lunes, 28 de noviembre de 2016

EL CINE QUE ENVEJECE CON NOSOTROS

Resultat d'imatges de pialat nous ne vieillirons pas ensemble

La Filmoteca de Barcelona dedica un ciclo a Maurice Pialat, un director hoy algo olvidado. Pialat fue también guionista y actor. Sólo he podido ver, hasta ahora, Nous ne vieillirons pas ensemble. Fue esta la seguna pel·lícula de un director original, con una obra diversa y personal que en la actualidad es poco recordada, con alguna excepción. En esta película trabajó con dos actores entonces bastante conocidos, Madeleine Jobert y Jean Yanne. Yanne fue un hombre extraño, polifacético, genial, murio en 2003 dejando según parece a su última pareja con un niño pequeño y pocos recursos econòmicos. Madeleine Jobert continua en activo, es también escritora de libros infantiles y poeta.

A la película que menciono, del año 1972, con un título casi poético y que, según contó el director en otros tiempos tenía elementos autobiográficos, le han pasado los años en muchos aspectos, no tanto en los artísticos sino en aspectos costumbristas, como el trato dado al personaje femenino. El protagonista, casado y distanciado, aunque convive con su esposa, tiene desde hace años una amante joven a la cual maltrata psicológimente y también, de forma puntual, físicamente. Ella lo aguanta todo sin chistar, se va y regresa, él hombre incluso la echa, literalmente, de su lado, y luego la busca de forma insistente. Hasta que los papeles se intercanvian y es él quién está dispuesto a cambiar y a casarse cuando ella lo rechaza y se casa con otro. 

Ese hombre, no demasiado trabajador, cineasta rudo, tiene, sin embargo, tintes de ternura potenciados por un buen trabajo de actores. Pero estamos en el siglo XXI y tratar así a las chicas parece ya prehistórico. Viendo esas películas que fueron de culto, muy modernas en su época, se percibe con perspectiva como el tema de la mujer ha evolucionado en un espacio relativamente corto de tiempo. Tampoco el matrimonio es ya algo deseado de forma general ni quiere decir casi nada. 

En el trato dado a las mujeres se podría incluir el trato dado a las actrices, sobre todo a las actrices jóvenes. Estos días han salido a la luz en algunos medios unas declaraciones de Bertolucci sobre como trataron él y el inefable Brando a Maria Schneider, entonces una joven de diecinueve años, en el rodaje de El último tango en París. Schneider tuvo una vida complicada, aunque siguio trabajando, más o menos, murió de cáncer en 2011. La leyenda sobre la actriz insiste en el abandono de su padre, el actor Daniel Gelin, y en el trauma que representó aquello de la mantequilla, que tantos furores cinéfilos despertó en España, completados con excursiones a Francia para poder ver la película, una película absolutamente triste, como la mayoría de las de Bertolucci, un director que me pareció siempre bastante sobrevalorado.

Sin embargo muchas actrices jovencitas con infancias difíciles superaron esas cosas, Sandrine Bonnaire fue prácticamente descubierta por Pialat cuando era una adolescente e interpretó a un personaje excesivo para su edad en A nos amours. También tuvo una infancia triste y ha sufrido problemas serios, como una agresion en la cual le rompieron la mandíbula, poco explicada. Sin embargo ha llevado, más o menos, una vida convencional. Hay cierta afición a la mitología de los juguetes rotos, de los niños y adolescentes explotados en el cine, aunque a menudo se les ha explotado y se les explota, también, fuera del cine. La televisión ha ofrecido estos días un ciclo de lo que se ha venido en llamar cine quinqui, y en esas películas surgen muchos rostros desparecidos en aquellos años de la droga mitificada, mitificada incluso en canciones de esas movidas que hoy parecen tan chulas. 

Andrea Albani/ Eulàlia Espinet fue, por ejemplo, una chica normal de una familia normal de mi barrio. Hizo algo en el cine, no tenía formación pero sí instinto, sin embargo no  acertó, intervinó en películas casi porno, sufrió los efectos de la droga en aquellos ochenta tan peligrosos y murió en 1994, con trenta y cuatro años, posiblement a causa del SIDA. De joven tienes poca experiencia y a veces mucha vanidad y ganas de experimentar, hay quién supera esos incendios y sobrevive y quién no. Y también hay quién se aprovecha de esos jóvenes, no siempre son chicas, también adultos del sector se aprovecharon de chicos adolescentes y muy jóvenes. Hoy, al menos, existen más oportunidades de formación para los futuros actores, todo ha cambiado bastante.

La protagonista de Nous ne vieillirons pas ensemble, aunque sea una especie de víctima, también acaba por irritar ante su incapacidad para hacer nada positivo, más allá de contar con una pareja que la mantenga. El hombre se lo echa en cara en una ocasión, de forma brutal, pero ella parece no reaccionar. Muchos papeles femeninos de hace años, quizás también en la actualidad, aunque menos, responden a fantasías eróticas masculinas, me temo. De aquel cine francés, que hoy parece casi eróticamente inocentón, nos llegaba poca cosa, a causa de una censura rancia y absurda que comenzaba a hacer aguas en 1972. 

Marlon Brando me parece hoy peor actor de lo que creía, bastante histriónico, aunque me temo que su extraña biografía cuenta bastante en esa valoración presentista. También tuvo una infancia complicada pero con eso no podemos justificarlo todo. Es extraño como el tiempo cambia nuestra percepción de casi todo, gracias al cine podemos recordar, con imagénes en movimiento, un pasado que tan sólo con la escritura no podríamos recuperar.