martes, 22 de marzo de 2011

Nunca me abandones, la inquietante moral del sacrificio juvenil




Hace años, cuando vi la película Lo que queda del día, y accedí al libro en qué se basaba, me sorprendió que su autor fuese un japonés, aunque se tratase de un japonés de cultura anglosajona. Me pareció aquella una historia absolutamente inglesa y es que el peso cultural suele ser bastante más fuerte que el genético, al menos en apariencia. Sin embargo hay mucho también de oriental en esas historias excelentes de Kazuo Ishiguro, con pocos personajes y poca acción, en apariencia y una inquietud que aflora por los poros discretos de aquello que se nos cuenta o no se nos acaba de contar. La adaptación de aquel libro al cine era sorprendente por su respetuosa fidelidad al espíritu y la letra del original impreso, cosa que, según mi opinión, ocurre también con  Nunca me abandones, acabada de estrenar en Barcelona.

No creo que debamos buscar esa fidelidad libro-cine. Son dos medios distintos y a veces el cine no puede ser respetuoso con los originales ya que se corre el peligro de mostrar un libro de imágenes bonito pero aburrido, cosa que hicieron los rusos en sus tiempos comunistas con una pesadísima versión de Guerra y paz. Buñuel, por ejemplo, era muy poco fiel a los libros, con las magníficas novelas Diario de una camarera o Tristana hizo lo que le pareció, hasta el punto que es difícil reconocer los originals. Sin embargo, sus películas son excelentes. Los puentes de Madison fue una muy buena película basada en un libro bastante mediocre. Cuando el libro es peor, o mucho menos conocido que el resultado cinematógrafico no se suele recordar y por eso y por la sacralización del medio impreso tendemos a creer que siempre es mejor la historia original, sin imagénes.


Nunca me abandones es una historia que podría parecer de ciencia ficción o que quizá lo es, pero que resulta muy alejada de los tópicos del género. Aunque en los géneros suele existir una gran variedad de opciones cercanas, en las grandes obras, a tesis filosóficas o incluso religiosas, como sucede en Un mundo feliz, por ejemplo. Se aconseja no contar el argumento de esta película, para no romper la sorpresa. Sin embargo quien haya leído la novela no accederá a la sorpresa y disfrutará de buen cine igualmente. Unos jóvenes sin familia crecen en una escuela que parece de élite, algo inquietante. No estamos en el futuro sinó en el pasado más cercano. Podría ser una historia de amores juveniles contada en versión crepuscular pero intuiremos pronto que hay algo más. Estructurada como las obras de teatro antiguas, en tres actos,  una tristeza ante lo inevitable y asumido, ante las falsas esperanzas y ante la imposibilidad misteriosa de rebelión nos producirá una cierta angustia a lo largo de la historia.

Y al final, ante las reflexiones de la protagonista, sabremos que, en realidad, la película habla de todos nosotros, condenados a morir, más pronto o más tarde, sin esperanza de rebelión ante lo inevitable. El mundo hospitalario, omnipresente en nuestra sociedad, aséptico, incluso algo acogedor, es una de las muchas posibilidades que nos esperan al final del camino. ¿Acaso no estamos en un mundo globalizado en el cual contemplamos con indiferencia como otros mueren, quizá para que podamos tener, nosotros, los privilegiados del presente, comodidades, calor y comida aseguradas? Las historias sobre ladrones de sangre, de órganos, de lo que fuese, elementos destinados a mejorar la vida de los ricos, son antiguas y recurrentes. La llamada al sacrificio de la juventud destinada a los mataderos de las guerras, a las militancias políticas peligrosas y arriesgadas o a vidas conventuales diversas, en nombre de patrias, dioses y reyes, lo mismo. En esta historia el poder es invisible, los mandos intermedios se humanizan e intentan algo distinto, sin resultado. Una historia para pensar y reflexionar, se acceda a ella a través del cine, de la novela o de los dos medios, sin que tenga demasiada importancia empezar por uno u otro.

Unos actores excelentes consiguen que suframos con ellos, con la sorprendente Carey Mulligan al frente, una gran actriz joven que ya nos emocionó en An education, que algunos comparan con Audrey Hepburn, aunque yo creo que son bastante distintas, como lo somos todos, mientras no nos clonen... Esperemos que le ofrezcan papeles a la altura de su inteligencia y expresividad en el futuro. Aunque, ¿quién puede saber qué nos depara el futuro y que supuesta ética moderna justificará lo injustificable?


sábado, 12 de marzo de 2011

Abuelas universales bajo la lluvia



Hay nombres que van aparejados, a menudo en la tragèdia, Hiroshima y Nagasaki, Pompeya y Herculano, Cuba y Filipinas... Curiosamente, quizá sea anecdótico, però el primero de los dos nombres suele merecer más atención histórica, en general.

Sabemos muy poco de Filipinas, que fué colonia española perdida a finales del siglo XIX. Con Cuba ha habido siempre otro tipo de relación y mucha más curiosidad. Sin embargo la comunidad filipina es numerosa en nuestras ciudades, muy valorada por su educación y espíritu de trabajo. Incluso antes de las recientes llegadas de immigrantes formaban ya un sector dedicado al servicio doméstico de cierta categoría, recuerdo haber visto, hace ya bastantes años, como se reunían grupos de jóvenes filipinos los domingos, en el Zurich barcelonés.

En la escuela he tenido alumnos filipinos, generalmente, y aunque no me gusta caer en el tópico, suelen ser estudiosos y formales y sus familias responsables y serias. Cuando pueden, como hace mucha gente, y como suelen ser de religión católica, se matriculan a menudo en  las escuelas concertadas religiosas de barrios modestos. Filipinas se liberó del yugo hispánico para caer en el de los Estados Unidos, también sufrió la ocupación japonesa y tuvo gobernantes lamentables, como Marcos, cuya inefable esposa  veíamos a menudo en la prensa, con su inconfundible look i que coleccionaba zapatos a miles.

De su cine tampoco conocemos prácticamente nada. Sabemos más de Irán, de China, de la India, al menos a nivel de generalizaciones tópicas que de aquella tierra fragmentada en más de siete mil islas, lejana y, supuestamente, exótica. Cuando yo era joven vimos aquella película de Los últimos de Filipinas, que no estaba nada mal para la época y con una canción en su banda sonora que ha sobrevivido a los años y que resucita a menudo, porque es muy bonita. La canción estaba envuelta en un amor imposible por motivos patrióticos, por cierto.

Ahora, con dos años de retraso, nos ha llegado Lola, que significa Abuela en tagalo, dirigida por Brillante Mendoza. Una película que debe verse, que parece casi un documental, con una extraña poesía de la humildad, donde se ve más de lo que se cuenta, con dos actrices que parecen vivir realmente esa historia de amor incondicional a unos nietos conflictivos. Uno de ellos ha muerto apuñalado, el otro es su asesino, intuimos que los papeles de los dos jóvenes podían haber sido fácilmente intercambiados. La película desfila por unos paisajes urbanos húmedos y ásperos, verdaderos laberintos para las dos mujeres, castigadas por los años y la pobreza. Sin embargo, en general, hay un ambiente de bondad en el entorno, incluso los funcionarios, policías y prestamistas son educados. La única reacción fuera de tono es la de otro nieto, trabajador, cuya única distracción es la televisión y que ve como su abuela, buscando dinero para ayudar al delincuente, ha empeñado el aparato.

La película acaba de una forma algo abrupta, con el inicio de lo que podría ser incluso una amistad o una actitud comprensiva. Una abuela ha conseguido la libertad condicional de su nieto, la otra, el dinero para un entierro más o menos digno. Nada se ha solucionado de forma definitiva, más bien al contrario. Neorrealismo de hoy en estado puro. Conocí abuelas de este tipo hace años, en las escuelas de barrios difíciles, son filipinas pero no son extranjeras ni lejanas, son muy próximas y reconocibles.

Filipinas tiene uno de sus grandes héroes en José Rizal, un hombre cultísimo al cual fusilaron los gobernantes españoles de forma injusta y absurda. En nuestras ciudades se le han dedicado calles y monumentos. Estuvo preso en Montjuïc, cosa que no se suele recordar demasiado, de paso para su juicio y muerte en Filipinas. En Madrid tiene un monumento, leía hace unos días que la anotación del monumento no da detalles sobre su muerte ni sobre la responsabilidad que nos incumbe. Rizal escribió gran parte de su obra en español, idioma que durante años casi se olvidó en el país, a causa del mal recuerdo colonial y de la influencia americana. Quizá la tendencia esta cambiando, la presidenta Aquino lamentaba durante su época de gobierno que los filipinos no pudiesen leer a Rizal en la lengua en qué acostumbraba a escribir, aunque conocía más de diez idiomas, además del propio del país, el tagalo. Filipinas es un país que está intentado salir de su pobreza, con gran esfuerzo y con grandes dificultades. Vale la pena seguir su cine y exigir que podamos acceder a él de forma más normalizada. 

Los idiomas, las lenguas, los dialectos o como queramos llamarles, no tiene la culpa de las manipulaciones políticas a las cuales los sometemos. Sin embargo siguen provocando conflictos diversos. También es una lástima que sólo nos interesemos por determinados países cuando sufren tragedias o cuando se ven castigados por problemas políticos graves.

La noche antes de ser asesinado por el poder vigente Rizal escribió este poema:

Adiós, Patria adorada, región del sol querida,
perla del Mar de Oriente, nuestro perdido edén,
a darte voy, alegre, la triste, mustia vida;
y fuera más brillante, más fresca, más florida,
también por ti la diera, la diera por tu bien.

En campos de batalla, luchando con delirio,
otros te dan sus vidas, sin dudas, sin pesar.
El sitio nada importa: ciprés, laurel o lirio,
cadalso o campo abierto, combate o cruel martirio.
La mismo es si lo piden la Patria y el hogar.

Yo muero, cuando veo que el cielo se colora
y al fin anuncia el día, tras lóbrego capuz;
si grana necesitas, para teñir tu aurora,
¡vierte la sangre mia, derrámala en buen hora,
y dórela un reflejo de su naciente luz!

Mis sueños, cuando apenas muchacho adolescente,
mis sueños cuando joven, ya lleno de vigor,
fueron el verte un día, joya del Mar de Oriente,
secos los negros ojos, alta la tersa frente,
sin ceño, sin arrugas, sin manchas de rubor.

Ensueño de mi vida, mi ardiente vivo anhelo.
¡Salud! te grita el alma que pronto va a partir;
¡salud! ¡Ah, que es hermoso caer por darte vuelo,
morir por darte vida, morir bajo tu cielo,
y en tu encantada tierra la eternidad dormir!

Si sobre mi sepulcro vieres brotar, un día,
entre la espesa yerba, sencilla humilde flor,
acércala a tus labios y besa el alma mía,
y sienta yo en mi frente, bajo la tumba fria,
de tu ternura el soplo, de tu hálito el calor.

Deja a la luna verme, con luz tranquila y suave;
deja que el alba envíe su resplandor fugaz;
deja gemir al viento, con su murmullo grave;
y si desciende y posa sobre mi cruz un ave,
deja que el ave entone su cántico de paz.

Deja que el sol, ardiendo, las lluvias evapore
y al cielo tornen puras, con mi clamor en pos;
deja que un ser amigo mi fin temprano llore;
y en las serenas tardes, cuando por mí alguien ore,
ora también, oh patria, por mi descanso a Dios.

Ora por todos cuantos murieron sin ventura;
por cuantos padecieron tormentos sin igual;
por nuestras pobres madres, que gimen su amargura;
por huérfanos y viudas, por presos en tortura,
y ora por ti, que veas tu redención final.

Y cuando, en noche oscura, se envuelva el cementerio,
Y solos sólo muertos queden velando allí,
no turbes su reproso, no turbes el misterio:
tal vez acordes oigas de cítara o salterio;
soy yo, querida Patria, yo que te canto a tí.

Y cuando ya mi tumba, de todos olvidada,
no tenga cruz ni piedra que marquen su lugar,
deja que la are el hombre, la esparza con la azada,
y mis cenizas, antes que vuelvan a la nada,
en polvo de tu alfombra que vayan a formar.

Entonces nada importa me pongas en olvido;
tu atmósfera, tu espacio, tus valles cruzaré;
vibrante y limpia nota seré para tu oido:
aroma, luz, colores, rumor, canto, gemido,
constante repitiendo la esencia de mi fe.

Mi patria idolatrada, dolor de mis dolores,
querida Filipinas, oye el postrer adiós.
Ahí, te dejo todo: mis padres, mis amores.
Voy donde no hay esclavos, verdugos ni opresores;
donde la fe no mata, donde el que reina es Dios.

Adiós, padres y hermanos, trozos del alma mía,
amigos de la infancia, en el perdido hogar;
dad gracias, que descanso del fatigoso día;
adiós, dulce extranjera, mi amiga, mi alegría;
adiós, queridos seres. Morir es descansar.





viernes, 25 de febrero de 2011

Flores nórdicas y modas oportunistas






La novela histórica, así como la novela negra, son géneros que han tenido en estos últimos años una especie de resurrección mediática, cosa que ha propiciado que se publiquen a montones.

Me produce cierta curiosidad que cuando un tema se pone de moda se repite hasta la saciedad en novelas, obras de teatro, seriales televisivos y refritos diversos. Las dos versiones cinematográficas de Las amistades peligrosas, generaron también teatro y recuerdo cuando en Barcelona, en poco tiempo, tuvimos dos versiones del Lorenzaccio de Musset. Después, cuando se pasa la moda, todo parece olvidarse de nuevo hasta una próxima resurrección.

Los escándalos recientes con sacerdotes pederastas han propiciado que en seriales televisivos y novelas diversas sobre la postguerra surgiera un personaje con este problema y esta profesión y me temo que ahora tocará la cuestión de las adopciones ilegales, unos hechos trágicos del pasado reciente que han generado diferentes documentales en algunas cadenas, que, curiosamente, ya había detectado Lobatón en su programa y que incluso mereció hace muchos años reportajes en Interviú, sin que entonces nos moviésemos demasiado a favor de esclarecer el tema. Aunque ahora también parezca que determinados periodistas han descubierto las tramas.

Se puso de moda el tema de los Templarios y los Cátaros y se generó un gran exceso de novelones y libros supuestamente serios sobre la cuestión. También había muchos de más antiguos, que habían pasado de forma discreta por las librerías y que seguramente fueron utilitzados y consultados por los autores que consiguieron el éxito con ese tema en el momento adecuado. Y así ha pasado la época Camino de Santiago, la de los misterios bíblicos, la de los misterios ocultos en un cuadro emblemático del Renacimiento, la de los monasterios y sus secretos...

En un blog en catalán sobre historia publico cada sábado un enigma del pasado, puesto que me encanta la historia en general y participo en diferentes tertulias sobre esta materia. Muchas veces, como suele pasar, son los temas los que llegan a mi, sin buscarlos. Tropecé por internet con una noticia sobre la presentación de un libro de Espido Freire sobre una princesa antigua que pasó sin pena ni gloria por nuestro país: Cristina de Noruega. Su peso político fue prácticamente nulo, su vida, corta. Sin embargo, el hecho de que una chica de países tan lejanos llegase hasta nuestra península para casarse, en su caso con un hermano de Alfonso X el Sabio, resulta una curiosidad exótica, lo admito.

La publicación del libro ha ido acompañada de fotos y reseñas diversas. Pero resulta que sobre esta princesa ya se habían escrito muchas otras cosas, en concreto, en 2003, La flor de Noruega, de Juan Arroyo Conde, autor de otros libros de interés histórico, que se presentó en Covarrubias. En algunos foros literarios se ha alabado bastante el libro de Freire, que no conozco, así que el valor se le supone, aunque no la originalidad temática. Admito que tampoco conozco el libro de Arroyo, al que le supongo el mismo valor, además de preceder al de Planeta en algunos añitos y ser un autor más especializado en el género histórico. En uno de esos foros he encontrado unos comentarios de Arroyo Conde, mencionando su libro y manifestando con cierta ironía el ruido que se ha generado con la historia de nuestra princesa noruega. Arroyo Conde publicó su libro en una editorial más pequeña, por experiencia propia sé como cambia la difusión y como cuando los grandes grupos ocupan los medios poca cosa se puede hacer para intentar, por lo menos, existir. Incluso se vistió a Espido Freire de época para el evento...

Al menos se podía haber buscado un título menos parecido (La flor de Noruega/ La flor del norte). En algún foro incluso he leído comentarios maliciosos respondiendo a Arroyo Conde con cierto sarcasmo. En fin, cosas del contexto literario, de las modas, de las incondicionalidades y del panorama cultural. No me gusta demasiado la novela histórica, con algunas excepciones, porque creo que presenta grandes dificultades, no tanto de documentación cuanto de entrar a fondo en la mentalidad de otros tiempos. A menudo los personajes hablan y piensan como mujeres y hombres del presente. Pero incluso los historiadores serios caen en esa trampa inevitable y por eso se dice que cualquier libro de historia habla, más que del pasado, del presente y es, en definitiva, historia contemporánea. De todas manera me han cogido ganas de leer y comparar los dos libros. Un dato importante, el de Planeta es bastante más caro pero seguro que resulta mucho más fácil de encontrar en las librerías habituales...

viernes, 18 de febrero de 2011

La estrategia del agua y Mallorca en febrero


De viaje hacia Mallorca con el Imserso, privilegio actual de pensionistas modernos, desde Barcelona, compré en el aeropuerto esta novela de Lorenzo Silva, para mi uno de los autores españoles actuales con un registro más amplio y ambicioso. Pertenece a la serie de Chamorro y Bevilacqua, seguida por muchos lectores adictos a la novela negra o de misterio de la cual, en la actualidad, sufrimos un empacho excesivo.

No entraré en consideraciones literarias. Lorenzo Silva es un gran profesional, prolífico y trabajador, un lujo en un contexto de ambiciosos aficionados pero que en un país con cierta tendencia a la vagancia elitista se considera algo vulgar. Tiene una magnífica web en la cual recoge críticas positivas y negativas acerca de sus libros, que son diversos y, en bastantes casos, muy ambiciosos. Nada hay perfecto en este mundo, entre su producción e incluso dentro de una misma novela, habrá cosas que nos gusten más que otras. Sin embargo me sorprende la papanatería que rodea mucha novela actual llegada de lugares remotos y que es acogida con entusiasmos efervescentes de dudosa profundidad, mientras que Silva, respetado y leído, parece que es mirado con cierta indiferencia por parte de determinados sectores críticos y de público algo elitista. En fin...


Este libro se inspira en un caso real y su originalidad se basa en el hecho de que el malo es quién más lo parece. Es interesante la valoración que los personajes de la novela hacen de nuestra sociedad y de un sistema jurídico que, a base de querer proteger con exceso ciertos abusos, cae en otros igualmente injustos. Una vez leída la novela, con la cual pasé muy  buenos ratos, vi que en el hotel había unos estantes con novelas que, me imagino, dejaban los visitantes. Todas ellas estaban en inglés, en alemán. Imagino que en verano el público mayoritario es extranjero. Así que cuando la hube terminado dejé la de Silva en aquel lugar, era la única en castellano. Me alegró ver que había desaparecido a los pocos minutos. ¿Dónde estará?


sábado, 29 de enero de 2011

De la civilización de la abundacia y sus perversiones



Escribe hoy Quim Monzó en La Vanguardia sobre libros y bibliotecas y un pueblo inglés en el cual los vecinos intentan defender este servicio cultural, que está en peligro de desaparición por recortes presupuestarios.

Al final cuenta una anécdota personal, intentando deshacerse por traslado y, supongo, falta de espacio, de dos mil libros, preguntó a diferentes bibliotecas si los aceptaban. Comprobando que no había interés en el tema, acabó depositándolos en el container correspondiente. Por el tono del artículo percibo una crítica ácida hacia el personal implicado y los poderes correspondientes. Sin embargo creo que el problema actual del exceso de todo sobrepasa la cuestión concreta de los libros y la cultura.

En mi barrio dedicamos el martes pasado una charla al gran periodista y muchas cosas más, Sebastián Gasch. Asistió a la misma su hijo Emili, que nos contó diversas e interesantes anécdotas. Gasch tenía una colección completa de la revista Destino, que su hijo intentó también entregar a alguna biblioteca, sin éxito, y que acabó en los libreros de lance, mal vendida. Lamentamos, en general, esos hechos, o ver tirados por el suelo, al lado de los contáiners, libros y objectos en buen estado. Sin embargo nosotros mismos, cada cual según sus circunstancias, acabamos por tirar lo que nos sobra, que es mucho, por necesidad vital de espacio.

Nunca ha habido más bibliotecas en Barcelona y su área de influencia que en la actualidad. Cierto que no son aquellas bibliotecas silenciosas de antes, que ahora incluyen diversos materiales como películas o discos en sus fondos y que muchos jubilados las utilitzan para hojear y ojear los periódicos del día. Sin embargo veo también a mucha gente trasegar libros arriba y abajo, libros para adultos, para jóvenes y para niños. Las novedades promocionadas por los medios habituales son las de más éxito, claro. Las bibliotecas son lugares activos y vivos, luminosos y alegres,  se han convertido en espacios indispensables, en pequeñas almas de barrios y pueblos y lugares de relación social, en la mayoría de casos.

El personal no es abundante, ha habido recortes, pero, en general, está formado por gente joven con gran voluntad, amables y dispuestos a encontrar lo imposible, a llamarte a casa cuando lo tienen, a gestionar lo que sea y que esté al alcance de sus posibilidades y a cederte su espacio para temas culturales diversos. Joan Antoni Delgado, el director de la de mi barrio, la Francesc Boix, del Poble-sec, que ya ha quedado pequeña, como la mayoría, me contó en una ocasión que tenía que hacer limpieza, cosa muy difícil, ya que seleccionar libros es una tarea ingrata y delicada. Las bibliotecas se han ido también especializando en algún tema, a menudo relacionado con su nombre. En el caso de mi barrio, con la guerra civil, la cultura de la paz...

En mi biblioteca han puesto un gran cajón de madera donde se pueden depositar volúmenes que la gente no quiere en casa y de donde puedes coger lo que quieras. Siempre está lleno, al principio había libros en mal estado pero ahora hay buenos libros a menudo, nuevos, interesantes. La verdad es que, más allá de los libros de consulta, pocas veces releemos a fondo ya que la vida es corta y el tiempo vuela. En alguna ocasión, la relectura nos lleva a comprar una nueva edición más completa, con la tipografía más agradable. Muchos libros antiguos, económicos, se desmontan o amarillean y la letra solía ser excesivamente pequeña, para reducir precio. Así que a veces incluso volvemos a comprar el libro cuando lo queremos releer. El sistema de cosas hace, sin embargo, que muchos libros desaparezcan del mapa en un par de años y que para reencontrar según qué debas recurrir a los libreros de viejo, que también han desarrollado su sistema por internet, con muy buenos resultados, por cierto.

El mismo escritor, que lamenta el tema, iba a regalar dos mil volúmenes, me imagino que por la misma falta de espacio que sufren las bibliotecas populares. Cuando murió mi madre y vaciamos el piso, un señor muy amable, de una empresa dedicada al tema, me comentó con cierta tristeza: los libros pesan mucho y valen poco. Los libros, como la ropa o la comida, fueron en otros tiempos un bien escaso y caro. Hoy no es así y, además, podemos conseguirlos prestados en las bibliotecas, con mucha facilidad. ¿Qué haremos con tantas enciclopedias y diccionarios que pagamos a plazos y que nos han acompañado fielmente durante años? Ahora acabamos consultándolo todo por internet, recurso cómodo y fácil, a la medida de nuestro espacio vital, modesto. Hay quien dice que hay errores, pero yo he encontrado muchos más en los libros convencionales donde, además, es difícil y largo corregirlos.

Nuestra generación ha tenido tendencia a atesorar, ya que veníamos, la mayoría, de la escasez. Yo no tiro nada, me dicen muchos, orgullosos de no tirar. Sin embargo lo que hacen es intentar pasar el problema del exceso a otros, a las instituciones, a las parroquias... Es más fácil regalar ropa usada en buen estado o libros ya leídos que dinero, pero, para los que reciben el donativo, es mucho menos práctico, claro. Nos molesta que no se agradezcan nuestros mezquinos donativos de cosas que ya no queremos, de ropa que no nos ponemos, de libros que no leeremos, de muebles pasados de moda. Antes se daba todo a los pobres, a los más pobres que nosotros, claro. Hoy incluso los pobres prefieren estrenar ropa, aunque sea del bazar chino de la esquina que, hay que decirlo, también ha mejorado mucho la calidad de sus productos y el servicio al cliente. Debemos vivir con ello y, si criticamos a los demás, analizar nuestras propias actuaciones. Comprobaremos que a menudo pecamos sin pudor, aunque intentemos justificarnos.

La gente tira de forma vergonzante, no lo admite, pero los grandes cubos de basura de nuestro tiempo están llenos de cosas en buen estado. Cierto que a veces hay quien recoge y aprovecha o revende. Un día a la semana pasa personal del ayuntamiento a recoger muebles, trastos y en muchas ocasiones antes ya ha pasado un primer control de calidad espontáneo formado por un pintoresco mundo que incluye aficionados, necesitados, profesionales alternativos, amigos de la restauración, curiosos y traperos del presente. Este es nuestro mundo, ni mejor ni peor que los anteriores. Más bien, por lo que hace a nuestra sociedad en concreto, bastante mejor que el de nuestros padres en muchos aspectos materiales. El libro de Huxley ya predecía el tema, vale más desechar que tener que remendar. Y a eso hemos llegado con la intención de sostener el ritmo de producción necesario para sobrevivir. Seguro que podría hacerse mejor y de otra manera, más razonable y quizá en algún momento del futuro sea así o volvamos, por circunstancias diversas, a la escasez antigua, que nos haga recordar con nostalgia todo aquello que tiramos y regalamos. Mi madre siempre me advertía de que no tirase sábanas. Cuando la guerra podías cambiar sábanas por pan, me contaba. Y es que en momentos difíciles, lo primero es comer, evidentemente. Sin embargo las sábanas, las toallas, el pan, ya no son, tampoco, lo que eran. Como los libros. La abundancia es buena pero tiene ese lado perverso, el exceso agobiante, que, además, nos crea una especie de mala conciencia individual y colectiva. Y que nos lleva a la protesta poco meditada cuando se rechazan nuestras donaciones oportunistas.



Fotografia copiada del blog Fotografías de un cráneo abierto.

domingo, 16 de enero de 2011

Benjamín Palencia, treinta años después








Hoy,16 de enero, se cumplen treinta años de la muerte de Benjamín Palencia (1894-1980), uno de nuestros grandes pintores, no tan conocido como merecería, más allá de determinados círculos culturales.



Palencia tuvo una larga vida y pasó por etapas diversas, en las cuales podemos encontrar cuadros para todos los gustos, geniales la mayoría.




Conoció a pintores como Picasso, Miró o Dalí, mucho más promocionados. Vivió en el excitante mundo cultural republicano, sobrevivió a la Guerra Civil, reinició la Escuela de Vallecas, después de la guerra. Fue surrealista, cubista, fauvista, realista, paisajista inmenso, mostrando magníficas visiones del campo castellano.  Reconocido en España y el extranjero, me temo, sin embargo, que a mucha gente joven de hoy, més allá de los vinculados de forma directa con los lugares donde vivió y trabajó, o de los estudiosos de arte, no les suena. 


Sirva este post de pequeño homenaje, tres décadas después de su muerte.



jueves, 6 de enero de 2011

De cuando recitábamos a Rubén Darío


Hace algunos días una evocació de Rubén Darío en un blog amigo me recordó a ese gran poeta, recitado y leído  en tiempos de mis padres e incluso en mi infancia, aunque siempre de forma parcial y, en muchas ocasiones, reduccionista.

En una de las escuelas en qué he trabajado coincidí con una maestra muy joven. Otra compañera de mi edad y yo, bromeando, acostumbrábamos a recitar poemas de nuestra infancia, habituales en los libros de texto. Rubén Darío no sonaba casi de nada a nuestra joven compañera y acabamos regalándole una antología.

Mi madre tenía una especie de publicaciones baratas que se compraba su abuela, unas revistas con poesías de autores conocidos o no tanto, populares en su época: Bécquer, Campoamor... Y Rubén Darío, por supuesto.  Mi madre recitaba de memoria bastantes poemas; en sus tiempos y en una gran parte de los míos era habitual que las personas normales, incluso sin una gran cultura académica se supieran de memoria y recitasen bastante bien poemas diversos. Aprendí a leer catalán, en una época en la que mi lengua había desaparecido del contexto escolar, a través de libros familiares, con poemas para recitar.

Recuerdo el mundo mágico que me evocaban aquellas extrañas historias poéticas recitadas por mamá, en concreto ésta:

Era un aire suave, de pausados giros; 
el hada Harmonía rimaba sus vuelos, 
e iban frases vagas y tenues suspiros 
entre los sollozos de los violoncelos.

Sobre la terraza, junto a los ramajes, 
diríase un  trémolo de liras eolias 
cuando acariciaban los sedosos trajes, 
sobre el tallo erguidas, las blancas magnolias.

La marquesa Eulalia risas y desvíos 
daba a un tiempo mismo para dos rivales: 
el vizconde rubio de los desafíos 
y el abate joven de los madrigales.

Cerca, coronado con hojas de viña, 
reía en su máscara Término barbudo, 
y, como un efebo que fuese una niña, 
mostraba una Diana su mármol desnudo...

La poesía más popular de Rubén Darío, en las escuelas de mi infancia, era aquella de Margarita, esta linda la mar... Otra de las habituales era la historia de la princesa triste, tan parodiada, incluso en broma. Mi preferida, sin embargo, fue siempre Sinfonía en gris mayor, que encontré en una magnífica antologia destinada a libro de lectura, elaborada por el gran pedagogo Herminio Almendros, padre del también genial Néstor Almendros: Pueblos y leyendas. Aquel libro de lectura, de 1937, se ha reeditado en numerosas ocasiones y hoy es todavía moderno, porque refleja una sociedad diversa y multicultural. 

El mar como un vasto cristal azogado 
refleja la lámina de un cielo de zinc; 
lejanas bandadas de pájaros manchan 
el fondo bruñido de pálido gris. 


El sol como un vidrio redondo y opaco 

con paso de enfermo camina al cenit; 

el viento marino descansa en la sombra 
teniendo de almohada su negro clarín. 

Las ondas que mueven su vientre de plomo 
debajo del muelle parecen gemir. 
Sentado en un cable, fumando su pipa, 
está un marinero pensando en las playas 
de un vago, lejano, brumoso país. 

Es viejo ese lobo. Tostaron su cara 
los rayos de fuego del sol del Brasil; 
los recios tifones del mar de la China 
le han visto bebiendo su frasco de gin. 

La espuma impregnada de yodo y salitre 
ha tiempo conoce su roja nariz, 
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta, 
su gorra de lona, su blusa de dril. 

En medio del humo que forma el tabaco 
ve el viejo el lejano, brumoso país, 
adonde una tarde caliente y dorada 
tendidas las velas partió el bergantín... 

La siesta del trópico. El lobo se aduerme. 
Ya todo lo envuelve la gama del gris. 
Parece que un suave y enorme esfumino 
del curvo horizonte borrara el confín. 

La siesta del trópico. La vieja cigarra 
ensaya su ronca guitarra senil, 
y el grillo preludia un solo monótono 
en la única cuerda que está en su violín.


Rubén Darío no llegó a los sesenta años, su vida fue una especie de torrente arrollador. No voy a escribir aquí su biografía, que se puede encontrar, bastante completa, en wikipedia. También, afortunadamente, una gran parte de su obra poética se halla en internet, en un lugar o en otro de ese extraño país entre imaginario y real. Envidiado, imitado, criticado, reivindicado, Rubén Darío tuvo una virtud que, en nuestro país, es un defecto:  ser prolífico. Escribió mucho y bien, poemas que reflejan una cultura extensa y profunda. Su archivo personal fue donado a España por su compañera de los últimos años, Francisca Sánchez, y se encuentra en la Universidad Complutense. Tiene también una extensa producción en prosa, poco conocida todavía, entre la cual muchos artículos periodísticos. Por la obra de Darío desfila todo el mundo de su época, personajes, lugares, mitos, creencias, incluso manías. Quizá por la dificultad que entraña esa totalidad diversa y compleja ha sido muy poco traducido a otras lenguas y hoy todavía hay quien cree que es una especie de autor folklórico. Hoy poca gente, con la excepción de los estudiantes de la especialidad, puede valorar el uso de los versos y estrofas clásicas que Darío utilizó en su excelente castellano o captar las muchas referencias cultas que se esconden en sus grandes poemas.