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martes, 4 de julio de 2017

PERDER EL TIEMPO PARA RECOBRARLO

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Librería El Virrey, Lima

Ayer miraba uno de esos canales modestos en los cuales todavía hay programas sobre libros en horario asequible. Un periodista cultural de mediana edad y un librero más joven fueron preguntados por el también joven director del programa sobre si releían. Uf, contestó el joven librero, que va, no hay tiempo, debo saber qué se publica para poder recomendar libros y salen tantas cosas cada día... El periodista dijo que poco, de vez en cuando, pero que también se veía obligado a leer novedades, por motivos profesionales.

Uno y otro usaron, en referencia a la relectura, la frase perder el tiempo. Por suerte ya no es tan frecuente una frase antigua, aquella de matar el tiempo, tan horrible. Me imagino la carga que debe representar tener una profesión que obliga a leer de forma rápida, compulsiva, poco meditada y sin posibilidad de relectura. Aplicado a una cosa como la lectura, tan excesivamente valorada, tan mitificada de forma absurda, suena mal, pero ese consumo compulsivo de lo que sea es muy de nuestro tiempo y cuando hablo de nuestro tiempo incluyo el presente pero también el pasado reciente.

Una amiga mayor que yo, que, con su marido, había sido muy viajera y que hoy, por razones de edad, no viaja tanto, me dijo un día que nunca les había gustado repetir, ya que había tantas cosas para ver. No viajaban por obligación profesional, como el librero y el periodista, pero sí por una especie de obligación cultural ya que el viaje también se ha mitificado. Lo que se mitifica, si es asequible, se masifica y se frivoliza, quizás no puede ser de otro modo. Hay gente que cree que un viaje a un lugar lejano exige que veas todo lo que puedas para aprovechar el dinero y el desplazamiento pero,  en cambio, desconoce su ciudad, su barrio, su calle.

Leer o viajar por placer, por verdadero placer, creo que comporta repetir, que exige una cierta lentitud, no ambicionar llegar a todo, cosa imposible, pero sí saborear aquello que nos resulta agradable. Un libro releído, una película que se vuelve a contemplar, un lugar al cual volvemos, es siempre nuevo, diferente. También nos puede decepcionar, claro, el recuerdo es engañoso y las cosas cambian, no siempre a mejor.

En el otro extremo de esas inquietudes por la pérdida de tiempo están las personas que sólo releen clásicos, por ejemplo, o aquellos que ya no van al cine porque las películas de hoy no les gustan. Siempre se habla por experiencia propia y nuestra experiencia suele ir cargada de prejuicios y tópicos. Hoy todo es cuantitativo, se sube a las montañas corriendo y las cajitas de lápices de colores justo se estrenan. 

Hace años envidiaba a los profesionales de eso impreciso que llaman cultura, actores, periodistas, críticos teatrales, profesores de universidad. Pero todo acaba por ser repetitivo, nos guste o no y en el fondo la realidad es que una profesión o un lugar de trabajo se valora por sus rendimientos econòmicos. Ese sentimiento de rutina lo expresó muy bien aquel conocido poema de León Felipe sobre ser en la vida romero e intentar que las cosas no nos hagan perder el respeto por la realidad. Sin embargo, nunca puede ser todo nuevo y excitante y también tiene un valor poético la monotonía, la repetición, el reencuentro.

La lentitud tiene un valor y, cuando envejeces, resulta inevitable, obligatoria. Pero la publicidad, la medicina, intentan que ni tan sólo en esa etapa final seas lento. No se puede ser viejo, esa palabra, hoy, parece un insulto. Me dieron cierta pena ese librero, ese periodista, obligados a leer de todo para tener opinión y poder expresarla. Necesitamos de esos lectores compulsivos dedicados a esos trabajos porque tampoco tenemos tiempo para repasar los miles y miles de libros amontonados en las grandes librerías y escoger, así que nos dejamos influenciar por las recomendaciones de unos expertos esclavizados por su trabajo que quizás creen importante, imprescindible.

Es imposible leerlo todo, verlo todo, mirarlo todo. Esos intentos acaban por conformar un mundo algo histérico, las posibilidades de acceder a tantas cosas han perjudicado la calidad, pero es la tendencia actual, también el trabajo industrial acabó, más o menos, con el trabajo artesanal, más bien hecho pero accesible a minorías, en general. Hace años leí en un Correo de la Unesco, una revista que en mi juventud se leía bastante y hoy no sé ni si existe ya, que la educación del futuro posibilitaría los viajes de grandes masas de personas, para conocer el mundo y la gente en su salsa. 

Explicado allí y entonces parecía muy poético, casi imposible. Hoy esas masas ya existen, transitan de forma rápida por nuestras ciudades, por nuestro cielo o por nuestros mares, parecen más bien extraños rebaños humanos que ven mucho y miran poco. Sin embargo, mi opinión, me temo, tiene poca validez. Es la de una abuelita y ya se sabe que el paso del tiempo deforma las evocaciones y nos muestra el pasado bañado en esa poesía que el presente no tiene ni tendrá. Sobretodo, cuando ya no eres joven y parafraseando los manidos versos de Gil de Biedma, ves que la vida va en serio y que envejecer y morir es el destino inevitable de los que leen mucho y de los que leen poco.

viernes, 24 de febrero de 2017

LENGUA DOGMÁTICA Y LENGUA CAÓTICA

Resultat d'imatges de anatomia del lenguaje libro

Estoy leyendo, entre otros, este libro de Elena Álvarez Mellado. Me enteré de su existencia a través de uno de esos excelentes programas de radio de la UNED. Muchas de las cosas que cuenta y razona las sabía ya, sobre todo porque en mi juventud me tropecé en la universidad con profesoras excelentes y avanzadas a su tiempo, como Coloma Lleal. También me tropecé con todo lo contrario, dogmáticos de la perfección desde arriba, en catalán y en castellano, existen en todos los idiomas, me temo. Una profesora de catalán dogmática, que estaba embarazada, nos explicó que a su hijo le hablaría desde el primer día usando a la perfección esos terribles pronoms febles. Lo peor que puede hacer cualquier profesional es querer practicar las teorías de lo que sea con la familia.

Tener un libro de referencia va bien, de otro modo si a alguien le discutes sus dogmas por tu cuenta piensa que eres una esnob que disfruta dejando ir boutades sin más interés que llamar la atención. Hace un tiempo discutí de forma espontánea algo relativo a la lengua catalana, sin éxito, todo hay que decirlo. Busqué por internet a ver qué definiciones de lengua, de lenguaje, de idioma, encontraba por ahí. Me di cuenta de què eso de la lengua es tan abstracto y multidefinible como el arte o la cultura. Manejamos muchas palabras que damos por definidas de forma ortodoxa pero no es así. La gente que sabe mucho de lo que sea casi nunca dogmatiza. Te dicen que puede ser así pero que podría ser de otro modo, claro. En cambio, la población media con aspiraciones se mueve por convicciones que responden a consignas, en general.
Resultat d'imatges de la invención del pasado
Pasa con todo. Hace tiempo leí un libro interesante, sobre la invención del pasado histórico, de Miguel-Anxo Murado. A pesar de tanta bibliografía destinada a hacernos reflexionar sobre la relatividad de casi todo, los dogmas nos dan seguridad. Pasó esto, pasó lo otro, esta palabra es correcta, esta otra no lo es, si pecas irás al infierno y si eres bueno, irás al cielo. Parece que hay unos sabios en alguna nube lejana que son los que emiten los conocimientos canónicos. Como en todo eso, más allá de la lengua y de la historia, se mezclan la política y el poder, las patrias, celestiales o físicas, y tantas otras verdades absolutas, y como, en general, se lee poco y, todavía más, se lee mucha novela destinada a fortalecer nuestros dogmas y poco libro polémico con opiniones divergentes, así nos va.

Lo peor es que resultan más convincentes los dogmáticos que los inseguros o los escépticos, nos dan más seguridad. Sin embargo nos movemos encima de fragilidades, también en el campo científico aunque muchos científicos no lo quieran admitir. Conozco gente del campo científico que se rasga las vestiduras ante la poca fe en la ciencia de mucho pueblo llano, como si la verdad brillase por ella misma, si es que hay alguna verdad seria, que no lo sé.
Resultat d'imatges de Marfany nacionalisme

Hace poco me mandaron un libro que pedí, el que veis aquí. Me interesan los libros que cuestionan creencias diversas, creía, sin embargo, al encargarlo, que no era tan voluminoso. Mi nieta, de cuatro años, que en casa y en la escuela habla catalán pero que contempla con embeleso dibujos poco educativos en la tablet, en castellano, en español latino, que le hace mucha gracia, e incluso en inglés de consumo, lo miró y me comentó, convencida, en castellano rancio: ¡menudo libraco! Qué cosas tienen los niños, suelen decir las verdades, al menos hasta cierta edad, hasta esa edad que antes llamaban de la razón. 

Me recordó mi nieta cómo, en mis tiempos, repetíamos frases de los tebeos, en castellano, intercaladas en nuestro catalán suburbial. Algunos chicos, cuando se peleaban, recurrían a expresiones de Roberto Alcázar y Pedrín, como ¡chúpate esa mandarina! El lenguaje popular y vivo es una maravilla, muchas expresiones tienen una vida breve, responden a modas y franjas generacionales pero a veces sobreviven sin saber cómo, hace poco me di cuenta de qué en casa decimos frases que surgieron en zarzuelas, en cuplets, en obritas de teatro de antes de la guerra, ¡cuántas veces no hemos repetido aquello de qué las ciencias adelantan que es una barbaridad o qué un grupo de gente parecían los de Calatorao!

Los dogmas alcanzan a temas médicos, faltaría más. Sin ningún tipo de vergüenza nos endilgan anuncios sobre productos destinados, por ejemplo, a controlar ese colesterol amenazante. Los anuncios para la tercera edad claman al cielo. En esos anuncios se pronuncia el nombre de productos rarísimos, cómo si todo el mundo supiese qué son, también sucede con algunos productos de limpieza. La publicidad es una plaga pero también produce frases populares, todavía oigo a menudo, en catalán y castellano, que algo no ha pasado la prueba del algodón, cosas así.

Cuando yo iba a la escuela nos enseñaban un español rancio y sólido, absurdo, académico, rimbombante. Se pusieron de moda los programas de radio de 'El Zorro', aquello tan divertido del Hotel la Sola Cama y algunas profes estaban muy enojadas pues repetir aquel tipo de tonterías perjudicaba la lengua. Después llegó la tele, con sus doblajes pintorescos, todo aquello del obciso y el receso y se volvió a protestar, como no. La tele catalana empezó muy dogmática pero pronto tuvo que bajar velas y aceptar un poco de publicidad en castellano, la pela es la pela. Cuando hubo el dramático atentado de Madrid, con tantos muertos, se detuvieron todos los programas de televisión, con la excepción del futbol y la emisión de anuncios.

Cuando era joven tenía manía a los chicos que repetían frases de los anuncios para hacerse los graciosos, yo sigo, es búuuuuufalo. Hoy me encantan esas frases hechas que evocan publicidades ancestrales, nos unen en un imaginario colectivo interesante, entrañable. Es extraño como algunas cosas se olvidan pronto y otras perduran en el lenguaje, en la memoria, en las muletillas. Las grandezas del lenguaje, sea el que sea, consisten, precisamente, en las imperfecciones creadas y recreadas por el pueblo llano de forma casi espontánea. La alfabetización intensiva ha representado un gran avance pero ha acabado con mucha creatividad intuitiva y brillante.

lunes, 9 de julio de 2012

Leer, es bueno o malo?


Es cierto que no se deben vender tantos libros como antes. El libro, como objeto, ha perdido valor en estos últimos años. Sin embargo eso no quiere decir que se lea menos. En este país nunca se ha leído en exceso, cierto, pero creo que hemos mejorado, aunque poco. Leer tampoco no es un valor absoluto, se pueden leer memeces y tonterías. Incluso libros nazis.

Las personas que se quejan de que no se lee, a menudo son personas que escriben o editan. En realidad quieren decir que no se vende, no que no se lea. Se lee mucho, nuestro mundo del presente está centrado precisamente en el leer y el escribir, sin esas habilidades hoy sería muy difícil sobrevivir. Sin embargo nuestros antepasados, hasta hace poco más de una generación, podían vivir, sobrevivir, trabajar, sufrir y gozar siendo analfabetos, palabra que se volvió un insulto cuando la lectura y la escritura empezaron a ser una necesidad vital, social y profesional. Y política. Y religiosa.

No hay que olvidar que la alfabetización ha sido un buen instrumento de adoctrinamiento. Se iba a doctrina a aprender de letra, como recuerdan muchas canciones tradicionales -las chicas también a costura-   y lo que venía escrito en un libro tenía, de entrada, cierta garantía de seriedad. No fueron sólo las religiones las que quisieron controlar el tema, todas las ideologías con tendencia al totalitarismo han dogmatizado a través de libros y aulas diversas.

Las bibliotecas, al menos en Barcelona y su área de influencia, han aumentado de forma exponencial en pocas décadas y ofrecen un servicio excelente y gratuito, una gratuidad que quizá debiera matizarse en los tiempos que corren, pero que levanta ampollas si se toca. Las librerías de ocasión ofrecen muy buenos volúmenes a precios tirados. Cuando vacías un piso casi nadie quiere tus libros. Cuando un escritor no mediático tiene en alguna editorial restos de serie, restos que tienen, como mucho, dos o tres años,  recibe un aviso que le conmina a retirar sus fondos, que van a ser destruidos sin piedad. Se sabe que más de un noventa por ciento de todo lo que se publica en formato de libro tradicional va a reciclarse en pasta de papel en poco más de tres años.

Hay que contar con todo eso. Se vende poco y por ello es cada vez más y más difícil publicar si no sales por la tele y, aún así, debes hacerlo con cierta frecuencia. Ya no importa que un libro sea o no interesante, ha de ser vendible. En poco más de dos meses está sentenciado a la desaparición de los anaqueles comerciales. Como con la ropa, el mercado precisa variación, novedades, incluso volver a mostrar lo antiguo aparentando que es una novedad. La gente se lo piensa mucho antes de comprar un libro de actualidad y gastarse veinte, treinta euros. Además, muchas novedades se presentan como maravillas y luego nos decepcionan. Hay muchos recursos, cubiertas bonitas, títulos engañosos, tipografías modernas. Los clásicos de siempre se pueden encontrar a precios baratísimos, también en internet. 


El libro digital es un buen instrumento, a pesar de los nostálgicos que creen que lo pasado siempre es mejor y tienen sacralizado el libro convencional, olvidando que los romanos y griegos no usaban el formato actual, por ejemplo. Una cosa es el contenido y la otra el objeto.Y el contenido se podría transmitir, incluso, de forma oral.  Al generalizarse el uso de la imprenta hubo quién se echó las manos a la cabeza, escribiendo las cosas se perdería memoria. Y de hecho, así fue. Hoy nadie podría salir del teatro pudiendo repetir toda la obra de memoria, con algunos errores, claro, cosa que el Siglo de Oro era bastante frecuente.  Ha pasado algo parecido con el cálculo mental y las calculadoras o con la democratización de los instrumentos musicales, hoy pocos lloraría leyendo una partitura y no podemos entender como un músico muy bueno podía ser sordo  y no tener piano propio. La comodidad es importante, pero hay que tener en cuenta que todos los cambios han comportado pérdidas.

El editor vocacional que busca un buen autor y no prioriza el beneficio ha pasado a la historia. Alguno queda por ahí, claro. De vez en cuando personas inquietas montan un nuevo grupo editorial que a veces muere de éxito y es absorbido por los grandes, hoy Planeta y poco más. El libro en catalán que tenía su pequeño reducto también ha sido abducido por la comercialidad, es fácil, hoy, sacar un volumen en castellano y catalán al mismo tiempo. En las ferias y semanas del llibre en català encontrabas viejas ediciones amarillentas y olvidadas pero eso ya pasó a la historia. Los grandes y las novedades se lo comen casi todo.

Todo cambia y cambiará. Muchas veces los lamentos de determinados sectores esconden elitismos, intereses comerciales y melancolías ligadas al paso inevitable del tiempo. Hoy escribe mucha más gente, tanta o más de la que lee. El libro es un instrumento más que, como todos, puede ser bueno, malo o irrelevante. Hay quién se pone nervioso al ver tanta juventud jugando con sus portátiles, sus teléfonos que hacen de todo, en lugar de leer, en el metro. Pero también esos jóvenes están escribiendo, sin saberlo, su novela, su libro, o jugando a los apalabrados, un recurso interesante y educativo, nos guste o no. Dice Galdós en Fortunata y Jacinta que donde va un hombre va su novela. Porque, claro, parece que hay que leer novela o poesía, todo lo demás es... otra cosa.


sábado, 3 de diciembre de 2011

Hojas somos en el viento



Asisto cada mes a un interesante grupo de lectura y debate sobre libros de historia. Los libros se eligen y votan a través de los participantes, es un grupo abierto, con un núcleo fiel y personas que colaboran o participan en él de forma puntual, por motivos diversos.

Los grupos de lectura han proliferado en los últimos años. Los de las bibliotecas tienen mucho éxito pero por sus mismas características adolecen de limitaciones graves. Los libros suelen venir dados por los organizadores, ya que se prestan a las personas que participan y los grupos suelen ser cerrados, a causa de la demanda. Si alguien no asiste con regularidad se le da de baja. 

Tanto éste grupo sobre libros de historia como otro de lectura de novela organizado por la Editorial Meteora son muy distintos. Se puede acceder a ellos con libertad y si no te es posible asistir a algunas de las sesiones no pasa nada. Las obras se eligen a base de elaborar listas con sugerencias de los participantes y votarlas. En alguna ocasión, en ambos, se ha podido contar con la presencia de autores y autoras, cosa que puede ser interesante aunque a veces limita la espontaneidad del debate. Los libros pueden ser en castellano o catalán, indistintamente. Valoro mucho las actividades en las cuales se puede ejercer una cierta libertad ya que a menudo tengo la impresión de que aquello que se organiza de forma más o menos oficial, para adultos, tras una coartada culturalista, se asemeja cada vez más, de forma preocupante y progresiva a una escuela convencional.

Ayer, en el grup de historia, se comentó el libro Los orígenes del mundo moderno, de Robert B. Marks, parte del cual se puede leer en el enlace indicado, en google books. Es de la Editoria Crítica, una editorial con muchos títulos importantes y de interés, cosa que suele ser ya un sello cualitativo. En la tertulia se producen de vez en cuando debates enconados, incluso diría que discusiones serias en alguna ocasión, ya que los participantes tienen, además, ideologías diversas y visiones diversas del mundo. 

Sin embargo, el libro que cito suscitó un gran consenso. Es un libro que se lee con facilidad, bien escrito, apto para todo el mundo, que intenta explicar los defectos del eurocentrismo y como a menudo la historia se escribe a posteriori de forma oportunista, cuando muchos acontecimientos se deben a la contingencia o la casualidad, a factores que algunas escuelas de historia no han querido o sabido tener en cuenta y que no es, evidentemente, determinismo.

El autor incide en el importante papel de países como India o China, en unas épocas en las cuales los europeos eran, como decimos en catalán, quatre arreplegats. Tal y como va el mundo es posible que el centro de la historia se vuelva a desplazar a esas zonas de Asia en un futuro no tan lejano, aunque hacer política-ficción o previsiones políticas es perder el tiempo pues a menudo sucede lo más inesperado.

Quizá el libro, como se comentó, tiene una excesiva ambición en su planteamiento pero para los no iniciados resulta absolutamente educativo ya que la visión oficial que hemos aprendido en la escuela, el instituto o la universidad ha olvidado siempre incidir en esa historia universal no eurocéntrica, que todavía desconocemos muchísimo. Marks, profesor de historia estadounidense pertenece a ese tipo de profesor anglosajón que sabe explicar lo difícil de forma fácil y que es capaz de ejercer una autocrítica intensa y desacomplejada sobre su propia cultura. Lo hace en muchas ocasiones a partir de temas concretos, como la necesidad de carbón, la producción de algodón, de te. 

Aunque hubo unanimidad en la valoración del libro y en sus virtudes también personas más entendidas que yo formularon alguna crítica, como, por ejemplo, la poca relevancia dada al imperio otomano. Aquí, en una web en la cual se comentan algunos libros, he encontrado otra referencia a las posibles limitaciones del libro, que intenta ofrecer una síntesis  excesivamente ambiciosa en poco más de trescientas páginas. Son las limitaciones de la divulgación, de la necesidad de plantear un tema para un público amplio. Sin embargo en el comentario también se incide en los valores positivos del libro, la mirada poliédrica sobre fenómenos que se han interpretado de forma unívoca durante décadas y la profundización en eso que llamamos globalización, un fenómeno, por cierto, no tan nuevo como se pretende.

Un título muy recomendable para aquellos que empezamos demasiado tarde a intuir que Europa no era ni había sido casi nunca el ombligo del mundo ni la cuna de la civilización.

sábado, 29 de enero de 2011

De la civilización de la abundacia y sus perversiones



Escribe hoy Quim Monzó en La Vanguardia sobre libros y bibliotecas y un pueblo inglés en el cual los vecinos intentan defender este servicio cultural, que está en peligro de desaparición por recortes presupuestarios.

Al final cuenta una anécdota personal, intentando deshacerse por traslado y, supongo, falta de espacio, de dos mil libros, preguntó a diferentes bibliotecas si los aceptaban. Comprobando que no había interés en el tema, acabó depositándolos en el container correspondiente. Por el tono del artículo percibo una crítica ácida hacia el personal implicado y los poderes correspondientes. Sin embargo creo que el problema actual del exceso de todo sobrepasa la cuestión concreta de los libros y la cultura.

En mi barrio dedicamos el martes pasado una charla al gran periodista y muchas cosas más, Sebastián Gasch. Asistió a la misma su hijo Emili, que nos contó diversas e interesantes anécdotas. Gasch tenía una colección completa de la revista Destino, que su hijo intentó también entregar a alguna biblioteca, sin éxito, y que acabó en los libreros de lance, mal vendida. Lamentamos, en general, esos hechos, o ver tirados por el suelo, al lado de los contáiners, libros y objectos en buen estado. Sin embargo nosotros mismos, cada cual según sus circunstancias, acabamos por tirar lo que nos sobra, que es mucho, por necesidad vital de espacio.

Nunca ha habido más bibliotecas en Barcelona y su área de influencia que en la actualidad. Cierto que no son aquellas bibliotecas silenciosas de antes, que ahora incluyen diversos materiales como películas o discos en sus fondos y que muchos jubilados las utilitzan para hojear y ojear los periódicos del día. Sin embargo veo también a mucha gente trasegar libros arriba y abajo, libros para adultos, para jóvenes y para niños. Las novedades promocionadas por los medios habituales son las de más éxito, claro. Las bibliotecas son lugares activos y vivos, luminosos y alegres,  se han convertido en espacios indispensables, en pequeñas almas de barrios y pueblos y lugares de relación social, en la mayoría de casos.

El personal no es abundante, ha habido recortes, pero, en general, está formado por gente joven con gran voluntad, amables y dispuestos a encontrar lo imposible, a llamarte a casa cuando lo tienen, a gestionar lo que sea y que esté al alcance de sus posibilidades y a cederte su espacio para temas culturales diversos. Joan Antoni Delgado, el director de la de mi barrio, la Francesc Boix, del Poble-sec, que ya ha quedado pequeña, como la mayoría, me contó en una ocasión que tenía que hacer limpieza, cosa muy difícil, ya que seleccionar libros es una tarea ingrata y delicada. Las bibliotecas se han ido también especializando en algún tema, a menudo relacionado con su nombre. En el caso de mi barrio, con la guerra civil, la cultura de la paz...

En mi biblioteca han puesto un gran cajón de madera donde se pueden depositar volúmenes que la gente no quiere en casa y de donde puedes coger lo que quieras. Siempre está lleno, al principio había libros en mal estado pero ahora hay buenos libros a menudo, nuevos, interesantes. La verdad es que, más allá de los libros de consulta, pocas veces releemos a fondo ya que la vida es corta y el tiempo vuela. En alguna ocasión, la relectura nos lleva a comprar una nueva edición más completa, con la tipografía más agradable. Muchos libros antiguos, económicos, se desmontan o amarillean y la letra solía ser excesivamente pequeña, para reducir precio. Así que a veces incluso volvemos a comprar el libro cuando lo queremos releer. El sistema de cosas hace, sin embargo, que muchos libros desaparezcan del mapa en un par de años y que para reencontrar según qué debas recurrir a los libreros de viejo, que también han desarrollado su sistema por internet, con muy buenos resultados, por cierto.

El mismo escritor, que lamenta el tema, iba a regalar dos mil volúmenes, me imagino que por la misma falta de espacio que sufren las bibliotecas populares. Cuando murió mi madre y vaciamos el piso, un señor muy amable, de una empresa dedicada al tema, me comentó con cierta tristeza: los libros pesan mucho y valen poco. Los libros, como la ropa o la comida, fueron en otros tiempos un bien escaso y caro. Hoy no es así y, además, podemos conseguirlos prestados en las bibliotecas, con mucha facilidad. ¿Qué haremos con tantas enciclopedias y diccionarios que pagamos a plazos y que nos han acompañado fielmente durante años? Ahora acabamos consultándolo todo por internet, recurso cómodo y fácil, a la medida de nuestro espacio vital, modesto. Hay quien dice que hay errores, pero yo he encontrado muchos más en los libros convencionales donde, además, es difícil y largo corregirlos.

Nuestra generación ha tenido tendencia a atesorar, ya que veníamos, la mayoría, de la escasez. Yo no tiro nada, me dicen muchos, orgullosos de no tirar. Sin embargo lo que hacen es intentar pasar el problema del exceso a otros, a las instituciones, a las parroquias... Es más fácil regalar ropa usada en buen estado o libros ya leídos que dinero, pero, para los que reciben el donativo, es mucho menos práctico, claro. Nos molesta que no se agradezcan nuestros mezquinos donativos de cosas que ya no queremos, de ropa que no nos ponemos, de libros que no leeremos, de muebles pasados de moda. Antes se daba todo a los pobres, a los más pobres que nosotros, claro. Hoy incluso los pobres prefieren estrenar ropa, aunque sea del bazar chino de la esquina que, hay que decirlo, también ha mejorado mucho la calidad de sus productos y el servicio al cliente. Debemos vivir con ello y, si criticamos a los demás, analizar nuestras propias actuaciones. Comprobaremos que a menudo pecamos sin pudor, aunque intentemos justificarnos.

La gente tira de forma vergonzante, no lo admite, pero los grandes cubos de basura de nuestro tiempo están llenos de cosas en buen estado. Cierto que a veces hay quien recoge y aprovecha o revende. Un día a la semana pasa personal del ayuntamiento a recoger muebles, trastos y en muchas ocasiones antes ya ha pasado un primer control de calidad espontáneo formado por un pintoresco mundo que incluye aficionados, necesitados, profesionales alternativos, amigos de la restauración, curiosos y traperos del presente. Este es nuestro mundo, ni mejor ni peor que los anteriores. Más bien, por lo que hace a nuestra sociedad en concreto, bastante mejor que el de nuestros padres en muchos aspectos materiales. El libro de Huxley ya predecía el tema, vale más desechar que tener que remendar. Y a eso hemos llegado con la intención de sostener el ritmo de producción necesario para sobrevivir. Seguro que podría hacerse mejor y de otra manera, más razonable y quizá en algún momento del futuro sea así o volvamos, por circunstancias diversas, a la escasez antigua, que nos haga recordar con nostalgia todo aquello que tiramos y regalamos. Mi madre siempre me advertía de que no tirase sábanas. Cuando la guerra podías cambiar sábanas por pan, me contaba. Y es que en momentos difíciles, lo primero es comer, evidentemente. Sin embargo las sábanas, las toallas, el pan, ya no son, tampoco, lo que eran. Como los libros. La abundancia es buena pero tiene ese lado perverso, el exceso agobiante, que, además, nos crea una especie de mala conciencia individual y colectiva. Y que nos lleva a la protesta poco meditada cuando se rechazan nuestras donaciones oportunistas.



Fotografia copiada del blog Fotografías de un cráneo abierto.