martes, 20 de octubre de 2020

DELIBES, CENTENARIOS, EVOCACIONES, TELEVISIÓN

 



El segundo canal volvió a pasar, en el excelente programa Imprescindibles, La X de MAX, sobre Miguel Delibes. El dia 17 de este mes se cumplieron cien años del nacimiento del escritor, aunque se organicen actos diversos nada será como en tiempos de normalidad, sin esa espada de Damocles del virus limitando nuestra libertad y nuestras actividades.

Delibes es un personaje de consenso, apreciado, respetado y valorado por la gran mayoría de personas, incluso más allá de los gustos literarios de cada cual. En cierta manera eso pasa con el pintor Joan Miró y creo que, en ambos casos, lo que merece respecto es que se trata de buenas personas. La bondad no es hoy un valor excesivament apreciado, ni tampoco lo son las vidas familiarmente convencionales y relativamente tranquilas.

Pasó por el amargo trago de perder a su esposa demasiado pronto, no se volvió a casar ni se le conocieron amores de madurez. Incluso, en el reportaje, su hija pequeña comentaba que quizás, de haber aceptado dirigir El País y vivir en Madrid se habría vuelto a enamorar de alguien. Però no lo hizo. Se quedó en su ciudad, rodeado, eso sí, de una familia que produce hoy envidia sana, con tantos niños, bien avenida, organizando esas marchas en bicicleta que reproducen el largo camino que el escritor, joven, hacía para ver a su novia.

Puede que hoy, con el rechazo que produce la caza, no se entienda su afición a algo que, bien conducido, contribuye al equilibrio ecológico. Más allá de ese tema, en muchos otros, Delibes fue una especie de precursor de muchas cosas, sin proponérselo, incluso. En El disputado voto del señor Cayo se percibe ya el desencanto respecto de la evolución democrática. Esa España vacía de la cual hoy se habla y se escribe ya era uno de sus motivos de preocupación. No fue beligerante ni hombre de partido, pero fue lúcido y tuvo sus problemillas con aquella absurda censura de la época.

Incluso ha tenido suerte con las adaptaciones que de sus libros ha hecho el cine, todas son eficaces, respetuosas con el espíritu del escritor, algunas, como Los santos inocentes, excelentes. Delibes, amigo de Pla y de tantos otros, me evoca los buenos tiempos de Destino, aquella revista cultural posibilista que fue una luz en la penumbra de la larga postguerra. Mi abuelo la compraba cada sábado, olía a tinta y papel, era un olor que me encantaba, diferente del de otras revistas.

En ella colaboraban Delibes, Pla y tantos otros. Organizaban salidas culturales, por aquel entonces imposibles para nosotros, en autocar, en las cuales sorteaban libros. Poder hacer pequeños viajecitos, en aquellos tiempos sin turismo masivo, debía ser un gozo, limitado, lo admito, a gent con algunos posibles. Delibes ganó el Nadal, un premio que durante años gozó de un gran prestigio, hoy, uno más. Aquello, en cierta manera, cambió su vida, incluso a pesar de qué el escritor pesaba que el libro premiado no era gran cosa.

Delibes pasó al teatro, sobre todo, gracias a Lola Herrera y sus Cinco horas con Mario. La primera vez que leí el libro, sin quitarle méritos, me pareció algo injusto con la protagonista, Delibes era un hombre de su tiempo y su visión de la mujer, en aquel caso, es algo sesgada. Lola Herrera, con el tiempo, le dio una lectura más favorable al personaje. 

En la actualidad José Sacristán ha representado esa larga evocación que el escritor hace de su esposa, un texto emotivo, bastante lineal, no debe ser sencillo representarlo. Nos evoca a una mujer activa, dinamica, alegre, enamorada, amante de su familia, brillante y atractiva. Me recuerda el caso de la esposa de Savall, el músico, quien la perdió también de forma prematura, y decía, en una ocasión que era como una especie de ángel que había pasado por la vida familiar. Quizás comparo porque esa señora de rojo sobre fondo gris se llamaba, precisamente, Ángeles.

Delibes vivió muchos años, noventa. Escribió, de forma documentada y valiente, El hereje, un libro con el que no he acabado de conectar. Hubo quién dijo que no era suyo cuando la familia sabe que es, precisamente, del que hay más pruebas acerca de su redacción y documentación elaborada por el escritor. En una ocasión decía Delibes que la medicina actual alarga la vida pero no nos devuelve la ilusión. Pero eso es ley de vida, la ilusión juvenil no puede volver. Era tan tristón como dicen? Puede ser, pero en esas imágenes con sus nieto y biznietos no lo parece tanto. 

Una imagen del reportaje me emocionó y me provocó nostalgia, más allá de la vida del escritor. Esa en la cual Juan Carlos y Sofía, todavía jóvenes, se presentan en el portal de su casa, para visitarle, queridos y respetados por la gente, en aquella época. Me pregunto cómo es posible que la monarquía haya malbaratado aquel activo que tanto costo de ganar, con actuaciones lamentables. La vida da muchas vueltas y el recuerdo que dejas depende incluso de cuando y como mueres. 

Delibes es esa España amable, culta, respetuosa con el paisaje, con la gente, con las diferencias, sin estridencias ni partidismos, de la cual, probablemente, nadie querría salir si la reciprocidad fuese efectiva. Eso oi decir una vez a ese otro sabio, David Trueba, que quería una España en la cual Catalunya quisiese estar. Parece sencillo pero no lo es. 

Cuando yo estudiaba magisterio un buen profesor de literatura, ya desaparecido, Jesus Tusón, nos habló de Delibes con cierta condescendencia. Era la época del boom hispanoamericano, Delibes parecía ya un antiguo, un hidalgo castellano decadente, respetable y demodé. Supongo que con el tiempo y la madurez Tuson, que también se convirtió en un gran defensor de la lengua y la cultura catalanas, valoraría más a fondo la grandeza de un escritor que no ganó el Nobel, como tantos otros que lo merecen y nunca lo tendrán. Pero que es un gran clásico y que tuvo algo que quizás hoy tampoco se valora tanto, bondad, amor y una buena familia.

En la última entrevista hecha a Montserrat Caballé la cantante hablaba, muy bien por cierto, de Maria Callas. Pero, dijo, en la vida hay otras cosas más importantes que el éxito y Callas, más atractiva que ella, no las había conseguido: pareja estable, buena familia, hijos, amor y fidelidades. Todo eso también depende, quizás, del azar, de la genética, del carácter de cada cual. 

Espero que el centenario de Delibes no quede en poca cosa. Ni que libros imprescindibles como El camino no se conviertan en esa lectura obligatoria en secundaria, cosa que en ocasiones, si los profesores no son tan entusiastas, cultos y brillantes como deberían ser, más bien dejen un recuerdo aburrido y la evocación del indispensable trabajo preceptivo. En esos tiempos de aislamiento necesario me encantó recuperar ese capítulo de Imprescindibles. Por cierto, me pregunto que motivos hacen que no se puedan recuperar todos los espacios de esa serie de programas, absolutamente imprescindible. 

sábado, 17 de octubre de 2020

RIVALIDADES URBANAS

 


Más allá de la política y desde tiempos no sé si remotos, pero bastante lejanos, existe entre Madrid y Barcelona, o sea, entre sus habitantes o una parte de sus habitantes, una especie de rivalidad que las circunstancias, futbol añadido, fomentan a menudo.

Ayer, en la sede de CaixaForum, en Barcelona, visité una excelente exposición sobre mitología, que procede del Prado. Y es que más allá de esas rivalidades que, en ocasiones, se asemejan a los odios entre pueblos o barrios vecinos, las dos ciudades, de alguna manera, se complementan. Y con mar o sin mar y con toda su mitología urbana, se parecen, como se parecen las ciudades grandes entre sí, en muchos aspectos.

Estos días tristes de pandemia, protocolos, prohibiciones y el resto, también se percibe algo de eso, cuando por aquí parecia que íbamos peor que Madrid, en número de contagios, se insinuaba que las cifras de allí no eran exactas. Ahora las cosas han cambiado y, a veces, parece que la rivalidad futbolística se traslada a ámbitos donde sobra y molesta.

A mi me gustan las dos ciudades, claro que soy de Barcelona y mi imaginario sentimental me ha convertido en barcelonesa militante, de barrio popular, como es el Poble-sec. No me ciega el cariño, conozco los defectos y problemas de mi ciudad, muchos de los cuales se dan en otras partes, aunque en cada lugar, a su manera.

No he tenido tantas ocasiones de estar en Madrid como desearía pero, de todas las veces en qué estuve allí, guardo muy buenos recuerdos. Siempre, de forma inevitable, te encuentras alguien con pocos modales, que te oye hablar catalán y te mira mal o te dice cualquier tontería, pero esas cosas me han pasado más a menudo en ciudades más pequeñas, en pueblos, incluso. 

La gente, en general, es buena y tiene ganas de ser amable. Yo también intento serlo con los forasteros que visitan Barcelona, hoy muchos menos, a causa de la situación. Hace sesenta años, cuando iba a la escuela, el tema de Madrid era recurrente, que si allí dejaban hacer edificios más altos, que no tenían mar, que si contaban más habitantes de la cuenta. Años después incluso había quién decía que Franco respetó Madrid, en comparación con los bombardeos sufridos en Barcelona cuando Madrid quedó absolutamente destrozado, con motivo de la guerra civil y fue todo un ejemplo de resistencia.

La situación política es actualmente inestable, a veces, absurda, pero eso es culpa de los que avivan los fuegos de la incomprensión con informaciones para crear mal rollo. A veces lo consiguen porque somos humanos y cuando te critican lo tuyo, familia, barrio, ciudad, país, te sientes dolido, y porque la clase política, en parte, a veces se nutre del mal rollo, aquí y en las antípodas. Hoy las ciudades grandes han recibido gente de todas partes del mundo, sobre todo en sus barrios populares, bastante parecidos aquí y allá. El bazar chino de la esquina ha superado aquello de la hamburguesería de moda. 

En eso del virus vale más no presumir, es fácil pegarse el batacazo. Creo que hay una tendencia, o bien a sentirse patriota al máximo, de forma bastante irracional, o bien a creer que todo lo nuestro es lo peor de lo peor. Pero todos los países tienen sus miserias, sus pecados, sus guerra, sus odios y sus maravillas, claro. Estaría bien que, al nacer, o cuando pudiésemos decidir, nos preguntasen qué familia y qué país elegimos, pero eso no funciona así. Enorgullecerse o avergonzarse de algo que nos ha tocado por casualidad genética no tiene sentido.

La fraternidad universal, un sueño de algunos de nuestros antepasados utópicos, está muy lejos, todavía. Nos quejamos de lo nuestro, virus incluído, pero en este anchuroso mundo hay personas que hoy lo pasan mucho peor y tienen pocas esperanzas, incluso, de sobrevivir. Considerando como va todo las rivalidades provincianas, aunque se situen en capitales de una cierta magnitud, me parecen altamente surrealistas. 



lunes, 3 de agosto de 2020

MIENTEN MÁS QUE ESCRIBEN

Hace años escuché por televisión una entrevista a una actriz ya mayor, que había conocido a muchos famosos, entre los cuales un montón de escritores. Manifestó que los escritores, así, en general, y con todas las excepciones que se puedan encontrar, eran los profesionales que más la habían decepcionado. 

Supongo que eso se puede aplicar también a las escritoras, claro, pero todavía la percepción no es la misma para hombres y mujeres, incluso en esos campos intelectuales. Se refería la actriz, claro está, a escritores hombres, de un cierto prestigio y reconocimiento y que se ganaban relativamente bien la vida escribiendo. Autores 'de culto'.

La profesión intelectual tiene, todavía, un halo especial. Leer, así, en general, se supone que es algo bueno y recomendable. Pero lo cierto es que se pueden leer muchas tonterías, a lo largo de la vida, incluso tonterías de prestigio, recomendadas por esos expertos del tema, entre los cuales, los críticos, a menudo más criticados que lo que critican. 

Puede que también decepcionen, claro, los actores. Pero un actor es más polivalente, puede ser un héroe o un villano. Y sabemos, en cierto modo, que son títeres de prestigio, al servicio de intereses complejos y venales. Los escritores, a veces, también. Pero es cierto que grandes escritores, tratados en persona, a menudo tienen poco que ver con las cosas interesantes y profundas que han escrito.

Hace años eso de escribir, de escribir cosas de peso, estaba al alcance de poca gente. En el éxito literario tiene un gran valor práctico la oportunidad, el momento, la suerte, los conocidos, la promoción, la casualidad. De hecho, escritores o lo que sea, la gente miente bastante. No siempre ni en todo momento, depende. Se miente por supervivencia, para quedar bien, para impresionar. La gente se reinventa la propia biografía. Con los años te das cuenta de la gran cantidad de mentiras que has admitido y de las que tú misma has contado, sin mala intención, por motivos diversos. 

Las buenas biografías a menudo acaban con todos los mitos. Sabemos que es así pero queremos admirar a alguien, quizás sea una necesidad. O una necedad. Las mujeres, antes, puede que todavía queden unas cuantas, necesitaban admirar a su pareja, en teoría. De ese modo, damas brillantes quedaron a la sombra de sus maridos o amantes y aguantaron de todo y más. Puede que haya algún ejemplo a la inversa pero son pocos, todavía.

Cuando una chica se quedaba embarazada, de soltera, en los tiempos en los cuales eso era habitual y, a menudo, un gran drama familiar, una explicación era que la habían engañado. Ese padre de mi niña Lola, tan preocupado, le pregunta a la hija si un hombre la ha engañao. No sabemos el desenlace, la canción nos deja en el misterio. Lo pero es que, en muchos casos, era cierto. Los hombres tenían más experiencia sexual, adquirida de mala manera, claro, y los tópicos sobre mujeres pecadoras hoy pueden parecer hilarantes pero hicieron mucho daño. 

La literatura muestra cuán diferente era la vara de medir, para hombres y mujeres. Hay autores admirables por sus obras, por sus novelas, por su poesía, pero puede que en su vida privada fuesen muy diferentes, o, más bien, humanos, contradictorios, incoherentes. Vease eso de Miller y algunos otros intelectuales, con sus hijos subnormales, horrible adjectivo que hoy se ha vuelto un insulto. Cierto que eran otros tiempos, pero, claro, es que estamos hablando de señores con ideas, con buenas ideas de izquierda. 

Muchos escritores, en cierta manera, y me resulta comprensible, se idealizan a sí mismos al escribir. Es la magia de la literatura. Y no sólo en la supuesta ficción, también lo hacen en sus libros de memorias, incluso reforman dietarios del pasado. Además, los lectores tenemos cierta tendencia a construirnos nuestros propios mitos. Hace algun tiempo un conocido me alababa la postura de Machado respecto al tema catalán y casi puso en duda mis aclaraciones, sobre la existencia de textos del poeta muy poc comprensivos y nada amables con el tema. Otra cosa es que el poeta tuviese amigos aquí, no hace falta pensar igual para apreciarse a nivel humano. Galdós tuvo amigos muy diferentes, ideológicamente hablando. 

No hay que dar a las ideas literarias de los autores que apreciamos carta de veracidad. Claro que eso lo vamos entendiendo con los años. A los políticos ya se les admite una cierta e inevitable dosis de doblez pero a los escritores, ay, eso ya resulta más espinoso. Sin embargo es así, se pueden poner muchos ejemplos, y de todas las épocas, incluso de la actualidad más reciente. La sinceridad, lo admito, está sobrevalorada. A los niños les insistimos en qué deben decir la verdad pero pronto se dan cuenta de qué los adultos mienten a menudo. La convivencia humana, en muchos casos, se sostiene gracias a una cierta dosis de mentira e hipocresía, aunque no nos guste admitirlo. Y es que hay muchos refranes sobre el tema: diciendo las verdades, se pierden las amistades o aquello de qué el que dice lo que piensa nunca piensa lo que dice. 

viernes, 17 de julio de 2020

MEDITACIONES ESTIVALES DESACOMPLEJADAS



Llevo tiempo sin entrar en este y otros blogs personales, así que pido excusas si no he contestado algunos interesantes y amables comentarios. También he encontrado sin borrar comentarios de esos raritos, en árabe o chino o con extraños mensajes misteriosos, no sé de donde salen però se reproducen y se introducen por todas partes. Los más surrealistas hacen referencia a una conspiración en la cual están un famoso señor americano muy rico y su secta, para eliminar a una gran parte de la población, gracias a ese virus, inventado  por ellos, según esas informaciones.

No hay que reirse demasiado de las conspiraciones, a veces, muy pocas, pueden ser verdad. Por ejemplo, yo no me creí, en su tiempo, que Isabel Preysler se fuese a casar con el señor Boyer pero era cierto y bien cierto. El otro día le contaba a una joven y amable peluquera que se ofreció, en estos tiempos difíciles, a cortarme el pelo, las cosas que por la radio se decían, en aquella época, sobre las habilidades amorosas de la dama, ligadas a sus orígenes filipinos, como aquello del carrete. No lo voy a repetir ahora, los jóvenes curiosos deberán consultar hemerotecas. No sé si su pareja actual, Vargas Llosa, sabrá algo sobre el tema. 

Esta tarde han cortado una película que me estaba mirando para que la alcaldesa de Barcelona me informase sobre la triste situación actual y el reconfinamiento inevitable, si no nos portamos bien, será peor. Yo es que creo que ya me porto bien y no he entendido nunca porque en la escuela había que castigar a toda la clase por las gamberradas de media docena. Y, en todo caso, incluso en la escuela, las gamberradas de las minorías eran culpa de la autoridad y de su poca eficacia.

Un cuento de Margaret Atwood cuenta como un grupo de jóvenes airados se dedica a atacar residencias de gente rica o de clase media. El personal huye antes del ataque y los ancianos y ancianas son eliminados sin piedad en nombre de una justicia que parece, incluso, razonable, ocupan sitio y gastan recursos que hacen falta a las nuevas generaciones. Una viejecita, gracias a un amigo de su edad, que se da cuenta del peligro, consigue escapar. És una fábula però sin pretensiones morales excesivas. Hace pensar. Sobretodo a los que ya estamos en esa etapa eufeísticamente llamada 'de mayores', de mayores vulnerables, edad de  riesgo, todo eso que nos dicen hoy cuando hace poco nos predicaban vejeces activas y creativas y nos incitaban al consumo de fármacos y gimnasias y carretes.

La vida pasa y la verdad asoma, ya lo dijo el poeta, y sus versos se han repetido hasta la saciedad. La noche de verano cae sobre Barcelona, un grupo de bonitas golondrinas cruza el cielo pero, según me cuenta mi hermano, del viejo solar abandonado desde hace casi cuarenta años, donde estuvo el bonito teatro Talía y donde se podrían hacer pisos asequibles, salen al anochecer ratas como conejos de grandes. El mundo es diverso y contradictorio y los virus actuales nos recuerdan que somos humanos y perecederos. 

sábado, 28 de marzo de 2020

REALIDADES INCÓMODAS SOBRE LA VIDA BREVE




Nos hemos dado de bruces con la realidad, incluso en mi entrada anterior y en el artículo que copié se percibí cierto escepticismo ante la alarmante situación, ¿quién podía pensar en algo tan molesto, tan doloroso, tan incómodo, tan largo?

Me equivoqué, como tanta gente, en la percepción del peligro. Escucho periodistas de esos habituales en la radio, en el periódico, que también han cambiado de opinión ante la indiscutible gravedad, en cantidad y en cualidad, de los efectos de ese virus inesperado, que parecía cosa de la lejana China, como en otras ocasiones nos parecían los malos microbios cosa de África o de colectivos determinados, como pasó con los homosexuales al principio del estallido del VIH. O como otros virus, más bien políticos, parecían afectar a algunos, solamente, curas, comunistas, judíos...

Una injusticia hecha a un hombre es una amenaza contra todos, escribió Montaigne. Gran verdad, pocas veces admitida en su totalidad. El otro día vi la repetición de uno de esos estupendos programas de Imprescindibles, dedicado a Gregorio Marañón, en el cual se recordó una frase del personaje, algo así como que quién no duda es una amenaza para los demás.

Y, sin embargo, cuantas afirmaciones contundentes hemos de aguantar en estos días. Qué si el gobierno lo hizo mal, qué si aquí o allá se tomaron medidas eficaces, qué somos un país de inoperantes, que en Catalunya se hizo mejor... Todo queda en entredicho ante la realitat. Hace tiempo escribí, en este blog y en otros, de la situación de tantas residencias. En las residencias  catalanas se ha asesinado y violado, la cosa no parece haber inquietado demasiado. Al fin y al cabo, la gente vieja molesta, con pocas excepciones, aunque eso de viejo, hoy, parece un insulto.

Hace pocos días, en un pueblo del sur español, un grupo vandálico recibió con piedras a unas ambulancias que trasladaban ancianos de una residencia infectada a otro lugar. Hay que decir que una parte del pueblo reaccionó de forma positiva pero en los pueblos es difícil y peliagudo contradecir a las mayorías, son lugares más cerrados que las grandes ciudades, para bien y para mal. Durante la guerra civil fueron muchas más las barbaridades cometidas en los pueblos que no en las grandes ciudades, hay datos, y estadísticas.

Pienso en estos días en dos ancianos confinados en mi casa, cuando yo era joven. Uno era  mi abuelo, tenía un enfisema, a causa del tabaco. Mi escalera no disponía, entonces, como tantas otras, de ascensor. Su única distracción era contemplar a la gente que iba y venía por el barrio. Hoy, en esa calle que fue mía, han plantado árboles, almeces, lledoners en catalán. Han crecido mucho y, menos en invierno, cuando no tienen hojas, no dejan ver la calle, por ello mi padre, que también acabó confinado en una silla de ruedas, no tenía ni tan sólo esa distracción. Los ayuntamientos deberían tener en cuenta ese tipo de cosas a la hora de embellecer los barrios con árboles, tan hermosos y necesarios, sin embargo.

Otra confinada fue una tía-abuela, prima de mi abuelo, que acabó viviendo y muriendo en casa. Era una mujer orgullosa, independiente, pero tuvo que admitir el paso del tiempo. Un ascensor, entonces, hubiese mejorado la vida de mi abuelo, de mi tía-abuela, de mi padre. Mi madre también murió antes de disfrutar del ascensor que, finalmente, se instaló en la escalera. Mi madre acabó en un centro socio-sanitario, no me dieron a elegir, un día llegué y vi que le habían puesto una sonda alimentaria en la nariz, porque no podía tragar, no me pidieron permiso, no me atreví a protestar. Allí pasó siete horribles meses, con la sonda en la nariz, la cabeza relativamente lúcida, con algunas lagunas. Yo todavía trabajaba entonces, cada tarde subía al centro, después de la escuela. Tengo muy mal recuerdo de aquellos meses, aunque el personal era amable, pero insuficiente, y hacía lo que podía.

Murió sola, en una madrugada de otoño. No se ha abierto un debate profundo sobre eso de alargar la vida más de la cuenta, cuando no hay perspectivas de mejora de calidad de vida. Quizás ahora se plantee el tema, la muerte es un tema inquietante, no nos gusta. Tampoco la evidencia de la vejez, se supone que cada viviremos más y mejor, los humanos somos orgullosos, crédulos, pero eso del virus nos ha puesto, de momento, en nuestro sitio. Resulta que los de más de sesenta somos grupos de riesgo y que las residencias dejaban mucho que desear, en general. 

Todo pasará y volveremos a las andadas, se escarmienta de momento, pero luego todo se olvida, se reinventa, se publican novelas bonitas y series divertidas sobre los grandes problemas del mundo. Y, aún así, tenemos ilusiones, ideales, buenas intenciones, vuelve la primavera, nacen niños y niñas, bailaremos, cantaremos, leeremos. Algún día, por ley natural, seremos gente confinada, en casa, en la residencia, donde sea, si no tenemos la suerte de morir de forma rápida e indolora, inesperada, de un patatús o un accidente inesperado. No podemos olvidar que somos mortales, y no hace falta que un esclavo romano nos lo vaya recordando, en nuestro paseo triunfal por la vida.

domingo, 22 de marzo de 2020

MANIPULACIÓN MEDIÁTICA Y RELATIVIDAD DE LA MUERTE




Me disponía a escribir algo en la misma línea, aunque con menor oficio, así que prefiero reproducir el sensato artículo de Público: El coronavirus y la mentira global.

El autor es el periodista Pedro Luis Angosto.





'Durante el año pasado se registraron en España 277.000 casos de cáncer. La mitad de los enfermos morirán en un plazo inferior a cinco años, sufriendo durante el resto de su vida un calvario indecible de idas y venidas al hospital, de quimio y radioterapia, de dolor y sufrimiento y de miedo indescriptible. En una sociedad avanzada y civilizada, las investigaciones para curar o paliar el cáncer, las enfermedades cardíacas y las degenerativas deberían ocupar un lugar preeminente, dedicándoles todos los medios económicos posibles. Del mismo modo, en un mundo civilizado y justo, la Organización Mundial de la Salud, en vez de callar, debería denunciar los precios altísimos de los tratamientos para esas enfermedades que están arruinando a los sistemas estatales de salud, declarar la libertad de todos los países para copiar cualquier medicamento que sirva para mejorar la vida de los enfermos y condenar el reparto mafioso y monopolístico de los nuevos tratamientos por parte de los grandes laboratorios. No lo hace, mira para otro lado, y la curación de esas enfermedades que tanto dolor causan a tantísima gente se pospone hasta que la mafia quiera. 

El año pasado murieron en España por accidente laboral casi setecientas personas, resultando heridos de gravedad o enfermos debido al trabajo varios miles de personas. Las causas están claras, precariedad laboral, jornadas interminables, destajo, escasas medidas de seguridad y explotación. Ningún organismo estatal ni mundial alerta sobre el deterioro de las condiciones de trabajo ni esas víctimas, que podrían haberse evitado con muy poca inversión, no abren los telediarios ni ocupan más de su tiempo.

No creo que nada de lo que pasa en el mundo sea por casualidad, ni que los informativos ignoren inocentemente el número de muertos por guerras absurdas que cada año asolan al mundo de los pobres

En 2019, seis mil españoles murieron de gripe, una enfermedad tan común como el sarampión que mata todos los años a miles de personas en África sin que la OMS exija a los Estados miembros que aporten las vacunas necesarias -que valen cuatro perras- para evitar ese genocidio silencioso. Al fin y al cabo, la mayoría son negros.

En 2018, más de cuarenta mil personas murieron en España por la contaminación ambiental, siendo directamente atribuibles a esa misma causa el fallecimiento de ochocientas mil personas en la Unión Europea y casi nueve millones en el mundo, aparte de los millones y millones que padecen enfermedades crónicas que disminuyen drásticamente su calidad de vida.

En 2017 más de seis millones de niños murieron de puta hambre en el mundo mientras en los países occidentales se tiran a la basura toneladas y toneladas de alimentos. Ese mismo año, más de dos mil millones de personas trabajaron jornadas superiores a 15 horas por menos de 10 euros al día. Ningún informativo, ningún periódico, ninguna radio lleva días y días insistiendo machaconamente en esa tragedia que martiriza a diario a media humanidad y amenaza con llevarnos a todos a condiciones de vida insufribles.

La suspensión del Congreso Internacional de Móviles de Barcelona -Congreso que probablemente no se vuelva a celebrar tal como lo hemos conocido en años sucesivos- no se debió al coronavirus, sino a la exhibición que las grandes tecnológicas chinas iban a hacer sobre sus avances en el 5G

Hace unas semanas surgió en una región de China un virus que causa neumonía y tiene una incidencia mortal menor al uno por ciento. Los medios de comunicación de todo el mundo, acompañados con las redes sociales de la mentira global, decidieron que ese era el problema más terrible que había azotado al mundo desde los tiempos de la peste bubónica del siglo XIV que diezmó la población de Europa en casi un tercio. No hay telediario, portada de periódico por serio que sea o red social en la que el coronavirus no ocupe un lugar preferente y reiterativo hasta la saciedad, como si no tuviésemos bastante con las enfermedades ya conocidas que matan de verdad a muchísima gente después de largos períodos de sufrimiento y tortura vital. No sé cómo surgió ese nuevo virus, tampoco si es nuevo, carezco de conocimientos científicos para ello, lo único que sé es lo que cuentan los especialistas, y es que apenas mata ni deja secuelas importantes. Pese a ello, a que lo saben, los informativos siguen creando alarma a nivel mundial. ¿Por qué?

No creo que nada de lo que pasa en el mundo sea por casualidad, ni que los informativos ignoren inocentemente el número de muertos por guerras absurdas que cada año asolan al mundo de los pobres. Vivimos un tiempo de relevos, la potencia hegemónica -Estados Unidos- tiene por primera vez desde el final de la Guerra Fría un serio competidor que se llama China. Ese competidor fue alimentado desde los años ochenta por las potencias occidentales debido a su enorme población, a su pobreza y a los salarios bajísimos de sus trabajadores. Han pasado cuarenta años y lo que entonces pareció una decisión magnífica para acabar con los Estados del Bienestar, abaratar costes e incrementar riquezas de modo exponencial, ha tomado otro cariz y ahora esa potencia pobre produce casi el 18% de todo lo que se fabrica en el mundo y está en disposición de dar el gran salto que la coloque en como primera potencia mundial, algo que será inevitable haga lo que haga Trump y sus amigos porque tienen el capital, la tecnología y la mano de obra necesaria. La suspensión del Congreso Internacional de Móviles de Barcelona -Congreso que probablemente no se vuelva a celebrar tal como lo hemos conocido en años sucesivos- no se debió al coronavirus, sino a la exhibición que las grandes tecnológicas chinas iban a hacer sobre sus avances en el 5G. Se trataba de impedir de cualquier manera que los chinos pudiesen demostrar que hay campos en los que ya están por delante de Estados Unidos y, por supuesto, de Europa. No hay otra explicación ni otra razón. Con la cancelación del congreso de Barcelona y la información apocalíptica sobre las consecuencias de la expansión del coronavirus se daba un paso más en la nueva guerra fría que se ha inventado Donald Trump, dejando claro a China que todo vale en la guerra y que su ascenso al primer puesto les va -nos va- a costar sangre, sudor y lágrimas.

El coronavirus es una enfermedad que no arroja datos alarmantes, primero porque no se expande al ritmo de las grandes epidemias que ha sufrido el mundo, segundo porque tampoco los porcentajes de mortandad son equiparables a los de otras plagas como la “gripe española”. Sin embargo, y dentro de un lenguaje medieval, se está intentando crear pánico a escala global y por eso cada día nos cuentan el nuevo caso que se ha descubierto en Italia, Croacia, Malasia o Torrelodones, uno por uno, haya dado muestras de quebranto o no. Se trata de alimentar el bicho del miedo a escala global con fines estrictamente políticos y económicos, y nunca antes como hoy, en la sociedad de la desinformación, han existido tantos medios para imponer las mentiras como verdades absolutas al servicio de intereses bastardos. El coronavirus no es el fin del mundo ni nada que se le parezca, es una enfermedad normal, como tantas y con poca mortandad, pero la manipulación mediática interesada puede llevarnos a una crisis de consecuencias devastadoras.

sábado, 15 de febrero de 2020

AQUELLOS SÁBADOS ESCUCHANDO 'FANTASÍA'


Desde hace algunos años, y gracias a una iniciativa  española, se celebra el Día de la Radio. Y precisamente en el Día de la Radio de este 2020 ha muerto Jorge Arandes, una personalidad del medio, hombre inteligente y responsable de grandes iniciativas, que propició programas como Protagonistas, del cual han bebido y copiado muchos magazines matinales, radiofónicos y televisivos.

Arandes tuvo cargos importantes y reconocimientos diversos. Había nacido en el año 1929, pertenece a la generación de mis padres, una franja de población de la cual quedan ya pocos y que maduró en una época complicada y terrible. También ha muerto estos días Rafael Romero Marchent, que con su hermano Joaquín tuvo a ver com una serie que a menudo he reivindicado, Curro Jiménez, y con muchas cosas más, claro. A esa gente importante de más de noventa años medio se la olvida y, cuando mueren, se considera que eran supervivientes.
Mis  recuerdos más entrañables de Arandes, sin embargo, se relacionan con mi infancia y con aquel programa de los sábados, Fantasía, seguido por tanta gente de todas las edades, en el cual lo acompañaban Federico Gallo y mi admirada y recordada María Matilde Almendros. La longevidad aumenta pero se muere, un día u otro, la vida pasa y cada uno es hijo de su época, de su entorno, de su imaginario sentimental. Aquella radio unía a personas muy diferentes, lo mismo que la tele de  los inicios. La radio ha conseguido reinventarse, no ha muerto, como profetizaban esos expertos que tienen tendencias apocalípticas. Tampoco el cine mató el teatro, todo puede tener su lugar en un mundo diverso y complejo como el del presente.