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lunes, 28 de diciembre de 2015

LA LECTURA Y OTRAS TONTERÍAS

Foto: aquí
El otro día volví a tener una charla amiga con alguien que me aseguraba que le gustaba más el cine que el teatro. Estas absurdas afirmaciones se hacen extensivas al tema de la lectura. Decir que te gusta leer es como decir que te gusta comer, se pueden leer muchas tonterías y comer basura. Estos días las propagandas que fomentan nuestro consumo navideño insisten en qué regales cultura, aunque nadie sabe exactamente qué es la cultura. 

La cultura, se supone, son cosas como cine, viajes, entradas a museos, libros, música, itinerarios históricos, cosas así. El libro se tiene por un valor indiscutible pero se pueden leer un montón de tonterías, historias ocasionales, oportunistas, mal escritas, infumables. Lo mismo se puede aplicar al cine, al teatro. Ayer escuchaba por la tele opiniones de actores y actrices sobre eso de qué el teatro es cultura. Bueno, depende del teatro, de la obra, de la puesta en escena. En el fondo, cuando se habla de defender la cultura se habla de defender determinado gremio profesional, aunque estoy de acuerdo en qué eso del IVA es un abuso.

No me gusta el cine, ni el teatro, ni leer lo que sea, aunque leo bastante y voy mucho al cine y a menudo al teatro. Me gustan algunos libros, algunas películas, algunas obras de teatro, algunas óperas, algunos conciertos, lo mismo que me gusta comer determinados alimentos, siempre que estén bien cocinados y bien presentados. Parece que eso de que te guste leer, libros sobretodo, es una virtud y hay quien lo afirma a menudo aunque también hay quién se lamenta de qué no tiene tiempo para leer todo lo que desearía cuando la realidad es que para aquello que nos gusta encontramos siempre tiempo. 

Lo mismo para eso de viajar, se viaja mucho de forma consumista y no sé que aporta a nuestra cultura personal tanto movimiento masificado. El otro día, esperando entrar en el cine, asistí a una charla sobre Dubai por parte de una dama que contaba a las amigas su viajecito, con la ayuda de fotos y creo que las amigas estaban bastante aburridas ya de la narración. Muchas cosas parece que se hagan para poderlas contar o enseñar las fotos, la verdad.

A mi, en general, no me gusta el deporte, y a menudo caigo en lo mismo que critico, asegurando que no me gusta el deporte en general. Pero eso no es cierto del todo, me gusta caminar con moderación, nadar un poquito, bailar sin cansarme, digo eso como reacción a tanto deportista competitivo como corre hoy -literalmente hablando- en todos esos certámenes atléticos que se organizan aquí y allá y que cada vez cuentan con una participación más masiva.

Estamos en una época en qué parece que todo el mundo tenga que hacerlo todo y un poco de tranquilidad no viene mal, la verdad. Cuando me jubilé un amigo me aconsejo que no me quedase en casa, delante de la tele y me explicó como tiene montado su tiempo jubilatorio, todo un puzle horario que muestra un gran horror vacui a la pérdida de tiempo. Pues, la verdad, a veces apetece mirar la tele, incluso mirar tonterías, aunque queda guay decir que no miras la tele y que todo lo que dan es malo o mediocre. A veces hay que sentarse en el sofá y dejar pasar el tiempo sin prisa, divagando. 

En el fondo tanta actividad, ya lo dijo Tolstoy, es para intentar olvidar que la vida pasa, cada vez más deprisa, leamos o no, hagamos deporte o no lo hagamos.  La necesidad de rellenar el tiempo con eso que llamamos cultura es una cosa de ricos, de nuevos ricos, todo eso del ocio aprovechado, de los cursillos sobre arte, de los paseos urbanos con contenido educativo. Leer está bien pero según qué y a menudo pocos de los libros de moda, novedades diversas de autores bien promocionados valen la pena aunque todo es relativo y  me parece bien que alguien lea tonterías, novela rosa o romántica, de crímenes diversos o lo que sea, siempre que no haga de sus gustos dogma, claro. 

viernes, 25 de octubre de 2013

MANOLO ESCOBAR, MUCHO MÁS QUE MINIFALDAS Y CARROS PERDIDOS


Mi familia es catalana de muchas generaciones, no todo el mundo puede decir lo mismo en este país nuestro, pequeñito y peleón, peleón siempre de forma moderada desde que comemos caliente. Tuve una época, lógica y generacional, de redescubrimiento de la catalanidad, que coincidió con mi adolescencia y mi primera juventud. En esa época de admiración por lo progre autóctono recuerdo la vergüenza que me producía que mis padres, mi madre sobre todo, fuesen admiradores de personajes del flamenco popular y de la copla andaluza. Ahora no me extraña nada de eso porque sé un poquito más de historia y hace mucho tiempo, desde antes de la guerra, incluso desde antes de los inmigrantes murcianos, existió una tendencia hacia todo eso que se etiquetó de forma indiscriminada como folklore. Rusiñol se disfrazaba de andaluz, muchos pintores elitistas pintaban castizas y toreros y en el tiempo triste de la guerra la película más vista en los dos bandos, Catalunya incluída, fue Morena Clara, con aquella gran actriz, Imperio Argentina, que sí, filmó en Alemania con los nazis, cosa que recogió, de manera muy pedestre y absurda, un director de cine poco interesado en la realidad de las épocas grises.

Así pués, cuando mi madre cantaba cosas de Lola Flores, de Juanita Reina o, más adelante, de Manolo Escobar, yo la contemplaba con esa conmiseración de superioridad orgullosa frecuente en los años tiernos e ignorantes. Después, con el tiempo, supe de la historia ejemplar de la familia de Manuel García, una historia hispánica que serviría para una buena serie de televisión, siempre que contase con guionistas de calidad. Un montón de hermanos, un padre preocupado por la cultura, Andalucía pobre, Catalunya posibilista, un maestro republicano acogido en la casa a cambio de cultura, se estudia lo que se puede, se trabaja en mil cosas y se triunfa también en lo que se puede, en ese caso la música popular. Éxito, dinero, boda con alemana guapísima, hija adoptada, periodista inteligente, Badalona, Benidorm, Almería. Una geografía de lo hispánico real pobló la vida de un hombre a quién todo el mundo apreció y respetó al conocerlo. No son habituales las fidelidades matrimoniales en ese mundo artístico de copla y guitarra pero, contra todo pronóstico, el español y la alemana que se casaron sin entenderse hablando, duró siempre. Incluso su muerte ha sido plácida, feliz, con su gente, hoy tampoco es fácil morir bien. Coleccionista experto de arte, aficionado al dibujo, mucho más inteligente de lo que aparentaba, creo que para no parecer pedante. La fama no lo cambió, decía la gente de su barrio de Badalona, cuando él regresaba a sus calles y saludaba a unos y otros. Admitía que sus grandes éxitos musicales fueron, a menudo, sus peores canciones, pero la gente necesita divertirse, corear tonterías, olvidar los problemas y reir.

Me caía muy bien ese señor. En sus fotos de mayor, ya sin teñidos, tiene un aspecto venerable de profesor emérito. Tuvo tiempo de conocer a su nieta, yo que ahora tengo una nieta creo que incluso en eso tuvo suerte, los nietos son una nueva ilusión, una esperanza en el crepúsculo vital, aunque no se crea demasiado en un futuro justo y feliz para todo el mundo ni queramos saber qué les pasará cuando vean que la vida va en serio y nosotros ya criemos malvas. De todas las canciones que he escuchado, cantadas por él, me quedo con una magnífica versión de Los campanilleros y con esa del abuelo triste, animado por el nieto, el abuelo perdió a la abuela y ya no lleva al niño de paseo, todo ha cambiado. En su caso ha sido el abuelo el primero en pasar, como pasaremos todos, famosos y anónimos, pobres y ricos. Una vez lo vi por la calle, cerca de casa, actuaba en el Apolo, iba con su guapa esposa y más gente y ésta se paró a mirar el escaparate de una buena perfumería de mi barrio, él la llamo, con mucha ternura, vamos, cariño, que es tarde. Aquí, en Catalunya, se ha remarcado más que nada su barcelonismo futbolístico pero hay que decir que la señora alemana, que fumaba de joven y seguro que iba a los toros con minifalda sin ningún problema, es del Real Madrid, aspecto que se ha silenciado, como se silencian tantos aspectos cotidianos de la diversidad humana y cultural que no responden a esquemas canónicos. Descanse en paz. 

sábado, 25 de febrero de 2012

Ahi va la loca soñando: Rosalía, 175 años


Yo las amo, yo las oigo

cual oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido del cordero.

Como los pájaros, ellas,
tan pronto asoma en los cielos
el primer rayo del alba,
le saludan con sus ecos.

Y en sus notas, que van repitiéndose
por los llanos y los cerros,
hay algo de candoroso,
de apacible y de halagüeño.

Si por siempre enmudecieran,
¡qué tristeza en el aire y el cielo!,
¡qué silencio en las iglesias!,
¡qué extrañeza entre los muertos!

     -------------

Eu ben sei destos secretos
que se esconden nas entrañas,
que rebolen sempre inquietos
baixo mil formas estrañas.


Eu ben sei destes tormentos

que consomen e devoran,
dos que fan xemer os ventos,
dos que morden cando choran.
..........................................
I anque ora sorrindo canto,
anque ora canto con brío,
tanto chorei, chorei tanto
como as auguiñas dun río.

Tiven en pasados días,
fondas penas e pesares,
e chorei bágoas tan frías
como as auguiñas dos mares.

Tiven tan fondos amores
e tan fondas amarguras,
que era fonte de dolores
nacida entre penas duras.


El dia 24 de febrero se conmemoraron 175 años del nacimiento de Rosalía de Castro, un personaje que ha formado parte de mis mitos juveniles y de mi memoria sentimental por muchas razones. La época de Rosalía es misteriosa y apasionante, miserable y esperanzadora. Las lenguas regionales resucitan de su letargo, en Catalunya gracias al movimiento de la Renaixença (Víctor Balaguer invitó a Rosalía a los Jocs Florals y tradujo algunos poemas de la autora al catalán) y muchas cosas, aparentemente, parecen cambiar en una buena dirección. Sin embargo la historia tiene altos y bajos y las miserias del siglo XX no tendrían que envidiar nada a las anteriores, más bien al contrario.

En mi libro de lectura escolar, una de aquellas enciclopedias autárquicas, hoy entrañables, había algún poema de Rosalía. Recuerdo, especialmente, ese de las campanas, que copio en el encabezamiento de este artículo. Las campanas no han enmudecido del todo pero casi. No tienen el peso específico de otros tiempos, en algunos pueblos incluso las silencian por la noche para no molestar a los dormilones. En mi barrio barcelonés uno de los campanarios, el más importante, tiene el sistema estropeado y el reloj parado desde hace tiempo. 

Cuando, en el bachillerato de antes, empecé a estudiar literatura recuerdo que un comentario biográfico sobre Rosalía me intrigaba, al mencionar su vida familiar se añadía una especie de coletilla, más o menos creo que decía quizás no alcanzaron la felicidad, haciendo referencia a la pareja formada por ella y Murguía. Me extrañaba ya que yo consideraba que, por las imágenes que se conservaban, era una mujer hermosa, seguramente admirada, que se había casado enamorada, con un intelectual y había conseguido, en aquella época, realizarse más o menos con algo creativo. Las cosas, sin embargo, no son tan sencillas. Rosalía tuvo momentos muy tristes y muchos problemas. 

El relativo éxito de Rosalía en su época fue un arma de doble filo. Todavía no están claras las razones por las cuales abandona en algún momento la lengua gallega y dice que no volverá a escribir en gallego. Si escribir en España era llorar, como decía Larra, para una mujer el llanto resultaba mucho más dramático. Además de eso, no es fácil pertenecer a culturas minoritarias sin estado propio, lo sé por experiencia. 


Se te exigen cosas exageradas, quienes más defienden la pureza incondicional a esa cultura son los primeros en traicionarla por cosas tan vulgares como el dinero, en muchas ocasiones. Se exige también devoción incondicional al servicio de la causa, una causa en la cual, como en todas, convergen muchos intereses y divergencias intelectuales y políticas. También se quiere creer que si escribes bien en gallego -o catalán- no puedes -o no debes- hacerlo en castellano. O en inglés. Sin embargo todo eso son tópicos y en el mundo intelectual hay ejemplos muy diferentes de escritores. 

En el tema lingüístico y cultural se mezclan muchos tópicos, prejuicios, ignorancias y resentimientos. Las lenguas y las formas dialectales, la frontera entre una cosa y otra tampoco es nada clara, deberían servir para comunicarse plácidamente, en el fondo son creaciones culturales, las lenguas románicas no son más que latín mal hablado y seguramente el latín también fue el resto de algo anterior, convenientemente elaborado por los poderes culturales de la época del imperio. Sobre qué es o no es la cultura, habría mucho que comentar, existen miles de definiciones de esa palabra, tan manipulada y tergiversada.

Volviendo a Rosalía, con el tiempo me ha continuado fascinando. Encuentro igualmente buenos sus poemas en gallego y los que escribió, por el motivo que fuese, en castellano. Hace años, más de los que quisiera, estuve en su casa de Padrón y pocas visitas a lugares parecidos, relacionados con escritores, me han producido tanta emoción como aquella visión del pozo familiar y de la casita, hoy museo. Todo es subjetivo, claro. Se dice que su abandono tardío del gallego vino de unas demoledoras críticas a su persona por haber ella misma criticado ciertas costumbres de su tierra, algo bárbaras, seguramente con mucha razón. 

Las imágenes de Rosalía, que llegaron incluso a los billetes de quinientas pesetas de hace años, nos la muestran siempre con esa profunda tristeza o melancolía interior, muy gallega, si se me permite recurrir a un tópico territorial. Pero es que gran parte del paisaje de Galicia parece vivir en esa mirada distante y lluviosa, poética y resignada. Su obra no es muy extensa y, por lo tanto, resulta asequible en su totalidad. Merece relecturas periódicas. Su musicalidad ha motivado que algunos cantantes se atrevieran con sus letras. 175 años son muchos. O pocos, según se mire. Pocos vivió también Rosalía que murió antes de los cincuenta, una edad que hace años me parecía avanzada y hoy me parece de plenitud, casi juvenil. 

En todo caso, merece la pena aprovechar ese aniversario o cualquier otro para recuperar su obra y disfrutar de sus poemas, sobre todo en algún día de lluvia o de niebla, aunque sea de niebla mediterránea.

domingo, 12 de febrero de 2012

Reflexiones sobre la ética de la estética



La muerte de Tàpies y la reciente exposición sobre Miró me han llevado de nuevo a reflexionar sobre eso que llamamos arte, aunque las reflexiones las podría hacer extensivas a cualquier otra cosa. Mi abuelo repetía a menudo un refrán antiguo, en catalán, agafa fama i fote't a jeure. No creo que haga falta traducir-lo, hay versiones en castellano de ese dicho recurrente. La fama cuesta -o no- de adquirir pero una vez se tiene, debidamente gestionada, da dinero para vivir cómodamente. Claro que para gestionarla de forma adecuada hace falta también una gran dosis de razonamiento y de inteligencia práctica. 

Un tópico muy del gusto romántico incide en el carácter extraño y autodestructivo de muchos genios. Sin embargo, al lado del artista autodestructivo, de vida corta y apasionada, existe y ha existido el artista previsor y pesetero, el buen vendedor, normalmente de origen burgués o de clase media altita, que acaba convertido en un burócrata, en un artista oficial de los poderes públicos que son hoy los mecenas de casi todo. Si no fuese así no se entendería el dinero que mueven galerías y obras de arte actuales y los artistas geniales que han estructurado su obra en medio de discursos sobre libertad, democracia, ruptura y el resto se hubiesen negado a cobrar más, por ejemplo, que un buen albañil.

Claro que todavía no sé qué es un genio. Hay personas que nacen con un don para el deporte, para la música, gracias al cual llegar a ser eso que llamamos genios. Sin embargo también la supuesta genialidad conoce altos y bajos, como la bolsa, y los genios de hoy quizá no serán genios del mañana, de la misma manera que los genios de ayer no todos resistieron igual el paso del tiempo.

Estos días, a causa de la muerte del pintor Antonio Tàpies, he escuchado a muchos expertos comentar aspectos de su genialidad. Creo que esa pintura avanguardista, hoy tan alabada y de las bondades de la cual no puedes discrepar si no quieres ser mirada con cierto desprecio compasivo por aquellos que son sus incondicionales seguidores, guste o no, ya no es moderna, ni provocadora, ni contraria a la burguesía. Es más, creo que con el tiempo, aunque quizá yo no lo vea, se manifestará como un cierto engaño, al estilo de aquel invisible retablo cervantino o del traje del emperador de Andersen.

Las instituciones se han hartado de comprar, a muy buen precio y con nuestro dinero en muchas ocasiones, producciones artísticas de ese tipo moderno, por ponerle alguna etiqueta generalista. El dirigismo  cultural que los mismos artistas como Tapies criticaban y rechazaban ha asumido ya esas producciones que fueron revolucionarias y que hoy son tan burguesas y oficiales como aquellas que combatían hace, ay, más de cincuenta años.

No sé todavía, qué es o no es arte. Las definiciones de la palabra, lo mismo que las definiciones de cultura son múltiples y contradictorias. Por no saber no sé ni qué es una lengua, concepto que los nacionalismos grandes, medianos y pequeños parecen entender de forma monolítica y devota. Sin embargo ninguna de las definiciones oficiales de todas esas grandes palabrejas me ha convencido, con los años me he vuelto agnóstica en casi todo. O ya, directamente, atea.

En el fondo todo es política, cosa que no debería ser negativa, al contrario. La política es necesaria para la convivencia y la organización. Una frase brillante de hace años insistía en el hecho de que toda ética tenía su estética y su política. No dudo de qué así debería ser, sin embargo el sistema es capaz de fagocitarlo todo. Cuando las circunstancias son duras y dictatoriales hay un riesgo en enfrentarse al sistema y el arte y la cultura disidente tienen un valor añadido, cuando no es así las cosas no resultan nada claras.

Las universidades y los llamados expertos, a menudo muy brillantes, igual que ciertos políticos también expertos, del poder y de la oposición, en eso no hay grandes diferencias semánticas, son capaces de emitir discursos que captan con facilidad los ánimos juveniles. A veces reflexiono, desde mi casi vejez, en todo lo que creía de buena fe cuando me lo decía alguien con prestigio, desde el lugar privilegiado del profesor universitario, del conferenciante de culto, del gurú cultural indiscutible.

Escucho a gente joven hablar de arte, de política, de literatura, y me sorprende ver que repiten, sin saberlo, consignas oficiales. Las consignas oficiales no son sólo las del poder en el poder, sinó también las del poder opositor. Se eternizan políticos en el poder pero también se eternizan sindicalistas, gurús del pensamiento alternativo, artistas supuestamente revolucionarios.

Respecto al arte, reflejo de éticas y políticas, me puedo interesar por producciones hechas por gente anónima, joven o no, con inquietudes e ideas, por extrañas que me resulten, cuando no mueven dinero. Sin embargo cuando son los poderes vigentes quienes me venden genialidades y cuelgan obras de arte en lugares públicos sin consultarme, aunque pague yo, en parte, la supuesta maravilla destinada a mentalizarme sobre nuevos caminos que ya son muy trillados, todo me resulta bastante dudoso, inquietante. Todavía más cuando muchas veces no se expresan opiniones contrarias y serias a todo eso, o cuando los supuestos oponentes esgrimen razones que también resultan ya bastante apolilladas.

Nos gustan muchas cosas porque personas que nos merecen confianza nos han dicho que nos tenían que gustar. Pero en el fondo todo es venta y comercio. Lo realmente alternativo no tiene, hoy, demasiados canales para darse a conocer, a pesar de internet. Un profesor de historia del arte que tuve en una ocasión, para defender eso que llamamos arte moderno, recurrió a una imagen muy gráfica, en el fondo, decía, todo es cuestión de devociones. Por ejemplo, explicaba, para un no creyente una misa no dice nada, puede ser un acto incluso ridículo. Para un creyente es mucho más. Hay que comulgar con las ideas, aunque sea con las ideas estéticas, para valorarlas y disfrutar del contenido. Otro ejemplo que ponía era el de la diferencia entre una virgen venerada en su santuario o reconvertida en una talla románica y colocada, con otras muchas en un museo.

Me parece todo muy bien, sólo que reivindico la libertad religiosa y la libertad estética. Sin embargo, respecto a ciertos artistas indiscutibles sólo percibo monolíticos discursos que desprecian, aunque sea de forma educada y condescendiente, la discrepancia, como si ésta fuera fruto de la ignorancia o de la falta de educación estética. Las universidades, las escuelas profesionales, oficiales o no, también han contribuido a la existencia de dogmas incuestionables respecto al arte, incluso a la cocina creativa. Desde la escuela primaria, desde el parvulario, se vende el producto vigente, por lo tanto a las nuevas generaciones les va a costar desprenderse de esos lastres, tanto, casi, como a mi me costó desprenderme de los antiguos. Mentalización y adoctrinamiento son, muy a menudo, casi sinónimos.


Un reciente monumento als castellers ha producido reacciones diversas en Barcelona, sobre todo cuando se ha sabido el coste que tiene, a mucha gente no le gusta, gente que conozco y que no es, ni mucho menos, de derechas. Sin embargo algunos brillantes opinadores del presente han comentado con tópico humor actual que es una garantía que no le guste al concejal del PP. Eso son razones dialécticas evidentes y el resto, paja. Claro, ahora mucha buena gente que no es del PP, situada mucho más a la izquierda que esos opinadores de culto, no se atreverá a decir que el monumento les parece una birria, no fuese el caso que ya les colgasen la etiqueta correspondiente, la de fachas ignorantes, vaya. Así nos va. Cuando temas concretos, éticos, estéticos o políticos, se etiquetan como de derechas o de izquierdas de forma irreversible y no permiten ninguna discrepancia seria y razonada ya la hemos fastidiado.

miércoles, 13 de julio de 2011

Museos, viajeros y turistas


Leí hace años en algún sitio que entrar en un museo y querer verlo todo es como entrar en una biblioteca y pretender leer todos sus volúmenes.

De joven tienes prisa y ganas de ver y vivir todo lo que esté a tu alcance. Después la verdad asoma y te tranquilizas. Nunca podrás verlo todo, leerlo todo, saberlo todo. Morirás sabiendo sólo que no sabes nada ni visto nada, cosa que ya sabían los grandes sabios antiguos.

Mi generación, la de los recién jubilados, vivió tiempos de ansias de viaje, unas ansias que todavía podía satisfacer poca gente. Ir a Andorra era toda una aventura que requería pasaporte y aguantar la presencia temible de la guardia civil de uniforme en la frontera.

Sin embargo, la masificación del consumo cultural también nos ha pervertido. Los rebaños de turistas en viaje organizado, con el guía delante enarborando la banderita numerada inspiran cierta angustia existencial.

Los grandes museos, como los zoológicos, creo que estan en crisis. Tuvieron y tienen su papel vagamente cultural pero me temo que la acumulación tenderá a reinventar el consumo de arte, con los años. Servirán para conservar y cuidar las especies protegidas pero quizá acaben sirviendo su producto en pequeñas dosis y dejándonos acceder tan sólo a copias de los originales, como sucede en algunas cuevas prehistóricas.

Viajar a determinados lugares comporta que debes ver determinadas cosas. Ver sin mirar, claro, pues mirar requiere tiempo y paciencia, repetición y meditación. Sin embargo creo que será difícil moderar el tema, con todo el dinero que se mueve alrededor de viajes y visitas organizadas, en unos años de crisis en los cuales el turismo es un gran invento.

Cuando yo era pequeña las copias de las obras de arte se nos ofrecían en libros en blanco y negro, impresos de forma precaria. Contemplar una pintura famosa en su versión real y en colores producía una emoción intensa, era siempre una gran sopresa.

Hoy a veces internet nos facilita el estudio de un cuadro, incluso lo mejora con la luz de su pantalla. No es lo mismo, claro. O sí? No lo sé. Sentimos curiosidad por ver aquello conocido, que tanta gente quiere ver. Como la belleza de una actriz, su valor y consideración depende del maquillaje, de la fama, de la promoción. Se valora más aquello que más se desea, sobre todo cuando el deseo es compartido por un gran número de personas.

Se editan hoy libros curiosos, pretensiosos, esos que te dicen las cincuenta o cien cosas que has de contemplar o visitar antes de morir, un tema que hubiese provocado risas irónicas en  nuestros antepasados sin dinero, viajeros de forma obligatoria, en busca de una vida más amable, sin tener en cuenta el contexto artístico de su destino.

Como tantas personas del presente, claro, muchas de las cuales, si sobreviven a su viaje no turístico, establecerán su bancarella cerca de esos museos emblemáticos y nos venderán copias baratas de gafas de sol de diseño o bolsos de firma falsa. Si tienen más suerte limpiarán la habitación del hotel o cocinaran pizzas y bocadillos. El mundo es extraño, pero excitante y lleno de curiosidades. Las obras de arte no son nada comparadas con la gente, tan diversa, tan diferente a nivel individual, tan gregaria a menudo.

sábado, 29 de enero de 2011

De la civilización de la abundacia y sus perversiones



Escribe hoy Quim Monzó en La Vanguardia sobre libros y bibliotecas y un pueblo inglés en el cual los vecinos intentan defender este servicio cultural, que está en peligro de desaparición por recortes presupuestarios.

Al final cuenta una anécdota personal, intentando deshacerse por traslado y, supongo, falta de espacio, de dos mil libros, preguntó a diferentes bibliotecas si los aceptaban. Comprobando que no había interés en el tema, acabó depositándolos en el container correspondiente. Por el tono del artículo percibo una crítica ácida hacia el personal implicado y los poderes correspondientes. Sin embargo creo que el problema actual del exceso de todo sobrepasa la cuestión concreta de los libros y la cultura.

En mi barrio dedicamos el martes pasado una charla al gran periodista y muchas cosas más, Sebastián Gasch. Asistió a la misma su hijo Emili, que nos contó diversas e interesantes anécdotas. Gasch tenía una colección completa de la revista Destino, que su hijo intentó también entregar a alguna biblioteca, sin éxito, y que acabó en los libreros de lance, mal vendida. Lamentamos, en general, esos hechos, o ver tirados por el suelo, al lado de los contáiners, libros y objectos en buen estado. Sin embargo nosotros mismos, cada cual según sus circunstancias, acabamos por tirar lo que nos sobra, que es mucho, por necesidad vital de espacio.

Nunca ha habido más bibliotecas en Barcelona y su área de influencia que en la actualidad. Cierto que no son aquellas bibliotecas silenciosas de antes, que ahora incluyen diversos materiales como películas o discos en sus fondos y que muchos jubilados las utilitzan para hojear y ojear los periódicos del día. Sin embargo veo también a mucha gente trasegar libros arriba y abajo, libros para adultos, para jóvenes y para niños. Las novedades promocionadas por los medios habituales son las de más éxito, claro. Las bibliotecas son lugares activos y vivos, luminosos y alegres,  se han convertido en espacios indispensables, en pequeñas almas de barrios y pueblos y lugares de relación social, en la mayoría de casos.

El personal no es abundante, ha habido recortes, pero, en general, está formado por gente joven con gran voluntad, amables y dispuestos a encontrar lo imposible, a llamarte a casa cuando lo tienen, a gestionar lo que sea y que esté al alcance de sus posibilidades y a cederte su espacio para temas culturales diversos. Joan Antoni Delgado, el director de la de mi barrio, la Francesc Boix, del Poble-sec, que ya ha quedado pequeña, como la mayoría, me contó en una ocasión que tenía que hacer limpieza, cosa muy difícil, ya que seleccionar libros es una tarea ingrata y delicada. Las bibliotecas se han ido también especializando en algún tema, a menudo relacionado con su nombre. En el caso de mi barrio, con la guerra civil, la cultura de la paz...

En mi biblioteca han puesto un gran cajón de madera donde se pueden depositar volúmenes que la gente no quiere en casa y de donde puedes coger lo que quieras. Siempre está lleno, al principio había libros en mal estado pero ahora hay buenos libros a menudo, nuevos, interesantes. La verdad es que, más allá de los libros de consulta, pocas veces releemos a fondo ya que la vida es corta y el tiempo vuela. En alguna ocasión, la relectura nos lleva a comprar una nueva edición más completa, con la tipografía más agradable. Muchos libros antiguos, económicos, se desmontan o amarillean y la letra solía ser excesivamente pequeña, para reducir precio. Así que a veces incluso volvemos a comprar el libro cuando lo queremos releer. El sistema de cosas hace, sin embargo, que muchos libros desaparezcan del mapa en un par de años y que para reencontrar según qué debas recurrir a los libreros de viejo, que también han desarrollado su sistema por internet, con muy buenos resultados, por cierto.

El mismo escritor, que lamenta el tema, iba a regalar dos mil volúmenes, me imagino que por la misma falta de espacio que sufren las bibliotecas populares. Cuando murió mi madre y vaciamos el piso, un señor muy amable, de una empresa dedicada al tema, me comentó con cierta tristeza: los libros pesan mucho y valen poco. Los libros, como la ropa o la comida, fueron en otros tiempos un bien escaso y caro. Hoy no es así y, además, podemos conseguirlos prestados en las bibliotecas, con mucha facilidad. ¿Qué haremos con tantas enciclopedias y diccionarios que pagamos a plazos y que nos han acompañado fielmente durante años? Ahora acabamos consultándolo todo por internet, recurso cómodo y fácil, a la medida de nuestro espacio vital, modesto. Hay quien dice que hay errores, pero yo he encontrado muchos más en los libros convencionales donde, además, es difícil y largo corregirlos.

Nuestra generación ha tenido tendencia a atesorar, ya que veníamos, la mayoría, de la escasez. Yo no tiro nada, me dicen muchos, orgullosos de no tirar. Sin embargo lo que hacen es intentar pasar el problema del exceso a otros, a las instituciones, a las parroquias... Es más fácil regalar ropa usada en buen estado o libros ya leídos que dinero, pero, para los que reciben el donativo, es mucho menos práctico, claro. Nos molesta que no se agradezcan nuestros mezquinos donativos de cosas que ya no queremos, de ropa que no nos ponemos, de libros que no leeremos, de muebles pasados de moda. Antes se daba todo a los pobres, a los más pobres que nosotros, claro. Hoy incluso los pobres prefieren estrenar ropa, aunque sea del bazar chino de la esquina que, hay que decirlo, también ha mejorado mucho la calidad de sus productos y el servicio al cliente. Debemos vivir con ello y, si criticamos a los demás, analizar nuestras propias actuaciones. Comprobaremos que a menudo pecamos sin pudor, aunque intentemos justificarnos.

La gente tira de forma vergonzante, no lo admite, pero los grandes cubos de basura de nuestro tiempo están llenos de cosas en buen estado. Cierto que a veces hay quien recoge y aprovecha o revende. Un día a la semana pasa personal del ayuntamiento a recoger muebles, trastos y en muchas ocasiones antes ya ha pasado un primer control de calidad espontáneo formado por un pintoresco mundo que incluye aficionados, necesitados, profesionales alternativos, amigos de la restauración, curiosos y traperos del presente. Este es nuestro mundo, ni mejor ni peor que los anteriores. Más bien, por lo que hace a nuestra sociedad en concreto, bastante mejor que el de nuestros padres en muchos aspectos materiales. El libro de Huxley ya predecía el tema, vale más desechar que tener que remendar. Y a eso hemos llegado con la intención de sostener el ritmo de producción necesario para sobrevivir. Seguro que podría hacerse mejor y de otra manera, más razonable y quizá en algún momento del futuro sea así o volvamos, por circunstancias diversas, a la escasez antigua, que nos haga recordar con nostalgia todo aquello que tiramos y regalamos. Mi madre siempre me advertía de que no tirase sábanas. Cuando la guerra podías cambiar sábanas por pan, me contaba. Y es que en momentos difíciles, lo primero es comer, evidentemente. Sin embargo las sábanas, las toallas, el pan, ya no son, tampoco, lo que eran. Como los libros. La abundancia es buena pero tiene ese lado perverso, el exceso agobiante, que, además, nos crea una especie de mala conciencia individual y colectiva. Y que nos lleva a la protesta poco meditada cuando se rechazan nuestras donaciones oportunistas.



Fotografia copiada del blog Fotografías de un cráneo abierto.

lunes, 8 de marzo de 2010

Reyes de antaño


El largo período franquista, con su agobiante insistencia sobre la Historia de España oficial nos produjo a muchos un importante rechazo hacia el pasado.  Sin embargo en estos últimos años me he reconciliado con figuras como la de Felipe II, gracias a las excelentes biografías de Henry Kamen y Geoffrey Parker. No hay nada mejor que recurrir a las visiones externas y más distanciadas, para intentar entender algo de la mentalidad de personajes lejanos y poder situarlos en sus circunstancias personales.


El tema de la realeza, a partir de la Revolución Francesa se ha ridiculizado bastante. Un rey, hoy, es sin duda una figura extraña a nuestra realidad del presente. Sin embargo y contra todos los pronósticos, volvimos a la monarquía por circunstancias de posibilismo político que hoy sorprenden a los jóvenes. Los reyes de antaño creían generalmente en su papel y lo asumían con bastante dignidad. Quizá hubiesen preferido ser campesinos ricos, burgueses bien situados.  Pero el destino y la voluntad de un Dios todavía omnipotente les exigían seguir su camino y cumplir con su deber.


Incluso en el instituto de mi adolescència Felipe II era tratado con cierto distante desprecio, se le identificaba con el inicio de la decadencia imperial. Se le llamaba ignorante, fanático y muchas cosas más. Sin embargo fue un rey culto, inteligente y que si tomó decisiones equivocadas no fue por capricho sinó por convencimiento. Me enternece su paso por Molins de Rei, donde la madre de su gran amigo, Lluís de Requesens, Estefanía, fue una segunda madre para él. Felipe II fue siempre un gran devoto de la Virgen de Montserrat y murió con una cruz de Montserrat en las manos, según cuentan. De Requesens, en la corte, se burlaban los otros jóvenes nobles, por su acento catalán. 


A base de crearnos un empacho de una historia sesgada y tópica hemos acabado por olvidarla. Cuando se han hecho manuales para escolares catalanes se ha caído en los mismos pecados: grandezas nacionales, héroes patrióticos, excelencias propias. Hace años, cuando estudiaba Magisterio, se había hablado en la Unesco de renovar los manuales històricos a nivel europeo, dando una visión más objetiva del conjunto histórico del continente y suprimiendo los tópicos patrióticos. En aquella época parecía que Europa iba a ser en breve mucho más que un gran supermercado y un conjunto de rutas turísticas. Me temo que todo sigue más o menos. Ni siquiera en España se ha logrado una historia conjunta objectiva, que intente comprender la diversidad lingüística, histórica, cultural, pero que también reconozca los nexos comunes. Ni en España ni en ningún otro lugar, diría yo.


Esta mañana escuchaba una charla por RNE de la UNED, sobre la Edad Media y los caballeros andantes. El conferenciante, brillante, ha mencionado a Ramon Llull y su obra sobre el tema, escrita, según él en aragonés. I también ha mencionado a un caballero valenciano, Esbert de Claramunt, convirtiéndolo en castellano. Todo, me imagino, por no decir la palabra catalán. No hago demasiado caso de cosas así, también oigo barbaridades cerca de casa, o medias verdades oportunistas, que intentan demostrar aquello que más conviene, no a nuestro aprendizaje y comprensión del pasado, sinó a la visión partidista del presente que quieren imponernos unos y otros. En cambio en otra charla de hoy, en este caso sobre teatro, en concreto acerca de la figura de Eduardo de Filipo, se ha mencionado con toda naturalidad el catalán, en referencia a las veces en qué se habían representado en Catalunya obras de este gran autor napolitano.

sábado, 6 de junio de 2009

Mucho más que un paisaje






Cuando era joven, de haber tenido la ocasión, probablemente hubiese querido ver mundo. Recuerdo que en unos cuentos de hadas de la época los personajes iban siempre caminando por 'el anchurosos mundo' o siguiendo el largo curso de un río hasta el mar, y yo envidiaba sus posibilidades imaginarias. Con el tiempo me he dado cuenta de la vana pretensión de conocer ningún lugar en profundidad, ni tan sólo aquel que nos acoge. Además, el turismo frívolo y masivo de estos últimos años me produce un cierto repelús, no puedo evitarlo. Esas cámaras de fotos que parecen substituir la mirada, esos grupos escuchando explicaciones que admitimos, pero que cuando se refieren a lugares conocidos nos provocan, como mínimo, hilaridad... Todo va convirtiéndose en una especie de parque temático, como esa exposición sobre Tutankamón en la cual todo es falso y que tanto éxito ha tenido y tendrá.


Sin embargo, y como los humanos -y las humanas- somos contradictorios e incoherentes, acabo de hacer un viajecito a Córcega, isla mediterránea de contrastes y con unas características muy especiales. Córcega es una muestra más de la dificultat de definir esa abstracción que llamamos identidad. Con cultura prehistórica interesante y poco conocida, cristianizada y romanizada, pisana, genovesa, vendida a Francia por Génova, con lengua propia que es una variante del italiano, honrando por todas partes a su héroe independentista
Paoli, pero magnificando también la figura de Napoleón Bonaparte, corso botifler donde los haya... Compleja es la historia y complejas sus explicaciones...


Córcega tiene paisajes montañosos extraordinarios y playas muy bonitas. Las distancias son cortas, pero difíciles, y los desplazamientos hay que contarlos en tiempo y no en quilómetros, como nos contó un amable señor que, por casualidad, se tropezó con nosotros en el bello pueblo de Vivario (uno de esos extraños milagros que suceden en la vida) y nos hizo un resumen histórico y social muy interesante sobre la isla, explicándonos que su familia era de origen griego y había llegado a Córcega a principios del siglo XVII. Al tocar el tema patrio se definió como nacionalista cultural, partidario de conservar patrimonio y lengua propia, pero poco amigo de reivindicaciones violentas; así me considero yo misma, si es que me considero alguna cosa.


Córcega ha vivido épocas muy distintas. En mi mitología literaria está ligada a obras como Colomba, de Merimée, que con nuestra Carmen se pasó de folklórico pero que en Colomba dibuja un fresco muy real de la situación social de la época, con descripciones magníficas de paisajes y gente. Córcega ya no recurre de forma habitual a la vendetta, nombre que ha quedado para la navaja típica que se vende a los turistas, aunque existe una cierta preocupación
por el tema.

Francia ha sabido fagocitar su diversidad con más habilidad que España, en apariencia, porque aquí el franquismo ha contribuído al desprestigio de la españolidad bien entendida. Córcega tiene el estauto más autonómico del país vecino, y sus reinvindicaciones han contribuído a despertar otras de más tímidas, en regiones francesas con lengua y cultura propias. Aunque eso de la cultura es también un término ambiguo y manipulable, que cuenta con miles de definiciones.


Francia cuenta desde hace mucho con una eficaz escuela pública para enraizar en sus habitantes un patriotismo democrático. Aquí no teníamos ni escuelas, cosa que quizá contribuyó también al débil adoctrinamiento sobre el tema. Se dice que Francia envió a la primera guerra mundial muchos jóvenes de las regiones respondonas, para después levantar esos temibles monumentos a los hijos de la patria muertos en el cumplimiento del deber; de hecho, en Córcega, esa guerra acabó con la flor y nata de su juventud.


La lengua corsa se escucha de forma limitada en los medios de comunicación, en este sentido nuestro catalán tiene una presencia mucho mayor e importante, a pesar de todas las dificultades. Pero está muy presente en la música popular, tanto en la más tradicional como en la moderna. Los viajes son mucho más que una colección de paisajes y monumentos y, lo admito, contribuyen a hacernos reflexionar sobre nostros mismos y sobre nuestras circunstancias.






viernes, 8 de mayo de 2009

Pesadillas peludas

Leo en el metro un anuncio, en un cartel, de esos destinados a distraer mi periplo por los largos y aburridos pasillos de enlace. El anuncio me evoca pesadillas antiguas, dice, más o menos, que si utilitzas lo que te propone, un método depilatorio definitivo, superarás tu angustia al pensar que puedes tener un accidente y no haberte depilado!!! Supongo que el tema debe ser recurrente, ya que la publicidad lo ha utilizado para uno de sus mensajes contundentes.

El pelo corporal o vello, que queda más fino, ha pasado por épocas distintas a lo largo de la historia. Hoy estamos en un mundo occidental bastante depilado. De jovencita envidié a amigas cuya genética no obligaba a autotorturarse con ceras calientes, máquinas infernales o rayos malignos. Esperaba una moda cultural que acabase con tanta tontería afeitadora, pero ha sido al revés y ahora incluso señores serios se depilan, con eso de la metrosexualidad y otras mandangas.

La depilación por si te pasa algo me recuerda los consejos del tiempo de mis abuelos, tiempos de higiene más precaria, en los cuales se aconsejaba lavarse los pies a menudo, por si te pasaba alguna cosa y te llevaban al hospital y te los veían. También en mi juventud las mamás aconsejaban a las hijas recién casadas no salir de casa sin la cama hecha y la cocina limpia, por si te encontrabas mal, te tenían que acompañar y veían como estaba el tema y lo poco responsable ama de casa que eras. El qué dirán era, claro, más importante que el daño sufrido. Así es el mundo, la apariencia ante todo.


Cuando fui a ver la exposición con los murales de Sorolla, la chica que nos la comentaba, muy agradable, explicó que las alumnas de secundaria se enfadaban de forma retrospectiva con el pintor cuando comprobaban que éste, con la intención de reflejar los tipos humanos de cada región, había pintado a las andaluzas un bozo oscuro sobre el labio, un bigotito, vaya. La cosa debía tener su morbo erótico, pues refranes antiguos hacen referencia al atractivo pertinente: mujer bigotuda de lejos se la saluda, mujer con bigote se casa sin dote...


No podemos quedar al margen de modas tan martilleantes, si no nos queremos ver excluídas del contexto social. El pelo de las axilas dicen que 'hace sucio' cuando nada tiene que ver la higiene con la cuestión pilosa. Sobre vello corporal, cuestión cultural al fin y al cabo, ha habido épocas de todos los colores. También las pelucas, los bigotes, las barbas, han pasado por modas diversas y se han asociado con tendencias políticas, incluso bastante divergentes según el momento.


Quizá algún día tendremos una moda más peluda y entonces se tendrán que inventar sistemas de crecepelo integral que solucionen los efectos de nuestro tiempo, tan depilatorio. Entonces se aludirá a la barbarie de los siglos XX y XXI, que obligaban a extrañas prácticas incluso en países supuestamente civilizados. Cosas más raras he visto y aún no soy muy vieja. Sobre crecepelos, ser calvo ha sido, para los señores, un trauma, sobre todo de joven, claro. Pero la verdad es que hay calvas de lo más interesantes, la verdad. Se han intentado muchos sistemas para devolver el pelo a la cabeza, pero ninguno definitivo, y muchos señores traumatizados han perdido bastante dinero probando remedios diversos. Unos vecinos de la escalera, de mi infancia, tenían la patente de un producto que habían inventado y vendido de forma ambulante, eran frecuentes los vendedores ambulantes de lociones destinadas a recuperar las cabelleras perdidas.


Sufrir angustia de anticipación pensando que te van a atropellar sin depilar es un absurdo, pero pasa y pasará. Uf, que vergüenza, el médico, quizá un joven de buen ver o una doctora de espíritu crítico, contemplando las intimidades de una pobre muchacha que no tuvo tiempo de ir a la esteticienne antes de la desgracia!!! No entiendo como hablan tanto de la crisis y de la gripe y casi nada de la depilación, he investigado algo con motivo de este post y he encontrado un montón de webs, blogs y publicidad sobre el tema. Qué mundo, Facundo!