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domingo, 9 de febrero de 2014

PRINCESAS EN DECADENCIA Y REYES VIEJOS


Se la llamó la infanta catalana, con su prima iban a estudiar mi lengua a una institución con mucho prestigio en la cual, en el pasado, nadie tenía ninguna simpatía por realezas pero que babeaba al ver la categoría de tal alumnado inesperado. Su boda fue bonita y barcelonesa. No entiendo de qué manera la monarquía hispánica ha conseguido dilapidar el patrimonio populista que había conseguido. Se necesita ser poco profesional para hacer las cosas tan mal ya que los reyes y las princesas de nuestro tiempo no sólo tienen que ser honrados, si puede ser, sinó que deben parecerlo en todo momento.

Hace unos días, por facebook, bromee con una amiga llamándola reina de su tierra, una comarca catalana, y me contestó con ironía que no quería ser reina de nada. Las reinas y las princesas están en horas bajas, llegará a ser políticamente incorrecto llamar a alguien reyecito, reina mía, princesita querida? Puede que sí, cosas más raras he visto y escuchado.

Sin embargo las niñas pequeñas, en carnaval, seguirán queriendo ponerse, muchas de ellas, vestidos de princesita, eso no creo que cambie. En las bodas actuales, incluso en las civiles, parece que existe desde hace algún tiempo un extraño afán en princesearse. Hubo años en los cuales comuniones y bodas se volvieron algo hippies, la gente se casaba en tejanos, incluso. Ahora he visto hasta extrañas pamelas en bodas de gente de clase media tirando a bajo. Vanidad de vanidades.

Hemos visto como la princesa consorte, que había sido periodista, se transformaba en una especie de barbie muda y todavía hay gente que comenta qué elegante es y todo eso, aunque perdió nariz y personalidad en ese proceso de abducción progresiva y protocolaria. No sé cómo irá todo en el futuro. Hace años, muchos, en un programa de la BBC que, todo hay de decirlo, se pasó en España a horas intempestivas, nuestro rey cazador, entonces joven y simpático, prometedor y demócrata, aseguraba que en el futuro habría que ver si el pueblo seguía aceptándolo o no, se suponía que a través de alguna consulta.

Cómo ha cambiado todo. La Constitución parece intocable, la monarquía, lo mismo. Nada puede cambiar, según los que mandan, si no es que ellos mismos lo deciden por propia conveniencia. Prefiero no escuchar radios ni teles de esas de la caverna para no consolidar mi independentismo tibio e incipiente, inseguro todavía. Sabemos mas bien lo que  no queremos que lo que queremos que no era eso sinó todo lo contrario. La crisis nos ha enfrentado con nuestra propia imagen, reflejada en un espejo que nos distorsiona el rostro. O quizás es que somos así. 

Incluso los reyes de antaño, con el aumento de la cultura, se nos vuelven tontos, limitados, violentos, débiles. Sissí era una chiflada elitista y María Antonieta sólo fue una reina seria ante el cadalso. Me viene a la memoria un cuento en catalán sobre un rey borrachín que se hace traer vino de todas partes y promete la mano de su hija, la princesa, a quién le traiga el mejor. De tanto beber se muere y la princesa se casa con un trovador. El cuento, en su primera versión debió parecer demasiado atrevido y con el tiempo se hizo una versión en la cual el rey acaba por volverse abstemio y beber agua. No sé si embotellada o del grifo.

En aquel cuento de la muela y los pasteles, tan divertido, el campesino llega a la ciudad para ver si el rey es más que hombre y su primera decepción es comprobar que es un hombre normal. El hábito no hace al monje pero... a veces es tan bonito! Cuando éramos unas niñas ignorantes encontrábanos guapo a Constantino de Grecia, el que flirteó con los coroneles y tuvo que irse con la música a otra parte, e incluso una compañera de cole me decía que se casaría con Carlos de Inglaterra y así aquel país se convertiría a la verdadera religión, la católica, claro... Santa inocencia perdida!!!



sábado, 6 de abril de 2013

REYES, REINAS, PRINCESAS Y PRÍNCIPES






Un rústico, deseoso de ver al rey, pensando que era más que hombre, despidióse de su amo pidiéndole su soldada. Yendo a la corte, con el largo camino, acabáronsele las blanquillas. Allegado a la corte y visto el rey, viendo que era hombre como él, dijo:
- ¡Oh, que por ver a un hombre he gastado todo lo que tenía, que no me queda sino medio real en mi poder! (...)
( Fragmento inicial de 'La muela y los pasteles', cuento popular recogido por Juan de Timoneda (S XVI) en su libro 'Sobremesa y alivio de caminantes')


A perro flaco todo son pulgas. La monarquía hispánica actual todavía no es un perro flaco pero va en camino de serlo. Jamás he sido monárquica aunque creo que ese tema no es determinante en un país, como puede verse por esos mundos de Europa. Hay repúblicas lamentables y monarquías que no pasan de decorativas y folklóricas, sirven de señal de identidad y todo eso aunque me atrevería a decir que en el presente incluso esas monarquías simpáticas parecen ya flores de otro mundo.

Vivir sorprende. Ves cambios de camisa, de opinión. Mis dudas sobre lo que se cuenta en los manuales de historia y la certeza de que todo es mentira vienen justificadas por el hecho de qué incluso la propia historia familiar nos llega a través de opiniones divergentes. Tengo, por ejemplo, una amiga a quién en su primera juventud abandonó un noviete del cual estaba muy enamorada. Absolutamente convencida me cuenta, a veces, que ella rompió aquella relación porquè vio que no funcionaba. Nos reinventamos incluso a nivel individual, es casi una necesidad esa reinvención. Lo que pasa es que hay cambios de opinión más peligrosos que otros.

Mis padres y su generación vivieron los desastres de la guerra pero creo que lo peor no fue la muerte, el peligro, sinó la constatación por parte de las buenas gentes de la miseria humana, de la crueldad, de la sinrazón y de los cambios de chaqueta oportunistas. Nosotros, aquellos que éramos jovencitos en los sesenta, hemos visto también esas transformaciones aunque en un contexto menos trágico y sangriento. No por ello, claro, menos doloroso, aunque se trata de dolor psicológico y yo siempre he afirmado que preferiría el maltrato psicológico al físico, la verdad, aunque suene muy poco fino.

Se hablaba horrores del príncipe aspirante cuando éste era mudo y silencioso, una sombra al lado de Franco. En los cursillos de maestros progres de mis tiempos corrían aleluyas y chistes crueles en las cuales se le ridiculizaba, le caían los mocos, no sabía hablar. Una profesora de aquellas de la sección femenina con cierto barniz de modernidad y bastante inteligente,  nos aseguró, con motivo del referéndum de 1966, que Juan Carlos era mediocre pero que lo sabía, cosa que resultaba meritoria y que, por lo tanto, se rodearía cuando llegase la ocasión de buenos consejeros. Creo que, a su manera, tenía mucha razón.

Llegó la transición y fue como fue y quizás no podía ir de otro modo. También llegaron los ochenta y la gente que pudo se dedicó a hacer dinero. Entre unas cosas y las otras el rey y su familia cayeron bien a la mayoría de la gente pues en España se valora mucho el talante y la campechanía. Claro que la familia real anterior, doña Carmen, los Villaverde, todo aquel conjunto extraño de personajes eran bastante impresentables y, además, poco simpáticos. A menudo he imaginado, haciendo política ficción, en cómo habría sido todo si aquella familia Franco hubiese tenido cierto carisma, si la señora Polo, sin llegar a ser Eva Perón, hubiese sido algo más campechana. No quiero ni pensarlo. 

Por tener tuvimos incluso infanta catalana que estudió catalán en la institución a través de la cual se había ridiculizado tanto a su real papá. Los políticos de todos los signos, republicanos incluídos, babeaban con el tema y aunque se dijese que el rey era un Tenorio, cosa que entonces se decía en voz baja y no se publicaba, bueno, al fin y al cabo, no hace falta ser rey para eso, también a los políticos no reales de los países más democráticos les ríen las gracias amorosas extramatrimoniales. La legitimidad monárquica, además, siempre ha sido controvertida, ya lo fue la restauración y Isabel II manifestó a su hijo Alfonso XII que lo único borbónico lo tenía a través de ella. Isabel II, acabó exiliada, como Alfonso XIII y el padre de don Juan Carlos no llegó a reinar, como es sabido. La restauración fue un pacto para evitar males mayores, como lo fue la transición. Esos pactos se agotan si no se modernizan y reconsideran cuando hace falta. 

Cómo una es inocente por naturaleza siempre pensé que después de unos años la monarquía se sometería a algún tipo de votación popular. Por cierto, los referéndums eran vistos en épocas pasadas como malos y hoy se consideran buenos. Recuerdo una entrevista muy campechana que dio el rey cuando era joven a una tele extranjera, no sé si inglesa, en la cual insistía en qué con los años se vería el tema y que el pueblo español decidiría su continuidad. Claro que aquella entrevista se emitió en España a horas intempestivas, eso ya debiera haberme hecho sospechar sobre sus virtudes.

Hoy la familia real se ha visto envuelta en un montón de tonterías y en cosas más serias relacionadas con dinero. Eso es lo peor, el dinero. La familia real no sólo debía ser honrada, debía parecerlo. Incluso a veces es más necesario parecerlo que serlo. He oído a a gente manifestar que había votado a determinado político porque parecía buena persona o que había votado a otro porque inspiraba confianza a simple vista. Una vecina de mi madre odiaba a Zapatero porque tenía cara de demonio. Esas absurdas razones nos mueven a veces, incluso el físico cuenta. O el carisma, importantísimo.

Volviendo al desprestigio de la familia real, ha venido convenientemente orquestado, en el momento oportuno y oportunista, por sectores todavía más inquietantes que los monárquicos, sectores aznaristas según cuentan. Es muy posible puesto que cadenas de tele de esas de derechas, tan casposas, se meten mucho con los escándalos principescos. De Guatemala a Guatepeor. 

Me lo creo todo y no me creo nada. Me extraña que con los antecedentes de los últimos siglos el comportamiento de la monarquía y su entorno esté siendo tan miope, tan rancio. También me extraña que gente que hace cuatro días te comentaba lo elegante que estaba Leticia en nosédónde o lo simpático que era el monarca esquiando por ahí como cualquier hijo de vecino hoy se haya vuelto un guillotinador de reyes, al menos de boquilla.

El problema del país no es la monarquía. O no es sólo eso. En los años treinta se creia de buena fe que con la república se arreglaria todo, todo, todo. Hoy, en Catalunya, también hay quién cree que con la independencia se arreglaría todo, todo, todo. Un independentista irrevocable y militante sincero de un partido algo monolítico quería disipar hace algún tiempo mis dudas sobre la cuestión. Yo insistía en qué antes de decidirme por la secesión, en caso de qué fuese viable, quería saber como se organizaría ese supuesto estado perfecto y flamante. Él me decía, convencido, que primero debíamos tener el piso y después ya veríamos cómo lo amueblábamos. Pues bien, yo pienso justo al contrario. No me compraría un piso a ciegas en ningún caso. Aunque mi alquiler sea caro e injusto, quizá soy conservadora, lo admito, pero prefiero seguir cómo estoy hasta que no tenga encima de la mesa los planos de mi nuevo hogar y un informe sobre posibles aluminosis.

Las cosas no son tan sencillas, hemos de cambiar desde abajo, las corruptelas se han convertido en el pan nuestro de cada día pero ese pan está también en la mesa del pobre. Hay enchufes en todas partes, pequeños privilegios, las universidades, los sindicatos, en cualquier sitio los poderes tienden a enquistarse, incluso en las comunidades de vecinos. Si puedo colocar a mi hijo no voy a colocar a otro. Si puedo no pagar lo que sea, qué bien, además presumo de mi inteligencia defraudadora. Si mi tío cirujano me cuela en las listas del seguro, suerte que tengo, que se fastidien los que no tienen conocidos.

En esta juerga constante sobre la monarquía incluso un primo de doña Letizia ha aireado temes personales y familiares. Cada día sale algo y, además, se vende bien. Ay, la familia. Cuesta mucho controlarla y por la familia se cometen debilidades diversas, a los hijos se les perdona todo. A los padres, no tanto. En el fondo los de arriba, reyes y políticos, son un espejo aumentado de los pecados veniales de los de abajo. Si no se tiene esto un poco claro, malament, no anem bé. Lo de la monarquía se puede aplicar también a la iglesia, parece que es el único sitio dónde existen pederastas, por ejemplo. Pero sale un papa campechano, argentino por más señas y ya vemos el cielo abierto. Vivir para ver.

Y claro, además ahora nos permiten reirnos de todo o de casi todo, cosa que explica que un montaje infumable, de mal gusto y lleno de tópicos como eso de La familia irreal tenga tanto éxito en Barcelona. Estoy harta de qué me pregunten si todavía no he ido a verlo, la verdad. Si de verdad fuésemos antimonárquicos incluso ese engendro cariacturesco se boicotearía. 

Y uno de los aspectos humanos que me producen más inquietud es comprobar cómo, aunque sea de forma temporal, todavía tendemos a creer de buena fe que el rey -o el papa, el político, el actor de cine, el héroe patriótico, el cantante de moda, el entrenador del Barça o el presentado de televisión- es más que hombre. O que mujer. Aunque también anima el comprobar como a menudo, después del desengaño, como el rústico con hambre y dolor de muelas, tenemos recursos de picaresca suficientes como para sobrevivir al disgusto.

lunes, 16 de abril de 2012

Cazadores mediáticos



Es lamentable de que triste manera se está reconvirtiendo en patética una monarquía que durante los primeros años de la transición fue también reconvertida, no sé si por méritos propios o por una muy bien orquestada operación de imagen, en algo moderno, posible y avanzado.

Me molesta escribir sobre el tema, casi debo hacer un esfuerzo personal, porque si patético me parece todo eso todavía me lo parecen más los miles de chistes facilones y groseros sobre yernos reales, principitos accidentados y reyes grotescos cazando elefantes que viajan por internet. También me he encontrado, por ejemplo, parrafadas en favor de los animales absolutamente pasadas de rosca. Hay en todo esto, como en casi todo, toneladas de hipocresía, la verdad.

De según qué animales, claro, pues a nadie le parece mal matar moscas y mosquitos, incluso molestos ratones o castrar a nuestros amigos domésticos, gatos o perros, de forma, eso sí, indolora. Más allá de los elefantes, nuestra relación con nuestros hermanos animales todavía requiere de debates un poco serios, la verdad. Los circos tienen graves restricciones para mostrar animales domesticados pero los delfines siguen haciendo acrobacias en los zoológicos. 

Hace años, en un Patufet, encontré un poema muy interesante, siento no poder recordar de qué autor, una especie de fábula, sobre un cazador de elefantes que va a visitar al médico y presume ante él de su caza mayor, su arrojo y su valentía. El médico, después de examinarlo y escucharlo, le dice que si bien caza animales enormes uno de los más pequeños va acabar con su vida, pues lo ha picado un mosquito que le ha transmitido una enfermedad mortal.

Me molesta que la excusa para hablar o debatir sobre una república tanto tiempo olvidada sea el elefante cazado, la verdad. Vivir para ver. Asistí de jovencita a campañas en contra del entonces príncipe heredero de un régimen extraño y camaleónico, en una escuela de verano, de maestros, corrían por todas partes cartelones y aleluyas con versos bastante malos, pero eficaces, criticando al heredero y caricaturas del hoy rey, cayéndole los mocos, cosas así.

La misma institución progre que organizaba aquella escola d'estiu acogió años después, con servilismo devoto, a la infanta catalana y a su prima, que iban a hacer cursillos de catalán allí. Escuché emocionados relatos de personas muy de izquierdas ante la asistencia de las simpáticas princesas, en plan una más, a aquellos cursillos. Vi a gente impredecible, mayor, llorar cuando, en su primer discurso en Catalunya, ya coronado, el rey dijo cuatro cosas en catalán. Somos así de inocentones, de susceptibles al pensamiento gregario, a la propaganda, a los tópicos, al magnetismo inevitable del poder y de los oropeles. 

Con el tiempo todo ha vuelto a cambiar. En las actuales condenas a la monarquía se mezclan muchas cosas que alejan un debate serio, posibilista, razonado. Sin embargo a veces la anécdota es mucho más peligrosa que la realidad y la leyenda más real que la evidencia. Durante décadas dijeron y escribieron que María Antonieta había dejado ir aquello tan feo de si no tienen pan que coman tortas, cuando resulta que jamás dijo tal cosa.

Vi y escuché a muchos que ahora echan gasolina al fuego hacer parabienes a la aristocracia recuperada. Algunos concejales o alcaldes de nuestros tiempos, de nuestros pueblos, de extracción bastante humilde, han sufrido una transformación absolutamente aristocratizante cuando han tenido algunos gramos de poder. 

La campechanía de la familia real de otros tiempos se comparaba con la tirantez distante y antipática de la saga Franco. No quiero ni pensar qué diferentes hubiesen sido las cosas sí, por ejemplo, doña Carmen Collares hubiese sido, por casualidad, una dama simpática, afable y carismática, con collares o sin ellos. 

Hay quien todavía cree en aquello de muerto el perro, muerta la rabia, y se está extendiendo un estado de opinión que pone en el centro del huracán y de las críticas a la familia real, cuando por ahí hay muchos más responsables, en la sombra o en la penumbra, de nuestros males patrios, muchos reyezuelos de poca monta muy respetados y protegidos. ¿Dónde está el señor Millet y su dinero? Por poner un ejemplo. 

No le quito responsabilidad a actuaciones irresponsables, como esas cacerías reales, tan absurdas y anacrónicas. Sin embargo me gustaría sentirme parte de una sociedad dónde las cosas serias se debatiesen siempre, más allá del pretexto de las fantochadas monárquicas y mediáticas, de forma profunda y responsable. Siempre me he preguntado por qué no se ha hablado de la república legal hasta hace, como quien dice, cuatro días y todavía muy poco. Tanto hablar de educación, de escuela, y nadie se ha molestado ni tan siquiera en intentar un retorno a aquellos planes profesionales republicanos para la formación de los maestros, evidentemente, con sus adaptaciones pertinentes al presente. Por ejemplo.

Hay más debate en Catalunya actualmente -aunque sea un debate a menudo bastante folklórico- sobre autodeterminación que sobre valores republicanos. Nos hemos acomodado a todo hasta que ha llegado la crisis. Los de arriba se van a cazar elefantes y los del medio o de abajo se van donde pueden, la mayoría, o justifican rabias inútiles y estériles que no hacen nada más que provocar daños colaterales.

A perro -o elefante- caído, todo son pulgas.

martes, 3 de enero de 2012

El discreto encanto de las monarquías


Recuerdo que hace mucho años, en un debate cuando estudiaba magisterio, en las clases de política, una dama de la inefable sección femenina, pero inteligente y dialogante a pesar de su filiación, y con motivo de las votaciones del Referéndum de 1966, nos comentó que España seguía siendo, de hecho, una monarquía. Sobre Juan Carlos nos dijo algo que he recordado en más de una ocasión: es una persona mediocre, pero lo sabe, en el sentido que sabría rodearse de personas adecuadas, si hacía al caso.

Ya en los setenta asistí a menudo a Escoles d'Estiu donde se percibía una efervescencia política en alza. Los sesenta no nos trajeron muchas reformas políticas aunque sí un cierto bienestar econòmico, sobre todo en comparación con los años anteriores. También se iniciaba cierta reforma educativa que nunca acabó de terminar ni de realizarse según lo proyectado, como suele pasar con casi todo en nuestro país, nación, estado, o como quiera llamarle cada cual. Cuando las cosas educativas no van bien, en lugar de mejorar lo que hay, se hace una nueva reforma con lo cual se da trabajo a la gente que elabora planes y todo eso.

En aquellos encuentros de estudiantes, maestros y maestras y en otras reuniones diversas  dedicadas a mentalizar a la gente sobre la democracia a punto de conseguir, según parecía gracias a la lucha del pueblo, aunque para ello tuvo que morir aquel señor de muerte natural, era habitual que corriesen pasquines, auques, chistes gráficos y caricaturas que mostraban un príncipe Juan Carlos ridículo, a la sombra del poder franquista. 

Los chistes clandestinos de la época lo presentaban casi como a un deficiente, con mocos en la nariz, muchos de aquellos chistes se reconvirtieron después en los chistes sobre Morán, supongo que la gente de mi edad recordará la colección. Habría que estudiar el motivo por el cual en un momento determinado se genera, por ejemplo, toda una colección de chistes racistas, machistas o sobre alguien en concreto.

Después vino la transición y nunca hubiese imaginado que tanto progre y tanto político de izquierda radical acabase aceptando una monarquía y una transición como aquella. De pronto Juan Carlos, ya que no su padre, heredero legítimo de la corona, era simpático, campechano, agradable y dialogante y su esposa discreta, inteligente y muchas cosas más. La monarquía parecía ser lo posible y como la política es la ciencia, dicen, de lo posible, tuvimos monarquía. Los recalcitrantes comparaban esa hermosa y moderna familia con Carmen Polo y los estirados Villaverde. Todo mejoraba. Incluso cuando llegó al poder Felipe González se comentó que tenía bastante más feeling com el rey que sus antecesores más de derechas.

Se habló más adelante de memoria histórica pero se olvidó de forma intencionada que no volvía la República y que parecía aquel un breve sueño enterrado. Incluso el único partido con nombre republicano, Esquerra republicana, se adaptó al carro convencional. Durante años todo cambió, Juan Carlos vino a Catalunya y dijo cuatro cosas en catalán generando devociones intensas. 

Actualmente han proliferado los novelones televisivos en capítulos sobre aquella época republicana, sobre la guerra civil, así como las novelas y películas supuestamente más serias, a menudo cuentos chinos edulcorados, de buenos y malos, como antes, pero al revés. La realidad es complicada, dura y no gusta a nadie. Alguien dijo que no había una derrota que una página de libro de historia no pudiese arreglar y así se forjan las mitologías heroicas, a base de libros de historia, de novelas, de seriales.

Los programas humorísticos empezaron a meterse con todo excepto con la monarquía. Con el 23f, un tema todavía no aclarado del todo, la monarquía se consolidó. Hoy existen muchas dudas sobre todo aquello y sobre sus protagonistas, tanto reales como laicos. Las princesas crecieron, incluso a una la llamaron la infanta catalana porque se vino a vivir a Barcelona y con su prima asistía a cursos de catalán en la misma institución que organizaba aquellas Escoles d'Estiu en las cuales su padre era escarnecido de forma grosera en pasquines diversos y que ahora presumía de tenerla como alumna. 

Mucha gente presumía de conocerla, de tener noticias sobre sus amores con un guapo deportista. Además, para colmo, se casó en Barcelona, en esa Catedral del Mar literaturizada de forma bestsellera. Los castellers, reinvento exitoso de la tradición, la homenajearon y hoy se meten con ellos por ese motivo y se hacen listas de los que estaban o no estaban allí montando triunfales torres humanas festivas en el acontecimiento. Muchas personas fueron a badar emocionadas y los invitados conformaban un conjunto variopinto de gente importante de ideas diversas. 

Hace algunos años el príncipe Felipe -nombre monárquico por excelencia, además de ser el del príncipe de la Bella Durmiente de Walt Disney- sobre cuya soltería corrían muchos rumores mal intencionados se casó, pero no con una joven ingenua sin experiencia sino con una bella periodista con pasado. Bueno, los noruegos dejaron casar al suyo con una madre soltera de pasado mucho más turbio, el mundo ha cambiado y parece que después de todo el ruido que se montó con Lady Di ya no estamos para conservar la sangre azul tan azul como antes. Hoy las chicas buenas van al cielo pero las malas van a todas partes, según dicen.

La boda del heredero y su elección generó mucho papel couché. La chica pasó de ser una periodista activa a ser una barbie con nariz operada, eso sí, muy elegante y flaca, a la moda de hoy. Personas que conozco y tengo por profundas me comentaban sus atuendos y es que no dejo de sorprenderme del gancho que la frivolidad elegante tiene para todos nosotros. Antes de esa boda hubo rumores sobre los amores extra matrimoniales del monarca, más o menos conocidos pero nunca publicitados, al menos en España, aunque revistas francesas, por ejemplo, daban muchos más datos sobre alguna de esas relaciones. Esas cosas siempre tienen su morbo, además tan pronto sirven para dar color a las figuras públicas como para criticarlas por promiscuas, según cuando, quién y dónde.

De pronto, todo empezó a cambiar. Los reyes volvieron a salir en chistes y programas humorísticos y supongo que se decidió que era mejor aguantar que no fomentar protestas a favor de la libertad de expresión que hiciesen creer que había excepciones y controles excesivos. Para colmo, el marido de la infanta catalana resulta que era sospechoso de corrupción como tanta gente del país, Catalunya incluída. Personalmente siento mucha más inquietud por el caso Millet que por el caso Urdangarín, por proximidad y sentimentalismo. Parece que es un país donde resulta relativamente fácil corromperse y hacer dinero de forma extraña. La gente ya no se acuerda del señor Roldán, del hermano del señor Guerra. En esos temas siempre se es más indulgente con los progres que con los otros.  Llevamos días y días con el tema  de ese yerno con cara de buen chico que salió rana, por cierto ligado a negocios valencianos, mallorquines, dels Països Catalans, vaya. 

Ahora mismo, en otro blog, he podido ver algunos de los sueldazos de los diputados. Hoy se habla constantemente de los gastos monárquicos pero considerándolos en el contexto general tampoco son tan exagerados. Además hay monarquías y presidencias de gobierno mucho más caras, pero el tema siempre vende y escandaliza. ¿Sirve para algo una monarquía, hoy? Parece una cosa anacrónica, cierto, pero ya lo parecía hace años y nadie o casi nadie piaba, antes al contrario. Un yerno de rey corrupto es como un cura pederasta, su pecado escandaliza más por el contexto, por la situación, que por el hecho en sí. Es peor que un crimen, es un error, le dijeron a Napoleón cuando condenó a Enghien. Los errores siempre son peores que los crímenes, por desgracia.

A la corrupción nos hemos acostumbrado pero tendremos que admitir que, por desgracia, funciona a todos los niveles de la sociedad y no son pocos los que piensa que harían lo mismo si pudiesen o que lo hacen a su modesto nivel. Como funciona también, a todos los nieveles, el tema hereditario, el clientelismo, hay muchos buenos trabajos a los cuales sólo acceden los hijos o parientes de los que ya estaban allí y eso lo saben muy bien los jóvenes de hoy en edad laboral y sin padrinos. Pasa una cosa parecida en partidos políticos, en sindicatos. El poder se enquista y se puede heredar.

La monarquía inglesa, de más solera y duración que la nuestra, fue intocable hasta que dejó de serlo. Incluso, cosa rara en aquella lejana Albión, llego a cuestionarse durante aquel año horrible en que les ocurrieron tantas cosas. Sin embargo el caso de Lady Di, su sacralización histérica popular y el hecho de que su hijo, guapo, rubio y simpático, llegue a ser, seguramente, el rey del mañana, pasando por encima de mi contemporáneo, ese Carlos tan criticado, ha conseguido revitalizar la opinión pública a su favor, con boda incluida, claro. 

Los reyes y los príncipes han pasado a ser esos borbones, una dinastía pecadora, y se recuerda más lo malo que lo bueno de la familia, en un puro estilo de revolución francesa mitificada. El mundo no deja de sorprenderme y los cambios de chaqueta y de opinión motivados a menudo por razones variopintas y poco serias, aún más. Vivir para ver, oir y leer. 

En cualquier parte puede pasar cualquier cosa en cualquier momento con una propaganda bien orquestada. Quizá deberíamos preguntarnos por qué eso que llamamos pueblo no quiso de ninguna manera en su época a monarcas más avanzados y modernos como José Bonaparte o Amadeo de Saboya, por qué fracasó la Primer República y en cambio se acabó por traer a Alfonso XII, cosa que si se lee un poco la historia del pasado también sorprende bastante. Un monarca al que su propia madre, Isabel II, por la que siento cierta debilidad porque fue una pobre chica con una educación deficiente, manipulada por todos de forma contundente, decía: recuerda que lo único que tienes de Borbón es mío.

En casa ya me decían, de pequeña, que el mismo pueblo que fue a recibir con palmas a Jesús, en Jerusalén, después iba a ver como le crucificaban y a vociferar por el Calvario.

Conste que no me han invitado nunca a pasear con el Bribón y que soy absolutamente republicana, republicana federalista, pero me asusta bastante ver como las opiniones masivas son tan fáciles de cambiar y reconvertir.