jueves, 17 de enero de 2008

De cuando cambiábamos revistas y novelas...

Cuando yo era pequeña, unos de los establecimientos más emblemáticos y mágicos de mi barrio eran las papelerías-librerías. Había un montón, la mayoría han cerrado y tan sólo resiste, cerca de casa, la entrañable Nitus, de la calle Blay, aunque últimamente ha experimentado cambios en sus resistentes escaparates antiguos. Además, está situada en esa especie de semisótanos que van desapareciendo, y eso de bajar escaleritas daba a los comercios un componente de misterio añadido.

Debajo mismo de casa de mis padres había una de esas tiendas, donde también se entraba bajando algunos peldaños, la papelería de la señora Hilaria. Yo la veía muy grande, profunda, entonces, pero ahora hay un restaurante y lo veo pequeño y estrecho. Tenían material escolar, algunos libros, juguetes baratos, cromos y postales y, cuando llegaban las verbenas, material pirotécnico, que entonces se vendía sin ningún tipo de limitación, de forma inconsciente, en cualquier sitio. Plumillas y tinta, claro. Y unas libretas con las hojas en blanco para dibujar, y el lapisabio y estampas…

Un poco más arriba, en la calle Blasco de Garay, había otra papelería-librería, que respondía al evocador nombre de La Carabela. No hace mucho tiempo, al arreglar los bajos donde se encontraba este establecimiento, vi resurgir el rótulo, con una carabela y el nombre en letra gótica, posiblemente elaborado de forma artesanal por los antiguos propietarios. El dueño de la tienda era aficionado a los pesebres y en Navidad colocaba en el escaparate algunas muestras de su arte, que llamaban la atención de los niños. Otro producto habitual de la época eran las postales, clasificadas por temas, en álbumes de cartón.

Delante de La Carabela había otra papelería, que fue la que duró más años, hasta hace poco, y que cerró después de la muerte de su último propietario, algo más joven que yo, por cierto. Todavía había encargado a menudo, para reyes, los juguetes para mis hijos y sobrinos en esta tienda. Su dueño tenia puesto de venta en los encantes y en las ferias de libros viejos y era muy amable, aunque más de una vez nos había perdido fascículos para encuadernar, pero, después de tantos años de verlo, le acabábamos perdonando errores tan imperdonables. Durante mi infancia, sin embargo, la tienda no era exactamente una papelería, ya que estaba especializada y se dedicaba, sobre todo, al cambio y alquiler de novelas y tebeos. El abuelo del último propietario era un hombre grueso, afable, y que, según mi abuelo, había sido un excelente camarero de los de antes, en lugares de categoría, con una gran cultura, pues sabía, incluso, francés, según me contaban.

Cambiar tebeos, revistas y novelas era habitual, entonces. En unas grandes cajas se amontonaban, por temas y precio, todo tipo de publicaciones. Salía más barato cambiar que no comprar cosas nuevas y, además, el cambio posibilitaba la variedad. Claro que las revistas no eran actuales, muchas veces tenían unos cuantos años. Una de las revistes de más éxito era el Para Ti, una publicación argentina que no sé como debía llegar al Pueblo Seco. Las revistas de entonces, locales o del extranjero, femeninas, eran mucho más literarias que en la actualidad y tanto el Para Ti como el Lecturas contaban con un volumen notable de novelas cortas, a veces de bastante calidad y de autores importantes. Por eso, en el fondo, resultaba indiferente que fuesen antiguas.
El Para Ti tenía entonces unas tapas magníficas, dibujadas, lo recuerdo bien porque la firma era clara, por Raúl Manteola, chileno, quien, según he sabido después, era y es un mito del grafismo en Argentina y que, además de las cubiertas de Para Ti retrató a muchos personajes de la época, entre los cuales Eva Perón, además de hacer carteles de cine y numerosas ilustraciones de todo tipo. Eran, aquellas cubiertas, rostros de damas de los años cuarenta y cincuenta, bellísimas, que yo intentaba, sin éxito, copiar cuando dibujaba, afición que siempre he tenido, aunque con resultados poco brillantes, la verdad. Ir a cambiar paratís era una actividad extraordinariamente excitante. Yo decía paratís, todo junto, y tardé en darme cuenta del significado evidente del nombre de la revista. No creo que ahora lleguen a nuestro país los paratís, pero la revista aún se publica y tiene un espacio online, aunque en la línea actual de publicación femenina, más frívola. Además de los paratís, a veces había otra revista argentina, creo que se llamaba Nosotras, donde, en una ocasión, me tropecé incluso con una traducción en forma novelada de Terra Baixa. De nuestro país se encontraban, sobre todo, Lecturas, pero también Fotogramas. La aparición re revistas baratitas como Garbo, más asequibles, hizo disminuir el interés por los cambios. Había también una revista de moda, Siluetas, de la cual yo recortaba, para jugar, maniquíes, las actuales modelos, chicas mucho menos esqueléticas que las de hoy, que lucían vestidos elegantísimos de Pertegaz, el Dique Flotante…

La papelería en cuestión se llamaba como el apellido de su propietario, Sabadell, pero todo el mundo decía 'las novelas' y las novelas breves, de género, eran un gran objeto de cambio y alquiler. Marsé ha retratado muy bien el ambiente humilde y de barrio alrededor de estas lecturas y actividades. La tienda de las novelas olía a papel viejo y humedad, a polvo y cartón, una mezcla muy característica que en alguna ocasión recupero, los domingos, en los encantes, donde, en ocasiones, todavía he visto paratís. No había mucha publicidad en la revista, pero recuerdo que siempre se repetía el anuncio de una chica con vestido de noche, de la Lavanda Inglesa de Atkinsos, que decía algo así como avant la fette, en francés. Y también anunciaban el jabón Lux, que, según la publicidad, utilizaban nueve de cada diez estrellas del cine, y el Palmolive, que después llegó aquí con aquella cancioncilla tan bonita, palmolívese y embellézcase, palmolive le da suavidad.. La Argentina del Para Ti era mítica, moderna, patriótica -eran habituales las narraciones donde aparecía el general San Martín y también los anuncios de mate-, también recuerdo una especie de historietas que publicitaban un extraño producto que con los años averigüé que debían ser compresas prehistóricas y que yo, inocente de mí, por el contexto, pensaba de niña que eran una especie de tiras de algodón para ponerse en el sobaco y no sudar! Todavía era vivo el recuerdo de la visita glamourosa de Eva Perón y de su trágica muerte, en aquellos años.
Los paratís y la radio, con el cine de barrio, colorearon muchas infancias de entonces y creo que está bien recordar estas cosas de vez en cuando. Una tragedia papelera de nuestro tiempo es esta problemática actual con las distribuidoras, que sufren los vendedores de periódicos y que, me temo, puede acabar de hundir el sector, que ya lo está pasando bastante mal.
Texto original: La Panxa del Bou

6 comentarios:

Francesc Puigcarbó dijo...

i no t'oblidis dels segells. Enhorabona, ja veig que has ampliat fronteres.

Júlia dijo...

No sé si ho faré amb tots els posts, però mira, també cal practicar, que estic perdent l'idioma germà...

Miguel Sanfeliu dijo...

Me gustó mucho este texto. Parece que, justo después de las navidades, nos da por ponernos un poco nostálgicos.
La infancia es un momento de descubrimiento y todo nos parece rodeado de un halo de fascinación.
Saludos.

Júlia dijo...

No puedo evitar la nostalgia, Miguel, ya soy un poco viejita y tantas cosas perdidas y olvidadas me producen tristeza, cosa que no me impide en absoluto disfrutar del presente... y de los blogs, por ejemplo.

tribulete2000 dijo...

¡Que recuerdos!
Yo también pasé mi infancia y juventud en ese barrio que llevaré en el corazón para siempre. El Nitus,las monjas del surtidor, las vaquerias, el olor de aquella tienda de aceites y jabones en la esquina de la calle Blai, el pasacalles de la Pascua florida, la bodega Tarragó, el trapero, la carbonería, las fogatas de Sant Joan.....tantas cosas y tantos momentos. Recuperar esos instantes es como transportarse en el tiempo.
Gracias!!

Júlia dijo...

Me alegro mucho de encontrar un antiguo vecino, Tribulete, no te olvides del Poble-sec.