lunes, 5 de diciembre de 2016

ESE AZAR QUE NOS MANIPULA

Resultat d'imatges de elecciones en austria


Conozco buena gente que estaba muy preocupada, estos días, por si en Austria llegaba al poder, o a eso que se llama poder, la extrema derecha. No ha sido así, de momento, pero que duda cabe de qué esa extrema derecha que parecía una reliquia, que incluso intentaba no parecer lo que era y hacía extrañas concesiones populares, cada vez resulta más descarada, evidente y atractiva para mucha gente que se ha desengañado de una izquierda obsoleta e inoperante, que se está reinventando sin conseguirlo.

Nos preocupa el futuro europeo, el de la sociedad del bienestar, aunque por muy mal que nos vayan las cosas, de momento nuestra inquietud y nuestras penas tienen poc a ver con las de tantos otros, refugiados, víctimas de las guerra, niños explotados aquí y allí, lejos, sí, pero a pocas horas de avión. La extrema derecha tiene futuro porque incide en nuestra situación individual, uno de los libros más lúcidos sobre el nazismo, Observaciones sobre Hitler, no lo escribió un historiador sino un periodista, Haffner. Hitler llegó al poder porque, de entrada, solucionó o pareció que solucionaba el problema inmediato del pueblo, la pobreza y la falta de perspectivas. Luego todo fue a peor, pero eso suele suceder con los cambios y no tan sólo con los de derechas. El poder tiende a abusar y por eso todavía el sistema tradicional de democracia europea es el menor de los males.

A todo eso le podemos sumar resquicios ancestrales, prejuicios vigentes aunque disimulados o dormidos pero a punto para poder despertar cuando haga falta. Leí y comenté en una web literaria, hace algún tiempo, El lado vacío del corazón, de Erich Hackl. Es uno de esos libros del presente en los cuales se presentan en forma de novela casos basados en testimonios reales. 

El libro incide en muchos temas pero lo que más me inquietó es el hecho de que un nieto de los protagonistas padeció acoso laboral insistente y cruel, en Austria, a causa de una suposición, le creyeron judío. No lo era pero había confiado a un compañero del trabajo la muerte de su abuela en un campo de exterminio nazi. Su abuela, una víctima inocente como tantas otras, fue a parar allí a causa de la militancia comunista de su marido, mientras que el marido consiguió escapar a la persecución e incluso volvió a formar otra familia, con el tiempo. La vida, en ocasiones, es absolutamente injusta. Ese acoso laboral que el libroe nos narra no sucedió en el pasado sino a mediados de los noventa. 

La gente humilde de nuestras barriadas suburbiales convive, de momento en paz, con todo ese gran volumen de immigración de todo el mundo. A veces debemos reflexionar sobre lo que funciona bien y creo que esa situación, de momento, se sortea en nuestro país de forma bastante positiva, gracias a las escuelas públicas y a los buenos sentimientos de mucha gente humilde, incluso aunque se escuchen barbaridades de vez en cuando, de forma inevitable. Las clases medias llevan a sus hijos a colegios dónde los forasteros son minoría privilegiada y aún así a veces incluso presumen de llevarlos a escuelas públicas. La escuela la determina el barrio, más allá de su filiación de pública o privada, sobre la cual cierta izquierda hace a menudo populismo barato.

Sin embargo existen barrios conflictivos y gente conflictiva, que duda cabe. Ya existían cuando no había esa immigración sinó sólo la interior y tan sólo hace falta darse una vuelta por eso que se llamó cine quinqui. El buenismo de eso que todavía insiste en autollamarse izquierda nos recuerda que no debemos ser racistas ni nada de eso, claro, y disfruta organizando encuentros multiculturales muy bonitos. Me ha llegado una propuesta navideña de algunas escuelas públicas sobre el tema de las migraciones, como siempre la cosa va de pintar palomitas y hablar a niños demasiado pequeños de cosas que no pueden entender. Tenemos mala conciencia de vez en cuando y hay que hacer alguna tontería de ese tipo para poder pensar que hacemos algo. Cuando trabajaba en la escuela participé en movidas parecidas a favor de la paz, en contra de la guerra de aquí o de la guerra de allá. Como los sindicatos eran bastante antiamericanos siempre tenían más éxito las propuestas en contra de guerras en las cuales estaban implicados ellos. 

Una tendencia vigente desde los tiempos del pecado original consiste en culparnos a nivel individual de lo que sea y en insistir en qué a nivel individual se puede cambiar todo. Incluso nuestra salud depende, en teoría, de nuestras opciones personales. La realidad es tozuda y nos demuestra que todo se nos escapa como agua en un cesto, en nuestra vida personal y en la colectiva. No hay dioses que muevan el mundo a su antojo, ni siquiera los grandes grupos de poder pueden con todo. En el transcurso de la historia han sucedido cosas absolutamente imprevisibles. Cuatro días antes del estallido de la primera guerra mundial se escribían artículos de expertos insistiendo en qué tal como iba el comercio y la economía era imposible un disparate como aquel. Incluso en nuestro país nadie creyó antes de que la guerra civil fuese a durar tres largos años, con el añadido de los cuarenta más de franquismo. Por eso es tan habitual jugar con fuego.

La vida es demasiado corta para tener una perspectiva real del mundo y de la gente y después los libros de historia interpretan los hechos según ideologías del presente e intereses diversos. Cuando las cosas van bien es muy humano sentirse orgulloso. Todavía hay quién me insiste en tonterías como eso de qué los hijos salen como salen a causa del peso familiar. En mis largos años en la escuela he visto de todo, familias horribles, crueles o ignorantes con hijos estupendos y buena gente con mala suerte, hijos con mal carácter o que han tirado por el mal camino. Cuando las cosas van mal la culpa es externa, tus padres no te ayudaron, tuviste malos maestros, el gobierno era facha. 

Sin duda todo pesa en nuestra vida pero un montón de cosas dependen del azar, del momento, de la casualidad. No somos para nada, o muy poco, dueños de nuestro destino. Puedo cuidarme mucho la salud, salir a la calle, darme un mal golpe y quedarme tetraplégica, por ejemplo. Ante eso existe otro tipo de reacción colectiva destinada a vendernos el espejismo de la superación, aunque tengas problemas graves o noventa años puedes hacer deporte, estudiar, o practicar sexo, que para eso se genera una industria oportunista que nos vende vitaminas, lubricantes e implantes dentales.

En su poema más famoso Gil de Biedma, un personaje a mi entender sobrevalorado en muchos aspectos, dice aquello tan repetido de que la vida pasa, la verdad asoma y envejecer y morir es el único argumento de la obra. Claro que unos envejecen y mueren en la miseria y otros en la abundancia y en un buen hospital o residencia y no es lo mismo. A nivel colectivo los países felices y con suerte, puede ser que gracias a una determinada situación geografica, se sienten orgullosos de su nivel de vida, claro, parece que ese mérito colectivo se puede trasladar a un nivel individual, se lo han ganado. Con esa idea se acuñó esa frase de qué los países tienen el gobierno que merecen. Eso sería cómo decir que tuvimos la familia que merecíamos, los hijos que merecíamos, pero no es así y creerlo nos ahoga en una especie de culpa, de inquietante pecado original y acabamos por cargar con ese peso absurdo.

Claro que tenemos responsabilidades pero también cuenta en nosotros el azar genético, el azar circunstancial. Un actor, un escritor, un cantante, un loquesea, tienen éxito si están en el momento oportuno en el lugar adecuado, si por casualidad conocen a gente que los puede promocionar, pero el éxito y el fracaso estàn magnificados y queda muy bien aquello de qué lucharon mucho para conseguir nosequé. No desprecio el esfuerzo personal pero no hay que poner en él excesivas expectativas, hay personas que han luchado mucho y han conseguido poco o nada y gente que ha nacido con suerte, con la flor al cul, como decían en mi casa, en catalán.  

A nadie, al nacer, le preguntan dónde quiere hacerlo, qué lengua quiere hablar, en qué familia quiere caer. Por eso sentirse orgullosos de una familia, de un país, de una lengua, de un pueblecito, no tiene mucho mérito y tampoco tiene sentido. Sin embargo, resulta inevitable contar con esos lazos afectivos y sentirnos implicados en ese contexto próximo, que a veces se hace extensivo a algo más. Pero esos afectos llevados al límite nos pueden convertir incluso en fascistas, cuando lo nuestro olvida lo suyo. Fascistas subliminales, claro. Tampoco todos los fascistas subliminales son iguales, los hay que lúcidamente son conscientes de ese fondo no deseado e intentan que no aflore de ninguna manera, movido por propagandas brillantes y atractivas. 

Las soluciones serias a los problemas del mundo no existen, aunque tengo la sensación, quizás subjectiva, de que a trancas y barrancas algo hemos avanzado, al menos en teoría. O quizás es que estoy en mi casa, calentita, con la estufa al lado, convencionalmente feliz y no quiero pensar demasiado en problemas para los cuales no tengo solución, en tanta gente que ahora mismo, sin comerlo ni beberlo, anda por esos caminos del planeta buscando amparo y refugio, con sus niños a cuestas, sin perspectiva ni futuro. Un personaje del pasado lúcido, brillante, algo cínico y poco conocido en profundidad, Santiago Rusiñol, escribió que para salvar a un amigo nos importaría poco que muriesen un montón de chinos desconocidos. Lo mismo le pasaría a un chino con su amigo, respecto a nosotros. Somos humanos y en eso reside nuestra grandeza, nuestra miseria y nuestra fragilidad.