jueves, 5 de diciembre de 2013

PAÍS MEZQUINO Y OLVIDOS IMPERDONABLES: LOS ARGENTA Y LA MÚSICA




Casi coincidiendo con el centenario del nacimiento de su padre, el gran Ataúlfo Argenta, ha muerto su hijo Fernando, también músico, gran divulgador de la música clásica que se inició de joven con aquel recordado conjunto de Micky y los Tonis. Por desgracia no he tenido una formación musical profunda pero en mi casa había algunos discos con música de zarzuela, dirigidos por Ataulfo Argenta. Hace pocos días, en un programa de la UNED se reivindicaba su figura con una queja absolutamente justa sobre lo que llegamos a celebrar centenaris y bicentenarios de tanta gente mientras olvidamos genios hispánicos como ese gran pianista y director de orquesta, que murió demasiado joven y que la gente de la edad de mis padres recordaba muy bien, con inmensa admiración.

Mi madre miraba a menudo los programas del hijo, como aquel Conciertazo tan divertido, a veces Fernando Argenta caía a veces en cierto histrionismo pero no cabe duda de qué motivaba a los escolares que se divertían muchísimo con él. Realizó un gran trabajo en los medios de comunicación que le han recordado poquito estos días, según mi opinión. Las teles y las radios olvidan deprisa a su gente, todo es efímero y andamos tan metidos en la crisis, en el tema del independentismo y en reivindicaciones diversas que los árboles no nos dejan ver el bosque. Argenta hijo fue afectado hace años por una regulación laboral, lamentable, como lamentable es el poco espacio que se le ha dedicado en ese medio de comunicación, al menos hasta ahora. El centenario de su padre creo que ha pasado casi desapercibido y mucha gente joven, incluso gente aficionada a la música, no sabe ni quién era. Y luego nos sorprendemos de los resultados escolares... Un estudio pisero sobre la cultura de los adultos, incluso de los que mandan en el mundo cultural, nos sorprendería mucho más.

viernes, 29 de noviembre de 2013

RUBALCABA ABUCHEADO. Y NO SERÁ EL ÚLTIMO.

Rubalcaba suspende una conferencia por los abucheos


No me gustan los abucheos que impiden charlas o conferencias, sea quién sea la víctima, inocente o no, de tales actos, bastante habituales. Tampoco quiero que se les ocurra mandar polis a reprimir a los manifestantes, claro, faltaría más. Pero me gustaría vivir en un país donde las protestas fuesen siempre silenciosas, pacíficas y las huelgas despiqueteadas. Que aquellos que quieren escuchar a los conferenciantes pudieran tener la libertad de hacerlo, también. Me gustaría que los protestones también escuchasen al abucheado, con sus pancartas en alto incluso y que al finalizar hiciesen al conferenciante preguntas agudas e inteligentes que lo dejasen en evidencia, en ridículo, apabullado ante la dialéctica punzante y bien razonada. Sin embargo esos comportamientos hacen gracia e incluso hay personas que lo consideran una actitud sana y juvenil, necesaria. Cuando sucede en una universidad aún me inquieta más. No es la primera vez ni será la última, incluso diría que los políticos ya cuentan con esa posibilidad de encontrarse con un griterío silenciador. No sé cómo se puede pensar que no dejar hablar a alguien, aunque sea alguien que nos merezca desprecio o contrario a nuestro modo de pensar, es una actitud democrática. No diré tolerante porqué eso de la tolerancia es también una especie de trampa y hay cosas intolerables. Al contrario de lo que pueda parecer, esos actos hacen crecer a la víctima, a esa persona que no ha podido discursear a su gusto y que suele irse con una actitud de orgullo ofendido muy comprensible. 

Alguien que lea esto puede pensar que me hago viejita y me vuelvo conservadora pero es algo que he creído desde joven, asistí a abucheos absolutamente injustos contra buena gente, hace años, en aquella movida transición de nuestra juventud. Negar la palabra a alguien que, además, no nos va a convencer con su discurso, me parece inquietante porque luego todo el mundo pide eso del diálogo que me parece que es, en realidad, una abstracción semántica.

sábado, 16 de noviembre de 2013

ESAS PESADAS CARGAS FAMILIARES...


Malo es no tener familia pero a veces entiendo que se justifique el celibato de los curas con eso de qué deben amar a todo el mundo y no tan sólo a los suyos. Sin embargo, aunque debe haber de todo, esa medida no les exime ni les ha eximido de mirar por los parientes. Si no hay hijos, legítimos o no, hay sobrinos, hijos de amigos, parientes lejanos. Tener un cura bonachón y conocido libró de la muerte a mucha gente en tiempos difíciles con aquello de los avales de postguerra, todas las circunstancias tienen su cara buena y su cara mala, claro. Una de las debilidades del pobre Jacint Verdaguer fue la familia, su hermana y sus sobrinos eran de cuidado, unos buitres, y además se dejó abducir por la otra, la que lo acogió aparentemente de buena fe y que también buscaba el provecho propio.

Me acaba de llegar por internet una información sobre el pariente bien situado de un líder d'Esquerra Republicana. Bueno, nada nuevo bajo el sol. Los hermanos bien colocados de líderes políticos de derecha, centro e izquierda han sido una plaga bíblica contra la cual parece que poco se puede hacer. Los escándalos, grandes, medianos y pequeños, que han implicado a maridos, esposas, hijos, sobrinos, nietos y cuñados han existido hoy, ayer y siempre. Incluso sobre Franco había quien opinaba, santa inocencia, que él no era malo del todo pero que su entorno familiar era de cuidado. No puedo ni imaginar lo que hubiese podido representar que doña Carmen Polo hubiese sido una señora simpática y carismática, populista como Evita. Es imaginar un imposible y hacer política ficción, claro.

Cuando llegó la monarquía, esa extraña y surrealista restauración que tan bien acogimos con gran ingenuidad, unos de los comentarios populares habituales era que se trataba de gente afable, muy distinta de los de Villaverde y el resto, con tantas ínfulas. Con el tiempo se ha demostrado que el talante no lo es todo y que no eran tan sencillitos como parecía, vaya. Y lo peor, el yerno advenedizo, que ha dado al traste con la poca credibilidad monárquica de los inocentes. En la política más cercana, la de los ayuntamientos grandes y pequeños, he visto a menudo como se recurría a enchufes. En una ocasión hace años, un señor socialista y sindicalista que era de mi club de cámping me contó, sin vergüenza ninguna, que cuando él dejase el ayuntamiento de su pueblo, a causa de la edad, entraría su hijo: para que pongan a otro...

En tiempos de escasez laboral el enchufismo familiar y amistoso funciona mucho más, claro. Casi un noventa por ciento de empleos se consiguen a través de conocidos y saludados. Se busca el padrino, si no se tiene. A través de los padrinos se consigue trabajo pero también cosas más temporales, como entradas para el teatro gratis, por ejemplo. Si escribes un libro, lo llegas a publicar -sin enchufe- y quieres que en algún periódico te lo comenten has de recurrir a conocidos o intentar conocer a quiénes tienen ya su sitio en el olimpo intelectual del momento. Bueno, es así. Nos hemos acostumbrado desde abajo a este estado de cosas, a esa amoralidad casi cultural, genética. En eso no hay mucha diferencia entre derechas o izquierdas, entre ricos y pobres, cada cual enchufa cuanto puede o se corrompe a su nivel y además los pobres nos justificamos con eso de qué los ricos lo hacen más, mejor y con más beneficio. Conozco maestras que, hartas de niños, se colocaron en algún sindicato dónde tenían el conocido durante una temporadita.

No anem bé. Siempre surge por algún lado el hermano corrupto, impresentable, o el negociete de la cuñada, redondo gracias al soporte del político colocado en un buen lugar. No se instala en los lugares clave a la gente que vale sino al conocido o al conocido del conocido. Funciona el tema, también, en el mundo académico. De la universidad y las capillitas existentes en algunas facultades podría contar un montón de anécdotas que he ido conociendo a lo largo de mi vida, a través de afectados pero también de favorecidos. De ahí viene en parte el demagógico rechazo populista a determinados exámenes y oposiciones, en el fondo un sistema más permeable, abierto y revisable que el dedo que señala al candidato. También se convocan concursos de méritos para plazas ya otorgados de antemano, de forma casi secreta, no fuese el caso que se les diera demasiada publicidad.

No estoy en contra de la ayuda a los hijos, a los hermanos, cuando se puede y cuando éstos lo merecen, todos somos humanos y no hay que llegar al otro extremo, también he conocido gente muy purista y dura en eso de no dar un empujoncito cuando se puede a quién lo necesita, porque es de la familia. Pero hay casos y casos y los políticos debieran ser muy serios en ese tipo de cosas o, al menos, lo suficientemente discretos como para que el enchufe no trascienda, cosa difícil en la actualidad. A veces te enteras, como por casualidad, que ese o aquel son sobrinos de alguien. La gente de la calle, la sencilla, incluso justifica el tema con comentarios como yo también lo haría si pudiese. Si claro, y una servidora, que para eso es madre, tía, esposa y abuela. Pero un sistema serio debe ser aquel que no permita hacer ese tipo de cosas o que, al menos, puede controlarlas con un mínimo de ética. Sin embargo, me temo que nada cambiará. Sólo querría que ese clientelismo mediterráneo, según dicen heredado de los romanos, mejorara un poquito. Estoy harta de recibir mensajes por las redes sociales sobre hermanísismos y cuñadísimos, la verdad. 

viernes, 25 de octubre de 2013

MANOLO ESCOBAR, MUCHO MÁS QUE MINIFALDAS Y CARROS PERDIDOS


Mi familia es catalana de muchas generaciones, no todo el mundo puede decir lo mismo en este país nuestro, pequeñito y peleón, peleón siempre de forma moderada desde que comemos caliente. Tuve una época, lógica y generacional, de redescubrimiento de la catalanidad, que coincidió con mi adolescencia y mi primera juventud. En esa época de admiración por lo progre autóctono recuerdo la vergüenza que me producía que mis padres, mi madre sobre todo, fuesen admiradores de personajes del flamenco popular y de la copla andaluza. Ahora no me extraña nada de eso porque sé un poquito más de historia y hace mucho tiempo, desde antes de la guerra, incluso desde antes de los inmigrantes murcianos, existió una tendencia hacia todo eso que se etiquetó de forma indiscriminada como folklore. Rusiñol se disfrazaba de andaluz, muchos pintores elitistas pintaban castizas y toreros y en el tiempo triste de la guerra la película más vista en los dos bandos, Catalunya incluída, fue Morena Clara, con aquella gran actriz, Imperio Argentina, que sí, filmó en Alemania con los nazis, cosa que recogió, de manera muy pedestre y absurda, un director de cine poco interesado en la realidad de las épocas grises.

Así pués, cuando mi madre cantaba cosas de Lola Flores, de Juanita Reina o, más adelante, de Manolo Escobar, yo la contemplaba con esa conmiseración de superioridad orgullosa frecuente en los años tiernos e ignorantes. Después, con el tiempo, supe de la historia ejemplar de la familia de Manuel García, una historia hispánica que serviría para una buena serie de televisión, siempre que contase con guionistas de calidad. Un montón de hermanos, un padre preocupado por la cultura, Andalucía pobre, Catalunya posibilista, un maestro republicano acogido en la casa a cambio de cultura, se estudia lo que se puede, se trabaja en mil cosas y se triunfa también en lo que se puede, en ese caso la música popular. Éxito, dinero, boda con alemana guapísima, hija adoptada, periodista inteligente, Badalona, Benidorm, Almería. Una geografía de lo hispánico real pobló la vida de un hombre a quién todo el mundo apreció y respetó al conocerlo. No son habituales las fidelidades matrimoniales en ese mundo artístico de copla y guitarra pero, contra todo pronóstico, el español y la alemana que se casaron sin entenderse hablando, duró siempre. Incluso su muerte ha sido plácida, feliz, con su gente, hoy tampoco es fácil morir bien. Coleccionista experto de arte, aficionado al dibujo, mucho más inteligente de lo que aparentaba, creo que para no parecer pedante. La fama no lo cambió, decía la gente de su barrio de Badalona, cuando él regresaba a sus calles y saludaba a unos y otros. Admitía que sus grandes éxitos musicales fueron, a menudo, sus peores canciones, pero la gente necesita divertirse, corear tonterías, olvidar los problemas y reir.

Me caía muy bien ese señor. En sus fotos de mayor, ya sin teñidos, tiene un aspecto venerable de profesor emérito. Tuvo tiempo de conocer a su nieta, yo que ahora tengo una nieta creo que incluso en eso tuvo suerte, los nietos son una nueva ilusión, una esperanza en el crepúsculo vital, aunque no se crea demasiado en un futuro justo y feliz para todo el mundo ni queramos saber qué les pasará cuando vean que la vida va en serio y nosotros ya criemos malvas. De todas las canciones que he escuchado, cantadas por él, me quedo con una magnífica versión de Los campanilleros y con esa del abuelo triste, animado por el nieto, el abuelo perdió a la abuela y ya no lleva al niño de paseo, todo ha cambiado. En su caso ha sido el abuelo el primero en pasar, como pasaremos todos, famosos y anónimos, pobres y ricos. Una vez lo vi por la calle, cerca de casa, actuaba en el Apolo, iba con su guapa esposa y más gente y ésta se paró a mirar el escaparate de una buena perfumería de mi barrio, él la llamo, con mucha ternura, vamos, cariño, que es tarde. Aquí, en Catalunya, se ha remarcado más que nada su barcelonismo futbolístico pero hay que decir que la señora alemana, que fumaba de joven y seguro que iba a los toros con minifalda sin ningún problema, es del Real Madrid, aspecto que se ha silenciado, como se silencian tantos aspectos cotidianos de la diversidad humana y cultural que no responden a esquemas canónicos. Descanse en paz. 

viernes, 4 de octubre de 2013

CURRO JIMÉNEZ, EL BANDOLERO DE LOS SETENTA Y NOSOTROS, LOS DE ENTONCES


Algunos días, de modo esporádico, he visto algunos capítulos de Curro Jiménez. En su época tampoco vi la serie entera, tenía a mi hija muy pequeña y me imagino que poco tiempo libre además de cierta prevención antitelevisiva progre. Lo poco que vi fue en blanco y negro, la primera televisión la compramos con motivo de la muerte de Franco y la serie se realizó entre los años 1976 y 1978. No valoré entonces aspectos que hoy, con más años y menos prejuicios, contemplo con admiración. La lástima es que entonces la vi sin color y ahora está descolorida, como tantas otras de la época. O quizás ese es también un punto a su favor, esa distancia temporal que producen los colores esvaidos del pasado.

Tenía yo entonces mis manías pedagógicas, me parecía violenta, el tópico del buen bandolero me producía cierto rechazo. Se vendieron juguetes relacionados con la serie, la pistola, la navaja. Un día vinieron unos amigos a casa, su hijo pequeño llevaba una bonita y pequeña pistola, la del protagonista. Me pareció aquello poco educativo, eran tiempos de etéreos métodos pacifistas y de rechazo a absolutamente casi todo. Eran años de mucha esperanza en la política, íbamos, como quien dice, amb el lliri a la mà, con la flor en la mano. 

Hoy, que me he vuelto más realista y escéptica, me encantan esas historias televisivas cuando las puedo ver. Están hechas con gran dignidad, los guiones eran, la mayoría, de Antonio Larreta. También están dirigidas por personas importantes del mundo del cine. Los actores principales encontraron ahí el papel de su vida, en especial Sancho Gracia, que entonces no me acababa de gustar, lo encontraba un poco chulo, cosas de la edad. Sin duda la serie lo marcó, después hizo papelones impresionantes y nos dejó demasiado pronto. Lo mismo Pepe Sancho y el resto. Algunos de los actores y actrices invitados fueron flor de un día, eso suele pasar con los secundarios de las series, por desgracia, no todo el mundo tiene las mismas oportunidades. Algunas de las bellas damas que salían en los distintos capítulos muestran hoy una lamentable vejez, gracias a las operaciones de estética y al bótox indiscriminado.

Sancho Gracia montaba él mismo a caballo por aquellos hermosos paisajes que espero que no hayan cambiado demasiado. No son nada frecuentes las series de televisión con tantos exteriores, hoy la mayoría pasan en el comedor, en la salita, en la habitación del hospital o en la comisaría. La ambientación, mirada desde el presente, resulta impresionante por su realismo, un realismo ciertamente matizado pero resuelto con inteligencia. La serie se puede encontrar en DVD pero cuentan que no sigue el orden real, gran fallo. El personaje se inspiró en uno de real, el barquero de Cantillana,  que acabó vencido por la ley. A la serie le dieron un final más amable, los protagonistas pueden partir hacia América, tienen una nueva oportunidad. 

Los bandoleros fueron habituales durante años. Catalunya era conocida durante los siglos anteriores como tierra de bandoleros, cosa que recuerda don Quijote cuando se acerca a Barcelona y ve muchos ahorcados por las cercanías. Se ha querido buscar razones profundas, políticas y sociales, para explicar la vida de determinados bandoleros mitificados, pero nunca responden a la realidad, que desconocemos, sinó a nuestras creencias ideológicas del presente. También en la novela La Punyalada se alude al fenómeno en Catalunya,  ya más reciente que en la época del Quijote. En el estado español el bandolero típico ha sido el andaluz pero los hubo por todas partes. Todavía nuestros abuelos recordaban problemas de los carreteros al pasar por determinados lugares solitarios y peligrosos. Hubo durante siglos una gran ausencia de control, hasta que se fundó la Guardia Civil, por cierto. Se pide policía y luego se critica a la policía de forma absoluta porque así somos los humanos, por un lado incoherentes en nuestras demandas de seguridad al precio que sea y, por otro, proclives al abuso de poder en muchas ocasiones.

Las guerras internas del XIX propiciaron que muchos soldados a la fuerza se convirtiesen, por necesidad o afición, en ladrones de caminos. Curro Jiménez se mueve en el contexto de la guerra con los franceses, en eso se aleja de la historia real del barquero de Cantillana, que vivió después. Los franceses se convirtieron en ese enemigo común, diferente y fácil de identificar por la gente del pueblo. Más complejo es identificar el enemigo interior, claro. Sin embargo la serie es poco maniquea, bastante razonable, con episodios incluso humorísticos. Creo que había más imaginación y ganas de hacer cosas interesantes en aquellos años de mediados de los setenta aunque yo entonces mirase de reojo como cabalgaba Sancho Gracia por la España de antaño. Hoy no hay bandoleros justos y quizás no los había entonces, todo era mucho más sórdido de como nos lo presentan la literatura, el cine, la televisión. En la España de los setenta, en cambio, todo era más luminoso, más alegre, más esperanzador, al menos en nuestros corazones, entonces tan jóvenes, tan imprevisibles, tan críticos con todo.

A mediados de los noventa se quiso hacer una continuación pero todo había cambiado y no tuvo el éxito esperado. Cada cosa tiene su momento. Siempre será una de aquellas series de culto, como Verano azul, que miraremos desde la distancia, añorando aquel tiempo, aquellos actores y aquella persona que fuimos entonces incluso a pesar de qué los años nos hayan hecho algo mejores, más tolerantes, más condescendientes, más comprensivos con las debilidades humanas y con las ficciones románticas de una realidad poco amable. Y más viejos, claro.

martes, 24 de septiembre de 2013

DE LA INFANCIA Y SU FRAGILIDAD









Si existe una etapa frágil en nuestra vida esa es la infancia. Caemos donde caemos, por azar o genética, y nadie nos da a escoger ni familia, ni pueblo, ni barrio, ni país, ni lengua. Para todo dependemos de los adultos, queremos complacerlos y que nos amen y mimen, si es posible. Hace unos días, en mi blog en catalán, critiqué la manipulación de los niños por parte de las televisiones, con motivo de la Via Catalana. Poco después la caverna mediática criticó lo mismo, cosa que me provocó un gran repelús pues coincidir con según quién, aunque sea por casualidad, no gusta a nadie. Lo peor es que encontramos mal que alguien utilice niños y niñas en manifestaciones a favor de cosas en contra de nuestras propias creencias, por ejemplo las antiabortistas y todo eso, pero cuando la causa es la nuestra todo nos parece normal. Entiendo que, con toda la buena voluntad, los padres y madres quieran educar a sus hijos en sus principios, incluso que si no tienen donde dejarlos los lleven a esas movidas diversas a favor de lo que sea. Que luego vaya allí el locutor de turno y les pida opinión, ya me parece más inquietante. Los niños repiten como loros lo que escuchan en casa, en la escuela, en la calle. No nos engañemos, no los vamos a mentalizar ni a convertir en grandes luchadores por la justicia a base de llevarlos en procesión de la misma manera que a gran número de nosotros no nos convirtieron en católicos practicantes ni en franquistas incondicionales a fuerza de adoctrinamiento escolar. A veces más bien pasa lo contrario. Se produce un empacho y una reacción adolescente o juvenil en contra de aquello que nos impusieron, con todo el amor del mundo, no lo dudo.

Las únicas manifestaciones de niños que entiendo son las que se producen en países del tercer mundo por part de niños explotados laboralmente y que organizan ellos mismos. Esos niños son en realidad adultos precoces que si no se defienden por sí mismos no conseguirán nada. Esos son casos aparte, de mundos que queremos olvidar, donde sí existe realmente una desnutrición seria. TV3, ante los ataques de la caverna mediática ha querido justificarse sobre el uso de niños en sus reportajes, mala política es esa, se renuncia a la autocrítica, los otros dicen que es malo, pues debe ser bueno. Hoy no se puede opinar de según qué porque resulta que los fachas de verdad parece, solo parece, que opinan también así cuando les conviene. Porqué, claro, ellos también utilitzan niños y niñas en sus causas, sin ningún pudor y de forma abusiva. No sólo pasa en política, también en programas de estupideces y banalidades. Se habló mucho de restringir la publicidad dirigida a los niños pero nada de nada, los programas de dibujitos, aquí y allí, cuentan con esos anuncios de juguetes, de comida, de tonterías de toda clase, dirigidas a ese sector de población que no tienen más dinero que el de sus padres. Sólo Pippy Calzaslargas tenía dinero propio, dicen que la actriz que la interpretó ha hecho ahora películas subidas de tono. ¡Vaya con los niños rompedores!

La escuela también predica la neutralidad pero jamás ha sido neutral. El sector de los maestros ha estado durante años, después de la época oscura del franquismo, dominada por una progresía que se ha quedado en los laureles de otras épocas. Recuerdo que sacábamos también los niños a la calle cuando faltaba algún maestro, sin ningún tipo de manías. A veces, a menudo, la información sobre las necesidades escolares se hinchaba según la intención de los padres politizados de las AMPAS. Un día intenté explicar a un padre de esos que las cosas no eran como las estaba contando a la gente y me respondió que eso eran estrategias del capitalismo para hacerme ver lo que no era, algo así como aquello de doctores tiene la iglesia. En mis escuelas se trabajó la paz y se salió a la calle con motivo de la guerra del Golfo, siempre que hubiese americanos de por medio, claro. Con el tema de Yugoslavia, al final, como clamaba al cielo, también se hizo alguna cosa. El resto del mundo parece no existir, pedagógicamente hablando. Sin embargo, todo da lo mismo, la escuela tiene mucho menos peso del que se pretende que debería tener, sobre todo la primaria. 

Creo que el tema merecería un debate, eso de sacar niños a la calle y pedirles la opinión. He cambiado yo también pues llevé a mis hijos y a mis alumnos conmigo a manifestaciones diversas, hoy lo veo de otro modo. Quizás hace falta envejecer un poco para comprender que acabamos haciendo aquello que no queremos que nos hagan a nosotros, manipular. La libertad es una abstracción, un valor casi imposible de conseguir, creemos lo que nos cuentan aquellos que merecen nuestra credibilidad, al fin y al cabo, como en el tema religioso, nos movemos por fe. Con los años te das cuenta de que todos mentían, más o menos. Los unos y los otros. Al pasar de niño a adulto se suele actuar de dos maneras, o considerando los valores familiares como indiscutibles o pasándonos al otro lado por rebeldía y necesidad de autoafirmación. Al punto medio, aquel que le gustaba a Quintiliano, se llega con los años y no siempre ni todo el mundo.

martes, 27 de agosto de 2013

CUESTIÓN DE FE

Nunca en mi vida he 'amado' a ningún pueblo o colectivo, ni al pueblo alemán, ni al francés ni al americano, ni a la clase trabajadora ni a nada de este orden. En realidad yo solo 'amo' a mis amigos, y soy incapaz de cualquier otro amor. Pero es que además, este amor a los judíos, siendo como soy judía, a mí me resultaría sospechoso" (Hannah Arendt)

Vi que alguien había colgado esta conocida frase de Hannah Arendt en facebook y la compartí. Sin embargo, en muchas transcripciones, la frase se divulga sin la parte final cosa que hizo que un amable comentarista puntualizase sobre el hecho que Arendt no hacía referencia al pueblo judío, cosa que no es cierta pues el contexto del que se extrajo era, precisament, sobre ese tema. El mismo comentarista insistió en qué los pueblos y naciones son realidades nos guste o no. Bueno, todo es opinable. Los pueblos y las naciones, según mi modesta opinión, son construcciones culturales y políticas sujetas al azar de la historia, variables. Como todo, nacen, crecen -a veces-, y mueren. Tendrían algún sentido si al nacer te dieran a escoger libremente dónde quieres ir a parar, qué lengua quieres hablar y qué familia te parece mejor para tu educación sentimental. Como eso es imposible, la libertad para ser lo que te toca no es tal libertad, es casualidad.

Traspasar las culpas o las virtudes del nivel individual al colectivo no ha llevado a nada más que al desastre. Incluyo en este tema colectivos como el de las religiones, los curas, lo que sea. Así que se olvida a la persona y se la culpa del mal del colectivo o se le reconocen todas las virtudes del conjunto todo va mal, todo ha ido mal. Las personas, a nivel individual, suelen entenderse o, al menos, respetarse. Pero cuando las etiquetas entran en conflicto y hay que tomar partido, no anem bé. Tu vecino puede convertirse en tu enemigo, tu delator, tu asesino. De momento, por suerte, los patriotismos cercanos no nos exigen grandes sacrificios más allá de salir a la calle, enarbolar banderas, comprarte una camiseta, gritar un poco. Ya no hay que dar la vida por la patria, ni por la clase obrera, ni por la anarquía ni por Dios. Ahora parece eso una obviedad en nuestra sociedad pero hasta hace cuatro días se compartía esa exigencia sin discusión.

Vi ayer la película sobre los últimos años del pintor Renoir, no quiero entrar en consideraciones cinéfilas en este momento sinó en el contexto de la primera guerra mundial, presente en la película, en la cual se exacerbaron los nacionalismos europeos. Un hijo de Renoir quedo cojo, el otro, casi manco. Y tuvieron suerte. En la película se puede escuchar una de esas arengas patrióticas del momento. El anciano pintor se muestra ya absolutamente escéptico sobre el tema bélico, contempla desde la vejez el absurdo que tiene enviar a la juventud a la muerte por una patria etérea. Recuerdo una versión que hicieron hace años, por la televisión, sobre la novela Corazón, de Edmundo de Amicis, situada en el marco de exaltación patriótica de la unificación-uniformización italiana. La versión televisiva, muy buena, añadió un epílogo a la historia y aunque no me gusta que varien las narraciones originales en este caso me pareció el epílogo muy educativo. Un alumno, superviviente de la guerra, encuentra a su antiguo profesor y éste le confiesa que cuando impartía aquellas lecciones sobre la gran patria italiana, sin poder hacer otra cosa por razones obvias, intuía que estaba enviando a sus alumnos al matadero.

Los tiempos de crisis economicas son propicios a los dogmas patrióticos, religiosos, políticos. Parece que hay que creer en algo cuando bastaría con creer en la vida cercana y en nuestros pequeños mundos domésticos que parecen mediocres pero que nos permiten amar a los nuestros y también a los otros, si nos esforzamos un poco en ello. En este contexto, la frase de Hannah Arendt me parece muy significativa, todavía más en boca de alguien absolutamente afectado por esas etiquetas tan del gusto de muchos gobernantes. Que nos dejen ser judíos o lo que sea sin necesidad de militar en las filas de la lucha resistente por obligación moral no es tan fácil en estos tiempos, cuando eso de ser ciudadano del mundo parece casi de derechas. Y aunque los valores bélicos parecen en retroceso, la exaltación mítica con la cual se leen y cuenta episodios de, por ejemplo, la guerra civil, me resultan inquietantes. Revive de vez en cuando el culto a los mártires, horrible palabra. Hay cierta nostalgia latente sobre supuestas heroicidades que valdría más olvidar de forma definitiva.

martes, 13 de agosto de 2013

CONSTITUCIONALIDADES RETROSPECTIVAS







Dar vueltas a la historia del pasado es algo muy habitual, en los libros siempre encontramos argumentos a favor o en contra de cualquier tesis, hechos, leyes o costumbres desaparecidas que demuestran aquello que queremos demostrar. En estos últimos años existe un gran interés por la época de la guerra civil, de su antes y de su después. A menudo las explicaciones se convierten en cuentos de buenos y malos, mucho menos matizados que las verdades vividas que me contaban de niña sus protagonistas. La mayoría de gente de aquel tiempo, la generación de mis padres y de mis abuelos, ya no puede matizar nada. Eso resulta cómodo para las historias oficials del momento, sean las que sean. También todo aquello de 1714 tiene actualmente un gran interés por razones obvias. Charlas, itinerarios, novelas históricas, surgen como setas en otoño. De aquellos tiempos de la guerra dinástica no queda nadie, claro, pero quedan algunas notas de pocos campesinos alfabetizados que insisten en que ya están hartos y que tienen ganas de que termine todo de una vez, gane quien gane, una opinión muy poco heroica pero muy humana cuando existen tragedias colectivas y los que no son de ningún bando reciben por todas partes.

De la transición, de eso que se llamó transición, queda mucha gente vivita y coleando, incluso en activo. Claro que algunos de sus protagonistas también han muerto, llevándose a la tumba sus secretillos. Me contó alguien relacionado con esos centros de poder académico que son las universidades, todavía con cierto prestigio y por encima del bien y del mal, que se fomentan poco los trabajos y doctorados relacionados con esa época relativamente cercana. Creo que hay intereses diversos en qué no se les vea el plumero a más de uno, ya llegará el tiempo de hacer lecturas políticamente correctas y moderadamente heroicas de todo aquello. Olvidaremos como se quemó buena gente que no entró a fondo en el tejemaneje de la partidocracia o que fue marginada por los suyos por demasiado coherente. 

Se han cumplido treinta años de una sentencia del tribunal constitucional de entonces, muy distinto del de ahora, que revocava gran parte de una ley lamentable para las autonomías históricas, la LOAPA. Aquello acabó con la relativa unidad de los ciudadanos, los socialistas de la época, el PSC ahora casi añorado ante lo que nos llegó después, quedó muy mal y fue abucheado en las celebraciones patrióticas, CIU se reforzó y sacó tajada del tema. Los otros, pequeños y mal avenidos, como siempre. Con el 23F y con la LOAPA acabó un sueño que siempre fue etéreo. Cuando hay un cambio importante en un país, en un sentido de avance democrático, entran en política personas interesantes e independientes que se queman pronto y vuelven al poder los de siempre, reconvertidos según conviene.

Treinta años, sin celebraciones, sin debates retrospectivos, sin artículos en prensa importantes sobre el tema. La gente de menos de cuarenta años ya no sabe nada de todo aquello a no ser que tenga la paciencia suficiente como para investigar en hemerotecas, preguntar a sus mayores y reflexionar en profundidad sobre como de aquellos polvos vinieron esos lodos. Lo más sorprendente es la independencia de criterio de aquel tribunal constitucional, en un momento crítico y considerando anticonstucional la mayoría de aquel texto, cosa que dio un disgusto a los socialistas en el poder, quienes, según cuentan, tuvieron que volver deprisa de sus vacaciones playeras para intentar poner orden en el tema. O tempora, o mores, como decían los romanos, que también tenían sus problemillas.

sábado, 3 de agosto de 2013

LA HISTORIA NO SE REPITE PERO PUEDE EMPEORAR











Asisto desde hace algunos años a unas interesantes tertulias sobre historia, debatimos libros propuestos de antemano, votados en listas que se confeccionan con las aportaciones de los participantes. Nada tiene que ver ese grupO de lectura con los habituales de las bibliotecas, estas actividades en las cuales poco se tiene que pensar puesto que las listas ya vienen confeccionadas por los organizadores y a menudo no exigen ni tan sólo la búsqueda del libro, pues se dispone de lotes preparados al efecto. Somos un grupo bastante ecléctico en todos los aspectos y me sorprendre que llevemos más de cinco años debatiendo y peleando de forma dialéctica. He llegado a un momento vital en el cual me sorprende más lo que funciona a pesar de todo que lo que se destruye y rompe en cuatro días, la verdad.

Con bastante frecuencia surge el tema de si 'antes' pasaba lo mismo que ahora, cosa que ha generado encendidos debates incruentos, en el grupo. La corrupción, la ambición, las desigualdades, la esclavitud. Alguien comparó en algún momento la esclavitud de la época romana con la esclavitud generada por una hipoteca abusiva pero a mi me parecen situaciones muy distintas, la verdad. Hace unos días escribí una entrada sobre los noventa y nueve años del inicio de la Primera Guerra Mundial en mi otro blog y alguien me comentó que más o menos como ahora, ya que nos encontramos en medio de una guerra econòmica que ganarán los alemanes. Bueno, ahora no hay guerra violenta aunque la economía esté como esté y el militarismo no se halla en su mejor momento en Europa. Los chicos jóvenes ya no son soldados al servicio de la patria, obligados a morir por ella. Las mujeres han mejorado mucho su situación, al menos en nuestro entorno. Muchas cosas se parecen pero ni el contexto, ni las mentalidades, ni la permeabilidad social, ni casi nada es igual. Siempre existen paralelismos, leemos toda la historia desde el presente, desde nuestra propia mentalidad y no desde la de la gente que nos precedió.

Cierto que la historia no fluye de forma lineal y positiva, hay quien quiere creer que todo mejora siempre, que ingenuidad. Freud, cuando supo que los nazis quemaban sus libros comentó que no pasaba nada, que en la Edad Media hubiesen quemado personas. Tuvo que salir deprisa del país y no lo quemaron a él de milagro. Tenemos una tendencia egoísta a considerar que cada uno de nosotros es el centro del mundo, siempre existen terribles guerras y barbaridades diversas pero si no las tenemos a la puerta de casa la percepción es muy distinta. Y a veces, como Freud, somos incapaces de percibir el peligro real o bien percibimos como peligro algo que quizá no pase de una tempestad veraniega. Nadie sabe qué puede pasar, las hemerotecas están llenas de predicciones fallidas, de suposiciones erróneas.

Sobre los alemanes y los japoneses se escribió mucho hace años comentando su derrota bélica y su triunfo econòmico posterior. Las razones pueden ser muchas y diversas, pero fue así. Europa conoció su período más estable desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta ahora, con la tragedia de la antigua Yugoslavia como muestra de que todo es frágil. Claro que algunos pagamos un alto precio por esa estabilidad, como España, o los países que se encontraban bajo la órbita soviética. Lo peor no fue perder aquella guerra, lo peor fue quedar aparte de la reconstrucción europea, los ricos del continente ya habían firmado el vergonzoso pacto de no intervención y después admitieron nuestra pobreza y nuestro sufrimiento largo y miserable. 

Al fin y al cabo las crónicas europeas sobre la guerra civil remarcaban el carácter salvaje de los hispanos aunque después los europeos educados no se quedaron atrás en la barbarie. Pons Prades nos dijo un día, en una charla informal, que ni Francia ni Inglaterra querían una España moderna y competitiva. Quién sabe. Los ingleses tenían muchos intereses econòmicos en la península, un dictador siempre da más confianza a ese tipo de capitalismo que un gobierno transparente. En África se han mantenido y se mantiene a muchos gobernantes de ese tipo, por motivos económicos.

No creo que nada se repita, aunque pueda volver el atraso, la tragedia, la regresión, cosa que ya ha sucedido a lo largo de la historia en muchas ocasiones. Tampoco creo que recordar nada sirva para no repetirlo, no se repite lo mismo pero llegan otras cosas, a veces perores. Acaso no sabemos que hoy se mata de forma absurda en muchos lugares? Montamos una manifestación multitudinaria sobre una guerra concreta, mejor si en ella están metidos los americanos del norte, y luego nos vamos a casa satisfechos y la guerra sigue, se enquista, se olvida. Y, claro, no vamos a estar cada día saliendo a la calle por una guerra o por otra, con tantas como hay aquí y allá.

Un maestro joven, después de aquella movida contra lo de Irak me comentó que no entendía como no se había parado nada, con la de gente que había salido a la calle. De joven eres un pipiolo, todo te lo crees. Entre tots ho farem tot. La gente ha salido a la calle a favor de la democracia, de Franco, de Hitler, de Stalin, de Castro, del Papa y en contra de muchas cosas, de la guerra pero también del matrimonio gay. La calle no quiere decir nada, más allá de una catarsis colectiva que nos deja eufóricos y muestra nuestra solidaridad barata con las causas justas. En la masa se diluye el individuo, claro que los políticos y los sindicalistas colocados siempre miran de ir en primera fila cuando han de salir en alguna foto.

No compartir ciertas alegrías patrióticas me está produciendo estos días incomodidad. Las fiestas patrióticas me dan repelús y se acerca la grande, con cadena humana y todo eso.   Considerar la bondad o la legitimidad de una causa por el número de gente que saca a la calle en determinado momento es como calibrar la calidad de un programa de televisión por la audiencia, un tema peliagudo, peligroso. Cuando era pequeña me contaban los mayores que la misma gente que iba a recibir a Jesús en Jerusalén con ramos de olivo iba después a abuchearlo cuando lo condenaron. Más allá de la referencia bíblica la historia parte de la constatación de la facilidad para mover masas a favor de una idea o de la contraria.

No sé si es la edad, la experiencia, la vejez, en definitiva, o que me vuelvo conservadora, agnóstica, qué sé yo. Más bien creo que no soy nada ni creo en nada, cosa que a mucha gente le parece triste y descorazonadora pero que a mi me parece que es la base para conseguir algo de libertad interior. Creo en el cariño que tengo a los míos y en cierta capacidad personal para la generosidad, poca cosa. Nada es como parece, ni como nos dicen, ni como nos dijeron. Nada se repite y todo tiene alguna relación. Los seres humanos tenemos tendencia a creernos los reyes del mambo terrestre pero somos poca cosa, mucha biología y alguna cosita más, inexplicable, manipulable y etérea. El alma? Puede, aunque dudo mucho de que sea inmortal, la verdad. Lo que asusta más es pensar en cuanta gente acabó haciendo cosas malísimas pensando que hacía lo correcto, a causa de sus ideas.

domingo, 14 de julio de 2013

EFEMÉRIDES HISTÓRICAS




Hoy es el aniversario de la Toma de la Bastilla, fiesta nacional francesa, que se celebrará con la parafernalia habitual de esas efemérides patrióticas que me producen repelús. La Revolución Francesa se ha mitificado gracias a la habilidad francesa para releer la historia a la medida de lo que conviene a eso que llaman chauvinismo. Todos los estados o todos los territorios con aspiraciones de llegar a ser estados hacen lo mismo pero algunos tienen más gracia y más habilidad que otros. Admiramos sin fisuras la democracia francesa en épocas grises, sin tener en cuenta sus debilidades. 

Por lo que respecta a Catalunya, se hacia poca crítica sobre la habilidad de los vecinos en eliminar las diferencias interiores, que tuvieron mucha. Aquí, en el Sepharad de Espriu, todo se ha hecho siempre con una sabata i una espardenya, o sea, a medias y de forma poco eficaz. Un cierto grado de inoperancia estatal permite a veces respirar incluso, todo es matizable. Madame Rolland, ante la guillotina, certificó que en nombre de la libertad se cometían todo tipo de barbaridades pero no aprendemos de esas individualidades sino que hay más interés en mitificar la lucha de las masas atacando una cárcel que estaba a punto de derruirse y en la cual había cuatro desgraciados, incluso alguno de noble.

Ayer hizo años también del asesinato de Miguel Ángel Blanco, que despertó grandes protestas masivas y unitarias para, después, ser manipulado por unos y otros. Los mártires tienen una gran utilidad para los poderes de todo tipo, oficiales y no oficiales, aunque sean mártires a la fuerza. Dicen que vale más un perro vivo que un león muerto pero eso lo dice el pueblo llano y vulgar, práctico. Los líderes dicen que vale más morir de pie que vivir de rodillas aunque muchas veces ellos acaben viviendo bien, ni que sea en un exilio dorado, y muriendo de viejos.

Si yo tuviese poder pedagógico, cosa imposible, suprimiría de todos los calendarios las fiestas y fiestecitas ligadas a la historia del pasado, esas proclives a desfiles, banderas, ofrendas florales, antorchas encendidas y consignas diversas. Todo es mentira pero parece que necesitamos ese tipo de cosas y andar por ahí en procesión, por el motivo que sea. Las procesiones, religiosas o laicas, ni consiguen que llueva ni que se detenga una guerra, pero dan brillantez a los que mandan y parece que los justifican. Como las audiencias televisivas, no valen para nada serio, no responden a la calidad del producto. Cuando sale alguna de esas patums televisivas manifestando que su programa tuvo una cuota de pantalla masiva el día anterior, tiemblo. Los enemigos del pueblo, gente lúcida y sacrificada por todas partes, suelen estar en minoría y la cualidad y la cantidad, aunque alguna vez coincidan, generalmente se encuentran separadas y distantes.

Hoy hace también veinte años de la muerte del cantautor Léo Ferré, uno de los grandes. La imitación de aquel tipo de canción, en el contexto de la admiración por la cultura francesa, produjo el movimiento de la Nova Cançó en Catalunya pero también muchos buenos cantantes en castellano. La Nova Cançó, como tantas cosas, murió con la transición. Uno de los peligros de envejecer es que llega un momento en el cual te parece que ya no eres parte activa del mundo, sinó que lo miras desde la distancia del televisor o desde la ventana de la sala de estar. Lennon, un personaje mitificado en exceso, creo que dijo que la vida es aquello que pasa mientras haces otras cosas. O mientras no haces nada. O mientras crees que haces algo que sirve para algo pero que no sirve para nada.

Brassens, otro cantante francés magnífico, con sus propias sombras vitales, cantaba:

Le jour du Quatorze Juillet 
Je reste dans mon lit douillet. 
La musique qui marche au pas, 
Cela ne me regarde pas

La estrofa se tradujo en castellano en la fiesta nacional/yo me quedo en la cama igual. En catalán la traduje yo, más o menos así: durant l'onze de setembre/ jo romanc en el meu llit sempre... Corren malos tiempos para el escepticismo épico y la tibieza patriótica, por cierto. Ai, que patirem.


sábado, 15 de junio de 2013

EL 15 DE JUNIO DE 1977, TREINTA Y SEIS AÑOS DESPUÉS


Hoy hace años, treinta y seis, de las elecciones de 1977. Entre la ilusión y el desencanto bien o mal informado hay un largo camino. Era una época de ilusiones incondicionales. No sabía entonces que el 15 de junio se celebra San Bernardo de Menthon y que al cabo de tres años  tendría yo a mi hijo pequeño, que lleva el nombre de Bernat, sin que ello tenga que ver con las elecciones primerizas sinó más bien con aficiones excursionistas personales y familiares. Mi hija mayor tenía dos añitos. Una de las aspiraciones maternales respecto a los hijos varones era que desapareciese el servicio militar obligatorio, al menos esa aspiración se concretó en una realidad, algo es algo.

No eran tiempos demasiado boyantes, había crisis econòmica y mucho miedo. Pasó lo que pasó, pudo haber pasado de otra manera, hoy los jóvenes nos comentan que no se hizo  bien, nosotros también achacábamos a nuestros padres errores más graves cometidos durante la guerra y antes de la guerra y la falta de coraje aguantando una dictadura que se reconvirtió de forma pintoresca en época de vacas gruesas o, al menos, algo más gruesas que las anteriores, en algo rarito y bien acogido durante los sesenta, no nos engañemos, por grandes mayorías, ya que las penas con pan son menos, bastante menos. 

Un mal repetido y recurrente parece que es la mala vocación para la unidad en tiempos difíciles que tienen las izquierdas, hoy convertidas en no se sabe qué. Sin embargo la gente normalita y humilde, poco beligerante, es culpable de pocas cosas o, en todo caso, más víctima que culpable aunque las víctimas no siempre son inocentes ni virtuosas. Como decía una compañera de trabajo cuando hablábamos de los defectos de la educación: los maestros tendremos culpa pero somos el eslabón inferior de todas las culpas. Claro que esos eslabones inferiores suelen recibir muchos palos, como aquel borrico condenado a muerte por oler una flor.

Emociona y preocupa ver las hemerotecas, aquellas fotografías, tanta gente envejecida, desaparecida por ley natural, marginada del poder político, ignorada, ausente. Hojas somos en el viento, cantaba Machín, y los vientos del pueblo nos llevan, como escribió una víctima, Miguel Hernández.  Triunfó aquella Unión del Centro, con el carismático señor Suárez, hoy una sombra sin memoria, por desgracia, con todo lo que nos podría contar todavía, que acabó hecha trizas por miopía o quizás porque recogió en su seno una variedad humana muy rarita y oportunista. En las periferias, sin embargo, triunfaron los socialistas, la izquierda.

El PSC catalán ya empezó mal, con su alianza peninsular con el PSOE, que realizó sobre él una adbucción deplorable, aún vigente. Sé de personas afines al socialismo catalán que lo abandonaron en seguida, cuando se dieron cuenta de qué se convertían deprisa en los tontos útiles de los que de verdad mangoneaban la otra parte de aquel bipartidismo en alza ya desde el primer momento de todo el montaje. Las elecciones se hicieron en día laborable, para que no cayésemos en la tentación de largarnos a la playa sin cumplir. Fue aquel un día eufórico, de media fiesta, con las calles llenas de gente y de carteles, los partidos más vocacionales tenían voluntarios para pegarlos incluso.

Todo ha cambiado, y mucho. Nos faltaba coherencia, sensatez, lucidez, lo que sea, pero nos sobraba esperanza, entusiasmo y optimismo. Claro que yo era joven y de joven todo se ve de otro color, todavía más si se ha esperado tanto que sucediera alguna cosa distinta y todo tarda demasiado. Franco murió en la cama y de viejo, la monarquía, cosa impensable hacía unos años, fue acogida con alegría servil y la verdad es que muchas cosas cambiaron de verdad aunque no lo parezca, hay que ser optimista y positivo. Vinieron, eso sí, las rebajas. Los ochenta fueron más duros y la izquierda en el poder se corrompió en gran parte. La vida es así y los poderes fácticos y reales siguen tan lejanos de todo el resto como siempre.

miércoles, 5 de junio de 2013

EL DIA QUE MURIÓ MARIONA REBULL







Ignacio Agustí, el árbol y la ceniza es una magnífica biografía de este escritor complejo, vapuleado por la historia, autodestructivo y quizás acomplejado a causa de su pequeñez física, ninguneado después de su muerte en muchos aspectos o etiquetado de forma parcial e interesada como escritor franquista. Sergi Doria ha escrito un libro excelente, que transita por la vida del personaje pero también por aquella Cataluña de la postguerra, tan poco conocida todavía,  por sus miserias y sus intentos de resurgir de las cenizas de la guerra civil y de los odios y desencuentros que esa guerra y, no lo olvidemos, también los años anteriores a la guerra generaron.
Se han cumplido cien años del nacimiento de Agustí, un centenario celebrado de forma modesta y en penumbra: algunas reediciones, un par de sesiones en la filmoteca, unos cuantos artículos en la prensa. Poca cosa. El personaje todavía resulta algo incómodo a todo el mundo. Sin embargo este libro vale por todos los olvidos. Agustí fue contemporáneo de Espriu, poeta del cual se ha publicado así mismo una reciente biografía, correcta, documentada y seria pero, según mi opinión, sin la pasión por el personaje que se vive a través de estas páginas. La biografía es un género difícil, Agustí Pons, autor de la de Espriu, tiene una biografía de Maria Aurèlia Capmany escrita con esa chispa inexplicable de amor hacia el biografiado que no encontré en la de Espriu y que he encontrado desde las primeras páginas en la de Agustí.
No resulta inoportuno o banal comparar la trayectoria vital de ambos escritores. Fueron amigos, se respetaron, se admiraron y se continuaron relacionando a lo largo de sus vidas, las cuales, como es sabido, tomaron rumbos distintos. La guerra civil rompió muchas cosas, muchas posibilidades, muchos proyectos. Cómo se comenta en el libro, todos aquellos muchachos ambiciosos, brillantes, eran demasiado jóvenes al estallar la guerra y demasiado viejos en 1939. Eso, si lograron sobrevivir. Reducir todo aquello, como se viene haciendo en mucha narrativa actual, a un cuento de buenos y malos es absurdo, la vida es complicada y nada es blanco o negro del todo. Sin embargo entrar a fondo en las contradicciones de la gente que con pocos años tuvo que optar por uno u otro bando y nadar en el mar difícil y peligroso de la larga postguerra produce cierto vértigo a los amantes de la simplicidad. Sergio Doria lo ha intentado a fondo y creo que lo ha conseguido. Agustí fue soldado de los nacionales, su clase social y sus circunstancias lo empujaron a tomar esa opción aunque, como tantos otros, pensó que la guerra sería un paréntesis rápido y necesario que acabaría por poner las cosas en su sitio,  que la monarquía volvería a gobernar y que a través de ella se restablecería una cierta democracia.
Como sabemos, las cosas no fueron así. También Agustí, con Ridruejo y otros jóvenes ingenuos, creyeron que la cultura catalana no quedaría relegada de forma brutal al bando de los otros.  Sabían, como así fue, que personas de ideas conservadoras que habían dado su apoyo al franquismo por miedo, religiosidad o convencimiento político, no estarían nada cómodas ante unos políticos abusivos dispuestos a imponer a la fuerza una españolización brutal. El fantasma del separatismo visto desde el centralismo, que rebrota a derecha e izquierda a menudo y en circunstancias bien distintas, como podemos comprobar en el presente, acabó con las aspiraciones de respeto hacia una cultura resistente e imprescindible de la misma manera que en la actualidad la postura intransigente del poder central contribuye a aumentar el independentismo.
Agustí empezó a escribir en catalán, poesía sobre todo, antes de la guerra. Después intentó salvar lo que pudo y cómo pudo cuando se dio cuenta de qué no era posible que los ganadores en el poder, que tampoco estaban dispuestos a volver a instaurar una monarquía, tuviesen ninguna intención de aceptar el catalán, más bien todo lo contrario, querían eliminarlo del mapa peninsular como fuese.  Emprendió con otros periodistas la aventura de Destino, revista que pasó de órgano falangista a islote cultural barcelonés y que concentró en sus páginas la flor y nata de la intelectualidad del momento. La larga historia de Destino muestra las miserias y grandezas de aquella publicación, ligadas a la situación de aquellos años. La revista sufrió ataques serios de los falangistas, con destrozos incluidos, a causa de sutiles indirectas sobre los males de aquella represión brutal y larguísima e incluso el mismo Agustí tuvo que desaparecer en alguna ocasión, por miedo a aquellos matones amigos del aceite de ricino y de la violencia. También sufrió luchas por el poder en su interior, en una de las cuales Agustí resultó ser el perdedor.
Ignacio Agustí pasó por muchos problemas de alcoholismo y mentales, por los cuales la biografía de Doria transita con gran delicadeza, así como por su vida personal. Murió de forma prematura antes de ver como cambiaba todo –o casi todo- y volvía la monarquía, tal y como había deseado, intentado e incluso profetizado, sin ser creído, claro. Su papel en Destino, en Tele/exprés y en iniciativas cómo el Premio Nadal se minimizó, otros se pusieron las medallas. Tuvo un gran error que pagó muy caro, la crítica contundente a la manifestación de sacerdotes a causa de las torturas infringidas a un estudiante, Joaquim Boix i Lluch, en 1966, calificando a los sacerdotes de bonzos incordiantes.
Agustí, sin embargo, tuvo virtudes, muchas, hoy olvidadas o despreciadas.  A pesar de tantos olvidos hay algo por lo que Agustí ha sido conocido y valorado casi siempre, esa historia de los Rius, cinco novelas intensas y magníficas que narran la evolución de la sociedad barcelonesa durante muchos años, desde la Exposición de 1888 hasta la guerra civil a través de la vida cotidiana, social y política de una familia de la burguesía. De forma también algo injusta la mayoría de gente conoce tan sólo las dos o tres primeras novelas de la serie. 19 de julio Guerra Civil inciden en una época espinosa y difícil, vivida en directo por su autor pero son también excelentes, aunque muy distintas de las otras.Mariona Rebull, El viudo Rius Desiderio se han editado y reeditado en muchas ocasiones. Y yo diría que revalorizado cuando gente de generaciones jóvenes las ha podido leer sin complejos.
En los años cuarenta se filmó una película bastante digna sobre esos libros. La Filmoteca la ha repuesto en una única sesión. A principios de los sesenta se filmó una serie en blanco y negro, con Jesús Puente como Joaquín Rius y María José Alfonso como Mariona Rebull, interesante y modesta, como la televisión de la época. Y más adelante llegó la famosaSaga de los Rius, en 1976que Agustí ya no pudo ver, porque había fallecido en 1974. La serie tuvo distinta aceptación entre la crítica, se criticó su lentitud, incluso  se acuñó una especie de frase hecha, en la época: eres más lento que la Saga de los Rius. Pero tuvo un gran éxito popular y dejo huella. Contó con un presupuesto generoso, con buenos actores, con buena música, con aquellas magníficas acuarelas que ilustraban los títulos de crédito. Y se ha repuesto en muchas ocasiones, en castellano pero también en catalán.  Fernando Guillén fue durante años el viudo Rius y él mismo ironizaba sobre las muchas reposiciones de la serie y sobre el hecho de qué todavía, a pesar de haber sido tantos personajes, lo recordasen a menudo por su papel protagonista en aquella producción.
Sergi Doria cuenta como su propia madre le ha comentado en alguna ocasión que Mariona Rebull murió en un palco del Liceo, a causa de la famosa bomba, como si de un personaje real se tratase. Una persona conocida que trabaja en el teatro me contó también que en las visitas culturales más de una persona pregunta en qué palco falleció Mariona Rebull, al lado del seductor Villar. La bomba del Liceo ha quedado definitivamente relacionada con esos personajes de ficción, tan vivos todavía. No suele pasar eso con demasiados personajes de novela, que se acaben trasformando en auténticos en la memoria popular. El ciclo novelístico La ceniza fue árbol, como lo tituló su autor, tiene muchos elementos que lo hacen sobrevivir al tiempo, a las modas literarias y a las críticas negativas, que también las ha habido.
Sin embargo Ignacio Agustí fue mucho más que el creador de los Rius y de su entorno. Fue un hombre enigmático y atormentado, difícil a veces, entrañable en otras, condicionado seguramente por su pequeñez física, que ya en su juventud le valió bromas crueles en la prensa del momento, porque aunque no nos guste reconocerlo la apariencia es un aspecto muy importante en nuestras vidas y un elemento recurrente cuando se quiere criticar a alguien sin matices ni sutilidades. Tuvo problemas y desencuentros con antiguos amigos y colaboradores, se sintió traicionado a menudo. Quizás no supo gestionar sus éxitos y no tuvo la aptitud camaleónica de muchos otros franquistas reconvertidos a tiempo en demócratas oportunistas.  Murió demasiado pronto.
Por las páginas de esta biografía desfilan muchos personajes de la época, algunos ya olvidados.  Por eso, además de la biografía de Ignacio Agustí, fascinante como cualquier buena novela, porque nos muestra un ser humano real con sus debilidades, aspiraciones, fracasos, éxitos y errores, este libro es también todo un manual imprescindible de historia contemporánea. De esa historia que no nos gusta del todo porque no es cómo pensamos que debería ser pero que nos ayuda a comprender el presente mucho más que otras lecturas más convencionales sobre el pasado. Un gran libro, una gran biografía y mucho más que eso.

Júlia Costa

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Ignacio Agustí, el árbol y la ceniza / Sergi Doria / Ediciones Destino / 1ª edición, 2013 / 342 páginas / ISBN 9788423346523


Artículo publicado en el blog literario 'Llegir en cas d'incendi'.

miércoles, 29 de mayo de 2013

LEIG GW PERSSON Y LA SUECIA MENOS FRÍA




Aunque el autor de esta novela sea sueco y el libro pueda clasificarse en el género negro, tan de moda actualmente, nos encontramos ante una historia atípica, tanto por su contexto como por sus protagonistas. En primer lugar, nos hemos de situar en una Suecia calurosa, cosa que contrasta con la nieve y el hielo a qué nos tienen acostumbrados los libros de otros autores de aquel país. En segundo lugar, el principal protagonista, Bäckström, es todo un antihéroe, una mezcla de Torrente y del Méndez de González Ledesma, aunque con mucha menos ética profesional que éste último.  Vago, con tendencia a la ordinariez y al pensamiento políticamente incorrecto, me consta que el personaje ha resultado muy incómodo a algunos lectores habituales de ese tipo de libros de ficción. Sobre todo, a las lectoras.
Leif GW Persson (Estocolmo, 1945) es un criminólogo y escritor muy popular en su país y todavía poco traducido en España. Conoce el mundo policial en directo y por eso sus descripciones de los métodos empleados y del cuerpo policial resultan vivas y convincentes pero, en cambio, nos pueden sonar a lejanas y raritas a quiénes estamos más acostumbrados a convivir con los profesionales del orden a través de la novelística y no de la realidad pura y dura. Ese policía que resulta simpático y repulsivo a la vez se nos antoja a menudo más mediterráneo o mesetario que sueco, quizás porque nos movemos, queramos o no, entre tópicos diversos.
La novela tiene méritos evidentes pero quizás no sea lo mejor de su autor. Alargada de forma innecesaria, parte de un crimen poco explicado cuya resolución en la última parte del libro no nos acaba de convencer. Hay un exceso de personajes, de situaciones y de derivaciones colaterales de la historia que a menudo no vienen a cuento. Que dada la vagancia e inoperancia de una gran parte de ese cuerpo policial el caso se resuelva, gracias a algún elemento de la profesión más serio y responsable que el resto, ya es todo un mérito aunque inquieta lo errático de la metodología nórdica utilizada por ese equipo inclasificable.
Persson sabe de lo que escribe y quizás por eso es tan desmitificador. Tuvo él mismo problemas en su país al investigar sobre una trama de prostitución con implicados de cierta categoría. En todo caso resulta éste un libro interesante para acercarnos a otra Suecia menos fría, menos eficiente pero también, con toda probabilidad, más real y más humana que esa otra que han promocionado muchas novelas sobre crímenes y misterios en las cuales los policías son educados, atractivos, atormentados, preocupados por los problemas de la humanidad y del medio ambiente y nada machistas.
Lo mejor de todo son los pensamientos no verbalizados de ese investigador tan particular, que cumple con poco esfuerzo, no valora a los demás, bebe cerveza sin medida, ve pelis porno y trata a las damas de forma absolutamente incorrecta y grotesca. Hay en el personaje mucha crítica subliminal de ese mundo de hoy tan aséptico en apariencia, incluso de una gran parte de literatura de género que se mueve dentro de unos parámetros muy encorsetados. Nos tropezamos con grandes dosis de ironía que derivan en sarcasmo cáustico, en definitiva. La provocación está servida aunque es una lástima que la historia central, el crimen que sirve de excusa a todo lo demás, no esté un poco más elaborada y trabajada.

Júlia Costa

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Linda, como en el asesinato de Linda / Leif GW Persson / Editorial Grijalbo / 1ª edición, 2012 / Traducción de Carmen Montes Cano / 528 páginas / ISBN 9788425347955

(Reseña publicada en el blog Llegir en cas d'incendi )

viernes, 17 de mayo de 2013

SOBRE LENGUAS NO DEBERÍA HABER NADA ESCRITO




Hace años tuve una muy buena profesora de lengua que nos contó como, en la realidad, había más diferencias entre dos dialectos alemanes o italianos que entre el castellano y el catalán. El concepto de lengua, de idioma, es siempre artificial, creado o fijado por los poderes académicos, políticos. Pero la alfabetización masiva hace que esos estándares artificiales se conviertan en algo sólido e intocable, como las leyes. Sólido e intocables según los que mandan, claro. 

Viajar de forma lenta, hace años, por el norte de España, me convenció de qué no se acababa una lengua -o una forma dialectal- y empezaba otra sinó que el habla fluctuaba de forma dócil entre el catalán y el gallego, pasando por las formas aragonesas y asturianas. De aquí viene, me cuentan, el hecho de que míticos predicadores como San Vicente Ferrer se entendiesen con casi todo el mundo, viajaban a pie e iban asimilando los cambios diversos. El término dialecto se ha usado de forma despectiva cuando un dialecto es algo más real y vivo que esas lenguas de libro y de gramática sagradas y oficiales.

Como los lenguajes van íntimamente ligadas a nuestro imaginario sentimental y a nuestro adoctrinamiento político y social, decir estas cosas no parece bien a nadie o a casi nadie. Se intenta marcar más las diferencias que las palabras comunes, para significarse. Hablo de las lenguas de origen románico, más que nada. El euskera es otro caso muy interesante y singular en el cual no entraré ahora. Una lengua, un idioma, no es nada concreto, incluso si miramos diccionarios y los leemos con cierta atención comprobaremos como su definición és absolutamente etérea e imprecisa. 

Pasa algo parecido con la religión, poner en duda la existencia histórica del Jesucristo canónico, evidenciando las lagunas en la documentación existente, levanta muchas protestas y reticencias. La historia sirve para todo y esta llena de medias verdades y de mentiras gruesas escritas por los vencedores o por los perdedores resentidos. Todo es según el color del cristal con qué se mira, que ya lo decía Campoamor, hoy casi olvidado. 

La lengua oficial ha sabido crear su forma perfecta y correcta y sus perversiones ligadas a la poca cultura. Ese concepto, el de cultura, es también abstracto e impreciso, como el de arte. Los pobres hablan mal, claro. Los barbarismos, las contaminaciones, son un peligro que hay que frenar. Un intento vano, ya que todo se acaba contaminando, con el contacto  humano y la realidad de un mundo diverso y con muchas relaciones de todo tipo. Veáse lo que está pasando con ese latín moderno, el inglés de estar por casa, que ocupa ya una gran parte de nuestro buen castellano, de nuestro mítico catalán, de lo que sea, incluso de ese francés oficial, tan protegido por todas partes.

Nuestros orgullos personales andan relacionados con patrias, religiones, lenguas, incluso con las propias familias en las cuales hemos caído, siempre por azar. Vanos orgullos son esos, no responden a nuestros propios méritos. La lengua debería ser un instrumento de comunicación y poca cosa más. En nuestro ámbito profesional precisamos de una lengua consensuada, común, no les niego utilidad a los académicos sabios cuando fijan los conceptos, el estándar y la ortografía para evitar líos. Ahora bien, inferir de eso que todo es intocable, como la Constitución, no lleva a nada bueno. 

La ignorancia sobre la geografía lingüística y sobre las formas dialectales de las lenguas que conocemos se ha fomentado siempre. Conocemos muy poco el mapa mundial de los idiomas, de las variedades lingüísticas. También conocemos poco o nada las variantes existentes, todavía vivas, de nuestra lengua familiar. A todos nos parece que los otros hablan mal, incluso que esas palabras raritas que escuchamos en nuestro pueblo, en nuestro barrio, son incorrecciones, localismos, arcaísmos, curiosidades campesinas o bien ordinarieces. Si la capital de España hubiese sido Sevilla seguramente el castellano actual sería muy diferente. O si la gran ciudad catalana hubiese sido Tortosa en lugar de Barcelona, por ejemplo, nuestro catalán canónico también sería de otra manera. 

Sin embargo continuamos necesitando dogmas y doctrinas. En el ámbito de la lengua no hay bueno ni malo, correcto ni incorrecto, sinó adecuado o no al contexto comunicativo, profesional. El resto es política, en el peor sentido de la palabra. La lengua, como la ley, debería estar al servicio de los hombres y las mujeres y no éstos al servicio de las normas pertinentes y, supuestamente, inalterables. Las variantes diversas deberían ser acogidas con entusiasmo, como saben y hacen los buenos escritores, aunque de esos quedan pocos y todo parece cada día más estandardizado y unificado, a la baja, claro.

Cuando ha habido la necesidad de unificar territorios, de crear estados, de encender el sentimiento patriótico, se ha visto la necesidad de inventar o reinventar una forma común de lenguaje que, a menudo, no existía. De forma retrospectiva tendríamos que reflexionar sobre el hecho de qué muchos europeos lo que usamos, todavía, es un muy mal latín, lengua que también, ay, instauró el imperio romano por necesidades obvias.