sábado, 13 de septiembre de 2008

Raquel Meller y Tarazona





He estado en Tarazona, hermosa ciudad aragonesa, en un pequeño, céntrico y encantador hostal, Santa Águeda, situado en la calle Visconti. He buscado información sobre esos Visconti de Tarazona y he encontrado poca cosa, más allá del hecho que un personaje de la familia emparentó con una familia de la ciudad y tuvo una gran relevancia social durante el siglo XIX. Me cuenta el dueño del hotel que la casa donde está situado es sefardita y tiene seiscientos años, que la hermosa cama de hierro de mi habitación tiene doscientos.


El hotel alberga una impresionante exposición documental sobre Raquel Meller. Montse, la dueña, pertenece de forma muy activa a la Asociación dedicada a esta cantante que existe en la ciudad. Mi marido escogió el hotel porque vio en la web la existencia de ese pequeño museo y hace poco tiempo di una charla sobre la artista en mi barrio, Poble-sec, pertenezco también a una asociación sobre historia local, modesta, modestísima. Tengo una gran fe en las asociaciones cívicas de todo tipo, culturales, deportivas, musicales. Y también en los historiadores locales. Hacen un trabajo muy importante, a veces poco reconocido, en ocasiones utilitzado a la larga por los poderes públicos que se apuntan al carro cuando la cosa toma dimensiones importantes.


No soy especialista en Raquel Meller ni en nada. Creo que la casualidad ha hecho que el personaje llegase hasta mí a través de mis recuerdos infantiles, durante la época de Sara Montiel se recuperó el cuplé y yo había cantado muchos, disfrazada, delante de un viejo espejo de la habitación de mi abuelo. Una vecina de mi escalera había sido también artista y contaba anécdotas sobre ella y su carácter, difícil. Meller odiaba la forma de cantar de Montiel, entonces no lo entendía, porque Montiel me sonaba más moderna, pero sí ahora. El último cuplé pretendió ser una biografía no oficial de Raquel, pero Meller, que tenía un carácter fuerte y luchador llevó a los tribunales a los responsables. De hecho, la película tiene sabor y me gusta porque sale en ella el viejo Molino del Paralelo, pero de biografía de Meller, nada de nada.



En Tarazona hay también un museo sobre Raquel Meller en el Teatro Bellas Artes, pero no tiene horario fijo, ya que sólo es visible cuando hay cine o alguna actividad. Creo que el tema mejorará con el tiempo, cuando los poderes públicos vean el gran potencial cultural y turístico que puede generar el recuerdo de esa artista que nació en Tarazona, vivió algún tiempo en la Rioja, empezó y triunfó como artista en Barcelona, residió en París y la Costa Azul y regresó a Barcelona, donde murió. Recordar a alguien en las ciudades grandes es difícil, hay demasiado material y el presente borra el pasado muy pronto. De hecho, Meller fue una ciudadana del mundo, estuvo en muchos países, trabajo en Hollywood y reinó en el País de entreguerras, mítico y mitificado, al mismo nivel de popularidad que Baker o Mistinguette. Me cuenta la señora Montse que van a publicar un libro muy completo y ambicioso sobre la artista, hay muchas pequeñas biografías, pero con poca documentación y poco rigor detrás. Compré un delicioso volumen editado recientemente, con fotos, de María Dolores Calvo, la presidenta de la asociación, de esos libros que es imposible, ay, encontrar en librerías convencionales. Me cuentan que se encontró mucha documentación a través de Matilde, la hija de Carlos Vazquez, el artista que más la pintó, y con la cuál tuvo Meller una gran amistad. Hablamos de su carácter, difícil, fuerte, capaz de reacciones violentas pero también de generosidades sin límite, de los muchos mitos que corrian sobre ella, como su supuesta participación en el trágico fin de Mata-Hari, en el que no tuvo nada que ver.



Me entero que hace poco estuvieron en Barcelona, en la Casa del Mar, cerca de mi casa. Y yo sin saberlo! Es también poco conocida, más allá de los círculos interesados, Corita Viamonte, la mejor cantante de cuplés que existe actualmente, aragonesa y que actúa a menudo en esos actos. Resulta casi imposible hoy encontrar discos de Raquel Meller, las películas se han olvidado, aunque creo que está en camino una copia de Los arlequines de seda y oro. La gente que desayuna en el minúsculo y encantador comedor del hotel queda fascinada, me doy cuenta, por las imágenes de la artista. Esa mirada entre ingenua y distante, ese rostro expresivo, distante, familiar, exótico, tradicional, modernísimo. Meller, creo, es mucho más fascinante seria que sonriendo. Meller vestida de mil maneras, peinada de centenares de formas distintas, pero siempre atractiva, con ese atractivo que no responde a nada concreto sinó a una especie de don celestial. Los clientes preguntan, se sorprenden. La alabaron como artista todas las personas importantes de su tiempo, Guimerá, Apel·les Mestres, Huxley, Machado, Chaplin, Sorolla, María Guerrero y Sara Bernhard que lamentaban que no se dedicase más al teatro. Hay en la pequeña salita una minicadena con algunas canciones de Meller, La Violetera, doña Mariquilla.

Quizá hoy no somos capaces de valorar el cambio que en la interpretación de los cuplés representó Meller, vocalizando de forma perfecta, sin recurrir a la picaresca algo grosera, en boga en aquel momento. Hubo también otras grandes cantantes del género y algunas se retiraron al casarse, cosa habitual en la época, como la gran Mercedes Serós, catalana. Meller cantó también tangos, incluso sardanas, hizo cine de forma excelente, su fotogénica mirada muestra ese extraño don de seducción que tuvo. Somos, en general, en nuestro país, poco fieles al recuerdo de los grandes. Una gran diferencia con la vecina Francia, donde por la radio se pueden escuchar a menudo cantantes ya desaparecidos, vivos siempre en el imaginario colectivo. Creo que la guerra rompió muchas cosas, también esa capacidad de recuerdo, es como si un largo camino de cultura se hubiese visto de repente al borde de un precipicio inmenso pero hoy, cuando para circular de un lugar a otro se construyen esos puentes impresionantes, es tiempo también de puentes espirituales y de recuperación de paisajes perdidos. Al menos, ese es mi sueño.
La imagen es la del famoso cuadro de Carlos Vázquez, con Meller cantando El Relicario. Al fondo, la encantadora plaza de toros antigua de Tarazona.

2 comentarios:

cerillasGaribaldi dijo...

Pues había cosas que no me había coscado.
Lo sigo intentando en la Panxa.

Muchas gracias Júlia por tus crónicas.

Besos, Ignacio

Júlia dijo...

Buenos días, Ignacio, gracies por tus visitas.