viernes, 25 de mayo de 2012

El silencio de los cascabeles: Adiós a Antonio Amaya




Murió el día 18 de mayo Antonio Amaya, gran artista. Le he dedicado una entrada en mi blog en catalán y quiero dedicarle otra en éste. Yo no fui una gran seguidora suya pero su nombre y sus canciones van ligadas a mi infancia y a mi imaginario particular. Mi familia era catalana desde siempre. Quiero decir que hasta dónde llega mi modesto árbol genealógico conocido, todos mis antepasados son de Gerona, Barcelona o Lérida. Sin embargo en mi casa existió siempre una especie de extraña vena flamenca que durante un tiempo, el de mi juventud, cuando el género empezó a identificarse de forma absolutamente injusta con franquismo y caspa, me producía cierta incomodidad rebelde.

La copla andaluza se ha reivindicado y reinventado de forma inteligente en estos últimos años. No ha pasado igual con la canción catalana tradicional relacionada con cantantes como Emili Vendrell, por ejemplo. Eso que dijo Unamuno de que nos pierde la estética no es exacto, nos pierde la papanatería, la vanidad, el elitismo barato, el supuesto avanguardismo militante y miope. Cierto que después de la guerra civil el género se potenció pero antes de la guerra, durante la República y mucho más allá Barcelona, sobre todo, pero también una gran parte de Catalunya, sintió una gran atracción por todo lo andaluz. Muchos grandes artistas del género, cantaores, bailaoras, han triunfado o se han descubierto y redescubierto en Catalunya, en Barcelona. Incluso toreros, aunque hoy eso casi ni se puede decir.

Amaya, que en realidad se llamaba Peláez, vino a Barcelona desde Granada. Actuó mucho, bien y con éxito en el Teatro Victoria, uno de los pocos teatros todavía resistentes del Paralelo. Fue un hombre libre, inteligente y emprendedor. Si se busca por internet, actualmente con su nombre encontramos muchas más entradas relacionadas con el futbolista homónimo. Curiosamente, la viquipèdia catalana nos da más información sobre él que la española, así como también sobre su gran amigo Rafael Conde, fallecido en 2002, con el que actuó muy a menudo.

Nos gusta cargar las tintas oscuras sobre el destino de los famosos y en algún sitio he leído que murió en soledad. Bueno, la vejez es una época solitaria para todo el mundo. No debía estar tan solo cuando muchos conocidos lo visitaban y en 2007 se puso una placa en Sitges, dónde vivía, en honor suyo. Claro que muchos de sus contemporáneos habían muerto antes, tenia ya ochenta y nueve años. Otro tópico es creer que cierto tipo de vida no convencional comporta brevedad y tristeza decadente obligatoria. Bella Dorita que vivió más de cien años y que no creo que fuese austera ni que hubiese llevado una vida precisamente tranquila y ordenada nos demostró que eso no era así. 

Viquipèdia recoge un dato curioso, fue el primero en posar desnudo, ya mayorcito, en una revista gay, en el estado español. La cosa tiene su mérito. Su vida seguramente podría ser objecto de una gran novela, de una serie de culto. Amores, viajes, éxitos, abrigos de pieles. Se retiró y fue empresario durante muchos años. Vestía en sus actuaciones en un estilo que yo definiría como glam-flamenco o glam-hispánico. Su gran éxito popular fue aquella canción que todos cantamos en excursiones escolares y juergas adolescentes, Doce cascabeles lleva mi caballo... Yo lo vi en dos ocasiones, que recuerde. La primera en una de esas sesiones de variedades que se ofrecían en los cines de barrio después de los pases, aunque en aquella ocasión yo era pequeña y no sé si era él o alguien que lo imitaba. 

También lo vi, ya más mayorcita, en el añorado Parque de Atracciones de Montjuïc. Ya entonces yo andaba de moderna, yeyé y admiradora de cosas más alternativas, como la Nova Cançó. Tenemos una peligrosa tendencia a restar en lugar de sumar, cosa que los franceses saben hacer muy bien con sus cosas. Desde que me contaron que para protestar en un intento de otorgar a Pérez Galdós el Nobel los intelectuales de los otros hicieron una cena de protesta ya nada me sorprende.

A mi, de esas canciones, me gustan mucho las que cuenta historias. Pequeñas novelas, a veces de género, como en el caso de las canciones con personajes de la alta sociedad, al estilo de Locura de amor, mi preferida. Descanse en paz Antonio Amaya.

jueves, 24 de mayo de 2012

Una maleta recuperada y muchos paraísos perdidos


En los años noventa se hizo algún intento de publicar la obra de Serguéi Dovlátov. Entre los títulos publicados entonces, de forma algo errática y sin que aquellas publicaciones tuviesen el eco merecido estaba La maleta. En estos últimos años, RBA en castellano y LaBreu en catalán han recuperado de forma mucho más visible la obra de este autor, inclasificable y singular, aunque en él se pueden percibir los ecos de los grandes cuentistas de su país, como Gogol o el mismo Chéjov, a quién tanto admiraba.

Serguéi Dovlátov nació en 1941 en la entonces URSS, hijo de una correctora armenia y de un director de escena medio judío, aspecto sobre el cual el autor ironiza a menudo. No vivió la tragedia estalinista pero sí, todavía, la ridícula y gratuita crueldad de un estado policial ya algo errático. Salvando las distancias, muchos aspectos del franquismo de después de la primera postguerra, en lo relativo a los males de la literatura, nos pueden evocar ese mundo surrealista que Dovlátov nos muestra de forma irónica, en ocasiones incluso sarcástica, siempre con cierta amarga y amable distancia.

Dovlátov no pudo publicar en su país de forma convencional, lo hizo clandestinamente gracias a un sistema de copia mecanográfica o manual, a través de cadenas de distribución entre amigos y conocidos, siempre con riesgo de caer en desgracia y ser castigados, durante bastante tiempo. Dovlátov tuvo problemas, de forma inevitable, y acabó emigrando a Nueva York,  donde escribió mucho más y publicó con éxito sus libros. En esta ciudad murió de forma prematura en el año1990 acausa, posiblemente, de los problemas derivados de su alcoholismo. El alcoholismo y las borracheras generalizadas, escape de una sociedad asfixiante, gris, absurda y mediocre, son también muy presentes en la obra del escritor.

La maleta es una serie de narraciones que se generan a partir de una serie de prendas de vestir o complementos que el narrador, el mismo escritor, sacará del país al abandonarlo, en esa maleta, voluntariamente olvidada, que reaparece de forma casual al cabo de un tiempo. Cada elemento, entonces, recupera su vida propia, se explica su origen y su porqué. Cada objeto se convierte en un símbolo y las distintas narraciones van mostrando un fresco humano de la URSS y de la época, en el cual se mezclan personajes conocidos con otros que no sabemos si son o no reales.
La aparente indiferencia ante la vida de qué hace gala el autor es, en realidad, una ácida y profunda crítica contra un sistema en el cual la vulgaridad, la ignorancia, la mediocridad y la miseria humanas nos son mostradas, sin embargo, con tintes humorísticos muy originales que nos producen incluso cierta empatía con toda esa gente extravagante que sobrevive como puede.

Dovlátov no deja indiferente y se acaban sus libros queriendo más, así que sería magnífico pensar que por fin nos llegará, aunque sea de forma pausada, su obra completa. Se publican muchos libros que nos gustan –o no- por motivos diversos y que cumplen una función pero pocos delante de los cuales te quites, como se dice de forma popular, el sombrero, intuyendo que se tiene el privilegio de acceder a una verdadera obra literaria. Una obra de esas en las cuales la grandeza se esconde en medio de una aparente modestia, incluso en la extensión. La maleta es un libro para leer de una tirada y releer después de forma más tranquila y documentada, haciendo el esfuerzo de investigar un poco sobre los distintos personajes históricos que se nos mencionan.

No es fácil admitir que el paraíso comunista fuese tan diferente de los sueños utópicos oficiales, o de las maravillas que los convencidos nos repetían en los sesenta y los setenta. Ser antifranquista no fue siempre ser democrático y la autocrítica en ese tema todavía no se ha hecho de forma totalmente desacomplejada. A menudo encuentro a faltar ese grado de ironía rusa en los textos hispánicos sobre nuestras propias épocas sombrías, la verdad. Al menos con un cierto grado de ambición literaria de esa que no se ve, pero se percibe y se disfruta, en La maleta.

La traducción catalana es de Miquel Cabal y la castellana de Justo E. Vasco, un muy buen escritor cubano, este último, que se afincó en Asturias y escribió novela negra interesante, además de traducir textos rusos, norteamericanos, italianos y eslovenos. Vasco falleció en 2006. Creo, sin ser experta en el tema, que en el texto se percibe también la gracia y oficio –de escritor- del traductor.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Soluciones tertulianas a los problemas de nuestro tiempo


El gran programa estrella de nuestro tiempo es la tertulia más o menos seria, a menudo en el marco de un magazine en el cual se pasa de hablar de los problemas econòmicos a las películas de estreno, del cáncer de colon a la última película de Almodóvar y de un desfile de alta costura, con modelos anoréxicas y cara de garbanzos atrasaos, a la preparación de algún plato de cocina saludable pasando por la intervención inevitable de algunos graciosos o graciosas más o menos brillantes e incisivos. 

La tertulia no es debate, es una charla informal sobre temas diversos, muchos de los cuales absolutamente serios. En estos últimos tiempos el tema estrella de los programas estrella es la crisis económica. Una lista de los participantes en las tertulias que sigo de vez en cuando, normalmente las de los medios de comunicación catalanes, aunque a veces también transito por el resto de canales hispánicos visibles, resultaría bastante limitada. Siempre son los mismos y las mismas, profesionales del periodismo, politólogos e incluso filósofos. De forma ocasional dejan entrar algún elemento nuevo y uno de antiguo desaparece pero, en general, te encuentras la misma gente por todas partes, en radios y teles. 

Me pregunto cuando leen o estudian o trabajan todos ellos, teniendo tanto trabajo asistiendo a las tertulias. De hecho, escribir deben escribir, ya que para Sant Jordi todos esos tertulianos publican y promocionan su libro, aprovechando los años mediáticos, que todos somos humanos. Opinan de todo, de cualquier tema de actualidad que comporte audiencia segura. Si en alguno de esos temas sabes algo más que la mediana, a causa de tu profesión -en mi caso pasaría con el tema educativo- te das cuenta de lo poco que saben todos ellos de nada. Sin embargo son brillantes, convincentes, contradictorios. Juegan un papel, los hay de derechas o más conservadores y de izquierdas, en ocasiones discuten de forma enconada, se interrumpen, gritan más de la cuenta, la moderación que debería ejercer el presentador o presentadora a menudo es inexistente, parece que no está de moda dar palabras, controlar el tiempo de intervención, hacer hablar a los más discretos. En cualquier reunión informal de mi barrio hay más seriedad al hablar de lo que sea que en esos platós ante los cuales hay alguien de prestigio que, sin embargo, a veces parece incluso que se divierte de lo lindo cuando hay tomate.

Por más que discutan entre ellos sabes que luego se irán a comer juntos y que quizás en la intimidad son amigos de toda la vida. De eso nos dimos cuenta cuando se empezaron a divulgar aquellos suquets de peix veraniegos a los que asistía la crème de la crème i también los que no hubiesen soñado nunca ser de ninguna crème hasta que accedieron, a veces de forma azarosa, a un cargo público de cierto prestigio o consiguieron un éxito profesional inesperado en algún campo mediático.

No todo es economía. Los espacios sobre fútbol son más absurdos que los espaciós sobre amoríos de famosos, conocidos y saludados. Una noche en qué me desvelé me di cuenta del gran tanto por ciento de emisoras de radio que en aquella franja horaria se dedican a especular y juzgar cuestiones de balón y pelota, normalmente relacionadas sólo con Barça y Madrid, claro. ¿Hay alguien más? Si fa no fa como en política, unos, otros y poca cosa en medio y en los extremos. Lo del fútbol es casi surrealista, saben lo que piensan los entrenadores, lo que murmuran los jugadores en la intimidad, las intenciones ocultas tras cualquier inocente comentario de algún implicado pillado en falta. Me pregunto como nada puede ir mal con tanto experto. Me pregunto como, teniendo tantas soluciones para todos los problemas, políticos y deportivos, las cosas no siempre funcionan. Los expertos sabían qué iba a pasar, qué pasó, qué pasará, que debe hacer el gobierno, qué debe hacer Guardiola y con quien almuerza el señor Mas cuando no lo vemos. Sabían todo lo que hacía el rey antes de qué nos enterásemos el resto de los anónimos súbditos. De todo eso que ya sabían no nos dijeron nada hasta que todo el mundo lo supo, claro. De la crisis, económica, tampoco. En el fondo, incluso con los que más critican cultivan, a la hora de la verdad, el buen rollo, ya que no sabes nunca quién te va a dar trabajo en caso de necesidad.

Por ir a tertulias de ciertas radios y teles, las de más audiencia, se cobra, claro. El precio depende de la persona, pero hay unos ciertos baremos establecidos que, para una persona normalita, no están nada mal. Todos los expertos pluriempleados que claman, en esas tertulias, contra el paro y los recortes, deberían renunciar al sobresueldo de su participación y promocionar gente anónima sin trabajo que, me temo, podría opinar más o menos lo que opinan ellos con una mínima preparación y leyendo cada día un resumen de prensa por internet. 


De hecho, hay también hoy mucha gente con estudios en el paro, no solamente quatre arreplegats sin base teórica. De periodistas jóvenes, un montón. Es una sugerencia y es que a mi, que no voy a tertulias pero que tertulianeo sola en mis blogs, también se me ocurren soluciones prácticas de vez en cuando. Soluciones para la vida cotidiana, a niveles más elevados no tengo ni idea de lo que hay qué hacer, ni como, ni de qué manera, la verdad. Aunque me temo que los parados promocionados, a no ser que se abriese una convocatoria pública  y transparente, serían seguramente los hijos, los sobrinos, los nietos y los ahijados de los tertulianos actuales.


viernes, 4 de mayo de 2012

DAMAS DE ANTAÑO Y VICIOS DE HOY

Recordó google en sus dibujitos de presentación, hace unos días, el 160 aniversario del nacimiento de Ramón y Cajal. Don Santiago es uno de mis mitos retrospectivos, aunque como opinó de todo y dejó constancia escrita de ello no puedo dejar de enojarme cuando leo sus opiniones sobre las damas. Era un hombre de su tiempo, claro. Incluso llegó a evolucionar un poco, en su larga vida, y en los últimos escritos admite la posibilidad de mujeres estudiosas y profesionales pero, eso sí, deseando que no dejen de lado su papel. Ese papel, en sus tiempos y en gran parte de los nuestros, era el de esposa abnegada y madre sacrificada. 

De hecho, muchas trabajadoras de fábricas insalubres o el gran número de criadas mal pagadas de aquellos años ya se hubiesen conformado con ese papel, incluso se hubiesen sentido más que satisfechas. Me atrevería a afirmar, además, que muchos hombres explotadísimos se hubiesen cambiado a gusto por una dama burguesa con plato caliente cada día. Todo es relativo, circunstancial y debe situarse en su contexto.

Que los conservadores y de derechas, en general, han tenido tendencia, con las bendiciones pertinentes de la iglesia, a relegar a las damas a su rincón, tiene una explicación y sabemos con quién nos la jugamos. Lo peor es que mucha progresía avanzada se aprovechó también de las señoras y les despreció olímpicamente en el fondo. Si eran guapas, mira, les dedicaban pinturas y poemas. Las mujeres feas han sido el objecto de discriminación más feroz de la literatura y parte de la sociedad, sólo hay que repasar un gran número de novelas antiguas y modernas, algún día habrá que estudiar tanta burla y tanta malicia misógina de todos los colores.

Julia Varela publicó el año pasado un libro sobre tres grandes damas que vivieron a la sombra de hombres brillantes y narcisistas, cuando ellas les daban cien mil vueltas: Carmen Baroja, María Teresa León, Zenobia Camprubí. Carmen Baroja a la sombra de su hermano y las otras dos a la sombra de su pareja. Escuchaba esta madrugada a Julia Varela por la radio de la UNED, hablando de ese libro, de esas damas, de los hombres que vivieron a su lado. Incluso, en el caso de León y Camprubí, sus casas, sus hogares, estaban hechos a gusto y usos de los señores. Los hombres brillantes lo pasaban más bien con las señoras brillantes que con las frívolas y tontas, siempre que fuesen guapas y no brillasen más que ellos. El futuro no las ha tratado con justicia y los textos que escribieron no son fáciles de encontrar y han tenido poca difusión cuando deberían ser de lectura obligatoria.

Me temo que tampoco el libro de Julia Varela va a ser de los más promocionados y que incluso no lo encontraremos con facilidad en las librerías. Lástima. Escuchando a la autora me venían a la cabeza casos parecidos catalanes, Clementina Arderiu, Anna Murià. Hace poco leía una entrevista a la centenaria madre de Montserrat Roig, Albina Francitorra, cuyo marido, escritor, abogado, intelectual, desaconsejó practicar la escritura e incluso le dijo que lo que escribía era mediocre. Cuando enviudó, la dama hizo muchas cosas que no pudo hacer antes. Lo peor es que no siempre se enviuda a tiempo, a menudo el hombre brillante ha plantado antes a la dama por otra de más joven, en el caso de parejas de culto, como hizo Neruda con sus mujeres. Por presiones de la época eran muchas las mujeres que renunciaban a su vida brillante y profesional, como hicieron actrices estupendas, Victoria Rodríguez, la viuda de Buero, Elena Salvador, esposa del doctor Puigvert. 

El debate republicano sobre el voto femenino enfrentó a dos mujeres de talla, las dos sin pareja conocida ni hijos, Victoria Kent y Clara Campoamor. Aunque se concedió el derecho al voto se culpó a las mujeres del poder de las derechas, culpa injusta, ya que en aquellas elecciones a nadie le gusta recordar que el anarquismo llamó a la abstención. Campoamor sufrió incluso en el exilio cierto desprecio de los exiliados republicanos por ese motivo. Kent regresó a España en 1977, había perdido, como muchos exiliados, el contacto con la realidad del país. La vi por televisión y me sorprendió escucharle afirmar que si una mujer quería dedicarse a su profesión, a la vida pública, no debía tener ni pareja ni hijos. El país todavía no estaba para muchas alegrías y regresó a los Estados Unidos, donde murió en 1987.

El bueno de Ramón y Cajal creo que dividía a las mujeres en cuatro grupos, la colaboradora, como madame Curie, una rareza, la mujer amante del lujo, explotadora del hombre, totalmente desaconsejable, la artista, un caso también raro pero necesario para la cultura y la esposa abnegada como la suya, dedicada al marido y a la familia, claro. Todas esas divisiones son divertidas y tenemos tendencia a la etiqueta, no van más allá, miradas en la distancia. Respecto a los hombres de antes podrían hacerse muchas más. No es fácil, ni para un hombre ni para una mujer, apartarse del pensamiento dominante, crea muchas dificultades. E incluso entre los más machistas podemos encontrar a los buenazos y a los maltratadores, por ejemplo. 

Nada es fácil y la tendencia actual de la mujer moderna a querer hacerlo todo y querer hacerlo bien ha generado muchas frustraciones. Lo tenemos mejor que antes pero me sorprende a menudo, en los personajes públicos masculinos, esa tendencia a la infidelidad, al cambio de la pareja de siempre por una de más joven y de buen ver cuando se prospera. He visto, en público y en privado, como algunos hombres se negaban a tener hijos con una de sus parejas para, después, liarse con una jovencita y tenerlos, cuando ya eran yayos, de hecho, y la pobre pareja anterior ya no estaba a tiempo de embarazarse. Hombres de izquierda, progresistas, que hablan públicamente de justicia y de todo eso. Desconfío de aquel que predica la revolución y luego no pasa la asignación mensual a su ex o la engaña olímpicamente cuando le parece. 

Quizá también existe todavía la mujer mala y fatal de los tangos, la traidora y arruinadora de tontos útiles que provoca agresiones violentas del pobre hombre burlado, hoy, por suerte, muy mal vistas (las agresiones). Aunque, eso sí, no erradicadas, ni mucho menos. En esos temas no se puede hablar de forma general y tópica, hay que ver los casos individualmente. Lo mismo en lo referente a la prostitución, tema en el cual se mezcla de todo, buenismo, oportunismo, meter en el mismo saco a la explotada y a la bien pagá, feminismo radical y confundir lo mejor con lo posible.

En todo caso, repasar la vida de aquellas damas pioneras, inteligentes, brillantes, a las cuales el tiempo va colocando en su sitio, a veces bastante más elevado que el de sus hombres, resulta imprescindible porque aunque parece que todo pasó no es así, ni mucho menos.


Des de mi presente actual, comprobar como la misma Joan Baez hizo una versión de aquella historia terrible del preso número 9, me horroriza, la verdad. Así nos va.


Y, por cierto, no vale decir que era la época. En la havanera Allá en la Habana el hombre burlado se lo toma con mucha más filosofía realista y pacífica.






sábado, 28 de abril de 2012

ANTONIO BUERO VALLEJO, doce años después de su muerte


Buero en la cárcel del Dueso (Fuente: Blog Todos los rostros)



Buero con su esposa, la actriz Victoria Rodríguez, y sus dos hijos. Uno de ellos, Quique, murió joven a causa de un accidente (Fuente: El Mundo, entrevista a Victoria Rodríguez).


El 29 de abril de 2000, hace doce años, moría Antonio Buero Vallejo.

Buero Vallejo es un caso excepcional de intelectual capaz de sobrevivir, incluso triunfar, en un medio hostil como fue la España del primer y brutal franquismo. Condenado a muerte, tuvo suerte y, me imagino, buena salud, para poder resistir la cárcel y sus miserias y morir de viejo después de haber dedicado su vida al teatro. En el penal, como es sabido, coincidió con Miguel Hernández. Buero fue también un magnífico dibujante y pintor, tiene retratos impresionantes, de los cuales el más conocido es el de Miguel Hernández, realizado en la cárcel, y que durante algún tiempo, hace años, se atribuyó a otros autores o se citó como anónimo.

Conocimos a Buero, muchos de mi generación que no acostumbrábamos a poder ir al teatro con facilidad, por motivos económicos o geográficos, a través de la televisión. Todavía me sorprende que en aquel contexto y con tan pocos medios, autores excelentes, en estado de gracia, nos ofreciesen obras inolvidables en versiones que no he visto superadas todavía en el teatro convencional. 

Pocos días antes de casarme, en el 73, pasaron por televisión El concierto de San Ovidio con Rodero i Bodaló, inolvidables. Buero introdujo muchos ciegos en sus primeras obras, era la suya una ceguera simbólica pero también física, ya que los personajes del autor nunca fueron sólo símbolos sino también personas con sus miserias y virtudes. El tratamiento de la ceguera provocó incluso alguna protesta de colectivos de personas con esa discapacidad, sin embargo la sangre no llegó al río. Yo me enfadé cuando en una obra, En la ardiente oscuridad, percibí cierta misoginia subliminal ya que se afirma que una buena mujer, casada con un ciego, consiguió esa boda a pesar de ser fea porque su marido era invidente. Esos detalles son, en realidad, tonterías ligadas a los prejuicios de una época, en la cual vivía y escribía Buero. No desmerecen la totalidad, algún día habrá que criticar a fondo el tratamiento de la fealdad femenina en la literatura, una constante, pero eso ya es sociología y no literatura.

Recuerdo que en el instituto nocturno al que acudía después de trabajar, una profesora nos comentó que el mejor autor teatral de entonces, los primeros años sesenta, era Buero pero que como no resultaba del gusto del poder no lo promocionaban como a otros. Se hacía mucho teatro en aquellos años. De todo tipo. Se recuperó Casona, triunfó Alfonso Paso, arrasó Jaime Salom. Sagarra tuvo un exitazo con La herida luminosa. 

Gustaban las obras algo atrevidas pero con moraleja final, a poder ser del gusto de la moralina vigente, como sucede, por ejemplo, en La casa de las Chivas. Solían aparecer curas en crisis por todas partes, pero es que había curas por todas partes. Un exitazo fue El comprador de horas, del hoy bastante olvidado Jacques Deval, com Núria Espert haciendo un papel que repitió varias veces con éxito, el de prostituta sensible, y Rodero, el gran Rodero, haciendo de cura que quiere redimirla. Los lunes de Pascua eran días de gran estreno y en Barcelona, en el 61, en abril, se estrenó esta obra al lado de otras tan emblemáticas como Un tranvía llamado deseo y La calumnia, la obra de Lillian Hellman que hicieron en cine Audrey Hepburn y Shirley McLaine, y que en nuestros teatros interpretaron Amparo Baró y Mayrata O'Wisiedo otra actriz como la copa de un pino, escritora además, que yo creí extranjera durante años y que era zaragozana. Eran aquellas lo que en la época se llamaba obras fuertes.

Buero sobrevivió, triunfó, le concedieron el Premio Cervantes pero yo creo que en sus últimos años le marginaron y olvidaron un poco, cosa habitual que acontece con los cambios generacionales. Recuerdo una larga e impresionante entrevista que le hicieron por televisión, emitida a horas intempestivas, cuando ya estaba enfermo. Me gustó mucho como hablaba de la censura, aquel azote del franquismo, que tanto pareció limitar a nuestros artistas e intelectuales pero que también sirvió de excusa para la inoperancia y la pereza de algunos. 

Incidía Buero en el hecho de que el escritor sabe y puede escribir bien a pesar de las censuras, que busca recursos, paralelismos, lo que sea. No defiendo la censura, defiendo al escritor, insistía. Muy cierto. En música, en literatura y en muchos otros campos de la creatividad, la época franquista propició obras impresionantes que sorprenden a los bienpensantes actuales, muchos de los cuales quieren creer que la época fue un páramo cultural. 

Los ochenta dieron paso a algo mucho más estéril, considerando las expectativas creadas en la transición y el tardofranquismo y luego, como suele pasar, todo pareció revivir poco a poco. En Catalunya la Nova Cançó acabó de forma vergonzante, sólo cuatro o cinco cantantes sobrevivieron pero ya no era lo mismo, se habían convertido en mediáticos y sus recitales no iban de pueblo en pueblo, destinados a remover las conciencias del pueblo, sino que pasaron a ser espectáculos de masas. El dinero, siempre el dinero.

El teatro acogió lo que se llama grandes montajes, escenografías espectaculares, gritos y saltos. Un poco como pasó con el arte abstracto en pintura, todo valía. Garsaball, actor inmenso e inolvidable, comentaba con ironía que las obras de teatro se mueven entre el grito y la parrafada. El grito recuperó espació y la parrafada, incluso la parrafada inteligente, quedó algo adormilada, como el arpa de Bécquer, esperando mejores épocas. A la larga el teatro de cada día ha quedado reducido, por necesidades económicas, a obritas de dos o tres personajes, baratas, incluso los monólogos han tenido un éxito inesperado y son una solución para actores en paro cuando esos mismos actores no son contratados para las inevitables y eternas teleseries. Todo ha cambiado.

Buero, como otros autores, ha sido representado siempre, sin embargo, de forma bastante fiel, por grupos de aficionados. El teatro amateur mantiene el recuerdo y la devoción del teatro olvidado por los poderes culturales, con un esfuerzo admirable. Buero debería estar siempre en alguno de nuestros teatros, en cartel. Quizá por algunas de sus obras ha pasado, de forma inevitable, el tiempo. Aunque yo no lo creo. Son teatro de texto, apto también para leerse en la intimidad, literatura. Precisan, eso sí, de buenos actores, actores con una dicción muy correcta, un tema hoy también a la baja. Se lee poco en voz alta, se recita menos. 

La vida de Buero Vallejo, ligada a una época y a unas circunstancias, podría ser objeto de una serie de televisión bien hecha, con recursos y buenos guionistas. Con principio y final, como han de ser las series aunque parece que hoy la moda hace que se alarguen y alarguen las historias que las televisiones de nuestro país nos ofrecen. No somos la BBC, claro. Escribir teatro en tiempos revueltos, podría incluso titularse. Aunque eso de revueltos no me gusta, me suena a gastronomía casera. Buero debe leerse en su totalidad, en su contexto, pero también desde nuestro presente. Es historia, historia del teatro, pero también historia de España e historia de las ideas, de los prejuicios, de los tópicos. Nuestra historia. Sus obras inciden en la ética, en la moral, pero no son exactamente moralistas. Sus personajes no son malos ni buenos de forma absoluta, tienen sus contradicciones, son profundamente humanos y nunca se reducen a esquemas o símbolos aunque tengan mucho simbolismo implícito. Incluso aquellas que no nos parecen redondas del todo tienen fragmentos, situaciones y personajes inolvidables. 


sábado, 21 de abril de 2012

Etología humanística


El patético episodio monárquico ha propiciado mucha broma fácil y continuará dando tema al humor de todo tipo, cosa natural. Me temo que no propiciará tanto como quisiéramos lo que hace tiempo debería ser motivo de debate: el futuro de una institución que cumplió su función en un momento histórico pero que actualmente se nos muestra sin demasiado sentido. Claro que actualmente hay muchas otras instituciones sin demasiado sentido, no lo niego. Sin embargo, no quería escribir hoy sobre reyes y príncipes sino sobre otro reino, el animal.

Muchas protestas y lamentaciones han insistido mucho en el tema del pecado real, la caza de elefantes, provocando una especie de discursos anticacería muy interesantes. Nuestra relación con los animales se encuentra en crisis, interpretando crisis como cambio o separación, que creo que es lo que significa etimológicamente. Durante siglos el hombre necesitó de los animales para desplazarse y trabajar además de consumirlos para subsistir. La tecnología ha situado los animales en otro plano muy distinto aunque muchos países todavía tengan que contar con ellos para su vida diaria.

La violencia en las relaciones humanas también ha evolucionado, al menos en teoría. Hoy hay quien critica los derechos humanos por etnocéntricos pero creo que su proclamación, el año en qué yo nací, 1948, motivada por el horror colectivo ante los desastres de la última guerra mundial, fue un gran logro, aunque fuese un logro más teórico que práctico, como se ha podido comprobar con el paso del tiempo.

Los animales han sido objecto de amor y respecto por parte de los hombres pero también de muchas crueldades y abusos. Se supone que quién ama a los animales ama a las personas pero eso no es así. Muchos nazis, lo mismo que muchos señores feudales, amaban a sus perros y caballos e incluso uno de ellos, no sé si Goering, intentaba no pisar hormigas cuando paseaba. Ha sido habitual la imagen del ricacho o la ricacha con perros, pájaros y gatos mimadísimos que no ha sentido ningún interés por la gente marginal o pobre, a la cual incluso ha podido explotar sin miramientos mientras cuidaba de sus mascotitas. También he visto casos al revés, la verdad. Buenas personas en su trato diario que eran algo crueles con los animales. En todas esas relaciones hay mucho tópico y desconocimiento.

Los amantes de los animales a veces caen en los extremos. Y es que caer en el dogma nos llevaría a ser vegetarianos, claro. Cosa que defienden muchos convencidos. De todas maneras, si tratamos a los animales como a personas, ¿qué haremos con los animales carnívoros y cazadores? En el tema de los animales se cae en una especie de racismo y también en el machismo. Me contaba hace años una estudiante de veterinaria las reticencias de muchos amos de perros agresivos y mordedores, a los cuales no querían castrar, único remedio a su agresividad. Sabemos que en los zoos resulta más habitual tener hembras que machos pues las épocas de  celo generan agresividad en diversas especies. Decir hoy que los hombres son más agresivos que las mujeres parece políticamente incorrecto, pero sigue siendo así, de forma general y en ello hay mucha biología. Nos parecemos más de lo que nos gustaría a nuestros parientes animales, a algunos, claro, cosa que también nos hace ser injustos con ellos. No parece igual maltratar a un perro que a una rana o matar un elefante o un oso que matar moscas o mosquitos. En ese tema, la contradicción es habitual y parece difícil llegar a acuerdos lógicos.

Las exhibiciones de animales están mal vistas, pero depende también de qué animales. Los circos actuales prácticamente han eliminado los animales amaestrados, a causa de la normativa, pero muchos zoos siguen exhibiendo delfines juguetones. El tema de los toros y los correbous ha motivado muchos artículos y muchos debates. Matar en público parece malo, sin embargo en mataderos industriales se mata sin cesar a animales tan respetables como conejos, pollos, cerdos y terneros. El pobre cerdo, animal muy inteligente, bastante parecido a nosotros, siempre ha sido en nuestra cultura más mal visto y más consumido que un perro o un gato, aunque en épocas de hambruna el gato parece ser que no está mal del todo.

Las épocas de grandes hambres colectivas han generado canibalismo, incluso sucedió en Rusia durante los años de la revolución. Hoy, afortunadamente, no sabemos, en occidente, que son esas épocas de hambre desesperada, que enloquecen a la gente. Por ello nos resulta molesto hablar del canibalismo de nuestros antepasados que, de hecho, se encuentra presente en el substrato de muchos cuentos de ogros y  brujas. A veces se pasa de la crueldad al mimo absurdo, y sólo hay que ver las muchas tonterías que se venden en las tiendas especializadas, para mascotas de nuestro tiempo. Los animales domésticos ya no comen lo que nos sobra sino que su alimentación se ha  especializado hasta extremos ridículos. Todo es negocio.

Parece que por fin van a obligar a dar más espacio a las gallinas, a los cerdos, a los terneros,en las granjas de nuestro tiempo. Hace unos días escuchaba por la televisión protestas porque eso hará aumentar el precio de los huevos, un precio, a mi entender, que era excesivamente barato en la actualidad. Encontrar el equilibrio creo que va a ser imposible, al menos de momento.  En el tema de los animales, como en el de los humanos, que somos animales también, me parece, nos guste o no, que funciona una frase que dice el personaje de Clark Gable al de Marilyn Monroe en aquella magnífica película crepuscular, The Misfits: Cuanto menos se mata, más malo parece. Gable rememora épocas en las cuales había grandes manadas de caballos salvajes que él cazaba sin remordimientos -¡para fabricar comida para perros!- de los cuales ya queda sólo una minoría, la cosa es muy distinta, los tiempos han cambiado. La visión de un cadáver nos produce más inquietud y dolor que esas fotos con montones de muertos anónimos, es triste pero es así.

A los animales los seguimos etiquetando con nuestras virtudes y defectos. Se dice que los animales no matan por placer, ni han perpetrado genocidios. Sin embargo eso no es exactamente así y cuanto más se investiga sobre ellos más parecidos a nosotros se nos muestran, no sólo los mamíferos superiores sino incluso animales mucho más pequeñitos y aparentemente distantes. Recuerdo un zoólogo que en un cursillo, hace años, nos comentó con ironía que, incluso admitiendo que se movía por instinto, la hiena le parecía una mala persona a causa de su manera de actuar. La gente que ha tenido muchos perros sabe que no todos son iguales, que los hay de más valientes, de más buenos, de más cariñosos, de más violentos. Antes se acostumbraba a ahogar las crías de gatos o perros no deseadas, hoy se prefiere castrar a  nuestros compañeros habituales, todo evoluciona. 

Hay un tema en el cual envidio a los animales domésticos. Esa muerte dulce que se les procura cuando tienen una enfermedad irreversible, la eutanasia zoológica. La eutanasia es otro tema difícil, espinoso. En la cuestión del aborto hemos cambiado mucho en pocos años, cosa que también me sorprende, la verdad. Cambiamos de mentalidad con una facilidad pasmosa, rápida. Los poderes culturales, económicos, morales, saben como introducir el tema cuando conviene y hacernos ver lo malo bueno, o al revés. Por no hablar del negocio de la maternidad asistida, de las adopciones, ligado al hecho de haber retrasado culturalmente la reproducción hasta edades muy tardías. No me vale demasiado el tema económico, en épocas de mucha pobreza ha habido eso del baby boom, por ejemplo, en las postguerras, cuando, por lógica, parece que la gente debería estar más desengañada de la vida, de la historia. Las cosas no son sencillas y cualquier tema debería generar reflexiones bastante más profundas que el recurso al tópico y al discursos oficial -o extraoficial- vigente.

lunes, 16 de abril de 2012

Cazadores mediáticos



Es lamentable de que triste manera se está reconvirtiendo en patética una monarquía que durante los primeros años de la transición fue también reconvertida, no sé si por méritos propios o por una muy bien orquestada operación de imagen, en algo moderno, posible y avanzado.

Me molesta escribir sobre el tema, casi debo hacer un esfuerzo personal, porque si patético me parece todo eso todavía me lo parecen más los miles de chistes facilones y groseros sobre yernos reales, principitos accidentados y reyes grotescos cazando elefantes que viajan por internet. También me he encontrado, por ejemplo, parrafadas en favor de los animales absolutamente pasadas de rosca. Hay en todo esto, como en casi todo, toneladas de hipocresía, la verdad.

De según qué animales, claro, pues a nadie le parece mal matar moscas y mosquitos, incluso molestos ratones o castrar a nuestros amigos domésticos, gatos o perros, de forma, eso sí, indolora. Más allá de los elefantes, nuestra relación con nuestros hermanos animales todavía requiere de debates un poco serios, la verdad. Los circos tienen graves restricciones para mostrar animales domesticados pero los delfines siguen haciendo acrobacias en los zoológicos. 

Hace años, en un Patufet, encontré un poema muy interesante, siento no poder recordar de qué autor, una especie de fábula, sobre un cazador de elefantes que va a visitar al médico y presume ante él de su caza mayor, su arrojo y su valentía. El médico, después de examinarlo y escucharlo, le dice que si bien caza animales enormes uno de los más pequeños va acabar con su vida, pues lo ha picado un mosquito que le ha transmitido una enfermedad mortal.

Me molesta que la excusa para hablar o debatir sobre una república tanto tiempo olvidada sea el elefante cazado, la verdad. Vivir para ver. Asistí de jovencita a campañas en contra del entonces príncipe heredero de un régimen extraño y camaleónico, en una escuela de verano, de maestros, corrían por todas partes cartelones y aleluyas con versos bastante malos, pero eficaces, criticando al heredero y caricaturas del hoy rey, cayéndole los mocos, cosas así.

La misma institución progre que organizaba aquella escola d'estiu acogió años después, con servilismo devoto, a la infanta catalana y a su prima, que iban a hacer cursillos de catalán allí. Escuché emocionados relatos de personas muy de izquierdas ante la asistencia de las simpáticas princesas, en plan una más, a aquellos cursillos. Vi a gente impredecible, mayor, llorar cuando, en su primer discurso en Catalunya, ya coronado, el rey dijo cuatro cosas en catalán. Somos así de inocentones, de susceptibles al pensamiento gregario, a la propaganda, a los tópicos, al magnetismo inevitable del poder y de los oropeles. 

Con el tiempo todo ha vuelto a cambiar. En las actuales condenas a la monarquía se mezclan muchas cosas que alejan un debate serio, posibilista, razonado. Sin embargo a veces la anécdota es mucho más peligrosa que la realidad y la leyenda más real que la evidencia. Durante décadas dijeron y escribieron que María Antonieta había dejado ir aquello tan feo de si no tienen pan que coman tortas, cuando resulta que jamás dijo tal cosa.

Vi y escuché a muchos que ahora echan gasolina al fuego hacer parabienes a la aristocracia recuperada. Algunos concejales o alcaldes de nuestros tiempos, de nuestros pueblos, de extracción bastante humilde, han sufrido una transformación absolutamente aristocratizante cuando han tenido algunos gramos de poder. 

La campechanía de la familia real de otros tiempos se comparaba con la tirantez distante y antipática de la saga Franco. No quiero ni pensar qué diferentes hubiesen sido las cosas sí, por ejemplo, doña Carmen Collares hubiese sido, por casualidad, una dama simpática, afable y carismática, con collares o sin ellos. 

Hay quien todavía cree en aquello de muerto el perro, muerta la rabia, y se está extendiendo un estado de opinión que pone en el centro del huracán y de las críticas a la familia real, cuando por ahí hay muchos más responsables, en la sombra o en la penumbra, de nuestros males patrios, muchos reyezuelos de poca monta muy respetados y protegidos. ¿Dónde está el señor Millet y su dinero? Por poner un ejemplo. 

No le quito responsabilidad a actuaciones irresponsables, como esas cacerías reales, tan absurdas y anacrónicas. Sin embargo me gustaría sentirme parte de una sociedad dónde las cosas serias se debatiesen siempre, más allá del pretexto de las fantochadas monárquicas y mediáticas, de forma profunda y responsable. Siempre me he preguntado por qué no se ha hablado de la república legal hasta hace, como quien dice, cuatro días y todavía muy poco. Tanto hablar de educación, de escuela, y nadie se ha molestado ni tan siquiera en intentar un retorno a aquellos planes profesionales republicanos para la formación de los maestros, evidentemente, con sus adaptaciones pertinentes al presente. Por ejemplo.

Hay más debate en Catalunya actualmente -aunque sea un debate a menudo bastante folklórico- sobre autodeterminación que sobre valores republicanos. Nos hemos acomodado a todo hasta que ha llegado la crisis. Los de arriba se van a cazar elefantes y los del medio o de abajo se van donde pueden, la mayoría, o justifican rabias inútiles y estériles que no hacen nada más que provocar daños colaterales.

A perro -o elefante- caído, todo son pulgas.