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domingo, 14 de mayo de 2017

COBARDÍAS MUSICALES Y SUPERVIVENCIAS DIVERSAS

Resultat d'imatges de EL RUIDO DEL TIEMPO


No soy lectora incondicional de Barnes aunque le reconozco el mérito narrativo. Una amiga me ha pasado su último libro, inspirado en la vida del músico Shostakóvich y en sus relaciones con el estalinismo. No soy tampoco demasiado entendida en el tema musical y se me escapan algunos tropiezos que los expertos han encontrado en el texto, relacionados con la terminología específica de ese mundo profesional. El libro no es una biografía sino una reflexión en tres tiempos sobre el personaje y sus problemas.

Algunas críticas que he leído sobre la novela inciden más en el fondo que en la forma. Parece que nos resultan más admirables los personajes valientes, coherentes, heroicos, que mueren en el intento, que no aquellos dispuestos a hacer eso que en catalán llamamos la puta i la Ramoneta. Por ahí van alguna comparaciones con otros intelectuales de su época que acabaron muy mal. Nos gustan más los mártires que los supervivientes, en general. Incluso Stalin acabó con muchos supervivientes de los campos de concentración nazis, por si acaso. Los mártires son más cómodos. Los supervivientes suelen ser contradictorios, cobardes, oportunistas. Si una hermosa muerte honra una vida, una larga vida deshonra muchas de nuestra heroicidades, ahí está la trágica figura, por ejemplo, de Petain.

Hace poco tiempo volví a ver una entrevista con el gran Buero Vallejo,  un enorme y admirable superviviente, pero que parece incomodar todavía a muchos dogmáticos, hasta el punto de que el centenario de su nacimiento pasó un poco de puntillas, en Catalunya se limitó a alguna lectura y poca cosa más. Buero se adaptó a la época que le tocó vivir, después de salvarse por los pelos de ser ejecutado. Incluso triunfó en pleno franquismo porque aquel contexto precisaba también de poder respirar por alguna parte. 

La lectura del libro de Barnes nos dice poca cosa sobre la vida del músico, por suerte hoy podemos contar con informaciones diversas, gracias a internet. Incluso podemos ilustrar nuestra lectura con su música. Resulta extraña la fijación del estalinismo con la poesía, la pintura, la música. Los artistas, los intelectuales, son una especie etérea, sobrevalorada. Todavía más hace años, cuando eran minoría. Sin embargo el estalinismo no acabó sólo con artistas e intelectuales, acabó con todo el mundo, mató más gente que el nazismo aunque parece que todavía cierta izquierda no quiera reconocerlo. Las miserias habían empezado antes, con Lenin, que a veces parece el bueno de la película, y no terminaron del todo com la muerte de Stalin aunque alguna ventana se abrió. Nada que ver con nuestro pintoresco franquismo, la verdad.

Los intelectuales europeos fueron muy serviles con el comunismo de la época, silenciaron, callaron, colaboraron, nos mintieron, se fueron de vacaciones a Rumania. Todo, dicen, decían, para no hacer el juego al franquismo. En el fondo la especie humana es así de miserable, con pocas excepciones puntuales. Nosotros, los españoles, en general, aunque es injusto generalizar, también fuimos serviles a menudo con la situación, por necesidad vital. En una novela de Sartre un personaje dice que si llegan a mandar los nazis él sobrevivirá y se hará su rinconcito, cosa que el autor desprecia y critica, él, que tan incoherente, cobarde y servil fue en muchas ocasiones y que, precisamente, durante la ocupación nazi de su país se montó su cómodo rinconcito.

Hoy cuesta pensar en esas vidas sepultadas por la losa de la política, llenas de incertidumbre, en las cuales la vida vale poco. Shostakóvich fue un superviviente preocupado, inquieto, amargado en ocasiones, ni disidente en la sombra, ni héroe, ni un esclavo del régimen. Hoy, aquí, el buen artista parece que ha de ser de izquierdas y muchos actores y actrices aprovechan cualquier acto público para hacer profesión de fe progre. Resulta casi imposible, sin la perspectiva que da el paso del tiempo, valorar las obras contemporáneas de forma desacomplejada y libre. Todos tenemos nuestras manías, puede que nos guste  un autor, un músico, una actriz, pero si éste manifiesta de forma pública ideas que no son las nuestras, lo rechazamos, ya no es tan bueno.

Los poderes de hoy, aquí, no son como los de antes, pero todavía hay clientelismo, servitudes, la libertad, en muchos casos, comporta soledad, ostracismo. Ya no son sólo los poderes políticos los que determinan la suerte del creador, del profesional, están los poderes académicos, los económicos no oficiales, cosas así. Nadie sabe qué es la cultura pero todo el mundo habla de ella y en su nombre se cometen muchas tonterías. El libro de Barnes, sin resultar redondo del todo, incide en esa reflexión sobre el arte, sobre la cultura, sobre los contextos castrantes y los miedos humanos, comprensibles. Comprensibles para los adultos, para los viejos, y aún así, no para todos. La juventud quiere héroes, los sistemas quieren mártires. El coraje, el valor, todo eso, qué bonito suena. ¿Quién no ha pensado, en su adolescencia, en la grandeza que representa morir en la lucha por una idea justa o en defensa de los oprimidos? Luego resulta que ni la idea era tan justa ni los oprimidos tan adorables. Y la lucha, ay, la lucha lleva a la muerte prematura y lo único que tenemos es esa vida breve, puede que mediocre, frágil e inexplicable pero de un valor incalculable para cada uno de nosotros.

Creo que fue Perel, un superviviente judío que en su adolescencia se hizo pasar por ario, quién, ante algunas críticas sobre su actuación en aquellos años manifestó que valía más un perro vivo que un león muerto, gran verdad. Su madre, que fue asesinada con un gran número de miembros de su familia, le insistió en que debía vivir y sobrevivir. Su vida inspiró la película 'Europa, Europa'. Perel ha sido durante años un gran defensor de la paz con el pueblo palestino y es que quien ama su vida de verdad suele respetar a fondo la del resto de la gente.

jueves, 19 de mayo de 2016

LECTURAS, RECUERDOS Y LA HISTORIA REVISITADA


He reseñado para un blog cultural el libro de Luis del Val, La transició perpetua. Es una novela pero por sus páginas circula la historia cercana y complicada de la Transición y las tramas y los complots que se entrecruzaban mientras nosotros, los de más de sesenta años, vivíamos y criábamos a nuestros bebés. Los sucesos históricos son complejos y los queremos explicar en manuales y de forma esquemática, pero se nos escapan como agua en un cesto muchos detalles de forma inevitable, con el añadido de qué hay hechos que suceden de forma casual, inesperada, casi surrealista, aunque después se quieran interpretar casi en un contexto científico.
Estoy leyendo también el libro, denso y documentado, que Jordi Amat ha escrito sobre el contubernio de Munich y sus precedentes y consecuencias. Amat tiene otros libros interesantes en los cuales se analiza la historia reciente de Catalunya, a dónde hemos llegado e incluso lo que se perdió por el camino y se ha querido olvidar. La reciente visita de Otegui, tan aprovechada por unos y otros para arrimar el ascua a su sardina, me ha hecho pensar sobre el tema. Del Val, periodista con experiencia y me imagino que bien documentado, ofrece una visión muy poco romántica de muchos aspectos relacionados con ETA y con el laberinto político oculto de unos años de conspiraciones peligrosas y violencia latente.

Si incluso los que ya tenemos unos cuantos años nos perdemos un poco entre aquellos laberintos políticos creo que para la gente joven debe ser difícil situarse de forma algo objetiva en aquella época, aunque Amat es una persona relativamente joven y lo está intentado con éxito. Escribir una novela, como ha hecho Del Val, da más libertad aunque también puede condicionar y eso sucede con la historia sentimental que cuenta y que a veces no se entreteje de forma verosímil con las referencias históricas.

Está ahora de moda cargarse la Transición. No es nada extraño, es generacional, en mi juventud criticábamos a nuestros padres, que querían olvidar la Guerra Civil y se habían acomodado a la supervivencia al precio que fuese, incluso los que habían sido represaliados, ya conformados y casi contentos con una etapa de crecimiento económico importante, pleno empleo y el paso de la miseria al confort modesto, un paso de gigante que cuesta hoy de entender. Al fin y al cabo en Rusia y sus satélites, no nos engañemos, las pasaban bastante peor.

Una amiga historiadora me contaba hace un tiempo como había cierta reticencia universitaria a fomentar trabajos de investigación o tesis sobre aspectos de la Transición. Bastantes de sus protagonistas viven todavía. Es más cómodo investigar sobre la guerra y la primera postguerra y, sobre todo, novelar a lo tonto acerca de todo eso. Se publican una cantidad de novelas infumables sobre luchadores de izquierda, fascistas malísimos, represalias injustas, brigadistas valientes. El turismo bélico me produce repelús pero funciona y genera dinerito en muchas zonas rurales. La mayoría de esas novelas son cuentos chinos, los personajes son de una pieza y no pasarán a la historia de la literatura aunque incluso con esos materiales los buenos escritores, que no hace falta que sean fieles a una verdad difícil de explicar, son capaces de hacer algo que valga la pena y siempre surge una perla inesperada, claro.

Una novela histórica no precisa ni tan solo estar bien documentada, ni evitar los inevitables anacronismos, pero debe responder a algo, a una tesis, a un plan, reflejar la complejidad humana, la incoherencia. Becket no es una película fiel a la historia pero es una muy buena película que entra a fondo en la lucha entre poderes y en la supuesta psicología de los personajes y en su evolución. Releía hace poco Zorba, ese personaje inolvidable llevado con respeto a la pantalla, contradictorio, que ha sido violento y lo admite y se arrepiente sin tonterías ni discursos excesivos, un personaje humano y, por eso, intemporal y universal.

Los supervivientes de hoy somos hijos más bien de la Transición que de sus etapas anteriores, hijos rebeldes, críticos, injustos, poco informados incluso. Y una cosa es vivir, otra, leer. Los libros e investigaciones sobre aquella época deben hacerse sin prejuicios, creo que los dos que menciono lo intentan, cada uno en su género y en su estilo, no es fácil la objetividad cuando las consignas y los dogmas son más cómodos y nos dicen aquello que quizás queremos escuchar. Se publica mucho hoy, es posible que buenos libros nos pasen desapercibidos y que mediocridades promocionadas nos parezcan interesantes, así es el mundo. Mirar hacia atrás no sólo sin ira sino también sin prejuicios es difícil y complejo y las universidades de hoy, tan mediocres y justitas en el campo de las letras, no ayudan mucho. Pero, por suerte, tenemos internet y esa libertad de navegar por hemerotecas y artículos diversos, por blogs personales y reseñas espontáneas de libros, hechas sin ánimo de lucro y sin patrón que paga detrás.


Para todo hay que tener perspectiva. Nuestro presente también se idealizará y condenará dentro de unos cuantos años, yo ya no podré protestar ni opinar, la vida es breve, aunque hay quién llega a los más de cien años comiendo diariamente algo que ha llegado a estar casi prohibido por los expertos, huevos, incluso crudos. Hay que leer y pensar pero todo debe ponerse en cuarentena ya que al fin y al cabo los que dicen saber saben muy poco y deberían ser conscientes de ello.

sábado, 3 de agosto de 2013

LA HISTORIA NO SE REPITE PERO PUEDE EMPEORAR











Asisto desde hace algunos años a unas interesantes tertulias sobre historia, debatimos libros propuestos de antemano, votados en listas que se confeccionan con las aportaciones de los participantes. Nada tiene que ver ese grupO de lectura con los habituales de las bibliotecas, estas actividades en las cuales poco se tiene que pensar puesto que las listas ya vienen confeccionadas por los organizadores y a menudo no exigen ni tan sólo la búsqueda del libro, pues se dispone de lotes preparados al efecto. Somos un grupo bastante ecléctico en todos los aspectos y me sorprendre que llevemos más de cinco años debatiendo y peleando de forma dialéctica. He llegado a un momento vital en el cual me sorprende más lo que funciona a pesar de todo que lo que se destruye y rompe en cuatro días, la verdad.

Con bastante frecuencia surge el tema de si 'antes' pasaba lo mismo que ahora, cosa que ha generado encendidos debates incruentos, en el grupo. La corrupción, la ambición, las desigualdades, la esclavitud. Alguien comparó en algún momento la esclavitud de la época romana con la esclavitud generada por una hipoteca abusiva pero a mi me parecen situaciones muy distintas, la verdad. Hace unos días escribí una entrada sobre los noventa y nueve años del inicio de la Primera Guerra Mundial en mi otro blog y alguien me comentó que más o menos como ahora, ya que nos encontramos en medio de una guerra econòmica que ganarán los alemanes. Bueno, ahora no hay guerra violenta aunque la economía esté como esté y el militarismo no se halla en su mejor momento en Europa. Los chicos jóvenes ya no son soldados al servicio de la patria, obligados a morir por ella. Las mujeres han mejorado mucho su situación, al menos en nuestro entorno. Muchas cosas se parecen pero ni el contexto, ni las mentalidades, ni la permeabilidad social, ni casi nada es igual. Siempre existen paralelismos, leemos toda la historia desde el presente, desde nuestra propia mentalidad y no desde la de la gente que nos precedió.

Cierto que la historia no fluye de forma lineal y positiva, hay quien quiere creer que todo mejora siempre, que ingenuidad. Freud, cuando supo que los nazis quemaban sus libros comentó que no pasaba nada, que en la Edad Media hubiesen quemado personas. Tuvo que salir deprisa del país y no lo quemaron a él de milagro. Tenemos una tendencia egoísta a considerar que cada uno de nosotros es el centro del mundo, siempre existen terribles guerras y barbaridades diversas pero si no las tenemos a la puerta de casa la percepción es muy distinta. Y a veces, como Freud, somos incapaces de percibir el peligro real o bien percibimos como peligro algo que quizá no pase de una tempestad veraniega. Nadie sabe qué puede pasar, las hemerotecas están llenas de predicciones fallidas, de suposiciones erróneas.

Sobre los alemanes y los japoneses se escribió mucho hace años comentando su derrota bélica y su triunfo econòmico posterior. Las razones pueden ser muchas y diversas, pero fue así. Europa conoció su período más estable desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta ahora, con la tragedia de la antigua Yugoslavia como muestra de que todo es frágil. Claro que algunos pagamos un alto precio por esa estabilidad, como España, o los países que se encontraban bajo la órbita soviética. Lo peor no fue perder aquella guerra, lo peor fue quedar aparte de la reconstrucción europea, los ricos del continente ya habían firmado el vergonzoso pacto de no intervención y después admitieron nuestra pobreza y nuestro sufrimiento largo y miserable. 

Al fin y al cabo las crónicas europeas sobre la guerra civil remarcaban el carácter salvaje de los hispanos aunque después los europeos educados no se quedaron atrás en la barbarie. Pons Prades nos dijo un día, en una charla informal, que ni Francia ni Inglaterra querían una España moderna y competitiva. Quién sabe. Los ingleses tenían muchos intereses econòmicos en la península, un dictador siempre da más confianza a ese tipo de capitalismo que un gobierno transparente. En África se han mantenido y se mantiene a muchos gobernantes de ese tipo, por motivos económicos.

No creo que nada se repita, aunque pueda volver el atraso, la tragedia, la regresión, cosa que ya ha sucedido a lo largo de la historia en muchas ocasiones. Tampoco creo que recordar nada sirva para no repetirlo, no se repite lo mismo pero llegan otras cosas, a veces perores. Acaso no sabemos que hoy se mata de forma absurda en muchos lugares? Montamos una manifestación multitudinaria sobre una guerra concreta, mejor si en ella están metidos los americanos del norte, y luego nos vamos a casa satisfechos y la guerra sigue, se enquista, se olvida. Y, claro, no vamos a estar cada día saliendo a la calle por una guerra o por otra, con tantas como hay aquí y allá.

Un maestro joven, después de aquella movida contra lo de Irak me comentó que no entendía como no se había parado nada, con la de gente que había salido a la calle. De joven eres un pipiolo, todo te lo crees. Entre tots ho farem tot. La gente ha salido a la calle a favor de la democracia, de Franco, de Hitler, de Stalin, de Castro, del Papa y en contra de muchas cosas, de la guerra pero también del matrimonio gay. La calle no quiere decir nada, más allá de una catarsis colectiva que nos deja eufóricos y muestra nuestra solidaridad barata con las causas justas. En la masa se diluye el individuo, claro que los políticos y los sindicalistas colocados siempre miran de ir en primera fila cuando han de salir en alguna foto.

No compartir ciertas alegrías patrióticas me está produciendo estos días incomodidad. Las fiestas patrióticas me dan repelús y se acerca la grande, con cadena humana y todo eso.   Considerar la bondad o la legitimidad de una causa por el número de gente que saca a la calle en determinado momento es como calibrar la calidad de un programa de televisión por la audiencia, un tema peliagudo, peligroso. Cuando era pequeña me contaban los mayores que la misma gente que iba a recibir a Jesús en Jerusalén con ramos de olivo iba después a abuchearlo cuando lo condenaron. Más allá de la referencia bíblica la historia parte de la constatación de la facilidad para mover masas a favor de una idea o de la contraria.

No sé si es la edad, la experiencia, la vejez, en definitiva, o que me vuelvo conservadora, agnóstica, qué sé yo. Más bien creo que no soy nada ni creo en nada, cosa que a mucha gente le parece triste y descorazonadora pero que a mi me parece que es la base para conseguir algo de libertad interior. Creo en el cariño que tengo a los míos y en cierta capacidad personal para la generosidad, poca cosa. Nada es como parece, ni como nos dicen, ni como nos dijeron. Nada se repite y todo tiene alguna relación. Los seres humanos tenemos tendencia a creernos los reyes del mambo terrestre pero somos poca cosa, mucha biología y alguna cosita más, inexplicable, manipulable y etérea. El alma? Puede, aunque dudo mucho de que sea inmortal, la verdad. Lo que asusta más es pensar en cuanta gente acabó haciendo cosas malísimas pensando que hacía lo correcto, a causa de sus ideas.

domingo, 14 de julio de 2013

EFEMÉRIDES HISTÓRICAS




Hoy es el aniversario de la Toma de la Bastilla, fiesta nacional francesa, que se celebrará con la parafernalia habitual de esas efemérides patrióticas que me producen repelús. La Revolución Francesa se ha mitificado gracias a la habilidad francesa para releer la historia a la medida de lo que conviene a eso que llaman chauvinismo. Todos los estados o todos los territorios con aspiraciones de llegar a ser estados hacen lo mismo pero algunos tienen más gracia y más habilidad que otros. Admiramos sin fisuras la democracia francesa en épocas grises, sin tener en cuenta sus debilidades. 

Por lo que respecta a Catalunya, se hacia poca crítica sobre la habilidad de los vecinos en eliminar las diferencias interiores, que tuvieron mucha. Aquí, en el Sepharad de Espriu, todo se ha hecho siempre con una sabata i una espardenya, o sea, a medias y de forma poco eficaz. Un cierto grado de inoperancia estatal permite a veces respirar incluso, todo es matizable. Madame Rolland, ante la guillotina, certificó que en nombre de la libertad se cometían todo tipo de barbaridades pero no aprendemos de esas individualidades sino que hay más interés en mitificar la lucha de las masas atacando una cárcel que estaba a punto de derruirse y en la cual había cuatro desgraciados, incluso alguno de noble.

Ayer hizo años también del asesinato de Miguel Ángel Blanco, que despertó grandes protestas masivas y unitarias para, después, ser manipulado por unos y otros. Los mártires tienen una gran utilidad para los poderes de todo tipo, oficiales y no oficiales, aunque sean mártires a la fuerza. Dicen que vale más un perro vivo que un león muerto pero eso lo dice el pueblo llano y vulgar, práctico. Los líderes dicen que vale más morir de pie que vivir de rodillas aunque muchas veces ellos acaben viviendo bien, ni que sea en un exilio dorado, y muriendo de viejos.

Si yo tuviese poder pedagógico, cosa imposible, suprimiría de todos los calendarios las fiestas y fiestecitas ligadas a la historia del pasado, esas proclives a desfiles, banderas, ofrendas florales, antorchas encendidas y consignas diversas. Todo es mentira pero parece que necesitamos ese tipo de cosas y andar por ahí en procesión, por el motivo que sea. Las procesiones, religiosas o laicas, ni consiguen que llueva ni que se detenga una guerra, pero dan brillantez a los que mandan y parece que los justifican. Como las audiencias televisivas, no valen para nada serio, no responden a la calidad del producto. Cuando sale alguna de esas patums televisivas manifestando que su programa tuvo una cuota de pantalla masiva el día anterior, tiemblo. Los enemigos del pueblo, gente lúcida y sacrificada por todas partes, suelen estar en minoría y la cualidad y la cantidad, aunque alguna vez coincidan, generalmente se encuentran separadas y distantes.

Hoy hace también veinte años de la muerte del cantautor Léo Ferré, uno de los grandes. La imitación de aquel tipo de canción, en el contexto de la admiración por la cultura francesa, produjo el movimiento de la Nova Cançó en Catalunya pero también muchos buenos cantantes en castellano. La Nova Cançó, como tantas cosas, murió con la transición. Uno de los peligros de envejecer es que llega un momento en el cual te parece que ya no eres parte activa del mundo, sinó que lo miras desde la distancia del televisor o desde la ventana de la sala de estar. Lennon, un personaje mitificado en exceso, creo que dijo que la vida es aquello que pasa mientras haces otras cosas. O mientras no haces nada. O mientras crees que haces algo que sirve para algo pero que no sirve para nada.

Brassens, otro cantante francés magnífico, con sus propias sombras vitales, cantaba:

Le jour du Quatorze Juillet 
Je reste dans mon lit douillet. 
La musique qui marche au pas, 
Cela ne me regarde pas
. 

La estrofa se tradujo en castellano en la fiesta nacional/yo me quedo en la cama igual. En catalán la traduje yo, más o menos así: durant l'onze de setembre/ jo romanc en el meu llit sempre... Corren malos tiempos para el escepticismo épico y la tibieza patriótica, por cierto. Ai, que patirem.


sábado, 15 de junio de 2013

EL 15 DE JUNIO DE 1977, TREINTA Y SEIS AÑOS DESPUÉS


Hoy hace años, treinta y seis, de las elecciones de 1977. Entre la ilusión y el desencanto bien o mal informado hay un largo camino. Era una época de ilusiones incondicionales. No sabía entonces que el 15 de junio se celebra San Bernardo de Menthon y que al cabo de tres años  tendría yo a mi hijo pequeño, que lleva el nombre de Bernat, sin que ello tenga que ver con las elecciones primerizas sinó más bien con aficiones excursionistas personales y familiares. Mi hija mayor tenía dos añitos. Una de las aspiraciones maternales respecto a los hijos varones era que desapareciese el servicio militar obligatorio, al menos esa aspiración se concretó en una realidad, algo es algo.

No eran tiempos demasiado boyantes, había crisis econòmica y mucho miedo. Pasó lo que pasó, pudo haber pasado de otra manera, hoy los jóvenes nos comentan que no se hizo  bien, nosotros también achacábamos a nuestros padres errores más graves cometidos durante la guerra y antes de la guerra y la falta de coraje aguantando una dictadura que se reconvirtió de forma pintoresca en época de vacas gruesas o, al menos, algo más gruesas que las anteriores, en algo rarito y bien acogido durante los sesenta, no nos engañemos, por grandes mayorías, ya que las penas con pan son menos, bastante menos. 

Un mal repetido y recurrente parece que es la mala vocación para la unidad en tiempos difíciles que tienen las izquierdas, hoy convertidas en no se sabe qué. Sin embargo la gente normalita y humilde, poco beligerante, es culpable de pocas cosas o, en todo caso, más víctima que culpable aunque las víctimas no siempre son inocentes ni virtuosas. Como decía una compañera de trabajo cuando hablábamos de los defectos de la educación: los maestros tendremos culpa pero somos el eslabón inferior de todas las culpas. Claro que esos eslabones inferiores suelen recibir muchos palos, como aquel borrico condenado a muerte por oler una flor.

Emociona y preocupa ver las hemerotecas, aquellas fotografías, tanta gente envejecida, desaparecida por ley natural, marginada del poder político, ignorada, ausente. Hojas somos en el viento, cantaba Machín, y los vientos del pueblo nos llevan, como escribió una víctima, Miguel Hernández.  Triunfó aquella Unión del Centro, con el carismático señor Suárez, hoy una sombra sin memoria, por desgracia, con todo lo que nos podría contar todavía, que acabó hecha trizas por miopía o quizás porque recogió en su seno una variedad humana muy rarita y oportunista. En las periferias, sin embargo, triunfaron los socialistas, la izquierda.

El PSC catalán ya empezó mal, con su alianza peninsular con el PSOE, que realizó sobre él una adbucción deplorable, aún vigente. Sé de personas afines al socialismo catalán que lo abandonaron en seguida, cuando se dieron cuenta de qué se convertían deprisa en los tontos útiles de los que de verdad mangoneaban la otra parte de aquel bipartidismo en alza ya desde el primer momento de todo el montaje. Las elecciones se hicieron en día laborable, para que no cayésemos en la tentación de largarnos a la playa sin cumplir. Fue aquel un día eufórico, de media fiesta, con las calles llenas de gente y de carteles, los partidos más vocacionales tenían voluntarios para pegarlos incluso.

Todo ha cambiado, y mucho. Nos faltaba coherencia, sensatez, lucidez, lo que sea, pero nos sobraba esperanza, entusiasmo y optimismo. Claro que yo era joven y de joven todo se ve de otro color, todavía más si se ha esperado tanto que sucediera alguna cosa distinta y todo tarda demasiado. Franco murió en la cama y de viejo, la monarquía, cosa impensable hacía unos años, fue acogida con alegría servil y la verdad es que muchas cosas cambiaron de verdad aunque no lo parezca, hay que ser optimista y positivo. Vinieron, eso sí, las rebajas. Los ochenta fueron más duros y la izquierda en el poder se corrompió en gran parte. La vida es así y los poderes fácticos y reales siguen tan lejanos de todo el resto como siempre.

lunes, 11 de marzo de 2013

AQUEL TRÁGICO 11 DE MARZO

Hace hoy nueve años del atentado a los trenes de cercanías, en Madrid, con casi doscientos muertos y cerca de dos mil heridos. Tenemos tendencia a conmemorar los sucesos diversos por décadas y seguramente el año que viene, en el cual se cumplirán diez años de la tragedia, los recordatorios seran más insistentes en la prensa y en la televisión. 

Recuerdo que yo estaba en la escuela y una maestra joven vino muy alterada y me lo comentó. En aquel momento no sabíamos todavía que la tragedia fuese tan grande. Cuando las cosas pasan cerca de nosotros son más increibles que cuando suceden lejos. Madrid es en el fondo, aunque no tenga mar y aunque no queramos reconocerlo, una ciudad parecida a Barcelona en muchos aspectos. Los poderes diversos han potenciado las diferencias y la rivalidad. A mi siempre me ha gustado, siempre me he sentido bien allí y cuando puedo, vuelvo. 

Hay gente que a veces me afirma cosas raras, como, por ejemplo, que durante la Guerra Civil se destruyó más Barcelona que Madrid, se ignoran alegremente las grandes penas de la capital y cómo quedó después de la guerra, otro tema es que el franquismo potenciase su reconstrucción y recuperación, que también fue lenta y difícil. Huir de Madrid es más difícil que huir de Barcelona, las fronteras están más lejos. Sin embargo todos esos tópicos funcionan. 

El atentado de Madrid constató nuestra fragilidad, se han puesto controles para evitar el terrorismo en los aviones, unas medidas que ahora parece que son tan caras que habrá que reducirlas. Pero sería imposible instalar las mismas medidas en los metros, en los trenes de cercanías, en los autobuses. El riesgo cero no existe pero nuestra vanidad humana parece que quiere creer que todo es evitable y en estos últimos años las medidas de prevención han llegado, en muchos campos, a límites surrealistas. Como en las escuelas, por ejemplo. En mis últimos años en activo cualquier cosa extraordinaria que se hacía en el colegio producía una especie de lluvia de ideas y propuestas para limitar riesgos y evitar que si pasaba alguna cosa nos la cargásemos los profesores o la directora, que suele ser la cabeza de turco más a mano.

El terrorismo es condenable pero a veces se mira con simpatía cuando aquellos que lo practican parecen tener ideas justas. Con los años cada vez me he vuelto más reticente a cualquier forma de violencia directa, esas prácticas son indiscriminadas y a menudo inciden en gente que no tiene la culpa de nada, incluso las huelgas que perjudican a terceros me parecen hoy absurdas, incluso peligrosas para la salud cívica. Cuando recibes palos por algo en lo cual no tienes ni arte ni parte, aunque los motivos profundos del que los reparte sean comprensibles o justos, es fácil que te pases al enemigo por revanchismo, todos somos humanos.

He leído estos días un libro de Jorge Díaz, La justicia de los errantes, no me ha convencido porque soy poco amante de la novela más o menos histórica, aunque el autor insiste en qué sólo quiere entretender. Cuenta las andanzas de anarquistas míticos, con mucha ficción de por medio. Durruti, Ascaso, García Oliver. Aquel era un mundo violento y ellos también empleaban la violencia, motivados por grandes ideales y si hacía falta que hubiese eso que llamamos daños colaterales no se andaban con chiquitas. La novela acaba en julio de 1936. La mitificación de ese anarquismo violento hace olvidar a menudo que existe y existió un anarquismo más amable y pacífico. En nuestros tiempos escucho, con cierta inquietud, llamadas irracionales a guillotinas y fusiles. Nada justifica la muerte de un inocente, por más grandes ideales que muevan a los asesinos ideologizados. Una injusticia hecha un hombre es una amenaza contra todos, escribió creo que Montesquieu. Las mitificaciones históricas a menudo olvidan a los inocentes que pasaban por ahí en el momento más inoportuno.

Sin duda los terroristas que pusieron los explosivos en los trenes madrileños tenían poco apego a su propia vida y se movían por ideales, aunque esos ideales nos parezcan bárbaros y lejanos. Morir por los propios ideales ha sido algo muy explotado por todas las formas de poder, de un signo y de otro. No se puede luchar contra fanáticos ni contra terroristas suicidas, siempre nos podemos tropezar alguno. Tampoc se pueden cambiar ciertas ideologías de un día para otro. Muchos actos terribles se han realizado con cierta buena intención y ya se decía que el infierno  estaba pavimentado con buenas intenciones. La vida ya nos mata a todos un día u otro, nadie debería querernos adelantar ese castigo irreversible pero parece que los humanos tenemos tendencia a utilitzar soluciones drásticas en muchas ocasiones. Ya sé, ya sé, el poder también utilitza violencia institucional con recortes y todo eso, es algo que esgrimen los que defienden que se queme lo que sea por ahí, cuando se protesta. Se olvida que el container quemado lo pagamos entre todos, lo mismo que tantos cristales rotos. 

La violencia ha acostumbrado a generar más violencia pero después las lecturas gloriosas del pasado han continuado mitificando guerras y revoluciones y las lecturas más reposadas y complejas de tanto mito sangriento no suelen gustar a nadie. 

martes, 19 de febrero de 2013

LA PERSONA Y LA HISTORIA, ENCUENTROS Y DESENCUENTROS









A menudo nos sorprende comprobar como en el pasado, en un pasado en el cual fuimos relativamente felices y despreocupados, o indiferentes ante realidades que no conocíamos, sucedían en el mundo tragedias y desastres. Hablaba hace unos días con una abuela algo mayor que yo y me decía que sufría por el futuro de sus nietos y que cuando tuvo a sus hijos, hoy cuarentones, el mundo no estaba tan mal. Bueno, le hubiese bastado mirar alguna hemeroteca o referencia histórica para comprobar que no era así, más bien al contrario. Pero esa era su percepción porque desde finales de los sesenta a finales de los ochenta se vivió, en general, cierta mejora económica evidente. Además, el espejismo de la transición abrió grandes horizontes cercanos que después se mostraron bastante rancios. El mundo de la pijería discotequera y avanguardista, de la cual salieron muchos fotógrafos de culto, convivía en mi ciudad, en los sesenta, con espacios de miseria inmensa aunque ésta se encontrase en proceso lento, lentísimo, de recesión.

Estos días vivimos en medio de noticias algo preocupantes sobre corrupciones, estafas y caída en desgracia de personajes que nos merecían cierto respeto. Sin duda no es gratuito que todo eso salga ahora, hay muchos condicionantes, incluso jugadas políticas y periodísticas que desconocemos la gente normalita. Sin embargo, en general, seguimos con nuestras vidas, nuestras fiestas, nuestras celebraciones familiares. Los niños van a la escuela y aunque repitamos que todo va mal nuestra cotidianidad no ha cambiado demasiado.

Hace unos días escuchaba por radio a un joven taxista, en esos programas de noche a los cuales llama gente diversa para contar sus experiencias. Explicaba que no había estado mentalizado ante el tema de los deshaucios hasta que hubo uno en su bloque de pisos, y que ahora, con su mujer, iban a menudo a reforzar la protesta cuando había alguno y comprobaba que incluso en ese tipo de actuaciones había alguna en las cuales era habitual la presencia masiva de gente y de periodistas y otras en las cuales eran cuatro gatos los que acudían, o sea que de deshaucios, como de guerras, los hay de mediáticos y los hay que no lo son. El  hombre era contrario, como yo misma, a todo tipo de subvenciones, fuese a toros, cine, teatro o el resto. Cuando la gente de la farándula, vestida de Dior, protesta en un acto glamuroso de los gobernantes presentes, a los cuales han mendigado a menudo dinerito, siento vergüenza ajena, como la sintió, supongo, esa joven socialista que denunciaba hace poco lo bien que se estaba en un hotel de cinco estrellas divagando desde la supuesta izquierda sobre los males del mundo.

Pasamos a menudo por la vida y por la historia sin saber muy bien qué pasa hasta que nos lo cuentan, casi siempre tamizado por el condicionante de un libro de texto politizado, que olvida matices y hace una lectura bastante parcial del tema. Leí hace poco la extraordinaria Historia de un alemán, de Haffner.  Este autor cada vez me interesa más, pertenece a la minoría crítica que intenta explicar las cosas y no tan sólo condenarlas o defenderlas. Y lo hace con razones históricas y con opiniones cotidianas y personales. Cuando la historia nos cambia la vida en profundidad, como pasó con la gente de todas las ideologías que vivió y padeció la guerra civil, entonces el tema es realmente dramático y nuestras penas pasadas, en un contexto más o menos soportable, parecen verdaderas tonterías. Hay siempre en algún lugar gente a quien la historia castiga y transforma, que no nos suceda es cuestión de suerte, de casualidad, aunque siempre la estabilidad es frágil y a menudo pasa lo que no esperábamos y no sucede lo que se preveía. 

Un tema inquietante es la de la fotografía supuestamente de denuncia, que gana premios, mostrando las imágenes de esas víctimas de la situaciones deplorables. No veo que cambien nada, gente pija visita a menudo esas exposiciones sin tener mala conciencia y eso pasa también cuando nos muestran un pasado miserable que ignoramos, incluso cuando lo compartíamos y cuando podíamos formar parte de uno de esos paisajes cutres y destartalados de la Barcelona pretérita. Lo mismo con el cine, ver una película sobre ancianitos abandonados no presupone que mi conciencia quedará tan conmovida como para que cada fin de semana visite a mi tía nonagenaria olvidada en una residencia de pago. Por ejemplo.

La denuncia seria ha de venir de los afectados y en países desfavorecidos se han iniciado campañas para que, al menos, sean sus propios habitantes quienes fotografíen y comercien con esas fotos, hoy no es difícil hacerlo o, al menos, es más fácil que en tiempos en los cuales una cámara no estaba al alcance de todo el mundo. Cómo manifiesta Haffner en el fragmento que copio, lo que nos da una verdadera dimensión humana de los hechos es la autobiografía, pero la de la gente normal y corriente, no la de los famosos. Por desgracia, esas autobiografías son todavía restringidas, minoritarias. Nadie dice toda la verdad en un escrito de ese tipo pero el conjunto de unos cuantos nos puede dar una visión algo más objetiva del conjunto humano del pasado o del presente que no un artículo de opinión o un libro de historia convencional, por muy documentado que esté. Tampoco podemos saber si un hecho determinado tendrá suficiente peso como para cambiar nuestras vidas normalitas. Como en el chiste, más de una vez deseamos quedarnos como estamos, cuando pertenecemos, todavía, a la minoría universal que no pasa hambre ni frío y que tiene un hospital cerca, de momento, incluso aunque sea un hospital con recortes.




Es obvio que los sucesos históricos tienen distintos grados de intensidad. Un «acontecimiento histórico» puede pasar casi inadvertido en la realidad más próxima, es decir, en la vida más auténtica y privada de cada persona, o bien puede causar en ella estragos que no dejen piedra sobre piedra. Esto no se detecta en el relato normal de la historia. «1890: Guillermo II destituye a Bismarck.» Sin duda alguna se trata de una fecha clave, escrita en mayúsculas dentro de la historia alemana. Sin embargo, difícilmente será una fecha importante en la biografía de un alemán cualquiera, excepto en la de los miembros del pequeño círculo de implicados. Todas las vidas continuaron como hasta entonces. Ninguna familia fue separada, ninguna amistad se malogró, nadie tuvo que abandonar su tierra natal ni ocurrió nada similar. Ni siquiera se canceló una cita ni la representación de una ópera. Quien sufría de mal de amores, siguió padeciéndolo, quien estaba felizmente enamorado, continuó estándolo, los pobres siguieron siendo pobres y los ricos, ricos... Y ahora comparemos esto con la fecha «1933: Hindenburg nombra canciller a Hitler». Un terremoto acababa de comenzar en la vida de sesenta y seis millones de personas. 

Como he dicho antes, el relato científico-pragmático de la historia no dice nada acerca de esta diferencia de intensidad en los sucesos históricos. Quien desee saber algo al respecto ha de leer biografías, y no precisamente las de los hombres de Estado, sino las de individuos desconocidos, mucho más escasas. En ellas comprobará cómo un «acontecimiento histórico» pasa de largo ante la vida privada, es decir, la verdadera, como una nube sobre un lago; nada se inmuta, sólo se refleja una imagen fugaz. El otro tipo de acontecimiento hace saltar las aguas como un temporal acompañado de tormenta; apenas es posible reconocer el lago. El tercer acontecimiento tal vez consista en la desecación de todos los lagos. Creo que la historia se interpreta mal si se olvida esta dimensión (lo cual ocurre casi siempre). Por lo tanto, permítanme contar veinte años de historia alemana desde mi perspectiva, por puro placer, antes de llegar al tema propiamente dicho: la historia de Alemania como parte de la historia de mi vida privada. 

(Sebastian Haffner, Historia de un alemán)

domingo, 23 de diciembre de 2012

VÍCTOR HUGO Y SU SIGLO


Nos llega la versión en cine del musical Los Miserables y con esa serán ya un montón y medio las versiones existentes de la famosa novela de Víctor Hugo. Las grandes obras clásicas, sobre todo las del siglo XIX o inicios del XX, época dorada de los grandes novelones, siempre resultan atractivas aunque nos sepamos de memoria los argumentos o quizás precisamente por eso, porque ya forman parte de nuestro imaginario colectivo.

Hace unos días una amiga, también escritora, me comentaba, merendando en la librería Laie, que no le gustaba demasiado esa historia larga y pesada, con el pobre Valjéan, precursor de El fugitivo, recibiendo palos por todas partes, portándose como un santo y huyendo del malvado de turno, ese obsesivo Javert, que, además, ostenta la legalidad.

Comparto esa opinión por lo que respecta a la trama argumental de la novela que es, en general, lo que se puede ver y entender en las versiones en cine y televisión. Pero lo mejor de esa novela de Hugo es precisamente lo que no se puede saber si no se entra muy a fondo en el texto, la ambientación, la descripción de usos y costumbres, las tripas de una época y de unas circunstancias que el autor vivió de forma apasionada y comprometida. 

A veces, cuando contemplo la papanatería con la cual se visitan escenarios de tragedias más cercanas a nosotros, como la Batalla del Ebro, me viene a la memoria un fragmento de Hugo en el cual medita sobre la misma papanatería, en este caso por parte de gente que visita el escenario de Waterloo en el cual un campesino, precursor de todos esos monitores del turismo cultural de nuestro tiempo, a cambio de unas monedas, les cuenta diversas barbaridades y anécdotas sobre el tema.



No creo que sea Los Miserables la mejor novela del autor. Hugo escribió grandes poemas, mucho teatro, diversas novelas, acercarse a esos escritores prolíficos y poliédricos pide un esfuerzo que, en nuestros tiempos, resulta quizás excesivo en un mundo que se mueve tan deprisa, a ritmo de novedades. Pero Los Miserables contiene fragmentos impresionantes, recoge opiniones personales, su irregularidad hace que en algunos momentos parezca un conjunto de lecturas dispersas y variadas, y es un fresco impagable sobre la Francia de la época, a veces idealizada y a veces descrita con un realismo oscuro y amargo. Cuando habla de épocas pasadas como en Notre Dame de Paris, la documentación que maneja el escritor es impresionante. Por desgracia su teatro nos llega poco y mal, actualmente.

Una discusión algo bizantina y recurrente, cuando se habla de versiones, es aquello de si el libro es mejor que la película. O si las versiones reducidas sirven para llegar luego a la gran obra. Esas preguntas no tienen respuesta dogmática. Hay películas mejores que los libros, libros mejores que las películas, buenos libros que han dado buenas películas y malos libros que han dado malas películas.

Creo que hay que acercarse a una cosa y a la otra sin complejos y considerando que son dos cosas distintas. A menudo el excesivo rigor en las adaptaciones de obras literarias al cine ha dado también farragosas versiones como una de Ana Karenina, bastante aburrida, que se filmó en la antigua URSS. El otro día, por casualidad, dieron por televisión una película alemana basada en la novela Effi Briest, poco conocida aquí, pero que toca el tema, tan querido por los decimonónicos, de la mujer adúltera (Bovary, Karenina, La Regenta...). Todos los países europeos tuvieron sus adúlteras de ficción más o menos famosas.  La versión alemana cambiaba totalmente el final pero la película no estaba mal del todo.

Hace años se emitió una serie de dibujos sobre el Quijote, bastante digna. Sin embargo hubo intelectuales que protestaron de esa vulgarización infantilizada. El Quijote es uno de esos libros cuya fama supera con creces la lectura que provoca, al menos en su totalidad. Me imagino que los muchos niños que vieron esa serie no se convirtieron, de adultos, en lectores devotos del libro de Cervantes. Bueno, puede que una minoría, sí. Una minoría que se hubiese convertido en lectora, seguramente, sin los dibujos. 



Víctor Hugo fue un personaje extraordinario, vitalista y activo políticamente. Vivió muchos años para la época, vio morir a parientes y amigos, intervinó en algunos gobiernos, otros le persiguieron, se exilió, regresó, recibió honores pero también críticas. No fue un revolucionario estrictamente hablando pero defendió a los débiles y a los perseguidos y criticó cosas como la explotación obrera y la pena de muerte. Y no sólo de forma novelesca sino directa, en discursos y proclamas, en su actividad política. No veía mal el enriquecimiento si éste se aplicaba a la producción de más riqueza para el bien común.

Francia ha tenido una gran habilidad para asimilar a toda su gente importante. También ha afrancesado a cualquier persona importante dispuesta a afrancesarse. Aquí somos un país de más capillitas, si está uno que no esté el otro. Evidentemente, ha sido un país muy centralista, que consiguió acabar pronto con las veleidades regionales y las lenguas que no fuese el francés canónico, lo hizo con contundencia y eficacia, con cruel inteligencia, vaya. A menudo la admiración por el país vecino nos ha ocultado esos graves pecados ligados a su chauvinismo irredento. Sus grandes tragedias las ha reconvertido en glorias nacionales patrióticas, como la misma Revolución o la Comuna de París. O el mayo del 68. Incluso Hollande ha sido capaz de pasearse por Argelia reconociendo los pecados pasados sin perdir perdón y de quedar como un señor, en teoría. A eso se le llama política de estado.

Hugo me resulta admirable, incluso recordando en perspectiva su trayectoría vital y sus sombras, que algunas tiene, como todo el mundo. Fue un buen padre y un buen abuelo, un hombre de familia responsable, más allá de sus amoríos y de sus fidelidades. Se ha escrito bastante sobre el drama de su hija Adèle, o sobre el accidente que sufrieron Leopoldine, su otra hija y su marido, que perecieron ahogados, como si en las familias normalitas no existiesen casos de esquizofrenia y dramáticos accidentes imprevistos, como si sólo los famosos estuviesen sujetos a maldiciones ligadas a culpas diversas.

A mi me gusta más su imagen tópica, de venerable anciano, con esa barba patriarcal, que su rostro inquieto de más joven, reflejada en dibujos, pinturas y fotografías. Víctor Hugo insistió una y otra vez en el absurdo de las guerras, de la pena de muerte, de la barbarie y de la violencia, sobre todo de aquella que se ejerce desde arriba, desde el estado abusivo. Dibujó y pintó de maravilla, también.

Incluso en una película tan pintoresca como Violetas Imperiales incluyeron una escena en la cual nuestra Eugenia de Montijo, futura emperatriz, lee delante de Napoleón III un poema de Hugo, que se encuentra exiliado y que es contrario al gobernante. Víctor Hugo merece que nos acerquemos, sin pausa y sin prisa, al conjunto de su obra, tan extensa, tan diversa, quizás algo demodée en el estilo, claro, pero tan moderna en la ideología, en las aspiraciones sociales y políticas acerca de un mundo mejor, más justo, más libre, más pacífico.



Bêtise de la guerre

Ouvrière sans yeux, Pénélope imbécile, 
Berceuse du chaos où le néant oscille, 
Guerre, ô guerre occupée au choc des escadrons, 
Toute pleine du bruit furieux des clairons, 
Ô buveuse de sang, qui, farouche, flétrie, 
Hideuse, entraîne l'homme en cette ivrognerie, 
Nuée où le destin se déforme, où Dieu fuit, 
Où flotte une clarté plus noire que la nuit, 
Folle immense, de vent et de foudres armée, 
A quoi sers-tu, géante, à quoi sers-tu, fumée, 
Si tes écroulements reconstruisent le mal, 
Si pour le bestial tu chasses l'animal, 
Si tu ne sais, dans l'ombre où ton hasard se vautre, 
Défaire un empereur que pour en faire un autre ?


L'AUTRE


Viens, mon George. Ah ! les fils de nos fils nous enchantent,
Ce sont de jeunes voix matinales qui chantent.
Ils sont dans nos logis lugubres le retour
Des roses, du printemps, de la vie et du jour !
Leur rire nous attire une larme aux paupières
Et de notre vieux seuil fait tressaillir les pierres ;
De la tombe entr'ouverte et des ans lourds et froids
Leur regard radieux dissipe les effrois ;
Ils ramènent notre âme aux premières années ;
Ils font rouvrir en nous toutes nos fleurs fanées ;
Nous nous retrouvons doux, naïfs, heureux de rien ;
Le cœur serein s'emplit d'un vague aérien ;
En les voyant on croit se voir soi-même éclore ;
Oui, devenir aïeul, c'est rentrer dans l'aurore.
Le vieillard gai se mêle aux marmots triomphants.
Nous nous rapetissons dans les petits enfants.
Et, calmés, nous voyons s'envoler dans les branches
Notre âme sombre avec toutes ces âmes blanches.


domingo, 14 de octubre de 2012

EN EL PAÍS DE LOS SUEÑOS PERDIDOS





Se hace difícil, en los tiempos que corren mantener la cabeza fría. Hace años soñé que España acabaría siendo una verdadera patria multicultural, todos sus habitantes conocerían a la perfección, además del castellano, ya lengua de fraternidad aprendida libremente, otra lengua, de las tres posibles, al menos de las tres más históricas: euskera, gallego, vasco. Además de tantos prejuicios hoy existe, además, un utilitarismo pragmático muy miope, ¿para qué esforzarse en aprender tonterías, lenguas que hablan cuatro gatos? 

Se resta en lugar de sumar, por pura pereza mental disfrazada de realismo. ¿Cómo es posible que nunca se haya planteado, por ejemplo, que todos los españoles deberíamos tener unas nociones de ese monumento ancestral que es el euskera, de la misma manera que valoramos saber qué se oculta, culturalmente hablando, en una iglesia pre-románica? 

Nada ha sido como soñé. No se pactó la lectura histórica de la variedad, lejanos quedaron los días escolares en los cuales en algunos manuales de lengua se incluían textos en 'las otras lenguas' con su traducción al castellano. Incluso la casposa sección femenina nos enseñaba alguna cancioncita en vasco, en catalán, en gallego y algún baile tradicional de otros lugares hispánicos. Todo eso se ha perdido, hoy sabemos más de América que del resto de nuestro país, estado, nación o lo que sea, pues me da igual, la rosa sería una rosa aunque otro nombre tuviese. No podemos ver las 'otras televisiones regionales' si no tenemos parabólica. Los catalanes no cantamos en gallego ni tampoco al revés, los castellanos no suelen cantar en catalán. Bueno, puede haber alguna persona por ahí interesada por la multiculturalidad pero son pocas y están ocultas.

Amigos de mi barrio se encuentran con incomprensión cuando vuelven a sus pueblos castellanos, extremeños, andaluces. No general, ni de todo el mundo, pero sí lo bastante frecuente como para inquietar, la gente cree más lo que dicen los periódicos, las televisiones que lo que les cuentan los testimonios directos de los hechos. Así es el mundo de hoy, lo dice la tele, bendito sea.

Monica Vitti contaba en una ocasión como en algún periódico publicaron que se había intentado suicidar. Su madre, lógicamente preocupada, le preguntó. Ella lo negó todo pero su madre siempre se quedó con la duda. Lo habían escrito en el periódico, dicho en alguna televisión. No importa que en la calle la convivencia sea normal y que viajando por el Sepharad espriuano encontremos amabilidad, en general. O al revés, que los turistas hispánicos que visitan la Sagrada Familia constaten que se les atiende en su lengua sin problemas. Hay temas, sin embargo, que no se tocan, por si acaso. 

No sé qué pasará. Soy persona de pocas aficiones patrióticas, tengo manía a banderas y escudos, me parece, además, que una lengua es algo imposible de definir, aunque se hagan grandes esfuerzos para ello. Utilizamos latín imperfecto y también el latín debió ser la fijación política obligada de quién sabe que substratos oprimidos anteriores. Nos entendemos hablando despacio con el resto de los hablantes de lenguas románicas pero la ortografía y la normativa elaborada por los mandarines expertos ya intenta que la cosa se diferencie y que se construyan murallas diversas. Al fin y al cabo las lenguas son, o deberían ser, para unir, para entenderse. 

Me temo que es algo consubstancial al ser humano buscar las diferencias que separan. Podríamos establecer un pacto mundial, una sola patria, una nueva lengua para los que han de venir. Pero esa unidad acabaría por volver a romperse, cualquier excusa es buena para la sinrazón, por desgracia. Hay países del este que se entienden hablando pero escriben en alfabetos distintos para diferenciarse. Se decía que una lengua se diferenciaba de un dialecto en el hecho de tener un ejército detrás. Un ejército, una academia de la lengua, una lectura oficial del tema manipulada por los poderes del signo que sean.

Hace años, cuando yo estudiaba magisterio, un profesor comentó que la Unesco estudiaba renovar los manuales de historia para elaborar una nueva lectura del pasado europeo, más objetiva. Vano intento, cada cual quiere mantener sus glorias, sus personajes, sus héroes a la fuerza, sus revoluciones, sus descubrimientos, sus victorias, incluso sus derrotas honoríficas, para reivindicar con orgullo patrio lo que sea. No hay países inocentes ni patrias limpias de sangre pero los libros, ay, los libros, lo arreglan todo. Nadie ha hecho méritos para nacer en un lugar o en otro, a mi no me preguntaron al nacer si quería ser madrileña, sueca, alemana o senegalesa. Por lo tanto, esos orgullos son algo sin demasiado sentido. 

En el caso, hipotético, de conseguir Catalunya, en algún momento, una cierta independencia política, agotado el proceso de buscar una España más abierta y comprensiva, más igualitaria, más permeable, donde los jóvenes circulen con fluidez de un lugar a otro sin resentimientos, cosa que ya sucede en muchos casos sin que se haga bandera de ello, no deberían romperse ningún tipo de lazos. Las fronteras cambian, los países, las naciones, se unen y desunen. Su perfil actual no obedece a la voluntad popular sino a la historia, a la historia del poder. Quizá falte mucho para los esperados Estados Unidos de Europa. O no, quién sabe. Jamás hubiese pensado ver la moneda única, el euro, o la caída rápida del muro de Berlín. El futuro es imprevisible y recurrir al pasado para explicar el presente es un error, la historia, la geografía, han sido también instrumentos de poder política, de adoctrinamiento ideológico. Hay que mirar al presente y un poco al futuro. 

Hace años había en las escuelas colecciones de libros con leyendas de todo el mundo y, también, de toda España. Me pregunto que sabe hoy un joven extremeño de Cataluña, un andaluz, de Valencia, un mallorquín, de Galicia. Podrían montarse concursos de televisión con preguntas peninsulares, tradiciones, ríos, pueblos, ciudades, formas dialectales, bailes, canciones, quizá así mejoraríamos la culturilla. Dejemos a los reyes antiguos, a los descubridores de continentes, a los padres de las patrias, descansar en paz. Su tiempo fue otro tiempo, su mentalidad, otra mentalidad, sus valores, otros valores y no justifican ni explica nuestras aspiraciones actuales que tampoco son del todo libres, lo admito. Nadie está vacunado contra la provocación, contra los lugares comunes, contra la visceralidad. Las diferencias más virulentas son, a menudo, con el pueblo de al lado, con el barrio cercano. A veces, contemplando esos reportajes del mundo dónde sí hay problemas y hambre galopante y explotación indiscriminada pienso aquello que decía mi padre a menudo, viendo como no valorábamos lo suficiente el plato lleno de sopa o la nueva abundancia de los tiempos de mejora, massa tips (demasiado hartos).


lunes, 27 de agosto de 2012

EN LA CALLE DEL TURCO, LE MATARON A PRIM...










En la calle del turco
Le mataron a Prim
Sentadito en su coche con la guardia civil
Con la guardia civil, con la guardia rural

A las diez de la noche
En paseo real
Cuatro tiros le dieron en mitad del corazón
Cuatro tiros le dieron a boca de cañón

Al pasar por las cortes le dijeron a Prim
Vaya usted con cuidado, que le quieren herir
Si me quieren herir, que me dejen hablar
Para entregar las armas a otro general

Al llegar a la plaza, salió el hijo mayor
¿quién ha sido ese ingrato que a mi padre mató?
¿quién será ese tirano, quién será ese traidor?
¿quién ha sido el infame que a mi padre mató?



Ian Gibson acaba de publicar su primera novela, una novela històrica que ha sido premiada con el Fernando Lara y que se está promocionando actualmente en los medios de comunicación. El tema de Prim ha hecho que el historiador aparcase incluso su anunciada biografía de Buñuel. No la he leído todavía, así que no puedo opinar sobre el libro desde el punto de vista del valor narrativo. No soy aficionada a la novela histórica y además, parece que todo el mundo quiere escribir su novela. En el caso de los historiadores, también, quizás porque los libros de historia no suelen tener la misma divulgación o porqué la ficción permite muchas más libertades, incluso con la historia seria, que un libro académico.

Sin embargo, de momento las entrevistas de promoción a Gibson me parecen muy interesantes, como la que publicaba ayer La Vanguardia, porque inciden en ese siglo XIX tan fascinante, violento y complejo, mal conocido de forma general por jóvenes y adultos. Sin conocer aquella época no podemos entender nuestro presente y así nos va. Muchos aspectos de la guerra civil tienen relación con aspectos de las guerras carlista o de otros acontecimientos anteriores.

Gibson, que manifiesta su admiración por una España llena de culturas ancestrales, que desearía distinta, federal, respetuosa y amante fiel de sus diversidades, incluso capaz de federarse con Portugal, un viejo sueño, no es optimista al respecto, como no lo soy yo misma, que también quisiera creer que eso sería posible. El XIX fue un desastre aunque hubo intentos interesantes, todos ellos marcados por muertes y violencias, las guerras carlistas mencionadas, el cantonalismo de Cartagena, hoy poco o nada conocido. El Cantón de Cartagena generó tragedias y hazañas que de haber sucedido en Catalunya o el País Basco serían hoy mitología nacionalista y fuente de inspiración para tantos iluminados del presente que desprecian cuanto ignoran, igual que la Castilla de Machado. Los afanes cantonalistas murcianos desestabilizan la creencia en la única existencia de nacionalidades históricas en la península.

Prim fue un personaje singular, hoy poco conocido, aunque hace años se publicó una exhaustiva biografía suya. Fue popular, apreciado y admirado por el pueblo, pero con sus luces y sombras. Quería también una España distinta, moderna y avanzada, con una monarquía constitucional que no fuese borbónica, evidentemente, a causa de las malas experiencias con los últimos representantes de la familia. La búsqueda de rey generó conflictos internacionales. Estuvo a punto de conseguir su objetivo pero las fuerzas oscuras del inmovilismo acabaron con él, en un atentado que se cantó durante años en los corros infantiles y que yo había escuchado todavía tararear a mi madre, el de la calle del Turco,  nunca aclarado del todo y sobre el cual quizá la novela de Gibson extienda alguna lucecita más. Las fuerzas integristas y conservadoras pero también la inestabilidad generalizada, la poca unidad, la miopía de unos y otros, contribuyeron a eliminar el posibilismo que preconizaba el militar.

Hubo que recurrir finalmente a los borbones, a un Borbón con una madre singular, un padre dudoso y un abuelo pintoresco, chiflado y cruel, Alfonso XII, que protagonizo una breve época de estabilidad, con la gente cansada ya de violencias y de intentos políticos diversos. En el siglo XX hubo que hacer más o menos lo mismo, en una época cansada de lo anterior, tragar con lo posible y seguir viviendo. Parece que la humanidad sólo se sienta a negociar y aceptar unos mínimos después de las grandes tragedias, no sólo pasan estas cosas en España, aunque a veces tengamos complejo de inferioridad. La geoestrategia también pesa, como pesó después de la segunda guerra mundial, cuando nos dejaron aislados y olvidados mientras los vecinos recuperaban sus democracias más o menos convencionales.

Prim es un personaje incómodo, un catalán de Reus, implicado en lo español, como Cambó. Por eso inspira cierta prevención a la hora de biografiarlo o entrar a fondo en una historia muy distinta de la oficial. Incómodo para unos, para otros y para el resto. Gibson, por cierto, se interesó por el tema a partir de una visita a la tumba de Robert Boyd, un  joven idealista inglés que luchó y murió con Torrijos, quizá el pelirrojo que puede verse en el famoso cuadro del fusilamiento. Tantas muertes para nada, por desgracia, y así sigue el mundo.

Prim fue también el responsable de algún bombardeo sobre Barcelona, a causa de la revuelta de la Jamància, aunque a menudo sólo se habla de la responsabilidad de Espartero, otro gran militar popular de la época, cosa que ha hecho que la calle Duc de la Victoria haya quedado reducida, para evitar suspicacias, a la calle del Duc, un poco como ha pasado con el Mirador de l'alcalde, para que no se recuerde que el alcalde era Porcioles. De momento la Rambla de Prim conserva su nombre y nadie, que yo sepa, ha ido a pintarrajear o destruir en estos tiempos su estatua ecuestre, que preside la entrada del Parque de la Ciudadela, por cierto, una copia de la original, destruida en 1936, copia realizada de forma bastante fiel por Marés, a finales de los años cuarenta. En Reus, su ciudad natal, también tiene monumento y respeto generalizado. Ya veremos, cosas más raras se han visto en estos últimos años. Ya digo yo que la historia es complicada y contradictoria.

El pobre general Prim, además de la novela, ha estado también de actualidad recientemente a causa del estudio de sus restos, de su pobre momia, que hemos tenido el dudoso placer de contemplar. Ignoro para qué sirven ese tipo de estudios pero preferiría que dejasen a los difuntos en paz, lo mismo que a Pere el Gran. Parece que eso de abrir sepulcros es una afición compartida por devotos de santificaciones, revolucionarios profanadores e historiadores curiosos y algo necrófilos. Prefiero quedarme con las imágenes idealizadas de Gispert que no con la tétrica visión de esas momias lamentables. En todo caso, no hace falta que nos pasen su estudio por televisión con tanto detalle.

Gibson ha tenido grandes dificultades para investigar el tema del asesinato de Prim, el sumario estaba hecho un asco, mal conservado, incompleto, como deben estar tantas cosas importantes que nadie reivindica. Admite que le ha costado mucho más investigar este crimen que el que se cometió durante la guerra civil con García Lorca. En todo caso el tema de la novela de Gibson debiera servir de motivación para acercarnos a esa época no tan lejana y a sus personajes fascinantes, otro de los cuales fue también catalán, el federalista Pi i Margall, de cuyo nombre e ideas poca gente quiere acordarse ni mucho menos reivindicar. 

Gispert, el pintor de este cuadro y del del rey Amadeo ante el féretro de Prim fue un interesante artista valenciano que murió en París. Levante ha generado grandes pintores, muchos de los cuales son todavía, en general, poco conocidos y, en la actualidad, poco valorados. Hoy los modernillos miran con prevención y cierto desprecio esa pintura entrañable, con la cual conformamos nuestro imaginario histórico, tan reproducida en láminas, libros de texto y cromos de los chocolates. Durante el siglo XIX tuvo una gran importancia. 

Ayer mismo compre en Sant Antoni una vieja guía comercial de Barcelona, un facsímil, en el cual vienen todos los profesionales de la ciudad a mediados de ese siglo XIX y los pintores sólo se dividen en dos grupos, los de brocha y los históricos. Se aprende más historia contemplando estas obras de arte y buscando referencias sobre ellas y sobre las escenas y personajes que se representan que no en nuestras escuelas y universidades de hoy, tan mezquinas y limitadas en muchos aspectos y que suelen recurrir a tópicos y a mitologías bastante restrictivas. La historia es complicada, poliédrica, como las personas, pero entrar a fondo en esa complejidad pide incluso valentía, la valentía de poder admitir, si hace falta, que nada es como nos gustaría que fuese o hubiese sido. Otra cosa es pensar en cómo queremos el futuro pero para eso no hace maldita falta recurrir a pasados gloriosos para justificar nuestros deseos. En todo caso, mejor mirar hacia Pi i Margall que no hacia el Cid o hacia los almogávares.