede viajar, ya que el paisaje cercano, sobre todo el paisaje humano, cambia y se modifica.

Con la lectura se ha adoctrinado a fondo, en política, en religión. No es extraño que mucha gente aprendiese a leer, hace años, en lugares doctrinarios, la sociedad anarquista, la parroquia. A leer, cuando no había escuelas convencionales, se aprendía, precisamente, al ir a doctrina. O a costura, como en esa canción tradicional catalana: la Mare de Déu, quan era xiqueta, anava a costura, a aprendre de lletra. 

Se pueden leer muchas banalidades. En una época sin televisión, casi sin radio, se leían novelitas de consumo, aunque entonces no existía este concepto, cosas distraídas, para pasar el rato sin complicarse demasiado la vida o para sufrir con las penas de los demás. Cuando yo era pequeña había establecimientos entrañables con cajones llenos de novelitas de bolsillo, de género: de amor, de misterio, del Oeste, de guerra... Luego hemos sabido que escritores de cierta categoría se dedicaban a esa literatura para sobrevivir. Una autora de novela rosa de consumo, Corín Tellado, merece mucha más importancia de la que se le ha concedido. 

Hoy muchas novelas banales se disfrazan con hermosas cubiertas, a menudo reproducciones de cuadros de culto, de culto efímero, que hacen que encontremos por todas partes, por ejemplo, esa conocida imagen de Hopper con la dama solitaria en el hotel perdido, que hoy puede verse en versión original en el CCCB de Barcelona. La tipografía ha mejorado mucho, no así el papel, que suele ser sencillo y que con el tiempo muestra sus debilidades. Tampoco la crítica literaria es lo que debiera ser, pues muchos escritores son periodistas y su grupo empresarial de prensa suele tratarlos bien. Y además, en muchos casos, cuentan con su propia tertulia televisiva. 

Para todo hacen falta conocidos, relaciones para publicar y, más importante todavía, para para que se sepa que has publicado algo. Cuando un libro se promociona de forma intensiva lo lee todo el mundo y si dices que no te ha gustado te miran de forma rara, esa esnob... ya está con sus tonterías. Estos días nos están machacando con el nuevo de Ruíz Zafón, hace poco con la segunda parte de esa Catedral del Mar. Qué suerte vender tanto, qué suerte que te den el Nobel. Al fin y al cabo para vivir hace falta dinero y, no nos engañemos, vender quiere decir, aunque no siempre, cobrar un dinerito. Y en este mundo nuestro poderoso caballero es don dinero y quién triunfa tienen la popularidad asegurada, sea en el campo que sea.

Los premios literarios antes eran un trampolín, más o menos, pero hoy también están sujetos a muchas servidumbres e intereses, sobre todo, los premios gordos. Un compañero de escuela de mi hijo, Iván Vallejo,  que escribe muy bien ganó un premio en León, bastante bien dotado para la época actual, dos mil euros, que son bastante más que un sueldo medio actual, con un libro de narraciones breves. En aquella ciudad le publicaron alguna reseña, yo hice lo mismo en mis blogs y en una web cultural con la cual colaboro de vez en cuando. Y ya está. 

Hace poco publiqué en esa misma web literaria que menciono una reseña de un libro interesante, inquietante, distinto, Novienvre, de Luis Rodríguez, que llegó a mis manos por pura casualidad. Pero todo eso es muy poco, lo que cuenta es la tele, salir en ella a menudo, de forma intensiva, si sales un día tampoco sirve para gran cosa aunque los conocidos te ven y creen que eres un poco importante. Venden novelas, en general, los que ya son conocidos por algún otro sector profesional ya que parece que a todo el mundo le da en algún moment por escribir su novela. 

Hablo de libros pero todo eso sucede con la música, con el teatro. Hay montajes interesantes que no pasan de su pequeña sala alternativa, actores y actrices que no consiguen su oportunidad, pintores que jamás venderán nada, más  allá de la feria de algún pueblo con vocación artística. Leí hace poco un libro muy bueno, El juego serio, de Hjalmar Söderberg, uno de los personajes, un viejo pintor, cuenta al protagonista que aprender a pintar fue lo de menos, que lo importante fue aprender a vender, para lo cual desarrolló una estrategia, no cotizarse de forma excesiva, por ejemplo. 

Hay quién tiene habilidad para vender pero aún así no siempre lo consigue. Las cosas son complejas, en literatura, en historia y en lo que sea, por eso se puede leer mucho y no aprender nada o aprender, incluso, cosas malas. Otro tema es que cuando se habla de leer, en general, se habla de narrativa, todavía más, de novela larga. Hay gente que lee mucho ensayo, historia, cosas así. O que lee el periódico cada dia de arriba a abajo, por ejemplo.

Leer es una opción personal, a mi no me gusta hacer deporte y esa práctica también está muy mitificada. Esas consideraciones expertas sobre el leer en general siempre me han parecido grauitas. Cuando alguien me dice, con cierto orgullo, que le gusta leer, debo preguntarle qué lee y puede que entonces todo tome otra dimensión. Se supone que los niños deben leer, cuando en la escuela se pasan el día leyendo, aunque sea en formatos no librescos. 

Precisament en el campo infantil y juvenil se publica un montón de paja infumable y, encima, a menudo hay lecturas obligatorias que no son de ningún clásico ni de ninguna adaptación de clásicos sino del primo del profesor del instituto que recomienda el libro, o impuestos por editoriales educativas. A veces el profesorado ni siquiera los ha leído antes, y no hablo de oídas, me encontré con eso cuando trabajaba en la escuela. 

No hay nada peor como que te obliguen a hacer algo, leer, nadar, dibujar. Cuando eres pequeño y vas a la escuela lo aceptas, así es el mundo y hay que aprender lo que dicen que hay que aprender. Pero que de mayor,  de jubilada, te vayan diciendo qué debes hacer o leer, ya es el colmo. Claro que somos gregarios e incluso nos gusta que nos digan qué debemos leer y qué deporte debemos practicar y qué museos debemos visitar. 

Un valor generalizado de nuestro tiempo es el viaje, también se supone que viajar te hace culto y te enriquece, como el Avecrem. Cuando me cuenta la gente cómo ha viajado y qué ha visto y con qué tópicos ha vuelto de su viaje siento lo mismo que cuando me comentan con entusiasmo determinadas lecturas. Nuestra sociedad no ha fomentado casi nunca el espíritu libre, es algo que se tiene o se adquiere o que nunca se consigue. En política también hay muchos dogmas establecidos. Nos movemos entre la necesidad de pertenecer a algún grupo y la de ser diferentes, de tener nuestra propia personalidad. Sin embargo con el tiempo me he dado cuenta de qué en todo hay mucha genética, incluso en la tendencia a leer mucho o a correr maratones. Es lo que hay, como dicen algunos, de forma recurrente. Nadie debería sentirse mal si no le gusta leer ni sentirse un ser excepcional si lee un libro cada día.