viernes, 27 de agosto de 2010

Moscas modernas


Como llevo algún tiempo escribiendo en mis blogs me doy cuenta de que repito temas,  de forma inevitable, pero no es culpa mía sinó del cambio de las estaciones que vuelven otra vez, como si diésemos vueltas en unos caballitos de feria. Recuerdo que en un cuento de Rodari unas monas creen que viajan cuando, de hecho, van montadas en una de esas atracciones y no hacen nada más que dar vueltas. En realidad, a nivel cósmico y terrestre vamos dando vueltas también.

Uno de los temas estivales recurrente es la presencia de las moscas, esos pequeños animales voladores que tanto nos fastidian. Hace años, en mi infancia, las moscas eran una presencia masiva, inevitable, constante y familiar. Estoy ahora en un pueblo, Batea, fronterizo con Aragón, y algunos vecinos bajan todavía a tomar el fresco con la tradicional pala matamoscas en la mano.

Matar y cazar moscas fue una diversión  infantil muy importante. Recuerdo haber visto pequeñas jaulas artesanales formadas por un tapón de champán cerrado con alfileres o con una patata vaciada de forma conveniente y cerrada del mismo modo, en las cuales se iban introduciendo los nuevos ejemplares. En muchas casas se utilizaban aquellas tiras de papel engomado donde las  moscas se pegaban a miles, a centenares, o unos polvos que se dejaban sobre las mesas, de color verde, que al poco tiempo mostraban montañas de cadáveres mosquiles. También había visto aplastar cabezas de mosca en un papel doblado, formando manchas como las del test de Rorschach que eran interpretadas de forma libre por los niños de entonces.

Hoy una sola mosca produce una especie de histeria exagerada. Me refiero a las moscas domésticas de medida mediana, no a otras variedades más molestas y peligrosas. Las moscas  se han relacionado con la pobreza, con la muerte, pero en realidad también fueron y son protagonistas del bienestar que representaba un buen establo con muchos animales. Vivíamos con los animales, los respetábamos y utilizábamos y hoy, a algunos, los hemos humanizado de forma papanatas, de ahí las reticencias modernas hacia las costumbres que presuponen tratarlos mal o matarlos.

Mis moscas son todavía las de Machado, esas moscas protagonistas de tardes aburridas veraniegas, largas y añoradas, evocadoras. Resultan fastidiosas, claro, al final del verano se vuelven insistentes, pesadas, molestas. Sin embargo, un verano sin moscas sería casi como un verano sin golondrinas ni vencejos. Cuanto más perritos y gatitos castrados y mimados en nuestros pisos con aire acondicionado, más problemas morales con los toros y menos con el genocidio interesado al cual sometemos a otros animales. Incluso hay gente que adquiere segundas residencias y se queja de la porquería que generan cigüeñas o golondrinas. Por no hablar de esas palomas que críamos en tiempo de pobreza en palomares urbanos y hoy han proliferado tanto que hace falta matar de forma masiva y silenciosa. El exceso protagonizado por diferentes animales hoy urbanos viene del exceso en el cual vivimos y de la mucha basura todavía comestible que generamos.

Las moscas del panal de rica miel de Samaniego que perecen a causa de sus pasiones pecaminosas son humanas y ejemplares, pero poco reales. Las moscas son muy listas y tienen muchos recursos para escapar a nuestros intentos asesinos. Cumplen con su papel en la naturaleza, un  papel poco agradable según el punto de vista humano, claro. Hoy, si nuestros niños jugasen a cazar y descabezar moscas de forma pública -no sabemos qué hacen en secreto- los llevaríamos al psicólogo.

2 comentarios:

antonio dijo...

Yo todavía recuerdo los "Cuentos por telefono" de Rodari.

Júlia dijo...

Antonio, es un libro que hace años hacíamos leer bastante en las escuelas, ha dado mucho 'juego', no sé si hoy continua tan vigente como entonces.

Constaté que había cursos con los que funcionaba muy bien y otros en qué no tanto (lo leíamos en cuarto o quinto de egb).