domingo, 29 de enero de 2012

Aquellos tiempos de la mili obligatoria


Imagen: Jura de bandera en Sant Climent Sescebes, postal (ediciones Alzamora)



Mi hermano, que hizo la mili en Cartagena allá por los años setenta, en infantería de Marina, me comentó que en sus visitas a esta ciudad, ahora ya de turista, añoraba aquel ambientazo de muchachos jóvenes arriba y abajo, haciendo el servicio militar. Los paisajes militares cambiaron con el final de la mili, lo hicieron de forma algo abrupta, primero vinieron los servicios substitutorios, los objetores y de pronto nos encontramos con qué aquella época, tan relevante para los jóvenes de mi época, había terminado de forma definitiva, aunque creo que jamás hay nada en la historia que sea definitivo del todo.

Mi hijo nació en el ochenta y el anterior fue una niña. Recuerdo que comentábamos en broma, cuando nació, que quizá ya no tuviese que ir a la mili, cosa que fue así, aunque tuvo todavía que hacer papeles solicitando prórrogas y objeciones, trampas legales para evitar el tema cosa que, en aquella época, hacían muchos chicos. El servicio social  substitutorio se organizó tarde y mal y consistió en entretener a los jóvenes en onegés diversas, incluso en escuelas o centros sociales, haciendo cualquier cosita útil o que lo pareciese. En algunos casos, pocos, fueron una ayuda interesante, incluso. Era algo parecido, aunque más largo, al servicio social para chicas que nos montaba la inefable Sección Femenina.

Si yo hubiese sido un hombre no sé cómo habría vivido la mili, en aquellos años era todavía una chica muy tímida y acomplejada, bastante cobardica. Sin embargo conozco chicos de carácter parecido al mío que no recuerdan la experiencia con rabia ni con dolor sino con cierta nostalgia e incluso con algo de romanticismo. La mili se vivía de forma muy diferente según dónde y con quién la compartías. A veces, como suele pasar en las escuelas e institutos, eran mucho peor los compañeros que los mandos. 

En internet hay muchas evocaciones de milis diverses. Durante años era la mili la batallita habitual que los señores contaban en sus tertulias familiares, eso los chicos que ya no habían ido a la guerra, que fue una experiencia mucho peor vivida por los hombres jóvenes de la edad de mis padres. La batallita femenina eran los partos, más dolorosos, peligrosos y numerosos en épocas pretéritas. Hoy no hay mili y los partos también han cambiado mucho.

La vida suele ser monótona, en aquella época lo era mucho más, y esas vivencias rompían la rutina. Respecto a los muchachos, era habitual comentar que se hacían hombres durante el servicio militar. Normalmente las bodas, más precoces que en la actualidad, se realizaban después de acabar la mili del novio. Claro que para la mayoría había pocas opciones de estudio y la gente humilde seguía el camino marcado de antemano por unas costumbres que parecían no variar nunca. Los privilegiados universitarios eran minoría y hacían milicias. En una ocasión mi madre comentó a una vecina, que tenía aspiraciones y que pronto dejó mi modesto barrio, que quizá mi hermano y su hijo irían juntos a la mili, pues tenían la misma edad y su apellido empezaba por la misma letra.

-Oh, no -dijo la vecina fanfarrona-. Mis hijos serán de las milicias universitarias...

Huelgan comentarios. Ignoro si el chico llegó a hacer carrera o no. 

En aquella época existían -también- los enchufes, a todos los niveles, cosa que yo creía que con la democracia se acabaría del todo y que era culpa del franquismo, santa inocencia. Con la mili funcionaban bastante bien las recomendaciones aunque en algunas ocasiones era preferible tener conocidos en las bases administrativas que en los altos niveles militares, en los cuales cierto sentido del honor podía hacer tomar a mal aquellos intentos de corrupción cotidiana.

Cuando los chicos se iban a la mili, los conocidos y vecinos les solían montar fiestecitas, las novias lloraban e incluso dejaban en aquel momento que el novio llegase algo más allá de lo conveniente en el tema íntimo. En aquellos tiempos embarazarse fuera del matrimonio estaba muy mal visto y cuando se podía la cosa se solucionaba con una boda prematura, muy mal considerada por todo el mundo, incluso por los sectores más modernos del entorno. Los métodos de control de natalidad eran rudimentarios  o inexistentes.

Más de una vez la familia aprovechaba la jura de bandera para hacer un viajecito, sobre todo si el recluta no estaba muy lejos. Los abuelos de hoy y los padres algo creciditos sobrevivieron a la mili aunque creo que todavía hay historias ocultas sobre accidentes y algún suicidio que se taparon de forma conveniente. Recuerdo una ocasión en la cual un compañero de trabajo de permiso, que hacía la mili en el Pirineo, nos contó, horrorizado, que había presenciado un terrible accidente mortal que había costado la vida a otro soldado a causa de un material defectuoso. Esas cosas no salían en el periódico, empezaron a comentarse con la transición, época en la cual en los cuarteles se añadió el peligro de las drogas, que empezaban a correr como el agua por todas partes.

Las chicas aguantaban noviazgos castos, guardaban más o menos la ausencia a los novios y escribían largas cartas, a veces a diario. Tuve suerte de no tener novio en la mili, me ahorré tanta correspondencia aunque a algún amigo soldado escribí de vez en cuando, cosa habitual. Los chicos tenían vía libre, se suponía que hacerse un hombre incluía experiencia sexual, además cuando empezaron a llegar las turistas suecas los soldados de playa también aprovecharon bastante la ocasión. 


Había milis mucho más peligrosas para los noviazgos que otras, según el destino. Entre mis conocidas existía un temor, no sé si justificado, hacia las chicas gallegas, melosas y dulces, que atraían a los soldaditos solitarios y provocaban finales de noviazgos sólidos. Hubo también muchas bodas serias generadas en aquella época, a partir de amistades hechas en bailes y paseos de zonas militares. 

Una vez, cuando empecé a trabajar de maestra, en una clase de párvulos vino a buscar a su hermano pequeño un chico que hacía la mili. Todos los niños y niñas gritaban, admirados 'un soldado, un soldado'. El uniforme militar tenía un gran prestigio aunque el hispánico de tierra no era precisamente una maravilla de diseño, de confección ni de calidad textil.

Todo pasó como una luz que yo apagué, como dice la canción. Los lugares con soldados ofrecían grandes perspectivas a las chicas que buscábamos novio, recuerdo unas vacaciones en Mallorca bailando con soldados de permiso en la entonces exótica discóteca Barbarella y también a unos soldados con los cuales hicimos amistad en la época de un curso obligatorio para maestras, en Zaragoza, cuando estudiaba. Los organizaba la Sección Femenina, los llamaban de tiempo libre, y en aquel caluroso mes de julio me harté de elaborar bonitos murales con frases de José Antonio, cosa que quizá debería ocultar de mi currículum existencial ya que hoy la gente más joven tiende a hacer lecturas muy maniqueas de todo.

Para ser maestra nacional no jurabas bandera pero firmabas un documento aceptando los principios del movimiento. Tragamos muchos sapos, cierto, no los tragamos a gusto, pero sí con ingenuidad e inocencia, por necesidad de sobrevivir. Además, de joven te parece normal lo que vives, incluso muy divertido. Afortunadamente. 

En la mili se hacían también buenas amistades, muchos compañeros de mili de mi marido vinieron a nuestra boda, nosotros fuimos a la suya y después nos perdimos todos por los caminos del mundo, de forma inevitable. La amistad se consolida con la convivencia diaria, aunque a veces también se estropea, pero es difícil conservarla en la distancia ya que todos cambiamos y si nos volvemos a encontrar nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Nuestro tiempo presente ha extendido sobre todo lo militar la sospecha y hasta cierto distante desprecio. Nada de juguetes bélicos, aunque echemos partidas de parchís o ajedrez, batallas incruentas, o se maten marcianitos en las pantallitas actuales. Quizá algún día no hagan falta ejércitos pero falta mucho para eso y, desgraciadamente, el mundo tiene muchos espacios en guerra, en sus mapas. Los discursos buenistas no ofrecen, de momento, ninguna alternativa a corto plazo y ni que sea para conservar una cierta paz hay que contar con el estamento militar, aunque ahora no nos toque a nosotros sufrir. Quizá, como hicieron los romanos, y como ocurre ya con las fuerzas internacionales, los desheredados, los pobres, aceptarán ir a luchar no importa porqué, por ellos mismos, como se evidenciaba en aquella terrible película de Redford, Leones por corderos. Hoy los ejércitos, además, ya no son sólo cosa de hombres, como el coñac de los anuncios de mi infancia.

La mili, como todas las experiencias vitales, fue personal e individual, cada chico tuvo la suya y la vivió a su manera. En tiempos más analfabetos se aprendía en ella, mejor o peor, a leer y a escribir. Chicos de distintos puntos de la geografía hispánica se conocían allí. Generaba corruptelas y miserias pero también grandezas y generosidades. A los chicos jóvenes de hoy todo aquello les debe parecer un cuento chino, se preguntan sin duda cómo podíamos aguantar determinadas situaciones. Se habla mucho de empatía pero la empatía és un sentimiento muy difícil, casi imposible de conseguir, ponerse en el lugar de otro, en su época, en sus circunstancias... vano empeño. 

De la misma manera hoy no podemos ponernos en el lugar de los jóvenes actuales, con otros problemas y otras aspiraciones pero seguramente con la misma angustia vital o como queramos llamarle a ese sentimiento doloroso de maduración que nos lleva a preguntarnos en algún momento por el sentido de la vida y del mundo, de las milis y de los ejércitos.


Muchos pueblos siguen celebrando una fiesta de los quintos, inspirada en la época de la mili. Hoy la suelen celebrar los jóvenes de ambos sexos que cumplen dieciocho años, son una fiesta más, reconvertida, que tiene sus rituales, a veces algo ruidosos y extraños, un compendio de costumbres ligadas a esos quintos del presente daría mucho que pensar pero no sé si alguien tiene alguna intención de hacer, sobre la cuestión, algún estudio sociológico.


Con mili o sin mili la juventud llega y pasa, sólo una vez en la vida. Se intenta alargarla de forma artificial, se supone que no hace falta ir al campamento militar para hacerse un hombre ni soportar un parto doloroso para ser una mujer. Hace unos días leí en un blog un comentario sobre una carta al periódico en la cual una madre se quejaba de los contenidos literarios de las pruebas de selectividad. También se quejan profesores de la universidad de que en algunas ocasiones los mismos papás y mamás, cual si de la escuela primaria se tratase, van a pedir explicaciones en nombre de sus bebés de veinte años. Cada época tiene sus servidumbres.

10 comentarios:

Eastriver dijo...

Mi hermano también hizo la mili en Cartagena, ya ves... Mi padre no pudo ir por la jura de bandera pero mi madre y yo sí fuimos. Era otra época: era más lioso que ahora sacarse un billete en el tren o en un bus, tomar un hotel, etc, todo era más complicado que ahora. Sólo así puedo entender que atendiéramos a una propaganda que llegó puntual: viaje organizado para ir a la jura, en autocar, media pensión, hotel súper céntrico. Aún no habíamos salido de la Diagonal ya nos informaron que el hotel no sería tan céntrico: nos metieron en uno que estaba a hora y media del submarino peral, jaja. Bueno, son cosas de hace poco más de veinte años pero parecen de otro... collons, iba a decir de otro siglo y lo es, jajaj.

M'has fet riure amb aquesta crònica i les seves consecuències: sí, la mili llavors ens feia homes pel que tu dius... Una altra època. Ah, i aquí en tens un que va sortir... accident de cupo, jaja, va anar de ben poc que no m'hagués tocat un any a Melilla con todos los gastos pagados.

Júlia dijo...

Eastriver, això dels excedents de cupo era una gran sort, també tenies sort si eres curt de vista, peus plans, etc.

El negocio de los autocares era otra historia, un montaje del cual formaban parte muchos 'mandos', por cierto, que 'sucaven', pero había muchas cosas por el estilo, en la escuela cobrábamos tantos por cientos de los libros, de las batas, como se cobraba tan poco de sueldo se permitían cosas muy raritas.

De otro siglo, efectivamente, si es que los siglos pasan que vuelan.

Macarronazo dijo...

pff.. menos mal que yo me libré de esto. Qué tortura, sobre todo si no crees en los militares y su mierda. Agradezco muchísimo la suerte que tuve de no haber nacido 10 años antes.
Buen blog.
Un abrazo.

Júlia dijo...

Pues sí que és una suerte, eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor es sólo un consuelito para los que nos vamos haciendo vejetes.

Lluís Bosch dijo...

A mis 47 años no tengo muchas batallitas que contar, y la mili no está entre ellas. Me declaré objetor y luego insumiso, y me libró de la cárcel en el último segundo el juez de turno: un tal Jiménez Villarejo, al que desde entonces sigo puntualmente su trayectoria.

Júlia dijo...

Tuviste suerte, Lluís, yo aún conocí gente de mi edad en 'batallones de castigo', por suerte eso cambió bastante y hay que reconocer el esfuerzo de pioneros como Pepe Beúnza, hoy poco recordado.

Lluís Bosch dijo...

Pepe Beunza hizo el papel de mito y casi de mártir de la causa insumisa. Por supuesto que lo recordamos bien los que pasamos por todo aquéllo.

Júlia dijo...

A Beúnza no se li ha donat gaire ressò després pel fet que cap partit no el va poder fer seu del tot.

Manuel Sierra dijo...

Enhorabuena por el blog.
A mi no me ha tocado hacer la mili, mi padre la hizo en la marina. Las experiencias que nos cuenta son francamente para escribir una novela o un libro de viajes y aventuras.

Júlia dijo...

Gracias, Manuel, las historias de la mili darían para dramas, comedias, tragedias... Un mundo que se acabó. O quizá no tanto como parece.