viernes 6 de noviembre de 2009

Virus, síndromes y pandemias





Cuando yo era jovencita mi abuelo materno, que vivía con nosotros, enfermó. Fumaba bastante, tenia un enfisema pulmonar. El único médico que entonces se consultaba era el de medicina general, que venía por las casas, sin miedo a los largos tramos de escalera sin ascensor. El doctor de entonces se llamaba Teófilo, era simpático, campechano, siempre llegaba resoplando, pero con su puro en la boca.
-Bueno, es malo, pero mira... -admitía, condescendiente.
Don Teófilo inspiraba confianza. Conocía a la familia, a los vecinos. Ahora, mi abuelo tendría que soportar toda una serie de hospitalizaciones y entubaciones, seguramente. Posiblemente no moriría en casa, tampoc en casa se haría el velatorio. Quizá, con los medios actuales, hubiese vivido siete, ocho o diez años más. Parece que alargar la vida al precio que sea es un valor en alza.


La verdad es que actualmente voy al médico con poca fe y poca confianza. Me he vuelto miedosa y tengo cierta prevención por tanto control y tanta prueba. A lo largo de la vida percibes las contradicciones científicas, los pies de barro de un macrosistema basado en fármacos y aparatos sofisticados. Si necesitas alguna intervención pasas por una burocracia que te obliga a firmar papeles donde aceptas las muchas posibles complicaciones. Pasé con mi madre por ese calvario hospitalario, pruebas, operación, radioterapia, embolia, sonda de alimentación nasal, hospitalización. No tengo queja de la asistencia médica, ni de la profesionalidad y humanidad de las personas que la trataban, pero en realidad nadie nos conocía demasiado. En la última hospitalización, en una de esas naves hospitalarias para enfermos sin regreso coincidí, en la habitación, con otras tres abuelas enfermas y tuve la suerte de hacer amistad con sus familiares, cada día compartíamos un rato de charla y aquello me proporcionó un calor humano muy neesario, fue cosa de suerte, del azar.


No dudo de qué hoy hay muchos medios para mejorar eso abstracto que llamamos calidad de vida. Sin embargo... A veces parece que la medicina oficial nos asusta con los mismos males con que nos asustaban los curas, cuando nos hablaban del infierno y del purgatorio. Actualmente, con el tema de la gripe A y otros han surgido voces críticas sobre la cuestión de la medicalización, como el de Teresa Forcades o el del periodista Miguel Jara, o el doctor Laporte. Los dogmáticos convencidos no entran en un debate serio, suelen poner en entredicho la cualidad profesional del mensajero. Pero esos mensajeros críticos no hacen más que decirnos, de forma más clara y explícita, aquello que temíamos o sospechábamos. Estudié magisterio y humanidades, hice un montón de cursillos pedagógicos y metodológicos, trabaje casi cuarenta años en la enseñanza, pero admito que sé muy poca cosa todavía sobre la infancia y la educación. Es más, he escuchado verdaderas barbaridades en boca de supuestos expertos en el tema. No sé porque ha de ser distinto en otras profesiones.


La libertad, el acceso a mucha información, nos produce inseguridad, nunca podemos estar seguros de hacer lo correcto, pero hay que vivir con eso ya que así es la vida, fragilidad, misterio, una cierta incoherencia, bastante casualidad. Nos gusta pensar que lo tenemos todo controlado, hace unos días, en una conversación con gente más joven, hablando de esos grandes centenarios recientemente fallecidos, Ayala, Levi-Strauss, se consideraba que si tienes curiosidad tendrás una larga y productiva vida. ¡Qué ingenuidad! Será que no han desfilado hacia el otro mundo cincuentones y cuarentonas con una gran curiosidad e inteligencia, de vida sana y aparentemente controlada! Hay mucho de azar, de genética, de casualidad, en nuestra biología. Echo en falta a los Teófilos, quizá no sabían demasiado, pero acompañaban más.

miércoles 28 de octubre de 2009

Todos los Santos, evocaciones










La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.  Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.

Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche... (Bécquer, El monte de las ánimas)



Estamos cerca de la fiesta de Todos los Santos, tan cercana al día de Difuntos que han quedado unidas de forma indisoluble, así que voy a meditar un poco sobre la muerte, un tema apasionante e irreversible. Aunque siempre me habían dicho, desde pequeña, que hay que temer a los vivos y no a los muertos, lo cierto es que durante siglos nos han inquietado las historias de almas en pena, espíritus fantasmales y esqueletos fosforescentes. Un recurso para evitar el pavor a la muerte ha sido el humor negro, muy presente en la tradición peninsular y en las canciones populares. 



Una amiga mía, todavía maestra en activo, me recordaba hace unos días cuando en la escuela celebrábamos entrañables castañadas contando cuentos de miedo. Ahora, me dijo, con tanta tontería alrededor de la infancia y su superprotección se sentiría mal haciéndolo, sobre todo a los pequeños, y temiendo que no viniesen algunos papás a protestar de las pesadillas provocadas por esas narraciones. Bueno, ya crecerán e irán a ver películas de terror, como La Huérfana, ellos solitos. 


Una de las narraciones de miedo que más me impresionaba, de pequeña, era El monte de las ánimas, de Bécquer. La primera vez que escuché esa historia fue por radio, en aquellos tiempos se radiaban muchas cosas interesantes, y casi me muero de miedo cuando la voz del chico devorado por los lobos va diciendo: Beatriz, Beatriz... Una vez la estábamos leyendo en clase, en los tiempos de la EGB, había un silencio absoluto y de pronto llamaron a la puerta y nos llevamos un gran susto. No sé si ahora produciría el mismo efecto.


Un cuento que me aterrorizaba de pequeña es aquel en qué una niña va a comprar hígado para comer, se gasta el dinero en una muñeca y para que su madre no lo sepa se lo saca a un muerto. El muerto se presenta en su casa por la noche y va subiendo la escalera hasta que la agarra. Este cuento tiene muchas varientes, en catalán la que me contaron era una en la cual el zombi iba repitiendo: Marieeeetaaaa, ja pujo l'escaleeetaaa. Tenía una vecina en la escalera que, cuando estábamos en casa solas, jugando, porque mi madre o la suya habían salido a comprar, siempre me aterrorizaba repitiéndome esa historia. 


La muerte sigue siendo inevitable, real, presente, por más que hayamos conseguido aceptar con cierta racionalidad su presencia, en apariencia. Me producen cierto escepticismo esas proclamas que manifiestan haber vencido al cáncer o haber derrotado determinada enfermedad. A veces aseguran que se ha reducido la mortalidad en un cuarenta por ciento, por ejemplo. Pero la mortalidad siempre llega, para ser objetivos deberíamos saber a qué edad y cómo murió la persona que, en una época de su vida, superó una grave enfermedad. 


En la noche de difuntos se solía rezar el rosario, en las casas. Yo ya he rezado muy poco el rosario, en familia, la verdad. Y eso que decían en mi escuela, de monjas, que cuando todas las familias lo rezasen cada día Rusia se convertiría. No sé si el rezo del rosario ha tenido algo a ver con la caída del comunismo. Pero en casa de mi padre, en un pueblo de la Cataluña profunda, cuando él era pequeño, antes de la guerra, se rezaba cada día, y la noche de Difuntos, tres veces, o sea, las tres partes completas, antes de degustar boniatos o castañas.  Mi padre se reía mucho imitando la forma de rezarlo de su hermano mayor, el hereu, bostezando y cayéndose de sueño pero aguantando lo que hubiese que aguantar. 


Hoy eso del Halloween está ocupando, a causa de la globalización y de las películas, bastante del espacio que antes ocupaban nuestras tradiciones en esta época, incluso en las escuelas. No sé si es bueno o malo, pero es inevitable. ET disfrazado para poder escapar indemne de la persecución científica injusta, durante esa fiesta, es ya un icono inolvidable para bastantes generaciones de gente joven y no tanto. Cuando yo era pequeña tenía unos cuentos muy bonitos de la editorial Molino, eran cuentos de todo el mundo, Cuentos de Hadas de la India, de Rusia, Bretones... Había un volumen dedicado a América del Norte y en él vi por vez primera un dibujo con esas calabazas iluminadas, era la historia de una bruja que quería ser buena y al fin encontraba unos huérfanitos y se quedaba con ellos y se convertía en una abuelita convencional. Me encantaba. 

jueves 15 de octubre de 2009

Alturas deportivas






Cada vez entiendo menos el tema deportivo. El baile de dinero e incluso de influencia política de los grandes clubs, que son el Barcelona y el Madrid, con algunos secundarios de lujo me produce repelús. Y miedo, cuando veo a las masas recibiendo a esos jugadores vencedores en torneos como si fuesen dioses o héroes, como, evidentemente, no se recibe a nadie más. Claro que cuando pierden también se les insulta, y que su vida laboral es breve en activo, pero vaya, con sus sueldazos han de correr esos riesgos. Al fin y al cabo no es el único sector donde se cobra de forma exagerada. Marlon Brando admitía que no le gustaba su profesión pero que en ninguna otra hubiese ganado lo suficiente como para tener una isla particular.


Tengo cierta simpatía por el baloncesto, único deporte que practicábamos las chicas en mis tiempos juveniles, con uniformes que ahora resultarían verdaderos disfraces, faldita con bombachos debajo, para no enseñar demasiada chicha. Sin embargo, cuando leo noticias como ésta , el fichaje de muchachos que lo que tienen es un problema de gigantismo, me inquieto. No es la primera vez ni será la última. Creo que si se formase un equipo de enanos para jugar en cualquier deporte protestaríamos, nos parecería un tema circense, poco respeto para la dignidad humana. Pero cuando son personas en el otro extremo de la medida biológica parece que lo hemos de admitir como normal. No sé por qué no se puede jugar en distintas categorías según la altura, en básquet, como se hacía en los combates de boxeo, en los cuales se fijaban distintas especialidades.


El ciclismo es un deporte donde se han dado, en pocos años, más problemas e incluso suicidios entre sus practicantes de élite. Sin embargo, el Tour ha aumentado las dificultades y los puertos de montaña para ofrecer espectáculo. El problema es doparse sin que se note, ya que, más allá de algún caso singular, pocas personas pueden llegar a esos límites de resistencia. Comprendo que un chico joven aproveche sus cualidades, incluso su singularidad enfermiza, para ganar dinero y tener fama, es humano. Pero que a nivel social, incluso filosófico o moral, todo eso nos parezca normal, resulta bastante preocupante.

lunes 28 de septiembre de 2009

Puñetazos de otro tiempo

Ha llegado a Barcelona, al Teatro Romea, mi teatro preferido, el montaje que el grupo Animalario ha hecho sobre el boxeador Urtain. Tengo unos gustos bastante conservadores sobre teatro, la verdad. Actualmente, imagino que en relación con una cierta cultura de la impaciencia y el záping, se representan muchos montajes sin actos delimitados, con música estridente, en que los actores bailan, saltan, entran y salen con gran rapidez. Sin embargo, este montaje me ha impresionado, está muy bien interpretado, sobre todo por el protagonista que ofrece una imagen realista y patética del boxeador. Según mi opinión personal y subjectiva sobran algunos chistes fáciles, de estos que también hoy proliferan en teatro y cine, que buscan complicidades algo simplistas, y también un exceso de banda sonora raphaelista. Pero eso no es nada, si se contempla de modo global la realización.

Creo que jóvenes y viejo contemplaremos de forma muy diferente este montaje. Para los jóvenes, actores incluídos, puede que sea una especie de metáfora sobre un pasado rancio, ligado a un presente bastante desencantador. Para la gente más mayor es también un viaje sentimental a toda una época. Urtain entró en nuestras casas a través de la televisión, de la radio. La gente mayor de cuando yo era joven lo aceptó con entusiasmo al principio, les recordaba épocas de glorias boxeadoras pasadas. Después, convertido en un payaso, también la televisión se reía de él. Súmmers realizó un documental, en su época de fama, con el título emblemático de Urtain, rey de la selva.

No me ha gustado nunca el mundo del boxeo. Las películas sobre boxeadores me han deprimido desde pequeña, tanto las que tenían un final feliz como las que nos mostraban un mundo sórdido, cruel. Sin embargo, durante mi infancia y mi juventud había una gran afición a este deporte. Los carteles que anunciaban los combates del Price eran habituales por las calles y existía un público constante y fiel que quizá utilizaba también esos espectáculos como catarsis personal, en un tiempo en el cual la vida era mucho más dura que ahora y los golpes estaban bastante normalizados, incluso en las escuelas y en las familias.

Me ha sorprendido saber que abuelitos pacíficos de mis tiempos habían practicado ese deporte en su juventud, como aficionados. No todos los boxeadores acabaron mal, a veces es fácil caer en el tópico del triunfador castigado, del inocente traicionado, del ser vulnerable corrompido por la sociedad. La vida de Urtain tiene otro componente inquietante, individual: la capacidad de autodestrucción humana, la dificultad para coger las riendas de la propia vida en momentos críticos. Cierto que muchos amigos le abandonaron pero tenía familia y esta lo apoyó mientras se dejó.

Hace años había una cultura de la fuerza bruta, ligada a formas de vida rurales, militares, machistas al máximo. El paradigma tópico eran los levantadores de piedras o cortadores de troncos, todavía con éxito en lugares como el país basco, pero competiciones a lo bruto las ha habido en todas partes. Parece que, en apariencia, hemos cambiado. Al menos en ciertos ambientes ha cambiado la sensibilidad. Sin embargo...

Urtain se suicidó el año de las olimpiadas de Barcelona. La obra utiliza la fecha como símbolo, como una especie de muestra de los cambios sociales. Pero el deporte competitivo sigue siendo duro, brutal, como lo muestran los casos de dopaje. Se pagan sueldos absurdamente elevados a gente joven y vulnerable, en los grandes clubs de fútbol. Todo eso de los récords y las medallas olímpicas me parece un absurdo, acaso no son igual de buenos los diez o veinte primeros? En el campo del ciclismo ha habido casos dramáticos de suicidios y finales trágicos, pero las competiciones siguen siendo duras, muy duras. El final de la obra, que muestra el ambiente y carácter del padre del boxeador, es terrible. Pero en competiciones deportivas escolares se ha tenido que llamar la atención a veces a algunos padres por su comportamiento histérico y exigente, violento incluso.

No sé si Urtain refleja exactamente una época. Esa época fue también poliédrica, diversa. Nuestro tiempo no son sólo los grotescos personajes televisivos que nos ofrecen imágenes patéticas por televisión, claro. Ni los ridículos políticos ni los escándalos financieros, o las estafas realizadas por personajes tan emblemáticos como el señor Millet. El montaje de Animalario tiene mucho de esperpento hispánico, entristece e inquieta, porque habla de nuestro país, pero también de los seres humanos y su extrema vulnerabilidad. De nosotros. Y de nosotras.

martes 8 de septiembre de 2009

Viajes cercanos




Cuando era joven tenía ganas de ver todo el mundo, creía que me quedaría pequeño, pero en aquella época era muy difícil alejarse demasiado. Con el tiempo moderé mis ansias viajeras. Hace años, muchos, cuando se viajaba poco o nada, al pueblo de los abuelos o a algún santuario cercano, y la gente empezaba a poder ir por esos mundos en coche propio comprado a plazos, recuerdo que más de un adulto pensaba que primero se debía conocer bien Catalunya, después, España, y más adelante, si se podía, el extranjero, empezando por Francia.

Hoy la mentalidad ha cambiado y muchas personas prefieren ir lejos, de entrada; piensan que ya llegará el momento de quedarse más cerca cuando envejezcan. Los jóvenes pueden moverse con facilidad por el mundo, estudiar en lugares distintos, hacer amigos en todas partes. No sé por qué, pero hacía tiempo que tenía ganas de conocer Segovia, quizá porque la imagen de esa ciudad había quedado ligada a aquellos libros antiguos ilustrados con bellezas de España, que nos mostraban el Acueducto y el Alcázar.

He ido al fin, unos días a Segovia pasando por Calatayud, la de la Dolores, mítico personaje que dio a conocer un catalán, Feliu i Codina, quien, al escuchar el cantar de un ciego sobre una historia, parece que real, escribió una obra de teatro que más adelante el gran Tomás Bretón, que quería conseguir un género operístico hispànico, convirtió en ópera. De la Dolores se han hecho muchas películas. Y parodias en broma, también. La Dolores aragonesa no ha conseguido tanta fama como la Carmen andaluza, nacida según el francés Merimé por el país vasco, cosas de la multiculturalidad.

Hoy el mundo se ha hecho pequeño. Mis padres, de mayores, hicieron también algún viajecito organizado, como tanta gente. Mi mamá se encontró en una ocasión a la madre de una amiga mía y tuvieron el siguiente diálogo:
-¿Qué tal el verano?
-Muy bien -dijo mi madre- hemos estado en Segovia...
-Uy -replicó la otra señora-, nosotros hemos estado en Tailandia!!!!

Hoy se viaja mucho y se fotografía demasiado. Todo parece igual pero todo, también, es muy distinto. Las ciudades reales de hoy son las de los barrios nuevos, las de las universidades y los supermercados. Sin embargo en sus cascos antiguos, con todo el peso de las tiendas de souvenirs y de los turistas habituales, se percibe también el alma del pasado, algo inexplicable que nos hace a todos muy parecidos vistos en perspectiva. Buscamos la diferencia, la singularidad, y acabamos por tropezar con ese razonable parecido que nos transforma en personajes de postal antigua, a lo largo del tiempo.

domingo 23 de agosto de 2009

Las puentes ya no existen




Durante el franquismo, con la idea de España que quienes mandaban tenían, se extendió un regionalismo folklórico muy particular, fomentado por cosas como los coros y danzas de España. Sin embargo, a pesar de los pesares, creo que todo aquello, en la escuela, tenía algún punto positivo, aunque hoy no se puede decir tal cosa sin peligro de lapidación ideológica. Cuando aprendíamos solfeo, en el antiguo bachillerato, se pasaban unos libros de música con canciones regionales de toda España y eran frecuentes las colecciones de cromos o fascículos que hablaban de cada región hispánica. En los tiempos de la transición salieron incluso algunos libros de lectura con textos en las diferentes lenguas que se hablan en España, con traducción al castellano al lado.

Aunque ese espíritu nacional se ha relacionado con el franquismo era anterior. El cuarto centenario del descubrimiento de América propició en Barcelona el monumento a Colón y durante la Exposición tuvo mucho éxito el Pueblo Español de Montjuïc, todavía en activo, y fomentado por arquitectos de catalanidad evidente.

En la historia existen períodos unificadores i períodos diversificadores. Hoy estamos en un mundo donde se alaba la diversidad, aunque todo esté globalizado y casi, casi, nos hablemos en inglés incluso en nuestro pueblo. Son contradicciones humanas. Siempre nos movemos entre la necesidad de pertenecer al grupo y las ansias de singularidad y diferencia, incluso individual.

Sin embargo las antiguas regiones, hoy comunidades, se conocen poco entre ellas, más allá de cuatro tópicos. No hay un intercambio activo de escolares entre comunidades, se hacen cosas, pero de forma puntual y gracias a iniciativas particulares de educadores esforzados. Tantas cosas como se piden a la escuela y en cambio no se ha fomentado la lectura de libros escolares que hablen de las diferentes comunidades en profundidad, de sus leyendas y culturas ni tampoco de las regiones históricas y de sus lenguas y de la riqueza que representa todo ello. La historia local y general, en la enseñanza obligatoria, da un poco de pena. Tanto a nivel peninsular como europeo o universal continuamos con las generalizaciones y los tópicos y los malentendidos, como puede verse leyendo la prensa o escuchando la tele. Resultado: cada vez más mal rollo, más reticencias y más ignorancia, fomentada cuando hace falta por los poderes políticos vigentes y los medios de comunicación pagados o subvencionados por ellos, aunque, me consta, hay gente excelente en todas partes, interesada por esa riqueza cultural y capaz de entender, como decía una canción que popularizó La Trinca en sus buenos tiempos con letra de Picas, que la terra no es partida, com un mapa mal pintat i que això és una mentida de molt mala voluntat.

El caso es que en mi infancia conocíamos refranes y canciones de muchos lugares de España a los cuales no habíamos ido nunca, porque entonces no se viajaba si no era a tu pueblo por vacaciones. Recuerdo que aprendí aquello de Ourense, tan típico: tres cosas hay en Orense, que no las hay en España, el Santo Cristo, la Puente y la Burga hirviendo el agua. Recuerdo que decíamos 'la puente' y que las maestras nos decían que puente era de esas palabras como mar o color que admitían los dos géneros. Sin embargo quizá ahora no sea así, por internet he encontrado la frase con el puente, cosa que, a mi entender, quita musicalidad y ritmo a la copla popular. Hace unos días, leí una entrevista a un científico estudioso del lenguaje, alemán, que teorizaba sobre el hecho de como el lenguaje condiciona nuestra visión del mundo y, concretamente, hablaba de los puentes, que en castellano son masculinos y en alemán femeninos y que por eso en una lengua se les atribuyen características literarias de fuerza y solidez y en la otra de ligereza y belleza estética. Seguro que el señor ignoraba que en castellano había habido, ay, bellas puentes...

Esas frases y coplas hablando de las bellezas locales son muy frecuentes en el folklore, en general. Me gustaba mucho también aquello de viva León porque tiene lo que no tiene Madrid, una catedral bonita y un hospicio con jardín. Esas evocaciones de ciudades que no conocía potenciaban mi imaginación. Incluso una publicidad radiofónica de Aspirina Bayer recurrió a ese tipo de canciones para promocionar su producto y en el periódico anunciaba también el analgésico con dibujos de parejas con trajes regionales. Era frecuente coleccionar muñecas con trajes de cada región, hoy parece incluso una horterada eso de los trajes regionales. En Catalunya se lucía poco el traje regional hasta que empezaron a venir andaluces y en las fiestas, sin complejos, ponían a las niñas el vestido de volantes. En las fiestas mayores se suelen elegir pubillas bien vestidas, con el traje típico, que siempre es, también, una simplificación, puesto que cada pueblo tiene a menudo, en su tradición, diversas variantes, pero, en general, nadie se pone el vestido de pubilla para ir a pasear por la Rambla. Pero, en general, todo eso parece de otra época, aunque siempre hay jóvenes esforzados que recuperan estas cosas, El tema de la diversidad ha hecho que cada comunidad potencie, a su modo, características particulares, en algunas ocasiones reinventadas o recuperadas de quién sabe dónde.

Lo que pasa es que esa diversidad también es unificadora. En Catalunya, el monopolio de la sardana, que se instauró como una especie de danza nacional cuando era un baile, sobre todo, de l'Empordà, acabó con otras muchas danzas típicas que pasaron a ser patrimonio de grupos de danza, como los esbarts. En la Catalunya del sur, donde estoy ahora, tan cercana a ese Aragón donde se habla catalán, se está recuperando, sin complejos, la jota del país. En esos territorios fronterizos es donde se percibe con más intensidad lo absurdo de las fronteras, sin embargo las divisiones acaban por imprimir carácter, a lo largo del tiempo. Absurda y poco clara es también la diferencia entre lengua y dialecto, sobre todo cuando al dialecto se le considera inferior a esa lengua oficial inexistente en la realidad, cada día más empobrecida y comprimida en manuales. La lengua catalana de estas Terres de l'Ebre es muy distinta de la ortodoxa y normativa, las normativas y las gramáticas son útiles pero no deben hacernos olvidar que son, en el fondo, una arbitrariedad necesaria pero artificial. Los buenos escritores son capaces de recrear el lenguaje popular y darle categoría y brillo, pero los escritores cada día son más iguales entre sí, me parece.

La gente suele reirse de las formas de hablar que no le suenan. Se ha ridiculizado al payés, al campesino, durante años. Por televisión eran frecuentes los chistes sobre el paleto, que venía del pueblo con su cayado y su boina. Hoy resulta también simpático reirse de la gente de ciudad, de los de Can Fanga, por ejemplo. Los andaluces y los gallegos que salían en las obras de teatro eran los graciosos, es difícil abandonar el tópico o recurrir a él, tampoco vamos a ser dogmáticos, tan sólo en ocasiones de diversión, entre amigos, siendo conscientes de sus limitaciones y condicionantes.





viernes 14 de agosto de 2009

Albañiles y turistas de antaño


Ayer invité a mi hijo a ver la película La piel quemada. He hablado en mis otros blogs de esta interesante reposición, en el cine Alexandra de Barcelona, un cine que está intentado ofrecer buen cine en diversos horarios y con propuestas interesantes, como son las de ampliar la actividad cinéfila con un almuerzo o cena.

La piel quemada
es una película del año 1967, dirigida por Josep Maria Forn, que se ha pasado alguna vez por televisión. Cada vez que la veo percibo nuevos valores en ella, más todavía en la actualidad, cuando la nueva immigración globalizada nos enfrenta con problemas que parece que habíamos superado.

La película tiene además, ahora, un valor documental. Nos enseña el Lloret de Mar de la época, con aquel primer turismo y el choque cultural que representó, los sistemas de trabajo y pago de salarios de entonces, la situación de pobreza que se vivía en muchas zonas rurales de España, el peso de la moral religiosa, las reticencias de la sociedad catalana ante la llegada masiva de población con otras costumbres y otra manera de comportarse y relacionarse...

Tenemos poca memoria, parece que no nos gusta recordar el tiempo en qué fuímos pobres o en qué mirábamos a los más pobres que nosotros con reservas evidentes. La piel quemada narra, en paralelo, la situación de un albañil que espera la llegada de su familia desde Andalucía (en aquellos trenes borregueros de la época) y el viaje de esa familia, esposa, hermano y dos niños pequeños, perdidos en un mundo que no conocen, entre la ilusión por mejorar su situación, el miedo al cambio y la nostalgia de lo que queda atrás.

Lástima que la copia esté algo gastada y que el sonido sea un poco deficiente. Suele pasar con las buenas películas olvidadas que se recuperan de nuevo y que no forman parte de los circuitos habituales. Sin embargo, La piel quemada sigue siendo una inmensa película, que debería ser imprescindible para los jóvenes de hoy, que no la conocen. La pareja protagonista estaba interpretada por Antonio Iranzo, excelente actor valenciano que nos dejó en el 2003, y Marta May, gran actriz, esposa del director, con una mirada que dice mucho más de lo que se cuenta. Ambos tuvieron premios merecidos por su trabajo. Sin embargo hoy son, también, actores poco recordados. Somos un país bastante desagradecido.

La piel quemada tuvo problemas de censura por introducir algunas inocentes frases en catalán y un minidestape turístico, cosas de la época. En la película hay cameos de personajes com Salvador Escamilla o Jaume Picas, tan importantes en su tiempo para la recuperación de la cultura catalana.

He oído contar que existe una sola copia de la película y que por eso se proyecta, de momento, en un solo cine. Si eso es cierto, es una lástima. Espero que se pueda ver pronto 'más allá de Barcelona' o, por lo menos, en televisión, de nuevo. Con Surcos, de principios de los cincuenta, es de las mejores que se han realizado sobre la inmigración desde el campo a las zonas urbanas. Gracias a esta película y al libro de Candel Els altres catalans los autóctonos -hijos de inmigrantes más antiguos, en realidad- empezamos a contemplar a los recién llegados con una mirada muy distinta.