domingo, 22 de septiembre de 2019

TODOS NO SON IGUALES NI TODO DA LO MISMO


De futbol, política y educación todo el mundo parece entender mucho. Ayer perdió el Barça y es fácil comprobar como los pobres entrenadores pasan de la devota sacralización a la condena contundente, sin reservas. Pero estos días el tema estrella es la política, claro. Me cuesta entender como con tanta gente supuestamente responsable y que sabe lo que debería hacerse tengamos unos políticos tan inútiles, la verdad. 

Hace tiempo, en alguna ocasión, yo aseguraba que no iría a votar, por diferentes motivos, y siempre había alguien que me reñía con contundencia, tantos años sin poder votar y ahora no querer ejercer un derecho tan importante... Sin embargo, siempre acabé por votar. A veces quizás me equivoqué, no lo sé. No soy fiel a un partido ni he sido admiradora de ningún líder. 

Sé que vivo en una democracia débil, coja, frágil. Quizás todas lo son, en algún momento, pero la nuestra salió de momentos difíciles, de un largo túnel potenciado por los poderes occidentales, después del final de la Segunda Guerra Mundial. No creo que un pueblo tenga el gobierno que merece, al menos, no de forma absoluta. Tiene, también, el gobierno que le dejan tener los poderes fácticos y la geopolítica interesada.

Estos días recibo un montón de desagradables chistes sobre la inoperancia de los políticos, en general. Con los de casa se es un poco más prudente, tenemos gente en la cárcel y con eso se puede hacer poca broma. Sin embargo se fomenta la percepción de inseguridad en Barcelona, la campaña en contra de Colau es evidente, machacona. No era yo partidaria suya pero me pasa con todo, me gusta llevar la contrario, y ahora me cae bien. Me gustaron ella y Carmena, en esa presentación, afortunadament más breve que las anteriores, de las fiestas de la Merced.

Mucha gente me dice que no irá a votar, con este panorama.. Que todos son iguales. ¿Son iguales Casado y Sánchez? ¿Iglesias y Sánchez? ¿Eran iguales Hillary Clinton y Trump? Hay quién me asegura, situado en una altura moral en la cual se ha colocado él mismo, que todo es la misma mierda. Parece que la abstención sería un castigo visible, vaya. Pero resulta que la abstención suele afectar casi siempre a la izquierda o, lo admito, a lo poco que queda de la izquierda.

Hace años Lidia Falcón publicó un libro muy interesante, Es largo esperar callado, en el cual había una crítica muy dura sobre el machismo izquierdista. En una entrevista le preguntaron si eran iguales  la derecha y la izquierda, en lo relativo a la situación de la mujer y a otros factores. Falcón contestó de manera contundente que en absoluto, sobre todo porque a la izquierda se le podía y debía exigir un cambio y era más posible encontrar interlocutores. 

Puede que en algunos aspectos, una izquierda débil y moderada y una derecha moderna e inteligente tengan puntos en común y sean capaces, incluso, de pactar gobiernos. Por lo que respecta a la derecha actual, aquí y en otros países europeos, eso no es así, más bien vamos para  atras, como los cangrejos. Quizás lo he soñado pero cuando Juan Carlos fue tolerado, e incluso celebrado, como rey repuesto, participó en un programa de la BBC, un documental en el cual hablaba del futuro y de que ya se vería lo que quería el pueblo. Entendí que en algún momento, después de aquella solución de compromiso, en el intento de evolucionar sin demasiada violencia hacia, más o menos, la democracia, se consultaría a la gente, por si se quería recuperar, ay, la República legal de 1931.

Nada de eso sucedió, Todo se ha enquistado y petrificado, la unidad hispánica inamovible, el puritanismo de nuevo cuño, la monarquía hereditaria, el substrato dictatorial franquista. Cosas como la ley mordaza hubiesen sido impensables hace años, como tambien hubiese parecido imposible tener políticos en prisión durante dos años largos, sin posibilidad de acogerse a nada. La condena, dicen, será dura. Vendrán tiempos peores, puede ser. ¿Ayudará a mejorar el panorama una abstención masiva?

Se puede ir de Guatemala a Guatepeor, pero, si no hay grandes alternativas, quedémonos con lo malo y evitemos lo peor. Y miremos atrás con cierta perspectiva, muchas cosas han mejorado, en el país, a pesar de todo. Algo habrán tenido que ver los políticos en lo bueno, también. Esa queja continua y recurrente, con tendencia al chiste malo y cruel, parece ser una constante hispánica, Cataluya incluída. Pedimos unidad a los políticos y, en general, la gente, en los pueblos y barrios, suele ser incapaz de ponerse de acuerdo en temas absolutamente banales o de relativa poca importancia. 

Precisamente cuando las cosas no están claras o se ponen difíciles la poca participación política que tenemos se debe potenciar, o así me lo parece. Los socialistas, hace años, acuñaron un eslogan que me pareció, incluso, de mala educación: si tú no vas, ellos vienen. Algo así. Ellos, claro, eran los otros. Se olvida que por mucho repelús que nos provoquen determinadas opciones, si son legales, deben respetarse. De nada servirá no ir a votar, aunque ir a votar sirva para poco. 

Me sorprende la facilidad con que se condena a todo el mundo y se ponen en el mismo saco opciones claramente distintas. Ya sabemos que después puede que los que manden no hagan lo que prometieron, incluso que hagan lo contrario. Pasa en las mejores familias o acaso incluso los padres ¿no nos prometían, de niños, cosas imposibles? Una cosa es la campaña, otra los deseos, y una tercera, la realidad. Ser posibilista parece poco heroico, de cobardes, pero así son las cosas. Las grandes proclamas suelen acabar en agua de borrajas y muchos líderes sacralizados no soportarían una biografía objetiva, què hi farem. 

domingo, 15 de septiembre de 2019

LOS IDIOMAS NO TIENEN LA CULPA


Al poeta Celan le recriminaban, en Francia, que continuase escribiendo en alemán, la lengua de sus verdugos. Lo mismo le sucedió a algunos intelectuales judíos, insistentes en utilizar su alemán de origen y de estudios, aunque viviesen en Israel después del Holocausto, no estaba nada bien visto. Las lenguas, los idiomas, las formas dialectales, términos poco precisos y bastante resbaladizos, tendrían que servir para comunicarse y entenderse pero también se convierten, demasiado a menudo, en instrumentos de opresión o en bandera reivindicativa. Sin embargo, el lenguaje, hablado y escrito, ha sido una gran conquista humana.

Si en muchos campos del saber se nos ocultan realidades y se insiste en convertirnos en analfabetos, el de las lenguas es de los más escandalosos, no nos contaron nada de como era el mundo, en ese aspecto, y todavía la educación primaria pasa de puntillas por encima del tema. Los poderes académicos inventan la lengua escolar, correcta y culta, cosa que contribuye a etiquetar a los incultos e ignorantes cuando utilitzan formas dialectales brillantes, coloristas, vivas, pero consideradas vulgares, ordinarias. 

Leí hace poco La Retornada, una novela bastante interesante de una autora italiana, la protagonista, hija de una familia pobre, fue entregada a una pariente bien situada que, por diversas circunstancias, la devuelve, de adolescente, a la familia de origen, pobre e ignorante, que vive en un pueblo de los Abruzzos. Uno de los muchos problemas de la muchacha es la vergüenza que siente cuando escucha a sus familiares biológicos, hablar en la variante del lugar, que no es italiano.

Italia y Alemania se unificaron en el siglo XIX e inventaron una variante estándar, en esa variante académica consensuada, no podía ser de otra manera, unas formas dialectales se impusieron sobre las demás. Las formas dialectales alemanas o italianas son más diferentes, entre ellas, que el catalán con el gallego o el castellano. Las lenguas nacen, crecen y mueren, en general, o se transforman, con el paso del tiempo. Hoy se valora más la diversidad pero hubo épocas en las cuales parecía más interesante y práctico unificar. Sin duda la vida en el mundo sería más cómoda si todo el planeta tuviese un solo idioma, aceptado por todos y todas, para eso habría que haber llegado a la paz universal, hoy una aspiración etérea, un ideal que parece casi imposible. 

Sin embargo las lenguas francas se hacen necesarias, todavía más en un tiempo en el cual se negocia, se viaja, se conoce gente de aquí y de allá. El latín, en el Mediterráneo, tuvo esa función. En el campo religioso, todavía durante el siglo veinte, los curas viajeros se entendían en latín. La clase obrera quiso inventar una nueva lengua franca, el esperanto, pero no pasó de sectores idealistas, anarquistas pacifistas, hoy es casi una anécdota. Haber impuesto una lengua se tiene como un mérito, el latín en el mundo romano, el español en América, hay tantos ejemplos... 

Si todo el sur europeo hubiese conseguido formar un estado heredero del Imperio Romano hoy las lenguas romances serían un solo idioma. Sin embargo, más allá del tema fraternal, hay a menudo ansias de diferenciarse, gente que se entiende hablando pero que escribiendo utilitza alfabetos distintos, ortografías diversas. Los grandes poderes son impositivos, manejan la educación  e intentan imponer ortodoxias peligrosas, y, en general, con poco respeto para la diferencia. Lo peor es que nos lo creemos y es que la unificación  tiene aspectos prácticos indiscutibles, la lengua impuesta acaba por ser asumida sin problemas, cuando las cosas van bien y el país que la ha impuesto tienen un cierto prestigio.

Hoy todo está cambiando, quizás yo no lo vea pero podremos hablar con quién sea de dónde sea y un aparatito nos ira traduciendo lo que sea. Los traductores de la lengua escrita, hoy, son bastante eficaces. La gente joven se mueve mucho, trabaja lejos, viaja con un interés práctico, cosa importante. No es cierto que el racismo y sus derivados se curen viajando, a veces es al revés, el viaje turístico aumenta la percepción de los tópicos, en muchas ocasiones. Sin embargo ha habido, en la historia, períodos de gran optimismo lingüístico, que han acabado de mala manera.

Lo peor es cuando el patriotismo visceral y preceptivo incide en la percepción de la lengua. Las lenguas, los idiomas, los dialectos, han servido para crear poemas, leyendas, canciones. Como un cuchillo, que sirve para pelar patatas o para asesinar al enemigo, tienen aspectos diferentes y pueden ser un peligro si no se utilizan como debe ser. En el fondo todo es cuestión de no creernos superiores a nadie por ser de allí o de allá y hablar así o asá. Cuando naces no te dejan escoger país, pueblo, familia ni nada de nada. Y de mayor no es tan fácil cambiar de filiación, cosa que en muchas ocasiones no es voluntaria sinó obligada por las circunstancias históricas, a menudo dramáticas. Se supone que si eres de un lugar, de un país, has de tener eso tan manipulado, una identidad, y no ser un traidor a la patria, vaya. El patriotismo y otras ideas peligrosas han contribuído a eliminar durante siglos un número ingente de gente, mucha de ella joven, entusiasta, inexperta, indefensa.

Hoy parece una vulgaridad hablar de alma universal, de ser ciudadano del mundo, de cosas así que, en ocasiones, han servido también para imponer un alma, un mundo, al resto. Sin embargo vivimos en una época y en una zona geográfica en la cual, de momento, podemos tener una cierta libertad de pensamiento y acceder a opiniones diversas, con ciertas peligrosas restricciones, no lo negaré. La libertad siempre es frágil. Para empezar a entender el mundo tienes que envejecer y la vida es breve. Por eso los problemas, los prejuicios, los dogmas y las consignas, reaparecen. Las lenguas son inocentes, la ortografia, arbitraria. Si la capital de España hubiese sido Sevilla la normativa, probablemente, sería otra. Y eso vale para muchos lugares.

La barbarie supuestament culta ha acabado con lenguas e idiomas, lo mismo que con personas, edificios, ciudades y ejércitos. Aunque una lengua nos haya sido impuesta, de alguna manera, la vida la convierte en nuestra, también. Y nuestra propia lengua también nos impone normativas diversas, lo que está bien y lo que no lo está. En el fondo, todo está bien si se utiliza de forma razonable, con generosidad y con lucidez. La literatura y, hoy, los medios de comunicación, imponen tendencias y pocas veces reflejan la realidad viva. Tolstoi, en Anna Karenina, nos cuenta como la gente bien habla en francés a sus hijos, era el idioma de moda cultural de la época. Sin embargo, esos diálogos familiares los transcribió en el ruso oficial, me imagino. La papanatería no es de hoy, claro. En Gente bien, una divertidisima obrita de teatro de Rusiñol nos cuentan como los nuevos ricos intentan vivir en castellano y adoptar costumbres incluso inglesas, tomar el te y cosas así.

Los prejuicios no existen entre unas lenguas y otras, sinó que también hay luchas interiores. Ramón y Cajal, que era un lince, de pequeño, cuando a causa del trabajo de su padre, debía cambiar de pueblo de vez en cuando, lo primero que hacía era intentar hablar como los chicos del lugar, para no convertirse en víctima propiciatoria para sus burlas crueles. Hoy se ha recuperado la obra de Juli Vallmitjana, que reflejó el habla de los gitanos y gente pobre barcelonesa de otros tiempos, llena de frases y palabras del caló de la época. Sin embargo, a esas formas de hablar, del catalán de barrio, se las definió como chavas. Los escritores pueden tener un gran papel a la hora de reivindicar el lenguaje popular y reconvertirlo en cultura seria y aceptada por los elitistas.

En todas las lenguas existen los policías espontáneos. Mi madre me enseñó a leer en catalán cuando poca gente lo hacía pero en ocasiones, de forma voluntaria o involuntaria, dejó escapar algún castellanismo, lo mismo que la gente que habla castellano y vive en Catalunya deja escapar catalanadas. En muchas ocasiones surge ese policía improvisado que te corrige. Por suerte las lenguas vivas no están de tanta tontería y conviven sin manías, en el mundo corriente. Otra cosa es si queremos escribir literatura con futuro, en ese caso hay que ser respetuosos con el tema o introducir las variables con inteligencia, prudencia y buena intención.

En el fondo todo es cuestión de respeto, de aceptar que la gente hable como quiera y que se exprese sin miedo, ni prejuicios, ni temor al ridículo. Todo se transforma y se adapta al presente, seguramente esa sociedad multicultural de hoy dará paso a unas lenguas con aportaciones de todo tipo, con acentos que ignoramos. En el fondo es que los seres humanos nos parecemos tanto, en lo bueno y en lo malo, que nos tenemos que diferenciar como sea, para ser originales, me temo.

jueves, 4 de julio de 2019

EN VERANO HACE CALOR, A VECES, MUCHO Y, EN ALGUNAS PARTES, MÁS




No seré yo quién ponga en duda todo eso del cambio climático. Sin embargo, lo admito, me preocupa muy poco. Envejecer, aunque la memoria es engañosa, hace que recuerdes calores y fríos, lluvias y períodos de sequía, predicciones apocalípticas y desastres diversos. Lo mismo que en tantas cosas el exceso informativo sobre el tema meteorológico hace que salgas a la calle convencida de qué tendrás frío o calor, según lo que te hayan dicho en la tele o en la radio. Muy a menudo todo son olas, ola de frío, ola de calor...

El tiempo meteorológico parece una enfermedad. La tendencia a tratar a la gente como si fuesen niños cuando, incluso los niños y niñas, son hoy muy espabilados, hace que gente sesuda, expertos en el tema, te repitan aquello de beber agua, pasar por la sombra, no hacer ejercicio bajo el sol y otras vulgaridades. Sin embargo, cosas sencillas, como poner toldos en las playas públicas, gratuitos, brillan por su ausencia. Cuando yo era pequeña muchas playas tenían establecimientos de baños, pagabas algo por acceder allí y tenías diversos servicios, entre los cuales unas zonas de sombra con techo de paja, donde podías instalar la toalla. Hoy tienes que pagar si quieres sombrilla y no la  traes de casa. 

Cuando era  pequeña, en verano, hacíamos muy pocas vacaciones. Íbamos algunos días a algún pueblo con parientes. Recuerdo que me sorprendía escuchar a mis padres o a mis tíos afirmar con contundencia, cada año, que jamás había hecho tantísimo calor como aquel. Las informaciones meteorológicas suelen afirmar que determinada temperatura no se conocía desde hace treinta, cuarenta, veinte años... como si eso fuese toda una eternidad, vaya.  Voy a un pueblo en el cual, en los cincuenta, hubo unas etapas de sequía pertinaz que contribuyeron a la emigración de gran parte de sus habitantes  en edad de  trabajar. 

Hace años, no tantos, tuvimos también sequía en Barcelona y se llegó a extremos ridículos, no se ponía agua en las fuentes públicas, cosas así. Sin embargo, no se racionó, cosa que se temía hiciese perder votos a quienes mandaban, entonces, en el ayuntamiento. Se dijo que aquella sequía duraría años pero no duró tanto. Durante mi adolescencia cayó aquella gran nevada de 1962 y luego hubo inundaciones, se dijo que era algo inexplicable, sin embargo en el último cuarto del siglo XIX había habido una nevada parecida. Nuestra memoria es breve y relativa, como nuestra vida.

La gente sencilla atribuía aquellos hechos a la incipiente y apasionante carrera espacial. Supe más adelante que en un pasado no tan lejano se habían atribuido algunos hechos singulares de este tipo a los gases utilizados en la Primera Guerra Mundial. Hubo, en el siglo XIX, un año sin verano, con erupciones volcánicas, en la época en qué Mary Shelley escribió Drácula. En pasados más remotos la culpa la tenía Dios o los dioses, el único remedio era rezar. Ahora parece que la culpa es nuestra, de los humanos, que hemos crecido de forma exponencial y lo ensuciamos todo de mala manera. Pensar que la culpa es nuestra es, en el fondo, una forma de orgullo, de vanidad. Si la culpa es nuestra nuestra es también la solución. Incluso cuando uno se muere parece que no ha luchado bastante. Es habitual utilizar eso de luchó contra la enfermedad para definir el calvario que supone tener una enfermedad grave que, incluso, a veces, se supera. Pero nada se supera de forma definitiva. El final es la muerte, antes o después, no siempre plácida, ni tranquila, ni rápida, ni digna. El final es la inevitable decadencia de la vejez, si se llega a una edad muy avanzada. 

Para soportar el calor se ha inventado eso de los aires acondicionados, excesivos casi siempre. Cada verano me resfrío gracias a ellos. He de llevarme siempre una chaqueta, para ir al cine, para tomar el autobús. Los edificios modernos han de estar herméticamente cerrados, con esas grandes y absurdas ventanas de cristal, de diseño, para limpiar las cuales hay que contratar equipos de escaladores. Las casas de campo antiguas, las iglesias, eran lugares frescos en verano, sin tanta tontería ni tanto consumo energético. Con el tiempo, yo no lo veré, pero seguramente surgirán secuelas producidas por el consumo de esa refrigeración de la cual no te puedes escapar si trabajas en un edificio moderno. También en invierno se suele abusar de las calefacciones pero a mi me afecta mucho más eso de la refrigeración y, además, estar en lugares donde no se pueden abrir las ventanas me produce mal rollo, angustia existencial.

Quejarse del tiempo es habitual, con los años nos volvemos más quejicas, además. El verano es bueno para veranear, aunque eso de veranear es una tendencia moderna. Veranear y viajar. Hoy, si no viajas, pareces una ignorante. La gente presume de sus viajes, cada vez más lejos. La gente mayor, sobre todo. La gente joven viaja de otro modo, muchas veces por estudios, por trabajo, por curiosidad juvenil. La juventud es  espléndida pero breve, como todo. 

El viaje más interesante es la vida misma, ese viaje en el tiempo que va de la infancia a la vejez, si tienes suerte y no mueres antes de llegar a ella. Lástima que el final de ese viaje no cuente con la posibilidad de contarlo a los que acaban de empezarlo, a los que lo iniciarán en otras décadas, en otros siglos. Más allá del calor, por desgracia, siempre hay guerras y crueldades. Injusticias aquí y allá. Puede que tengamos suerte y nuestro viaje por la vida sea, relativamente, interesante y feliz. También cuentan los compañeros del mismo, padres, parejas, amigos... El azar, en definitiva. Quejarnos del calor o del  frío, en el mundo civilizado y, de momento, en paz, debería parecernos de mal gusto, una frivolidad, vaya.




martes, 14 de mayo de 2019

AMORES DE CINE Y EL ESPÍRITU DE DORIS DAY


Con poco tiempo de diferencia  nos han dejado dos mitos del cine, nuestro Conrado San Martín y Doris Day. Se ha hablado y escrito más sobre Doris Day que sobre nuestro galán incombustible, así es la vida y así son las modas y el consumo cultural. Los dos estuvieron a un paso de llegar al siglo de vida, todo un reto. San Martín se casó una sola vez, tuvo varios hijos y le sobrevive su esposa, sus hijos y unos cuantos nietos. Doris Day tuvo un hijo que murió relativamente joven, Terry Melcher, objecto del odio de Manson porque, parece, no lo quiso promocionar musicalmente. La idea perversa de Manson era matar a Melcher y a su pareja de entonces, Candice Bergen, però el músico y promotor musical ya no vivía allí y las victimas fueron otras, entre las cuales la pobre Sharon Tate.

Melcher se casó varias veces y le sobrevive un hijo, Ryan, que no ha trabajado en el mundo del espectáculo. Day se retiró relativamente pronto del cine, se dedicó a la protección de los animals y era muy apreciada entre sus amigos. Las fotos de su vejez nos muestran a una dama sonriente,  encantadora, bella incluso, sin esos excesos estéticos que transforman en monstruítos a las actrices. 

Con motivo de su muerte se ha caído en el tópico habitual, al evocar aquellas películas románticas con Hudson, que ejemplificaban una fantasía femenina recurrente, esa de qué el Don Juan de turno se rehabilitaba gracias al amor, cuando encontraba a la mujer de su vida. Day trabajó con muchos galanes pero las tres películas que hizo con Hudson fueron emblemáticas, hacía de ingenua pero no tanto, era una dama joven y de buen ver, que trabajaba, que tenía su profesión, vaya. Estaban llenas de humor inteligente, no tan inocente como se pretende. Hudson era un gran comediante, según me opinión era mejor haciendo reir que haciendo llorar.

Luego supimos que era gay, todavía hay quién se sorprende de que lo fuese, como si los homosexuales fuesen todos amanerados y raritos. Tuvo mala suerte con el VIH, le tocó la época mala de la enfermedad, una enfermedad que se llevó por delante a mucha gente. Day tuvo mala suerte con sus maridos, Melcher, que cedió su apellido a Terry, hijo de un matrimonio anterior, resulto ser un manirroto y un estafador y parece que el tema se destapó cuando murió. Nos gusta ver moralejas en todo, hay que ver, que mentira, aquel sueño americano y todo eso. Todo es relativo, seguro que Day y Hudson también tuvieron épocas felices, a pesar de todo. 

Se atribuye a Orson Welles aquello de que los finales felices dependen de donde terminas la película. La película o la vida, diría yo. Se puede ser feliz durante un tiempo y que empiecen a pasarnos cosas malas a nivel individual, pérdidas, enfermedades, cosas así. O, todavía peor, a nivel colectivo, guerras sobretodo pero también catástrofes naturales, accidentes. Todo es incierto. También hay quién las ha pasado canutas de pequeño y luego es feliz, más o menos, y consigue estabilidad, tranquilidad, amor. Hoy, afortunadamente, la gente se puede separar, juntar, tener hijos ilegítimos, ser gay o lesbiana y, en general, en nuestra sociedad, no pasa nada. No valoramos como deberíamos esa libertad de pensamiento, que afecta tanto a nuestra intimidad.

Quizás haya quién piense que creíamos lo que sucedía en aquellas películas, o en otras más actuales, como Pretty Woman, por ejemplo. Sabemos, como sabían mis padres y abuelos, que eran cuentos, pero los cuentos gustan, sobretodo si terminan en el momento preciso, cuando la pareja se besa y es feliz, y rica, y elegante. Incidir en aspectos personales de aquellos actores con aquel mal consuelo envidioso de qué los ricos también lloran sirve de poco. Aquellas películas continuaran teniendo su magia, aunque ahora nos parezcan algo machistas, tontas o simplonas. No todo tiene que acabar mal aunque la vida siempre acabe mal, de alguna manera, o sea, con la muerte. Viva Doris Day! Y viva Rock Hudson! Eternos y guapos para siempre, en esas historias que no eran para no dormir sinó para dormir soñando en colores.

lunes, 29 de abril de 2019

PAISAJE DESPUÉS DE LA BATALLA... ELECTORAL


En esta foto podemos ver a Pedro Sánchez cuando ganó las primarias. La gente militante y fiel a sus partidos genera imágenes parecidas a las de cuando se gana la lotería de Navidad, si las cosas van bien después de las consultas. Rie, salta, grita, se abraza, sonríe tontamente, levanta los brazos y hace la señal de la victoria... después viene la realidad, los pactos, las abdicaciones morales, las posibilidades reales, pues la política tendría que ser la ciencia de lo posible y lo posible nos puede parecer mediocre y cobarde.

Ha sido esta una campaña extraña y desagradable en muchos momentos. En los debates que puede ver tan solo Iglesias y Assens me parecieron educados, moderados y posibilistas, la verdad, aunque en algunos medios se dio por vencedor a un Ribera que a mi me pareció horrible, tot son gustos. La verdad, hay que admitirlo, es que no le ha ido mal del todo, viendo los resultados finales.

Quizás tengo el síndrome de Casandra, aunque algo atrofiado, pero hace tiempo que los resultados de las consultas electorales no suelen sorprenderme. Por poco que se observe la realidad que nos circunda se percibe algo de intención de voto sin haver encuestas ni sondeos ni todo eso en lo que se gasta un dinero absurdo. 

¿A qué vienen los sondeos televisivos de la noche electoral, un par de horas antes de qué vayamos a saber los resultados definitivos? En algo tienen que gastar el dinero los medios de comunicación, me imagino. La modernidad llena los platós de lucecitas y gráficos, casi parece que vayan a actuar los cantantes eurovisivos en un momento u otro. Las locutoras se peinan, maquillan y visten de mujer objecto con criterio y los varones suelen ir con traje y corbata  aunque eso de la corbata es hoy, de momento, una prenda en recesión. 

Sin embargo y a pesar de que sospechaba como iría la cosa no dejaba de inquietarme eso de las tres derechas unidas, dispuestas a acabar con el tema catalán de forma expeditiva cuando, ay, el independentismo actual es obra suya. Con el PP, y lo recordó Batet en el debate catalán, se incrementó la tendencia. Lo peor, los presos, claro. En eso, como en tantas cosas, se tiene la sensación de qué han pagado los más inocentones.

Sánchez sigue recibiendo patatas calientes por todas partes. Sus mismos militantes reunidos le pedían a gritos que nada de Ciudadanos. Y si se acerca a Esquerra, triunfante en Catalunya, como también era de esperar, y creo que la cosa tiene que ver con la moderación algo iluminada del buen Junqueras, que admitió que daría suport a Sánchez ante la amenaza carpetovetónica, le caerá de todo por parte de ese tripartito frustrado que ha encontrado en el anticatalanismo un filón electoral. Aunque parece que ya hay mucha gente cansada del filón. 

Sánchez es un resistente eficaz y poco ha tenido que hacer ante unos ataques absurdos y hasta surrealistas, que hacían añorar la tranquilidad plácida y el humor gallego de Rajoy, incluso de Fraga. A Catalunya nos mandaron a  esa Cayetana, ¿a quién se le ocurrió? Pero, en fin, ellos sabrán. Los problemas reales del país y de la gente han sido unos grandes ausentes pero en algún momento habrá que incidir en la vida real, en el paro, en la sanidad, en la educación, en el medio ambiente, en el trato que hay que dar a la immigración, en la despoblación rural, en como se va a resolver eso de Catalunya sin crear más inquietud y resentimiento del que ya existe. Però, bueno, hemos vivido épocas mucho peores y mucho más inquietantes...

Entre dos partidos entre los cuales tenía dudas me decidí, ayer, por el que tenía más mujeres y más mujeres que no estuviesen a la cola. En eso se mejora poco y, me sabe mal decirlo, en esa Catalunya que además del seny i la rauxa cae en cierto cofoïsme algo peligroso, la cosa no mejora tanto como debiera, aunque tuvimos a Batet al frente de los socialistas, una persona que parece eficaz aunque en casa la tildan de esfinge y no van desencaminados. Por cierto, ¿dónde escondieron a Iceta, desde que se atrevió a manifestar que si la base social independentista se va ampliando habrá que tomar medidas, vía referéndum pactado y todo eso?

La vida sigue y ahora vienen las municipales, en Barcelona. Todo pasa y cambia y el futuro, afortunadamente, es incierto. Los vencejos han regresado y los cielos azules nos vuelven a inspirar una cierta emoción estacional, aunque con los años todo  se relativiza: Porque ese cielo azul que todos vemos,/ ni es cielo, ni es azul: ¡lástima grande/  que no sea verdad tanta belleza!

Es habitual criticar hoy a los políticos pero tengo un gran respeto por la gente que hace cosas que yo no sería capaz de hacer, la verdad. El mundo de la alta política, en el fondo, es un reflejo del mundo de la base, de esas peleas de vecindad, de los enfrentamientos en la comunidad de vecinos, en el claustro de profesores o en el centro excursionista... Las corruptelas a nivel básico se van ampliando cuando las posibilidades aumentan pero en todas partes hay alguien esforzado, con ganas de trabajar, que está por encima de las ideologías, aunque tenga las suyas, y que desea, de buena fe, el bien común. 

No entiendo que en nuestros tiempos haya ese aumento de la extrema derecha, que hace algunos años parecía destinada al ostracismo y el olvido, pero parece un fenómeno europeo y existe y se incrementa, me guste o no. Los miedos nos acercan a los dogmas, a las seguridades etéreas pero deseables. Y la especie humana es como es y no como, a muchos y muchas, nos gustaría que fuese. Con los años me sorprende mucho más que, con todas nuestras limitaciones, hayamos conseguido épocas de paz, intermitentes y frágiles, locales, claro, depende de nuestra suerte vital. Que el sufragio universal, tan imperfecto como se quiera, exista, ya es un milagro en el contexto de la evolución moral de la especie. Uno de los carteles que esos días veo colgado en algunos balcones, pocos, afortunadament, es ese de ni olvido ni perdón, ya sé que es retórico, pero me incomoda. Perdón, olvido y lo que haga falta, pintaría yo por esos muros tan maltratados por los grafitis sin gracia. 




domingo, 10 de marzo de 2019

FERNANDO REY, UNO DE LOS GRANDES, UN CUARTO DE SIGLO DESPUÉS


Hace pocos días, con motivo de mi asistencia a una tertulia sobre libros de historia en la cual habíamos comentado la biografia de Carlos I de Herny Kamen surgió el tema de la reina Juana y, por extensión, se mencionó esa pelicula mitica que es Locura de amor. La película nació el mismo año que yo, la vi varias veces, algunas en la escuela, donde era un clásico en las esperadas sesiones de cine educativo. Se basa en un drama romántico del mismo título, de Tamayo y Baus.  Más allá de sus circunstancias creo que ha resistido bien el paso del tiempo y que refleja, además, aquel final de los años cuarenta, una España rancia pero con aspiraciones y unos intentos de cine histórico bastante digno, si pasamos por alto la realidad histórica y las inevitables consignas ligadas a la lamentable situación política de entonces. 
Algunas escenas están inspiradas en cuadros de temática historica de esos que tuvieron tanto éxito durante años, sobre todo a finales de nuestro siglo XIX y principios del XX. Cuadros que son estampas teatrales y que han conformado nuestro imaginario sentimental de forma, a veces, imperceptible. Muchas de esas pinturas nos llegaron a través de cosas como los cromos de las tabletas de chocolate o las deficientes reproducciones de las enciclopedias autárquicas. Algunos, como el que cuelgo, de Padilla, tienen tintes impresionistas, incluso. La modernidad los quiso olvidar pero actualmente se están reivindicando, afortunadamente.

Una de las últimas veces en qué vimos Locura de amor en la escuela, ya casi adolescentes, nos reímos de ella sin compasión, incluso jugábamos a imitar de forma hilarante a Aurora Bautista repitiendo aquello de esta dormido, ssss... La ignorancia es muy atrevida. La película cuenta con un reparto de categoría. Bautista era algo histriónica y exagerada pero esos papeles le iban que ni pintadors. Fue Juana la Loca y fue Agustina de Aragón y, años después,  fue La tía Tula. 

Hoy, en ese excelente programa de cine que es Sucedió una noche, recordaban a Fernando Rey.  Se cumplieron, el 9 de marzo, veinticinco años de su muerte. La vida de Fernando Rey fue de película, uno de esos casos en los cuales el destino es benigno y agradecido, a pesar de todo. Era hijo de militar republicano de categoría, estaba destinado a ser arquitecto y esa maldita guerra de la cual todavía sufrimos secuelas, olvidos y tergiversaciones, lo cambió todo. Puedo escapar, por casualidad, de la cárcel. No así su padre, condenado a muerte. 

Rey se llamaba, en realidad, Casado y ese Franco que no  era tan tonto como muchos quieren pensar le lanzó una pulla en una visita de un equipo de actores al Pardo: qué tal su padre... Rey no pudo evitar admitir que estaba en prisión, cosa que el dictador sabía de sobras. Franco, según cuentan, comentó al actor que, por desgracia, su progenitor se había equivocado de bando. El padre de Fernando Rey fue Fernando Casado Veiga y en muchas ocasiones se le ha confundido con Segismundo Casado, a causa del  apellido y la profesión. 

Fernando Rey llegó al cine por necesidad. La ausencia del padre y la pérdida del patrimonio familiar le obligaron a trabajar en lo que fuese y respondió a un anuncio solicitando extras para una película. Admitía no tener vocación de actor e incluso haber aborrecido la profesión en algún momento. Odiaba su imagen con mofletes y peluca, ese Felipe el Hermoso tan antipático pero tan creible, y, más adelante, se dejó barba. Ramon y Cajal era un gran defensor de la barba que, según él, y estoy bastante de acuerdo, mejoraba muchos rostros masculinos. 




Luego llegaron Bardem, Buñuel, el exito internacional, incluso. Lo que demuestra que no hace falta tener vocación ni estudios para ser bueno en algo. Incluso en algo que nos parece que no nos va. La vida es extaña. Rey tenia madera de actor a su pesar y adquirió, además, oficio, con la experiencia y las relaciones. Se casó, algo mayorcito, con Mabel Karr, la preferida chica de la Cruz Roja de mi madre. Karr se retiró del cine pronto, aunque regresó después de enviudar. La mala suerte quiso que muriese de forma prematura. Fueron una familia discreta y digna. El hijo de Fernando Rey, médico, protestó hace algún tiempo del contenido de uno de esos programas basura de la tele, en el cual achacaban la muerte de Karr al abuso de cirugía estética cuando las presentadoras de esos programas, si el motivo fuese tan evidente, deberían estar todas en el otro mundo. 

A Fernando Rey le hicieron compartir pantalla con actrices jóvenes y hermosas, en su elegante madurez. Siempre fue serio con el tema familiar, ya que en ese oficio pasa lo mismo que en todos aunque las tentacions resulten habituales, depende de cada uno. Fue un inmenso Quijote, al lado de un excelente Sancho Panza, Landa, otro de los grandes recuperado por buenos directores después de sus inicios cómicos y sin transcendencia. Mucha gente joven de hoy, incluso aficionada al cine o con deseos de trabajar en él, sabe poco sobre la gente de esas generaciones y tiene pocas ocasiones de acceder a grandes películas antiguas. El país no es muy agradecido, la verdad, en eso envidio a los franceses, a los argentinos... Los veinticinco años de la muerte del actor han pasado de puntillas pero aún hay esperanza de que nos monten un miniciclo por la tele. 

Sobre Juana la Loca, con Eugenia de Montijo y María de las Mercedes forman un trío mítico que tengo ligado a la música popular, a esas coplas inolvidables que se les dedicaron, tan instructivas en relación a la historia romántica y que eran habituales en las emisiones de discos solicitados. En un cine de barrio al que asistía con frecuencia, el América, del Paralelo barcelonés, todavía estuve a tiempo de conocer aquello de las variedades complementarias. Siempre actuaba alguien que cantaba coplas y no se me ha olvidado nunca aquello de doña Juana, por qué lloras, si es tu pena la mejor... Hay que ver lo que llegamos a saber, más por viejos que por diablos, claro.


domingo, 23 de diciembre de 2018

LA MEJOR LOTERÍA ES EL TRABAJO Y LA ECONOMÍA


¿A quién le vendo la suerte?
¡Mañana sale y está premiado!
(Mis ojos tienen que verte
por tres puñales atravesado).
¡La fortuna, pa mañana!
¿Quién me compra un QUINCE MIL?
(Te repiquen las campanas
a la hora de morir).
¡Cuatro series!, ¡qué bonitas!
¡Voy tirando los caudales!
¡Son de doña Manolita!
¿Quién me compra esta penita?
¡Mañana, mañana sale!


('Mañana sale', de Quintero, León y Quiroga, fragmento)


Existen muchas canciones sobre la lotería y los juegos de azar pero mi preferida sigue siendo esa de Mañana sale, la última que cantó Concha Piquer y que hizo que se retirara a causa de algún problema con la voz. Recuerdo una antigua foto de Raquel Méller vestida de vendedora de lotería, debía haber algun cuplé con esa temática que no he sabido encontrar.

La lotería de Navidad era todo un clásico durante mi infancia y juventud. Todos los tenderos vendían lotería propia y cualquier asociación hacía la suya. En Catalunya a menudo llamábamos apuntaciones a los billetitos en los cuales nos avisaban, en general, de que una pequeña parte de cada boleto era para la entidad. Eso hacia que centros culturales de todo tipo o escuelas pudiesen ingresar un dinerito extra. La suerte, para esas entidades, era que, por ejemplo, les tocase la devolución, ya que mucha gente no la cobraba y el ingreso era mayor.
La lotería era una excusa para quedar con gente a la cual hacía tiempo que no veías e intercambiar billetes de lotería. Las cosas han cambiado bastante, hoy existen problemas para imprimir billetes, derivados del mayor control existente por parte de la hacienda pública. En Catalunya se instauró otra lotería, La Grossa. Pero creo que también tiene un peso el hecho de que la gente ha perdido la inocencia y la fe en las posibilidades de un cambio de vida gracias al azar. Una muy buena profesora de matemáticas que tuve la suerte de conocer cuando estudiaba magisterio, Maria Rúbies, insistia en qué si la gente calculase bien no compraría lotería, a causa de las pocas probabilidades que tenemos de ganar alguna cosa, en comparación con lo que invertimos en la compra de numeritos del sorteo.

Rúbies era de CIU en los buenos tiempos de ese partido, los del Pujol en olor de multitud. Era una persona muy honesta, muy buena persona, trabajadora, seria, una gran profesional de la educación. Se quejó de qué la Generalitat montase loterías, en aquella época, en concreto, el rasca-rasca. La marginaron y tuvo disgustos importantes. Murió relativamente joven. La recuerdo a menudo, nos daba clases voluntarias los sábados, a la gente de los estudios nocturnos. Sólo recuerdo otro profesor que hacía eso, el profesor Cervelló, cuando estudié Humanidades, ya mayorcita, en la UOC.

Mi percepción es que la lotería tiene menos peso que antes pero debo estar equivocada, parece que se vende bastante, todavía. Cuando era pequeña el día de la lotería ya era fiesta escolar y escuchaba por la radio el sonsonete de los niños de San Ildefonso, entonces sólo eran niños, era como una canción navideña alternativa, me encantaba. Eso de los euros ya no me suena tanto como las antiguas pesetas y todo ha cambiado, sobre todo, yo. 

Los anuncios de lotería son todo un poema, suelen estar muy bien hechos, apelan a la solidaridad, al compartir y todo eso pero también, en ocasiones, fomentan la envidia, pecado capital. ¿Qué pasa si no has comprado lotería y a tu vecino o a tu prima les toca un pastón, gracias a un boletito que rechazaste? En una ocasión, hace años, estaba de excursión con un grupo de amigos. Paramos a tomar algo en un pueblo y los niños de una entidad vendían números, me resultaron simpáticos y les compré algo. Mucha de la gente que venía conmigo no había comprado nada pero cuando vieron que yo compraba se apresuraron a hacerlo. Mira que si me tocaba a mi y a los otros, no...

La publicidad de la Grossa de este año iba por ahí. Era un anuncio divertido y humorístico, un montón de gente friki iba diciendo 'yo paso', a la hora de comprar lotería, después tocaba y se tiraba de los pelos. Hace pocos años pasaban uno de la lotería nacional en el cual un pobre hombre no podia comprar lotería pero su amigo, el dueño de un bar, le había guardado apuntaciones. Tocaba, claro, y todos eran felices y comían perdices.


A mi me gustaba mucho aquella campaña del señor calvo atractivo, que se iba paseando por la ciudad. Lo contrataron durante algunos años y a las damas nos encantaba, parece que no le renovaron el contrato por motivos económicos. Era unos anuncios muy bonitos aquellos, la verdad. 
Este año no he comprado nada de lotería. Las antiguas tiendecitas de mi barrio han cerrado, han sido substituídas por comercios de gente de todo el mundo, pero no es lo mismo y la gran mayoría no venden lotería. 

La mayoría de entidades sociales, para no tener demasiados problemas legales, no hacen tampoco lotería propia, la mayoría. Las relacions amistosas se establecen hoy alrededor de la Marató, todo el mundo organiza cosas para recaudar fondos. En el fondo es lo mismo, las Navidades se articulan todavía en torno a cosas como el buenismo recaudatorio generalizado y adaptado a la modernidad, destinado a fer calaix. No dudo de las bondades de esas iniciativas però tengo algo de repelús ante las solidaridades navideñas, la verdad. Durante años fue un clásico aquel programa de los señores Dalmau y Viñas, la Campaña Benéfica de Radio Nacional. 

Los niños iban allí a recitar versos de la época. Incluso yo llegué a ir con la escuela y recité Mi vaquerillo. Era un poema un poco largo y el señor Dalmau se ponía nervioso, querían cosas breves y que todo el mundo pudiese pasar por el micrófono y por caja. En mi clase habíamos recogido, lo recuerdo, setenta y cinco pesetas. Claro que debía ser el año 1958, más o menos.

Mis padres conocían casos de gente ludópata a causa de la lotería, en general. No sólo de la de Navidad, claro. Evidentemente, a alguien le toca. El escritor Pere Calders, con su humor agudo e irónico, hablando de la muerte, decía que, si al menos vieses a alguien a quien no le ha tocado morir... pero que nadie se escapaba del final previsto. Siempre toca, vaya. 

Mi madre, aunque compraba algo de lotería y, de vez en cuando, los cupones antiguos de la ONCE, aquellos de los tres números, nos repetia a menudo el sabio refrán que dice: La mejor lotería es el trabajo y la economía. Hoy, sin embargo, no es fácil ni tan sólo tener trabajo, y hacer economías, para mucha gente, resulta casi un espejismo, además de què las entitades de ahorro no favorecen eso del estalvi. 

Las ludopatías no se fomentan tan sólo con las loterías convencionales, hoy internet ha inventado un montón de trampas diversas para qué la gente se enganche a eso del azar. Los bares están llenos de maquinitas diversas, papadineros, como decíamos antes. El cine ha favorecido la ludopatía en esas imágenes de grandes casinos llenos de caballeros elegantes y damas sofisticadas. Esos tahures que iban en barcos por el Mississipí jugando a los naipes eran muy atractivos, en general. El cine negro ha aprovechado el tema, muchos jugadores con poca suerte eran maltratados o asesinados por sus deudores. Hace poco vi, en el teatro, la versión musical que la gran Silvia Marsó ha hecho sobre el libro de Zweig 24 horas de la vida de una mujer. El objeto del deseo y de la pasión puntual y breve de la dama es un ludópata joven que la deja desplumada. Vale más huir de las tentaciones, vaya.