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jueves, 19 de mayo de 2016

LECTURAS, RECUERDOS Y LA HISTORIA REVISITADA


He reseñado para un blog cultural el libro de Luis del Val, La transició perpetua. Es una novela pero por sus páginas circula la historia cercana y complicada de la Transición y las tramas y los complots que se entrecruzaban mientras nosotros, los de más de sesenta años, vivíamos y criábamos a nuestros bebés. Los sucesos históricos son complejos y los queremos explicar en manuales y de forma esquemática, pero se nos escapan como agua en un cesto muchos detalles de forma inevitable, con el añadido de qué hay hechos que suceden de forma casual, inesperada, casi surrealista, aunque después se quieran interpretar casi en un contexto científico.
Estoy leyendo también el libro, denso y documentado, que Jordi Amat ha escrito sobre el contubernio de Munich y sus precedentes y consecuencias. Amat tiene otros libros interesantes en los cuales se analiza la historia reciente de Catalunya, a dónde hemos llegado e incluso lo que se perdió por el camino y se ha querido olvidar. La reciente visita de Otegui, tan aprovechada por unos y otros para arrimar el ascua a su sardina, me ha hecho pensar sobre el tema. Del Val, periodista con experiencia y me imagino que bien documentado, ofrece una visión muy poco romántica de muchos aspectos relacionados con ETA y con el laberinto político oculto de unos años de conspiraciones peligrosas y violencia latente.

Si incluso los que ya tenemos unos cuantos años nos perdemos un poco entre aquellos laberintos políticos creo que para la gente joven debe ser difícil situarse de forma algo objetiva en aquella época, aunque Amat es una persona relativamente joven y lo está intentado con éxito. Escribir una novela, como ha hecho Del Val, da más libertad aunque también puede condicionar y eso sucede con la historia sentimental que cuenta y que a veces no se entreteje de forma verosímil con las referencias históricas.

Está ahora de moda cargarse la Transición. No es nada extraño, es generacional, en mi juventud criticábamos a nuestros padres, que querían olvidar la Guerra Civil y se habían acomodado a la supervivencia al precio que fuese, incluso los que habían sido represaliados, ya conformados y casi contentos con una etapa de crecimiento económico importante, pleno empleo y el paso de la miseria al confort modesto, un paso de gigante que cuesta hoy de entender. Al fin y al cabo en Rusia y sus satélites, no nos engañemos, las pasaban bastante peor.

Una amiga historiadora me contaba hace un tiempo como había cierta reticencia universitaria a fomentar trabajos de investigación o tesis sobre aspectos de la Transición. Bastantes de sus protagonistas viven todavía. Es más cómodo investigar sobre la guerra y la primera postguerra y, sobre todo, novelar a lo tonto acerca de todo eso. Se publican una cantidad de novelas infumables sobre luchadores de izquierda, fascistas malísimos, represalias injustas, brigadistas valientes. El turismo bélico me produce repelús pero funciona y genera dinerito en muchas zonas rurales. La mayoría de esas novelas son cuentos chinos, los personajes son de una pieza y no pasarán a la historia de la literatura aunque incluso con esos materiales los buenos escritores, que no hace falta que sean fieles a una verdad difícil de explicar, son capaces de hacer algo que valga la pena y siempre surge una perla inesperada, claro.

Una novela histórica no precisa ni tan solo estar bien documentada, ni evitar los inevitables anacronismos, pero debe responder a algo, a una tesis, a un plan, reflejar la complejidad humana, la incoherencia. Becket no es una película fiel a la historia pero es una muy buena película que entra a fondo en la lucha entre poderes y en la supuesta psicología de los personajes y en su evolución. Releía hace poco Zorba, ese personaje inolvidable llevado con respeto a la pantalla, contradictorio, que ha sido violento y lo admite y se arrepiente sin tonterías ni discursos excesivos, un personaje humano y, por eso, intemporal y universal.

Los supervivientes de hoy somos hijos más bien de la Transición que de sus etapas anteriores, hijos rebeldes, críticos, injustos, poco informados incluso. Y una cosa es vivir, otra, leer. Los libros e investigaciones sobre aquella época deben hacerse sin prejuicios, creo que los dos que menciono lo intentan, cada uno en su género y en su estilo, no es fácil la objetividad cuando las consignas y los dogmas son más cómodos y nos dicen aquello que quizás queremos escuchar. Se publica mucho hoy, es posible que buenos libros nos pasen desapercibidos y que mediocridades promocionadas nos parezcan interesantes, así es el mundo. Mirar hacia atrás no sólo sin ira sino también sin prejuicios es difícil y complejo y las universidades de hoy, tan mediocres y justitas en el campo de las letras, no ayudan mucho. Pero, por suerte, tenemos internet y esa libertad de navegar por hemerotecas y artículos diversos, por blogs personales y reseñas espontáneas de libros, hechas sin ánimo de lucro y sin patrón que paga detrás.


Para todo hay que tener perspectiva. Nuestro presente también se idealizará y condenará dentro de unos cuantos años, yo ya no podré protestar ni opinar, la vida es breve, aunque hay quién llega a los más de cien años comiendo diariamente algo que ha llegado a estar casi prohibido por los expertos, huevos, incluso crudos. Hay que leer y pensar pero todo debe ponerse en cuarentena ya que al fin y al cabo los que dicen saber saben muy poco y deberían ser conscientes de ello.

lunes, 9 de noviembre de 2015

LA DIFÍCIL COHERENCIA VITAL Y LAS PROTESTAS DEL PASADO


Resultat d'imatges de MARC ANDREU BARRIS

CANDIDATO DE LOS TRABAJADORES DE FERNANDO RODRÍGUEZ OCAÑA (AVANCE) (Libros de Segunda Mano - Pensamiento - Política)

He estado leyendo estos días el libro que Marc Andreu ha publicado sobre los movimientos vecinales en Barcelona durante el último franquismo y la primera transición. El libro es algo espeso ya que se trata de una tesis doctoral y no de un texto de divulgación. Es una suerte que personas jóvenes o relativamente jóvenes nos recuerden la historia de esos años, parece que resulta más fácil y de más rendimiento viajar más lejos en el tiempo, a los años treinta, la guerra civil y la primera posguerra que no intentar bucear en lo que fue el tardofranquismo y la transición hasta llegar casi al presente. Todavía hay personajes en activo poco interesados en qué se aireen sus deserciones, sus cobardías o sus estrategias trepadoras. Incluso en la historia de lugares míticos como el Paralelo se prioriza el pasado remoto por encima de su última época popular y espléndida, la de los cuarenta y cincuenta, los cines de barrio y la copla popular en la Bodega Apolo.

No me gusta idealizar nada. Los movimientos sociales de aquellos años son admirables pero también tuvieron sus miserias, sus luchas internas, sus personalismos. Se consiguieron muchas cosas, sobre todo en una breve primavera vecinal unitaria y solidaria, antes de qué el partidismo obligatorio intentase acabar con todo aquello, suerte que siempre quedan rescoldos que se pueden avivar si las circunstancias son propicias. Lo saben bien los vecinos de barrios populares que tienen cierta edad y recuerdan, por ejemplo, lo fácil que era tratar con un alcalde de extracción casi franquista, como Socias, y lo difícil que resultó tratar después con el elitista Serra, un socialista de aquellos de la época, de casa bona. 

Para muchas personas que se consideran progres protestar si mandan las supuestas derechas es una obligación y cuando mandan las izquierdas, una excepción, cuando a las izquierdas se les debiera de exigir, al menos, lo mismo que a la oposición conservadora. Pero somos como somos, humanos para lo bueno, para lo malo, para lo mezquino. Ayer mismo Julia Otero, en el programa Salvados puntualizaba sobre las supuestas bondades de los periodistas, sector profesional en el cual hay de todo, como lo hay en el campo de los médicos o de los fontaneros. Esta reflexión se podría aplicar a los políticos, hoy en horas bajas por lo que respecta a su consideración popular.

El libro de Andreu me ha evocado muchas cosas, hechos que sucedieron en mi barrio, entonces en efervescencia y dónde a veces parecía que cada persona de izquierda era de un partido distinto. Llegaron los ochenta, el desencanto, la droga en la calle, el enriquecimiento de algunos ideólogos, mi barrio pareció despoblarse, no se puede negar que hubo cierta mejora económica y eso hizo que muchos militantes populares se comprasen pisos mejores en barrios de más prestigio. Pronto se añoró un pasado reciente y se pasó de la canción de protesta a los conciertos de inocentes habaneras, la culpa no fue sólo de la clase política, nos dejamos meter muchos goles.

En el setenta y tres, antes del  desencanto, yo trabajaba en una escuela de barrio, en una población cercana a Barcelona. Una de las profesoras era toda una dama de las de antes, no tenía ni sesenta años pero yo la veía muy mayor, era una de esas personas activas, con una biografía interesantísima, había vivido la guerra siendo de familia católica y conservadora pero catalanista, de la Lliga. Su familia sufrió mucho en aquella época, siempre en peligro de ser detenidos, asesinados, un primer novio suyo murió a causa de la violencia indiscriminada contra la gente de ideología religiosa. Se casó más adelante, participaba en muchas actividades parroquiales, era muy activa y decidida, en aquel tiempo y en un pueblo se criticaba bastante el activismo femenino, hemos cambiado mucho.

Los hijos le salieron comunistas, activos como ella y ella también cambió con el tiempo. Y me acuerdo de cuando nos explicaba como algunos de esos hijos, jóvenes entonces, participaban en muchas iniciativas políticas, entonces clandestinas y peligrosas. También participaron en la campaña a favor de qué un obrero de extracción humilde llegase a ser concejal. El obrero era Fernando Rodríguez Ocaña, en la foto que cuelgo se puede identificar en seguida, más bajito y poca cosa que esos señorones del poder municipal de entonces. He encontrado la fotografía y más referencias al caso que acabó con una oportunista impugnación de su elección en el blog De Castro ero y bailar sepo, dedicado al pueblo de Porcuna, dónde él había nacido, ya que, por suerte, internet es una mina. Eran tiempos complicados, se dijo que incluso Pujol había contribuido a la campaña con alguna ayudita, lo criticaron los más radicales por hacer el juego al poder, según la opinión de los puristas y él y su familia recibieron amenazas serias de la extrema derecha.

Con el tiempo se trasladó a vivir a la población en la cual yo había trabajado y dónde me enteré de su existencia. En el blog que menciono se reproduce una entrevista con él en la cual reivindica el comunismo e insiste en qué hace falta protestar también cuando mandan los tuyos. No se benefició de sus relaciones personales y políticas para obtener cosas como un trabajo para su hijo, en paro en la época de la entrevista, en 1985. Murió en el año 2000, en febrero, no pudo ni recoger una medalla que le otorgó el ayuntamiento de Barcelona aquel mismo año.

Hoy casi nadie quiere ser comunista, el anarquismo, en cambio, tiene otro glamour, incluso se hace referencia a la ideología anarquista cuando se reprime a grupos violentos y ruidosos. Las ideologías igualitarias se suelen identificar con sus resultados perversos cuando llegan al poder, cosa muy injusta. Uno puede ser de ideas cristianas, como lo era aquella maestra de mi juventud, y no participar del oro del Vaticano para nada. Un familiar ironizaba sobre el Papa actual hace unos días, a ver si va a resultar que les ha salido un Pontífice cristiano, repetía. 

Me da risa cuando se hace referencia a personajes que vivieron a lo grande y eran, se supone, de ideología comunista, poetas de culto, cantantes sacralizados. Eso que dio en llamarse gauche divine en Barcelona, más o menos. Era aquel un comunismo estético y poco peligroso, vaya. Para todo hace falta un cierto componente ejemplarizador, ayer mismo también Otero en Salvados tiró un poco de las orejas a Monedero, el de Podemos, cuando éste se justificaba de sus pecados veniales. Tuve varios disgustos en mi juventud con eso del ejemplo, cuando supe que una comunista de mis devociones asistía al Liceo de la época, hoy el Liceo es otra cosa, envuelta en pieles caras y cosas peores, fanfarronerías y privilegios vergonzantes de personas que tuve en el pedestal político. Hoy ya no me asusto de nada porque en mi contexto cotidiano también he visto, a nivel más modesto pero igualmente preocupante, corruptelas diversas.

Toda esa gente luchadora de verdad, coherente, merecen investigación histórica, biografías serias, objetivas, porque otra constante que me inquieta es eso de intentar esconder las sombras de los mártires y de los santos, una mala práctica que los deshumaniza y que no contribuye para nada a la mejoría del tejido social y cívico. 


martes, 13 de agosto de 2013

CONSTITUCIONALIDADES RETROSPECTIVAS







Dar vueltas a la historia del pasado es algo muy habitual, en los libros siempre encontramos argumentos a favor o en contra de cualquier tesis, hechos, leyes o costumbres desaparecidas que demuestran aquello que queremos demostrar. En estos últimos años existe un gran interés por la época de la guerra civil, de su antes y de su después. A menudo las explicaciones se convierten en cuentos de buenos y malos, mucho menos matizados que las verdades vividas que me contaban de niña sus protagonistas. La mayoría de gente de aquel tiempo, la generación de mis padres y de mis abuelos, ya no puede matizar nada. Eso resulta cómodo para las historias oficials del momento, sean las que sean. También todo aquello de 1714 tiene actualmente un gran interés por razones obvias. Charlas, itinerarios, novelas históricas, surgen como setas en otoño. De aquellos tiempos de la guerra dinástica no queda nadie, claro, pero quedan algunas notas de pocos campesinos alfabetizados que insisten en que ya están hartos y que tienen ganas de que termine todo de una vez, gane quien gane, una opinión muy poco heroica pero muy humana cuando existen tragedias colectivas y los que no son de ningún bando reciben por todas partes.

De la transición, de eso que se llamó transición, queda mucha gente vivita y coleando, incluso en activo. Claro que algunos de sus protagonistas también han muerto, llevándose a la tumba sus secretillos. Me contó alguien relacionado con esos centros de poder académico que son las universidades, todavía con cierto prestigio y por encima del bien y del mal, que se fomentan poco los trabajos y doctorados relacionados con esa época relativamente cercana. Creo que hay intereses diversos en qué no se les vea el plumero a más de uno, ya llegará el tiempo de hacer lecturas políticamente correctas y moderadamente heroicas de todo aquello. Olvidaremos como se quemó buena gente que no entró a fondo en el tejemaneje de la partidocracia o que fue marginada por los suyos por demasiado coherente. 

Se han cumplido treinta años de una sentencia del tribunal constitucional de entonces, muy distinto del de ahora, que revocava gran parte de una ley lamentable para las autonomías históricas, la LOAPA. Aquello acabó con la relativa unidad de los ciudadanos, los socialistas de la época, el PSC ahora casi añorado ante lo que nos llegó después, quedó muy mal y fue abucheado en las celebraciones patrióticas, CIU se reforzó y sacó tajada del tema. Los otros, pequeños y mal avenidos, como siempre. Con el 23F y con la LOAPA acabó un sueño que siempre fue etéreo. Cuando hay un cambio importante en un país, en un sentido de avance democrático, entran en política personas interesantes e independientes que se queman pronto y vuelven al poder los de siempre, reconvertidos según conviene.

Treinta años, sin celebraciones, sin debates retrospectivos, sin artículos en prensa importantes sobre el tema. La gente de menos de cuarenta años ya no sabe nada de todo aquello a no ser que tenga la paciencia suficiente como para investigar en hemerotecas, preguntar a sus mayores y reflexionar en profundidad sobre como de aquellos polvos vinieron esos lodos. Lo más sorprendente es la independencia de criterio de aquel tribunal constitucional, en un momento crítico y considerando anticonstucional la mayoría de aquel texto, cosa que dio un disgusto a los socialistas en el poder, quienes, según cuentan, tuvieron que volver deprisa de sus vacaciones playeras para intentar poner orden en el tema. O tempora, o mores, como decían los romanos, que también tenían sus problemillas.

sábado, 28 de abril de 2012

ANTONIO BUERO VALLEJO, doce años después de su muerte


Buero en la cárcel del Dueso (Fuente: Blog Todos los rostros)



Buero con su esposa, la actriz Victoria Rodríguez, y sus dos hijos. Uno de ellos, Quique, murió joven a causa de un accidente (Fuente: El Mundo, entrevista a Victoria Rodríguez).


El 29 de abril de 2000, hace doce años, moría Antonio Buero Vallejo.

Buero Vallejo es un caso excepcional de intelectual capaz de sobrevivir, incluso triunfar, en un medio hostil como fue la España del primer y brutal franquismo. Condenado a muerte, tuvo suerte y, me imagino, buena salud, para poder resistir la cárcel y sus miserias y morir de viejo después de haber dedicado su vida al teatro. En el penal, como es sabido, coincidió con Miguel Hernández. Buero fue también un magnífico dibujante y pintor, tiene retratos impresionantes, de los cuales el más conocido es el de Miguel Hernández, realizado en la cárcel, y que durante algún tiempo, hace años, se atribuyó a otros autores o se citó como anónimo.

Conocimos a Buero, muchos de mi generación que no acostumbrábamos a poder ir al teatro con facilidad, por motivos económicos o geográficos, a través de la televisión. Todavía me sorprende que en aquel contexto y con tan pocos medios, autores excelentes, en estado de gracia, nos ofreciesen obras inolvidables en versiones que no he visto superadas todavía en el teatro convencional. 

Pocos días antes de casarme, en el 73, pasaron por televisión El concierto de San Ovidio con Rodero i Bodaló, inolvidables. Buero introdujo muchos ciegos en sus primeras obras, era la suya una ceguera simbólica pero también física, ya que los personajes del autor nunca fueron sólo símbolos sino también personas con sus miserias y virtudes. El tratamiento de la ceguera provocó incluso alguna protesta de colectivos de personas con esa discapacidad, sin embargo la sangre no llegó al río. Yo me enfadé cuando en una obra, En la ardiente oscuridad, percibí cierta misoginia subliminal ya que se afirma que una buena mujer, casada con un ciego, consiguió esa boda a pesar de ser fea porque su marido era invidente. Esos detalles son, en realidad, tonterías ligadas a los prejuicios de una época, en la cual vivía y escribía Buero. No desmerecen la totalidad, algún día habrá que criticar a fondo el tratamiento de la fealdad femenina en la literatura, una constante, pero eso ya es sociología y no literatura.

Recuerdo que en el instituto nocturno al que acudía después de trabajar, una profesora nos comentó que el mejor autor teatral de entonces, los primeros años sesenta, era Buero pero que como no resultaba del gusto del poder no lo promocionaban como a otros. Se hacía mucho teatro en aquellos años. De todo tipo. Se recuperó Casona, triunfó Alfonso Paso, arrasó Jaime Salom. Sagarra tuvo un exitazo con La herida luminosa. 

Gustaban las obras algo atrevidas pero con moraleja final, a poder ser del gusto de la moralina vigente, como sucede, por ejemplo, en La casa de las Chivas. Solían aparecer curas en crisis por todas partes, pero es que había curas por todas partes. Un exitazo fue El comprador de horas, del hoy bastante olvidado Jacques Deval, com Núria Espert haciendo un papel que repitió varias veces con éxito, el de prostituta sensible, y Rodero, el gran Rodero, haciendo de cura que quiere redimirla. Los lunes de Pascua eran días de gran estreno y en Barcelona, en el 61, en abril, se estrenó esta obra al lado de otras tan emblemáticas como Un tranvía llamado deseo y La calumnia, la obra de Lillian Hellman que hicieron en cine Audrey Hepburn y Shirley McLaine, y que en nuestros teatros interpretaron Amparo Baró y Mayrata O'Wisiedo otra actriz como la copa de un pino, escritora además, que yo creí extranjera durante años y que era zaragozana. Eran aquellas lo que en la época se llamaba obras fuertes.

Buero sobrevivió, triunfó, le concedieron el Premio Cervantes pero yo creo que en sus últimos años le marginaron y olvidaron un poco, cosa habitual que acontece con los cambios generacionales. Recuerdo una larga e impresionante entrevista que le hicieron por televisión, emitida a horas intempestivas, cuando ya estaba enfermo. Me gustó mucho como hablaba de la censura, aquel azote del franquismo, que tanto pareció limitar a nuestros artistas e intelectuales pero que también sirvió de excusa para la inoperancia y la pereza de algunos. 

Incidía Buero en el hecho de que el escritor sabe y puede escribir bien a pesar de las censuras, que busca recursos, paralelismos, lo que sea. No defiendo la censura, defiendo al escritor, insistía. Muy cierto. En música, en literatura y en muchos otros campos de la creatividad, la época franquista propició obras impresionantes que sorprenden a los bienpensantes actuales, muchos de los cuales quieren creer que la época fue un páramo cultural. 

Los ochenta dieron paso a algo mucho más estéril, considerando las expectativas creadas en la transición y el tardofranquismo y luego, como suele pasar, todo pareció revivir poco a poco. En Catalunya la Nova Cançó acabó de forma vergonzante, sólo cuatro o cinco cantantes sobrevivieron pero ya no era lo mismo, se habían convertido en mediáticos y sus recitales no iban de pueblo en pueblo, destinados a remover las conciencias del pueblo, sino que pasaron a ser espectáculos de masas. El dinero, siempre el dinero.

El teatro acogió lo que se llama grandes montajes, escenografías espectaculares, gritos y saltos. Un poco como pasó con el arte abstracto en pintura, todo valía. Garsaball, actor inmenso e inolvidable, comentaba con ironía que las obras de teatro se mueven entre el grito y la parrafada. El grito recuperó espació y la parrafada, incluso la parrafada inteligente, quedó algo adormilada, como el arpa de Bécquer, esperando mejores épocas. A la larga el teatro de cada día ha quedado reducido, por necesidades económicas, a obritas de dos o tres personajes, baratas, incluso los monólogos han tenido un éxito inesperado y son una solución para actores en paro cuando esos mismos actores no son contratados para las inevitables y eternas teleseries. Todo ha cambiado.

Buero, como otros autores, ha sido representado siempre, sin embargo, de forma bastante fiel, por grupos de aficionados. El teatro amateur mantiene el recuerdo y la devoción del teatro olvidado por los poderes culturales, con un esfuerzo admirable. Buero debería estar siempre en alguno de nuestros teatros, en cartel. Quizá por algunas de sus obras ha pasado, de forma inevitable, el tiempo. Aunque yo no lo creo. Son teatro de texto, apto también para leerse en la intimidad, literatura. Precisan, eso sí, de buenos actores, actores con una dicción muy correcta, un tema hoy también a la baja. Se lee poco en voz alta, se recita menos. 

La vida de Buero Vallejo, ligada a una época y a unas circunstancias, podría ser objeto de una serie de televisión bien hecha, con recursos y buenos guionistas. Con principio y final, como han de ser las series aunque parece que hoy la moda hace que se alarguen y alarguen las historias que las televisiones de nuestro país nos ofrecen. No somos la BBC, claro. Escribir teatro en tiempos revueltos, podría incluso titularse. Aunque eso de revueltos no me gusta, me suena a gastronomía casera. Buero debe leerse en su totalidad, en su contexto, pero también desde nuestro presente. Es historia, historia del teatro, pero también historia de España e historia de las ideas, de los prejuicios, de los tópicos. Nuestra historia. Sus obras inciden en la ética, en la moral, pero no son exactamente moralistas. Sus personajes no son malos ni buenos de forma absoluta, tienen sus contradicciones, son profundamente humanos y nunca se reducen a esquemas o símbolos aunque tengan mucho simbolismo implícito. Incluso aquellas que no nos parecen redondas del todo tienen fragmentos, situaciones y personajes inolvidables. 


viernes, 8 de febrero de 2008

Del pasado -más o menos- próximo



El miércoles estuve en una charla, con cena vecinal incluida, del profesor Josep Fontana, muy interesante. En alguna otra ocasión me había parecido que el señor Fontana hacía una interpretación excesivamente marxista de la historia, cosa que es frecuente en personas progresistas de su generación, pero he de confesar que en este caso la charla resultó absolutamente ponderada y muy interesante. De la transición hace ya muchos años, pero los años, cuando te haces mayor, no los percibimos de la misma forma que durante la juventud, o la infancia, cuando diez, veinte años son toda una vida. Es ahora que me doy cuenta de qué próxima estaba la guerra civil, todavía, de la vida de mis padres y abuelos en los sesenta. Alguno de mi edad comentó, en la cena, provocando una cierta hilaridad, sobre todo porque lo decía en serio: y de eso hace cuatro días...

La transición está ligada a mi juventud. Haber vivido una situación no quiere decir que conozcas nada más que tu propia experiencia, íntima y personal. Las personas vivimos, amamos, nacemos y morimos, a pesar de la historia pero sufriéndola, de hecho. La transición ha hecho derramar mucha tinta y todavía hará derramar más, quizás no tanta como la guerra civil, porque el componente heroico y trágico es más reducido. Me conmovió el desengaño de Fontana ante la renuncia vergonzante de los líderes de izquierda viendo la evolución política del momento, renuncia que no comportaba, y ese es el drama, un discurso que admitiese tener que renunciar, de forma temporal, a tantas cosas, pero con la intención de recuperarlas más adelante. Desengaño, creo yo, que se podría hacer extensivo a tantos militantes clandestinos que recibieron más o menos palos durante la época precedente, pero que tampoco supieron ni quisieron –esa es mi opinión- recuperar el afán de lucha anterior y darle una coherencia efectiva y una estructura sólida después..


El desengaño del señor
Fontana al ver que quien dirigía el cotarro era don Santiago y que el resto eran cuentos fue el que sufrimos y sufrieron, a niveles más pedestres, mucha gente, cuando vimos como muchos luchadores y luchadoras de gran coraje se iban colocando en lugares de trabajo generados por la situación, en los comederos, vaya. A nivel menos cruel, era el desengaño de tanta gente de después de la guerra, cuando se dieron cuenta de que muchos de los que los habían empujado al desastre huían rápidamente, cambiaban de chaqueta o tenían acceso a exilios mucho más cómodos que los del resto. La transición olvidó los ideales republicanos de los inicios de la República –porque muy pronto se degradaron-. Y no los hemos vuelto a recuperar, ni tan sólo en cuestiones, hoy tan controvertidas, como la educación, cuando tan sólo sería necesario leer un poco lo que se hacía y se quería hacer en las escuelas y Normales, en aquellos tiempos, para solucionar muchos de los problemas que generan tantos estudios, y tantos, claro, lugares de trabajo para expertos estudiosos del fracaso escolar e hilvanadores de leyes futuras y propuestas varias.


Suárez, Arias, Fernández Miranda,
Díez de Ribera, López Raimundo, Fraga, Carrillo, Reventós, Tarradellas... aquel pasado se ha llenado ya de sombras y fantasmas. Intuimos, sabemos de alguna manera, que nada fue como nos lo contaron, como tampoco lo fue la guerra civil, ni tan sólo, o todavía menos, l’onze de setembre, la guerra dels segadors, la época de Jaime I o la Reconquista... La verdad, como el agua, se escapa por los cestos y las grietas y queda poca cosa, aquella que el presente quiere que permanezca fijada como historia oficial, hasta que nuevas interpretaciones, siempre interesadas, iluminen nuestra supuesta ignorancia.


Ante preguntas tipo ‘qué habría pasado si...’ o ‘podía haber sido de otra manera?’, Fontana insistió en el hecho, aprendido a lo largo de los años, de la imposibilidad absoluta de prever y profetizar. Aprovecho el tema para reivindicar que el Poble-sec reconozca, de alguna manera, el trabajo del profesor Josep Fontana, vecino de nuestro barrio durante casi setenta años. Me parece extraño –aunque no tanto, analizando la cuestión en su contexto- que cuando se pensaron nombres para la biblioteca no surgiese el de él ni el de otros, todavía y felizmente vivos, y fuésemos a remover en el más remoto pasado de la guerra, aunque
Boix sea también un personaje que era necesario recuperar del olvido, claro. Hoy, como suele pasar, es más habitual y sencillo remover la memoria histórica anterior que no la más próxima. Hay menos testimonios vivos que puedan rebatir aquello que se dice y conviene decir.